|
EL NECRONOMICÓN
Un tratado de
horror cósmico
Por Javier Arries
|

Facsímil
de la portada de una presunta edición inglesa del Necronomicón
en el año 1571. |
Algunos escritores liberan su imaginación para urdir
sugestivas mitologías, visiones simbólicas y literarias del
universo. Algo así consumó William Blake en su poética y sus
grabados. Un radiante mundo desplegó Tolkien en su El Señor de
los Anillos. Y Howard Phillips Lovecraft también tejió su
realidad mitológica. En el comienzo existieron los Antiguos, los
Dioses primigenios o Primordiales. Seres maléficos que impusieron
una oscura tiranía en la Tierra. La Gran raza de Yith se rebeló.
Los Antiguos se enfrentaron también con Los Arquetípicos, las
divinidades estelares de Betelgeuse. Tras largas luchas, los
Dioses Primigenios fueron derrotados. El más célebre de los
Antiguos, Cthulhu, fue encerrado en la ciudad sumergida de R' lyeh.
Allí sueña y espera el momento de regresar. Estos hechos y otros,
y las formas mágicas de invocación a los Antiguos, se hallan en el
Necronomicón, "el libro de los nombres
muertos". Para algunos el libro es real y fue escrito por el
poeta árabe Abdul Al-Hazred; para otros, es sólo una creación de
Lovecraft. Sea real o no, el Necronomicón ha
adquirido, incluso más allá de los lectores de Lovecraft, el aura
de una obra extraña que duerme ignorada en el anaquel de alguna
biblioteca esperando que, por misteriosos signos y acontecimientos,
alguien lo encuentre y participe de sus secretos.
Para adentrarnos en la historia y los misterios de este famoso
libro, le presentamos una versión parcial de un preciso y
meticuloso artículo de Javier Arries editado originalmente en la
Revista española Año Cero.
En Temakel también podrán hallar un cuento emblemático de
Lovecraft, En
la cripta , junto
con un breve comentario biográfico.
E.I
|
Para
adentrarse en el mundo literario de Lovecraft y en relación
con el Necromicón, obra esencial es:
Los
mitos de Cthulhu,
editorial Alianza. |
EL NECRONOMICÓN
Un tratado de horror cósmico
Por Javier Arries
La
horda del Sepulcro no otorga privilegios a sus adoradores. Son
escasos en poder, pues solo alcanza a alterar dimensiones espaciales
de pequeña magnitud y a hacer tangible únicamente aquello que en
otras dimensiones nace de los muertos. Tendrán dominio y potestad
dondequiera que fueran entonados los cánticos en loor de Yog-Sothoth,
si es la época propicia, pero pueden atraer a quienes abran las
puertas que son suyas, en las moradas sepulcrales. No poseen
consistencia en nuestra dimensión, pero penetran en la mortal
envoltura de los seres terrestres y en ellos se cobijan y nutren
mientras aguardaban a que se cumpla el tiempo de las estrellas
fijas y se abra la puerta de infinitos accesos liberando a Aquel
que, tras ella, intenta destrozarla para abrirse camino...
Esta profecía nada tranquilizadora procedería de ese antiguo libro en el que supuestamente se
describen un sinfín de seres terroríficos, ceremonias destinadas a abrir los portales que les
darían acceso a nuestro mundo, razas desconocidas para el ser humano, una
historia que se remonta al comienzo del universo y la descripción de un futuro horrible
en el que la humanidad y el Universo conocido caerán en un reinado de terror,
degeneración y locura, bajo el yugo de dioses venidos de lejanas regiones siderales, situadas
más allá de nuestro espacio-tiempo.
La voz de la locura
El nombre de Yog-Sothoth ya le habrá resultado familiar a algún que
otro lector familiarizado con las ciencias ocultas y la literatura de terror. En efecto, es uno de esos terribles personajes que pueblan los relatos de Howard Phillips Lovecraft, el oscuro
escritor que inició un ciclo que se ha dado en llamar Los Mitos de Cthulhu, una serie de
terroríficas narraciones basadas en una cosmogonía propia, con dioses, cultos abominables, seres que les sirven y personajes que tropiezan con raros libros donde se
pone de manifiesto una realidad desconocida para la raza humana. El nombre de uno de esos tratados resuena frecuentemente, a lo largo de los relatos: el
Necronomicón. Para el lector corriente se trata de una
ficción, pero para algunos investigadores se trata de una texto real.
El
Necronomicón, cuya auténtica denominación sería Al-Azif, palabra que en
árabe, según Lovecraft, designa el ruido nocturno de los insectos atribuidos en otro tiempo a los demonios describe unas horribles entidades que ya existían antes de que naciera este mundo y a las que, siguiendo sus instrucciones, se puede
ayudar a volver. Son los Antiguos, los Dioses Primigenios o Primordiales, seres de pesadilla, la
quintaesencia de todo mal. Los Antiguos habrían llegado a la Tierra antes de todo tiempo conocido, e instauraron un reinado tiránico asistidos «por otras razas que, por practicar la magia negra, fueron
expulsados, pero viven aún en el Exterior, dispuestas en todo momento a volver a apoderarse de la Tierra».
Una de estas formas de vida especialmente
inteligente, anterior a la humana, a la que el Necronomicón daría el nombre de Gran Raza de Yith, se alzó contra sus creadores. Los seres de la Gran Raza no tienen forma, parasitan los cuerpos de otras especies y pueden moverse a través del tiempo. De hecho, cada vez que se encuentran en peligro huyen hacia algún espacio-tiempo más favorable donde se apoderan de los cuerpos de alguna forma de vida adaptada a sus necesidades. Cuando fueron derrotados, huyeron a un tiempo por delante del nuestro, donde, según el libro, se habrían apoderado de los cuerpos de unos escarabajos que sucederán al hombre en
el dominio de la Tierra.
Los dioses primigenios entraron a su vez en conflicto con otra categoría de divinidades
estelares, los Arquetípicos, originarios de la estrella Betelgeuse. Más que de benévolos habría que calificarles de indiferentes respecto de la suerte de la humanidad, a la que consideran una
de las muchas formas de vida mortales e insignificantes que pueblan nuestro continuo espacio-tiempo. La rebelión, encabezada por Azathoth, acabó, tras una larga y denodada lucha, con la derrota de los dioses primigenios hace ya incontables eones. El más
famoso de
ellos, el horrible Cthulhu, fue condenado en nuestro mundo a permanecer en la ciudad sumergida de R’lyeh,
donde, aunque muerto, permanece soñando y esperando el día de su despertar. La ciudad de R’lyeh estaría situada en algún punto cerca de Pónape, en las Islas Carolinas, zona donde se encuentran las ciclópeas ruinas semisumergidas de Nan
Madol (foto abajo derecha).
El jefe de la rebelión, Azathoth, el Caos Idiota, fue privado de inteligencia y de voluntad. Su horrorosa forma, culmen de la angustia y esencia de una locura devoradora de conciencias, fue arrojada junto a Yog-Sothoth, una de cuyas manifestaciones más conocidas es una infinidad de globos iridiscentes que consumen y queman el espíritu, fuera de nuestro espacio-tiempo. Cthugha fue apresado en la estrella
Fomolhaut. Ithaqua, al que llaman El Que Camina En El Viento, está atrapado bajo un poderoso sello entre los hielos árticos. El inefable Hastur fue confinado en un paraje cerca de la ciudad de Carcosa, en el cúmulo estelar de las
Híadas. La fortaleza negra sobre la ciudad de Kadath, en el Desierto de Hielo, una región en la zona fronteriza entre el mundo de la vigilia y el del sueño, es la prisión de muchos Primigenios menores. Otros primigenios, mayores y menores, como Dagon o Ghatanothoa, el Dios-Demonio, permanecen atrapados en una u otra forma en diferentes universos y dimensiones. Tan sólo el malvado Nyarlathotep, El Que No Tiene Rostro, parece haber escapado a la prisión o al exilio.
«Algo» entrará en nuestro espacio-tiempo
Las revelaciones del Necronomicón serían aún más inquietantes, pues aunque los Primigenios están atrapados en diferentes cárceles dimensionales, toda una multitud de híbridos y razas que los adoraron en su momento perviven en el Universo. Los
individuos de esas especies, muchas de las cuales son formas de vida degenerada, perciben los ecos de
sus dioses y tratan de violentar los sellos que los aprisionan para liberar a los Antiguos. Algunas de las
láminas ilustradas del Necronomicón mostrarían a
esos seres de aspecto aterrador que el artista Giger ha recreado magistralmente.
En nuestro propio mundo, bajo uno de cuyos océanos permanece
aletargado el Gran Cthulhu, existiría una forma de vida híbrida, los Profundos,
en cuyos sueños penetra la voz del Dios. Tales seres tienen aspecto
humano durante sus primeros años de vida, aunque con rasgos de batracio. Según
transcurre su desarrollo, sus características de anfibio van
pasando a un primer plano hasta que se transforman por fin en una
especie marina de rasgos levemente antropoides. Todos sus cultos y ceremonias
van encaminadas a dar a Cthulhu la fuerza necesaria para ser despertado y para
prepararle de nuevo nuestro mundo.
Algunos seres humanos son receptivos a las voces y pueden ser dirigidos en una
suerte de posesión. Según algunos investigadores, éste sería el
caso de Lovecraft, al que se ha llamado el profeta de providence, su ciudad natal. Para ellos,
Lovercraft presentaba rasgos de obsesión demoníaca. Odiaba la luz del Sol y durante el
día escribía con las cortinas echadas. Por las noches, se dedicaba
a pasear por las callejuelas solitarias y los cementerios de su ciudad. Su temperatura
corporal era anormalmente baja, signo, para la mayoría de los ocultistas,
de la presencia de entidades vampíricas que absorben el calor orgánico para nutrirse
y que le habrían asaltado en las horribles pesadillas de las que
era presa prácticamente a diario. La fuente de su inspiración eran precisamente sus
sueños, en los que visitaba extrañas ciudades de exóticas
arquitecturas, aberrantes paisajes cósmicos y formas de vida no
humanas. De su ciclo onírico, conectado con el de los Mitos, se
desprende que Lovecraft tenia una rara facilidad para moverse en lo
que el llamaba "las tierras del sueño", un universo
separado del de la vigilia por una región fronteriza a través de
la cual sus habitantes podían acceder a nuestro mundo mismo de modo
que ciertos soñadores experimentados podían alcanzar el otro
lado. La clave estaría en lo que él denominaba la llave de
plata, que adeptos de ciertas sociedades afirman poseer y que
les daría acceso a realidades diferentes.
Lovecraft se autocalificaba de materialista. Un ateo extraño, si
tenemos en cuenta que, como él mismo declara, desde niño levantaba
altares en los bosques a los dioses antiguos y estaba familiarizado
con las obras de magos, teósofos y ocultistas como Eliphas Levi,
uno de cuyos libros es empleado en sus relatos por practicantes de
la antigua magia. Para algunos, su materialismo era una forma de no
enfrentarse a la evidencia. Como dice Kenneth Grant, parece que
Lovecraft "empleó su vida en un vano intento de negar los
poderosos Entes que le movían", seres que, supuestamente,
terminarían por destruirle en 1937, a sus 47 años, aquejado de un
cáncer intestinal y de insuficiencia renal.
Más
que ficción
El
escritor Colin Wilson, un apasionado de Lovecraft recibió en 1976
una carta del Dr. Stanislaus Hinterstoisser, director del Instituto
para el Estudio de la Magia y fenómenos Ocultos, de Salzburgo,
afirmando que tenía pruebas de que el padre de Lovecraft, Winfield,
pertenecía a la francmasonería egipcia fundada por Cagliostro,
quien, según Hinterstoiseser, "legó a sus seguidores ciertos
manuscritos, incluidos el Necronomicón
|
VIDA
Y OBRA DEL ÁRABE SUPUESTO AUTOR DEL
NECRONOMICÓN

Ilustración para el Necronomicón
de H.R. Giger, famoso dibujante suizo.
De
la obra de H.P. Lovecraft se desprende que el autor
del Necronomicón fue un poeta árabe
llamado Abdul al Al-Hazred que habría vivido en
tiempo de los Omeyas, a últimos del siglo VII. Su
vida se conocería gracias a su biografía, escrita
en el siglo XII por Ibn-Khallikan. Sus actividades
despertaron las sospechas de los musulmanes
ortodoxos, por lo que se vio obligado a huir al
Yemen. Con propósitos oscuros visitó las ruinas de
Babilonia y Menfis. Pero los diez años más
significativos de su vida habrían transcurrido en
el gran desierto del sur de Arabia. El antiguo
nombre que los árabes daban a esa enorme extensión
de arena, Roba el-Khaliyeh, fue sustituido
por el actual: Dahna, "el desierto
escarlata". Allí, en una tierra que la
tradición árabe puebla de monstruos, demonios y ghoules
(vampiros horribles que aparecen con frecuencia en
las obras de Lovecraft) estaría la perdida Irem
mencionada por el Corán, la "Ciudad de los
Pilares" maldita por Alá y cuyos restos
parecen haber sido descubiertos recientemente
gracias a imágenes captadas por satélite. Abdul
habría encontrado la ciudad que un día habitaron
los degenerados aditas. Allí presenció algo
horroroso que le arrebató la razón, origen del
sobrenombre por el que se le conoció después:
"el árabe loco". Tras su estancia en el
desierto escarlata, Abdul se afincó en Damasco
hasta que murió, fuera de la ortodoxia musulmana.
Allí, en el año 730, escribiría Al Azif, el Necronomicón,
ocho años después de lo cual, según su biógrafo,
murió en una plaza pública de Damasco en medio de
horribles tormentos, devorado por algo que nadie
consiguió ver.
HISTORIA
DE UN LIBRO MALDITO
A través de los relatos de Lovecraft se puede recomponer la historia del
Necronomicóm. Tras la muerte de Abdul al-Rahzed, el libro habría estado circulando entre los componentes de extraños grupos ocultos. En el año 950, Theodorus Philetas de Constantinopla tradujo la obra al griego. A él se debe el nombre de
Necronomicón. Pese a que lo tradujo en secreto, el libro salió a la luz, lo que motivó que un siglo más tarde el patriarca Michael lo prohibiera formalmente, ordenando la quema de todos los ejemplares conocidos. En 1228, Olaus Wormius lo tradujo al latín. En 1232, el Papa Gregorio IX habría prohibido tanto la versión griega como la latina. Una de las dos ediciones conocidas de la versión latina habría sido llevada a cabo en Toledo, probablemente en el siglo XV, un ejemplar de la cual se conservaría en el British Museum. De
la reedición que se afirma haber sido llevada a cabo en el siglo
XVII, un ejemplar estaría en la Biblothéque Nationale de París, y una versión al inglés antiguo de ésta estaría
celosamente guardada bajo llave en la Biblioteca de la Universidad de Miskatonic, en la ciudad de Arkham (Salem). Una versión griega habría sido editada en Italia en
la primera mitad del siglo XVI, cuyo último ejemplar habría desaparecido, en 1692, tras
declararse un extraño incendio en la biblioteca de
un vecino de Salem sospechoso de practicar la brujería.
La última noticia del original es que estaba en poder de Wormius. Otros ejemplares
estarían en la Biblioteca en la Universidad de Buenos Aires, la de San Marcos en
Lima y en la Biblioteca Widener de Cambridge. Aún, otros dos
ejemplos se hallarían en lo Bibliotecas del Vaticano y en El Cairo. Al menos eso es lo que se
afirma en los Mitos, pero los intentos de encontrar el manuscrito
en dichas bibliotecas ha sido infructuoso, aún
cuando en alguna de ellas se haya encontrado incluso
la ficha bibliográfica, cuidadas hasta el mínimo
detalle, y dejada allí, probablemente, por algún
estudiante bromista. Para muchos investigadores, el Necronomicón
sería un corpus mágico integrado por ciertas obras
fundamentales de la magia medieval: el famoso
manuscrito árabe Kitab-al-Uhud y La
clavícula de Salomón, con sus numerosos
derivados cuyos ejemplares pueden rastrearse en
muchas bibliotecas europeas. De éstos existe una
serie muy alterada, la saga mosaica: el Quinto
y Sexto Libro de Moisés y La espada de
Moisés, partes a su vez de un todo que
incluiría la obra de magia egipcia conocida como Papiro
de Leyden. Todas esas obras de las que hay
ejemplares -muy diferentes entre ellos -en distintas
bibliotecas, habrían formado parte, en algún
momento, del Necronomicón. |
|
original". Aseguraba también que Winfield estaba en posesión de un raro grimorio de magia astrológica, el
Picatrix de Maslama ibn Ahmad al-Magriti (atribuido a un moro de Madrid y que Editora Nacional publicó en 1982). Según Hinterstoisser,
"el Necronomicón es una compilación de material mágico procedente de Acadia, Babilonia, Persia e Israel, hecha probablemente por Alkindi, que murió en torno al año 850, y supuestamente contendría una tradición mágica que precedió a la especie
humana". El capítulo noveno de la segunda parte de esta obra, que no sería otra sino la conocida como
El libro de la esencia del alma (Kitab ma’ani al-nafs) y habría estado en posesión del padre de Lovecraft, lleva el título
De la historia de los Antiguos. Este capítulo de la obra, que
sería un compendio de magia derivado en parte de las tabletas de la biblioteca del rey Asurbanipal, sería el tan buscado
Necronomicón. Quizá no sea casualidad que, como el árabe autor del
Necronomicón, el padre de Lovecraft muriera demente, a causa de una
sífilis. La última carta de Hinterstoisser acaba de una forma muy intrigante:
". . .los parásitos de la mente existen realmente... tienen su influencia e incluso son visibles bajo diferentes apariencias... Describirlos como malignos, tal como hice cuando di con ellos por primera vez en el transcurso de mi investigación, sería una ridiculez... Es nuestro
espíritu semi-eterno (me atrevo a decir eterno) lo que les interesa. Pero es fatigoso ser el juguete de fuerzas que son a la vez elementales y conscientes... Ahora sólo puedo trabajar de modo seguido un par de horas. De lo que antes fue únicamente curiosidad lúcida sólo queda horror. Quiero
prevenirle". El doctor Hinterstoisser falleció poco después de escribir esta última
carta.
Por otro lado, Robert Turner, fundador de la sociedad conocida como Orden de la Piedra
Cúbica, cuando investigaba en la Colección Harleian de
Manuscritos del Museo Británico, que contiene papeles y documentos del mago isabelino John Dee, encontró una carta, fechada en 1573, dirigida al doctor Dee por un remitente anónimo, donde se mencionaba la ciudad semisumergida de Donwiche, un lugar rico en yacimientos arqueológicos al que los romanos llamaron
Sito Magnus. Lo curioso es que uno de los relatos de Lovecraft transcurre
en la
ciudad imaginaria llamada Dunwich, al norte de Massachussets. En esa localidad, el
protagonista de la narración sería poseedor de una traducción incompleta del
Necronomicón que el doctor habría llevado a cabo.
El necronomicón según John Dee
Turner sabía que, en una de sus cartas, el doctor
Hinterstoisser afirmaba que el bibliotecario del emperador Adolfo II, en cuya corte había estado John
Dee (foto abajo derecha), incluyó en un catálogo la compilación
de Alkindi, una copia de la cual habría estado en posesión del padre de Lovecraft. Si ello era cierto, el
Necronomicón que hipotéticamente perteneció a Winfield Lovecraft sería la copia que Dee habría hecho en Praga, en la corte de Rodolfo II. Conociendo la gran erudición criptológica del mago inglés, supuso que su diario mágico, el manuscrito conocido como Liber Logaeth, podría ser una copia incompleta y cifrada del
Necronomicón. En el Liber Logaeth Dee explica los medios para entrar en contacto con seres que habitan otras realidades, un sistema mágico original al que los estudiantes de magia contemporáneos tienen un gran respeto por los enormes poderes que, según afirman, pueden liberarse en este mundo. Con la colaboración del experto en informática David Langford, Turner trató de hallar la clave. Langford comenzó a experimentar con los cuadrados mágicos de la obra de Dee. Sabía que una mente como la suya tenía que haber ideado un sistema de encriptación realmente sofisticado. Según afirma, él mismo fue probando con diferentes grados de complejidad que resultaron erróneos, hasta que halló un sistema
especialmente complicado que dio resultados.
El programa de ordenador ofreció un texto
coherente en el que se podían reconocer los nombres de los dioses Primigenios, algo alterados. Algunos
fragmentos del resultado de ese desciframiento han sido ya publicados como parte del verdadero
Necronomicón. Para ser objetivos, además de contener un alfabeto al que se le atribuyen poderes
mágicos -casi idéntico a uno de los empleados por algunas logias
masónicas de la edad moderna para escribir mensajes en clave, derivado de la llamada Clave del Arca Real-
habría que señalar que algunas atribuciones se parecen demasiado a las dadas por la
Orden de la Golden Down. Pero si esto se debe a que algunas lagunas
gráficas y textuales han sido rellenadas por Turner- influido por el sistema de la orden, como la
mayoría de los estudiantes de magia contemporáneos- y si las aseveraciones de
Langford son reales, estaríamos ante un descubrimiento de repercusiones
imprevisibles.
A la misma
tradición, según Turner, pertenecería el Necronomicón
encontrado en 1967 por Sprague de Camp, biógrafo de Lovecraft, quien preguntó en Bagdad a un profesor palestino por el significado del nombre árabe del
Necronomicón, Al Azit. El profesor no supo responderle, pero un miembro de la Dirección de Antigüedades de la Administración General Iraquí
le mencionó que la palabra Al Azif, derivada del antiguo acadio, encabezaba un manuscrito en su poder escrito en diurano, un dialecto del sirio hablado por unos pocos ancianos de la localidad kurda de Doria, en una de cuyas tumbas se habría encontrado el documento. De Camp le compró el manuscrito. Ya en América, averiguó que en realidad estaba escrito en un idioma parecido al persa, que podría ser geberiano. Sus esperanzas se vinieron abajo cuando un experto, Reinhold Carter, del Museo Metropolitano, le aseguró que era una falsificación del siglo XIX. En 1973, animado por una carta en la que el antiguo propietario pretendía que le revendiera el documento, publicó el manuscrito con el título de
Al Azif. El Necronomicón, en la editorial Owlswck Press de Filadelfia.
(*)
(*) Fuente:
Versión parcial de Javier
Arriés, "El Necronomicón. Un tratado de horror cósmico",
publicado en Revista Año Cero, Año lX, N 3, pp. 70-78.
|