El poeta chileno Vicente Huidobro
comienza a escribir en 1919 su libro "Altazor", en él
reflexiona sobre las consecuencias de la primera guerra mundial y la
urgencia por resignificar el mundo. Parte del creacionismo y utiliza
un registro poético-filosófico para instalar la antipoesía que se
transformará en precursora de la vanguardia latinoamericana.
Introducción
El
creer que hipnotiza a los súbditos del tiempo es corrompido en un
instante por la propia temporalidad; rupturas, descensos, caídas
que en la fugacidad de lo eterno simbolizan el puro presente que se
instala ante la impotencia e inmovilidad del hombre en su desnudez.
El crear transmuta en imperativo de la destrucción, el
aniquilamiento se convierte en antecesor del nuevo ser, que silente
se refugia bajo los rostros-máscaras de lo conocido. Es en el
bucear-lo-dado donde las olas abandonan la inercia que las aliena y
se envuelven en la voluntad del movimiento. Resurge, entonces, el
individuo autónomo que ruge con su voz nueva y modifica lo
existente con su reescenificación de la palabra, con su
resignificación poética.
Vicente
Huidobro es Altazor, Altazor es el antipoeta profético emparentado
con el visionario Zaratustra de Friedrich Nietzsche. La profecía
literaria que bordea lo filosófico, se erige como proyección de un
Yo ante el mundo, ese Otro que es contemplado y definido mediante un
abismo que la antipoesía intenta saltar, "profetas son los que
sospechan (...) buzos de la verdad y la mentira"(1).
El
escritor chileno se convierte en un arquitecto de la sospecha
desconfiando de las promesas instauradas por el presente de la
modernidad en su afán por derrocarla. Es en el "darse
prisa" donde su poesía quiebra el orden establecido de la
lógica imperante, e instala la vanguardia latinoamericana
multiplicando la aceleración temporal prometida que derivó en el
caos ocasionado por la Primera Guerra Mundial,....."ya la
Europa enterró todos sus muertos/ y un millar de lágrimas hacen
una sola cruz de nieve"(2).
La
poesía huidobriana retoma al sujeto de la poiésis encargado de
comandar el acto creacionista donde el hombre confluye con el mundo
y se realiza por y a través de él.
El
racionalismo y el modernismo de Rubén Darío o Leopoldo Lugones es
jaqueado por el movimiento de los ismos, Creacionismo, Ultraísmo,
Dadaísmo, Surrealismo, Futurismo, Cubismo y otros conviven en una
época signada por la muerte, trasfondo y recorrido de la poesía de
Huidobro. Es una década de rupturas 1920 para las artes
latinoamericanas, en Perú aparece "Trilce" (tres veces
dulce o triste y dulce o de interpretación abierta) de César
Vallejo en una pobrísima edición hecha por presidiarios, pero de
gran relevancia para la poesía internacional, asoma también en la
Argentina el martinfierrismo uniendo el elitismo con la masividad en
un rescate de la tradición reformulada y la añoranza de la ciudad
borgeana extraviada. Pero son Huidobro y Vallejo aquellos
precursores del surrealismo europeo a partir de las repercusiones de
la guerra que conlleva al ascenso de ideologías comunistas y
fascistas. El futurismo de Marinetti es, de algún modo, absorbido
por el poeta chileno en los motivos que utiliza para su
composición, pero la temática difiere sobre todo en el tratamiento
que éste confiere a la mujer.
Es
indudable que la presencia de los fenómenos sociales modernos, el
crecimiento y destrucción urbana, la tecnología dentro de un mundo
mecanizado sujeto a la velocidad, a la comunicación y al acero no
puede ser obviado por la vanguardia que impulsa Vicente Huidobro, en
su libro "Altazor" que comienza a escribir en 1919, los
cambios son eje y centro de una reflexión sobre la poesía a la que
define como "conquista del universo, (...) vocablo virgen de
todo prejuicio, el verbo creador, la palabra recién
nacida"(3).
Prefacio
El
prefacio del libro es contemplado como un alumbramiento, el
intento de escape de la nebulosa que encierra y condensa el paso de
aquél útero moderno de posguerra que erige la muerte como hábito
y la mirada que aborta, que se desvincula de aquél panorama
desolador y que en ese mismo movimiento desgarra lo dado y por las
hendijas o fisuras de la superficie inteligible entrevé "bajo
(...) los aeroplanos del calor"(4) el clima que impregna los
sentidos y refuta su presencia con "su profundo mirar de túnel
y de automóvil sentimental"(5).
Incorpora
ese nuevo lenguaje maquinal y utilitario para resemantizarlo
alrededor de la experiencia vivida y volverlo propio; es en la
absorción de la novedad donde encuentra el estallido que regará
luces sobre la oscuridad que desborda el entendimiento, y encauzará
el agua que fluye dentro del mar en el que bogará por el nacimiento
del hombre, del poeta. "Nací a los treinta y tres años, el
día de la muerte de Cristo"(6) declara Altazor celebrándose e
inaugurándose como el Anticristo nietzscheano que nada debe ya a
ese Gran Progenitor; las deudas de la humanidad ya están saldadas
con sangre, no hay culpa ni sometimiento que confisque la acción
del individuo, es tiempo de la voluntad creadora. Anuncia la segunda
caída embebida de antropocentrismo, hacedor el hombre se convierte
en el centro de Dios alterando el circular, el eje y la
interdependencia de los sistemas "Entonces oí hablar al
Creador sin nombre, que es (...) hermoso como un ombligo"(7).
Toma,
reinventa lo que le es propio, el cuerpo y la palabra; el ruido con
el que se inició la creación divina, es ahora subsuelo y forma del
universo de la poesía. Rompe y hace crujir las creencias "
ahora mi paracaídas cae de sueño en sueño por los espacios de la
muerte"(8), pero para dinamitar todos los cimientos sobre los
que se fundaron las Verdades que rechaza, sentencia su propia
muerte. Es Altazor quien interpela a Vicente Huidobro y a la
humanidad vistiéndose y desnudándose de palabras para verter la
poesía que nace del incendio: inexacta, desequilibrada y que nunca
es.
El
crujir y el crear desafiante es anuncio de lo que vendrá luego de
un prefacio enarbolado como manifiesto poético donde se establece
que "la vida es un viaje en paracaídas y no lo que tú quieras
creer"(9).
Canto
I
Comienza
el Canto I con el movimiento reflexivo que conlleva a la
angustia de la existencia, es el saberse preso y perdido tras la
libertad del hombre autónomo. Los cuestionamientos propios del
proceso emancipatorio se manifiestan como emergencia o advenimiento,
donde era ello el yo debe devenir no como cohersión, renunciamiento
o supresión, sino como fuerza volutiva. "¿Por qué un día de
repente sentiste el terror de ser?"(10) se pregunta Altazor, es
el terror de la nada, ese ser fuera del lenguaje que a su vez es ese
ser en el mundo, que percibe el abismo que se interpone entre él y
las cosas, pero también como aprehensión de esa nada existente que
lo desborda; ante la cual no hay respuesta científica posible o
placentera, sintiendo que un telescopio lo apunta como un revólver,
y donde la soledad se levanta como templo del ateísmo.
Pero
la angustia es enfrentada, la inmovilidad y la desesperanza es
contrarrestada con la acción, Altazor debe caer, caer y rondar sus
temores porque el único enemigo que puede esfumarlo con la
voracidad de un lobo es su propia moral y prejuicio. "Déjate
caer (...) sin miedo al enigma de ti mismo"(11).
Son
los deseos quienes motorizan la búsqueda de imágenes
transformadoras que no irrumpan como soldados dentro de las
fronteras del alma, hay que cantar "al caos que tiene pecho de
hombre"(12). Es en ese canto donde se redescubre el sujeto y
crea la realidad que recorta con su mirada, donde espectaculariza lo
existente y logra definirse "Soy yo Altazor el doble de mi
mismo/ el que se mira obrar y se ríe del otro frente a
frente"(13). Ese otro personificado en la escisión que lo
transporta a lo largo de su recorrido por la impotencia encarnada
contigua a la omnisciencia de quién aúna su dolor con el del mundo
y utiliza la burla como consecuencia de la tragedia; la pregunta
recae entonces sobre el creador primero de la antipoesía
regenerativa "¿Qué has hecho de mí Vicente Huidobro?"(14).
Ha hecho al profeta cuyo lenguaje también es otro frente a una
escenificación otra que debe asimilar y superar a pesar de la
angustia que le produce su deseo eterno y que manifiesta al querer
la eternidad como una paloma entre sus manos. Esa paloma comparte su
vuelo por la noche plagada de funerales de sentido donde la
consumación y el consumismo de la vida magnifican el instante.
Nacer
y caer simultáneamente rodando por la espesura de un grito
alucinado que abrirá con su expresión el silencio impuesto de la
tumba, el nuevo hombre no será producto de la reproducción que
conlleva a la fragmentación de la especie sino que emergerá del
fondo de sí mismo, de su anclaje. Pero previamente es necesario
reformular el "dolor (...) batalla y miedo de no ser"(15)
que propicia el todo con el que se homologa e identifica al
fusionarse con el sufrimiento de la naturaleza humanizada. Para
ello, preciso es que fluya lo inconsciente, "lo que se esconde
en las frías regiones de lo invisible/ o en la ardiente tempestad
de nuestro cráneo"(16); hay que prolongar la muerte comenzando
por las gramáticas del cerebro. "Altazor desconfía de las
palabras"(17), desconfía de la connotación que ellas
encierran, de su modo arbitrario de clasificar al mundo; pierden los
objetos su irracionalidad enigmática cuando el sujeto pesa, mide y
cosifica su alrededor, la alienación del mundo le pertenece y lo
devora.
Ante
la inminente orfandad que lo encuentra "bailando (...) sobre el
sepulcro de Dios"(18), Altazor transmuta en protesta, en
aullido que imana y visualiza el porvenir para que la atracción sea
la retención y conformación de un destino, proyección
intencional. "Soy protesta y araño el infinito con mis
garras"(19), es aquella eternidad como paloma la que se
mimetiza con sus manos para compartir el alado devenir donde la
queja se separa de la anécdota para encarnar la palabra.
Es
cuestionado el sentido religioso una vez experimentada la caída,
"que Dios sea Dios/ O Satán sea Dios/ O ambos sean miedo,
nocturna ignorancia"(20), la comunión y confrontación vacían
lo absoluto al sintetizarlo en temor ilógico, comparte aquí
Altazor la visión de los grandes pensadores que irrumpen en una
época para descifrar la combinación de la cerradura que esconden
los planos muros de lo dado. Cada autor utiliza una metáfora o
expresa de diferente modo igual idea fundamental, para Friedrich
Nietzsche la religión es interpretada como las muletas del débil,
en Karl Marx es el opio de los pueblos, mientras que para Sigmund
Freud es una especie de psicosis colectiva o delirio en masa; todos
ellos intentan despertar al hombre de su estado anestésico.
El
ruido, el canto de la voz lúcida, la protesta que se internaliza y
explaya para detonar en el alarido que arrasará con la esperanza
convirtiéndose en cuerpo actuante, será acallado e implorado por
fuerza natural "Silencio/ (...) La tierra acaba de alumbrar un
árbol"(21). No es el derrumbe, el perecer, sino que es el
aparecer sonoro de un árbol cual límite u horizonte entre la
muerte afianzada bajo el subsuelo terrestre de donde emergen las
raíces, su fuerza vital, el tronco corpóreo como presencia, estar
o permanencia y la copa con sus ramas entretejiendo el porvenir;
prevalece con este nacimiento la unión espacio-temporal.
Canto
II
Las
dudas existenciales, las caídas y rupturas venideras son en
el Canto II desplazadas por el reposo que subsiste al agotamiento
intelectual que encuentra asilo en el advenimiento de la mujer como
pausa ante el sufrimiento del hombre en sus tinieblas. La claridad
del descanso en la mujer "dadora de infinito"(22)
intensifica los espacios en los que se instala un suspiro oceánico.
La
mirada caótica se encauza tras los velos femeninos, sus ojos
amueblan el mundo y lo dotan de coherencia interna. "Mujer
(...) Dejas caer tus luces como el barco que pasa/ Mientras te sigue
mi canto embrujado"(23), los términos de la Ilíada se
invierten, Altazor vigoriza su canto guiado por el amor que
descubre, evidencia y armoniza su existencia con el todo. Es el
amortizamiento de la caída bíblica donde la mujer "como una
serpiente fiel y melancólica"(24) encarna la restauración
paradisíaca.
Los
pesares hallan consuelo y se relativizan, la angustia es superada,
la mirada del otro constituye al yo para hacerlo emerger desde y por
sus pasiones amorosas, la soledad es invadida por la comunión
silente como un estruendo en el reposo del alma, "Haces dudar
al tiempo/ Y al cielo con instintos de infinito/ Lejos de ti todo es
mortal/ Lanzas la agonía por la tierra humillada de noches/ Sólo
lo que piensa en ti tiene sabor a eternidad"(25). Pierden
importancia las cuestiones anteriormente consideradas emblemáticas,
el único misterio es esa mujer con la calma del universo a cuestas;
aquél "terror y miedo de no ser"(26) es ahora latente y
lo que se manifiesta es que "Detrás (...) –de la mujer
amada- la vida siente miedo"(27). Es esa mujer idealizada y
real , es un camino pero también es una huella a ser transitada y
contemplada "Ajena a toda red y estratagema"(28).
Es
en el amor como aplacamiento o furtiva escapatoria al sufrimiento y
la renuncia donde la enfermedad individual es sanada y "Borra
(...) en el alma adormecida/ La amargura de ser vivo"(29); es
el cautiverio del dolor ya mitigado. El bals hipnótico de una
atracción danzante que abrasa y acaricia la espalda de la espera
ensimismada; la mujer es ruido presente y el silencio de su mirada.
Termina
el Canto II con una pregunta..."Si tú murieras/ (...) ¿Qué
sería del universo?"(30), quizás confusión sin retorno y
espanto reflejo.
Canto
III
Como
la calma que antecede a la tormenta, el Canto III apresura el
desmoronamiento, el imperativo es Romper, desligarse de "las
ligaduras de las venas"(31) para darse a la vida en desmesura,
sin ataduras conceptuales o espaciales. La visión debe mutar en
previsión y al mismo tiempo sospecha porque "el avión trae un
lenguaje diferente/ para la boca de los cielos de siempre"(32);
lo inconsciente transfigura lo real y lo real es inerte paisajismo
que amplifica el léxico con su afán de novedad y lo modifica pese
a nuestra resistencia.
Hay
que romper con las "cadenas de miradas -que- nos atan a la
tierra"(33), los sujetos deben auto-auxiliarse y no
interceptarse en un mutuo sometimiento para luego, a partir de su
independencia poder observar más allá de lo heterónomo porque
"Mañana el campo/ Seguirá los galopes del caballo"(34) y
el ello ya no tendrá jinete que refrene su impulso, la naturaleza
(incluido el hombre) cabalgará con su propia energía.
Hay
que romper porque el cambio es la premisa esencial del tiempo,
"Porque todo es como es en cada ojo"(35) y la
construcción de lo real es propia de cada individuo, no un ente
abstracto fetichizado. Se debe triturar lo estatuido, propone
reinventar al poeta desacralizando la poesía estática y el rol del
escritor cual "(...) mago que apaga y enciende/ Palabras
estelares"(36); la fusión con el mundo y el enaltecimiento de
lo cotidiano son la médula de la antipoesía basada en la creación
de imágenes en las que se unen universos lógicos separados que
rozan el surrealismo, para "Bogar en incendios como en
mares"(37).
En
la oposición la búsqueda nace del conflicto que otorga propulsión
a la actividad frente "(...) al poeta que nos tiene
saturados"(38). Por su observar edulcorado "Agoniza el
último poeta"(39) y Altazor asiste al "(...) entierro de
la poesía"(40). El funeral se gesta como un rito de
resurrección, pese a la muerte de las lenguas, la inmovilidad
sería enmudecer dentro de una tragedia festiva. "Hay que
resucitar las lenguas/ Con sonoras risas/ Con vagones de
carcajadas"(41), el humor irónico trasluce cuál es la postura
ante la momificación y glorificación de la palabra exhalada como
último deseo del mártir.
Hay
que matar al poeta, no al hombre de la niñez infinita en su
vientre, "(...) puesto que debemos vivir y no nos suicidamos/
Mientras vivamos juguemos"(42) para dar inicio a la ceremonia
carnavalesca que tiene como centro al nuevo hombre que habla con la
voz del mundo. Los vocablos deben ser utilizados como los artilugios
del malabarista, "Las palabras tienen demasiada
carga"(43), la levedad debe ser inspirada para flotar en
sueños gramaticales con alas de tinta en el paladar y sabor a
plumas en los brazos.
El
peso fallece en la sombra que titila hasta iluminar el suelo en el
"Total desprendimiento al fin de voz de carne (...)/ Después
nada nada/ Rumor aliento de frase sin palabra"(44) y la salida
de lo uno a la existencia.
Canto
IV
El
Canto IV comienza signado por la velocidad, la voracidad en
la que el hombre deglute sus edades, "No hay tiempo que perder/
(...)Porque se escurre entre los dedos"(45), las horas
arrasadoras van ajando las pieles con la crueldad que fosiliza y
deja absorto al rostro en una lucha cuerpo a cuerpo en la que
Altazor mide lo eterno.
Retoma
la ambigüedad del ojo fisiológico para otorgarle a la percepción
un sentido fundacional aunque el cuestionamiento sería si el ojo se
funde en las cosas y en ese movimiento las realiza o si nombra a
aquellas que existen independientemente del observador. Pero ese ojo
también es desbordado por lo espacial y el horizonte de lo posible
es el que se ciñe al andar; "Más allá del último horizonte/
Se verá lo que hay que ver"(46) tal vez esa muerte sin
cadáver imperceptiblemente encarnada en nuestra contingencia.
Posee
una cosmovisión de lo simultáneo, los actos tienen consecuencias o
retumban sobre centros y periferias insospechadas, remotas, así
como sobre lo natural; exaltando la postura cíclica se pregunta:
"¿Quiénes se están muriendo y quiénes nacen/ Mientras mi
pluma corre en el papel?"(47). Siente la responsabilidad del
mundo en su huella, entonces debe apresurarse y en ese "darse
prisa" ensaya una escritura automática que pareciera una burla
a la poesía bretoniana "Préstame mujer tus ojos de verano/ Yo
amo las nubes salpicadas cuando el otoño sigue la carreta del
asno"(48).
De
la clausura debe nacer el hombre de la voluntad propia que a partir
de su anclaje en sí y en el mundo modifique la pereza acuciante de
la noche. Decidirse, hacer y ser para transformar lo dado en lo
deseado porque "(...) la indecisión (...) Es un presente de
las crueldades"(49).
Altazor
transita lo lúdico para resignificar el entorno, crea neologismos a
partir de palabras compuestas en las que destruye el significado y
realza el puro significante, "Al horitaña de la montazonte/ La
violondrina y el goloncelo"(50). Como hacedor de su propio
destino conjuntamente al de la humanidad, se opone a la
mercantilización y empobrecimiento del encanto del mundo,
"(...) sólo digo/ Que no compro estrellas en la nochería/ Y
tampoco olas nuevas en la marería"(51).
Altazor
no pierde el asombro, el cosquilleo de la sorpresa que provoca un
salto en el ritmo cotidiano, como en el baile de la poesía. De una
vez por todas hay que despedir a Dios para cruzar la puerta de la
minoría de edad que se interpone como la cárcel del cuerpo y su
gesto expresivo. Pero es el árbol el que "tiene miedo de
alejarse demasiado"(52) de la tierra, de su muerte, de su
esqueleto; el temor como instante previo a la acción y no como
encapsulamiento o adormecimiento de las ganas.
Hay
que "darse prisa" para rotar los desastres de la guerra,
"Nunca el cielo tuvo tantos caminos"(53), la tecnología
que usurpó lo celeste, el primer ataque aéreo de la historia debe
ser combatido con las armas de la experiencia y el lenguaje, y para
ello "No hay tiempo que perder"(54).
Canto
V
Al
finalizar el Canto IV hiperboliza el sentido lúdico en un balbuceo,
pero antes de profundizar en esta tópica prepara al lector en el
Canto V, le avisa que hay una instancia previa y una posterior.
"Aquí comienza el campo inexplorado"(55) e incita a dudar
a Vicente Huidobro de sus propias percepciones y recuerdos, le dice
que todavía no logró abarcar la totalidad del universo con sus
secretos narrados desde la profundidad de su resistencia.
Emanciparse
no implica el acaparamiento de edades como metas, el fin se
encuentra anidado en la infancia a la que hay que retornar como
fuente placentera; "El niño está quedándose
huérfano"(56), es el padre que vuelve a la niñez que lo
gobierna. "Creceré creceré cuando crezca la ciudad/ Cuando o
peces se hayan bebido todo el mar/ Los días pasados son caparazones
de tortuga/ Ahora tengo barcos en la memoria/ Y los barcos se
acercan día a día"(57), Altazor crecerá y morirá cuando ya
nada viva.
El
amor se anuncia como la fusión que rejuvenecerá al espíritu del
cosmos, será una escapatoria de la muerte o el sabor de la
eternidad en un roce, prevalece la idea platónica del amor y la
mitología del andrógino en su búsqueda de plenitud. Pero es el
cientificismo el que cisma un sistema de creencias y produce un
desfasaje eclipsando el futuro del "(...) cometa que debía
nacer de un telescopio y una hortensia/ Que se creyó mirar y era
mirado"(58), el hombre se concientiza de su estar sólo
intrascendente atrapado en una existencia contra su voluntad y que
culminará de igual modo; es el llevar las muertes en el cuerpo.
El
poeta abre la tumba y siembra en el cementerio rosas como puñales
de irresistible tacto e induce a una apertura de "los ojos más
grandes que el espacio que cabe en ellos"(59) para cicatrizar
el abismo, la falta, con un grito mesiánico. Se abre la tumba y
nace la poesía de la muerte del poeta, el espectador se
metamorfosea en actor y la escenificación onírica se esparce por
la tierra para representar comedias sin máscaras. Se calza el
rostro de un niño que ríe de la solemnidad del signo y opta por la
sencillez del juego que invierte las jerarquías y que se sitúa
como temporalidad paralela; "Jugamos fuera del tiempo/ Y juego
con nosotros el molino del viento/ Molino de aliento/ Molino de
cuento/ Molino de intento/ Molino de aumento"(60), en la
repetición descubre la absurdidad hasta vaciar de sentido al
significado.
Relativiza
al conocimiento que se lleva a cabo por medio de la razón lógica,
al demostrar que la comunicación con el mundo se efectúa a través
de un lenguaje arbitrario. "No creas (...)/ Profetiza (...)
mientras bailamos sobre el azar de la risa"(61).
Una
vez destruido el significado es menester que la imaginación tome el
poder y el significante se instale para luego convertirlo en
música, "La carabantantina/ La carabantantú"(62). La
carcajada que invade el vacío clama por la irracionalidad inmediata
y el solipsismo es emplazado por la dilución y fusión en los
objetos subjetivados.
Cuando
culmina el Canto V Altazor está de pie como el árbol que
interconecta los mundos tangibles con los abstractos, "El cielo
está esperando un aeroplano/ Y yo oigo la risa de los muertos
debajo de la tierra"(63).
Canto
VI y VII
El
Canto VI es la triplicación de un juego que tiene como
partícipes a aquellos muertos de voz subterránea en el renacer de
un lenguaje que Altazor percibe y traduce vivificado, a través de
su propio cuerpo como ventrílocuo o médium que se presta y
compromete con su palabra carente de coherencia sintáctica, como si
fuera un mensaje a descifrar en el que abundan las elipsis, pero sin
resignar la musicalidad "Ola Ola el ladino si ladino/ Pide
ojos/ Tengo nácar/ En la seda cristal nube"(64).
Comienza
el verdadero descenso para ocasionar en el Canto siguiente y
último, la segunda gran caída de la humanidad donde el balbuceo
desplaza a la palabra que desarticulada netamente se transforma en
sonido puro, "Ululayu/ lulayu/ ayu/ yu"(65). El retorno
del viaje emprendido, la odisea consumada reinicia el ciclo del
lenguaje poético como el cuerpo de un nuevo ser en el mundo.
La
urgencia de la fractura, el ansia de nuevos senderos en los que el
hombre total y genérico se inscriba a partir de su voz y
transfigure lo real, se realiza con la descomposición y autopsia de
la capa que recubre lo visible. Es entonces lo fantasmagórico lo
que nutre la experiencia y alimenta a la imaginación palpable.
Altazor
es Vicente Huidobro. "Aquí yace Altazor, azor fulminado por la
altura/ Aquí yace Vicente antipoeta y mago"(66).
Citas:
(1)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 37 p.p.
(2)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 21 p.p.
(3)Revista
Iberoamericana, números 118-119, enero-junio, 1982, Klaus Muller-Bergh,
El hombre y la técnica.
(4)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 9 p.p.
(5)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 9 p.p.
(6)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 9 p.p.
(7)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 10 p.p.
(8)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 9 p.p.
(9)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 14 p.p.
(10)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 17 p.p.
(11)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 18 p.p.
(12)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 23 p.p.
(13)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 22 p.p.
(14)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 25 p.p.
(15)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 26 p.p.
(16)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 28 p.p.
(17)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 40 p.p.
(18)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 31 p.p.
(19)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 32 p.p.
(20)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 33 p.p.
(21)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 44 p.p.
(22)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 45 p.p.
(23)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 45 p.p.
(24)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 45 p.p.
(25)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997;47 p.p.
(26)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 17 p.p.
(27)
Vicente Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 49
p.p.
(28)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 49 p.p.
(29)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 49 p.p.
(30)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 52 p.p.
(31)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 53 p.p.
(32)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 53 p.p.
(33)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 54 p.p.
(34)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 54 p.p.
(35)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 55 p.p.
(36)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 55 p.p.
(37)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997;57 p.p.
(38)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 56 p.p
(39)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 58 p.p.
(40)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 58 p.p.
(41)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 58 p.p.
(42)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 59 p.p.
(43)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 59 p.p.
(44)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 60 p.p.
(45)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 61 p.p.
(46)Vicente
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(47)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 64 p.p.
(48)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 65 p.p.
(49)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 66 p.p.
(50)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 68 p.p.
(51)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 70 p.p.
(52)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 71 p.p.
(53)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 73 p.p.
(54)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 61 p.p.
(55)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 75 p.p.
(56)Vicente
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(57)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 78 p.p.
(58)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 79 p.p.
(59)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 81 p.p.
(60)Vicente
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(61)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 93 p.p.
(62)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 93 p.p.
(63)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 99 p.p.
(64)Vicente
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(65)Vicente
Huidobro, Altazor, Editorial Universitaria, Chile, 1997; 110 p.p.
(66)Vicente
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