Acostumbramos a tratar del arte deteniéndonos en lo
expresivo. Enfocamos o determinamos su práctica ajustados a la
restricción de la cultura dominante. Y ésta, la actual, tiende a ser
una cultura poco proclive a conmover su laicidad. Sin embargo,
emparentar arte y religión no debiera parecernos aventurado ya que a
través de no pocos el arte intentó correr el mojón que separa la
indagación creativa de aquel terreno que pone al alcance de lo
numinoso.
En general, el parentesco entre las dos palabras: arte y
religión, queda supeditada a lo que la historia recoge de la
prolífica veta de arte sagrado, o arte dedicado a la temática de lo
sagrado. Más interesante sería llevar la deliberación a si la
práctica misma del arte no constituye un intento de religación, con
independencia de las temáticas aludidas.
Religión es religación, es volver a unir, volver a ligar, lo
que presupone partir de un estado de desunión, de quiebre esencial.
Ese quiebre determina la pérdida de algo que se tuvo, o, sin
situarlo en un tiempo determinado, de algo cuyo dominio se nos está
escapando por ignorancia o inadvertencia.
Remitiéndonos a las tradiciones del occidente monoteísta cabe
hablar de una caída, de un paraíso perdido, y de un derrotero de
peregrinaje en busca del estado primordial, de una restauración de
genuina identidad, aludida por las corrientes místicas del judaísmo,
el cristianismo y el islamismo. Como soporte de este peregrinaje
sólo podemos contar con el testimonio de las heterodoxias,
solitarias u organizadas, ya que fueron ellas las que mantuvieron
vivo el simbolismo que lleva del olvido, lethe de Heráclito y avidya
de Buda Shakyamuni al recuerdo, la vidya o aletheia .
Del tránsito entre estos estados habla claramente un aforismo
del Budismo Zen, como demostración de que en este terreno se
interpenetran latitudes y escuelas no sólo sin menoscabo de sentido
sino abonándolo .
Cuando empecé al camino, las montañas eran las montañas y los
ríos eran los ríos. Después, las montañas no eran las montañas y los
ríos no eran los ríos.
Ahora, las montañas son las montañas y los ríos son los
ríos.
… lo que, a nuestro juicio, guarda íntima trabazón con la
temática del arte imbricado en el empeño de religar, de poner ( o
reponer) esas montañas y esos ríos en clave de significatividad
mistérica.
El camino del recordar empieza en un no saber. El arte no
trata con un mundo hecho. La experiencia sensible ordinaria es
subvertida en una indagación que no podemos predecir a dónde llega.
Esas montañas y esos árboles pasan a estar entre paréntesis. Los
significantes se trastocan, las letras se interpermutan como en la
Kabalá porque hay una total disconformidad con la normatividad
perceptiva.
No, mi corazón no duerme.
Está despierto, despierto.
No duerme ni sueña, mira,
los claros ojos abiertos.
Señas lejanas y escucha
a orillas del gran misterio.
Antonio Machado.
En la Edad Media de occidente, la atribución de la palabra
"artista" era reservada a los alquimistas que laboraban noches y
días en transformar la materia prima en piedra filosofal. La
acepción más noble de la palabra arte refería a arte de transformar
el metal bruto en oro, reflejo del sol en la tierra - a propósito de
ésto, Dante, en el Convivio III, 12 dice que "no hay nada sensible
en todo el mundo más digno que el Sol para servir de ejemplo de
Dios"- Laborando lo tangible se intentaba obtener, por sucesivas y
escalonadas disoluciones, cristalizaciones, fusiones y combustiones,
una propiedad identitaria en lo intangible. La cocción debía llevar
a la conexión. Esto era lo que distinguía a los vulgares sopladores
o carboneros de los verdaderos maestros. El maestro Eckehardt lo
ilustraba diciendo "el cobre no descansa hasta convertirse en
oro".
Entre los numerosos cultores de la religión del arte y a
propósito de esta referencia a la alquimia, entra en nuestra órbita
de atención la pintura visionaria de Hieronymus Bosch, el Bosco,
nacido por el 1450. Atestiguar una pintura del Bosco es entrar en un
vórtice de metamorfosis que pone en entredicho todos los límites.
Los reinos animal, vegetal y mineral, como así también todos los
roles establecidos exceden las líneas demarcatorias de las
convenciones, son desenfadada y desenfrenadamente mezclados en la
persecución alucinada de una realidad que hace sospechar de lo
verosímil de ésta realidad. Si toda llamada religiosa induce
a sentir el extrañamiento, la nostalgia de los orígenes, como una
suerte de cultivo embrionario llamado a develarse, según algunos, a
través de la praxis artística, la llamada del Bosco pone de lleno
ante el estupor de lo humano y lo metafísico interactuando en sus
mutuas desgarraduras.
Elémire Zolla postula tres vías posibles de activación de la
nostalgia inicial, intentando desbrozar vías de acceso a lo
inaccesible. Todas tienen sus representantes en cualquiera de las
ramas del arte: las tres vías son las del conocimiento, la de la
emoción y la del exceso. Pero tal vez en ningún caso como en el del
arte estas tres vías ofrezcan una resistencia mayor a ser
desglosadas o particularizadas. El caso del Bosco quizá constituya
en este sentido uno de los más paradigmáticos.
Pero esta incapacidad de desglosar conocimiento, sentimiento
y exceso es una de las improntas que mueven a no poder separar el
arte de lo religioso, siempre que convengamos en situar lo religioso
más allá de las fronteras de la dogmática y las ortodoxias y no
reduzcamos la noción de religión del arte a la de arte con temática
sagrada.
En este sentido valdría arrimar una conjetura, como tal nada
taxativa, sino esbozada por el esfuerzo de aproximarnos
semánticamente, según la cual hay toda una cantera del quehacer
artístico que en sí misma constituyó una sacralización operativa con
independencia de la temática que pudiera abordar.
Claro que, para aventurarnos en la exploración de esa
cantera, nos veremos obligados a otorgar menor importancia a los
factores anecdóticos que rodean a la obra, (cuando no a removerlos
por completo) y orientar nuestra atención a lo que según una
corriente de pensamiento otorga a la operatividad misma en
cualquiera de las ramas del arte este valor de sacralidad , tal como
podríamos adjudicar a una ascética o a una actividad ritual o a una
disposición anímica el poder de aproximar al borde de lo mistérico,
de lo que en sí mismo permanece incognoscible.
Tal premisa de despejar de lo anecdótico para dejar desnudo
el símbolo y palpitar en la belleza de lo que el símbolo transmite,
irreductible a términos de intelección discursiva o emocionalismo
fatuo, no es acorde a las prácticas en que se mueve la cultura de
nuestro tiempo, donde todos los acentos de la crítica subrayan y
hasta exclusivizan la cuestión anecdótica de un cuadro, una novela o
una partitura.
Para ilustrar las diferencias entre una u otra postura
respecto del arte, vendría bien recordar aquel encuentro entre un
grupo de antropólogos que hicieron escuchar a un jefe indio
desconocedor del lenguaje sonoro ajeno a su cultura, enteramente
ritual, una grabación del Requiem de Mozart. Al concluir la
audición, el indio reflexionó de esta manera: "al fin el hombre
blanco nos ha traído algo que lo hace digno de que le confiemos
algunos de nuestros secretos".
La sola pertenencia a una cultura en la que sólo vale la
actividad que no distrae
de eso que lo visible cotidiano transmite de lo invisible
insondable, explica que la audición del indio traspasase todas las
barreras culturales en las que hubiera quedado capturado el oído
anecdótico.
Agustín López Tobajas dice a propósito de un texto sobre el
simbólogo Ananda K. Coomaraswamy que "En una civilización
tradicional, arte y técnica designan una misma relidad, inseparable,
a su vez, de la religión y de la vida; toda actividad práctica está
ahí impregnada del sentido de lo sagrado, y la belleza es resultado
inevitable de cualquier proceso creativo.
Lo anterior no autoriza a la conclusión de que el arte
moderno (por decirlo así) no contiene o está vaciado de aquellos
principios constructivos con raíz en lo simbólico. No es así. Pero
no es así porque tanto el empeño puesto en el subrayado de las
posturas ideológicas como la exacerbación de costumbrismos, modas y
subjetivismos, son impotentes para violar el criterio último de
belleza, tanto acústica como visual, que da categoría de obra, de
operación sagrada, de laboreo con códigos emotivo-intelectuales de
validez universal, códigos que en una época no globalizada, ya desde
los testimonios paleolíticos de Lascaux y los monumentos megalíticos
adoptaron en común todas las comunidades de la tierra.
Como se ve, no hizo falta llegar al Internet para comunicar a
los hombres. Hubo en tiempos prehistóricos una comunicación
cualitativa que se basó en el profundo reconocimiento de lo que la
naturaleza transmitía acerca de formas y proporciones.
El matemático Leibniz definía a la música como "una secreta
operación aritmética que hace el alma".
Imaginemos un caminante que no tiene que ser precisamente
músico. En el entresijo de emociones, pensamientos, recuerdos de
momentos y seres, inadvertidamente, (secretamente para nuestro
conciente) se va abriendo paso una melodía. esto es, una sucesión
bien precisa de alturas sonoras con un ritmo específico que adopta
la forma de un canturreo o un silbido. Esta forma primaria de
expresión musical es el cimiento sobre el que se edifica todo el
complejísimo edificio de su lenguaje. La operación aritmética, como
dice Leibniz, es secreta. Ocurre en nuestro interior. Puede ser
detonada por una búsqueda expresiva bien consciente, pero la
combinatoria sonora (y aritmética) se realiza allí dentro, donde el
principio de semejanza aritmética latente entre el microcosmos y el
macrocosmos viene a manifestarse en una garganta como ideación
sonora. La religación está teniendo lugar aunque el que inventa
espontáneamente una melodía lo ignore.
No otra cosa es lo que sostiene el pintor uruguayo Joaquín
Torres García cuando en su extenso tratado sobre el "Universalismo
constructivo" habla del dibujo de los niños y la pintura de todos
los pueblos aborígenes del mundo, de los testimonios gráficos de los
antiguos, de las construcciones de templos, de cómo este modo de
concebir el arte va unido al total desinterés por perpetuar el
nombre del artista en la obra realizada. De éste anonimato, nunca
cuestionado, que atraviesa toda la Edad Media cristiana y recién se
interrumpe en el Renacimiento, cabe decir que, más que desinterés
del artista por figurar al pie de tal o cual realización, denota que
el nombre propio, el nombre histórico, propietario de la anécdota
personal, se va quemando hasta convertirse en cenizas al mismo
tiempo que adquiere materialidad la obra, en virtud de lo que la
praxis artística tiene de sujeción devocional a los misterios
expresivos que yacen escondidos en la materia y que se van develando
a quien fielmente cultiva el arte como religión.
Hay un cuadro de Durero en el que se ve un alquimista rodeado
de símbolos arquetípicos entre los que sobresale la piedra tallada
de la perfección humana.Una profusa serie de elementos alegorizan el
sentido de su búsqueda, el cuadrado de Júpiter, el compás, la
clepsidra, etc.. Al fondo hay una rueda de fuego y más atrás el sol.
Ahí aparece escrita la palabra Melancolía, que es la extrañeza o
nostalgia de los Orígenes que mueven al buscador, en este caso al
mismo Durero, de quien sabemos el nombre porque pertenece justo a la
época en la cual queda el registro del artista.
Los mismos principios constructivos son aplicados en el
Partenón y el violín Stradivarius, y todos adscriben a aquella
geometría sagrada contenida en el número fi, el de la divina
proporción, el número de oro (que recuerda a los alquimistas), el
inconmensurable 1,618033… que patrocina las proporciones de los
caracoles, del cuerpo humano, de la distribución de los brotes en un
tallo y según parece, una indeterminada cantidad de criaturas que
ignoran que son habitados secretamente por lo que en la historia de
la matemática se conoce como la serie de Fibonaci.
En este orden de evocaciones acerca del vínculo inextricable,
de correspondencias digamos, amorosas, entre naturaleza, psiquis,
geometría y praxis del arte, el hilo o la red conectora une al
músico-matemático Pitágoras con Paul Klee, Vassili Kandinsky,
Escher, la música de Bach, que responde a una clave numerológica y
la del húngaro Béla Bártok, que estructura por ej. su obra Música
para cuerdas, percusión y celesta según un riguroso patrón
fibonaciano.
En el libro de Josep Soler Fuga, técnica e historia*
encontramos este párrafo "El control y la estructura,
absolutamente impensable, presuponen un análisis, antes de iniciar
la obra y también durante su escritura; mas este análisis, por muy
profundo que sea, es siempre un catálogo y ordenación de las
apariencias, del "fenómeno", de la obra de arte. Lo irracional, la
sucesión lógica de lo arcano, -tanto más lógico cuanto más cerca
esté de su arquetipo-, no puede demostrarse ni enseñarse ni tratar
de comunicarse ya que pertenece a la esfera de lo más íntimo del
artista y ni aún él mismo puede conocer claramente cuáles son las
bases en las que se apoya su instinto y en que grado éste le
"obliga" sin que intervenga su voluntad. (a propósito de "la música
es una secreta operación...")
"Saber cómo se escribe una fuga solamente se consigue
escribiéndola y descubriendo, en el proceso de su escritura, la
manifestación de lo oscuro; mas este descubrimiento
únicamente es capaz de conocerlo aquel que ya lo ha conocido a
través de su instinto y por la obediencia que supone la servidumbre
de ser artista y el saber que la obra de arte es siempre una
oscuridad enmascarada por lo aparente, por lo que recubre lo
que se oculta en el interior del santuario y que no se patentiza
a los profanos -cita de Plotino, Eneadas I, 6; 8-9) El artista
desprecia lo superfluo, endereza lo torcido, torna brillante lo
oscuro...hasta descubrir la obra de arte escondida, ínsita, oculta
en su propio interior, velada por las apariencias -tan necesarias
por otra parte- de la técnica."
La técnica es su medio, pero su fin es la manifestación de la
fuerza emocional que a través de ellos halla su camino de salida
derramándose en inagotable riqueza. En la cumbre del volcán se halla
presente el compositor quien, con su técnica, con su organización
permite a la lava abrirse camino canalizándola hasta nosotros y
haciendo posible que nos pongamos en contacto con ella y la
convirtamos en materia propia.
Así, un análisis, por muy complejo que sea, jamás agota las
posibilidades de una obra ni menos agota la descripción de su
esencia expresiva e íntima. Analizar -sea Bartók o Bach- es sólo
descubrir algunos de los parámetros en los que se esparce y derrama
esta música. Pero su esencia es inagotable y su emoción, el
revés de la trama, está siempre intacto e inasequible para el
espectador: trascendiendo al análisis está el misterio de la música
y la revelación que a cada espíritu pueda llevarle; esta esencia
impalpable y ajena, tanto al compositor como al oyente, es imposible
de expresar o analizar: Aquí, como en tantas otras circunstancias,
el medio no es el mensaje y el fin siempre está velado en
espera de una re-velación o un des-velar que ya es una
dimensión personal -como una epifanía, un nacimiento en la
aprehensión de un verbo inasequible-, imposible de analizar y más
allá -trascendente- a cualquier codificación."
Como podemos ver, en el arte no son escindibles las tres vías
de acceso a lo divino: la del conocimiento, la del sentimiento y la
del exceso. En el arte, las tres se superponen aunque como tres
voces simultáneas pueda una u otra sonar alternadamente más fuerte.
Sin embargo, hay espíritus en los que las tres voces, o las tres
vías, sostuvieron siempre una intensidad pareja. Tales casos entre
otros los del místico-artista maestro Eckhardt y el del
artista-místico William Blake.
Para que las tres vías se den en simultáneo, así como la
geometría no se verá separada de la emoción, no se verá la emoción
como un sentimentalismo, menos un sentimentalismo religioso. Del rol
de la emoción dice Octavio Paz a propósito de un pequeño ensayo
sobre la poesía erótica epigramática "Kavya", de la India:
El arte verdadero trasciende,
simultáneamente, al mero artificio y a la expansión subjetiva. Es
objetivo como la naturaleza, pero introduce en ella un elemento que
no aparece en los procesos naturales y que es propiamente humano: la
simpatía y la compasión.
En cuanto a la vía del exceso, como en el Tantra hindú,
aquella vía que parte de la idea de que el mismo suelo en que
caes es el que te ayuda a levantarte, -la vía del héroe o del
Vijra-, esa vía que en aras de lo ilimitado desafía todo límite, se
malogra si no es afrontada en la cumbre de la lucidez.
El arte, como decíamos, da cuenta de la existencia y
expresión recíproca de estas tres vías.