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LA
CARCAJADA EN LA ABADÍA
El
nombre de la rosa y aproximaciones a una filosofía de la risa
Por
Esteban Ierardo
En
El nombre de la rosa se construye una trama policíaca en
torno a una serie de crímenes en una abadía medieval. En la
célebre novela de Eco los hechos transcurren en 1327. Los
homicidios se relacionan con la peligrosa existencia del segundo
libro de la Poética de Aristóteles, dedicado a la comedia y
la risa, y oculto en la biblioteca-laberinto dentro del edificio
eclesiástico. Jorge de Burgos protege ese secreto. Guillermo de
Baskerville revela el enigma. Pero el centro del conflicto es la
amenaza de la risa... Una realidad humana fundamental, de naturaleza
polisémica, de múltiples efectos o significaciones. Aquí
exploramos algunas de las ideas o experiencias centrales de la obra
del semiólogo italiano en relación con el universo medieval. Pero
siempre con el propósito principal de meditar finalmente sobre la
risa y sus posibles poderes liberadores de la ilusión.
E.I
LA
CARCAJADA EN LA ABADÍA
El
nombre de la rosa y aproximaciones a una filosofía de la risa
Por
Esteban Ierardo
Primer movimiento
I
La llegada del
franciscano
El viento envuelve la
abadía. Gritos y misterios rasguñan los muros. El monje
franciscano y su novicio divisan el edificio que se recorta bajo un cielo melancólico. El motivo más inmediato de la
visita es un crimen. Guillermo de Baskerville recibe el
encargo del abad de resolver la intriga. La clave policíaca, la
trama detectivesca de una suerte de thriller medieval con
reminiscencias de Sherlock Holmes. Esta es la lectura más usual de
El nombre de la rosa, la notable novela de Umberto Eco. Esta
variable es especialmente enfatizada en su adaptación
cinematográfica por el director francés Jean Jacques Annaud (1).
Pero el texto
novelesco de Eco es un manantial de ideas y
experiencias centrales del medioevo. Las invocaciones medievales
giran en torno a una experiencia central: un libro de Aristóteles
sobre la risa (el segundo libro de la Poética), y el temor
de un viejo monje, Jorge de Burgos, a la estridencia de las
carcajadas. El hombre no debe reír porque, de hacerlo, su rostro
asume el aspecto grotesco de un mono, y su alma pierde el temor a
Dios.
Mas son otros los
motivos que alega Jorge de Burgos para prohibir o extirpar la risa.
En una discusión final con el anciano
ciego,
Guillermo de Baskerville hará su propia defensa del júbilo sonriente. Y la risa como
experiencia humana puede impulsarnos hacia una sospecha: la
risa como remisión a un principio creador del mundo, a la fuerza
del sonido, de la vibración o del gesto, como fuente de la
aparición y expansión del devenir. La risa como liberación de la
alegría des-represiva, y como fuerza participante en la misteriosa
creación del espacio y
el tiempo. A esta estribación llegaremos al
final, en un segundo movimiento, luego de una previa exploración
(que elude la trama policial) de varios pliegos-ideas, núcleos de
pensamiento, de la historia medieval imaginada por un
intelectual de Bolonia. Y que es narrada, en forma de memorias, por
Adso de Melk, el novicio que acompaña a Guillermo dentro de
tinieblas, laberintos, y luces lejanas...
II
La mirada y la
naturaleza
Guillermo de
Baskerville respira en la Edad Media fascinada por lo sobrenatural y
el mal. Allí, Guillermo es el ojo que vuelve a enamorarse de la
fragancia de lo empírico, de los detalles particulares, del mundo como un libro de huellas a descifrar.
Baskerville es
franciscano. San Francisco, fundador de su orden, es la caricia sobre el sensual espíritu de la materia. San Francisco
canta al sol, a la luna, al viento, al fuego. Le canta como
hermanos. Ríe y rueda desnudo sobre la nieve. Le predica a los
pájaros. En la materialidad del mundo encuentra lo
divino susurrando llamados y secretos. Dios no se avergüenza de su
cuerpo hecho de rocas, agua o luz. Lo particular e individual es
expresión de sacralidad. Por eso, la intelectualidad franciscana
(que hereda el modo de vida simple y la estima de lo sensorial de
su fundador) piensa desde la naturaleza. Pero no desde sus grandes
leyes generales, sino desde la potencia de las particularidades. Lo
individual y físico es más verdadero que lo general y abstracto.
Roger Bacon, inglés y franciscano como Guillermo, autor del Opus
Maius, planta las semillas del método experimental. Pondera el
acto del ver como vía legitima de conocimiento. Y Guillermo de Occam,
amigo de Baskerville (con el que sostiene conversaciones en Oxford)
construye parte de los pilares más sólidos de la filosofía
nominalista medieval (2).
El nominalismo
predispone a un pensar desde huellas e indicios en el cuerpo universal del
mundo. Guillermo demuestra esa dinámica del pensamiento cuando
colabora en la recuperación del caballo Brunello. El caballo se ha
extraviado. Los monjes, encabezados por el cillero Remigio da
Varagine, lo buscan. Guillermo observa la tierra alfombrada por la
nieve. Descubre huellas. Escruta el entorno. Y deduce el lugar donde
se encuentra el animal perdido.
La amistad con la
fisicidad del mundo se expresa también en Guillermo al exaltar la
luz. Lo divino se expresa por lo luminoso: "Dios
sentido como luz, en los rayos del sol, en las imágenes de los
espejos, en la difusión de los colores sobre las partes de la
materia ordenada, en los reflejos de la luz sobre las hojas húmedas…No
creo que este tipo de amor pueda encerrar amenaza alguna. En cambio,
desconfío de un amor que traslada al diálogo con el Altísimo los
estremecimientos que se sienten en los contactos de la carne"
(3). Una defensa velada del erotismo, de una carne
reconciliada con lo divino que vive en los senos o las
sinuosidades de una mujer. Por eso, Ubertino (otro franciscano, al
que luego nos referiremos) lo reprime. Le pide que
no blasfeme. Pero la dignidad de lo sensorial subsiste en Guillermo;
por lo menos como parte de la aventura del conocimiento. La
particularidad sensible y palpable de los elementos, las señales
aderezadas a la materia, los reflejos de luz visible, acaloran la
retina, para orientar luego la mirada hacia una cumbre invisible...
III
Disturbios franciscanos
Los franciscanos
renuevan el cristianismo medieval. Y también, aun en contra de su
voluntad, ofuscan al alto clero, a los sacerdotes
acomodados. La prédica por la simplicidad y la pobreza incomoda. La vida austera de los mejores franciscanos errantes y
mendicantes, demuestra la posibilidad de la vida cristiana
originaria, del cristianismo evangélico del comienzo: renuncia a la
propiedad privada, sentimiento de comunidad, misticismo nómada,
libre de toda atadura con un poder centralizado. La iglesia se ve así amenazada.
La Inquisición, y los múltiples medios de presión eclesial, son
desplegados para cercar a los franciscanos. Así, muchos seguidores de Francisco son
quemados en las hogueras, para la buena salud del
establishment eclesiástico...
Los franciscanos
socavan la iglesia enamorada de las riquezas materiales. Su empecinamiento en recordar que ni los apóstoles ni
Cristo detentaron propiedad alguna, ni a titulo individual ni colectivo, irrita a los dueños del púlpito. La vida franciscana es
herejía. Así lo afirma Bonifacio VIII. Pero entonces: "… ¿cómo
puede un Papa considerar perversa la idea de que Cristo fue
pobre?". La disonancia de la iglesia con la
austera vida de Cristo debilita a la institución papal en su
posición ante el emperador. Pero los franciscanos, reunidos en un
capítulo general, en Perusa, insisten. Y así "fue como a
partir de entonces los muchos fraticellis, que nada sabían del
imperio ni de Perusa, murieron quemados" (4).
Y los franciscanos son
seducidos también por el profetismo escatológico, por la creencia en
la cercana destrucción de este mundo, el fin de los tiempos, el
fuego redentor, las trompetas del apocalipsis. Pero la destrucción
será la puerta abierta a una nueva historia. La fe franciscana
se hermana aquí con la doctrina milenarista, iniciada por
el monje calabrés Joaquín de Fiore. El milenarismo habla de tres
edades.
La última edad será
el retorno del cristianismo auténtico. Sólo los pobres y los
campesinos viven en la proximidad de la buena nueva. Por eso, de
ellos será el último reino (5).
Los franciscanos
discuten con los representantes del papa sobre la pobreza de Jesús, y sobre los peligros o trampas
de la riqueza (6). Su discusión se produce dentro de la abadía que, ella misma, es un ejemplo de
riqueza y ostentación.
Y la rebeldía
franciscana no llega a la abadía benedictina sólo a través de la
visita de Baskerville. Años antes, los muros abaciales dan refugio
a Ubertino de Casale, monje y pensador, autor del Arbor Vital
crucificae. Ubertino reniega de la especulación intelectual, y
de su disimulada vanidad. La fe real es sentimiento, pasión,
ignición mística, que es espoleada por el culto de la mujer. Pero de
una mujer deserotizada, sublimada, despojada de su sensualidad.
Ubertino expresa la
típica ambigüedad medieval respecto a lo femenino. En su rayo
oscuro, la Luna-Mujer es alianza con el demonio; es la
instigadora del pecado de Adán y de la caída del hombre. El retorno
de su sombra se manifiesta en la inclinación masculina a la
tentación lasciva, siempre nutrida por la promesa de
placer que exhala la piel de mujer.
Pero la Luna-Mujer se
redime cuando sublima su sensualidad. Cuando transita de la lujuria
a la santidad. Entonces muere Eva y nace María. La pecadora
desaparece y resplandece la virgen madre de Dios. Y en la
transformación palpita una mujer en la frontera, en un punto
intermedio: la Magdalena que se arrepiente, la Magdalena penitente.
La Magdalena que ora ante la cruz sangrante de Cristo. La Magdalena
purificada que Ubertino venera, como faro hacia el ascenso
espiritual, y con la cual se identifica incluso en un sentido de
transformación mística (7).
IV
La verdad del
Inquisidor
La verdad es lo que es,
o lo que los hombres demandan que sea. Lo estimado como verdadero es
inevitablemente una construcción. Pero son muy diversas las
modalidades de edificación del significado-verdad. La historia
redunda en ejemplos de la verdad construida bajo coacción. La edad
media cristiana aporta una ilustración tétrica de este proceso. La
Inquisición medieval cristiana expande su fortaleza represiva hasta
incluso los primeros siglos de la modernidad.
La abadía benedictina
es escenario en un principio de la tensión entre el enigma de los
crímenes y la mirada detectivesca de Baskerville. Frente a la
intriga policial, el franciscano busca la vía de la observación y la deducción.
La resolución de la incógnita desde un acto de clarividencia analítica. Pero el franciscano
cultiva un camino lento, donde la inteligencia suaviza los medios
habituales del poder: la amenaza y la imposición directa de la
voluntad del poderoso. El poder de la violencia
explícita no puede renunciar a sus viejos hábitos para el restablecimiento
del orden. Y Bernardo Gui es el representante de este modus
operandi. Es el inquisidor. El enviado del Papa. El
que atraviesa el aire de la abadía con la mirada adusta e incriminadora,
y con la amenaza de las hogueras pendiendo de sus manos. En la superficie, su
misión es la indagación y la determinación más expeditiva de los
culpables de los asesinatos, y de toda acción clandestina y
herética dentro de la abadía. Pero, más exactamente, Bernardo Gui
representa la forma inquisitorial de construcción de la verdad.
Una vía hacia la veritas que, ocasionalmente, se confunde con
los hechos particulares que sacuden la atmósfera del convento.
Pero que representa en sí una forma de lo verdadero que, como una
suerte de esquema apriorístico y formal, se aplica a diferentes
situaciones conflictivas. Los acusados de agredir la ortodoxia
pueden ser distintos. Pero la imposición de un tipo de
verdad sobre la falsedad y la blasfemia se repite. Y la lógica de
la recurrente construcción de la verdad inquisitorial es la tortura
física y conceptual. La primera forma es la más evidente: la
vejación de los cuerpos en los interrogatorios; los brazos
o piernas estirados, los látigos o una llama lacerando al
interrogado. Pero la tortura visible es paralela a otra
mortificación: la que obliga a la realidad a ser lo que conviene
que sea.
Bernardo Gui
sorprende a Salvatore, junto a una muchacha (que, antes, le concedió al joven Adso una ráfaga
de eros). La situación descubierta es mal interpretada. La joven es
acusada de bruja, y Salvatore queda expuesto como posible discípulo
de Satanás, y de los dulcinistas, viejos seguidores del fray
Dulcino, un fraticelli franciscano que instigaba a la violencia y el
asesinato de sacerdotes ricos. Durante su interrogatorio, el
jorobado Salvatore
sólo puede contestar desde su peculiar lenguaje difícilmente
comprensible, porque parece integrar palabras de diversas
procedencias, en una suerte de collage verbal, que recuerda la
confusión babélica (8). Remigio, el cillero, también es
involucrado en la situación comprometedora. Lo real es lo que es forzado a mostrarse como conviene. En la
elaboración inquisitorial de la verdad los hechos deben adecuarse a
lo que confirme y proteja lo conveniente. Y lo conveniente es el
orden de la doctrina cristiana, y el respeto al poder de las altas
jerarquías eclesiásticas y su custodia de la tradición.
La muchacha, Salvatore y
Remigio, son entonces las víctimas ocasionales para la repetida
demostración, obtenida por la tortura física, de la verdad que es
construida también desde una tortura conceptual.
El temor al dolor, al
desesperante castigo físico, obliga a Salvatore y Remigio a decir la
verdad que debe ser dicha. La muchacha será la manifestación
tentadora y lujuriosa de la mujer, instigadora de la caída de
Adán. Y los monjes, bajo la violencia reincidente, asumen la
responsabilidad de los crímenes que no cometieron. La última
chispa de la fragua de la verdad inquisitorial es la quema del
cuerpo del delito, la llama que disuelve el mal, el temor y la
amenaza al orden.
La acusación de
asesinato de los monjes, finalmente devorados por la hoguera, es
paralela a los motivos más recurrentes en el accionar de la Inquisición: la lucha
contra la brujería y la herejía. Y la herejía misma es un
vástago de los inquisidores, porque éstos necesitan de la provocación
herética como justificación de su celo normalizador. Adso lo
suscribe: "…lo que vi más tarde en la Abadía me ha llevado
a pensar a menudo que son los propios inquisidores los que crean a
los herejes. Y no sólo en el sentido de que los imaginan donde no
existen, sino también porque reprimen con tal vehemencia la
corrupción herética que al hacerlo impulsan a muchos a mezclarse
en ella, por odio hacia quienes la fustigan. En verdad, un círculo
imaginado por el demonio" (9).
La bruja perseguida por
las fauces inquisitoriales concentra especialmente lo odiado (y
temido) por la verdad cristiana. Para la mirada del sacerdote
cristiano, la mujer (en su fase negativa) encarna principalmente la figura demoníaca de
la bruja por su propia tendencia hacia la lujuria, y la
fascinación por los poderes de la noche, la oscuridad y lo
irracional. Ubertino ya había advertido sobre la mujer tentadora,
sobre lo femenino enemigo de la salud del alma masculina. Y las
mujeres que fraguan venenos, e invocan al demonio en aquelarres, son
continuación y exacerbación de la mujer corruptora. En realidad,
la mujer es proximidad al misterio de la creación de la vida, es afinidad a la vida que fluye y cambia con independencia de
lo lógico. Y esto amenaza una cultura patriarcal que protege un orden
rígido y estricto, donde cada entidad o situación del mundo
debe conservar su propia sustancia. El orden racional ubica cada ser
y sus facultades en un límite estricto. El libre flujo de la vida
prerracional, femenina en un sentido simbólico, estraga y deshace
la red del gran orden estable. La quema de brujas es así
paralelamente la destrucción de una realidad no dominable por el
orden que se sostiene en la revelación del dogma y la
argumentación racional. El fuego que extingue a la mujer-bruja es
el calor que devuelve el curso de la vida al frío de la realidad
invariable (que pretende ser invariable) de la masculinidad
patriarcal y monoteísta.
La lógica repetida de
la verdad inquisitorial es afín al pensar conservador de la
autoridad, y a su oposición al cambio. En una alocución ante los
monjes, Jorge de Burgos defiende la tradición,
la perpetuación de la verdad revelada. La fidelidad a lo ya sabido. Luego, el ciego anciano justificará sus asesinatos
porque algunos clérigos "estaban poseídos por la avidez de
novedades". La pretensión de lo nuevo es arrogancia. Es
suponer que lo verdadero no ha sido ya donado por la divinidad. La
humilde criatura sólo puede interpretar el texto revelado para
recuperar sentidos ya presentes en la verdad revelada.
Lo nuevo es lo falso que niega el saber canonizado. Y ante la
duda en la interpretación de la verdad ya manifestada, basta con
apelar al principio de autoridad, a lo ya dicho por los primeros
grandes teólogos. Su auctoritas los convierte en los justos
intérpretes del texto bíblico y sagrado, y en guardianes de la fe
ortodoxa, la única que alimenta la salud del alma.
Antes enfatizamos el
momento constructivo de toda idea cultural de verdad, y de la verdad
inquisitorial en particular. La bruja torturada dice lo que debe ser
confesado. Las actas de los interrogatorios inquisitoriales
contienen millares de confirmaciones de las acusaciones de
brujería. La moderna historiografía nos advierte sobre la posible
diferencia entre las prácticas reales de la brujería medieval y la
construcción del aquelarre demoníaco por los
inquisidores. El centro de la brujería no habría sido la alianza
con el diablo, sino prácticas secretas enderezadas a una fertilización mágica de la tierra. Un
anhelo de raíces pre-cristianas y paganas (10).
En el relato novelesco
de Eco, la muchacha que encarna el arquetipo de bruja será
rescatada por una sublevación popular. Por el contrario, en un
momento icónico de la historia del cine, la joven
acusada de brujería en El séptimo sello de Bergman, no es
salvada. Se hunde en el calor de las llamas que prometen (le
dicen que le prometen) la redención. Frente a la mujer que arde, la
inocencia cruje entre cenizas ligeras y rojizas. Y el caballero
Antonius Block contempla la ejecución, y quiere escapar de ese
ejemplo ardiente de la estupidez humana, y de la posible falta de un
sentido oculto en los mares, los desiertos, o el alma humana. Su
escudero ve de forma desnuda el horror. Por eso, le advierte: la
mujer victimizada, el fuego que la destruye, es la confirmación del
sinsentido; es la escena horrorosa de una construcción de verdad que
necesita de la muerte de lo diferente, para no admitir las grietas
de su idea del orden.
V
La biblioteca en el
laberinto
Y la biblioteca reposa
en su pedestal de miles de libros, millones de palabras, abundancias
selváticas de letras, multitudes de ideas e ilustraciones. La casa
del libro tiene brazos laberínticos. Sus galerías contienen los
libros amorosamente transcritos por los copistas en el scriptorium,
e ilustrados por imaginativos iluminadores. Es el laberinto de un
saber oculto dentro de la abadía. En uno de sus recovecos respira el libro perdido de Aristóteles, en una
región de estantes dedicados a libros africanos, in finis
Africae.
El peligro del discurso
aristotélico sobre las bondades de la risa y la resolución del
enigma de los crímenes en la abadía, ocurrirán dentro de la
biblioteca-laberinto.
Jorges de Burgos, el
aciano ciego, es el guardián del gran dragón de los libros. Su
modelo obvio y reconocido es Jorge Luis Borges. Y el vínculo entre
el monje medieval y la biblioteca-laberinto no pude disociarse de la
previa relación de lo borgiano con las bibliotecas y los
laberintos. Un vínculo que, en términos literarios, destella en el
relato La biblioteca de Babel. El universo es la extensión
de los anaqueles; es escritura, galerías hexagonales. Una biblioteca infinita. La
biblioteca-universo es un laberinto (11).
Lo laberíntico es
pensado por Eco en tres niveles: el laberinto clásico, el
manierista, y el deleuziano rizomático (12). El laberinto es símbolo universal, y de antigüedad prehistórica.
Como toda simbólica arcaica es ambivalente. La luz y la sombra
brotan de todo símbolo. La oscuro de lo laberíntico es el
encierro, la sofocación carcelaria, que condena al hombre a la
confusión, al enclaustramiento en una finitud sin conocimiento de la totalidad. Es la
arquitectura de la desorientación del laberinto de Minos,
o de las cárceles imaginarias de Piranesi. El laberinto-biblioteca
en la abadía es la geografía intrincada, eficaz para ocultar un
secreto muy preciado, para alejarlo de peligrosos acechadores. Y
será el lugar de aparición final de la verdad. Dentro de lo
laberíntico ocurrirá la discusión final entre Guillermo y Jorge,
donde todo será dicho y develado.
En los pisos de la
catedral de Chartres, un laberinto circular es simulacro del
recorrido del peregrino hacia Tierra Santa, que palpita en su centro.
Los mandalas-laberintos tibetanos contienen círculos dentro de círculos;
su centro es también sitio de concentración de lo verdadero.
Aquí, la
construcción laberíntica es refugio de la verdad, a la que sólo
se accede tras difíciles pruebas. Y para ingresar en lo profundo de
la biblioteca-laberinto, Guillermo y Adso deben superar una prueba, deben resolver
el enigma de un espejo. Al superar la prueba adquieren el saber de
la entrada y salida del laberinto. Dentro de su vientre, podrán
encontrar finalmente la verdad que siempre estuvo allí, oculta y
protegida.
Y, al
final, en el laberinto-biblioteca que imagina
Eco acontecerá el pasaje del no saber al conocimiento de lo
secreto...
VI
La verdad y la risa
Adelmo, el
ilustrador. Adelmo, la primera víctima que inicia la serie de
crímenes y la intriga policial. Adelmo gustaba iluminar los textos copiados con imágenes lúdicas,
insólitas, inopinadas, portadoras de desestabilizaciones e
inversiones como, por ejemplo, las "figuras de un mundo
invertido, donde las cosas están apoyadas en las puntas de las
agujas y la tierra aparece por encima del cielo" (13). Estas
inversiones provocan risas en Guillermo y los otros monjes reunidos
en el scriptorium, cuando el visitante franciscano
inspecciona el lugar de trabajo del fallecido ilustrador.
Entonces,
bruscamente, Jorge de Burgos
interrumpe las risas. Guillermo objeta
que las nugae (fruslerías, divertimentos) son lícitas, y la
liberación de la imaginación permite que en los bestiarios los
animales asuman la representación simbólica de los pecados. Pero la imagen es buena "para que la obra maestra de
la creación, puestas patas arriba, se convierta en objeto de
risa", replica Jorge. San Bernardo batalló en su tiempo contra
la ostentación y fasto de las abadías cluniacenses, como la de
Cluny. Y su repulsa contra todo boato acertó en la crítica a los
excesos ornamentales o decorativos de los capiteles de los
claustros, como los que orlan la arquitectura de la propia abadía
benedictina. Jorge se refiere a toda esa caterva grotesca de
"tigres de piel jaspeada, esos guerreros luchando, esos
cazadores que soplan el cuerno, y esos cuerpos multiplicados en una
sola cabeza y esas muchas cabezas en un solo cuerpo" (14).
Para Jorge la risa es
aliada del Anticristo, acelera el final de los tiempos y desperdicia
los últimos sietes días antes de la destrucción final. Pero el
corpus de refutaciones del monje ciego contra la risa concentra sus mejores argumentos en el
clímax de la
narración, en el momento de la revelación final de los enigmas de los asesinatos y
su vínculo con el libro segundo
de la Poética de Aristóteles.
El viejo enceguecido
muestra finalmente la aberración peligrosa: el libro aristotélico
consagrado a la comedia y a la risa. Para el anciano, Aristóteles es
lodo que ensucia la verdad. Su filosofar dialéctico reduce el verbo
divino a la parodia de silogismos y categorías. La palabra revelada
es alimento para disquisiciones racionales antes que un sentido
destinado al sentimiento de la fe. El conocimiento aristotélico
pretende ascender desde lo particular hacia la causa eficiente de
todo. Y esta posición gnoseológica y su ponderación de la risa es
veneno. Porque la risa (que el Estagirita defiende como
purificación de lo ridículo por la risa nacida de la ridiculez)
"es la debilidad, la corrupción, la insipidez de nuestra
carne. Es la distracción del campesino, la licencia del borracho.
Incluso la Iglesia, en su sabiduría, ha permitido el momento de la
fiesta, del Carnaval, de la ferias, esa polución diurna que permite
descargar humores y evita que se ceda a otros deseos y otras
ambiciones" (15).
Los doctos también
caen en la trampa, porque convierten a la risa en objeto de alta
filosofía. Y la santificación de las carcajadas tiene como efecto
la liberación del miedo a la muerte, y del miedo al diablo, porque
el Príncipe maligno es ridiculizado en las fiestas populares. La
risa, asimismo, promete liberación o purificación por las
pasiones. Todo se invierte entonces porque se da la redención de lo
alto por lo bajo. Y se suspende el miedo a las herejías de los
donatistas, los albingenses, los bogomilos, los hermanos del
Espíritu Libre...
El libro perdido de
Aristóteles supone que los simples pueden hablar porque portan con
especial abundancia el saber de la risa. Y el mal que significa la
publicidad de las aberraciones aristotélicas justifica el extermino
de sus posibles agentes divulgadores. Por eso, Jorge mató; y no
vacila en presentarse como la mano de dios.
Sin nunca abandonar
las
fronteras de la perspectiva medieval, Guillermo es la
antípoda de la solemnidad sin
alegría. Baskerville no sólo desmorona la maquinación criminal de
Jorge, sino que actúa como su rival en el círculo de las
argumentaciones. Para el franciscano, el anciano benedictino es el
verdadero aliado del Anticristo y del diablo. Porque el diablo no es
la seducción de la materia, sino "la
arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada
por la duda". Jorge es el Anticristo que nace del
"excesivo amor a la verdad"; es el falso profeta que
estaría dispuesto a morir por la verdad, pero también a matar por
ella. Las diatribas de Jorge
contra la alegría deforman el rostro de toda verdad que nos quiera
convertir en fantasmas, en sombras sin vida. Y quizá la tarea
del que ama a los hombres consista en lograr que "éstos se rían de
la verdad, en lograr que la verdad ría porque la única
verdad consiste en aprender a librarnos de la insana pasión de la
verdad" (16).
La verdad sostenida por
proposiciones, que aluden a las cosas singulares, es necesaria para
la vida práctica, para la vida en el mundo. Pero tras este saber
palpita un conocimiento intuitivo de leyes universales, no un
saber objetivo. El conocimiento de una supuesta legalidad objetiva y
universal constante, supondría que Dios debería someterse
a esa legalidad, lo cual sería una autonegación de su absoluta libertad.
Y si hay una verdad, ésta, en un sentido estricto, es
incognoscible. Pretender conocerla es un ridículo filosófico y
teológico que merece una risa. Por el reír
se sabe lo que nunca puede ser conocido.
VII
Y allí, donde sólo
queda el nombre…
Y el mundo renuente
a la risa (por negarla o por reducirla a un histrionismo forzado)
hace que del nombre de la rosa sólo quede el nombre…
Guillermo convoca a la
risa como medicina contra la ilusión (ridícula) de la verdad
absoluta, contra la verdad en tanto discurso que pretende, por su
propio imperio de enunciados, apresar el
corazón de lo real. La supuesta verdad que se estanca en una idea
invariable, en un ojo que sólo mira un perfil, es una forma de
falsificación.
La risa se ríe
de la
verdad presuntuosa. Pero también puede hacerlo el fuego...
La biblioteca-laberinto
oculta en la abadía, la más grande de la cristiandad, pretende ser la concentración más
importante de la verdad escrita en los libros de los teólogos, defensores
de la iglesia. Pero la gran verdad escrita, en toda su arrogancia, no puede
resistir las mordeduras de las llamas... La ecpirosis, el gran
fuego, estalla salvaje en la biblioteca. La pretensión de la verdad
escrita (única, absoluta) se consume, se desmiembra en fárragos de cenizas. La ilusión es destruida por el incendio. Una
liberación por el fuego de la verdad inmóvil, semejante a la que
Hume imagina en el siglo XVIII desde las torres de su filosofía
empirista (17).
Y el fuego engulle el
laberinto-biblioteca, y también la abadía. De la imagen de un
poder y saber sólidos sólo quedarán rescoldos dispersos.
Y Adso, ya anciano, ve
las serpientes que se enrollan en sus brazos y en sus dedos que
escriben con lentitud. Sus memorias se aproximan al ocaso. En sus
últimas líneas escribe el recuerdo de su visita a la abadía
muchos años después del incendio. Lo que encuentra es un paraje de
fragmentos, de huellas y cenizas desparramadas, una disiecta miembra,
una "biblioteca menor" que nace de la descomposición de
la gran biblioteca receptáculo de la Verdad Revelada, y también de
muchas de sus deformaciones heréticas. Como su maestro le enseñó,
vio con fineza las señales físicas, los "indicios
terrestres". Y así descubre
"una biblioteca hecha de fragmentos, citas, periodos
incompletos, muñones de libros" (18).
Y antes de morir, el
monje siente que "lo que queda es callar". Y narra
entonces la llegada inminente de la muerte, de su muerte. Las
imágenes, tan detestadas por Jorge, son el consuelo, la metáfora,
la elasticidad más perceptiva para representar una realidad rebelde
a las palabras. Y Adso de Melk narra una visión anticipada de su salto hacia el misterio del otro lado. Primero será un
desierto, una vastedad de beatitud. Y después se
hundiría en la "tiniebla divina", en un "silencio
mudo", en "la unión inefable". Se hundirá en el
abismo donde no hay diferencias, opuestos desiguales: "caeré
en la divinidad silenciosa y deshabitada donde no hay cosa ni
imagen" (19).
Y el texto ya no sabe
qué dice, acaso porque pronto se perderá en lo que está fuera del
lenguaje.
Y entonces el monje
escribe su última danza de letras:
Stat rosa pristina
nomine, nomina nuda tenemos...
(De la rosa, lo
único que queda es su nombre...).
En su Apostillas a
El nombre de la rosa, Eco se resiste a enunciar el sentido
definitivo de la sentencia latina del De contemptu mundi, de
Bernardo Morliacense, benedictino del siglo XII (20). Sólo esboza sugerencias,
para no detener la libre especulación
hermenéutica. En el contexto medieval donde la frase nace, su
sentido es aparente continuación del tópico latino del ubi sunt
(¿dónde están?). ¿Dónde están las glorias pasadas de los
héroes, las bellas princesas, el resplandor de los
reyes? ¿Dónde están sus luces, aparentemente inmortales en su tiempo,
ahora que sólo queda su nombre, y un nombre que a veces termina
incluso por desvanecerse en una historia de niebla y olvido? La
conciencia de la precariedad de lo que brilla en el tiempo (tempus
fugit) atiza en la edad media las representaciones de las danzas
de la muerte; la mortandad cercena los deseos de gloria eterna, la vanidad inherente al hombre (vanitas vanitatum).
Jorge Manrique, en el preámbulo del Siglo de Oro del renacimiento
español, expresa también el imperio de lo fugaz en sus Coplas
a la muerte de su padre.
Eco sólo despliega
sugerencias para el tránsito dentro del enigma de la enunciación
latina final: los pétalos de la rosa, con sus numerosas curvas, se asemejan al
laberinto-biblioteca de la abadía benedictina. Luego
del incendio de la rosa-biblioteca, y de toda
pretensión de saber, sólo queda el nombre…
Y la rosa es
polisémica: es lo femenino, la pureza; o la Rosa mística
emparentada con la Virgen María. Y muchos asociaron la perdida flor
con el verso shakesperiano: "a rose by any other name" (Romeo And Juliet, Acto 2,
escena
2, 33-49). Pero el propio semiólogo italiano debió aclarar que no
es pertinente esta asociación, dado que luego de la desaparición
de la rosa, sobrevive sólo el nombre de su luminosidad. Mientras que para el creador de Hamlet,
la rosa que perdura no es sustituida por un nombre, y es con
independencia de cualquier palabra que pretenda absorber su perfume
de poesía.
Pero la proposición
misteriosa es fecunda porque su destino no es morir en una
explicación, en un torreón de palabras finales.
Y el nombre que queda
luego de la muerte de una llama sugiere un empobrecimiento. El
nombre como ceniza. Y, sin embargo, el final de la obra
(diferente a la exaltación de la rosa-mujer conocida por el joven
Adso en el film de Annaud), ese final donde Adso anticipa la experiencia de su muerte, insinúa que el nombre no es residuo, la flacura de un
desecho, sino el promontorio para un salto final. El salto hacia
una verdad sin
conceptos ni palabras, hacia la inefable bahía silenciosa, la noche
oscura, lo abismal sin fondo, que se mostrará después de la muerte.
El final de El nombre de la rosa se toma partido por el triunfo de la verdad de la mística, de la teología
negativa (21), la verdad que sólo es en una experiencia individual
(aunque su nervio sea universal); una experiencia inefable de fusión con el secreto.
Por eso el
nombre aquí no es desecho de un fuego apagado, sino la escalera que
se acerca, hasta donde es posible, para el salto hacia lo abismal...
Pero en este
mundo, de la vivencia pasajera de la rosa (del secreto abismal), sólo
puede quedar el nombre, las palabras de su evocación. Pero la palabra
puede pretende decir y retener la misteriosa criatura abismal, la
libélula del silencio, la verdad escondida. Entonces, esta palabra sólo puede
provocar la risa...
Segundo movimiento
I
Delante, los caballos
siguen galopando...
Por evitar la
influencia de un rostro sonriente Jorge de Burgos mató. Por
desangrar una medusa que sonríe, el monje medieval negó el libre
pensamiento, y robó la vida, siempre en nombre de la verdad y la
voluntad de Dios…
Y la risa es
polifónica. Se despliega en muchas formas y comunicaciones de
sentido. Combina más notas que las que le atribuye Guillermo, o el
Aristóteles del libro olvidado (e inventado) de la
comedia y la risa. La risa es encomiada indiscriminadamente por
Guillermo. Pero contiene también detritus, agresiones y
provocaciones, que conviven con sus facetas más gratas.
El rostro humano es la
máxima versatilidad del cuerpo. El rostro es mapa de
innumerables gestos, selva de expresiones de la que sólo queda un
intraducible registro en el palimpsesto de las mejillas y los labios
que se arquean.
Una meditación
sobre la
risa debería partir de un previo esbozo de una filosofía facial.
Pero no del rostro como unidad personal, como revelación de la
singularidad de un individuo que se distingue en el espacio natural
o social. El rostro como potencia expresiva, capaz de comunicar
estados particulares de alegría, tristeza, furia o lujuria. Una
alquimia irracional de la expresividad del rostro porque sus
variedades y sus cantidades de gestos son indeterminables.
La risa, y la carcajada
(su exaltación), es el momento en que el rostro rompe su reposo
homogéneo, y una posible expresión de "nada", para
comenzar la música de las varias maneras del reír.
Dentro de su
polifonía, la risa es muchas veces burla. Provocación.
Subestimación de la acción u opinión ajenas. Goce perverso por el
sufrimiento del otro. Es lo opuesto a la sonrisa que
insinúa encanto, un efecto de simpatía que puede despertar una
situación noble o maravillosa. Y, con más inmediatez y
transparencia, la risa es alegría real, espontánea; o producida
como entretenimiento con fines terapéuticos, curativos, como en
Hunter "Patch" Adams; o como un pasatiempo
voluntariamente asumido para la evasión y el olvido de lo trágico.
En este caso, es la risa en el circo, el teatro, el cine.
La rigidez es castigada por la risa. Lo rígido como
causa de la risotada es centro del pensar de Bergson en La risa (22).
Las leyes naturales, por su lado, imponen la repetición previsible
de lo mismo. Una cama destinada al descanso nunca se sostiene sobre
la rama de un árbol. La repentina visión de esta situación a
través de un dibujo por ejemplo, sorprende, asombra, pero ante todo
alegra. Es una nueva fuente para las sonrisas. Como ocurre en los
grabados de Los disparates, de Goya.
Y es la risa en la
fiesta, la risa de los carnavales y fiestas populares denunciados
por Jorges de Burgos. La risa como estallido de la vida reprimida,
des-represión sonriente como regreso simbólico (como en la fiesta
arcaica) a un caos que es fuente regeneradora, un calor restaurador
de la salud del cuerpo y la mente. Es la gran
alegría que arde en las páginas de Rabelais, de Gargantúa y
Pantagruel. En la obra del escritor francés (y en la cultura
rural en la que se inspira), lo festivo y la risa se nutren de un cuerpo liberado
en sus posibilidades de placer a través de sus aberturas y
salencias genitales, y el calor de la piel en su encuentro con los
otros cuerpos.
Y como lo sugería el propio Guillermo,
la risa también nace de la pretensión
ridícula de una verdad definitiva. Toda verdad absoluta que
pretende sustentarse en el lenguaje o la presión del poder es
risible, y muchas veces, peligrosa, asesina…El saber sin
percepción de sus límites y finitud es dogma, autoengaño. Es
locura que merece la respuesta de la risa. La mentira política, la
demagogia desgastada, provoca también una risa, como única
reacción lúcida.
La risa como burla,
encanto, comedia, des-represión sonriente y carnavalesca, acción
curativa, castigo
de lo rígido, salida lúdica de la ley natural inflexible, repudio
del absolutismo del saber o de la demagogia política...
Pero, tal vez, en su
pináculo, la risa es testimonio de un acto creador y de la
expansión vital. Jorge de Burgos ocultó el temido libro de
Aristóteles junto a la obra de un alquimista africano que alentaba
la creencia de que Dios creó el mundo a través de la risa.
Imaginar la vibración y la contorsión de lo que ríe como fuerza
creadora es ser sensible a la potencia de lo sonoro, lo vibratorio,
lo acústico. La risa en su vigor más pleno es inescindible de la
sonoridad entrecortada y fluida que expresa la alegría.
Y para una imaginación
arcaica mitológica, la vida puede emerger desde un fondo extraño,
donde irrumpe una expansión
vibratoria. El universo creador por un estallido. Por una palabra divina
dicha al comienzo (23). O por un sonido. O por la risa… La risa se
compenetra así con un acto creador inicial, y con una posible
ruptura de un obstáculo, de un impedimento que obstruye la
aparición misteriosa del espacio y sus formas.
Y si se experimenta la
vida como lo que nace misteriosamente desde un reír, desde la música del
sonido o la palabra, la risa también puede celebrar y acompañar
todo lo que perdura, se mueve y expande. El Zaratustra de Nietzsche
sólo concede valor al pensador que baile y ría. Danzar y reír se
interpenetran en una sola acción de anhelo de lejanía, de un deseo
de pasar
al otro lado. El deseo de un romper continuo de costas estrechas, ya
transitadas y desgastadas, hacia una amplitud nunca agotable
(simbólicamente asociada con la infinitud del cielo). El pensar que
baila y ríe disuelve las fronteras de la piel y roza lo amplio;
acompaña el propio ritmo del tiempo que fluye sin detención, y de
la vida ebria de sensaciones que galopan siempre hacia un nuevo
confín, hacia un nuevo acto de superación.
La vida percibida como
devenir que no se extingue, aún a pesar del horror alimentado por
el hombre; lo vivo que serpentea hacia la entraña de la
tierra o de las galaxias. Es la risa que renace
ante la evidencia de la vida como acto expansivo y creador. Muchas
veces, luego de concluir sus brillantes improvisaciones en piano,
Beethoven se deshacía en carcajadas. Un reír luego de un nuevo
acto de recuperación de la creación.
En El Lobo
estepario, el clásico de Hermann Hesse, Harry Haller siente el hastío y la mediocridad del mundo. La
frialdad fúnebre de un rostro sin alegría supone, al principio, es
la única actitud digna ante un tiempo sin sueños de poesía.
Pero, al final, aprenderá de los inmortales, encabezados por Mozart,
que la risa es la única respuesta. No un acto de burla ni
desprecio, sino de adhesión a la fuerza creadora y a la sed de
amplitud aun dentro del mundo clausurado de lo mediocre, embelesado
por sus falsas cumbres de egocentrismo y éxito material.
La risa así está al
pie de una escala, como lo piensa Henry Miller, en el comienzo de un
salto hacia el descubrimiento de lo que no cesa, aun en la muerte: la
vida que crece, se expande y derrama (24). La vida ya no
experimentada como conflicto agobiante, sino como creación de la roca, la tierra y
el cuerpo humano; la vida experimentada
como expansión de vibraciones que se entremezclan, sin detención,
en un bajo continuo de vigor creativo. En esta experiencia, la risa,
como lo pedía Guillermo de Baskerville, rodea, traspasa, y se aleja
de toda verdad que cierra sus ventanas hacia lo incognoscible, y la
profundidad siempre abierta a los descensos de una luz exploradora.
La risa de la
expansión vital es la que salta sobre la verdad-dogma, la
verdad-sistema, que convierte al agua de cascada en sentido
congelado; es la risa como memoria de la superioridad de lo
expansivo respecto a lo que se contrae y encierra en el dolor y la
desesperación. Aquí no hablamos de lo desesperado que viene de una
crisis fugaz, un golpe que luego se superará. No. Nos referimos a
la desesperación como una
decisión permanente, como interpretación de la existencia.
Y desde lo encerrado
salta la risa hacia lo expandido.
La risa que acalora el
rostro empapado, entre la lluvia y la madera.
Delante, los caballos
siguen galopando… (*)
(*) Fuente:
Esteban
Ierardo, "La carcajada en la abadía. El nombre de la rosa y
aproximaciones a una filosofía de la risa", editado aquí de forma original.
Citas:
(1)
Entre las principales obras de Jean Jacques Annaud se encuentran La
Guerre du feu (1981); la comentada aquí El nombre de la rosa (1986)
(con un magnífico Sean Connery como Guillermo de Baskerville);
El oso (1988); El amante (1991); Siete
años en el Tibet (Seven years in Tibet, 1997); o Enemigo a
las puertas (Enemy at the gates, 2000).
(2) Occam
perteneció a la orden franciscana. Se educó en Londres primero y
después en Oxford. Sus ideas le provocaron problemas con la iglesia y
disputas con los
seguidores de Tomás de Aquino. Como sus otros hermanos de orden,
defendió la pobreza apostólica. Murió en 1347 de peste negra. Junto
con Duns Scoto, es una de las mentes filosóficas más importantes de
la edad media. Como consecuencia de su pensamiento se acuñó la
célebre fórmula de la "Navaja de Occam", para aludir a los
méritos de la simplicidad en la explicación discursiva y la necesidad
de extirpar principios de complejidad innecesarios en la argumentación.
Si bien es un exponente tradicional de la postura nominalista, de
forma más precisa deber ser entendido como representante del
conceptualismo, dado que mientras que para el nominalismo, sensu
strictu, los universales o conceptos generales son nomina,
nombres, palabras y no entidades plenamente existentes o subsistentes, el
conceptualismo da realidad a los conceptos, pero sólo como realidades en la
mente.
(3) Umberto Eco, El nombre de la
rosa, Barcelona, ed. Lumen 1993, p. 157.
(4) Ibid., p. 51.
(5) Sobre el
milenarismo joaquinista y otras herejías medievales puede consultarse
el excelente estudio de Norman Cohn, En pos del milenio, Madrid,
Alianza.
( 6) Sobre la disputa entre
los franciscanos y los representantes del Papa sobre la pobreza de
Cristo y los apóstoles ver: U. Eco, "Quinto día, Prima,
Donde se produce una fraterna discusión sobre la pobreza de
Jesús", en U. Eco, El nombre de la rosa, op. cit., pp.
317-329.
(7) Adso escribe:
"Comprendí el fuego místico que lo había abrasado desde la
juventud, cuando, siendo aún estudiante en París, se había retirado
de las especulaciones teológicas y había imaginado que se transforma
en la Magdalena penitente", en U. Eco, El nombre de la rosa, op.
cit. p.51.
(8) Salvatore sería
quien de forma más directa expresa la auténtica situación del
hombre desde la perspectiva de la historia sagrada cristiana: el
decir del hombre caído y confundido en su pérdida de la patria
adánica. Su dificultad para comunicarse, para abrazar un lenguaje
único, repite la situación inicial posterior a la expulsión del
Edén y la disipación de la única lengua genuina, única y
universal: la lengua adánica del comienzo. Su combinación de
palabras de diversos idiomas es continua actualización de la escena
mítica del extravío definitivo del lenguaje único. La escena
donde el hombre pretendió desafiar a Dios al ascender al cielo a través de la torre de Babel. La confusión babélica
posterior de las lenguas es el vivir y decir entre los fragmentos de
unidad de sentido colapsada.
(9) Ibid., p. 49.
(10) Ver Carlo Ginzburg,
Historia nocturna. Un desciframiento del aquelarre, ed.
Muchnik.
(11) Ver J. L.
Borges, "La biblioteca de Babel", en Ficciones, en
Obras completas, Buenos Aires, ed. Emecé.
(12) "...hay
tres tipos de laberintos. Uno es el griego, el de Teseo. Ese laberinto
no permite que nadie se pierda; entras y llegas al
centro, y luego vuelves desde el centro a la salida. Por eso en el centro
está el minotauro; si no, la historia no tendría sal, sería un mero
paseo. El terror, en todo caso, surge porque no se sabe dónde llegaremos
ni que hará el minotauro. Pero si desenrollamos el laberinto clásico,
acabamos encontrando un hilo: el hilo de Ariadna. El laberinto clásico
es el hilo de Ariadna de sí mismo. Luego está el
laberinto manierista: si lo desenrollamos, acabamos encontrando una especie
de árbol, una estructura con raíces y muchos callejones sin salida. Hay
una sola salida, pero podemos equivocarnos. Para no perdernos, necesitamos
un hilo de Ariadna. Este laberinto es un modelo de trial-and-error
process. Por último, está la red, o
sea lo que Deleuze- Guattari llaman rizoma. En el rizoma, cada calle
puede conectarse con cualquier otra. No tiene centro, ni periferia, ni
salida. Porque es potencialmente infinito. El espacio de la conjetura es
un espacio rizomático. El laberinto de mi biblioteca sigue siendo un
laberinto manierista, pero el mundo en que Guillermo se da cuenta de que
vive ya tiene una estructura rizomática: o sea que es estructurable
pero nunca está definitivamente estructurado", en Umberto Eco,
Apostillas a El nombre de la rosa,
Buenos Aires, ed. Lumen y ediciones de la Flor, pp.60-61.
(13) Umberto Eco, El nombre de la
rosa, op. cit., p.77.
(14) Ibid., p.79.
(15) Ibid., p.47.
Para un estudio sobre las fiestas populares medievales en relación con
un "cuerpo grotesco", abierto a la sensualidad y la
alegría vital es posible consultar: David
Le Breton, Antropología del cuerpo y modernidad, Buenos
Aires, Editorial Nueva Visión, 1990, pp.29-34. El estudio de Le
Breton es deudor a su vez de la previa y célebre investigación
sobre el cuerpo grotesco presente en el Gargantúa y Pantagruel,
de Rabelais, de Bajtin. Ver Mijail Bajtin, La cultura en la Edad
Media y el Renacimiento, Madrid, Alianza.
(16) Ibid., p. 463.
(17) El gran
filósofo empirista escocés David Hume refuta los principios
metafísicos tradicionales de la causalidad, la sustancia y la
continuidad del yo. En su obra fundamental afirma: "Cuando
recorremos las bibliotecas...si tomamos en nuestra mano un volumen, de
teología y metafísica escolástica...arrojémoslo a la hoguera, porque
no puede contener otra cosa que sofística e ilusión", en David
Hume, Investigaciones sobre el entendimiento humano, Sec. XII,
parte III.
(18) Umberto Eco,
El nombre de la rosa, op. cit, p. 470.
(19) Ibid., p.
471.
(20) En su Apostillas.., Eco se resiste a enunciar el sentido definitivo de la
sentencia latina. Ver Umberto Eco, "El título y el
significado", en Apostillas a El nombre de la rosa, op.
cit..
(21) En la teología
negativa o apofántica el estado divino del ser escapa a toda palabra, a
toda proposición analítica o descriptiva. Del ser incluso no puede
decirse que sea, porque esto ya es reducir a un concepto finito
humano al ser o fundamento ontológico de la totalidad que, por ser
inefable, es irrepresentable para lenguaje. Las imágenes o estados que
invoca el octogenario Adso, en el preámbulo de su muerto, como la "tiniebla divina",
el
"silencio
mudo", a la "unión inefable", proceden del gran
iniciador de la teología negativa o mística, el Pseudo Dionisio. Ver
Pseudo Dionisio Areopagita, Obras completas del Pseudo Dionisio
Areopagita, Madrid, B.A.C.
(22)
Ver Henri Bergson,
La risa. Ensayo sobre la significación de lo cómico, Buenos
Aires, ed. Losada, 2002 (trad. Amalia Haydeé Raggio).
(23)
La creación del mundo por la Palabra, asimilada a la acción-vibración
y, de forma indirecta, al nexo risa-sonido, se encuentra, como es bien
sabido, en el tradición cristiana de la creación a partir del verbo
divino. Pero también en otras mitologías: el dios polinesio Io crea el
universo a través de su Palabra; el dios egipcio Ptah, centro de la
teología menfita en el Antiguo Egipto, primero piensa en su corazón
los dioses y las formas y luego dice, por la pronunciación de la
palabra, lo antes pensado que, así, cobra existencia. Y
en Mina de piedras preciosas de la música, texto hindú del
siglo XIII en el Sangita-ratnakara, se dice:
"Alabamos
ese Sonido Divino, la vida de la conciencia en todos los seres y la
bendición suprema, manifiesta en la forma del universo. Por la adoración
del sonido, los dioses Brahma, Vishnú y Shiva son verdaderamente
alabados, porque son la corporización del sonido". Y el
sonido-vibración, por tanto, es fuerza creadora de lo existente.
(24) Henry Miller, "La sonrisa
al pie de la escala",
en La sabiduría del corazón, Buenos Aires, Sur, 1966.
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