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EL
PRIMER MANFIESTO SURREALISTA
Por André Bretón

El
surrealismo es el movimiento fundamental de las vanduardias artísticas.
Su credo estético y filosófico consistió en invocar la liberación
creadora del inconciente. Su doctrina y su práctica se iniciaron de
manera pública con el primer manifiesto surrealista escrito por André
Breton en 1924. Aquí, en este momento de Literatutra y trascendencia
de Temakel, presentamos buena parte de este primer manifiesto. No
hemos incluido la última sección, llamada "Secretos del arte
mágico surrealista", que puede ser consultado en el apéndice de
manifiestos de la vanguardia de Las vanguardias artísticas del siglo
XX, de Mario De Micheli, publicado por editorial Alianza, de donde
procede la traducción que aquí presentamos.
Para ahondar en la amplitud de la aventura surrealista, y sus
repercusiones en el Río de la Plata, recomendamos el muy rico y
fundamentado artículo
El
surrealismo, de París a Buenos Aires,
del crítico e historiador teatral argentino Jorge Dubatti.
Arriba, Paul Eluard, una de los máximos
poetas del surrealismo, en la versión surrealista de Salvador Dalí y
su genio inefable.
Tanta fe se tiene en la
vida, en la vida en su aspecto más precario, en la vida real,
naturalmente, que la fe acaba por desaparecer. El hombre, soñador sin
remedio, al sentirse de día en día más descontento de su sino,
examina con dolor los objetos que le han enseñado a utilizar, y que ha
obtenido al través de su indiferencia o de su interés, casi siempre al
través de su interés, ya que ha consentido someterse al trabajo o, por
lo menos no se ha negado a aprovechar las oportunidades... ¡Lo que él
llama oportunidades! Cuando llega a este momento, el hombre es
profun?damente modesto: sabe cómo son las mujeres que ha poseído, sabe
cómo fueron las risibles aventuras que emprendió, la riqueza y la
pobreza nada le importan, y en este aspecto el hombre vuelve a ser como
un niño recién nacido; y en cuanto se refiere a la aprobación de su
conciencia moral, reconozco que el hombre puede prescindir de ella sin
grandes dificultades. Si le queda un poco de lucidez, no tiene más
remedio que dirigir la vista hacia atrás, hacia su infancia que siempre
le parecerá maravillosa, por mucho que los cuidados de sus educadores
la hayan destrozado. En la infancia la ausencia de toda norma conocida
ofrece al hombre la perspectiva de múltiples vidas vividas al mismo
tiempo; el hombre hace suya esta ilusión; sólo le interesa la
facilidad momentánea, extremada, que todas las cosas ofrecen. Todas las
mañanas los niños inician su camino sin inquietudes. Todo está al
alcance de la mano, las peores circunstancias materiales parecen
excelentes. Luzca el sol o esté negro el cielo, siempre seguiremos
adelante, jamás dormiremos.
Pero
no se llega muy lejos a lo largo de este camino; y no se trata solamente
de una cuestión de distancia. Las amenazas se acumulan, se cede, se
renuncia a una parte del terreno que se debía conquistar. Aquella
imaginación que no reconocía límite alguno ya no puede ejercerse sino
dentro de los límites fijados por las leyes de un utilitarismo
convencional; la imaginación no puede cumplir mucho tiempo esta
función subordinada, y cuando alcanza aproximadamente la edad de veinte
años prefiere, por lo general, abandonar al hombre a su destino de
tinieblas.
Pero
si más tarde el hombre, fuese por lo que fuere, intenta enmendarse al
sentir que poco a poco van desapareciendo todas las razones para vivir,
al ver que se ha convertido en un ser incapaz de estar a la altura de
una situación excepcional, cual la del amor, difícilmente logrará su
propósito. Y ello es así por cuanto el hombre se ha entregado, en
cuerpo y alma al imperio de unas necesidades prácticas que no toleran
el olvido. Todos los actos del hombre carecerán de altura, todas sus
ideas, de profundidad. De todo cuanto le ocurra o cuanto pueda llegar a
ocurrirle, el hombre solamente verá aquel aspecto del conocimiento que
lo liga a una multitud de acontecimientos parecidos, acontecimientos en
los que no ha tomado parte, acon?tecimientos que se ha perdido. Más
aún, el hombre juzgará cuanto le ocurra o pueda ocurrirle poniéndolo
en relación con uno de aquellos acontecimientos últimos, cuyas
consecuencias sean más tranquilizadoras que las de los demás. Bajo
ningún pretexto sabrá percibir su salvación.
Amada
imaginación, lo que más amo en ti es que jamás perdonas.
Únicamente
la palabra libertad tiene el poder de exaltarme. Me parece justo y bueno
mantener indefinidamente este viejo fanatismo humano. Sin duda alguna,
se basa en mi única aspiración legítima. Pese a tantas y tantas
desgracias como hemos heredado, es preciso reconocer que se nos ha
legado una libertad espiritual suma. A nosotros corresponde utilizarla
sabiamente. Reducir la imaginación a la esclavitud, cuando a pesar de
todo quedará esclavizada en virtud de aquello que con grosero criterio
se denomina felicidad, es despojar a cuanto uno encuentra en lo más
hondo de sí mismo del derecho a la suprema justicia. Tan sólo la
imaginación me permite llegar a saber lo que puede llegar a ser, y esto
basta para mitigar un poco su terrible condena; y esto basta también
para que me abandone a ella, sin miedo al engaño (como si pudiéramos
engañarnos todavía más). ¿En qué punto comienza la imaginación a
ser perniciosa y en qué punto deja de existir la seguridad del
espíritu? ¿Para el espíritu, acaso la posibilidad de errar no es sino
una contingencia del bien?
Queda
la locura, la locura que solemos recluir, como muy bien se ha dicho.
Esta locura o la otra... Todos sabemos que los locos son internados en
méritos de un reducido número de actos reprobables, y que, en la
ausencia de estos actos, su libertad (y la parte visible de su libertad)
no sería puesta en tela de juicio. Estoy plenamente dispuesto a
reconocer que los locos son, en cierta medida, víctimas de su
imaginación, en el sentido que ésta le induce quebrantar ciertas
reglas, reglas cuya transgresión define la calidad de loco, lo cual
todo ser humano ha de procurar saber por su propio bien. Sin embargo, la
profunda indiferencia de los locos dan muestra con respecto a la
crítica de que les hacemos objeto, por no hablar ya de las diversas
correcciones que les infligimos, permite suponer que su imaginación les
proporciona grandes consuelos, que gozan de su delirio lo suficiente
para soportar que tan sólo tenga validez para ellos. Y, en realidad,
las alucinaciones, las visiones, etcétera, no son una fuente de placer
despreciable. La sensualidad más culta goza con ella, y me consta que
muchas noches acariciaría con gusto aquella linda mano que, en las
últimas páginas de L’Intelligence, de Taine, se entrega a tan
curiosas fechorías. Me pasaría la vida entera dedicado a provocar las
confidencias de los locos. Son como la gente de escrupulosa honradez,
cuya inocencia tan sólo se pude comparar a la mía. Para poder
descubrir América, Colón tuvo que iniciar el viaje en compañía de
locos. Y ahora podéis ver que aquella locura dio frutos reales y
duraderos.
No
será el miedo a la locura lo que nos obligue a bajar la bandera de la
imaginación.
Después
de haber instruido proceso a la actitud materialista, es imperativo
instruir proceso a la actitud realista. Aquélla, más poética que
ésta, desde luego, presupone en el hombre un orgullo monstruoso, pero
no comporta una nueva y más completa frustración. Es conveniente ver
ante todo en dicha escuela bienhechora reacción contra ciertas risibles
tendencias del espiritualismo. Y, por fin, la actitud materialista no es
incompatible con cierta elevación intelectual.
Contrariamente,
la actitud realista, inspirada en el positivismo, desde Santo Tomás a
Anatole France, me parece hostil a todo género de elevación
intelectual y moral. Le tengo horror por considerarla resultado de la
mediocridad, del odio, y de vacíos sentimientos de suficiencia. Esta
actitud es la que ha engendrado en nuestros días esos libros ridículos
y esas obras teatrales insultantes. Se alimenta incesantemente de las
noticias periodísticas, y traiciona a la ciencia y al arte, al buscar
halagar al público en sus gustos más rastreros; su claridad roza la
estulticia, y está a altura perruna. Esta actitud llega a perjudicar la
actividad de las mejores inteligencias, ya que la ley del mínimo
esfuerzo termina por imponerse a éstas, al igual que a las demás. Una
consecuencia agradable de dicho estado de cosas estriba, en el terreno
de la literatura, en la abundancia de novelas. Todos ponen a
contribución sus pequeñas dotes de «observación». A fin de proceder
a aislar los elementos esenciales, M. Paul Valéry propuso recientemente
la formación de una antología en la que se reuniera el mayor número
posible de novelas primerizas cuya insensatez esperaba alcanzase altas
cimas. En esta antología también figurarían obras de los autores más
famosos. Esta es una idea que honra a Paul Valéry, quien no hace mucho
me aseguraba, en ocasión de hablarme del género novelístico que
siempre se negaría a escribir la siguiente frase: la marquesa salió a
las cinco. Pero, ¿ha cumplido la palabra dada?
Si
reconocemos que el estilo pura y simplemente informativo, del que la
frase antes citada constituye un ejemplo, es casi exclusivo patrimonio
de la novela, será preciso reconocer también que sus autores no son
excesivamente ambiciosos. El carácter circunstanciado, inútilmente
particularista de cada una de sus observaciones me induce a sospechar
que tan sólo pretenden divertirse a mis expensas. No me permiten tener
siquiera la menor duda acerca de los personajes: ¿será este personaje
rubio o moreno? ¿Cómo se llamará? ¿Le conoceremos en verano...?
Todas estas interrogantes quedan resueltas de una vez para siempre, a la
buena de Dios; no me queda más libertad que la de cerrar el libro, de
lo cual no suelo privarme tan pronto llego a la primera página de la
obra, más o menos. ¡Y las descripciones! En cuanto a vaciedad, nada
hay que se les pueda comparar; no son más que superposiciones de
imágenes de catálogo, de las que el autor se sirve sin limitación
alguna, y aprovecha la ocasión para poner bajo mi vista sus tarjetas
postales, buscando que juntamente con él fije mi atención en los
lugares comunes que me ofrece:
La pequeña estancia a la que hicieron pasar al joven tenía las paredes
cubiertas de papel amarillo; en las ventanas había geranios y estaban
cubiertas con cortinillas de muselina, el sol poniente lo iluminaba todo
con su luz cruda. En la habitación no había nada digno de ser
destacado. Los muebles de madera blanca eran muy viejos. Un diván de
alto respaldo inclinado, ante el diván una mesa de tablero ovalado, un
lavabo y un espejo adosados a un entrepaño, unas cuantas sillas
arrimadas a las paredes, dos o tres grabados sin valor que representaban
a unas señoritas alemanas con pájaros en las manos... A eso se
reducía el mobiliario. (1)
No
estoy dispuesto a admitir que la inteligencia se ocupe, siquiera de
paso, de semejantes temas. Habrá quien diga que esta parvularia
descripción está en el lugar que le corresponde, y que en este punto
de la obra el autor tenía sus razones para atormentarme. Pero no por
eso dejó de perder el tiempo, porque yo en ningún momento he penetrado
en tal estancia. La pereza, la fatiga de los demás no me atraen. Creo
que la continuidad de la vida ofrece altibajos demasiado contrastados
para que mis minutos de depresión y de debilidad tengan el mismo valor
que mis mejores minutos. Quiero que la gente se calle tan pronto deje de
sentir. Y quede bien claro que no ataco la falta de originalidad por la
falta de originalidad. Me he limitado a decir que no dejo constancia de
los momentos nulos de mi vida, y que me parece indigno que haya hombres
que expresen los momentos que a su juicio son nulos. Permitidme que me
salte la descripción arriba reproducida, así como muchas otras.
Y
ahora llegamos a la psicología, tema sobre el que no tendré el menor
empacho en bromear un poco.
El
autor coge un personaje, y, tras haberlo descrito, hace peregrinar a su
héroe a lo largo y ancho del mundo. Pase lo que pase, dicho héroe,
cuyas acciones y reacciones han sido admirablemente previstas, no debe
comportarse de un modo que discrepe, pese a revestir apariencias de
discrepancia, de los cálculos de que ha sido objeto. Aunque el oleaje
de la vida cause la impresión de elevar al personaje, de revolcarlo, de
hundirlo, el personaje siempre será aquel tipo humano previamente
formado. Se trata de una simple partida de ajedrez que no despierta mi
interés, porque el hombre, sea quien sea, me resulta un adversario de
escaso valor. Lo que no puedo soportar son esas lamentables
disquisiciones referentes a tal o mal jugada, cuando ello no comporta
ganar ni perder. Y si el viaje no merece las alforjas, si la razón
objetiva deja en el más terrible abandono -y esto es lo que ocurre- a
quien la llama en su ayuda, ¿no será mejor prescindir de tales
disquisiciones? «La diversidad es tan amplia que en ella caben todos
los tonos de voz, todos los modos de andar, de toser, de sonarse, de
estornudar...» (2) Si un racimo de uvas no contiene dos granos
semejantes, ¿a santo de qué describir un grano en representación de
otro, un grano en representación de todos, un grano que, en virtud de
mi arte, resulte comestible? La insoportable manía de equiparar lo
desconocido a lo conocido, a lo clasificable, domina los cerebros. El
deseo de análisis impera sobre los sentimientos (3). De ahí nacen
largas exposiciones cuya fuerza persuasiva radica tan sólo en su propio
absurdo, y que tan sólo logran imponerse al lector, mediante el recurso
a un vocabulario abstracto, bastante vago, ciertamente. Si con ello
resultara que las ideas generales que la filosofía se ha ocupado de
estudiar, hasta el presente momento, penetrasen definitivamente en un
ámbito más amplio, yo sería el primero en alegrarme. Pero no es así,
y todo queda reducido a un simple discreteo; por el momento, los rasgos
de ingenio y otras galanas habilidades, en vez de dedicarse a juegos
inocuos consigo mismas, ocultan a nuestra visión, en la mayoría de los
casos, el verdadero pensamiento que, a su vez, se busca a sí mismo.
Creo que todo acto lleva en sí su propia justificación, por lo menos
en cuanto respecta a quien ha sido capaz de ejecutarlo; creo que todo
acto está dotado de un poder de irradiación de luz al que cualquier
glosa, por ligera que sea, siempre debilitará. El solo hecho de que un
acto sea glosado determina que, en cierto modo, este acto deje de
producirse. El adorno del comentario ningún beneficio produce al acto.
Los personajes de Stendhal quedan aplastados por las apreciaciones del
autor, apreciaciones más o menos acertadas pero que en nada contribuyen
a la mayor gloria de los personajes, a quienes verdaderamente
descubrimos en el instante en que escapan del poder de Stendhal.
Todavía vivimos bajo el imperio de la lógica, y precisamente a eso
quería llegar. Sin embargo, en nuestros días, los procedimientos
lógicos tan sólo se aplican a la resolución de problemas de interés
secundario. La parte de racionalismo absoluto que todavía solamente
puede aplicarse a hechos estrechamente ligados a nuestra experiencia.
Contrariamente, las finalidades de orden puramente lógico quedan fuera
de su alcance. Huelga decir que la propia experiencia se ha visto
sometida a ciertas limitaciones. La experiencia está confinada en una
jaula, en cuyo interior da vueltas y vueltas sobre sí misma, y de la
que cada vez es más difícil hacerla salir. La lógica también, se
basa en la utilidad inmediata, y queda protegida por el sentido común.
So pretexto de civilización, con la excusa del progreso, se ha llegado
a desterrar del reino del espíritu cuanto pueda clasificarse, con
razón o sin ella, de superstición o quimera; se ha llegado a
proscribir todos aquellos modos de investigación que no se conformen
con los imperantes. Al parecer, tan sólo al azar se debe que
recientemente se haya descubierto una parte del mundo intelectual, que,
a mi juicio, es, con mucho, la más importante y que se pretendía
relegar al olvido. A este respecto, debemos reconocer que los
descubrimientos de Freud han sido de decisiva importancia. Con base en
dichos descubrimientos, comienza al fin a perfilarse una corriente de
opinión, a cuyo favor podrá el explorador avanzar y llevar sus
investigaciones a más lejanos territorios, al quedar autorizado a dejar
de limitarse únicamente a las realidades más someras. Quizá haya
llegado el momento en que la imaginación esté próxima a volver a
ejercer los derechos que le corresponden. Si las profundidades de
nuestro espíritu ocultan extrañas fuerzas capaces de aumentar aquellas
que se advierten en la superficie, o de luchar victoriosamente contra
ellas, es del mayor interés captar estas fuerzas, captarlas ante todo
para, a continuación, someterlas al dominio de nuestra razón, si es
que resulta procedente. Con ello, incluso los propios analistas no
obtendrán sino ventajas. Pero es conveniente observar que no se ha
ideado a priori ningún método para llevar a cabo la anterior empresa,
la cual, mientras no se demuestre lo contrario, puede ser competencia de
los poetas al igual que de los sabios, y que el éxito no depende de los
caminos más o menos caprichosos que se sigan.
Con
toda justificación, Freud ha proyectado su labor crítica sobre los
sueños, ya que, efectivamente, es inadmisible que esta importante parte
de la actividad psíquica haya merecido, por el momento, tan escasa
atención. Y ello es así por cuanto el pensamiento humano, por lo menos
desde el instante del nacimiento del hombre hasta el de su muerte, no
ofrece solución de continuidad alguna, y la suma total de los momentos
de sueño, desde un punto de vista temporal, y considerando solamente el
sueño puro, el sueño de los períodos en que el hombre duerme, no es
inferior a la suma de los momentos de realidad, o, mejor dicho, de los
momentos de vigilia. La extremada diferencia, en cuanto a importancia y
gravedad, que para el observador ordinario existe entre los
acontecimientos en estado de vigilia y aquellos correspondientes al
estado de sueño, siempre ha sido sorprendente. Así es debido a que el
hombre se convierte, principalmente cuando deja de dormir, en juguete de
su memoria que, en el estado normal, se complace en evocar muy
débilmente las circunstancias del sueño, a privar a éste de toda
trascendencia actual, y a situar el único punto de referencia del
sueño en el instante en que el hombre cree haberlo abandonado, unas
cuantas horas antes, en el instante de aquella esperanza o de aquella
preocupación anterior. El hombre, al despertar, tiene la falsa idea de
emprender algo que vale la pena. Por esto, el sueño queda relegado al
interior de un paréntesis, igual que la noche. Y, en general, el
sueño, al igual que la noche, se considera irrelevante. Este singular
estado de cosas me induce a algunas reflexiones, a mi juicio, oportunas:
1.
Dentro de los límites en que se produce (o se cree que se produce), el
sueño es, según todas las apariencias, continuo con trazas de tener
una organización o estructura. Únicamente la memoria se irroga el
derecho de imponerlas, de no tener en cuenta las transiciones y de
ofrecernos antes una serie de sueños que el sueño propiamente dicho.
Del mismo modo, únicamente tenemos una representación fragmentaria de
las realidades, representación cuya coordinación depende de la
voluntad (4). Aquí es importante señalar que nada puede justificar el
proceder a una mayor dislocación de los elementos constitutivos del
sueño. Lamento tener que expresarme mediante unas fórmulas que, en
principio, excluyen el sueño. ¿Cuándo llegará, señores lógicos, la
hora de los filósofos durmientes? Quisiera dormir para entregarme a los
durmientes, del mismo modo que me entrego a quienes me leen, con los
ojos abiertos, para dejar de hacer prevalecer, en esta materia, el ritmo
consciente de mi pensamiento. Acaso mi sueño de la última noche sea
continuación del sueño de la precedente, y prosiga, la noche
siguiente, con un rigor harto plausible. Es muy posible, como suele
decirse. Y habida cuenta de que no se ha demostrado en modo alguno que
al ocurrir lo antes dicho la «realidad» que me ocupa subsista en el
estado de sueño, que esté oscuramente presente en una zona ajena a la
memoria, ¿por qué razón no he de otorgar al sueño aquello que a
veces niego a la realidad, este valor de certidumbre que, en el tiempo
en que se produce, no queda sujeto a mi escepticismo? ¿Por qué no
espero de los indicios del sueño más lo que espero de mi grado de
conciencia, de día en día más elevado? ¿No cabe acaso emplear
también el sueño para resolver los problemas fundamentales de la vida?
¿Estas cuestiones son las mismas tanto en un estado como en el otro, y,
en el sueño, tienen ya el carácter de tales cuestiones? ¿Conlleva el
sueño menos sanciones que cuanto no sea sueño? Envejezco, y quizá sea
sueño, antes que esta realidad a la que creo ser fiel, y quizá sea la
indiferencia con que contemplo el sueño lo que me hace envejecer.
2.
Vuelvo, una vez más, al estado de vigilia. Estoy obligado a
considerarlo como un fenómeno de interferencia. Y no sólo ocurre que
el espíritu da muestras, en estas condiciones, de una extraña
tendencia a la desorientación (me refiero a los lapsus y malas
interpretaciones de todo género, cuyas causas secretas comienzan a
sernos conocidas) sino que, lo que es todavía más, parece que el
espíritu, en su funcionamiento normal, se limite a obedecer sugerencias
procedentes de aquella noche profunda de la que yo acabo de extraerle.
Por muy bien condicionado que esté, el equilibrio del espíritu es
siempre relativo. El espíritu apenas se atreve a expresarse y, caso de
que lo haga, se limita a constatar que tal idea, tal mujer, le hace
efecto. Es incapaz de expresar de qué clase de efecto se trata, lo cual
únicamente sirve para darnos la medida de su subjetivismo. Aquella
idea, aquella mujer, conturban al espíritu, le inclinan a no ser tan
rígido, producen el efecto de aislarle durante un segundo del
disolvente en que se encuentra sumergido, de depositarle en el cielo, de
convertirle en el bello precipitado que puede llegar a ser, en el bello
precipitado que es. Carente de esperanzas de hallar las causas de lo
anterior, el espíritu recurre al azar, divinidad más oscura que
cualquiera otra, a la que atribuye todos sus extravíos. ¿Y quién
podrá demostrarme que la luz bajo la que se presenta esa idea que
impresiona al espíritu, bajo la que advierte aquello que más ama en
los ojos de aquella mujer, no sea precisamente el vínculo que le une al
sueño, que le encadena a unos presupuestos básicos que, por su propia
culpa, ha olvidado? ¿Y si no fuera así, de qué sería el espíritu
capaz? Quisiera entregarle la llave que le permitiera penetrar en estos
pasadizos.
3.
El espíritu del hombre que sueña queda plenamente satisfecho con lo
que sueña. La angustiante incógnita de la posibilidad deja de
formularse. Mata, vuela más de prisa, ama cuanto quieras. Y si mueres,
¿acaso no tienes la certeza de despertar entre los muertos? Déjate
llevar, los acontecimientos no toleran que los difieras. Careces de
nombre. Todo es de una facilidad preciosa.
Me pregunto qué razón, razón muy superior a la otra, confiere al
sueño este aire de naturalidad, y me induce a acoger sin reservas una
multitud de episodios cuya rareza me deja anonadado, ahora, en el
momento en que escribo. Sin embargo, he de creer el testimonio de mi
vista, de mis oídos; aquel día tan hermoso existió, y aquel animal
habló.
La
dureza del despertar del hombre, lo súbito de la ruptura del encanto,
se debe a que se le ha inducido ha formarse una débil idea de lo que es
la expiación.
4.
En el instante en que el sueño sea objeto de un examen metódico o en
que, por medios aún desconocidos, lleguemos a tener conciencia del
sueño en toda su integridad (y esto implica una disciplina de la
memoria que tan sólo se puede lograr en el curso de varias
generaciones, en la que se comenzaría por registrar ante todo los
hechos más destacados) o en que su curva se desarrolle con una
regularidad y amplitud hasta el momento desconocidas, cabrá esperar que
los misterios que dejen de serlo nos ofrezcan la visión de un gran
Misterio. Creo en la futura armonización de estos dos estados,
aparentemente tan contradictorios, que son el sueño e la realidad, en
una especie de realidad absoluta, en una sobrerrealidad o surrealidad,
si así se puede llamar. Esto es la conquista que pretendo, en la
certeza de jamás conseguirla, pero demasiado olvidadizo de la
perspectiva de la muerte para privarme de anticipar un poco los goces de
tal posesión.
Se
cuenta que todos los días, en el momento de disponerse a dormir,
Saint-Pol-Roux hacía colocar en la puerta de su mansión de Camaret un
cartel en el que se leía: EL POETA TRABAJA.
Habría
mucho más que añadir sobre este tema, pero tan sólo me he propuesto
tocarlo ligeramente y de pasada, ya que se trata de algo que requiere
una exposición muy larga y mucho más rigurosa; más adelante volveré
a ocuparme de él. En la presente ocasión, he escrito con el propósito
de hacer justicia a lo maravilloso, de situar en su justo contexto este
odio hacia lo maravilloso que ciertos hombres padecen, este ridículo
que algunos pretenden atribuir a lo maravilloso. Digámoslo claramente:
lo maravilloso es siempre bello, todo lo maravilloso, sea lo que fuere,
es bello, e incluso debemos decir que solamente lo maravilloso es bello.
En
el ámbito de la literatura únicamente lo maravilloso puede dar vida a
las obras pertenecientes a géneros inferiores, tal como el
novelístico, y, en general, todos los que se sirven de la anécdota. El
monje, de Lewis, constituye una admirable demostración de lo anterior.
El soplo de lo maravilloso penetra la obra entera. Mucho antes de que el
autor haya libera?do a sus personajes de toda servidumbre temporal, se
nota que están prestos a actuar con su orgullo carente de precedentes.
Aquella pasión de eternidad que les eleva incesantemente da acentos
inolvidables a su tortura y a la mía. A mi entender, este libro exalta
ante todo, desde el principio al fin, y de la manera más pura que
jamás se haya dado, cuanto en el espíritu aspira a elevarse del suelo;
y esta obra, una vez una vez despojada de su fabulación novelesca, de
moda en la época en que fue escrita, constituye un ejemplo de justeza y
de inocente grandeza (5). A mi juicio pocas son las obras que la
superan, y el personaje de Mathilde, en especial, es la creación más
conmovedora que cabe anotar en las partidas del activo de aquella moda
de figuración en literatura. Mathilde no es tanto un personaje cuanto
una constante tentación. Y si un personaje no es una tentación, ¿qué
otra cosa puede ser? Extremada tentación la de Mathilde. El principio
«nada es imposible para quien quiere arriesgarse» tiene en El monje su
máxima fuerza de convicción. Las apariciones ejercen en esta obra una
función lógica, por cuanto el espíritu crítico no se preocupa de
desmentirlas. Del mismo modo, el castigo de Ambrosio queda tratado de
manera plenamente legítima, ya que a fin de cuentas es aceptado por el
espíritu crítico como un desenlace natural.
Quizá parezca injustificado que haya empleado el anterior ejemplo, al
referirme a lo maravilloso, cuando las literaturas nórdicas y las
orientales se han servido de él constantemente, por no hablar ya de las
literaturas propiamente religiosas de todos los países. Sin embargo, si
así lo he hecho, ello se debe a que los ejemplos que estas literaturas
hubieran podido proporcionarme están plagados de puerilidades, ya que
se dirigen a niños. En un principio, éstos no pueden percibir lo
maravilloso, y, después, no conservan la suficiente virginidad
espiritual para que Piel de Asno les produzca demasiado placer. Por
encantadores que sean los cuentos de hadas, el hombre se sentiría
frustrado si tuviera que alimentarse sólo con ellos, y, por otra parte,
reconozco que no todos los cuentos de hadas son adecuados para los
adultos. La trama de adorables inverosimilitudes exige una mayor finura
espiritual que la propia de muchos adultos, y uno ha de ser capaz de
esperar todavía mayores locuras... Pero la sensibilidad jamás cambia
radicalmente. El miedo, la atracción sentida hacia lo insólito, el
azar, el amor al lujo, son recursos que nunca se utilizarán
estérilmente. Hay muchos cuentos que escribir con destino a los
mayores, cuentos que todavía son casi azules.
Lo
maravilloso no siempre es igual en todas las épocas; lo maravilloso
participa oscuramente de cierta clase de revelación general de la que
tan sólo percibimos los detalles: éstos son las ruinas románticas, el
maniquí moderno, o cualquier otro símbolo susceptible de conmover la
sensibilidad humana durante cierto tiempo. Sin embargo, en estos cuadros
que nos hacen sonreír se refleja siempre la irremediable inquietud
humana, y por esto he fijado mi atención en ellos, ya que los estimo
inseparablemente unidos a ciertas producciones geniales que están más
dolorosamente in?fluenciadas por aquella inquietud que muchas otras
obras. Y al decirlo, pienso en los patíbulos de Villon, en los griegos
de Racine, en los divanes de Baudelaire. Coinciden con un eclipse del
buen gusto que soportar muy bien, por cuanto considero que el buen gusto
es una formidable lacra. En el ambiente de mal gusto propio de mi
época, me esfuerzo en llegar lejos que cualquier otro. Si hubiese
vivido en 1820 yo hubiera hablado de la «ensangrentada mon?ja», y no
hubiera ahorrado aquel astuto y trivial «disimulemos» de que habla el
Cuisin enamorado de la parodia, y yo hubiese utilizado las gigantescas
metáforas en todas las fases, tal como Cuisin dice, del curso del
«disco, plateado». En los presentes días pienso en un castillo, la
mitad del cual no ha de encontrarse forzosamente en ruinas; este
castillo es mío, y le veo situado en un lugar agreste, no muy lejos de
París. Las dependencias de este castillo son infinitas, y su interior
ha sido terriblemente restaurado, de modo que no deja nada que desear en
cuanto se refiere a comodidades. Ante la puerta que las sombras de los
árboles ocultan, hay automóviles que esperan. Algunos de mis amigos
viven en él: ahí va Louis Aragón, que abandona el castillo y apenas
tiene tiempo para deciros adiós; Philippe Soupault se levanta con las
estrellas, y Paul Eluard, nuestro gran Eluard, todavía no ha regresado.
Ahí están Robert Desnos y Roger Vitrac, que descifran en el parque un
viejo edicto sobre los duelos; y Georges Auric y Jean Paulhan; Max
Morise, quien tan bien rema, y Benjamin Péret, con sus ecuaciones de
pájaros; y Joseph Delteil; y Jean Carrive; y Georges Limbour, y Georges
Limbour (hay un bosque de Georges Limbour); y Marcel Noll; he ahí a T.
Fraenkel, quien nos saludó desde un globo cautivo, Georges Malkine,
Antonin Artaud, Francis Gérard, Pierre Naville, J.-A. Boiffard,
después Jacques Baron y su hermano, apuestos y cordiales, y tantos
otros, y mujeres de arrebatadora belleza, de verdad. A esa gente joven
nada se le puede negar, y, en cuanto concierne a la riqueza, sus deseos
son órdenes. Francis Picabia nos visita, y, la semana pasada, hemos
dado una recepción a un tal Marcel Duchamp, a quien todavía no
conocíamos. Picasso caza por los alrededores. El espíritu de la
desmoralización ha fijado su domicilio en el castillo, y a él
recurrimos todas las veces que tenemos que entrar en relación con
nuestros semejantes, pero las puertas están siempre abiertas, y no
comenzamos nuestras relaciones dando las gracias al prójimo, ¿saben
ustedes? Por lo demás, grande es la soledad, y no nos reunimos con
frecuencia, porque, ¿acaso lo esencial no es que seamos dueños de
nosotros mismos, y, también, señores de las mujeres y del amor?
Se me acusará de incurrir en mentiras poéticas; todos dirán que vivo
en la calle Fontaine, y que jamás gozarán de tanta belleza. ¡Maldita
sea! ¿Es absolutamente seguro que este castillo del que acabo de hacer
los honores se reduce simplemente a una imagen? Pero, si a pesar de todo
tal castillo existiera... Ahí están más invitados para dar fe; su
capricho es el camino luminoso que a él conduce. En verdad, vivimos en
nuestra fantasía, cuando estamos en ella. ¿Y cómo es posible que cada
cual pueda molestar al otro, allí, protegidos dos por el afán
sentimental, al encuentro de las ocasiones?
El hombre propone y dispone. Tan sólo de él depende poseerse por
entero, es decir, mantener en estado de anarquía la cuadrilla de sus
deseos, de día en día más temible. Y esto se lo enseña la poesía.
La lleva en sí la perfecta compensación de las miserias que padecemos.
Y también puede actuar como ordenadora, por poco que uno se preocupe,
bajo los efectos de una decepción menos íntima, de tomársela a lo
trágico. ¡Se acercan los tiempos en que la poesía decretará la
muerte del dinero, y ella sola romperá en pan del cielo para la tierra!
Habrá aún asambleas en las plazas públicas, y movimientos en los que
uno habría pensado en tomar parte. ¡Adiós absurdas selecciones,
sueños de vorágine, rivalidades, largas esperas, fuga de las
estaciones, artificial orden de las ideas, pendiente del peligro, tiempo
omnipresente! Preocupémonos tan sólo de practicar la poesía. ¿Acaso
no somos nosotros, los que ya vivimos de la poesía, quienes debemos
hacer prevalecer aquello que consideramos nuestra más vasta
argumentación?
Poco importa que se dé cierta desproporción entre la anterior defensa
y la ilustración que viene a continuación. Antes, hemos intentado
remontarnos a las fuentes de la imaginación poética, y, lo que es más
difícil todavía, quedarnos en ellas. Y conste que no pretendo haberlo
logrado. Es preciso aceptar una gran responsabilidad, si uno pretende
establecerse en aquellas lejanas regiones en las que, desde un
principio, todo parece desarrollarse de tan mala manera, y más todavía
si uno pretende llevar al prójimo a ellas. De todos modos, el caso es
que uno nunca está seguro de hallarse verdaderamente en ellas. Uno
siempre está tan propicio a aburrirse como a irse a otro lugar y
quedarse en él. Siempre hay una flecha que indica la dirección en que
hay que avanzar para llegar a estos países, y alcanzar la verdadera
meta no depende más que del buen ánimo del viajero.
Ya sabemos, poco más o menos, el camino seguido. Tiempo atrás me tomé
el trabajo de contar, en el curso de un estudio sobre el caso de Robert
Desnos, titulado «Entrada de los médiums» (6), que me había sentido
inducido a «fijar mi atención en frases más o menos parciales que, en
plena soledad, cuando el sueño se acerca, devienen perceptibles al
espíritu, sin que sea posible descubrir su previo factor
determinante». Entonces, intenté correr la aventura de la poesía,
reduciendo los riesgos al mínimo, con lo cual quiero decir que mis
aspiraciones eran las mismas que tengo hoy, pero entonces confiaba en la
lentitud de la elaboración, a fin de hurtarme a inútiles contactos, a
contactos a los que yo era muy hostil. Esto se debía a cierto pudor
intelectual, del que todavía me queda un poco. Al término de mi vida,
difícil será, sin duda, que hable como se suele hablar, que excuse el
tono de mi voz y el reducido número de mis gestos. La perfección en la
palabra hablada (y en la palabra escrita mucho más) me parecía estar
en función de la capacidad de condensar de manera emocionante la
exposición (y exposición había) de un corto número de hechos,
poéticos o no, que constituían la materia en que centraba mi
atención. Había llegado a la convicción de que éste, y no otro, era
el procedimiento empleado por Rimbaud. Con una preocupación por la
variedad, digna de mejor causa, compuse los últimos poemas de Monte de
Piedad, con lo que quiero decir que de las líneas en blanco de este
libro llegué a sacar un partido increíble.
Estas
líneas equivalían a mantener los ojos cerrados ante unas operaciones
del pensamiento que me consideraba obligado a ocultar al lector. Eso no
significaba que yo hiciera trampa, sino solamente que obraba impulsado
por el deseo de superar obstáculos bruscamente. Conseguía hacerme la
ilusión de gozar de una posible complicidad, de la que de día en día
me era más difícil prescindir. Me entregué a prestar una inmoderada
atención a las palabras, en cuanto se refería al espacio que admitían
a su alrededor, a sus tangenciales contactos con otras palabras
prohibidas que no escribía. El poema «Bosque negro», deriva
precisamente de este estado de espíritu. Emplee seis meses en
escribirlo, y les aseguro que no descansé ni un día. Pero de este
poema dependía la propia estimación en que me tenía, en aquel
entonces, y creo que todos comprenderéis mi actitud, aun cuando no la
consideréis suficientemente motivada. Me gusta hacer estas confesiones
estúpidas. En aquellos tiempos, se intentaba implantar la seudopoesía
cubista, pero había nacido inerme del cerebro de Picasso, y en cuanto a
mí hace referencia debo decir que era con?siderado como un ser más
pesado que una lápida (y todavía se me considera así). Por otra
parte, no estaba seguro de seguir el buen camino, en lo referente a
poesía, pero procuraba protegerme como mejor podía, enfrentándome con
el lirismo, contra el que esgrimía todo género de definiciones y
fórmulas (no tardarían mucho en producirse los fenómenos Dada), y
pretendiendo hallar una aplicación de la poesía a la publicidad
(aseguraba que todo terminaría, no con la culminación de un hermoso
libro, sino con la de una bella frase de reclamo en pro del infierno o
del cielo).
En esta época, un hombre que, por lo menos era tan pesado como yo, es
decir, Pierre Reverdy, escribió:
La imagen es una creación pura del espíritu.
La
imagen no puede nacer de una comparación, sino del acercamiento de dos
realidades más o menos lejanas.
Cuanto
más lejanas y justas sean las concomitancias de las dos realidades
objeto de aproximación, más fuerte será la imagen, más fuerza
emotiva y más realidad poética tendrá... (7)
Estas
palabras, un tanto sibilinas para los profanos, tenían gran fuerza
reveladora, y yo las medité durante mucho tiempo. Pero la imagen se me
escapaba. La estética de Reverdy, estética totalmente a posteriori me
inducía a confundir las causas con los efectos. En el curso de mis
meditaciones, renuncié definitivamente a mi anterior punto de vista.
El
caso es que una noche, antes de caer dormido, percibí, netamente
articulada hasta el punto de que resultaba imposible cambiar ni una sola
palabra, pero ajena al sonido de la voz, de cualquier voz, una frase
harto rara que llegaba hasta mí sin llevar en sí el menor rastro de
aquellos acontecimientos de que, según las revelaciones de la
conciencia, en aquel entonces me ocupaba, y la frase me pareció muy
insistente, era una frase que casi me atrevería a decir estaba pegada
al cristal. Grabé rápidamente la frase en mi concien?cia y, cuando me
disponía a pasar a, otro asunto, el carácter orgánico de la frase
retuvo mi atención. Verdaderamente, la frase me había dejado atónito;
desgraciadamente no la he conservado en la memoria, era algo así como
«Hay un hombre a quien la ventana ha partido por la mitad», pero no
había manera de interpretarla erróneamente, ya que iba acompañada de
una débil representación visual (8) de un hombre que caminaba,
partido, por la mitad del cuerpo aproximadamente, por una ventana
perpendicular al eje de aquél. Sin duda se trataba de la consecuencia
del simple acto de enderezar en el espacio la imagen de un hombre
asomado a la ventana. Pero debido a que la ventana había acompañado al
desplazamiento del hombre, comprendí que me hallaba ante una imagen de
un tipo muy raro, y tuve rápidamente la idea de incorporarla al acervo
de mi material de construcciones poéticas. No hubiera concedido tal
importancia a esta frase si no hubiera dado lugar a una sucesión casi
ininterrumpida de frases que me dejaron poco menos sorprendido que la
primera, y que me produjeron un sentimiento de gratitud (gratuidad) tan
grande que el dominio que, hasta aquel instante, había conseguido sobre
mí mismo me pareció ilusorio, y comencé a preocuparme únicamente de
poner fin a la interminable lucha que se desarrollaba en mi interior (9).
En aquel entonces, todavía estaba muy interesado en Freud, y conocía
sus métodos de examen que había tenido ocasión de practicar con
enfermos durante la guerra, por lo que decidí obtener de mí mismo lo
que se procura obtener de aquéllos, es decir, un monólogo lo más
rápido posible, sobre el que el espíritu crítico del paciente no
formule juicio alguno, que, en consecuencia, quede libre de toda
reticencia, y que sea, en lo posible, equivalente a pensar en voz alta.
Me pareció entonces, y sigue pareciéndome ahora -la ma?nera en que me
llegó la frase del hombre cortado en dos lo demuestra-, que la
velocidad del pensamiento no es superior a la de la palabra, y que no
siempre gana a la de la palabra, ni siquiera a la de la pluma en
movimiento. Basándonos en esta premisa, Philippe Soupault, a quien
había comunicado las primeras conclusiones a que había llegado, y yo
nos dedicamos a emborronar papel, con loable desprecio hacia los
resultados literarios que de tal actividad pudieran surgir. La facilidad
en la realización material de la tarea hizo todo lo demás. Al término
del primer día de trabajo, pudimos leernos recíprocamente unas
cincuenta páginas escritas del modo antes dicho, y comenzamos a
comparar los resultados. En conjunto, lo escrito por Soupault y por mí
tenía grandes analogías, se advertían los mismos vicios de
construcción y erro?res de la misma naturaleza, pero, por otra parte,
también había en aquellas páginas la ilusión de una fecundidad
extraordinaria, mucha emoción, un considerable conjunto de imágenes de
una calidad que no hubiésemos sido capaces de conseguir, ni siquiera
una sola, escribiendo lentamente, unos rasgos de pintoresquismo
especialísimo y, aquí y allá, alguna frase de gran comicidad. Las
únicas diferencias que se advertían en nuestros textos me parecieron
derivar esencialmente de nuestros respectivos temperamentos, el de
Soupault: menos estático que el mío, y, si se me permite una ligera
crítica, también derivaban de que Soupault cometió el error de
colocar en lo alto de algunas páginas, sin duda con ánimo de inducir a
error, ciertas palabras, a modo de título. Por otra parte, y a fin de
hacer plena justicia a Soupault, debo decir que se negó siempre, con
todas sus fuerzas, a efectuar la menor modificación, la menor
corrección, en los párrafos que me parecieron mal pergeñados. Y en
este punto llevaba razón (10). Ello es así por cuanto resulta muy
difícil apreciar en su justo valor los diversos elementos presentes, e
incluso podemos decir que es imposible apreciarlos en la primera
lectura. En apariencia, estos elementos son, para el sujeto que escribe,
tan extraños como para cualquier otra persona, y el que los escribe
recela de ellos, como es natural. Poéticamente hablando, tales
elementos destacan ante todo por su alto grado de absurdo inmediato, y
este absurdo, una vez examinado con mayor detención, tiene la
característica de conducir a cuanto hay de admisible y legítimo en
nuestro mundo, a la divulgación de cierto número de propiedades y de
hechos que, en resumen, no son menos objetivos que otros muchos.
En homenaje a Guillermo Apollinaire, quien había muerto hacía poco, y
quien en muchos casos nos parecía haber obedecido a impulsos del
género antes dicho, sin abandonar por ello ciertos mediocres recursos
literarios, Soupault y yo dimos el nombre de SURREALISMO al nuevo modo
de expresión que teníamos a nuestro alcance y que deseábamos
comunicar lo antes posible, para su propio beneficio, a todos nuestros
amigos. Creo que en nuestros días no es preciso someter a nuevo examen
esta denominación, y que la acepción en que la empleamos ha
prevalecido, por lo general, sobre la acepción de Apollinaire. Con
mayor justicia todavía, hubiéramos podido apropiarnos del término
SUPERNATURALISMO, empleado por Gérard de Nerval en la dedicatoria de
Muchachas de fuego (11). Efectivamente, parece que Nerval conoció a
maravilla el espíritu de nuestra doctrina, en tanto que Apollinaire
conocía tan sólo la letra, todavía imperfecta, del surrealismo, y fue
incapaz de dar de él una explicación teórica duradera. He aquí unas
frases de Nerval que me parecen muy significativas a este respecto:
Voy a explicarle, mi querido Dumas, el fenómeno del que usted ha
hablado con mayor altura. Como muy bien sabe, hay ciertos narradores que
no pueden inventar sin identificarse con los personajes por ellos
creados. Sabe muy bien con cuánta convicción nuestro viejo amigo
Nodier contaba cómo había padecido la desdicha de ser guillotinado
durante la Revolución; uno quedaba tan convencido que incluso se
preguntaba cómo se las había arreglado Nodier para volver a pegarse la
cabeza al cuerpo.
Y
como sea que tuvo usted la imprudencia de citar uno de esos sonetos
compuestos en aquel estado de ensueño SUPERNATURALISTA, cual dirían
los alemanes, es preciso que los conozca todos. Los encontrará al final
del volumen. No son mucho más oscuros que la metafísica de Hegel o los
«Mémorables» de Swedenborg, y perderían su encanto si fuesen
explicados, caso de que ello fuera posible, por lo que te ruego me
conceda al menos el mérito de la expresión... (12).
Indica
muy mala fe discutirnos el derecho a emplear la palabra SURREALISMO, en
el sentido particular que nosotros le damos, ya que nadie puede dudar
que esta palabra no tuvo fortuna, antes de que nosotros nos sirviéramos
de ella. Voy a definirla, de una vez para siempre:
SURREALISMO:
sustantivo, masculino. Automatismo psíquico puro por cuyo medio se
intenta expresar verbalmente, por escrito o de cualquier otro modo, el
funcionamiento real del pensamiento. Es un dictado del pensamiento, sin
la intervención reguladora de la razón, ajeno a toda preocupación
estética o moral.
ENCICLOPEDIA,
Filosofía: el surrealismo se basa en la creencia en la realidad
superior de ciertas formas de asociación desdeñadas hasta la
aparición del mismo, y en el libre ejercicio del pensamiento. Tiende a
destruir definitivamente todos los restantes mecanismos psíquicos, y a
sustituirlos en la resolución de los principales problemas de la vida.
Han hecho profesión de fe de SURREALISMO ABSOLUTO, los siguientes
señores: Aragon, Baron, Boiffard, Breton, Carrive, Crevel, Delteil,
Desnos, Eluard, Gérard, Limbour, Malkine, Morise, Naville, Noll,
Péret, Picon, Soupault, Vitrac.
Por
el momento parece que los antes nombrados forman la lista completa de
los surrealistas, y pocas dudas caben al respecto, salvo en el caso de
Isidore Ducasse, de quien carezco de datos. Cierto es que si únicamente
nos fijamos en los resultados, buen número de poetas podrían pasar por
surrealistas, comenzando por el Dante y, también en sus mejores
momentos, el propio Shakespeare. En el curso de las diferentes
tentativas de definición, por mí efectuadas, de aquello que se
denomina, con abuso de confianza, el genio, nada he encontrado que pueda
atribuirse a un proceso, que no sea el anteriormente definido.
Las Noches de Young son surrealistas de cabo a rabo; desgraciadamente no
se trata más que de un sacerdote que habla, de un mal sacerdote, sin
duda, pero sacerdote al fin.
Swift
es surrealista en la maldad.
Sade
es surrealista en el sadismo.
Chateaubriand
es surrealista en el exotismo. Constant es surrealista en política.
Hugo es surrealista cuando no es tonto.
Desbordes-Valmore
es surrealista en el amor.
Bertrand
es surrealista en el pasado.
Rabbe
es surrealista en la muerte.
Poe
es surrealista en la aventura.
Baudelaire
es surrealista en la moral.
Rimbaud
es surrealista en la vida práctica y en todo.
Mallarmé
es surrealista en la confidencia.
Jarry
es surrealista en la absenta.
Nouveau
es surrealista en el beso.
Saínt-Pol-Roux
es surrealista en los símbolos. Fargue es surrealista en la atmósfera.
Vaché
es surrealista en mí.
Reverdy
es surrealista en sí.
Saint-John
Perse es surrealista a distancia.
Roussel
es surrealista en la anécdota.
Etcétera.
Insisto
en que no todos son siempre surrealistas, por cuanto advierto en cada
uno de ellos cierto número de ideas preconcebidas a las que, muy
ingenuamente, permanecen fieles. Mantenían esta fidelidad debido a que
no habían escuchado la voz surrealista, esa voz que sigue predicando en
vísperas de la muerte, por encima de las tormentas, y no la escucharon
porque no querían servir únicamente para orquestar la maravillosa
partitura. Fueron instrumentos demasiado orgullosos, y por eso jamás
produjeron ni un sonido armonioso (13).
Pero
nosotros, que no nos hemos entregado jamás a la tarea de
mediatización, nosotros que en nuestras nosotros que en nuestras obras
nos hemos convertido en los sordos receptáculos de tantos ecos, en los
modestos aparatos registradores que no quedan hipnotizados por aquello
que registran, nosotros quizá estemos al servido de una causa todavía
más noble. Nosotros devolvemos con honradez el «talento» que nos ha
sido prestado. Si os atrevéis, habladme del talento de aquel metro de
platino, de aquel espejo, de aquella puerta, o del cielo. Nosotros no
tenemos talento. Preguntádselo a Philippe Soupault:
Las manufacturas anatómicas y las habitaciones baratas destruirán las
más altas ciudades.
A
Roger Vitrac:
Apenas hube invocado al mármol-almirante, éste dio media vuelta sobre
sí mismo como un caballo que se encabrita ante la Estrella Polar, y me
indicó en el plano de su bicornio una región en la que debía pasar el
resto de mis días.
A
Paul Eluard:
Es una historia muy conocida esa que cuento, es poema muy célebre ese
que releo: estoy apoyado en un muro, verdeantes las orejas, y calcinados
los labios.
A
Max Morise:
El oso de las cavernas y su compañero el alcaraván, la veleta y su
valet el viento, el gran Canciller con sus cancelas, el espantapájaros
y su cerco de pájaros, la balanza y su hija el fiel, ese carnicero y su
hermano el carnaval, el barrendero y su monóculo, el Mississipi y su
perrito, el coral y su cántara de leche, el milagro y su buen Dios, ya
no tienen más remedio que desaparecer de la faz del mar.
A Joseph Delteil:
¡Sí! Creo en la virtud de los pájaros. Y basta una pluma para hacerme
morir de risa.
A Louis Aragon:
Durante una interrupción del partido, mientras los jugadores se
reunían alrededor de una jarra de llameante ponche, pregunté al árbol
si aún conservaba su cinta roja.
Y yo mismo, que no he podido evitar el escribir las líneas locas y
serpenteantes de este prefacio.
Preguntad a Robert Desnos, quien quizá sea el que, en nuestro grupo,
está más cerca de la verdad surrealista, quien, en sus obras todavía
inéditas (14) y en el curso de las múltiples experiencias a que se ha
sometido, ha justificado plenamente las esperanzas que puse en el
surrealismo, y me ha inducido a esperar aún más de él. En la
actualidad, Desnos habla en surrealista cuando le da la gana. La
prodigiosa agilidad con que sigue oralmente su pensamiento nos admira
tanto cuanto nos complacen sus espléndidos discursos, discursos que se
pierden porque Desnos, en vez de fijarlos, prefiere hacer otras cosas
más importantes. Desnos lee en sí mismo como en un libro abierto, y no
se preocupa de retener las hojas que el viento de su vida se lleva. (*)
(*)
Mario De Micheli, Las vanguardias artísticas del siglo XX,
publicado por Editorial Alianza.
CITAS
(1)
Dostoiewsky: Crimen y castigo.
(2)
Pascal.
(3)
Barrès, Proust.
(4)
Es preciso tener en cuenta el espesor del sueño. En general, tan sólo
recuerdo lo que hasta mí llega desde las más superficiales capas del
sueño. Lo que más me gusta considerar de los sueños es aquello que
quede vagamente presente al despertar, aquello que no es el resultado
del empleo que haya dado a la jornada precedente, es decir, los
sombríos follajes, las ramificaciones sin sentido. Igualmente, en la
«realidad» prefiero abandonarme.
(5)
Lo más admirable de lo fantástico es que lo fantástico ha dejado de
existir. Ahora sólo existe realidad.
(6)
Véase Pasos perdidos, editado por la N. R. F.
(7)
“Nord-Surd”, marzo de 1918.
(8)
Si hubiera sido pintor, esta representación visual hu?biera sin duda
predominado sobre la otra. Probablemente mis facultades innatas
decidieron las características de la revelación. Desde aquel día, he
concentrado voluntariamente la aten?ción en parecidas apariciones, y me
consta que, en cuanto a precisión, no son inferiores a los fenómenos
auditivos. Pro?visto de papel y lápiz, me sería fácil trazar sus
contornos. Y ello es así por cuanto no se trataría de dibujar, sino de
calcar. De este manera, podría representar un árbol, una ola, un
instrumento musical, infinidad de cosas que, en este mo?mento sería
incapaz de representar gráficamente, ni siquiera mediante el más
somero esquema. Si lo intentara, me perde?ría, con la certidumbre de
volver a topar conmigo mismo, en un laberinto de líneas que, a primera
vista, no parecerían representar nada. Y, al abrir los ojos, tendría
la fuerte impresión de hallarme ante algo «nunca visto». La prueba de
lo que digo ha sido efectuada muchas veces por Robert Desnos; para
comprobarlo basta con hojear el número 36 de Hojas libres, que contiene
abundantes dibujos suyos («Romeo y Julieta», «Un hombre ha muerto
esta mañana», etc.) que la revista creyó eran dibujos realizados por
locos, y que como publicó con la mayor buena fe.
(9)
Knut Hamsun considera que el hambre es el determinante de este tipo de
revelación que me obsesionó, y quizá esté en lo cierto. (Debo hacer
constar que en aquella poca no todos los días comía.) Y no cabe duda
de que los siguientes síntomas que Hamsun relata coinciden con los
míos:
El
día siguiente desperté temprano. Todavía era de noche. Hacía largo
rato que tenía los ojos abiertos, cuando oí las campanadas de las
cinco, dadas por el reloj de pared del piso superior al mío. Intenté
volver a dormir, pero no lo logré, estaba totalmente despierto, y mil
ideas me bullían en la cabeza.
De
repente se me ocurrieron algunas frases buenas, muy adecuadas para
utilizarlas en un apunte, en un folletón; súbitamente, y como por
azar, descubrí frases muy hermosas, frases más bellas que todas las
por mí escritas anteriormente. Me las repetí lentamente, palabra por
palabra, y eran excelentes. Las frases no dejaban de acudir, una tras
otra. Me levanté y cogí papel y lápiz, en la mesa que tenía detrás
de la cama. Me parecía que se hubiera roto una vena en mi interior, las
palabras se sucedían, se situaban en su justo lugar, se adaptaban a la
situación, las escenas se acumulaban, la acción se desarrollaba, las
réplicas surgían en mi cerebro, y yo gozaba de manera prodigiosa. Los
pensamientos acudían tan velozmente, y seguían fluyendo con tal
abandono, que desdeñé una multitud de detalles delicados, debido a que
el lápiz no podía ir con la debida velocidad, pese a que procuraba
escribir de la mano siempre en movimiento, sin perder ni un segundo. Las
frases brotaban en mi interior y estaba en plena posesión del tema.
Apollinaire
aseguraba que De Chirico había pintado sus primeros cuadros bajo la
influencia de alteraciones cenestési?cas (dolores de cabeza,
cólicos...)
(10)
Cada día creo más en la infalibilidad de mi pensamiento en relación
conmigo mismo, lo cual es naturalísimo. De todos modos, en esta
escritura del pensamiento, en la que uno queda a merced de cualquier
distracción exterior, se producen fácilmente «lagunas». No hay
razón alguna que justifique el intento de disimularlas. El pensamiento
es, por definición, fuerte e incapaz de acusarse a sí mismo. Aquellas
evidentes deficiencias deben atribuirse a las sugerencias procedentes
del exterior.
(11)
También por Thomas Carlyle, en Sartor Resartus (capítulo VIII:
«Supernaturalismo natural»), 1833-34.
(12)
Véase asimismo, el Ideorrealismo de Saint-Pol-Roux.
(13)
Lo mismo podría decir de algunos filósofos y de algunos pintores; de
estos últimos tan sólo citaré a Uccello, entre los de la época
antigua, y, entre los de la época moderna, a Seurat, Gustave Moreau,
Matisse (en «La música», por ejemplo), Derain, Picasso (el más puro,
con mucho), Braque, Duchamp, Picabia, Chirico (admirable durante tanto
tiempo), Klee, Man Ray, Max Ernst y, tan próximo a nosotros, André
Masson.
(14)
«Nuevas Hébridas», «Desorden formab, «Duelo por duelo».
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