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LOS
LIMITES DEL LENGUAJE Y EL CUERPO DE LA NATURALEZA
Por
Jimena Barrionuevo
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Huellas
sobre la tierra. Huellas pequeñas, como las del lenguaje
humano, incapaz de penetrar o expresar el vasto cuerpo de
la naturaleza. Foto Dario Granato
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Buscamos
liberarnos de los muros de una prisión que se espesa alrededor
nuestro. Se ha creído que, para engrandecernos, bastaba con
vestirnos, alimentarnos, responder a todas nuestras necesidades. Y
poco a poco se fundó en nosotros el pequeño burgués de
Courteline, el político de aldea, el técnico cerrado a toda vida
interior. (...) Pero quien cree que la cultura del espíritu se
basa en el conocimiento de fórmulas, en la memoria de los
resultados adquiridos, se hace de ella una idea muy pobre. (1)
Antoine
de Saint Exupéry
La
reflexión sobre el lenguaje es
constante en el pensamiento occidental. El lenguaje ha sido
abordado desde muy diferentes perspectivas. De la palabra nos han
hablado los magos y los cabalistas, los teólogos, los
gramáticos, los retóricos, los lingüistas, los filósofos y los
poetas.
La
crisis del pensamiento que caracteriza a la modernidad occidental
es la crisis de la palabra. El vínculo que en la Antigüedad unía
a las palabras con el mundo se ha resquebrajado. La caída del
paradigma adánico, en el que la palabra es idéntica al mundo y
capaz de expresarlo acabadamente, tuvo como inmediata consecuencia
la definitiva fractura entre significado y significante. El
lenguaje babélico, con que Dios castigó al humano, no garantiza
ya la comunicación entre los hombres, ahora portadores todos de
diferentes lenguas, sino que los confunde y distancia.
La
palabra ya no puede hacer justicia al mundo porque no puede
contenerlo. Occidente ha abandonado la multiplicidad de la vida, lo
efímero de cada instante, el movimiento constante de la vida por
lo universal, abstracto y perenne a la "idea". Ha
preferido aferrarse a lo inmutable como realidad última y ha
cerrado los ojos a la auténtica realidad, que es la de la eterna
mutabilidad.
Para
poder comprender, para satisfacer su ansia de conocimiento, el
hombre occidental ha creado una apariencia de estabilidad, de
orden, que se cristaliza en el lenguaje. Sin embargo, cualquier
intento de comprender el mundo, de ponerle límites, es un acto
artificial que falsea la realidad: la petrifica. El pensamiento
detiene para poder analizar. El hombre occidental desea que la
vida se detenga para poder atraparla en sus conceptos artificiales
y, en este mismo proceso, dicho hombre queda condenado; el mundo
lo abandona en su imparable devenir.
La
"impotencia de transmitir nuestras impresiones" a
través del lenguaje quedará reflejada en la obra de diversos
autores; autores que propugnarán una vuelta al contacto con la
Naturaleza y a un reencuentro con lo divino como modo de habitar
"humanamente en lo humano".
La
Naturaleza será ahora vista como nueva morada para el hombre que
se siente sofocado en las ciudades modernas; montañas, ríos,
bosques, tierra, vastas extensiones desiertas, constituirán un
retorno a lo puro, a un hogar que es en realidad más hogar para
nosotros que cualquier vivienda.
La
problematización del lenguaje
El pensamiento ilustrado estuvo atravesado por la
ingenuidad y el horror. En Occidente, la explicación del mundo a
partir de lo mítico, lo milagroso, lo sagrado y lo encantado
dejó de tener vigencia y pasó a tomar modos explicativos
racionales. La cultura fue profanada, se desmoronó y aparecieron
las ciencias experimentales, nuevas teorías y artes autónomas
que constituyeron una nueva edad subjetiva y sensible.
Esta
gran aurora de la Modernidad, la Ilustración, continuó la
tradición realista medieval del lenguaje. El realismo en la Edad
Media había atribuido realidad a las ideas generales
provenientes de la capacidad del hombre de compartir , en el hijo
o Logos (la segunda persona de la Trinidad), las ideas de Dios. La
realidad de los conceptos o ideas generales quedaba de este modo
asegurada por su procedencia divina.
La
mente ilustrada supuso un rechazo a todo relativismo; su lenguaje
racional aseguraba un conocimiento del hombre y de la Naturaleza
que, a través de la objetividad, posibilitaba al individuo
acceder a la realidad tal como ésta verdaderamente era. Un
lenguaje objetivo mantenía a los hombres distanciados de lo que
deseaban conocer ya que, en la observación analítica del
"objeto", no intervenían sus emociones o sensaciones.
La
ingenuidad ilustrada creía en una humanidad redimida a través
del saber y del aumento del conocimiento, de la ciencia y de la
producción; una humanidad que habitara en una sociedad
transformada por los avances de la técnica, y que soñó con la
idea de un idioma universal. Como sostiene Forster: "los
ilustrados soñaron con un Esperanto, soñaron con una lengua
capaz de poner a todos los hombres de acuerdo entre sí, soñaron
con la posibilidad de volver a construir una Babel secular, que
pudiera impedirle a Dios que mezclara nuevamente las lenguas; sin
duda que aquellos magníficos sueños ilustrados sufrieron el
desencanto de la historia"2.
El
Siglo de las Luces, al fundarse en la razón, engendró el mal que
más tarde minaría su propio campo: la crítica. Los paradigmas
sociales, religiosos y artísticos fueron cuestionados de manera
radical y se descubrió que, tras su fachada absoluta, detrás de
su transparencia geométrica, surgían grietas en las que dichos
paradigmas habrían de derrumbarse. Las contradicciones internas
de esta cosmovisión condujeron a la ruina y a un estado de
perpetua incertidumbre.
Los
escritores, al reflexionar desde la palabra y, al descubrirse
desamparados por ella, es decir, al tomar conciencia de una suerte
de naufragio del verbo, la hicieron estallar y desde entonces, la
literatura implica una esencial problemática del lenguaje.
¿Cómo
nombrar ahora el mundo si el mundo se ha vuelto ilegible? ¿Cómo
escribir si las palabras obedecen a una especie de principio de
incertidumbre, si hay una fractura insalvable entre la palabra y
la cosa?
Esta
es la problemática que artistas como Hölderlin, Rimbaud,
Mallarmé y Von Hofmannstahl, entre otros, trataron de resolver.
Su materia expresiva les resultaba totalmente impotente para
aprehender lo inefable. Por ello, algunos, asumieron la condena de
renunciar al verbo o a la vida misma. Muchos también, del mismo
modo, se opusieron a las ideas centrales de la Ilustración e
intenaron combatirla desde sus escritos, con el poder de sus
palabras.
Hamman,
filósofo alemán del siglo XVIII, se había iniciado como
discípulo de la Ilustración pero, luego de una profunda crisis
espiritual, se volvió contra ella y publicó una serie de ataques
escritos. En ellos afirmaba que toda verdad es particular, nunca
general. El universo era para él, una suerte de lenguaje a
través de cuyos símbolos Dios se comunicaba con sus criaturas.
"El solo sentir, da a las abstracciones e hipótesis manos,
pies, alas", sostiene Hamman y concluye: "Dios nos habla
con poéticas palabras, dirigidas a los sentidos, no con
abstracciones para los doctos"3.
Dentro
de la misma línea, Berkely caracterizaba la materia como uno de
los lenguajes de Dios; y Goethe sentenciaba: "Individuum est
ineffabile".
Para
Hölderlin el hombre moderno es un ser desgarrado; la modernidad
es el tiempo que pone en definitiva evidencia que el hombre ha
sido separado de los dioses. Por lo tanto, ha sido expulsado de la
armonía con la naturaleza.
Según
Schelling: "La ciencia por la que opera la naturaleza no es
igual a la humana, que estaría ligada a la reflexión de sí
misma; en ella el concepto no es distinto del acto, ni el proyecto
lo es del desarrollo. Por eso la materia bruta aspira ciegamente,
por así decirlo, a una configuración regular y adopta,
ignorante, formas estereométricas puras, que pertenecen
efectivamente al reino de los conceptos y son algo espiritual en
la materia"4.
Estos
autores, adhiriendo al ideal romántico, hacen ingresar el tema de
la Naturaleza como un elemento esencial en la relación del hombre
con el lenguaje.
El
texto de George Steiner, Presencias Reales, nos ayuda a comprender
la problemática del lenguaje en la actualidad occidental. El
autor comienza su ensayo sentenciando: "En nuestro
vocabulario y nuestra gramática habitan metáforas vacías y
gastadas figuras retóricas que están firmemente atrapadas en los
andamiajes y recovecos del habla de cada día, por donde erran
como vagabundos o como fantasmas de desván"5.
En
la Modernidad, el lenguaje se expresa a sí mismo, es
autorreferente y construye una sociedad que el hombre habita
ignorando lo trascendente de su existencia. Este lenguaje
inmanente ha creado un universo dentro de las palabras y su
sentido se agota en él mismo. Los hombres de las realidades
científicas, en especial los de las realidades de Occidente, se
siguen refiriendo a Dios. Sin embargo, allá donde Dios se
encuentra en las rutinas del discurso diario, en la gramática, no
es más que "un fósil fijado en la infancia del habla
racional". Pues no existe nada que garantice Su presencia.
El
postulado de la existencia de Dios al que adhiere Steiner, implica
la aceptación de una realidad anterior a las palabras, realidad
que se crea a sí misma y a infinitos mundos posibles y futuros.
Esta realidad también puede ser concebida, desde la óptica de
Schopenhauer, como una fuerza cosmológica inicial desde la cual
surge el mundo, y cuya máxima expresión en tanto pura potencia
creadora es el universo6.
Siguiendo
esta línea de pensamiento Wittgenstein plantea la existencia de
dos dimensiones de la realidad: una realidad que habitamos por
medio de las palabras, y una realidad silenciosa que es una
presencia inefable. En principio, todo aquello que nos rodea puede
ser trasladado a palabras o definiciones conceptuales. Sin
embargo, existe otra realidad misteriosa, profundamente
desconocida, conformada por particularidades efímeras y
constantemente cambiantes – producto de la interacción de las
cosas que forman el mundo – que escapa a las palabras. Sobre
esta realidad, cuya naturaleza es refractaria, mejor es callar.
Así,
Saint Exupéry confiesa: "Todos hemos conocido esa impotencia
de transmitir nuestras impresiones..." o, "No se
comunica nada multiplicando los epítetos. No se comunica nada con
esos balbuceos"7.
Al
Lord Chandos de Hugo Von Hofmannstahl, se le disuelve el mundo
entre los dedos. Como un rayo, le llega la revelación de que la
solidez del mundo está asentada al amparo de la palabra. El mundo
aparece sólido porque la palabra lo mantiene unido. Esta
intuición desencadena en un proceso en el que, las palabras
abstractas, cualquier pensamiento "se me descomponían en la
boca como hongos podridos". Lord Chandos se sumergirá en el
silencio, abandonando el lenguaje que paraliza, que limita el
mundo.
La
Carta de Lord Chandos, escrita en 1902, constituye uno de los más
brillantes acercamientos al gran problema del hombre actual: su
pérdida de relato. Philip, el protagonista, cuando más acorde
con su cultura parece encontrarse, cuando más proyectos es capaz
de imaginar su inteligencia, comienza a tener problemas con su
expresión, con su lenguaje.
Philip
descubre que el lenguaje ya no le garantiza, ya no le sostiene, ya
no le parece capaz de informar el mundo, de hacerse cargo de su
figuración. Tolera su utilidad como puro intercambio afectivo o
informativo de ideas simples; pero no puede considerarlo
pertinente para comunicar el brillo que el mundo tiene, o para
reflejar el espíritu de su observador. De repente, el personaje,
comienza a ver el mundo de otra menera; ve el mundo
inmediatamente, como si estuviese constantemente viviendo el
momento de la verdad.
En
realidad el lenguaje no desparece, lo que desaparece es la fe en
que efectivamente tenga una posibilidad esclarecedora de cualquier
tipo, no solamente como comunicación con el exterior, sino,
incluso, como comunicación con el interior, como autoconocimiento.
Philip empieza a ser incapaz de estructurar su pensamiento con
palabras, porque, al intentarlo, lo pierde. Ahora percibe como
inefable lo que antes era puro objeto del lenguaje.
La
Carta de Lord Chandos parece anticiparnos que al hombre moderno se
le ha privado no de un contexto, sino de los vacíos, de las
oscuridades de ese contexto; vacíos y oscuridades que son
necesarios para la creación, para reconocer la propia existencia
como duración. Porque el vacío es lo más profundo y misterioso
que escapa al lenguaje.
El cuerpo de la Naturaleza
"Para mí no hay nada tan delicioso como ese
sentimiento de alivio, de desahogo y libertad absoluta que se
experimenta en una vasta soledad donde el hombre tal vez nunca ha
vivido, o por lo menos no ha dejado rastros de su existencia"8.
Allí
donde el lenguaje es impotente, incapaz de acceder a una realidad
más plena, aparece el cuerpo como lugar inteligente anterior a la
conciencia y al pensamiento. El cuerpo humano en contacto con la
Naturaleza se funde con el espacio, con las fuerzas cosmológicas
y exuberantes que éste libera. El autodescubrimiento que el
hombre experimenta en la fusión con las potencias naturales,
supone respuestas de un cuerpo que expresa su inteligencia no ya a
través de conceptos y abstracciones, sino por medio de
sensaciones.
Saint
Exupéry recupera el mundo natural como reencuentro con lo divino.
Lo que prevalece en su experiencia, plasmada en El Piloto y la
tormenta, es la fusión con los elementos naturales. "No sé
nada. No siento nada, sólo que me vacío". El piloto siente
que se desvanece su conciencia y su voluntad; ya no controla sus
movimientos, "¿cómo dar órdenes a mis propias manos?,
¿cómo distinguir la imagen de una mano que se abre, de la
decisión de abrirla, cuando han dejado de transmitir las
sensaciones entre la mano y el cerebro? Imagen o acto de voluntad,
¿cómo reconocerlos?"9.
El
cuerpo del piloto se ha fundido con la potencia vital de la
tormenta; vitalidad que no podrá ser plasmada en ninguna frase o
relato, porque las palabras suponen una petrificación de la
experiencia; no son ya la fuerza en acto de lo vivido, las
palabras son el recuerdo ordenado de la permanente metamorfosis
del espíritu.
Semejante
propagación del cuerpo en los elementos de la Naturaleza son
evidentes en el cuento de Santiago Dabove Ser Polvo. El personaje
del relato padece una enfermedad que lo obliga a inyectarse un
antídoto para aplacar los intensos dolores. En una travesía a
caballo de pronto sufre una parálisis que lo derriba, quedando
abandonado en la solitaria ruta. Pasan los días y el
protagonista, a la deriva, decide aceptar su fatal destino
replegándose a un contacto con lo natural. En la narración de su
camino hacia la muerte, el cuerpo deja de ser un cuerpo humano
para convertirse en otro más vasto: el de la Naturaleza.
Nuevamente, vemos la fusión del cuerpo con los elementos
naturales. "La cabeza sentía y sabía que pertenecía a un
cuerpo terroso, habitado por lombrices y escarabajos y traspasado
de galerías frecuentadas por hormigas. El cuerpo experimentaba
cierto calor y cierto gusto en ser de barro y de ahuecarse cada
vez más. Así era, y, cosa extraordinaria, los mismos brazos que
al principio conservaban cierta autonomía de movimiento, cayeron
también a la horizontal. Tan sólo parecía quedar la cabeza
indemne y nutrida por el barro como una planta"10.
En
su viaje a la Patagonia, Guillermo E. Hudson, experimentó una
transformación, un regreso, "un retorno de la mente a un
estado instintivo o primitivo (...) acompañado por un sentimiento
de júbilo". En la soledad patagónica para Hudson ya no
existía diferencia alguna entre su cuerpo y la vasta tierra que
lo rodeaba. Sublimando sus impulsos más profundos en una
adoración de la Naturaleza, y con fe en las fuerzas curativas e
ilimitadas de lo infinito, hizo para siempre las paces con el
mundo viviente. En ese nuevo estado, al explorador le era
imposible concebir pensamiento o reflexión alguna. "El
cambio producido en mí era tan grande y maravilloso que me
parecía haber convertido mi identidad en la de otro hombre o
animal"11. Hudson había descubierto la
revelación de una naturaleza desconocida e insospechada, oculta
bajo su conciencia.
Al
igual que Henry D. Thoreau, Hudson, había logrado romper con la
realidad confinada de la civilización, de la época en la que
había nacido. La Naturaleza se presentaba para ambos como otro
espacio posible en el que el hombre podía habitar, vivir una vida
intensificada, distinta de la vida monótona y rutinaria de la
ciudad (ambiente de códigos morales que enseñaba al hombre a ser
bueno, noble y humano, pero que se hallaba sujeta a la desilusión
y a profundas perturbaciones emocionales).
Este
mismo aspecto puede ser considerado desde la perspectiva de Jean.
J. Rousseau. En sus discursos reivindica la relación del hombre
con el mundo sensitivo, sentimental; propone la recuperación de
una dimensión ampliada, diversificada. El hombre puede volver al
origen. Y así nos dice instalado en el campo: "La
meditación en el retiro, el estudio de la naturaleza, la
contemplación del universo fuerzan a un solitario a lanzarse
incesantemente hacia el autor de las cosas y a buscar con una
dulce inquietud el fin de todo cuanto ve y la causa de todo cuanto
siente. Cuando mi destino me arrojó en el torrente del mundo, ya
no volví a encontrar nada que pudiese agradar por un momento mi
corazón"12.
Conclusiones
"El
Hombre, a despecho de su posición como animal superior, no
es el centro no el eje de toda la vida, ni siquiera el esquema
terrestre de las cosas. Los elementos, si tuviesen una voz humana,
se opondrían si duda a las pretensiones del Hombre a ser el
dueño de este planeta"13.
Los
hombres crean discursos y, a la vez, son creados por ellos. La
palabra ocupa el lugar de intercambio entre los siguientes tres
elementos complementarios: hombre, discurso y mundo. Las palabras
acogen las cosas otorgándoles una vida que no les es propia. La
palabra es el lugar donde el hombre convive con las cosas.
El
hombre se apropia del mundo a través del lenguaje; todo aquello
que nos rodea está construido no sobre realidades, sino sobre un
"universo" de palabras ya dichas. De este modo, el
pensamiento permanece cautivo. Cuando el hombre cree dominar las
palabras, éstas son las que lo dominan imponiendo sentidos
heredados y por lo tanto, no cuestionados.
Es
el lenguaje en donde nos reconocemos, en donde nos formulamos, en
donde existimos. Creemos que la verdad es transmitida por el
lenguaje. Sin embargo, detrás de los discursos que circulan en la
sociedad, lo que encontramos no es la verdad, sino el deseo mismo
de seducción. Discursos sociales, políticos, comerciales,
científicos; todos ellos persiguen la seducción como objetivo
fundamental. Apariencia de verdad y no verdad que resultan en el
drama humano de la modernidad: la imposibilidad de la liberación
del discurso ajeno y el consiguiente camino al autoconocimiento
individual. El lenguaje pierde su efectividad en la monotonía de
la repetición. La palabra se vuelve limitada.
La
palabra, el lenguaje parecen estar destinados al enmascaramiento
de la realidad, al encubrimiento de un gran vacío que no podemos
parafrasear; vacío que constituye lo inexplorado, porque estamos
habituados a servirnos no de nuestros ojos, sensaciones e
instintos, sino del recuerdo de lo que se ha pensado antes que
nosotros sobre aquello que contemplamos.
El
mero conocimiento topográfico de una parte del mundo no hace,
necesariamente, que tengamos conciencia de ella en un sentido
completo. El hombre debe experimentar también cierta necesidad de
alcanzar contactos emocionales y sensitivos con esa parte del
mundo. Aquel que descubre y recorre un territorio inexplorado por
lo humano, se abre a la escucha del la música silenciosa que late
en el interior de la tierra. A partir de una reconciliación con
los elementos naturales, con el vasto espacio de la Naturaleza, el
hombre puede acceder a un descubrimiento y conocimiento de su
propio mundo interior; puede volver a contemplar el mundo con ojos
de niño, maravillarse ante los colores, las formas que adopta el
universo, saber que cada una de sus criaturas guarda un silencioso
e inmenso tesoro escondido. Así, Saint Exupéry reflexionó sobre
las palabras del Principito: "Es verdad. Siempre he amado el
desierto. Puede uno sentarse sobre un médano de arena. No se ve
nada. No se oye nada. Y sin embargo, algo resplandece en el
silencio..."14. (*)
(*)
Fuente: Trabajo realizado por Jimena Barrionuevo en el
contexto de la materia Principales Corrientes del Pensamiento
Contemporáneo de la Carrera de Ciencias de la Comunicación de la
Universidad de Buenos Aires en el año 2002.
Citas:
1
Saint Exupéry, Debe darse un sentido a la vida de los hombres en,
Un sentido de la vida, Bs. As., Troquel, p. 101.
2
Forster, R., El lenguaje de la ilustración en, Itinerarios de
la Modernidad, Buenos Aires, Eudeba, p. 244.
3
Isaiah Berlin, La contra- ilustración en, Contra la corriente,
México, Fondo de Cultuta Económica, p. 88
4
Schelling, Espíritu creador y ciencia de la naturaleza, en Fragmentos
para una Teoría Romántica del Arte, Tecnos.
5
G. Steiner, Presencias Reales, España, Editorial Destino,
p. 13
6
Véase Steiner George, ibid 5.
7
Saint Exupéry, El piloto y las potencias naturales, en Un
sentido de la Vida, Buenos Aires, Troquel, pp. 107 y 118
8
Hudson, Días de Ocio en la Patagonia, Antología de Gillermo
E. Hudson, Bs. As, Losada, p. 160
9
S. Exupéry, El piloto y las potencias naturales, en Un sentido
de la vida, op. cit, pp. 116 y 117
10
Dabove, Ser Polvo, en La muerte y su traje, p.161
11
Hudson, Días de ocio en la Patagonia, op. cit, pp. 177 a 178
12
Rousseau, Las ensoñaciones de un paseante solitario, p 51
13
H. Massingham, Hudson, el Gran Primitivo, en Antología de G.
E. Hudson, Bs. As, Losada, p. 86
14
Saint Exupéry, El Principito, Buenos Aires, Emecé, pp. 77 a 78.
Bibliografía
Antoine
de Saint Exupéry, Un sentido de la vida, Buenos Aires, Troquel,
1960.
Antoine
de Saint Exupéry, El Principito, Buenos Aires, Emecé Editores,
junio de 1994.
Berlin
Isaiah, La contra- ilustración en, Contra la corriente, México,
Fondo de Cultura Económica, 1979.
Casullo,
N., Forster, R., Kaufman, A., Itinerarios de la Modernidad, Buenos
Aires,
Eudeba,
marzo de 1999.
Dabove,
Santiago, Ser Polvo, en Antología Literatura Fantástica,
Sudamericana.
Hudson,
G., Pozzo, F., Martínez Estrada, E., Casares, J., Borges, J. L.,
Massingham, Antología de Guillermo E. Hudson, Buenos Aires,
Losada, 1941.
Ionesco,
Eugéne, El Rinoceronte, Buenos Aires, Losada, julio de 1996.
Jean
Jacques Rousseau, Las ensoñaciones del paseante solitario,
apuntes de la cátedra.
Murena,
Héctor, El nombre secreto y otros ensayos, Caracas, Monte Avila
Editores, 1979.
Murena,
Héctor, Homo Atomicus, Buenos Aires, Sur, 1961.
Schelling,
Espíritu creador y Ciencia de la Naturaleza (1807), en Fragmentos
para una Teoría Romántica del Arte, Editorial Tecnos.
Steiner,
George, Presencias reales, España, Editorial Destino, 1994.
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