Sus
dos últimos trabajos, sin embargo, son raramente citados o
estudiados en la actualidad.
Su
única novela y un sorprendente texto que conjuga los
conocimientos actuales sobre deriva continental y un profundo
análisis psicosociológico, los dos trabajos olvidados del
educador español, son el objeto del presente estudio.
Trazas
de la centella
fue escrita en Buenos Aires entre mediados de 1986 y principios de
1987, y publicada en la misma ciudad en febrero de 1988.
El
autor, de 68 años, residía en esta ciudad luego de un largo
periplo por el interior de la Argentina, especialmente el Litoral,
la Patagonia y el interior de la Provincia de Buenos Aires.
Es,
según algunos, el único texto fantástico de Hartzenbusch Lee, y
una novela que, si bien claramente emparentada con el realismo
mágico latinoamericano, contiene elementos, en ciertos aspectos,
muy adentrados en el campo de la ciencia ficción.
La
acción de Trazas... se desarrolla en un pueblo ficticio
del norte argentino, Urpillay, apenas una aldea de 400 habitantes.
Hartzenbusch delinea cuidadosamente las personalidades y las
características de cada uno de los personajes, para terminar
centrándose en una familia de ricos terratenientes, los Varela.
Albino
Varela, el abuelo, había fundado, muchos años atrás, un ingenio
azucarero que le había reportado su fortuna y, al tiempo en que
transcurre la historia, una especie de benévolo control
semifeudal sobre la zona y sus habitantes. Casi todos los hombres
y mujeres hábiles de Urpillay trabajan en la cosecha de la caña
de azúcar o en la planta elaboradora propiedad de Albino, y éste
se comporta como una especie de patriarca, celebrado por todos y
consultado acerca de los mínimos problemas y las más pequeñas
disputas que en el pueblo se sucitan:
"Su
larga barba le otorgaba aspecto de Noé: los breeches,
las botas lustrosas, relumbrantes y el apero con guardamontes
hacían, en la mente de los paisanos, renacer la imagen de don
Martín Güemes y sus montoneros. Hablaba con voz
pausada pero teñida de autoridad: sus frases eran breves y
concisas. Nadie recordaba nunca haberle oído alzar la voz,
pero tampoco guardaba nadie el recuerdo de que don Albino
hubiese dejado un entredicho sin resolver ni de que hubiese
delegado su autoridad en otro. Jamás hubo "el
patrón" mandado llamar al comisario para resolver un
problema de abigeato, ni pedido por el veterinario ante el
parto complicado de una yegua. Allí estaba él, y con eso
bastaba y siempre había bastado".
Trazas
de la centella, capítulo 3
Don
Albino Varela y su hija, María Luisa, ocupan una casa en el
centro del pueblo de Urpillay. El esposo de María Luisa, Juan
Manuel, es uno de los jefes de la fábrica de azúcar. Paloma,
niña de siete años, es la hija del joven matrimonio.
Hay
un juego de palabras entre el nombre de la pequeña y el del
pueblo: "urpillay" es un vocablo quichua que significa
"palomar", de origen obviamente onomatopéyico, y la
niña es el ave que habita el palomar que sus mayores han
construido para ella. Hay aún un segundo nivel de lectura entre
la comunidad de nombres entre protagonista y localización: en
sentido figurado, los incas denominaban "urpillay" al
"nido de amor" de dos amantes, el sitio oculto y
refrescante, aislado del ruido del mundo, donde solazarse en la
mutua compañía. Paloma ama a su pueblo y a la gente que lo
habita, adorando en particular al abuelo Albino. Vive su romance
con el paisaje, el húmedo aire, el cielo azul y el verdor
esmeraldino de los cañaverales como en una habitación cerrada, y
su conocimiento de las personas, los lugares y las costumbres son
superiores a los de cualquiera, excepto los de su abuelo. Paloma
expresa con frecuencia esta devoción:
"—Vas
a estudiar en Buenos Aires, m’hijta. Vas a ser maestra, y
luego volverás aquí para atender a tus changuitos.
—No
necesito irme, papito —respondió Paloma—. ¿Qué pueden
enseñarme en ese sitio? Conozco a todos los niños de
Urpillay, sé dónde les aprietan los zapatos, quiénes son
sus padres, lo que les falta y lo que ellos desean. Esos
niños tendrán hijos, y esos hijos serán mis alumnos. Puedo
estudiar en Tucumán o en Córdoba, donde las gentes son como
aquí. ¿Por qué he de irme tan, tan lejos...?"
Capítulo
2
Se
desatan dos conflictos en forma simultánea: unos forasteros
aparecen en Urpillay y la niña se enferma.
Los
hombres que buscan y encuentran a don Albino Varela son unos
contadores y abogados, empleados de una gran firma jurídica
porteña. Ofrecen una gran cantidad de dinero a Varela por su
emprendimiento rural, por su ingenio, sus cañas y sus campos.
Ante la negativa de vender, comienzan a presionar con ofertas cada
vez más altas. No se explica hasta el final el desmedido interés
de ellos por los campos del abuelo —que incluyen el propio
éjido del pueblo—, pero sus deseos de comprar y conseguir que
los Varela abandonen el establecimiento que los ha albergado
durante décadas desata la tristeza y la desesperación en la
niña y, acaso, la enfermedad "psiquiátrica" que
comienza a devorarla. Lee utiliza la presencia de los abogados
como una aparición ominosa, una intrusión oscura que amenaza,
por primera vez, el mundo ordenado y equilibrado en que la niña
ha vivido toda su vida.
Al
mismo tiempo, Paloma comienza a soñar: sueña que una centella,
un meteorito o acaso un gran asteroide está a punto de borrar a
Urpillay de la faz de la tierra.
"Cruzó
el arroyo por su puente de piedras sumergidas y salió al
claro que daba al camino. Debía llegar al pueblo y a la casa
antes que Pirovano. Sus piernas quisieron echar a correr, pero
algo la detuvo. Paloma se quedó quieta, detenida a pocos
pasos de la margen izquierda del arroyo, y su respiración se
volvió débil y entrecortada, superficial. Las manitas
cayeron a los lados, sin retorcer los bordes del vestido como
cuando tenía miedo o estaba preocupada. Los dedos se abrieron
y relajaron, y los ojos de la niña se dilataron como platos,
clavados en el vacío. Todo movimiento cesó.
Entonces
vio. Paloma vio.
La
curva de la huella era la misma; el saliente del cañaveral al
norte, vigoroso y exhuberante, era el mismo. Era Urpillay, y
era su pueblo, y era su huella y era su arroyo. El sol
relucía, violento y feroz, en un mediodía radiante de
verano. El agua reflejaba el brillo, y el silencio sólo era
roto por el canto de los insectos.
Y
el silbido.
Una
especie de sonido átono, un grito hueco, un aullido creciente
que partía la tarde como un martillo golpeando el cristal.
Paloma
miró hacia arriba, y la centella colgaba sobre el mundo, una
estrella arrojada sobre la tierra, un ángel caído,
flamígero, llameante, espantoso.
Y
la centella era tan brillante que oscurecía al propio sol del
mediodía, y, aunque estaba tan lejos que parecía inmóvil,
de algún modo Paloma sabía que se movía, que corría
desbocada, que se estaba abalanzando sobre el mundo, y que su
blanco era ella, que el blanco eran el cañaveral y el camino
y el arroyo y el abuelo y Urpillay, que el destino de la
estrella era caer sobre ellos, imperturbable, en un trayecto
inmutable que borraría la aldea del mundo y a ellos con ella.
La
centella venía, y nadie podía detenerla. Ni siquiera Dios.
Ni siquiera Paloma".
Capítulo
11
Las
visiones de la próxima caída del meteorito comienzan a
repetirse, y los trances fríos se llevan a la niña cada vez con
más frecuencia. La desesperación de sus padres, que ven en estos
alejamientos una grave enfermedad los empuja a consultar médicos,
psicólogos y psiquiatras infantiles que no encuentran en Paloma
signos clínicos de patologías físicas ni mentales.
Pero
ella sigue alejándose, en estos accesos de visiones
cuasimísticas que la ponen en otro plano lejano, más allá del
alcance de sus padres, sus abuelos y el resto de Urpillay.
Ella
ve el momento del impacto, presencia una y otra vez, de noche y de
día, dormida y despierta, el impacto de la centella contra su
pueblo, contra ese mundo que representa todo lo que ella es y ama.
Ve
el choque, el cataclismo, el monstruoso cráter ya las colinas
arrugadas, concéntricas, formadas por la energía del impacto, ve
a su pueblo desintegrado, volatilizado, y los pavorosos incendios
subsiguientes que convierten la caña, savia, vida y motor de los
habitantes de Urpillay, en cenizas, carbón y poco más.
Los
forasteros, entretanto, luchan con Albino por la propiedad de sus
fincas, y, hacia el final de la novela, consiguen convencerlo
mediante una oferta de dinero que él no será capaz de rechazar.
Es
que en cierta zona de Urpillay, la aerofotografía ha detectado
ingentes depósitos minerales no descubiertos hasta entonces, y
una gran compañía minera ha decidido adueñarse de ellos a
cualquier costo.
Los
Varela venden, por fin, su propiedad, y deciden emigrar a
Tucumán.
Mientras
abandonan el pueblo, la centella cae y sólo Paloma sobrevive a
este nuevo Armageddon.
A
caballo entre la novela rural de costumbres, el realismo mágico,
la fantasía y la ciencia ficción, Trazas de la centella
posee el doble atractivo de su fascinante protagonista infantil y
de la desesperada lucha que en Paloma produce la certeza de que va
a perder su lugar en el mundo. Si no quitan a su abuelo su
Urpillay, Dios lo hará.
Sabe
que la permanencia es imposible, y este conocimiento definitivo
opera en la pequeña el tránsito hacia la madurez. Va a perder su
pueblo, de un modo u otro, y ello la hará adulta sin discusiones
ni contradicciones.
Esta
asociación "pueblo natal-infancia" es un reflejo de la
mentalidad inmigrante del autor que, si bien perfectamente
adaptado a la vida, la geografía y las costumbres argentinas
desde 1941, nunca dejó de añorar a su aldea española y a su
gente, asfixiadas por la gran Guerra Civil que Lee había
presenciado.
Trazas
de la centella
fue publicada casi sin promoción, en una tirada de un escaso
millar de ejemplares, tardó cinco años en agotarse y nunca fue
reeditada.
Weggener,
America and the introspective sight,
el más extenso de todos los trabajos publicados por Lee excepto
su Didáctica, presenta, curiosamente, un error
ortográfico en el nombre de Alfred Wegener, el geólogo y
meteorólogo alemán considerado padre de las teorías de la
deriva continental y de la tectónica de placas.
El
ensayo de Lee fue publicado en Canadá en dos versiones: en forma
condensada en el diario "The Globe" y, más tarde, en
forma de libro en 1990, convirtiéndose de este modo en la última
obra del autor, cuatro años escasos antes de su muerte. Al tiempo
de publicar la versión más breve, Hartzenbusch hizo de la misma
una versión castellana, que es la que se cita.
Wegener
(1880-1930), desarrolló el concepto de que los continentes son
islas a la deriva, flotando sobre un amplio océano de magma, y de
que se están separando lentamente unos de otros, condensando su
teoría en el libro "El origen de los continentes y los
océanos" (1915). El geólogo austríaco Eduard Suess
(1831-1914) había predicho ya que todas las masas terrestres
habían estado unidas en un pasado remoto, formando un continente
continuo. El trabajo de Suess ("La faz de la Tierra",
1909) sentó las bases del trabajo de Wegener y de toda la
geología estructural posterior.
Hartzenbusch
Lee llama la atención, en Weggener, America... acerca
del increíble hecho de que las teorías de Suess y Wegener,
correctas en todos sus puntos como se demostraría más adelante,
fueron elaboradas en una época en que la ciencia no disponía de
medios tecnológicos para comprobarlas experimentalmente. Postula
entonces que el acto de imaginar una teoría correcta pero
indemostrable en ese momento en particular depende de un acto
creativo, totalmente intrínseco al científico, que Lee bautiza
como "visión introspectiva" (la introspective sight del
título).
Lo
interesante aquí es la afirmación de Hartzenbusch de que el
paradigma actual de la geología moderna, la tectónica de placas,
derivó de un acto íntimo de los autores de la teoría, una
especulación o análisis interno, de una mirada hacia sí mismos
más que hacia la realidad del mundo físico:
"Al
descubrir la teoría de geosinclinales, Hall no estaba
observando al externum; no importaba en verdad el ancho
de los sedimentos depositados en las montañas de la Tierra en
comparación al escaso espesor sedimentario de las zonas
continentales interiores. El geólogo neoyorquino, en
realidad, estaba recordando sus viajes de infancia por las
Catskills y el interior del Estado de Nueva York. No miró a
los Himalayas para compararlos con la llanura aluvial del
Ganges: su visión introspectiva, como él mismo ha
reconocido, lo llevó al campo de sus padres, a visualizar la
diferencia de profundidad en los pozos del llano y la ímproba
dificultad de obtener agua de un pozo de los terrenos más
elevados. Todo esto estaba guardado en el interior de sus
recuerdos antiguos, y sólo podía salir a la luz mirando
hacia sí mismo, no hacia los mapas y los libros".
Weggener,
America and the introspective sight
De
acuerdo con la teoría de Hartzenbusch Lee, todos los
conocimientos desarrollados antes de que la tecnología
científica pueda comprobarlos dependen de esta misma "mirada
interna". Muchas consecuencias de la mismísima Teoría de la
Relatividad einsteniana fueron predichas mediante ella, como la
curvatura del espacio en las cercanías de grandes masas
gravitacionales, que fue demostrada experimentalmente muchos años
después, en las recordadas expediciones astronómicas al
hemisferio austral de 1919 y 1922. Sin embargo, la mirada interna
de Einstein no se había equivocado en absoluto al explicar en
1905 lo que los astrónomos descubrirían más tarde.
Lee
afirma que si Einstein hubiese intentado medir experimentalmente
los efectos y consecuencia de la Relatividad Especial en 1902
hubiese fracasado porque los medios técnicos necesarios no
existían aún. Sin embargo, el físico cambió intuitivamente a
la "mirada introspectiva" y alcanzó el éxito. El
propio Einstein explicó que sus especulaciones teóricas acerca
de la relatividad habían comenzado con la búsqueda de una
respuesta personal a la pregunta: "¿Cómo vería yo
el Universo si yo viajase sentado en un rayo de luz?".
De
la teoría de la visión interna, Hartzenbusch Lee deriva otras
interesantes conclusiones y genera un modelo sociológico que
afirma que los pueblos dotados de una mayor capacidad autovisual
disfrutan de ventajas comparativas en relación a aquellos que no
la poseen o la ejercitan en menor grado. Explica de esta forma la
supervivencia de las tradiciones y culturas de pueblos antiguos
como los hebreos bíblicos frente a la extinción y desaparición
de medos, asirios y caldeos. Expresa en su ensayo que los pueblos
semíticos no hebreos no eran dados a la mirada interna —lo que
se demuestra por ausencia de documentos sobre su propia historia,
sus sociedades y su misma vida cotidiana—, mientras que el
judío siempre prefirió estudiarse a sí mismo, a su tierra y a
su Dios antes que invertir sus energías en la conquista y la
rapiña, la guerra y la construcción de imperios.
Dos
textos muy dispares en forma y contenido pero sumamente
interesantes en orden a reconstruir el pensamiento, la
personalidad y las creencias de un autor que sólo es recordado
por sus poesías y su contribución a la pedagogía.
Hartzenbusch
Lee asoma, en nuestra opinión, como mucho más que un poeta y un
pedagogo: es una figura compleja y multidimensional, un pensador
de intención filosófica y un agudo observador de la realidad del
tiempo que le tocó habitar.
BIBLIOGRAFÍA:
-
Funes,
Claudio C.:
"Hartzenbusch Lee: una bibliografía", 2003, en
"Riojanos ilustres", http://www.valvanera.com/riojanos/arturo1.htm.
-
Kerr,
Mónica H. de:
"Compromiso y voz: los poetas argentinos en la lista
negra", Ediciones Liberación, Mar del Plata, 1973.
-
Lee
y Arriazu, Hartzenbusch:
"La mirada interna" (versión condensada de 5),
traducida al castellano por el autor), inédita.
-
Lee
y Arriazu, Hartzenbusch: "Trazas
de la centella" (novela), Ediciones Petrel, Buenos Aires,
1988.
-
Lee
y Arriazu, Hartzenbusch:
"Weggener, America and the introspective sight"
(ensayo), The Globe Publications, Ontario, 1990.