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EL
CAOS Y EL REGRESO Lo
arcaico y la desestabilización del sujeto en H. L. Lovecraft
Por Esteban Ierardo
La obra de H. P. Lovecraf es
un hito insoslayable de la literatura fantástica. Como Blake o
Tolkien, Lovecraft construye una nueva mitología. En su
cosmovisión, el ser es abismal vacío que sólo es poblado por un
ancestral terror indecible, que espera su momento para regresar e
infundir en el mundo humano el fuego, el caos y la destrucción de
leyes carcelarias. La invocación continua del terror, la inminencia
del horror que prepara su regreso, puede promover varios perfiles
particulares de análisis. Aquí indagaremos el efecto de
desestabilización del sujeto en Lovecraft, que es atraído por la
búsqueda del misterio y lo horroroso replegados en antiguos y
oscuros refugios. El sujeto moderno racional y su pretensión de
autodominio y control de lo real, se desmoronan frente al descenso a
un primitivo seno de fuerzas siniestras.
E.I
EL
CAOS Y EL REGRESO
Lo
arcaico y la desestabilización del sujeto en H. L. Lovecraft
Por
Esteban Ierardo
I
La literatura de H. P. Lovecraft imagina la inminente manifestación
de un poder siniestro. El viaje al mar, las montañas antárticas,
un laberinto urbano o subterráneo, la ventana abierta de una
buhardilla, una casa antigua, una cueva, diversos lugares
urbanos o geográficos, laten como simbólicas
regiones de tránsito o comunicación entre la
realidad prosaica y un mundo desconocido, más abismal
y primario. El ser primigenio en Lovecraft es esencialmente
el azar. El caos. Un horror cósmico indescriptible. Y
promesa siempre de destrucción, anarquía y
locura.
En
Lovecraft, la absoluta rareza no surge sólo desde la sorpresa de
lo inesperado y distinto sino también desde una destabilización
de un sujeto buscador. La búsqueda no dona nunca al buscador
placer, o un nuevo conocimiento que nos dé sabiduría y
serenidad. Por el contrario,
lo encontrado en la búsqueda provoca siempre la desestabilización
del buscador. Lo encontrado es el estallido de un horror o
un misterio impenetrables. Que desmoronan toda pretensión
del sujeto moderno de ser conciencia racional que ordena y
explica el mundo desde la lógica.
En
la literatura de Lovecraft hay numerosas alusiones a obras
reales vinculadas al esoterismo, la magia o la alquimia. Entre las cuantiosas
referencias bibliográficas se incluye el célebre
protagonismo del Necronomicon del loco árabe Abdul
Alhazred. La avidez por conferirle realidad a esta obra
imaginaria forzó sus pedidos en librerías o
su pesquisa en bibliotecas (1); y su rol es decisivo, por
ejemplo, en El horror de Dunwich (2).
En nuestra indagación de la búsqueda lovecraftiana
exploraremos subyacentes líneas de cruce entre lo filosófico,
lo literario y lo mitológico. Y el efecto de desmoronamiento
de la pretensión de soberanía y autodominio del sujeto racional
moderno cuando se revela el horror más primario.
II
Howard Phillips Lovecraft inicia su intuición del horror
el 20 de agosto de 1890. Su convivencia con el espanto concluye,
o continúa en otro plano, el 15 de marzo de 1937. Lovecraft
siempre se piensa descendiente de la patria de Shakespeare.
Al movimiento independentista de Washington lo califica desdeñosamente
como "el cisma de 1776".
Todo gran artista intuye fuerzas universales que circulan
en el mundo. Pero desde la savia del propio hogar, y por el
poder de una trascendencia simbólica, lo regional adquiere
un valor universal. La particularidad del origen que impregna
la cosmovisión de Lovecraft es su ciudad natal: Providence,
en la Nueva Inglaterra de las casas coloniales y de las granjas.
En el paisaje de su horizonte nativo, en "las viejas
y solitarias granjas de Nueva Inglaterra...se produce la combinación
óptima de elementos tales como la fantasía,
la soledad, lo ignoto y la presencia de fuerzas sombrías
que en su conjunto pueden producir altas cumbres de lo tenebroso"
(3).
La contradicción es parte de lo humano. Una aparente contradicción
filosófica de Lovecraft es su racionalismo mecanicista
y un ateísmo imperturbable, que colisionan con una
ficción literaria que des-cubre el horror como única verdad esencial. Tensión
contradictoria como la que existe entre el Swedenborg primero
científico y luego visionario; o el Borges de un irreversible
agnosticismo que es, al mismo tiempo, creador de ficciones
que reavivan una experiencia mística como gozosa
y reveladora unión con el todo.
Como los románticos, en su niñez Lovecraft se nutre de Las
Mil Una y Noches, de los cuentos de hadas y de la evocación
de las divinidades paganas. Sus múltiples lecturas
de la literatura gótica y de terror son ordenadas en
El horror sobrenatural en la literatura. Y en
uno de sus clásicos aportes al estremecimiento terrorífico,
En la cripta, el horror extiende su vapor nauseabundo
dentro de un recinto sepulcral.
Para quien busque anclajes sociológicos, el culto de lo
caótico en Lovecraft podría asociarse con la
inmigración. En la visita del narrador de Él a
Nueva York es posible advertir un racismo intolerante: "...las
multitudes de gentes que hervían por las calles en
riadas estaban formadas por extranjeros rechonchos y atezados
de rostro duro y ojos estrechos, extranjeros astutos, sin
sueños ni afinidades con el paisaje de su entorno, y que jamás
tendrían cosa alguna que ver con un hombre de ojos
azules del antiguo pueblo que lleva las verdes callejuelas
y los limpios y blancos campanarios de las villas de Nueva
Inglaterra en el corazón" (4).
La
aristocracia colonial sucumbe ante
la construcción de la nueva sociedad norteamericana;
sociedad compleja, multirracial,
y transida por un pragmatismo sin apetencias espirituales.
El tiempo del utilitarismo condena a Lovecraft a la soledad en un
universo hostil. Su recogimiento es fortalecido por la estrechez
económica, y por un anodino entorno familiar compuesto
por dos viejas tías solteronas.
Frente a la necesidad económica el escritor reacciona
con su única arma posible: como cuentista y corrector
de estilo. La escritura como acto público le es impuesta
por circunstancias apremiantes. Pero esta coacción
es fructífera porque lo conduce a un entusiasta intercambio
epistolar con un público del que irán emergiendo
lentamente amigos y compañeros de búsqueda, que luego integrarán "El
círculo de Lovecraft", y crearán una serie
de ficciones en el contexto de los Mitos de Cthulhu (5). Estos
Mitos, originados inicialmente en la imaginación de
Lovecraft,
serán completados y ampliados por los otros miembros del círculo
hasta el punto de influir también en él (6).
En las noches, su pluma baila con especial ahínco sobre
el papel. Y esto nutre la leyenda de su odio por la luz solar
y su renacer entre nocturnas galerías. Un rasgo seguramente
ficticio de su carácter inducido por su amor por lo oscuro.
III
Las velas de los sueños anhelan siempre verse reflejadas en
aguas distintas. En la cultura antigua, en la Grecia arcaica,
por ejemplo, los sueños "pertenecen a las periferias
espaciotemporales del cosmos, al antimundo que rodea al mundo,
a la antirrealidad que se halla fuera del tiempo y del espacio
reales"(7).
En
el romanticismo el sueño recupera toda su potencia
visionaria, su fuerza de medium respecto a lo inconsciente,
y de horizonte ajeno a la claridad de la lógica. En
la temprana obra de Lovecraft hormiguea con intensidad la experiencia
ensoñadora. En el periodo de 1918 a 1923 sobresale la influencia
de Edgar Allan Poe y Lord Dunsany, autor de Cuentos de
un soñador (1910). El relato Días de ocio en
el país del Yann influirá especialmente
en La nave blanca (1919), narración de particular
estilo onírico. En el primer Lovecraft surge con nitidez
sus futuros rasgos inalterables como la pasión por
una antigüedad mítica; la brillantez de un prístino
mundo de paisajes sobrecogedores, bellas ciudades de solemne
presencia, y la amenaza continua de lo maligno y monstruoso.
En
La maldición que cayó sobre Sarnath (1919),
antecedente de La sombra sobre Innsmouth (8), el lirismo
onírico es vulnerado por una verdad siniestra. En la
tierra de Mnar, en un tiempo muy remoto, anterior a la aparición
del hombre, se erguía la ciudad de piedras grises
de Ib. La ciudad era habitada por seres de aspecto repulsivo,
de piel verde. Su fealdad era efecto de algo "apenas
esbozado"; y aquellos seres adoraban a Bokrug, un lagarto
acuático, y un ídolo de piedra verde. Los hombres
llegaron a las tierras de Mnar; entonces, trajeron su juventud.
Muy poco sabían de los seres antiguos. Luego construyeron
la ciudad de Sarnath, cerca de la urbe gris de Ib. El asombro
ante la rareza de los seres de Ib fue sustituido por el odio.
Sus cuerpos frágiles, carentes de vigor, animó
a los jóvenes guerreros humanos a exterminarlos fácil
y rápidamente mediante arcos y flechas, lanzas y
honderas.
Los cuerpos exánimes de los detestados habitantes de
Ib descendieron hasta el fondo del lago. De la antigua ciudad
sólo quedó el ídolo de piedra con el
color de los prados veraniegos. Los guerreros destructores
arrebataron el ídolo verde. Lo capturaron como trofeo
simbólico de su pujanza conquistadora, y como prenda
del liderazgo de los hombres sobre Mnar. Y, luego, lo emplazaron
en su templo. Pero poco después, desde el vientre líquido
del lago, emergieron violentas y misteriosas luces, y el corazón
del Sumo Sacerdote Taran-Ish se detuvo. Pero antes de su deceso
garabateó sobre un altar la palabra maldición.
Y el ídolo de piedra verde de Mnar desapareció.
La
ciudad de Sarnath adquirió gran brillo y prosperidad
mediante el intercambio comercial. Y merced a la eficacia
de sus ejércitos subyugó a las ciudades vecinas.
Así "maravilla del mundo y orgullo de la humanidad
era Sarnath la magnífica" (9). Su arquitectura,
templos y jardines exhalaban opulencia y belleza. Todos los
años se realizaba la fiesta que recordaba la destrucción
de Ib, acompañado de un "antiguo rito de execración"
de Bokrug que era celebrado en una alta torre. Luego de un
milenio, la fiesta que recordaba la destrucción de
Ib fue especialmente solemne y fastuosa. Y el Sumo Sacerdote
Gnai-Kah vio una sombra que se descolgaba desde la Luna hacia
el lago. Entonces, se desplegaron los sutiles velos de una
niebla.
Y dentro de lo neblinoso ocurrieron extrañas transformaciones de la ciudad. Rápido, el miedo derivó
en pánico. Y la maldición se cumplió.
El execrado lagarto verde recuperó su dominio del lago.
La populosa urbe de millones de vidas desapareció. Y junto
al lagarto sólo perduraba, oculto entre los juncos,
el ídolo de piedra verde de Ib.
La
maldición que cayó sobre Sarnath ejemplifica
el sentimiento de continua amenaza que acecha al hombre. El
peligro de lo maligno, y su efectiva irrupción,
muestra su poder al destruir un mundo de armonía y belleza. El desmoronamiento de la más
idílica realidad demuestra la omnipresencia de las potencias
oscuras que, agazapadas, esperan el momento de emerger.
La
intuición de lo extraño dentro de la existencia convencional
incita una búsqueda que desestabiliza al buscador.
La lógica frustrada de la búsqueda ya se evidencia,
en un diáfano ejemplo, en la prosa juvenil de Hypnos
(1922). Hypnos es la antigua deidad griega del sueño.
En lo onírico desatado el hombre es dominado por paisajes
de ocultos sentidos. El narrador de Hypnos es un escultor
que se encuentra con el que será su guía en
la exploración de los "abismos del sueño".
Ambos combinan el atávico acto del dormir con la incierta
estimulación de los alucinógenos. El narrador-artista
idealiza la presencia apolínea de su mentor, que le
recuerda la pulcra armonía perfecta de las efigies
de la antigua Grecia. El escultor y el ensoñador se
abocan a buscar el misterio desplegado en "ese universo
más amplio y espantoso de difusa existencia y conciencia
que subyace a la materia, el tiempo y el espacio, y cuya existencia
sólo atisbamos en ciertos sueños" (10).
Los exploradores buscan la revelación de una realidad
arcaica escondida. Las nuevas regiones del ser que se entregan
en la busca se manifestaban mediante sensaciones que el sistema
nervioso actual del cuerpo humano es incapaz de percibir.
La experiencia de lo ultramundano es primero placentera. Pero
es un deleite fugaz. Luego, un vértigo abismal brota
con su ilimitada oscuridad. Por eso, lo que abre el sueño
se convierte en amenaza de succión terrorífica;
y adquiere entonces sentido el epígrafe del relato
donde Baudelaire advierte sobre el peligro de las nocturnas
aventuras del sueño. El hombre se arroja, incauto y relajado,
a los brazos de Hipnos porque desconoce el riesgo al que se
expone. El sueño es territorio nebuloso donde lo humano muestra
su vulnerabilidad. Si la conciencia desfallece el cofre de
lo horroroso descorre su tapa. Así, los buscadores
intentan reducir drásticamente el tiempo del dormir
a una o dos horas, porque ahora la sombra del sueño
"nos resultaba una amenaza espantosa" (11).
Pero
el regreso a la profundidad oscura es inevitable.
El
amigo del escultor se desliza con valor temerario hacia "el
espacio abismal y el tiempo desencadenado". Entonces,
el narrador contempla la mutación fantasmagórica
de su rostro inmóvil y rejuvenecido, que se separa de la anterior
unidad con el cuerpo. Pero allí
también vive el horror más indecible. El rostro
atribulado de terror es succionado por la fuente del abismo-espacio.
El buscador se desvanece dentro de una luz
tétrica. Y el narrador-contemplador es invadido por
el horror y la confusión: "Nunca he podido explicar,
por más que lo he intentado, qué fue exactamente
lo que vi; ni lo que hizo aquel rostro, ya que...siempre estaré
en guardia contra el burlón y hambriento Hipnos y contra
las locas ambiciones del conocimiento y la filosofía"
(12).
Lejos
de asegurar una nueva plenitud, la búsqueda y el hallazgo
de la profundidad terrorífica produce el colapso de
la exploración. A través de los sueños se revela un universo de fuerzas siniestras.
Y el hombre no podrá refugiarse ya en su pequeño mundo
racional.
IV.
La busca desestabilizante ocurre también dentro de
los laberintos. En el relato Él, el narrador-protagonista
arriba a Nueva York. La imponente ciudad se propone como escenografía
para estimular las visiones propias de un temperamento
soñador. Pero en el comienzo de su camino el narrador advierte
lo fallido de su búsqueda: "Al buscar el prodigio
y la inspiración en los laberintos hormigueantes de
calles antiguas...no había encontrado sino una sensación de
horror y de opresión que amenazaba con dominarme, paralizarme
y aniquilarme" (13).
El caminante se adentra en la gran ciudad con la expectativa
de descubrir un paisaje urbano que encienda la percepción
poética. Pero sólo encuentra soledad y depresión
entre las visiones diurnas de una ciudad de irregulares acumulaciones
de edificios, y muchedumbres de extranjeros. El día es
fuente de malestar. La única compensación será deambular por las calles nocturnas. En la
oscuridad nocturna el narrador invoca lo pasado y antiguo
que sobrevive entre fachadas, portales y ventanales. Y en
el barrio de Greenwich pretende hallar refugio entre poetas
y artistas. Pero tampoco esta expectativa se cumple.
El
visitante se acostumbra al libre divagar nocturno entre callejas
diversas. Entonces, se topa con "Él", un misterioso
personaje con un sombrero de ala ancha y capa vieja, de voz
cavernosa. Lo mismo que el visitante ama "los vestigios
de los tiempos pasados". El visitante acepta la propuesta
de explorar veladas riquezas urbanas. Entonces, los dos seres
solitarios deambulan por la ciudad nocturna que se transfigura
entre caminos inesperados y desconocidos. Así, los
viandantes se sumergen por "estrechas aberturas",
y en un laberinto que desconoce las trasparencias diurnas
y las claras indicaciones de carteles y calles: "cruzamos
de puntillas algunas travesías, saltamos alguna tapia
de ladrillo, hasta que nos internamos a gatas por un pasadizo
de piedra, bajo y abovedado, cuya inmensa longitud y tortuosas
revueltas borraron al fin las referencias de situaciones geográficas
que hasta ahora había procurado yo conservar"
(14).
La desorientación es experiencia de desterritorialización,
de salida de una clara intuición cartográfica
del espacio. El laberinto destruye los mapas, inhibe las brújulas.
Los noctámbulos no caminan ya entonces sobre el anverso
de lo conocido, sino por un reverso a descubrir. Atrapado
dentro de lo laberíntico urbano el visitante-narrador
padece la indefensión de la desorientación y,
por tanto, resignifica su vínculo con "Él",
quien ya no es su distendido guía sino un desconocido
maestro iniciador en un virtual descenso ad inferos.
El narrador alcanza una estancia con una ventana de cortinas
de seda amarillenta que, al descorrerse, desnuda una terrorífica
oscuridad. El vacío y horror ajenos a la grata luz
de las explicaciones. Una sucesión de relámpagos
entrega una fugaz claridad dentro de la negrura donde, bajo
extraños seres voladores, se descubre una ciudad infernal
de agudos extremos piramidales que trepan hasta la luna. Y junto a una transformación en el
espacio ocurre una regresión temporal, regresión
a un pasado de un conflictivo encuentro entre el hombre y
los "demonios de piel roja" (15).
El horror estalla. El narrador-buscador escapa. Entonces sabe
que nunca debería "volver a esos laberintos tenebrosos,
ni enviaría allí a ningún hombre en su
más sano juicio" (16). El visitante regresa finalmente
a Nueva Inglaterra, lugar de pureza y salud a diferencia
de la gran ciudad "muerta y llena de horrores insospechados".
Nuevamente
Lovecraft organiza la ficción mediante una búsqueda
colapsada. La inicial persecución de belleza en la
gran ciudad se convierte en encuentro desestabilizante con el
horror oculto detrás de las fachadas.
En Él, el laberinto actúa como zona de pasaje
o tránsito hacia otro nivel de existencia. Su significado
aquí no es el extravío, la pérdida confusa
en lo inextricable como acontece en el laberinto clásico
cretense. El laberinto como dificultad para acceder a una
región de revelaciones es afín a la senda iniciática
donde lo laberíntico es sitio de fuerzas a vencer,
de dificultades a superar para llegar a lo que ocultan las
apariencias. Por sendas laberínticas se descubre la
otredad en varias ficciones de Lovecraft. Además del
relato recién aludido, en La llave de plata
Randolp Carter ingresa en un misterioso más allá
luego de atravesar un bosque, lugar asociado simbólicamente
con lo laberíntico; y, en una caverna de serpientes,
usa su llave de plata para abrir la "puerta de los sueños";
en Las montañas de las locura, entre laberínticas
galerías subterráneas en la Antártida, Danforth
se topa con el horror de los seres antiguos; en El llamado
de Cthulhu, el inspector Legrasse y sus hombres recorren
una laberíntica región pantanosa hasta llegar
al sitio donde unos hombres desnudos danzaban en torno a un
ídolo de piedra vinculado con Cthulhu. En La bestia
en la gruta ( el primer relato de Lovecraft escrito a
los 15 años) el visitante de una gruta se aparta de
un contingente turístico y se extravía entre
los senderos laberínticos de una gruta; allí se encontrará
con una rara criatura de blanca piel y negros ojos desencajados
(17). En El morador de las tinieblas,
el joven escritor Robert Blake es atraído por una iglesia
abandonada, de estilo gótico, de hechizante presencia.
Luego de un largo período de observaciones decide visitarla.
Y en la extraña iglesia de piedra realizará
extraordinarias revelaciones sobre el culto de la heterodoxa
secta de "La sabiduría de las estrellas",
tras sumergirse primero en un "laberinto de callejones
sombríos y amenazadores" (18). Y en el relato
En la noche de los tiempos,
Nathaniel Wingate Peaslee, profesor de economía
política en la imaginaria Universidad de Miskatonic,
vive en "la pagana ciudad de Arkham", Massachusetts
(otro de los sitios imaginarios de la ficción en
Lovecraft).
Peaslee sufre un largo período de amnesia y sueños
que le revelan por anticipado una ciudad subterránea
en Australia Occidental, un silencioso testimonio en roca
de una civilización de gran antigüedad y conservadora
de secretos de un abismo terrorífico. Y en una expedición
científica, en 1935, Peaslee viaja al continente australiano
y allí descubre las "ciclópeas ruinas enterradas"
que constituyen un "laberinto de rocas primordiales",
y "una sucesión de negros abismos que llevaban
miles y miles de años silenciosos y vacíos" (19).
La expresión de la otredad puede ser también un cromatismo
ajeno a todo color conocido. En El color que cayó
del cielo, en un pozo yace un color llegado de otra parte,
cuya presencia provoca misteriosas transformaciones en una
región campesina, al punto de que "las cosas más extrañas
resultaban ahora normales" (20). La coloración extraña
regresa al espacio exterior porque es "un pavoroso mensajero
de unos reinos infinitos situados más allá de la naturaleza,
que nosotros conocemos, de unos reinos cuya simple existencia
aturde el cerebro" (21).
V.
En El llamado de Cthulhu, el narrador presenta al lector
un misterio inquietante, para luego intentar una solución.
La mecha de lo extraño se enciende por un hallazgo entre las
pertenencias del profesor George Grammel Angell. Su heredero,
su descendiente, el propio narrador, halla un bajorrelieve
con una inscripción misteriosa y un manuscrito con
dos partes: "1925. Sueño y obra onírica de H.A.Wilcox...",
e " Informe del inspector John R. Legrasse...".
El profesor Angell es visitado por el escultor Wilcox, que
le manifiesta haber experimentado un extraño sueño
donde se le apareció una imagen similar a la inscripción
del bajorrelieve. Mediante una pesquisa de recortes periodísticos
el profesor descubre que, en un mismo período de tiempo,
diversos individuos de sensibilidad artística, nunca
comerciantes o empresarios, aseguran haber contemplado en
sueños una criatura gigantesca y horrorosa. Al mismo tiempo,
en los hospitales psiquiátricos se producen especiales
desordenes. Un conocido arquitecto cae en la locura y, en
Nueva York, estallan inesperados levantamientos.
Por otro lado, el inspector Legrasse exhibe en un congreso
de arqueología una estatuilla encontrada en los pantanos
de New Orleans, cuando una misteriosa congregación
de hombres desnudos fue interrumpida en medio de su adoración del ídolo. Entre los científicos
asistentes, el profesor Webb advierte el parecido de la estatuilla
con otra que descubrió durante una exploración
científica en Groenlandia. Entonces, "una tribu
degenerada de esquimales" sostenía lo que parecía
un rito diabólico en torno a la estatuilla. El monolito
extraño y los cultos se relacionan con un proceso iniciado
en una remota antigüedad. Así lo atestiguan los prisioneros de
Legrasse;
y luego Castro, un anciano mestizo que en su vida de aventuras
recibió especiales revelaciones de los inmortales de
las montañas de China.
El ídolo de piedra representa a Cthulhu, el gran sacerdote
de los Grandes Antiguos que viven en la ciudad submarina de
R'lyeh. En una violenta distancia del tiempo, los antiguos
llegaron del cielo. Se retiraron al interior de la tierra
y al fondo del mar. Los seres antiquísimos poseen una
forma no material, carecen de carne y huesos. Antes de la
irrupción del hombre, los Primordiales habían
muerto, pero no totalmente. Sus extraños cuerpos permanecen
dormidos en los sumergidos recintos de piedra de R'lyeh. Cuando
se produzca una alienación particular de estrellas
renacerían para luego irrumpir dentro de nuestro espacio-tiempo.
Los antiguos se preservan merced a los conjuros de Cthulhu;
pero para que se cristalice el efectivo despertar es preciso
una ayuda exterior. Una ayuda humana. Por eso, los antiguos
se comunicaron en sueños con el primer hombre. El primer
hombre creó un culto de adoración del ídolo
que representaba a los seres antiguos. Y ese culto es el que
sobrevive entre dispersas de tribus que protegen
la memoria de los antiquísimos y olvidados dueños de
la tierra. Los sacerdotes de esos cultos liberarían
a Cthulhu para que éste produzca el despertar final de los antiguos. El regreso tendría la vehemencia de
un leño encendido, "y entonces la humanidad se parecería
a los grandes antiguos: salvaje y libre, más allá del
bien y el mal, sin moral y sin ley. Todos los hombres gritarían
y matarían, y obrarían alegremente. Los antiguos
liberados enseñarían nuevos modos de gritar y matar
y gozar, y el mundo entero ardería en un holocausto
de libertad y éxtasis" (22).
Los sueños repetidos de numerosos poetas y artistas en la
tierra es la intuición del cercano despertar de los
antiguos. Ellos y los fieles de un culto ancestral recibirán
el llamado de Cthulhu.
Luego de una especial pesquisa el narrador arriba a Oslo,
donde la viuda de un marino noruego, Johansen, le entrega
un manuscrito donde su esposo, ya fallecido, relata un particular
viaje por el océano. En su informe, Johansen describe
el encuentro con la ciudad de R'lyeh, la urbe fantástica
de piedra, que es similar a la que antes había soñado
Wilcox. La geometría de la ciudad no pertenece a lo
euclidiano. A sus atónicos descubridores se le mostró
el horroroso Cthulhu que "está más allá
de toda posible descripción. No hay lenguaje aplicable
a ese abismo de horror inmemorial, a esa pavorosa contradicción
de todas las leyes de la materia, la fuerza y el orden cósmicos"
(23). La ciudad exhibía no un volumen sólido y constante
sino una descomposición en numerosos perfiles. Las
formas podían variar de modo que una concavidad se
mostraba donde antes se veía una convexidad. Las formas
se exhibían como una red de numerosos ángulos
y perfiles. Las vanguardias cubista y futurista
se asemejaban a la ciudad reaparecida: "sin
conocer el futurismo, Johansen describe, al hablar de la ciudad,
algo muy parecido a una obra futurista" (24).
Y el
ingreso al espacio-tiempo humano del horror es
una fatalidad: "luego de millones y millones
de años el gran Cthulhu era otra vez libre".
VI
Lo
antiguo y abismal es la descendente escalera hacia la revelación
de la otredad siniestra, hacia el máximo horror, aún
semidormido.
Una gran antigüedad, ruinas olvidadas y el abismo (que
puede ser terrestre o acuático),
son puentes simbólicos hacia un nivel primario de la existencia,
anterior a todo orden racional.
En
el poco frecuentado relato La transición de Juan
Romero, Lovecraft repite su fascinación por lo
abismal desde una experiencia mítico-arcaica
de la tierra. El narrador, un viajero atraído por la sabiduría
oriental, recala, en 1894, en la mina Norton, en el Oeste
norteamericano, donde trabaja como peón. Allí
conoce a Juan Romero, hombre rústico, áspero; pero, a la vez, su rostro
irradia una ancestral nobleza azteca. Durante una tormenta,
entre el enojo de los rayos, entre
aullidos de coyotes, ladridos de un perro y el ulular del viento, Romero se sobresalta al escuchar lo que procede
de una cavidad dentro de la mina. Una poderosa detonación
de dinamita había horadado la firme roca y, de forma
sorpresiva, desnudó un abismo. Desde esa
profundidad
llega un sonido que el peón mexicano asegura que es
el "latido de la tierra". Luego de un inicial
escepticismo
el narrador comprueba que "el misterioso sonido ahonda
un hálito vital" (25). Romero corre atrapado
por el imán irresistible de un llamado hacia el abismo.
Grita Huitzilopocchi (la deidad azteca del sol, que recibió
famosos y masivos sacrificios) y desaparece entre la
oscuridad
donde bulle un magma de llamas y espantosos aullidos. Un caos
misterioso vivorea dentro de lo abismal.
El oscuro abismo fascina y hechiza (26). Durante el relato se invoca una anterior incursión
literaria en las profundidades acuáticas. El descenso
a la profundidad del pozo dentro de la mina remite al abismo
oceánico del Maelstrom, imaginado por Poe (27). Ambos abismos, el imaginado por el autor de La
caída de la casa Usher y el del escritor de Nueva
Inglaterra son sitios reveladores de una dinámica
primigenia del ser. En Poe, el abismo en el mar anuncia
revela una voluntad divina. En la historia del
minero Romero el abismo es reapropiación de la intuición
mítico-arcaica de la tierra, y de lo subterráneo
como fuente poderosa de fuerzas no racionales.
VII
La
imagen pictórica o la música son parte también
de la expresión del horror en Lovecraft. En sus obras
se distribuyen numerosas alusiones a Clark Ashton Smith (28),
Sidney Sime (29) o Fuselli. Nicolas
Roedrich también es mencionado en Las montañas de la locura
como mágico creador de países de ensueño en las solitarias
vastedades de Asia (30).
En
El modelo de Pickman Lovecraft sumerge al lector en
un torrente imaginativo donde se unen pintura y fotografía.
Pickman impresiona al narrador por su especial intuición
de la naturaleza y por conocer los sutiles engranajes sensibles
o psicológicos que provocan el miedo y que promueven
la irrupción de lo siniestro. El artista visionario expresa
el trasfondo espectral de lo real. Pero,
ante todo, la gran cualidad de Pickman como pintor es
la expresión facial, la expresión de lo diabólico en el rostro, habilidad que lo liga
a Goya y los artífices medievales de las gárgolas
de Notre Dame o del Monte Saint Michel. La admiración
por el arte de Pickman lleva al narrador a entablar una amistad
con el artista. Éste le revela entonces parte de sus
ideas. Le asegura que todo artista sincero debiera vivir en
los suburbios de las ciudades, porque allí sobreviven
antiguas tradiciones. En las casas antiguas, llenas de pasado, donde se sucedieron miles de días y noches
con numerosos acontecimientos humanos se concentran presencias
y fuerzas totalmente ausentes en las monótonas casas
modernas. Como en otras ocasiones, el pasado colonial es exaltado
en contraposición a la anemia espiritual de lo moderno.
En los tiempos de brujas, piratas, corsarios "la gente
sabía como vivir y como ensanchar los confines de la
vida" (31). La modernidad parece desflecada en hilachas
de vaciedad, pero "lo único que salva al presente
es que su estupidez le impide cuestionar con sumo rigor al pasado"
(32).
Pickman
le confiesa a Thuber (el narrador) que su principal empeño artístico
es "pintar el terror de la vida lo mismo que se pinta su
belleza" (33). Para traspolarlo a colores y líneas
debe buscarse el horror en lugares donde podría concentrarse
con especial intensidad. Pickman así pinta en un sótano.
Thurber lo acompaña a su atelier subterráneo. Descubre
allí lienzos de los que brotan, entre aullidos y sobresaltos
terroríficos, las imágenes de seres de rostros demoníacos
que impresionan por su apariencia. El arte de Pickman no actúa
dentro de los límites de la representación, dentro
de la evocación imaginaria de una realidad ausente. Por
el contrario, en sus pinturas no hay evocación, sino
presentación. Los seres de terrorífica aura rompen
la bidimensionalidad de la imagen e ingresan en una prolongación
del averno dentro del mundo conocido. La pintura de Pickman
no es así un juego de imaginación romántico,
o una fantasía sin referente real, o expresión
de fugaces entrevisiones oníricas. Es la expresión,
desde un realismo científico, de un terror que rebasa lo visible. La
impresión
de realidad de las entidades demoníacas pintadas
por Pickman nutren la certeza de que el pintor debe contar con
un modelo. Ese modelo será la imagen pictórica
procedente de una fotografía (34).
El
arte musical es también experiencia de encuentro y expresión
de un espacio de horror esencial.
En La música de Enrich Zann el narrador recuerda
su especial tiempo de residencia en Rue d' Auseil, en una casona
de varios pisos regenteada por un paralítico. En las
noches, la música de un viejo violinista alemán
mudo, Enrich Zann, desciende desde una buhardilla situada en
las partes altas del edificio. El narrador experimenta una rara
conmoción ante las melodías musicales porque "me
sentía tocado por lo ajeno de su música"
(35). Con dificultad logra ser aceptado por el violinista mudo
en su modesta habitación. El abandono del lugar sugiere
que el artista "se hallaba en algún lejano cosmos
de la imaginación". La música siempre fluye
de noche. El temperamento huraño del músico aumenta hasta
que, tras la puerta cerrada de su estrecho habitáculo,
el narrador escucha una especial detonación de extrañas
y caóticas combinaciones sonoras. La excentricidad de
Zann oculta una rara batalla sonora contra un mal que acecha,
que se acerca.
El violín desesperado de Zann combate contra una nota
musical "sumamente baja, infinitamente distante".
Pero el arte del músico no podrá impedir la invasión
de algo extraño e indefinible. Así, entre una explosión
de caos y vértigo, cuando al violinista ya lo invade el silencio que conduce a la tumba, el narrador manifiesta:
"me asomé a esa alta ventana de buhardilla, miré
mientras las velas chisporroteaban, y el loco violín
aullaba al compás del viento y el entorno, no vi
ciudad alguna. Abajo, ni luces amigables resplandeciendo desde
calles reconocibles, sino sólo la oscuridad del espacio
ilimitado" (36).
Como
sonido, la otredad terrorífica llega y penetra dentro
del mundo corriente. Como música espectral y demencial irrumpe lo otro del "espacio ilimitado"
sin que la música humana pueda contener la pulsión
desestabilizante del terror. Que siempre regresa.
VIII
J.L.
Borges se sorprende de la rara dualidad de Swedenborg; primero
hombre de ciencia, ingeniero, autor de tratados de ciencias
naturales. Luego, cree recibir una revelación e inicia
su escritura visionaria (37). A pesar de su
universo de revelaciones angélicas o demoníacas,
la prosa de Swedenborg conserva una pulcritud que recuerda
la exactitud de un informe científico. La sorpresa
de Borges surge ante un discurso de pretensiones místicas,
pero escrito con sequedad matemática. Una dualidad parecida
sorprende al meditar en la literatura de Lovecraft, quien siempre
se manifestó como riguroso ateo materialista. En un estricto
sentido racional, nada asegura que el mundo sea habitado por
seres invisibles, o por una inteligencia divina.
La mitología de los seres antiguos es una posible compensación
de un universo carente de toda
espiritualidad superior.
En
la primera parte de La llave de plata puede encontrarse
una suerte de manifiesto filosófico del escritor de
Providence.
El alter ego del escritor es aquí Randolf Carter. La
cosmovisión de Carter surge por el continuo contraste
con la imagen oficial de la realidad que la educación
y los hábitos modernos imponen. La filosofía enseña
que todo "no es más que un conjunto de imágenes
en el cerebro". Lo real físico y lo mental son equivalentes
e indefinibles. Por su parte, la costumbre arraigada en el "sentido
común" infunde un "respecto supersticioso"
por lo tangible, por lo físico; y la ciencia, por su
lado, imparte sus lecciones sobre un universo mecánico,
donde no hay lugar para la poesía. El punto crítico
a observar y estudiar por la mirada científica es el
átomo, el cielo, las leyes naturales. Así,
el funcionamiento del universo-máquina es develado hasta
"que todo misterio hubo desparecido del mundo".
En
un principio, Carter cede a la presión normalizadora.
Lo visible comprobable es más real que "Narath,
la ciudad de las cien puertas labradas", una feérica
urbe nacida de sus sueños. Ante el prosaísmo triunfante
Carter ensaya algunas estrategias defensivas y apela al humor,
que no alcanza a disipar una amargura residual; luego, se refugia
en la fe de sus padres, en la religión que, rápido
comprueba, sólo repite ritos vacíos y niega lo desconocido
de las cosas. Las religiones o los mitos no impiden las filtraciones
de lo indefinible.
Entonces, Carter no vacila entonces en desnudar la falsedad de la vida
convencional. Encuentra refugio entre magnolias y lagos, pero nunca olvida la impiadosa
realidad del cosmos. En condiciones normales, para el hombre
la vida queda encerrada en el círculo de sus interpretaciones.
Por eso,"no veían que el bien y el mal, y la felicidad
y la belleza son un producto ornamental de nuestro punto de
vista, que su único valor reside en su relación
con lo que por azar pensaron y sintieron nuestros padres; y
que sus características aun las más sutiles son
diferentes en cada raza y en cada cultura" (38).
Heidegger piensa a la modernidad como "época de
la imagen del mundo", cuando el sujeto vive dentro de su
representación de lo real, pero no en lo real en sí
(39). De forma semejante, Carter destaca la inmersión
del hombre en su propia visión del universo que confunde
con una visión objetiva del ser. Y las distintas
culturas suman paradigmas por lo que al subjetivismo se le agrega
un relativismo. El hombre mítico y el moderno
no difieren en esencia. Ambos viven en el autoengaño. En la
antigüedad, el refugio son los dioses que exigen obediencia
y temor. En lo moderno se busca protección en el escepticismo,
la disipación y la anarquía.
A pesar de la humanización del mundo, que aspira a que
la naturaleza sea orden y legalidad, "toda la naturaleza
proclama a los cuatro vientos su irracionalidad, y su impersonal
amoralidad" (40). El hombre necesita un mundo con sentido,
pero no es posible trascender el "universo carente de sentido,
de objetivos estables y de hitos fijos" (41). Nietzsche
afirma que el mundo es caos, que la ley sólo ordena a
los efectos de hacer posible la vida humana bajo principios
de una necesaria estabilidad. Carter suscribe esta afirmación.
La realidad carece de orden y sentido. El caos no es colonizable
por el intelecto. Lo real es insuperable vacío, horrorosa
vacuidad que engloba al universo. No hay racionalidad o plan
divino que aseguren dicha, inmortalidad y felicidad eternas
a un grupo de elegidos.
La
lucidez extrema sabe que la verdad es la no verdad, que el sentido
es el no-sentido, que ante el horror no humanizable sólo
queda el "ensueño deliberado", el culto de lo onírico,
porque "la belleza serena y duradera sólo se halla
en los sueños" (42). Para el hombre hipersensible, agobiado
por el prosaísmo cotidiano y la percepción de
una realidad distinta a las creencias humanas, su única
alternativa es la recuperación de la infancia, el vislumbre
de los "tiempos de niñez".
Es
así que en Lovecraft el pesimismo destruye toda real
plenitud y felicidad. Lo real desnudo es el vacío como
horror. Frente a las potencias siniestras la única respuesta
es el sueño dirigido de la creación literaria que convierte
en relato y hechizante mitología lo que, en su estado
puro, es horror inenarrable.
La única convivencia con lo horroroso es una nueva mitología que, a diferencia de los corpus
mitológicos arcaicos, asume su carácter de ficción.
Y en Lovecraft también hay lugar para una explicación
genealógica del horror. La excitabilidad temerosa se
impone en el hombre a través de una fijación fisiológica,
dominada por un miedo primario a lo desconocido. Una literatura
complaciente consagra la experiencia cotidiana; narra historias
y anima personajes, y no trasciende el estrecho horizonte convencional.
Pero los seres sensibles nunca dejan de intuir la presencia de
fuerzas y sensaciones extrañas. La resonancia de un atávico
estremecimiento ante lo desconocido jamás se desvanecerá.
En un comienzo, las fuerzas extrañas fueron personalizadas
y convertidas en dioses. El mito y el cuento maravilloso interpretaban
y ordenaban el misterio originario. Pero a pesar de la interpretación
ordenadora lo desconocido nunca pierde su poder ominoso, su
condición inexplicable.
El lado oscuro y siniestro del gran misterio primario produce
fascinación, una atracción
que testimonia el cuento de terror.
El verdadero cuento de horror
es
el que alcanza su intensidad por la atmósfera, no por
el argumento. Lo horroroso aparece cuando estallan las leyes
naturales inmutables. Y el desmoronamiento de la ley acontece
por la hábil interpolación de "pequeñas
sugerencias sobrenaturales", con "sugerencias vagas
que se asocian entre sí, creando una ilusión
brumosa de la extraña realidad de lo irreal" (43).
El impacto emocional provoca el contacto con lo desconocido,
y la indefensión ante el espanto. Así, el tiempo,
el espacio y las leyes naturales conocidas, se cancelan (44).
Lo mismo que Lovecraft, Poe también es ineludible referente
del cuento fantástico y de terror. Ambos tienen fuertes coincidencias, pero
también diferencias.
En Arthur Gordon Pyme, relato largo de Poe, el viaje
por mar, primero realista relación de aventuras, deriva
luego, sobre el final, en mirabilia, en narración
maravillosa, donde la geografía marina pierde su condición
natural "real" para ceder a la irrupción
de la rareza fantástica. Luego de escapar en una canoa
de una isla donde los visitantes occidentales fueron atacados,
Pyme, junto con Peters y uno de los indios, uno de sus agresores,
navegan hacia el sur. Horrorizado por las extrañas trasformaciones
escuchan: "Tekeli-li! Tekeli-li", la misma
expresión que surge durante la exploración de
misteriosas galerías subterráneas en la Antártida
en Las montañas de la locura (45).
El escritor de Providence y el autor de Ligeia comparten
su desdén por las multitudes, por el feroz materialismo
utilitarista de la sociedad moderna. Ambos plasman así
una crítica de la modernidad, una deconstrucción
de pilares axiológicos de lo moderno como el
economicismo,
la masificación y un racionalismo sin dimensión
de misterio. Y ambos parecen intuir como pasado la experiencia
poética y fantástica de la realidad. La obsolescencia
de la otredad se expresa en Poe acaso en La caída
de la casa Usher, donde la casa donde vive Roederik
Usher,
representante de una refinada sensibilidad artística,
se desploma finalmente. Desmoronamiento que ocurre, asimismo,
en El o en La música de Enrich Zann,
o en los ámbitos ruinosos y abandonados donde se
ocultan los Seres
Primordiales.
Pero
entre ambos creadores hay una diferencia significativa:
en Poe, el trasfondo de lo real es una totalidad divina de
la que todo emerge y a la que todo volverá como se
expresa en Eureka (46); y, en Lovecraft, por contrapartida,
la quintaesencia del ser es abismo horroroso, irremediable
caos sin sentido.
Podría
pensarse un horror ceñido a lo humano, limitado a la sensación tétrica causada, por ejemplo, por
los cuerpos invadidos por insectos o la descomposición. A
su vez, la potencia del horror podría concentrar su
efecto en un sujeto, como en la estética kantiana más
preocupada por la recepción subjetiva que por la entidad
objetiva de lo experimentado. De forma equivalente, en las
escenografías del terror gótico es más
relevante el efecto emocional del miedo provocado en el sujeto
dentro de una atmósfera tenebrosa antes que la realidad
objetiva de fantasmas, el mundo de ultratumba, o el mal.
Pero, en Lovecraf el efecto subjetivo es tan esencial como
la fuerza objetiva del abismo como fuente del terror. Y el
ser como terror, como caos y pavor, condena al
hombre a la indefensión ante una destructiva otredad,
que amenaza siempre con su inminente aparición.
La
redención del horror primordial por la ficción
literaria, por la construcción mitológica que
ya hemos mencionado, es una frágil sublimación,
un desesperado intento de dominar lo innombrable por las
palabras y las imágenes.
Y como también ya hemos advertido, en Lovecraft el buscador
de lo otro terrorífico siempre se derrumba, se desestabiliza.
Un caso extremo es el de Charles Dexter Ward, un "erudito
entregado al estudio de tiempos pasados", que por su
exposición ante lo misterioso cae en una especial locura no
exenta de una brillante inteligencia al punto que su "energía
mental le habría convertido en un genio o un caudillo"
(47); pero una extraña demencia le priva de aquel destino.
El
buscador no se eleva por su encuentro con lo siniestro. Por
el contrario, el horror absorbe o destruye. El encuentro lovecraftiano
con lo horroroso desnuda al caos en su poder. A partir de
la vivencia de lo caótico, en la modernidad materialista Lovecraft
edifica una mitología. Pero su verbo mitologizante no es continuación
de lo arcaico sino la expresión de un nihilismo sin esperanzas.
En lo mitológico originario, en las culturas antiguas, el
caos siempre es ordenado y superado por el relato de la eterna
creación divina. Por el mito cosmogónico. Lo amorfo
o caótico del comienzo es superado luego por la creación del
cielo y la tierra. En Lovecraft, la mitologización de lo caótico
nunca supone su ordenamiento. Pero, lo mismo que la experiencia
arcaica, Lovecraft es movido por una necesidad esencial: la
del salto ritual a una realidad más plena y originaria. El
rito, o el "ceremonial", como vía de acceso a un
vacío originario se manifiesta con claridad en El ceremonial,
donde el narrador visita un pueblo "cuyos habitantes
habían ordenado a sus hijos, a los hijos de sus hijos, que
celebraran el ceremonial una vez cada cien años, para que
nunca se olvidara los secretos del mundo originario"
(48). El narrador sabe que pertenece a una "raza vieja"
que si bien está esparcida por el mundo luego de un siglo
"se reunía a compartir rituales y misterios que ningún
otro viviente podría comprender" (49). En El ceremonial,
el rito conducirá a un descenso al abismo. El rito cumple
con su función de pasaje a una realidad primaria, abismal,
horrorosa, pero también tiene alguna afinidad con el rito
arcaico de renovación de la vida (50).
Y la necesidad del rito siempre convive con la crítica de la
razón. Como ocurre, según
sus propias vías, en el discurso nietzscheano o freudiano,
la función más íntima del relato de terror
de Lovecraft es sacudir y demoler el gran reino del sujeto
racional que pretende explicar y dominar la totalidad.
Así, por la intuición de un horror primordial el hombre se re-descubre como delgado hilo,
siempre cercano al filo de navaja del abismo. Del abismo que
siempre destruye nuestros sueño de felicidad. (*)
(*)
Fuente: Esteban
Ierardo, "El
caos y el regreso. Lo
arcaico y la desestabilización del sujeto en H. L. Lovecraft",
editado aquí de manera original.
Citas:
(1)
Sobre el Necronomicon del loco árabe Abdul Alhazred,
Rafael Llopis, en su excelente prólogo a la versión
castellana de Alianza de Los Mitos de Cthulhu, explica
que este imaginario libro procedente de la inventiva de Lovecraft
"es mencionado con tal lujo de detalles bibliográficos
y se citan tantos pasajes suyos en los Mitos que mucha gente
ha llegado a creer en su existencia real. Derleth relata en
un divertido artículo como, al principio, algunos lectores
engañados empezaron a insertar anuncios, solicitándolo,
en las revistas más serias y respetables. Luego, ya
como broma, ya como estafa, el Necronomicon comenzó
a aparecer en la sección de ofertas de la prensa y
por fin hasta en los catálogos de los libreros de viejo.
Derleth cita el siguiente anuncio, aparecido en 1962, en el
Antiquiarian Bookman: "Alhazred, Abdul, Necronomicon,
España, 1647. Encuadernado en piel algo arañada
descolorida, por lo demás buen estado. Numerosísimos
grabaditos madera signos y símbolos místicos.
Parece tratado (en latín) de Magia Ceremonial. Ex
libris.
Sello en guardas indica procede de Biblioteca Universidad
Miskatonic. Mejor postor'. Asimismo, el libro ha sido a
menudo
solicitado en las bibliotecas públicas y, lo que es
más grande, incluso ha aparecido en los propios ficheros
de éstas!...", en H.P.
Lovecraft y otros, Los mitos de Cthulhu, Madrid, ed.
Alianza, p.43
(trad. Francisco Torres Oliver y Rafael Llopis).
(2)
El Necronomicon adquiere decisiva importancia dentro
del relato El horror de Dunwich,
una de las ficciones fundamentales de los Mitos de Cthulhu.
Aquí se relata
la historia del Wilbur Watheley, oriundo de Dunwich, un pueblo
en declinación. Wilbur es hijo de Lavinia Watheley, albina
y malformada. Su padre es desconocido. Su abuelo, el único que
asiste a su nacimiento, lo criará junto a su madre. Wilbur posee
un fundamental lazo con Yog-Sothoth, uno de los Primordiales.
Durante el desarrollo del niño, que alcanza prematuramente su
madurez a los diez años, en el granero se oculta un ser extraño,
invisible. Su constante crecimiento exige la ampliación del
recinto. Wilbur
sabe que su destino se vincula esencialmente con el Necronomicon.
Por eso va en busca
de su versión completa en la Universidad de Miskatonic. Así
entabla un vínculo con el Dr. Henry Armitage, quien le concede
leer el libro, que Wilbur finalmente robará. Wilbur muere; y,
entonces, el ser extraño del granero, que resulta ser el hijo
de Yog-Sothoth,
se libera y expande el horror en Dunwich,
hasta que el Dr. Armitage, el Prof. Rice y el Dr. Morgan, encuentran
la forma de detener al horroroso ser de un remoto pasado.
(3)
H.P. Lovecraft, El alquimista y otras alucinaciones,
Buenos Aires, Andrómeda, p.51.
(4)
H.P. Lovecraft, "El color que cayó del cielo",
en El color que cayó del cielo y otros relatos,
Buenos Aires, Tolemia, p. 10.
(5)
En este círculo sobresalen August Derleth, Clark Ashton
Smith, Robert Bloch, Robert Howard. Entre los precursores
del círlulo lovecraftiano se destacan Edgard Allan
Poe, Lord Dunsany, Ambrose Bierce, Arthur Machen y Algernon
Blackwood.
(6)
Llopis cita a Lin carter, destacado conocedor de la obra
lovecraftiana, como síntesis global de la mitología
elaborada en el contexto de los Mitos de Cthulhu por el
"El círculo de Lovecraft". Ver H.P.
Lovecraft y otros, Los mitos de Cthulhu, op. cit.,
pp.39-40.
(7)
Angelo Brelich, "El lugar de los sueños en la
concepción religiosa del mundo de los griegos",
en Los sueños y las sociedades humanas. Coloquio
de Royaumont, Buenos Aires, Sudamericana, p. 190 (traducción
Luis Echávarri). Esta obra que contiene diversos trabajos
sobre los sueños pronunciados en el Coloquio de Royaumont
es una valiosa indagación sobre diversos aspectos del
carácter profético, curativo y visionario de
la vida onírica en las culturas antiguas y las religiones
tradicionales.
(8)
Ver La sombra sobre Innsmouth, en H.P.
Lovecraft y otros, Los mitos de Cthulhu, op. cit.,
pp.189-251.
(9)
H.P. Lovecraft,,"La maldición
que cayó sobre Sarnath", en Polaris. Relatos
Onirícos I, Madrid, Edaf, p.27
(trad. José A. Álvaro Garrido).
(10)
H.P.
Lovecraft,,"Hypnos",
en Polaris, op. cit, p.86.
(11)
Ibid., p.91.
(12)
Ibid., p.93.
(13)
H.P.
Lovecraft, "Él",
en El color que cayó..., op. cit,
p.9.
(14)
Ibid., p.12.
(15)
Ibid., p18. En la época de la expansión colonial, "Él"
habría envenenado el ron de los indígenas; y, ahora, la magia
antigua de sus víctimas vuelve buscando desquite.
(16)
H.P.
Lovecraft, "Él",
op. cit, p.20.
(17)
En su primer relato, bajo la directa influencia de sus juveniles
lecturas de literatura gótica, Lovecraft no contiene
la tentación de una directa descripción del
ser extraño y horroroso que halla en una gruta: "La
oleada de horror que brotó en el centro de mi conciencia
fue tan intensa que por segunda vez estuve a punto de desvanecerse.
Sus ojos eran negros como el azabache, en un terrible contraste
con el pelo y la piel. Estaban profundamente hundidos en sus
cuencas y no tenían iris", en H. P.Lovecraft,
"La bestia de la gruta", en
El
alquimista y otras alucinaciones, op. cit., p.51.
Y, tampoco contiene una explicación final sobre el
origen de la extraña criatura: "Tras largo rato
se disiparon el asombro y el horror para dar lugar al respeto
y a la piedad. Mediante esos sonidos finales, el ser moribundo
había conseguido trasmitirnos su terrible verdad. La
criatura a la que yo había dado muerte, la bestia de
la gruta laberíntica era, o había sido en otro
tiempo, un hombre.", ibid., pp.48-49.
(18)
H.P.
Lovecraft
y otros, "El morador de las tinieblas", en Los
mitos de Cthulhu, op. cit.,p.402.
(19)
Ibid., p.338.
(20)
H.P.
Lovecraft, "Él",
en El color que cayó..., op. cit,
p.157.
(21)
Ibid., p.175.
(22)
H.P.
Lovecraft,
"El llamado de Cthulhu" en El
color que cayó..., op. cit,
p.73.
(23)
Ibid., p.85.
(24)
Ibid. p.84.
(25)
H.P. Lovecraft, "La
transición de Juan Romero", en El alquimista
...,op. cit., p.25.
(26)
En su clásica obra Lo santo, Rudolf Otto señala
que, frente a la realidad, el hombre arcaico experimentó
un sentimiento ambivalente. Por un lado, un sentimiento de
placer y elevación ante la majestad del mundo; por
otro lado, el hombre experimenta ante el universo abierto
el misterium tremendum, el misterio tremendo, el horror
ante un mundo enigmático, incomprensible, amenazante,
siempre capaz de destruirnos con la rapidez del rayo. Esta
ambivalencia surge en la visión del abismo que se le
muestra a Romero en lo íntimo de la tierra.
(27)
El descenso a la profundidad del pozo dentro de la mina es
comparado en el relato al abismo oceánico del Maelstrom
imaginado por Poe. Ver Edgar Allan Poe, "Un descenso
al Maelstrom", en Cuentos 1, Alianza (trad. Julio
Cortázar).
(28)
Clark Ashton Smith (1893 -1961) desarrolló su arte
como poeta, escultor, pintor y escritor de cuentos de fantasía,
terror y ciencia ficción. Es conocido principalmente por su
obra literaria, por sus pinturas y esculturas, y su amistad
con Lovecraft entre 1922 a 1937 (año de la muerte de
Lovecraft). En esta época integró Los Mitos
de Cthulhu. Junto con Lovecraft y Robert E. Howard colaboró
en la revista pulp Weird Tales. La mayor parte de su vida
transcurrió en Auburn, California; allí, vivió
junto con sus padres, que pertenecían a la clase trabajadora.
La escasez de recursos lo impulsaron a una formación
autodidacta. Fue apadrinado por el poeta George Sterling,
de San Francisco, al que conoció durante sus valorados recitados
poéticos. Con su ayuda, editó The Star-Treader
and Other Poems, a los diecinueve años. Luego de la publicación
de su segundo volumen de poesía, Ebony and Cristal,
en 1922, recibió una carta de H. P. Lovecraft. Se inició
así una amistad que duró hasta la muerte del
escritor de Providence. En numerosas oportunidades, Lovecraft
manifestó su admiración por el mutifacético
arte de Smith.
(29)
Sidney Herbert Sime (1865-1941), artista inglés muy
famoso en su tiempo. Es creador de imágenes donde se
combinan el misterio, lo grotesco y fantástico.
(30)
Nicolas Roerich (1874-1947) viajó a través del
Tibet y de las altas montañas del Himalaya. Exploró
el corazón de Asia. Pintó más de siete
mil obras, en la mayoría de las cuales el paisaje asiático
se desnuda como hechizo incandescente. Era
ruso. Tuvo una fuerte propensión al espiritualismo
orientalista. La preservación cultural de las pinturas
y las reliquias del pasado lo apasionó hondamente.
Durante el viaje del equipo científico
que explora unas misteriosas montañas antárticas,
Lovecraft escribe: "A través de las desoladas
cimas pasaban furiosas e intermitentes ráfagas de terrible
viento antártico, cuya cadencia hacía pensar
a veces, vagamente, en una música salvaje y casi dotada
de sensibilidad. Sus notas recorrían una prolongada
escala que, por alguna reacción subconciente del recuerdo,
me parecía inquietante e incluso extrañamente
terrible. Algo de aquel paisaje me recordaba las extrañas
y perturbadoras pinturas asiáticas de Nicholas Roerich
y las descripciones, aún más inquietantes, de
la meseta de Leng, de perversa fama, que aparecen en el terrible
Necronomicon del árabe loco Abdul Alhazred.
Más tarde sentí haber examinado ese monstruoso
libro en la biblioteca de la Universidad (de Miskatonic)",
en H. P.
Lovecraft,
En las montañas de la locura, Madrid, Alianza, 1994,
pp.12-13 (trad. Fernando Calleja).
(31)
H.P. Lovecraft, "El modelo de Pickman", en El
color que cayó..., op. cit, p.105.
(32)
Ibid., p.106.
(33)
Ibid.
(34)
"...aquel papel no era la fotografía de una perspectiva.
En él se veía únicamente el ser monstruoso que estaba
pintando en aquel horrible lienzo. Era el modelo en que se
inspiraba...y el trasfondo no era sino la pared del estudio
del sótano pintada con todo lujo de detalle. Por el amor de
Dios, Eliot, aquella era una fotografía tomada del
natural", ibid, p.116.
(35)
H.P.
Lovecraft,,"La música
de Erich Zann", en Polaris,
op. cit, p.75.
(36)
Ibid., p.82.
(37)
Ver Emanuel Swedenborg, El Cielo y sus Maravillas y el
Infierno
(De Caelo et Ejus Mirabilibus et de Infern),
Buenos Aires, Kier, 1991 (trad. Christian Wildner).
(38)
H.P.
Lovecraft, "La
llave de plata", en El color que cayó...,,
p. 119.
(39)
Ver M. Heidegger. "La
época de la imagen del mundo", en Caminos de
bosque, Madrid, Alianza, pp. 75-109.
(40)
H.P.
Lovecraft, "La
llave de plata", op. cit, p.120.
(41)
Ibid.
(42)
Ibid.
(43)
H.P.
Lovecraft,
El horror sobrenatural en la literatura, Buenos Aires,
Leviatán, p.113 (trad. Roberto Dulce).
(44)
Lovecraft aclara: "Mi predilección por los relatos
sobrenaturales se debe a que encajan perfectamente con mis
inclinaciones personales: uno de mis anhelos más fuertes
es el de lograr la suspensión o violación momentánea
de las irritantes limitaciones del tiempo, del espacio y de
las leyes naturales que nos rigen y frustran nuestros deseos
de indagar en las infinitas regiones del cosmos, que por ahora
se hallan más allá de nuestro alcance, más
allá de nuestro punto de vista. Estos cuentos tratan
de incrementar la sensación de miedo, ya que el miedo
es nuestra más fuerte y profunda emoción, y
una de las que mejor se presta a desafiar los cánones
de las leyes naturales", en H.P.
Lovecraft,
El horror sobrenatural en la literatura, op. cit., p.109.
La construcción de un ambiente o atmósfera de
densidad siniestra es también lo decisivo en la dinámica
del cuento de terror: "La atmósfera , y nunca
la acción, es el gran desideratum de la literatura
fantástica", ibid., p.113.
(45)
"...Danforth ha apuntado algunas raras nociones acerca
de fuentes insospechadas y prohibidas que Poe pudo consultar
cuando escribió su Arthur Gordon Pyme hace ya
un siglo. Se recordará que en esa fantástica
narración hay una palabra de significado desconocido,
pero terrible y prodigioso, una palabra relacionada con la
Antártida y que gritan eternamente las gigantescas
aves de fantasmal blancura en el centro de esa malévola
región. 'Tekeli-li! Tekeli-li' Eso fue exactamente,
lo reconozco, lo que nos pareció articulaba aquel repentino
ruido tras la blanca neblina que avanzaba, aquel insidioso
silbido musical que se dejaba oír abarcando una escala
singularmente amplia", en H.
P. Lovecraft, En las montañas de la locura,
op.cit.,
p132.
(46)
Sobre el final del fundamental
ensayo cosmológico de Poe, Eureka, se manifiesta:
" Imagina que el sentido de la identidad individual se
anega poco a poco en la conciencia general; que el hombre,
por ejemplo, dejando por gradaciones imperceptibles, de sentirse
hombre, alcance al fin esa triunfante y pavorosa época
en que ha de reconocer en su propia existencia la de Jehová.
Recuerda al mismo tiempo, que todo es vida, que todo es la
vida, la vida en la vida; la menor en la mayor y todas en
el Espíritu de Dios", en E. A. Poe, Eureka,
Buenos Aires, Claridad, p707.
(47)
H.P. Lovecraft, El caso de Charles Dexter Ward, Madrid,
Alianza, p.8 (trad. José María Aroca).
(48)
H.P. Lovecraft, "El ceremonial", en Los mitos
de Cthulhu, op. cit.., p.14.
(49) Ibid. p.164.
(50)
El rito lovecraftiano es retorno al horror primordial, pero
también posee un punto de contacto también con los antiguos
ritos paganos del poder regenerador de la vitalidad:
"Desfallecido, con la respiración agitada, contemplé
aquel Averno profano de leproso resplandor y aguas mucilaginosas;
la muchedumbre encapuchada formó un semicírculo alrededor
de la columna de fuego. Era el Rito del Invierno, más antiguo
que el género humano y destinado a sobrevivirle, el rito primordial
que prometía solsticio y primavera después de las nieves;
el rito del fuego, del eterno verdor, de la luz y de la música",
en H.P. Lovecraft, "El ceremonial", en Los mitos
de Cthulhu, op. cit..,p. 169.
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