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MACBETH
, EL ORÁCULO PAGANO Y LA CAÍDA
Por
Esteban Ierardo
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Afiche
de la versión cinematográfica de Macbeth, de Roman
Polanski, adaptación de la célebre obra William
Shakespeare. |
En Macbeth
la ilusión del poder que finalmente se derrumba se impone como uno de
sus sentidos ineludibles. Pero la caída del poder real, que
Macbeth usurpa, permite diversos caminos hermenéuticos. El vínculo
entre el oráculo de las brujas, lo pagano y lo cristiano medieval, y
las consecuencias de la ruptura de un orden superior es una variable a
la que se atiende con especial preferencia en el ensayo sobre la gran
obra shakespereana que sigue a continuación.
E.I
MACBETH
, EL ORÁCULO PAGANO Y LA CAÍDA
Por
Esteban Ierardo
I
El
caballo corre veloz. Tal vez, oscuramente al menos, presiente la
alegría de su dueño, que cabalga acompañado por Banquo, su compañero
de armas. En la costa escocesa fue vencida una invasión, se decapitó
una devastación invasora procedente de Noruega. Pero los truenos de la
felicidad reciente concluyen cuando en el camino irrumpen tres
misteriosas ancianas, tres brujas adoradoras de lo extraño. Las mujeres
balbucean y gesticulan dentro de un aire pincelado de asombro. Y
pronuncian su profecía. Macbeth escucha sorprendido. Se le vaticina que
será rey. No comprende. Nunca comprenderá. Pero el encuentro con el
oráculo lo hará caer dentro de una jungla de acciones, decisiones,
dudas y perplejidades, en cuyo centro se partirán los escudos de la
tragedia. Y en la tragedia nacerá un verbo acusador, una voz que acusará al
mundo de ser el escenario donde se repite el sonido y la furia...
II
Macbeth
se estrena en 1606. En la obra vibra la adaptación de un personaje
histórico, de un rey escocés. La fuente directa son las Crónicas
de Inglaterra, Escocia e irlanda (1577), de Raphael Holinshed. Obra
de contenido histórico que se nutre a su vez de la Historia gentis
Scotorum (Historia de los escoceses), de 1527, redactada en
latín por Héctor Boece. Desde un acto de pleitesía cortesana, Boece
oscurece la figura de Macbeth y exalta a Banquo, antepasado del rey, su
protector. Una actitud condescendiente que repite el propio Shakespeare
que también favorece el legado de Banquo para agradar a Jacobo VI, rey
de Escocia e Inglaterra bayo cuya soberanía se desarrolla su genio
dramático en el momento del estreno de Macbeth.
En
el comienzo de los hechos de Macbeth, una invasión ensombrece la
continuidad del rey Duncan. Macbeth, Thane (Señor) de Glaims, y primo
de Duncan, encabeza una valerosa y exitosa carga contra los invasores.
Por sus servicios recibirá la distinción de Thane de Cawdor. Al
regresar de la batalla, Macbeth, junto con Banquo, se topan con tres
brujas, tres hermanas hechiceras (weird sisters). Las mujeres,
supuestas aliadas del diablo, pronuncian sus misteriosos oráculos ante
los viajeros. Profetizan que Macbeth será rey y, antes, Thane de Cawdor;
y que Banquo será "padre de reyes, aunque no seas rey".
Luego, Macbeth, para su asombro, recibe la notificación de la
distinción nobiliaria que las enigmáticas mujeres habían adelantado.
Esta corroboración abre la certeza de que el oráculo de las brujas
inicia un proceso real, el despliegue gradual de un destino
irreversible.
Las
brujas remiten al mundo antiguo y pagano. Su palabra oracular contiene
las huellas de arcanas prácticas de adivinación del futuro: la
inspección de las vísceras de animales sacrificados y del vuelo de los
pájaros; la interpretación de los rayos que se detonan en un cielo
tormentoso; el viento que susurra premoniciones entre las ramas de las
encinas de Dodoma, en Epiro; los sueños proféticos (1).
Durante
la consumación de su primera participación profética, las brujas
pronuncian la misteriosa sentencia: "Lo bello es feo, y feo lo que
es bello" (fair is foul, and foul is fair) (Macbeth,
Acto I, Escena I, 10) (2). A partir de aquí, como luego veremos, una
dinámica de inversiones y sustituciones adquiere una tonalidad especial
dentro de la obra.
La duda carcome a Banquo: "las cosas que hablamos, ¿estuvieron
aquí o hemos comidos malignas raíces (insane roots) que vuelven
prisionera a la razón?".
La constelación de visiones y de misteriosos dichos de las brujas acaso
nace de la ingestión de las misteriosas y "malignas" plantas
mágicas, según especula Banquo.
Belladona, estramonio, beleño, cáñamo, mandrágora, los nombres de
diversas plantas preferidas por las brujas para la elaboración de
pociones mágicas o venenosas. La belladona en particular pertenece a la
familia de las solanáceas. En mayo florece en Europa. El nombre de la
planta deriva del beneficio que le otorga a las mujeres romanas: la
dilatación de sus pupilas y el aumento de su atracción sobre los
hombres. Pero sus cualidades trascienden en mayor medida por su uso
secreto entre las brujas medievales en sus aquelarres. Su vínculo con
lo mortífero se relaciona con sus efectos crueles e inexorables
(acción letal emparentada con Átropos, la Parca que dispone el corte
del hilo de la vida con sus siniestras tijeras).
El beleño secunda a la belladona en sus atributos perturbadores (3). Su
fama destila veneno, y "embeleñar" es el adormecimiento que
causa el contacto con la planta. Pero el beleño también alivia el
dolor o genera una situación de sopor o inconciencia. Asimismo, en la
medicina herbolaria, actúa como remedio para atacar estados de
hipocondría, enajenación mental, epilepsia, neuralgias o cólico de
plomo. En la historia de las iniciaciones mistéricas (como la de
Eleusis) (4), o en las fiestas apolíneas como las Targelias, las
plantas con propiedades psicotrópicas fueron acaso muy esenciales en el
desencadenamiento de los estados visionarios (5).
Pero el nexo psicotrópicos-visión no desentraña la naturaleza más
íntima de la lógica visionaria que asalta a Macbeth. Sus accesos
visionarios obedecen a un lento despliegue de la hiedra de lo trágico.
Poco tiene que ver con un salto a un nivel otro de conciencia, donde
fructifican las perlas de una sabiduría antes insospechada.
III
Macbeth recibe la generosidad y el reconocimiento real: la concesión
del título de Thane de Cawdor en recompensa a sus servicios
patrióticos. El agradecimiento tendría que primar en la conducta del
agasajado señor feudal. Pero su nueva jerarquía le demuestra a Macbeth
que el vendaval que lo llevará al trono ha comenzado. Envía entonces
una carta a Lady Macbeth, a la sazón en Inverness (Inbhir Nis, en gaélico
escocés), capital del reino. Le narra lo ocurrido. Le manifiesta la
sospecha de que un destino de realeza se apresta a posarse sobre sus
hombros. Pero Lady Macbeth percibe que en su esposo rebulle demasiada
bondad, le falta el odio suficiente para una acción de ambición
furiosa y decidida. Por eso, le pide que venga pronto para
"vaciarte mi coraje en tus oídos". Lady Macbeth le dará a su
cónyuge la seguridad necesaria para consumar el crimen. Ella es la que
lanza la flecha de los actos, es la que extirpa la duda. Y para cumplir
su labor, se entrega a la invocación de los espíritus invisibles, los
"espíritus de muerte". Y a ellos implora: "Arrancadme mi
sexo y llenadme del todo, de pies a la cabeza, con la más espantosa
crueldad; que se adense mi sangre, que se bloqueen todas las puertas del
remordimiento" (Macbeth, Acto I, Escena V, 40). Ruega que en
ella se invierta la naturaleza (mutación en sincronicidad con la
inversión bello-feo antes referida en el discurso de las brujas), para
así sustituir la leche de la madre, dadora de vida, por la hiel, signo
de ferocidad. Por esta inversión la mujer encarna la duplicidad arcaica
de la diosa que, a un mismo tiempo, es fuente de nueva vida y
manipuladora del cuchillo de la muerte, tal como ocurre de forma
arquetípica en la dupla Sakti-Kali de la India védica.
Lady Macbeth muere para la ternura, y renace como genio astuto de la
conjura y la ambición de mando. Su destino inicial de madre es
reemplazado por sus oficios de promotora de la muerte para acercarse
así a la ilusión de la seguridad y la fuerza que confiere el poder. La
esposa del Thane de Cawdor impele a Macbeth a no dudar, y a no renunciar
así a la tentación de sentarse en el trono. Lady Macbeth se emplaza en
el lugar de la tentación que, alguna vez, una mujer ocupó al instigar
al primer hombre a comer del fruto de un árbol prohibido. La inminente
caída de Macbeth se asimila entonces, inevitablemente, a la caída del
propio género humano, y su expulsión del Edén desde la
interpretación cristiana de la historia como castigo de la falta que
eclipsó a la primera pareja humana.
IV
En el acto II se despliega una trilogía transgresora compuesta por la
noche, el castillo y la visión de un puñal asesino.
El regazo oscuro y nocturno es ámbito tradicional y ancestral de lo
siniestro. Y el castillo es proverbial arquitectura medieval del poder,
de la intriga, de las apetencias perversas de autoridad y control sobre
los otros. Tribulaciones del espíritu dentro de las fortalezas del medioevo que anticipan las maquinarias de la
agresión libertina en los castillos imaginados por Sade.
Y dentro de la noche y el castillo flota el puñal que contempla Macbeth.
¿El puñal es una proyección de su cerebro o una aparición real,
objetiva? "Visión fatal, ¿no eres sensible al tacto y la mirada?
¿O eres, quizá, tan sólo un puñal en mi mente, imagen falsa que
surge en el cerebro al que la fiebre oprime" (Macbeth, Acto
II, 40). Si ahora impera la visión, el castillo en parte se resignifica;
no es sólo antro de una estrategia ajedrecística, y muchas veces
clandestina, del poder, sino la posible escena de la irrupción de lo
sobrenatural. La morada de Macbeth destila así su afinidad con el
futuro castillo de la novela gótica saturada de apariciones
fantasmales.
Y en el espinazo íntimo de la noche donde ocurre la visión, Macbeth
presiente que el puñal que flota es puente hacia el crimen. Pero
también es revelación de otra forma de muerte: el asesinato del
sueño. Al aprestarse a seguir la dirección del arma misteriosa,
Macbeth se convierte, fatalmente, en "el que mata al sueño".
Y el acto asesino se consuma finalmente en la noche. La sangre de Duncan
mancha las manos del escocés antes dubitativo. La esposa del asesino
apela al agua para hacer desaparecer los rojos rastros del crimen. Por
ahora, el líquido cumple con su misión purificadora. Pero, luego, Lady
Macbeth descubrirá la pérdida de esa cualidad…
V
En el drama shakespereano el conflicto humano parece devorar todo el
espacio. Pero la naturaleza interviene también dentro de la tempestad
de las pasiones. En el acto II de la escena IV se produce el diálogo
entre el noble Ross y un viejo. El Viejo es observador externo, que se
emplaza así en una función similar al coro en la tragedia griega
antigua. Ross manifiesta que los actos turbadores del hombre parecen
hacer que la noche avance, que reine la oscuridad cuando debería
imperar la clara luz del día. Ante lo que el Viejo afirma: "Todo
es contra natura", como el asesinato que ha sido perpetrado. El
hombre viola un orden superior. Esta violación es testimoniada por
indicios anómalos: un halcón es muerto por un búho ratonero. Y Ross
agrega que los caballos de Duncan recuperan su condición salvaje:
rompen los establos, se fugan, desbordan una inusitada e inesperada
rebeldía. Es "como si declarasen la guerra al hombre". El
oscurecimiento del espíritu, el torcimiento del recto camino surge de
la violenta negación de un orden natural. Shakespeare lee intensamente
a Séneca, a los estoicos y su filosofía de la ataraxia, de la
impasibilidad ante los cambiantes infortunios, para sólo remitirse,
como modelo superior de acción moral, a la permanencia de la universal
y armoniosa regularidad de la naturaleza. La violación de la
legitimidad política (consumada por Macbeth) no se separa de la
vejación del orden natural. Las perturbaciones o anomalías de la
naturaleza expresan una paralela corrupción humana.
Las manifestaciones naturales de la ruptura de la armonía universal se
entroncan, a su vez, con una escisión del suelo natal. En el ámbito
céltico, trasfondo cultural no disuelto de la Escocia medieval y
cristianizada de Macbeth, la separación de la matriz terrestre
es protagonizada por el soberano. En la mitología céltica no late un
diosa-tierra como tal. Tailtiu, madre que nutre al dios Lug, no alcanza
el estatuto de la Deméter griega. Las sociedades célticas son
pastoriles en un principio, por lo que se rigen por hábitos nómades, a
diferencia de las sociedades agrícolas. Pero hay ritos para propiciar
la armonía entre la tierra y el pueblo. Para habitar la tierra es
necesario un contrato, tal como lo expresa el rito de la Piedra de Fal.
El rey se sienta sobre ella, y la piedra grita; lo cual "es el
signo de que la tierra acepta a un individuo como rey, es decir como
intermediario privilegiado entre ella y la sociedad que sobre ella se
establece de manera temporal, en la medida en que todo reino céltico
depende de la capacidad del rey y de la extensión de su mirada"
(6). El rey es mediador entre el pueblo y la prosperidad de la tierra.
El sedimento de la antigua coronación céltica en el rito de
entronización de Macbeth como rey escocés en Scone se expresa en la
presencia de una piedra, la que, luego, en el contexto de la
cristianización, se la vinculará con la Piedra de Jacob.
VI
Las fortalezas construidas sobre la mentira se derrumban. Siempre. Al
final. Desde su germen, el sueño de poder de Macbeth se nimba con los
horrores de la pesadilla, la imposibilidad y la ruina. Y el cine
también derrama la tragedia del matrimonio Macbeth en la magia visual y
repetible del celuloide. En su versión de 1971, Roman Polanski
exacerba, con especial insidia, la puja por la
corona escocesa en tiempos medievales. Con caracterizaciones de
vivacidad convincente y en atmósferas de angustia crepuscular, Orson
Welles y Akira Kurosawa también reaniman el relato shakesperiano.
Y en la versión literaria madre urdida por el creador inglés, la
agonía del usurpador se inicia a través del regreso de un temor
reprimido. El rey teme a Banquo. Y para proteger su autoridad espuria,
Macbeth ordena su asesinato y el de su hijo Fleance. El padre sucumbe bajo
el cuchillo asesino, pero el hijo logra sobrevivir para difundir luego
la semilla de su descendencia real. Entonces, el traicionero rey cae
bajo la lógica sobrenatural de una punición espectral. Las
apariciones no pueden ser reprimidas ya por la razón. Y su fuerza
principal nace de los temores velados. Macbeth es asolado entonces por
las apariciones espectrales de Banquo, que empiezan a construir el cerco
de la desorientación y la locura que finalmente lo desbarrancará en la
muerte. Al escapar Fleance, el monarca escocés siente el encierro del
poder frágil: "Estoy, no obstante, encadenado, confinado,
atrapado, enjaulado, entre insolentes dudas y con miedo" (Macbeth,
Acto III, Escena IV, 20).
Y la réplica contra su poder envenenado se desata. Malcolm, primogénito
de Duncan, príncipe de Cumberland, Donalbain, su otro hijo, y Macduff,
noble de Escocia y Señor de Fife, se sublevan con la ayuda inglesa
representada por las fuerzas comandadas por el general Seyward, Conde de
Northumberlan.
En la confusión, y en la sensación de un poder oscuro inmanejable para
su soberanía real, Macbeth retorna al comienzo para buscar claridad.
Regresa al seno de las brujas. Acude a las hechiceras que preparan
ungüentos, pronuncian voces extrañas y comparten ritos desconocidos
bajo la invocación de Hécate, la antigua diosa griega de la
hechicería. En sus representaciones iconográficas más recurrentes en
la antigüedad helenística, la protectora de las tres brujas profetizas
aparecía como una deidad de triple rostro.
El visitante contempla las manipulaciones de los calderos, la
elaboración de filtros mágicos, los gestos y acciones de una ciencia
secreta basada en una ancestral práctica que combina diversas
sustancias vegetales o partes de animales. El rey quiere saber qué
pergeñan las brujas, pero la preparación de brebajes mágicos es
"una cosa sin nombre" (a deed without a name). La
brujería misma sería, según actualizadas hipótesis de una
historiografía revisionista, pervivencias de antiquísimos rituales
paganos de fecundidad (7).
Y golpeado por la angustia, el monarca consulta al oráculo. La
respuesta no es clara, directa, discursiva. El lenguaje oracular rara
vez se expresa con una sentencia diáfana. Su revelación suele ser
simbólica, indirecta, conjetural, a través de visiones o apariciones.
Apariciones que se suceden ante un Macbeth estupefacto. La primera
aparición: una cabeza armada (acaso la cabeza del propio Macbeth), y la
advertencia de cuidarse de Macduff, Señor de Fife. Segunda aparición:
un niño ensangrentado, acaso Macduff arrancado prematuramente del
cuerpo de su madre.
Y entonces escucha el rey la exhortación clave: "Sé decidido,
sanguinario, valiente, podrás tomar a risa el poder de los hombres,
porque nadie nacido de mujer hará daño a Macbeth". Una palabra
mágico-oracular y pragmática-política se combinan en el consejo. La
exhortación de las brujas a la decisión desde una aparente actitud de
astucia y cautela por parte del rey corresponde a una
estrategia para la conservación del poder afín al realismo
político maquiavélico. Así como el dramaturgo de Stratford-upon-Avon
es lector de Séneca, también lo es del autor de El Príncipe.
Pero la aparente cautela o prudencia racional que anima la acción es,
como se verá, sólo una apariencia para una burla posterior perpetrada
por la palabra mágica pagana, profética y oracular, que nunca pierde
su primacía.
Y entonces ocurre la tercera aparición: un niño coronado, con una rama
de árbol (quizá Malcolm). Macbeth no será vencido hasta que el bosque
de Birnam no suba hasta la alta colina de Dunsinane para avanzar contra
el rey. Hecho aparente irrealizable, por lo que la profecía parece
tranquilizadora, la promesa de que el poder de Macbeth nunca será
derribado.
Y acontece después la aparición de Banquo, con un espejo que proyecta
la imagen de ochos reyes. La posible descendencia de un desdichado
asesinado, de aquel que será "tronco de reyes"…
Y Macbeth teme, y el miedo ataca como defensa. El intruso en Inverness
ordena entonces el asesinato de la familia de Macduff. Los asesinatos se
cumplen; nueva sangre inocente contamina la tierra. El usurpador, el
asesino del sueño, sopla los vientos siniestros.
La naturaleza y sus signos, nuevamente, son evidencia de un descalabro
que se agiganta. Por eso, Macduff, en diálogo con Malcolm, propone:
"defendamos nuestra tierra que agoniza", porque "la
patria sangra". Y Ross agrega: "…la tierra ya no es nuestra
madre, sino nuestra tumba". Y ya antes del asesinato de Duncan, el
noble Lennox repara en las voces que hablan de disturbios extraños en
el orden natural de las cosas: "Se escucharon lamentos en el aire,
gritos de muerte extraños que presagiaban sucesos confusos"; y
"se dice que la tierra tuvo fiebre y tembló" (some say the
earth was feverous and did shake) (Macbeth, Acto II, Escena III,
50).
Desde el lecho de las creencias célticas, sobrevivientes en el folklore
de la época isabelina (y que seguramente Shakespeare conoció), la
tierra enferma, anémica, trastocada, es señal clara de la
deslegitimación de los reyes. El rey nace a la legitimidad por su ya
aludido encuentro con la Piedra de Fal. Pero si es débil, si pierde su
vigor físico, como consecuencia de una enfermedad del cuerpo o del
espíritu, los suelos se resienten. La tierra, como en la saga del rey
Arturo, se torna yerma, pierde sus frutos primaverales y su fertilidad.
Pero la forma de entender el nexo entre la tierra que enferma y el
disturbio de los asuntos humanos, es relacionada en la obra de forma
directa con los poderes taumatúrgicos de los reyes, y, en especial, de
Eduardo el Confesor. El rey cura la escrófula (la adenitis
tuberculosa); y:
"…a gentes con enfermedades muy extrañas,
Llenos de úlceras e hinchados, que da pena mirar, ya desahuciados por
la ciencia, los ha curado él
Colgando de sus cuellos una pieza de oro
En tanto reza una oración. Y se dice
Que dejará en herencia, a los que le sucedan en el trono,
El poder santo de curar" (Macbeth, Acto IV, Escena III, 150).
Hasta el siglo XVI es una creencia no discutida en Europa occidental el
supuesto poder de los reyes para curar. En 1924, el historiador francés
Marc Bloch publica Los reyes taumaturgos (8). Taumaturgo es la
persona con potencias mágicas capaces de obrar prodigios o milagros.
Bloch es pionero de la hoy famosa Escuela de historia de los Anales o de
las Mentalidades. Su investigación se zambulle en las corrientes de
creencias o mentalidades de un horizonte histórico particular. La
creencia en particular que ausculta Bloch es la de los hombres y mujeres
de la Edad Media en cuanto al milagroso poder curativo que ostentaban
los reyes de Inglaterra y Francia. Con sólo tocar con sus manos a los
enfermos, los monarcas curan, además de la escrófula ya mencionada,
afecciones de los ganglios o lesiones diversas. La soberanía real no es
sólo política, económica o militar. Irradia también rayos de
potencia mágica. Una soberanía espiritual que permite arrostrar las
pesadumbres de la enfermedad corporal.
Para plasmar su innovadora exploración histórica Bloch estudia
tratados de medicina popular, y lee la Rama Dorada de Frazer,
cuyo subtítulo, "los Orígenes Modernos de la realeza",
anuncia la afinidad con la materia particular de su investigación. Los
reyes ejercen su soberanía mágica a través de milagros y curaciones.
La cura por el tacto real dimana el aura de un rito. Las condiciones
mágico-terapéuticas que se atribuye a los reyes vigoriza su prestigio,
la firmeza de su corona, la intimidación de su poder. Esta creencia
nace entre los siglos XII y XIII, y declina en Inglaterra en el siglo
XVIII, bajo la égida de los Hannover. En Francia, la potencia curadora
de la realeza sucumbe finalmente con el fallido intento de Carlos X de
resucitar la vieja creencia.
En el pasado céltico la condición sagrada de los monarcas se evidencia
no por supuestos poderes curativos, sino por la capacidad de infundir
salud a la tierra. El rey Arturo, de estirpe céltico-galesa, en la peor
penumbra de su reinado, gobierna una tierra yerma luego de quebrar el
orden por el incesto involuntario con su hermana Morgana. Sólo el
contacto con el Grial repondrá su vitalidad perdida y devolverá la
lujuria vegetal a sus tierras (9).
El rey, como poseedor de potencias mágicas de curación, o como
estimulador de la vitalidad de lo terrestre, se contrapone al Macbeth
incapaz de sostener funciones curativas, o de evitar la percepción de
sus vasallos de un disturbio o enfermedad de la tierra. Su malsana
soberanía es hemorragia del esplendor del trono real, y del propio
brillo del soberano.
VII
Macbeth padece los primeros golpes al
ser invadido por la presencia espectral de Banquo. Su consulta posterior
a las brujas le devuelve en apariencia la confianza. Vuelve a
ilusionarse entonces con los privilegios de la impunidad. Pero él y su
esposa ya sudan dentro de las ciénagas de la perturbación y la
degradación.
Una esfera superior de sentido inicia un proceso de
castigo, un castigo como destino, en términos hegelianos. En los
albores de su pensar teológico, el joven Hegel imagina un criminal que
mata a su prójimo, que despoja del don de la vida a su víctima como si
fuera un otro independiente. La agresión exterior no debería revertirse
sobre el agresor. Pero la vida de la víctima y el victimario son una sola vida.
Por lo que esa vida universal siente la herida, el daño de la
conciencia agresora que se pretende separada. Así, el autor de La
fenomenología del espíritu manifiesta: “La ilusión del crimen
de destruir una vida ajena y de incrementar así la propia se disipa,
pues aparece en escena el espíritu incorpóreo de la vida dañada,
revuelto contra el crimen, como Banquo, quien fuera amigo de Macbeth,
pero no se extinguió con su asesinato, sino que ocupó, inmediatamente
después, su asiento, no como un festejante en el banquete, sino como un
espíritu del mal. El criminal pensaba habérselas con una vida ajena,
pero la que destruyó fue la propia, pues la vida no se diferencia de la
vida, ya que la vida descansa en la divinidad unida en sí. Lo que ha
destruido ha sido solamente lo que la vida tenía de amistoso: ahora lo
ha trasformado en enemigo (…) Ahora la vida dañada se alza como un
poder enemigo contra el criminal y lo maltrata de la misma manera como
él maltrató.” (10).
Al matar a un otro (Duncan y Banquo) el criminal (Macbeth)
violenta la fuente única de lo vivo. Y entonces, lo viviente deviene destino que
castiga a la voluntad que ignora esa unidad superior. La punición es
previa al castigo certificado por un poder público. Es la sensible
trama de una vida superior y universal la que reacciona.
Y los pulmones de Lady Macbeth también tosen heridos por los aires de la
abyección.
Las manchas de sangre no se desvanecen esta vez. Lady Macbeth
creyó que podría actuar por encima de superiores leyes no humanas.
Pensó que podría obligar al destino a someterse, y olvidar o ignorar
sus arrebatos criminales. Pero la vida única que ella, como su esposo,
han herido, reacciona desde el destino como castigo. El látigo que
castiga la zahiere primero con la exclusión del mundo por la pérdida
del lenguaje; y, segundo, con la ceguera. Sus ojos lucen abiertos
“pero están cerrados a las sensaciones”. Su enfermedad está más
allá de la ciencia médica.
La reina padece los dardos de una vida agredida que reacciona. Y
también recibe los flechazos ajusticiadores el hombre, el esposo, el
rey usurpador.
Macbeth espera el ataque de sus enemigos en su castillo.
El oráculo de las brujas le había anunciado, como si fuera una certeza
de su potencia inexpugnable, que sólo perdería la corona si, alguna
vez, el cercano bosque de Dunsinane se pusiera en movimiento. Una
aparente imposibilidad. Pero, desde lo alto de una torre, uno de los
guardias anuncia lo imposible: los árboles se mueven y componen una
ágil muralla vegetal que se acerca a la guarida del usurpador. Pero el
hecho aparentemente extraordinario tiene su explicación: Malcolm ha
pergeñado un particular camuflaje para su ejército. Cada soldado se
cubre con una rama. Así el bosque guerrero se acerca amenazante.
Nuevamente surge una coincidencia con el folklore mitológico
céltico. En el siglo VI el niño vidente galés Taliesín, personaje de
la mitología cético-galesa, compone su poema La batalla de los
árboles (11). Aquí, un ejército de guerreros se trasforma en
árboles, y bajo su nueva forma vegetal se enzarzan en duro combate. En
el argumento shakespereano la metamorfosis hombre-soldado-árbol es
aparente y obedece a razones de estrategia militar. En su antecedente
celta, la transformación se relaciona acaso con una espiritualización
de las fuerzas vegetales del bosque.
Y las fuerzas enemigas de Macbeth trasponen las puertas del castillo.
Las espadas se incendian. El rey amenazado, iracundo y seguro de lo
inexpugnable de su poder (porque nunca nadie nacido de mujer podría
vencerlo), tras breve combate, mata al hijo del general inglés Seward.
Luego ocurre la lucha esperada e inevitable con Macduff. La certeza del
monarca escocés se desvanece con el crujido de una madera reseca
cuando, al fin, el centro hasta ahora escondido del oráculo de las
brujas se revela. Ante la repetición de la profecía de las brujas,
Macduff anuncia que nació por cesárea; no brotó al mundo por la vía
normal del alumbramiento. La anormalidad de su nacimiento preserva la
verdad cifrada del dicho de las mujeres seguidoras de Hécate. Macduff
no nació de mujer por la vía habitual. Nada se aclara en la profecía
sobre una excepción al modo corriente de nacimiento de los seres.
Así, en el centro de la tensión del drama shakesperiano, asoman las
dos cuerdas acaso principales de la narración: la contraposición entre
el orden mágico-divino, de raíces paganas, pre-cristianas, y la
desintegración del significado (que acontece en un ámbito medieval,
pero que antecede al escepticismo del hombre moderno, y que deja
traslucir con más claridad Hamlet).
La primera cuerda aludida, la del orden mágico, anuncia su importancia,
como sabemos ya, en el inicio mismo de la obra, con las brujas y sus
oráculos. Luego se desata el torbellino de las acciones que giran en
derredor de ese núcleo inicial; después, la segunda visita-consulta
del rey a las hechiceras reunidas en intensos y nocturnos aquelarre; y tras esto, la revelación del sentido inesperado de sus vaticinios durante la toma del
castillo y la caída del rey. Y, finalmente, el epílogo, para algunos
apócrifo (12) pero que, de todos modos, reitera la importancia y
superioridad en la trama narrativa de la voz arcaica de un hado pagano,
de una voluntad del destino y de un primado de la magia ancestral. Así
Hécate dice a sus discípulas:
¡Qué gran placer volar
cabalgando los aires del espacio
cuando la luna brilla como hermoso topacio,
y cantar y bailar, besar y fornicar!
Por encima de bosques, de altas cimas, de estrellas,
Por encima de mares, manantial de doncellas,
Por encima de empinadas torres y torretas,
entre tropas de espíritus, en la noche volamos:
un tañer de campanas no suena en nuestro oído, ni el ladrar de los
perros, ni el lobo con su aullido;
ni el sonido del agua, cuando cae en cascada,
ni nos alcanza el eco que brota en la quebrada" (Macbeth,
Apéndice)
El vuelo mágico, atributos tradicionales del contacto de las brujas con
lo sobrenatural y lo misterioso, es una confirmación de la presencia
profunda de una experiencia mágico-pagana dentro del drama
shakespereano.
Y la superioridad del ordenamiento oracular, de estirpe pagana, y dueña
del conocimiento del destino, se ve ratificado a su vez por una
cristalización final de la lógica de la inversión que regula el
anuncio profético, y por las revelaciones de Hécate en el aquelarre
que visita el rey desesperado luego de las primeras apariciones
espectrales de Banquo.
Veamos: al comienzo, las brujas manifiestan enigmáticamente: "lo bello es feo, y lo que es feo es bello". Se
anuncia en esta afirmación una lógica de la inversión, una
subversión de los términos que, en el fondo, es una equivalencia entre
los opuestos. En el mundo cristiano de la Escocia medieval de Macbeth,
la perduración de una palabra pagana invierte las jerarquías en ese
momento prevalecientes: la situación axiomática correcta, un destino
sólo regulado por el Dios cristiano es dominado por el mal, por lo que
sólo es degradación o mentira para la mirada cristiana: un hado
independiente del Dios trinitario y que, por tanto, sus voceros no son
profetas bíblicos, sacerdotes o teólogos de la ortodoxia, sino las
brujas de Hécate, la vieja diosa pagana. A su vez, las tres brujas, en
la Crónicas... de Raphael Holinshed se identifican con las tres
diosas o Morías del destino en la antigua Grecia.
Así, el orden ortodoxo cristiano-medieval (el bien) se invierte por el
predomino y triunfo de la superior palabra profética de inspiración
pagana (el supuesto mal). Y este proceso, en una segunda visión, más que de
inversión hablaría de una final identificación o correspondencia dado
que bien y mal, fuerzas aparentemente opuestas, hablan en definitiva de
una sola realidad: la superioridad de una jerarquía divina no humana,
que el hombre puede negar, pero que, finalmente, de forma irreversible
vuelve como destino que aplasta la arrogancia humana.
Por eso, en Macbeth, el triunfo de un orden mágico-divino
superior es paralelo a la debacle de la pretensión humana de
autogobierno sin interferencias extrahumanas. En su fiebre ya desatada
por el poder, Macbeth delira creyendo en la impunidad de la acción
criminal, o en una protección profética de su poder. Mas la voz
profética fue precisamente trampa o embeleco para conducir al sujeto
exaltado hacia su propio derrumbe. Una trampa que puede percibirse en la
arenga de Hécate a sus seguidoras en el aquelarre que interrumpe
Macbeth para solicitar una nueva revelación del futuro. Entonces, la
vieja diosa pagana dice:
"...Preparad las vasijas, los conjuros,
vuestros filtros y todo los demás.
Me vuelvo al aire, que he de emplear la noche
En un fatal y trágico designio. Grandes cosas
habrán de urdirse antes del mediodía.
De la curva de la luna pende
unas gotas que exhala hondos misterios
que yo he de recoger antes que caiga
a la tierra, y destilada por los filtros mágicos
hará surgir espíritus artificiales
con la fuerza debida a su ilusión
que lo conducirá a su ruina.
Despreciando el destino, se reirá de la muerte,
llevará su esperanza más allá del temor, sabiduría y gracia.
Vosotras lo sabéis: la confianza
es para los mortales la peor enemiga" (Macbeth, Acto III,
escena V, 30).
Hécate se apresta a retornar a su elemento mágico fundamental: el
libre vuelo en la noche. Y debe ayudar a que se concreten los designios
de un destino trágico; debe ir a recoger una gota del astro plateado.
La luna es imagen mítica del control del tiempo. Para el griego
antiguo, como enfatiza Robert Graves, la vida lunar se resume en tres
fases luego de su resurrección tras su "muerte" o
desaparición del cielo nocturno por tres noches. La gema divina opalina
se muestra entonces cono Luna Joven; Luna Mujer, y Luna Vieja. Esta
última fase corresponde a los influjos lunares sobre los maleficios, y
las artes secretas de la brujería.
Y la joya del topacio exhala su gota, su sentencia, su saber del futuro.
Hécate lo recoge, lo destila con filtros mágicos, para liberar a
"espíritus artificiales" que obrarán sobre el mortal para
confundirlo, para engañarlo, para empujarlo a una ilusión, "que
lo conducirá a la ruina". Bajo el efecto del hechizo que engaña,
Macbeth, la víctima ya predispuesta por una voraz ambición de poder
a fantasear con su posible condición indestructible y predestinada,
"se reirá de la muerte", y "llevará su esperanza más
allá del temor"; no sospechará entonces la mentira, que es en
realidad verdad disfrazada, de los vaticinios de las brujas. Espoleado
por su ansiedad de encontrar una ratificación sobrenatural de su
fuerza, Macbeth no sospechará la inversión, es decir que las
profecías dicen algo distinto a lo que parece, que su sentido no es
directo sino invertido. Quedarse sólo con el anverso es quedarse a lo
sumo con una media verdad o una media mentira, que impide leer el
reverso, donde se esconde la verdad completa sobre el destino del rey
usurpador. Y su incapacidad para entrever lo invertido, lo esquivo, lo
oculto, alimenta su confianza ingenua respecto a la continuidad
invencible de su autoridad. Por eso "la confianza es para los
mortales la peor enemiga".
Cuando se invierten los oráculos, cuando surge la verdad, el poder
humano es lanceado por el verdadero destino, por la fatal
predestinación a su derrumbe por su hybris, por su exceso
soberbio de autoconfianza y negación de un orden superior. Entonces, el
poderoso es succionado por el castigo, el derrumbe y la muerte.
Lady Macbeth es la primera en regresar a la realidad donde el hombre es
roca pequeña, y no segura montaña. Regresa ese orden desde el castigo
que destruye su persona. Su humanidad se disuelve por la explosión de
la palabra o la esperanza.
Ya antes del rodar definitivo de su cabeza, Macbeth intuye la victoria
de un orden extraño, superior, que acaso perversamente gusta de
confundir y precipitar a los hombres en la tumba dolorosa de sus
ambiciones. Es el momento del célebre monólogo nihilista del rey
usurpador, cuando no puede reprimir la sospecha, que ya es afirmación:
"...La vida es una sombra tan sólo, que transcurre; un pobre actor
que orgulloso, consume su turno sobre el escenario,
para jamás volver a ser oído. Es una historia
contado por un idiota, llena de sonido y furia,
que nada significa" (Macbeth, Acto V, escena V, 20).
La vida es una sombra narrada por un idiota, que desborda ruido y furia.
El primado de la nada es desierto donde ningún significado sobrevive.
La intrusión de la
nadidad en el centro de los lagos de la vida se interprenetran metafísica
y política. El rey, cúspide del poder político, juega a sobreponer el
castillo de su soberanía sobre el universo. Lo universal del cielo y la
tierra, del tiempo que no se detiene y envejece, del agua o el viento,
no asombra al sujeto político. No lo abren a la certeza de una realidad
que lo excede y que es fuente del mundo. Pero sin un mundo dado el poder
no dispondría del suelo donde levantar las torres de su autoridad. El
rey, la política, es deseo camuflado de una potencia humana
autosuficiente, instituyente y no instituida por una potencia
extrahumana. Decimos “deseo camuflado” porque en épocas de un
primado indiscutible de Dios, en épocas del cristianismo
medieval, o aun después en el Renacimiento, o en el Antiguo Régimen de
los primeros siglos modernos, el rey acepta formalmente la superioridad
divina. Pero este reconocimiento camufla el deseo de la sustitución de
la fuerza divina-extrahumana por la suprema autoridad humana. Este
sustituir es otra variante posible de la lógica de la inversión que
antes hemos indagado. La sustitución es el obrar que domina el deseo o
la voluntad camuflada de Macbeth. La falsedad implícita de esta
sustitución de la acción política real (no desde sus discursos retóricos)
genera efectos metafísicos. Si el árbol pequeño del rey sustituye el
bosque de la gran fuerza y orden universales, la realeza se ciega a la
percepción de una vida cuyo significado no depende de la afirmación
del poder real. Macbeth se refugia en los oráculos para pensarse
invencible. Pero las apariciones espectrales de Banquo, la muerte agónica,
más allá del alcance de la medicina, de la reina, lo empujan al pozo lúgubre
donde intuye la debilidad de su poder real o, al menos, su condición
amenazada. La vida universal común que ha sido dañada, tal como
lo expone el joven Hegel, inicia su castigo sobre la individualidad que
pretende actuar separadamente de esa universalidad, y con leyes
propias.
Las evidencias del
resquebrajamiento de su soberanía real las vincula Macbeth con
la licuación del sentido mismo de la vida. En esta dinámica regresiva,
cuando la política de la arrogancia ciega (su no conciencia del límite
del poder del soberano) se enfrenta a la sospecha de su debilidad,
siembra de heridas metafísicas la percepción de la existencia. Por
eso, ahora, la vida es sombra. Si el escenario donde actuaba el poder
como actor central se
parte, su pretendida autoridad absoluta se diluye en la farsa de un idiota
que farfulla un relato
grotesco de sonido y furia. Una tempestad de balbuceos y violencias
que ocultan la nada. La comedia de la fiebre absoluta del poder a
cualquier precio deriva entonces en la tragedia inevitable del
regicidio. Y detrás del rey que mata o es muerto, los muros de los
castillos o palacios se desmoronan ante las hachas del destino. El hado
que pinta el rostro humano; el hado que lo pinta con la burla. Y la caída preparada
por el oráculo de unas brujas.
(*)
(*)
Fuente: Esteban Ierardo, "Macbeth, el oráculo pagano y
la caída", editado aquí de forma original.
Citas:
(1)
Ver Robert Flaceliere, Adivinos y oráculos griegos, Buenos
Aires, Eudeba.
(2)
Las citas de Macbeth pertenecen a: William Shakespeare, Macbeth,
Cátedra. Letras universales, Madrid, 1987 (edición bilingüe de Manuel
Ángel Conejero y Jenaro Talens).
(3)
Ver Gómez Fernández, J. R, Las plantas en la brujería medieval,
editorial Celeste.
(4)
Ver R. Gordon Wasson, Albert Hofmann, Carl. A. P. Ruck, El camino a
Eleusis. La solución de los enigmas, México, Fondo de cultura
económica.
(5)
Ver Robert Gordon Wasson y otros, La búsqueda de Perséfone. Los
enteógenos y los orígenes de la religión, México, Fondo de
cultura económica.
(6)
Jean Markale, Los druidas. Tradiciones y dioses de los celtas,
Madrid, Taurus, 1989, p. 158.
(7)
Ver Ginzburg, Carlo, Historia nocturna. Un desciframiento del aquelarre, ed. Muchnik.
(8)
Marc Bloch, Los reyes taumaturgos, México, FCE.
(9)
Ver Jean Markale, La trama oculta del Grial, Barcelona, ed. Tikal.
(10)
G.W.F. Hegel, “Espíritu del cristianismo y su destino”, en Escritos
de juventud, México, Fondo de cultura económica, p. 322. El joven
Hegel piensa también una posible dinámica redentora del criminal
cuando éste adquiere “un anhelo por lo perdido”: “En el momento
en que el criminal siente la destrucción de su propia vida (al sufrir
el castigo) o se reconoce (en la mala conciencia) como destruido,
comienza el efecto de su destino, y este sentimiento de la vida
destruida tiene que trasformarse en un anhelo por lo perdido. Lo que se
siente como carencia se reconoce como una parte de sí mismo, como
aquello que debiera haber estado en él y no está; este hueco no es un
no-ser, sino la vida reconocida y sentida como lo que no está”, Ibid,
p.323. Pero el reconocimiento de la carencia, de lo perdido por la
acción criminal como una parte de sí nunca ocurre en el caso de Macbeth.
(11)
Junto con Merlín, Taliesín es la literatura medieval galesa el bardo o
poeta fundamental. Merlín es más conocido como el consejero y guía
espiritual del rey Arturo.
En el Libro Negro de Carmarthen (El Llyfr Du Caerfyddin ),
redactado en galés alrededor del año 1200, Merlín y Taliesín
dialogan sobre la derrota de los britanos en la batalla de Ardderyd. A
Taliesín, personaje en parte legendario, en parte histórico del siglo
VI, se le atribuye el Câd Goddeu (La batalla de los árboles).
(12)
Las dos canciones que componen el Apéndice de Macbeth procederían de The
Witch, de Thomas Middleton (1570-1627) recién publicada en 1778.
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