María Zambrano en su juventud.
En el
siglo del predominio del frenesí, la máquina y el desencantamiento,
María Zambrano aún piensa desde la convergencia de la poesía, la
filosofía y lo sagrado. Este pensar que se extiende hacia una
trascendencia plena de símbolos y sugerencias sacras se manifiesta
en El hombre y lo divino, una de sus obras fundamentales.
Aquí presentamos un texto nacido de la meditación del
reconocido poeta y ensayista Hugo Mujica. Mediante un atender a las
huellas en el camino, Mujica descubre los manantiales hondos de la
excitación de Zambrano hacia un pensar de la trascendencia y la
esperanza.
MARÍA ZAMBRANO: UN
CLARO EN EL BOSQUE, UNA ESPERANZA EN TODA CRISIS
Por Hugo
Mujica
Cada
crisis, según María Zambrano, desnuda la vida, desvela sus
entrañas, expone sus raíces. Para ella "el drama de la Cultura
Moderna ha sido la falta inicial de contacto entre la verdad de la
razón y la vida": el desarraigo, la desencarnación. En el
"cogito ergo sum", nos dice, nació el sujeto moderno, el hijo
de sí mismo, de allí que para nuestra filósofa en nuestra cultura
"no hay crisis, lo que hay más que nunca es orfandad": "El cogito
cartesiano es la proclamación de la soledad humana que se afirma a
sí misma… La nueva creencia irá eliminando todo lo que no sea
reductible a ella. Los misterios ya no cuentan..." Es que la luz
de la razón con la que el hombre moderno se dio a sí mismo a luz fue
"la fría claridad" de la conciencia, no "la luz
viviente" del corazón, dice y contrasta Zambrano.
"A medida que avanza
la época moderna, a medida que nos alejamos de Descartes y que
germinaba la desconfianza de la que fue el genio, ha crecido la
desesperación de la verdad. Y paralelamente la rebeldía de la
vida." La filosofía, "la razón ensoberbecida", sin la
poesía, nos dice Zambrano, "humilla la vida", se impone sobre
ella en lugar de acogerla y encenderla, entonces la vida se rebela
ocultándose, dejando a la razón sin savia, pero también
debilitándose ella, ella incapaz por sí misma de revelarse, de darse
forma, de nombrarse a sí.
"Sólo la esperanza
rescata a la conciencia de su enemistad con la vida, transformando
su fría claridad en luz viviente". Zambrano busca -y lo
enseña con su "razón poética" y lo apostó con su
irrenunciable esperanza- reconciliar el logos filosófico,
racional, con el logos poético, relacional; busca
encarnar el saber de la dominación en el saber de la comunión: busca
"el sentido nupcial de la vida", su recobrada
unidad.
"Cuando la razón se
ha embriagado, el despertar es entrar en realidad", pero cuando
la razón se ha "ensoberbecido", embriagado de sí, el pensar necesita
de otros logos, otros pensares que nos hagan "entrar en
realidad": un pensar rememorante y narrativo -incluyente de la
tradición y abierta al paso del tiempo-, una racionalidad
"mediadora", "materna" y "poética" -poética y
materna por su dar a luz-, porque el pensamiento no está llamado
sólo a verificar lo que se ajusta a sus coordenadas y se somete a su
proyección, sino a dejar también aparecer a lo que aún no es,
llamado a acoger a esa plusvalía que la vida sólo entrega a la
creación, ese "incendio de la esperanza" que arde en las
"entrañas" de la vida: "la promesa de ser concebido y de irse al par
concibiendo enteramente, aunque no se vea el término ni la
meta".
Hace falta entonces una
"razón amplia y total, razón poética que es, al par, metafísica y
religiosa", razón que crea reuniendo y reúne creando, razón
desposeída de sí, vacía y por tanto abierta y atenta: anfitriona de
alteridad. Razón "purificada": desarmada de su voluntad de
dominio, desasida de su propia certidumbre, despejada de su
espejarse a sí. Incertidumbre que lejos de ser ignorancia es
sabiduría: es su dejarse enseñar, su continuo comenzar. Una razón
-una piedad del pensamiento- en la cual, y gracias a la cual, nada
de lo viviente resulta humillado, ningún misterio violado, ningún
silencio acallado.
Razón poética, razón de
vida y no de sí, capaz de suturar la dualidad en la que nos exilió
el "totalitarismo cartesiano", una nueva y recreada unidad de
"mundo", "tierra" y "alma" que "sería la intimidad sin
reclusión; el que cesara de haber el dentro, donde somos prisioneros
y a veces perecemos de asfixia, y el fuera, inmenso y hostil; el
fuera de la asechanza y el espacio nuestro donde nadie nos
responde".
"Corazón" llama
Zambrano a esa "intimidad sin reclusión", ese "aquí"
donde cada ser se inserta en lo universal, cercanía a la vida donde,
al roce con ella, se nos da la palabra que la nombra. Intimidad
latiente y sobre todo anhelante, ya que nacimiento y esperanza, raíz
y horizonte, se entrelazan: "La esperanza está encendida como
fuego y como lámpara en el corazón y así hace de él el centro donde
el entendimiento y la sensibilidad se comunican", esperanza al
fin, que hace del corazón "el vaso de la unificación de todo el
ser".
Paradójicamente es en el
hombre -ese "rey mendigo" que "tiene un nacimiento
incompleto"- donde se abre -en la temblorosa imagen de un
corazón latiente- una "perspectiva infinita" que ningún acto,
ninguna actualización de sí, la agota o la abarca. Es que para
Zambrano "el hombre es el ser cuya primera manifestación es la
esperanza. La esperanza, y no el instinto y no la inteligencia",
esperanza que hace del hombre "el ser que padece su propia
trascendencia". Esperanza o trascendencia que no es otra cosa
que "hambre de nacer del todo", pero nacer, originaria y
destinalmente, será no morir, es resurrección.
"Solo pasajeramente
puede tenerse en vilo ese fondo de la existencia que es la
esperanza". Por esto para Zambrano crisis y nihilismo, o el nihilismo
como crisis, son el claroscuro de un final que se balbucea inicio,
una aurora aún en su raíz de noche: "La ardiente
desesperación más bien muestra lo contrario; mas bien diríamos que
hay un ensanchamiento de la esperanza, o una esperanza nueva que
envuelta y confundida, tímidamente aflora. Una fase nueva de
nuestras esperanzas que puede aparecer confundida con el delirio,
con la insensatez, con el absurdo... Momentos de creencias sin
credo, de fe desasida y esperanza errante. Son los momentos en que
la esperanza cobra mayor anchura, y sin embargo, no tiene donde
fijarse…"
En su radicalidad, es
decir su originalidad, "la esperanza es el fondo último de la
vida", la vida misma -diríamos- que en el ser humano se encausa
inexorablemente hacia una finalidad, hacia un más allá que es lo
abierto de todo "aquí": hacia "el señor del
horizonte", como nos recuerda Zambrano que era uno de los
nombres que los egipcios daban a Dios. La esperanza es entonces la
trascendencia misma de la vida que, en el hombre, se concreta en su
rasgo más humano: mantener abierto el futuro, conducir el nacer de
cada instante "hacia el infinito horizonte de lo posible",
inalcanzable horizonte y, por inalcanzable, inagotable. Don de lo
imposible que "es la verificación más fiel de la
esperanza".
"La circulación que el
movimiento del corazón establece trasciende por la esperanza todos
los dominios de la humana vida", los dominios y hasta
la misma humanidad, por eso agrega María Zambrano: "El hombre
tiene un nacimiento incompleto. Por eso no ha podido jamás
conformarse con vivir naturalmente y ha necesitado algo más,
religión, filosofía, arte o ciencia. No ha nacido, no ha crecido
enteramente para este mundo, pues que no encaja con él, ni parece
que haya nada en él preparado para su acomodo; su nacimiento no es
completo ni tampoco el mundo que le aguarda."
"La esperanza
es revelación",
revelación de lo que no somos, como "los sueños y el tiempo",
como la vida cuando es no lo que es sino lo que puede ser. De allí
que Zambrano hable de la trascendencia como de un padecer, un
sufrir, hable del hombre como el que padece su propio y continuo
nacer. El hombre, cita y repite Zambrano, es un ser trágico: conoce
padeciendo, padece para saber. Ella conoció la esperanza
padeciéndola durante casi medio siglo de exilio y, cuando al fin
regresó, ya era tarde: ya su destierro era de tierra, ya ni su
tierra -ni aún la de su origen, su España- sostenía su esperanza, ya
el exilio había sido revelación. Lo que esperaba, la esperanza de la
que nos habla, ya no estaba aquí.
"Pero hay pulso
en todo; la noche lo descubre". Consecuentemente, ya visionaria,
María Zambrano terminará radicalizando las sombras de nuestra crisis
en "noche oscura", pero fiel a su irrenunciable esperanza, a
su "sentir originario", a la apuesta de la ausencia como
espacio para la creación -y sin atenuar lo que de dolorosa tiene
toda espera, de trágica toda ausencia, de tajante toda incumplida
unidad-, siente y dice haciéndoselo decir a su Antígona: "por muy
cerrado que sea el silencio de lo divino, en un remoto horizonte se
abre una cierta llamada; un solo punto al que todo el conflicto se
remite. Y sucede también que, cuando el silencio es la única
respuesta para el humano clamar y la humana alabanza, llega a
adquirir consistencia, casi entidad".
"Yo no concibo mi vida
sin el exilio. El exilio ha sido como mi patria, o como una
dimensión de una patria desconocida, pero que, una vez que se
conoce, es irrenunciable… Creo que el exilio es una dimensión
esencial de la vida humana…" Porque Zambrano, también ella, vivió en el
desgarro entre la "apetencia inextinguible de unidad" y la
"incumplida unidad" que es la vida, vivió el desgarro como
exilio y el exilio como espera; creyó con fe religiosa y espero con
esperanza teologal, pero radicalmente, con sus "entrañas": no
le bastó con llamar Dios a Dios, supo que un Dios que se nombra es
menos divino que el silencio con que nos nombra Dios: "pues sólo
me fío de esa luz que se enciende dentro de lo más oscuro y hace de
ello un corazón. Allí donde nunca llegó la luz del sol que nos
alumbra. Sí, una luz sin ocaso en el centro de la eterna noche"…
Sí, una inextinguible aurora, como corona encendida sobre el
imperceptible triunfo de haberlo ofrendado todo. (*)
María Zambrano hacia
1930.
(*) Fuente:
Hugo
Mujica, "María Zambrano: un claro en el bosque, una esperanza en
toda crisis". Agrademos a Hugo Mujica por su envío de este artículo
para su edición aquí.