D. H. Lawrence
I
La cascada libera sus
aguas desde la alta roca. Y acrecienta el río abajo, y baña las
rocas de la pendiente. Por la cascada la frescura llega de nuevo, y es
el movimiento.
El agua nueva se regala
desde la altura. Pero a veces el hombre necesita saltar hasta el
origen elevado de la corriente. Este es el salto del rito. El
ritual que rompe una distancia, suprime una separación, libera del
tiempo del agobio y la muerte, y ofrenda la recuperación del
manantial de las nuevas fuerzas.
Para aquellos que los
practicaron en el mundo antiguo, los rituales tuvieron una profunda
eficacia, al menos psicológica o existencial. La modernidad
perdió la salud del rito. El sujeto
moderno no salta hacia algo distinto de sí; no abandona el curso
del tiempo histórico, del tiempo biológico del desgaste corporal
progresivo, o de la temporalidad íntima del yo psicológico. Vive
dentro de sus fortalezas-refugio: el Estado, el mercado, la ley, la
racionalización pragmática de los comportamientos.
Nietzsche percibió con
claridad este proceso en El nacimiento de la tragedia. El
hombre moderno es el alejandrino, el erudito que encapsula el
pasado en catálogos documentales o reconstrucciones conceptuales o
informativas del ayer. Es el sujeto de la abstracción del Estado o
de la razón, protector de la idea
lógica sin contradicción, y sin apertura a lo sensible. El
habitante de lo moderno carece de mito verdadero, de un mito en
el sentido arcaico. Es decir: de una narración que evoque un gran
poder creador que le permita al hombre renovarse periódicamente.
La fuente renovadora es la eternidad creadora.
El sujeto de la
modernidad está condenado así a
ser nuevo sólo en sus producciones artificiales; en
sus nuevas teorías científicas o logros tecnológicos o
modificaciones urbanísticas. Pero es viejo, inflexiblemente viejo,
en su percepción de la vida.
El rito, el salto hacia
la cascada desde la cima de la montaña o la bóveda, se ha perdido.
El rito es ausencia, un lugar de cenizas.
Y un artista imagina
una salamandra que renace entre aquellas cenizas. Y escribe El amante de
Lady Chatterley, o La serpiente emplumada.
La serpiente de
plumas para el salto ritual hacia un sol perdido...
II
La potencia ritual como
salto hacia una vitalidad renovada asume en D.H. Lawrence, como
veremos, dos formas
especiales y nítidas: la sacralización del sexo, y un ritualismo
de raíz mitológica.
Los carros de la
escritura de D.H.Lawrence ruedan con las insignias siempre
reconocidas. Las insignias que se repiten: la sublevación contra la
represión sexual, el repudio de la sociedad de la mecanización y
el racionalismo. También el escritor escudriña
recurrentemente la eterna conflictividad hombre-mujer, las
desavenencias del deseo masculino y femenino. Las estelas de
D.H.Lawrence deben ser pensadas inevitablemente en su horizonte
epocal. En su tiempo, sus inmersiones en el placer sexual de El
amante de Lady Chatterley generaron escándalo. Hoy sólo pueden
provocar sorpresa por su mística del contacto carnal (en clara
diferencia al realismo áspero en la descripción del sexo, en un Bukowski por
ejemplo); o, quizá, asombro ante la posibilidad no alentada en
nuestra cultura de integrar, en una misma gema ardiente, en un solo
acto, el deleite sensual y una experiencia de trascendencia
estética y religiosa.
En la
mentalidad arcaica, la mujer es tierra fértil que debe ser
acariciada, penetrada, sembrada. En el paganismo antiguo, bajo la
férula libidinal de Astarté o Venus, la sensualidad se desata,
hasta alcanzar un eros de nervadura cosmológica. El maithuna
tántrico claramente propone la transmutación de la escena sexual
en dimensión ritual. El escritor inglés, que respira por primera
vez en el pueblo de Eastwood en 1895, también alaba el cuerpo
encendido por el eros. Al crecer su corazón y su mano escritora,
rodea con las letras los fuegos de lo erótico, y asegura que se une
con los elementos, y que es parte del sol o la tierra. Nada nuevo.
Es el artista moderno que continúa la sensibilidad antigua que se
zambulle en el abierto mundo físico. Para descubrir entonces que es
ilusión la separación entre la piel y los órganos del hombre, y
la materia universal, percibida como un gran cuerpo vivo.
El animismo, la
mística de la unidad, el vuelo religioso del eros vuelven en el
escritor hijo de un minero, como el escultor Henry Moore. Las minas,
la tierra secreta, los primeros soplos de la infancia que atizan la
percepción de las fuerzas interiores de la vida que no es un
espíritu abstracto, sino una presencia física y sensorial.
La libre voz de
Lawrence no elude la formación universitaria. Se gradúa en la
University College de Nottingham; y enseñará en la Davidson
School de Croydon. En su eclipse, su cuerpo, que padece
tuberculosis, lo invitará, finalmente, a la aventura de la
muerte en 1930. En 1914, una baronesa, Emma Maria Frieda Joanna, lo
elige en lugar de su marido e hijos. Y lo acompañará en una vida
errante, nómada. Muchas latitudes, distintos paisajes y ciudades.
Pero siempre el eros, y la inhalación de un mundo quemante,
abismal, patria primero de dioses antes que de hombres. Por eso, lo
seducirá la experiencia indígena y mexicana del universo abrasado
por dioses y fuerzas secretas, por ritos e invocaciones de una
gran fuerza.
Y el eros y la
furia vital. Siempre ahí. Una obsesión sensitiva que luego
continuará Henry Miller. Antes, el escritor explorador de los
misterios de la carne, podía ser degradado, reducido al escándalo
de un disturbio pasajero. Ahora, una lectura vívida del eros y del
rito en D. H. Lawrence es un acto de memoria. Es lo que nos recuerda
una sensualidad religiosa, muy distinta a nuestros cultos de la
velocidad urbana.
III
En 1928, Lawrence
imagina las citas furtivas entre Connie, una aristócrata, y un
guardabosque. La vívida descripción poética de los encuentros
sexuales horroriza a su época de mojigatería victoriana. Durante largo
tiempo la obra es censurada y relegada a la condición de obscenidad
pornográfica. Su apología de la libre sexualidad le depara
defensores y detractores. Pero el efecto estimulante de una
emancipación sexual que asoma en los años veinte lejos se halla de
los deseos de Lawrence de una poética erótica: "Del temor al
cuerpo y su negación, la juventud progresista se pasa al extremo
contrario, y lo trata como una especie de juguete" (1).
En sus novelas The
Rainbow (1915) o Women in love (1920) se expresa el
interés lawrenciano por el matrimonio y sus conflictos, la tensión
entre el hombre y la mujer, y sus lazos precarios, tiznados por el
vaivén de momentos de amor y frialdad. Una situación que Lawrence denomina love in action.
La valoración de la
sensualidad del cuerpo puede ocultar la reducción del sexo a
repetición mecánica, sin un asombro poético
ante el encuentro de los cuerpos desnudos. Por eso, Lawrence
no deja de advertir que la sexualidad que emerge en sus escritos no
es promoción de un libertinaje mecánico. Por el contrario, el sexo verdadero
es eros. Lo erótico sólo nace desde la emoción de una
experiencia ritual.
Y lo ritual aparece con
claridad en el momento acaso máximo de la literatura del escritor
inglés: su novela La serpiente emplumada (1926). Su fuente primera
son sus años de residencia, entre 1922 y 1925, en Taos, Estado de Nuevo México, y en el
centro de México, en la región de Jalisco, cerca del lago Chapala.
Las viejas culturas mesoamericanas alimentan una intuición de los
poderes sutiles de la naturaleza. En su nivel argumental, la
narración se construye sobre una triangularidad de personajes:
Ramón, Cipriano y Kate. Kate es una mujer irlandesa que se interna
en el México ancestral en busca de una renovación profunda, de una
alquimia personal que le revele el secreto de su feminidad. Ramón y
Cipriano actúan en el México de la guerra civil, de la
confrontación entre la cultura rural, más próxima a las
tradiciones antiquísimas, y los poderes concentrados políticos y
económicos de la ciudad y el Estado desigualitario. Dentro del clima bélico
acontece el retorno de
Ramón y Cipriano al hontanar de la mística indígena.
Como muchos otros
espíritus religiosos en la historia, Ramón cree en un sólo dios.
"El misterio final es único. Pero las manifestaciones son
múltiples", afirma. Una sólida pulsión divina crea y anima el mundo
de las variedades de formas y animales, de hombres y elementos. La finitud
humana late en la historia de distintas maneras, ensaya su
interpretación de la vida como misterio desde distintos credos, lenguajes,
costumbres o liturgias. El campanario enigmático es uno solo. Pero
las culturas distintas producen campanadas distintas. Sin embargo, tras las
diferentes vibraciones se esconde una sola música.
Cipriano continúa la
doctrina de Ramón. Busca la armonía entre los contrarios.
Contrarios representados por dos divinidades: Quetzacóatl y
Huitzilopochtli. Quetzacóatl es la serpiente emplumada, es el cielo
azul, la tierra y las lluvias. Ramón reclama para sí la
invocación de esta divinidad (2). Y Cipriano se entusiasma con su
identificación esencial con el rojo Huitzilopochtli, dios guerrero,
solar (3). Cuya puerta secreta, al abrirse, entrega un tesoro olvidado:
el saber de la segunda fuerza. "¿Por qué soy yo el general
y vosotros, los soldados?", pregunta. La superioridad del comandante
sobre sus subordinados nace del conocimiento de la segunda
fuerza,
que late como sol secreto detrás de la roja visibilidad de
Huitzilopochtli. Cipriano es quien manda, y no quien obedece...
"Porque he descubierto 'la otra fuerza'.
Existen
dos fuerzas; la fuerza de los bueyes y de las mulas y del hierro, de
las máquinas y de los cañones y de los hombres que no pueden
alcanzar la segunda fuerza.
Pero hay
una segunda fuerza. Esa es la que necesitáis vosotros. Y lo podéis
conseguir aunque seáis pequeños o grandes. Es la fuerza que viene
detrás del sol. Y la podéis sacar de aquí -se golpeaba el pecho-
y de aquí -se golpeaba el vientre-, y de aquí - se golpeaba las
caderas-. Es la fuerza que viene detrás del sol" (4).
La cultura europea
subyuga a la América indígena por el robo de la segunda fuerza.
Los gringos le han arrebato al indígena la segunda fuerza. La
robaron mediante astucia y lucidez. Tomaron los secretos del aire y
el agua e inventaron el telégrafo, la radio y los barcos;
arrebataron los secretos de los metales, como el hierro, y crearon
las máquinas, los trenes, los cañones. Su dominio sólo
secundariamente es político-económico y militar. Su dominio es
primero supremacía espiritual. Por eso, la lucha contra el gringo
del materialismo burgués expoliador y sus lacayos vernáculos no
puede dirimirse sólo por las armas. La victoria exterior y militar
del indígena nativo o del mestizo, sólo permitirá un
renacer espiritual, una recuperada apertura a lo que vive detrás
del sol. Por eso, Cipriano celebra una novedad más importante que
una victoria de las armas: "Hemos descubierto el sol secreto
que se oculta detrás del sol".
El calor de ese sol es
vivido mediante una disciplina interior, que no debe confundirse con
un orden impuesto por una presión coactiva y mecánica. La disciplina que
obra por dentro sabe que la verdad no es un concepto, o un dogma,
sino un grado más alto de potencia vital. Las danzas nutren al
disciplinar la vitalidad más alta. Cipriano recuerda entonces el poder
renovador de la identidad espiritual y la esperanza de los pueblos
indígenas del norte durante su guerra con el ejército
norteamericano. Recuerda el ghost dance religion (5). Pero
más le atrae cultivar la disciplina por las danzas
ancestrales: la danza del escudo, de la espada, del cuchillo, de la
emboscada y la sorpresa. Cuando el cuerpo danza entre la invocación religiosa de los viejos dioses, se
tornea la fortaleza
espiritual y corporal...
"Danzan
para aumentar su dominio sobre las fuerzas vivas y potenciales de la
tierra, y estas danzas exigen una contemplación intensa y una
enorme resistencia" (6).
Y cuando el Cipriano
danzante esté preparado liderará la guerra no como acto de estrategia
racional. Cuando
tengan la disciplina suficiente, Cipriano y los suyos no atacarán
en una línea frontal tradicional. No será ya la guerra de la
evaluación lógica perfeccionada por los estrategas europeos: por Alejandro, los espartanos o romanos, o Napoleón.
Lo que atacará no será ya un ejército guiado por una
racionalidad estratégica, sino por una fuerza misteriosa, versátil
y omnipresente: "...atacaremos cuando llegue la hora en mil
punto distintos" (7).
Pero la fuerza
combativa que viene de la segunda fuerza necesita de algo más.
Necesita que el aliento humano se confunda plenamente con el dios
guerrero, con Huitzilopochtli. Cipriano debe devenir Huitzilopochtli.
Para traer su fuego y firmeza a la tierra. Pero la fortaleza del
guerrero místico, del guerrero-dios, no es fuerza corporal,
potencia bruta de ataque o embestida. Es primero la vehemencia que
brota del ser profundo, por una experiencia religiosa que sólo dona
el rito.
El rito que comparten y
consuman Ramón y Cipriano en una habitación...
Ramón tapa los ojos de
Cipriano. Llega entonces la oscuridad. Lo oscuro que es salida de la
útil claridad; es la no luz que serpentea en el ombligo del que
manan todos los rayos. Privado de la grata luz solar que aclara y orienta
en el día, Cipriano desciende a una "oscuridad viva".
Ramón entonces coloca sus manos sobre su pecho y sus omoplatos. Y
oscurece así su corazón. Criaturas nocturnas inoculan la noche
dentro del órgano palpitante. El sueño más profundo abre sus
alas. Ramón después ata los brazos de Cipriano a su cintura con un
cinturón de piel. Entonces, "su cabeza se fundía en las tinieblas
como una perla en vinagre...".
Y Ramón extiende una piel de león
dentro de la oscuridad envolvente de la habitación. Recuesta a
Cipriano sobre la pelambre leonina, lo cubre con un sarape rojo y
negro. Coloca sus pies en su vientre. Y…
"Entonces los dos
hombres quedaron en la más absoluta inconciencia. Cipriano perdido,
en el seno de la creación imperturbable, Ramón en un sueño de
muerte" (8).
El rito es puente hacia
el centro de la fuerza espiritual. Pero nadie salta al otro lado con
el peso de la personalidad pequeña y pesada, con el yo de la
identidad humana corriente. En la "absoluta inconciencia"
Cipriano se disuelve en la fuerza otra, en el sol de Huitzilopochtli
oculto. El sueño de muerte es muerte del yo anterior, el de la
conciencia limitada. Muerte aquí es renacer en las
fuerzas recuperadas de Huitzilopochtli y Quetzalcóatl. Y para
bracear en el otro lado es necesaria la mediación del cuerpo,
el acercarse a lo oscuro que ilumina por los ojos cerrados,
el corazón y el vientre.
Y antes del alba,
Ramón y Cipriano despiertan. Ambos nadan hasta la salida del sol. La aparición del
astro solar es la salida de lo oscuro, luego de haber explorado sus
secretos. Cipriano asegura entonces haber ido muy lejos. "¿Hasta
donde no existe el más allá?", pregunta Ramón. "Sí,
hasta allá..."
La puerta del rito se
ha abierto.
Y Cipriano preside otra reunión ritual en el patio de
una iglesia, en la noche. Viste con su sarpe rojo y tres plumas
verdes que se mecen, rectas y colgantes, en su frente. Con sus
servidores, miembros de la guardia del dios del sol rojo, practica
sus danzas, mientras el pueblo indígena contempla en silencio
reverencial y expectante. Comienzan los cánticos al dios
Huitzilopochtli. El cantar devocional es parte del salto ritual
hacia la entraña poderosa de la deidad. Por eso ahora "la
hierba busca con sus raíces el otro sol". El sol del
fundamento abismal, más allá de los dogmas de los sacerdotes, o
las especulaciones filosóficas. El sol otro del poder como fuerza
vital, como materia divinizada. Para vivir ese manantial, el
hombre debe ser algo más que hombre...
"El
hombre que es verdaderamente hombre es más que un hombre.
Ningún
hombre es hombre hasta que no es super hombre.
Hasta que
no posee la fuerza
que no
depende de él" (9).
Huitzilopochtli y
Quetzalcóatl se unen, y entre los dedos nace "una brizna de hierba verde".
Y Cipriano, virtual
hierofante, líder de la teatralidad ritual, introduce la realidad
del conflicto humano dentro de la experiencia sacralizante. Unos prisioneros esperan su destino. Pero dentro del rito, su condición
no es sólo la de traidores, la de individuos caídos en desgracia.
Su presencia en la noche de los cantos del sol rojo es parte de una
identificación con un rol arquetípico. Cada prisionero acusado de
traición es un can gris. Los canes grises son taimados, aparentan
fidelidad, sonríen o prometen; pero detrás de sus sonrisas,
conspiran, atentan, traicionan, matan; son ladrones o "asesinos
de sueños", como Macbeth. Viven entre las cenizas. Son la
muerte. Pero si están frente a la encarnación de Huitzilopochtli,
si tiemblan dentro de la noche de los cánticos y las danzas, entre
las cuerdas de seda del rito, es porque la muerte física que se
desea para ellos no es la de una mera ejecución. El traidor es un
modelo mítico. Por eso, su muerte como sacrificio ritual no es
violencia criminal, no es mero acto de exterminio. Deben morir con
la expectativa de la redención. Por eso los guías de la acción
ritual, Cipriano (Huitzilopochtli), Ramón (Quetzalcóatl), los
exhortan a convertir sus muertes en acto de alquimia ritual, en una
última y aliviadora trasformación...
"Vosotras
tres, almas, haced las paces con el sol, con los vientos, y con el
agua del cuelo, y partid animosas rodeadas del aliento de
Quetzalcóatl para que que os guarde. No temáis, no retrocedáis,
no abandonéis nada; llegad al fin del viaje más largo y dejad que
el manantial lave vuestros cuerpos. Y todos serán renovados"
(10).
Al llegar la muerte deben
viajar más allá de la Estrella de la Mañana. Cuando se abre la
gran puerta el aliento se religa con la fuente. El abismo no puede
ser medido. Y, al final, los hombres se tapan los ojos ante lo
invisible. Porque al fin…
"Todos los hombres
se pierden en silencio.
Dentro de lo sin ruido"
(11).
IV
Y el sexo es más que
el ardor de los cuerpos que se encuentran.
En El amante de Lady
Chatterley, Lawrence libera su repudio a la hipocresía, y a la
represión del instinto por la sociedad industrializada.
Connie Chatterley
recibe una educación temerosa del sexo. Desconoce los secretos de
eros. Clifford, su esposo, es paralítico, e impotente por heridas
de guerra. Es frío, cerebral. Un individuo que provoca en su
cónyuge, y en la señora Wolton, su médica, un íntimo
desprecio.
Connie se adentra en el
bosque. Se encuentra con Oliver Mellors, criado y guardabosque, que
arrastra la marca de un matrimonio fracasado, de la misoginia y el
desprecio por la sociedad. Pero no es un cauce seco. Derrama ternura
y amor por la joven aristócrata, aún ignorante de los deleites de
Venus.
La relación Connie/Mellors
es la de la sexualidad como goce realizado, no como mera imposición de
una demanda biológica. No es tampoco el sexo convertido en algo
extraordinario. Es la sexualidad como un discurrir natural, como
reincorporación de lo primario. Por eso, Connie, la mujer de la
sofisticación, recupera la potencia erótica por el contacto con lo
primitivo encarnado en Mellors (un Mellors con afinidades con el
hombre salvaje que también enciende la embriaguez femenina en The
virgen and the Gipsy (1930)).
El vuelo hacia el eros
es fusión con el centro vital de la mujer, y de la
vida liberada que fluye por ella:
"…Connie hizo
surgir en el hombre un deseo infinito, y él tenía la impresión de
que toda su sangre ardía de intenso y tierno deseo, deseo de Connie,
de su suavidad, de su penetrante belleza, allí, en sus brazos,
inundando su sangre. Y, delicadamente, con aquella maravillosa
caricia desmayada de su mano, en un deseo puro y suave, el hombre
acarició con delicadeza la sedosa ladera de las caderas de Connie,
hacia abajo, hacia abajo, entre sus suaves y cálidas nalgas,
acercándose más y más a su verdadero centro vital" (12).
Y la mujer sólo descubre
su rostro más fresco al unirse con el secreto de lo masculino.
Sólo por la mediación de la caricia o la energía penetrante
masculina la mujer recuerda tempestades, y una sabiduría y salud
que no pueden ser sin encender el cuerpo. Sólo así nace la mujer, y emerge de aguas quietas y olvidadas...
"…Connie se puso
en movimiento, y ella era un océano que movía en oleadas su oscura
y ciega masa. Y, abajo, en lo más profundo de sus entrañas, las
profundidades se agitaron y en oleadas se distanciaron, en largas
olas que viajaban hasta muy lejos, en el centro de Connie, y las
profundidades se separaban y se alejaban del centro de la suave
inmersión, y más hondo, y Connie quedaba más y más y más al
descubierto, y las grandes oleadas en su interior se alejaban hacia
una ignota playa, dejándole al descubierto, y más y más cerca
penetraba aquella palpable realidad desconocida, y más y más lejos
desaparecían las oleadas de Connie, alejándose de ella, dejándola
sola, hasta que de repente, en una suave y temblorosa convulsión,
el vivo núcleo de todo su plasma sintió el contacto, Connie misma
sintió el contacto, hasta ella llegó la consumación, y Connie
partió, se fue, desapareció. Se fue. No estaba, había nacido, era
una mujer" (13).
El bosque es lugar de
laberintos, de senderos frondosos; es sitio que reaviva el misterio por
la profundidad vegetal, por las penumbras y las luces semiveladas. El bosque es
lo secreto. Un simbólico regreso a
la región más primaria y originaria.
Dentro del bosque, la mujer
se autodescubre. El eros escribe revelaciones en su piel. Piel
afiebrada por excitaciones, sorpresas, susurros y reminiscencias. Lo
femenino no es sólo la entidad limitada de una mujer, sino
la fuerza femenina, receptiva, sensitiva, espontánea, que surge en la
materia, en el altar del cuerpo…
Y en un diálogo con
Clifford, Connie desnuda su adhesión a la superioridad de lo corpóreo:
"Prefiero el
cuerpo. Creo que la vida del cuerpo es una realidad más grande que
la vida de la mente, si el cuerpo está verdaderamente abierto a la
vida. Pero hay mucha gente…que sólo tiene la mente pegada a
cadáveres físicos.
"Clifford la miró
atónito.
"-Pero la vida del
cuerpo -dijo- es la vida de los animales.
"-Y la vida de los
animales es mejor que la vida de los cadáveres profesionales. Pero
no, no es verdad. El cuerpo humano está empezando a llegar ahora a
la vida real. Con los griegos, el cuerpo tuvo un buen momento,
estuvo vivo y llameante; luego, Platón y Aristóteles lo mataron, y
Cristo lo remató. Pero ahora el cuerpo está volviendo realmente a
la vida. Está levantándose de su tumba. Y la vida del cuerpo
humano será una vida maravillosa, maravillosa, en un universo
maravilloso" (14).
En La Mujer que se
fue a caballo (1928) una mujer cabalga hacia los indios.
Encuentra los sacrificios a los dioses, y la desinhibición sexual
del mundo indio. Sus sentidos entonces se aguzan. Su cuerpo no es ya
un "cadáver físico". Ahora puede
oír "el sonido de las flores nocturnas al abrirse", y
"el imponente ruido de la tierra al girar, al salir disparada
en su viaje como una flecha, el bramar del aire y la vibración de
la cuerda que la lanzó" (15).
El goce erótico es
sólo algo más que placer pasajero si es parte de una
trasformación total de la experiencia, de un tipo particular de
sensibilidad, donde por el contacto sensible el sujeto se confunde
con fuerzas que superan los límites de los cuerpos. Y experimentar
las fuerzas vitales del mundo natural, las presencias de los
elementos o la lujuriosa variedad de los animales, nace de un acto
de empatía. Huxley comprendió esta característica de la
sensibilidad de D. H. Lawrence. Un rasgo típico del mundo animista.
Y arcaico. Que resurge en el artista religioso. En su introducción a
Letters of D.H. Lawrence, Huxley manifiesta:
"...parecía como
si mirase las cosas con los ojos de un hombre que ha pisado el
umbral de la muerte y al que se le ha revelado, al salir de la
oscuridad, el mundo inefablemente bello y misterioso…Parecía
conocer por experiencia propia lo que significaba ser un árbol o
una margarita, una ola que rompe sobre los farallones o incluso la
misteriosa luna. Podía entrar en el cuerpo de un animal y describir
convincentemente, con todo detalle, lo que sentía y lo que pensaba,
sorda, no humanamente" (16).
Un arquetípico
sentimiento de participación mística. Una tendencia a la
compenetración con las formas vivas. Un deseo, en parte al menos,
realizado en el artista de la empatía universal; un deseo de pertenencia
a las fuerzas naturales que la ciencia clásica fosiliza y convierte
en objetos inanimados. Como el sol, antes sagrado, y ahora sólo una
masa gaseosa destinada a un estudio de sus propiedades
físico-químicas. Pero para el misticismo materialista de Lawrence
el sol es aún motivo de otro tipo de presencia:
"Lo que el hombre
ansía más apasionadamente es su totalidad viva y su armonía viva,
no la salvación individual de su alma. Soy una parte del sol, al
igual que el ojo es una parte de mí mismo. Que soy un trozo de
tierra, lo saben mis pies, y mi sangre es un trozo de mar"
(17).
La materia es fuerza
espiritual cristalizada. Todo es espiritualidad manifestada por una
forma material, por un cuerpo. La divinidad es en las superficies y el espesor de las cosas. Un panteísmo. Pero lo
panteísta en Lawrence no es construcción intelectual, que repudia,
sino vivencia real. Como Whitman, busca el yo expandido, el
individuo universalizado:
"Lo que busca no
es la extinción del individuo -y mucho menos por un aparato
estatal-, sino su expansión; arrojar el
lastre de lo individual y entrar en un espacio más allá de lo
personal. En una palabra: es de naturaleza religiosa" (18).
Religarse con las fibras
vibrantes del mundo es parte de una apertura inevitable en el hombre
arcaico. Una acción de naturaleza religiosa. La piel aún no refugiada dentro del pensamiento abstracto,
se humedece todavía con los rocíos del cielo, con la cercanía de
la tierra desnuda. El cuerpo sensible se asombra o conmociona dentro
de las fuerzas antiguas y renovadamente jóvenes de la naturaleza. El hombre antiguo no
evita confundirse con las cuerdas de la vida distinta a su rostro.
La empatía, el sentirse parte de un rayo de luna o un árbol que
crece, es casi tan espontáneo como la inhalación y la expiración.
Y Robert Graves y
Nietzsche lo comprenden con claridad: cierto tipo de artista moderno
(acaso el más poderoso) es una
supervivencia de esa sensibilidad arcaica. El artista
es un ser de cercanías. Pero la urbanidad del hombre moderno, con su
segunda piel de cemento y asfalto, es arco que se estira y aleja de
las fuerzas que contienen y reproducen los vientos y las aguas.
El artista es
religioso, como lo asegura Lawrence: One has to be so terribly
religious to be an artist. El artista no es religioso
si participa de alguna teología o una religión institucional.
Es religioso porque vive en el misterio de una materia viviente. Lo
religioso es, en palabras de Ramón, un penetrar en la "ostra
del cosmos", para atraer hacia sí la perla más rica de una
percepción que se expande:
"Tenemos que abrir la ostra del cosmos y sacar de ella nuestra
humanidad. Mientras no hayamos arrancado la perla sólo seremos
flotadores en la superficie del océano" (19).
El rito es parte de un abrirse (que nunca se completa, que nunca
puede completarse) de la "ostra del cosmos".
Del rito
brotan los actos especiales que profundizan la cercanía y el
encuentro entre el cuerpo (el cuerpo de Connie o Mellors, o del
propio artista Lawrence que imagina otros cuerpos incendiados) y el
eros; o entre la conciencia y la fuerza secreta que donan algunos
dioses (Huitzilopochtli o Quetzalcóatl, o cualquier otro) que se
esconden entre los mitos.
Y por el rito se
acerca la criatura religiosa a la segunda fuerza.
Cantera misteriosa de
las cascadas. (*)
(*) Fuente:
Esteban
Ierardo, "La segunda fuerza. D.H. Lawrence y la nostalgia
del rito", editado aquí de forma original.
Citas:
(1) Citado en Gunter Blocker,
"D. H. Lawrence", en Líneas y perfiles de la
literatura moderna, Madrid, ed. Guarrama.
(2) D.H. Lawrence se
nutre de la cosmovisión mitológica azteca. Esto supone que en su
elaboración novelesca pululan instancias de continuidad entre el
espíritu religioso mesoamericano y senderos de libre
distanciamiento ficcional de esta fuente. Las figuras de los dioses
Quetzacóatl y Huitzilopchtli son básicamente trasmutadas por la
imaginación del escritor en pos de una renacida espiritualidad de
participación del hombre en una gran fuerza cosmológica, o segunda
fuerza. Para una aproximación al simbolismo histórico más
estricto de estos dioses puede consultarte: Laurette Sejourne, Religión
y pensamiento en el México Antiguo, México, F. C. E.
(3) Además de la obra
arriba mencionada, sobre el dios Huitzilopochtli, puede consultarse:
"Huitzilopochtli: el dios iracundo", en David Carrasco,
"Ciudades y símbolos. Las antiguas religiones
centroamericanas", en Historia de las ideas y creencias
religiosas, compilado por Mircea Eliade, Barcelona,
Herder, 1991.
(4) D. H. Lawrence, La
serpiente emplumada, Buenos Aires, ed. Losada, p. 469 (trad.
Carmen Gallardo de Mesa).
(5) "La ghost
dance religion profetizaba la proximidad de la regeneración
universal: entonces todos los indios, los muertos y los vivos,
serán llamados a vivir en una tierra regenerada; llegarán a esta
tierra paradisíaca volando por los aires con la ayuda de plumas
mágicas. (...) Pero el asombroso éxito popular de la ghost
dance religion se debía a la simplicidad de su técnica
mística. Para preparar la llegada del Salvador de la raza, los
miembros de la cofradía danzaban durante cuatro o cinco días
consecutivos, y caían así en trances durante los cuales veían a
los muertos y conversaban con ellos. Se danzaba en corro alrededor
de las hogueras y se cantaba, pero sin acompañamiento de tambor. El
apóstol confirmaba a los nuevos sacerdotes dándoles una pluma de
águila durante la danza. Y le bastaba tocar con una de esas plumas
a un danzarín, para que éste cayera inanimado: permanecía largo
tiempo, así, mientras que su alma se hallaba con los muertos y
conversaba con ellos", en Mircea Eliade, El chamanisno y las
técnicas arcaicas del éxtasis, México, F.C.E, pp.258-59.
(6) D. H. Lawrence, La
serpiente emplumada, op. cit., p. 474. A nivel universal,
la danza es acto ritual de aproximación a los antepasado o a los
dioses. En el caso particular de la cultura mesoamericana, de los
mayas: "El arte y la danza de los antiguos mayas comparten
temas similares pero, en el reino de la danza, los mayas pueden
combinar la dinámica de los espectáculos con la transformación
mística de los seres humanos en seres sobrenaturales, por medio del
trance visionario", en David Freidel, Linda Schele, Joy Parker,
El cosmos maya, México, Fondo de Cultura Económica, 1993,
p. 257.
(7) D. H. Lawrence, La
serpiente emplumada, op. cit., p.472.
(8) Ibid., p. 477.
(9) Ibid, p. 486.
(10) Ibid, p. 495.
(11) Ibid, p.498.
(12) D.H.
Lawrence, El amante de Lady Chatterley, Buenos Aires, Longseller,
2002 p. 227 (trad. Haydée n. Fryn).
(13) Ibid., p. 228.
(14) Ibid, p. 312.
(15) Citado en Gunter Blocker,
"D. H. Lawrence", en Líneas y perfiles..op. cit., p. 186.
(16) Citado en ibid., p. 187.
(17) Ibid., p.188.
(18) Ibid., p.189.
(19) D. H. Lawrence, La
serpiente emplumada, op. cit., p. 247.