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CUERPO
DE AGUA Y MUJER
El
pensamiento vitalista de Henry Miller
Por
Esteban Ierardo
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Las
grandes bañistas (1884) de Renoir. La mujer, la
proximidad del agua. Introducción a un pensar poético, el de
Miller, donde lo erótico y lo femenino dimanan un alto
sentido. |
La
literatura poderosa oculta una filosofía narrativa. Un pensar que
apela a la imagen, la narración, indagaciones psicológicas de
personajes o de metáforas, para expresar una filosofía peculiar.
Habitualmente, Henry Miller es destacado como creador de
poemas-novelas que giran obsesivamente sobre el placer vital, lo
sexual y la crítica de la sociedad occidental norteamericana. Esto
es cierto, pero tal vez insuficiente para acompañar el ritmo más
profundo de la escritura de Miller. Su centro, estimamos, es un
pensar vitalista, de fuertes incrustaciones nietzscheanas y
spenglearianas, y con una degustación del erotismo como clave de
experiencia y de conocimiento. En el ensayo que sigue a
continuación se intenta seguir parte del fluido de pensamiento y
literatura del autor de Trópico de Cáncer y Trópico de
Capricornio que, como señala
Anaïs Nin, "va a
lo esencial y penetra hondo buscando fuentes subterráneas".
E.I
CUERPO
DE AGUA Y MUJER
El
pensamiento vitalista de Henry Miller
Por
Esteban Ierardo
I
El
sol arde. El desierto grita. El que camina ya ha sudado demasiado.
Sus músculos están laxos. Tanto le estruja el calor el cuello, que
ahora divaga, entre las dunas, cerca de la inconciencia. Sospecha
que pronto caerá. Finalmente. Y que se disolverá en una tumba que será cubierta por la arena.
El
mediodía quizá está por descargar nuevamente su hacha caliente. Y
el que camina no recuerda su sed. Sólo recuerda el
agua de las fuentes…
Sólo
medita, sin ya poder preguntarse por qué lo sigue un animal blanco,
y de cuernos. Uno de los trópicos del planeta adopta el nombre de
este animal. Y el hombre perdido no piensa ya en nada grato del pasado
o del futuro. El presente no es tampoco un ojo o una escucha. Es
un leño reseco que se parte.
La
cabra, delante, remueve un retazo de arena. El caminante sediento
cae sobre el lugar removido. Y entonces sólo hurga y ve los restos cercanos, pero divididos, de un
dibujo que conoce: el dibujo de Leonardo, el dibujo del hombre de la
anatomía idealizada, del cuerpo de los brazos y las piernas
extendidas dentro de un círculo y un cuadrado. Por debajo de los
fragmentos de la ilustración, un texto se asoma. El juego del
hombre perdido cerca del animal blanco, y bajo un sol despiadado,
puede trastocarse en otro juego...el juego del agua que brota de la
arena como una escritura líquida, que emerge entre letras de agua. Y en ese texto insólito, el explorador de desiertos, Henry
Miller, neoyorkino, puede leerse:
"...Pero
cuando se conduce a un hombre casi hasta la locura y cuando, para su
propia sorpresa quizá, descubre que todavía le queda alguna
resistencia, algunas fuerzas propias, entonces es probable descubrir
que esa clase de hombre actúa en gran medida como un hombre
primitivo. Esta clase de hombre no sólo es capaz de volverse terco
y obstinado, sino también supersticioso, un creyente en la magia y
un practicante de la magia. Esa clase de hombre se sitúa más allá
de la religión...de lo que sufre es de su religiosidad. Esa clase
de hombre se convierte en un monomaníaco, empeñado en hacer
solamente una cosa, a saber, destruir el maleficio que le han
echado. Esa clase de hombre ha superado eso de tirar bombas, ha
superado la rebelión; quiere dejar de reaccionar, ya sea inerte o
ferozmente. Ese hombre, de entre todos los hombres de la tierra,
quiere que el acto sea una manifestación de vida. Si al comprender
su terrible necesidad, empieza a actuar represivamente, a volverse
asocial, a balbucir y tartamudear, a mostrarse tan totalmente
inadaptado como para ser incapaz de ganarse la vida, sabe que ese
hombre ha encontrado el camino del regreso al útero y a la fuente
de la vida y que mañana, en lugar del despreciable objeto de
ridículo en que lo habéis convertido, dará un paso adelante como
un hombre por derecho propio y nada podrán contra él todos
los poderes del mundo" (1).
La
incapacidad creativa arroja bombas, arremete y destruye su propio
odio o impotencia. El error mayor es creer que la libertad es la
reacción ante un mundo mecanizado. Esto sería buscar ser libre,
espontáneo y creador, sin generar verdaderos actos creadores. El
rebelde no es el que reacciona; es el que vive en la guerra contra
la incapacidad. No se
actúa desde la reacción del hombre herido o resentido, sino desde
una manifestación de vida. Ese acto sólo es vital si nace del reli-garse
con el útero, la fuente, con el salto que se supera en otro salto.
No
es religión la que mueve al sujeto creador. Porque religión
es el dogma y la repetición, la institución eclesiástica y el poder.
Lo importante no es la religión, sino la religiosidad como
un sumergirse en nuevas potencialidades. Bucear en la fuente es una pasión
creyente más real tal vez que el santiguarse piadoso ante una
iglesia o la cruz.
La
mística es una fusión súbita y fugaz con el dragón completo de la
realidad Pero no es sólo eso. No es únicamente un instante de insight
efímero, sino la
experiencia de lo real como fuerza en circulación y
trasformación. Es la tendencia a compenetrarse con el latido de las multitudes humanas, los
elementos naturales y el tiempo.
Y
suele ocurrir: la tendencia a la con-fusión con lo múltiple es
parte de un acecho del enigma por el artista real.
La mística en Miller, y en todo artista de lo esencial, es mística
estética. No es la afirmación o negación de una divinidad
gestada en teologías o religiones. Mística estética es la
conmoción ante la presencia múltiple y excesiva del mundo. Es la exploración del espacio
encendido, que el animal sano (por especialmente vital), el
felino-artista, venera saltando de un río a otro.
II
Junto
a la cabra, el que lee empieza a mitigar su sed. Las palabras que lee manan
de ríos, muy lejanos
del desierto.
Y
el que lee en el desierto ahora escribe. Y es el que se sabe memoria del
pleistoceno, sujeto de recuerdos de lo prehistórico, amante de
corrientes subterráneas que no cesan. Es manipulador primitivo de
letras. Es primitivo como lo es todo hombre que encuentra "el
camino de regreso al útero"; es primitivo aunque vive la
modernidad tecnológica, apoyado sobre la mesa firme, pulcra, frente
a su máquina de escribir. Para decir algo más, el viajero
en el desierto, que se burla de la sed, se encuentra con otro
superador de límites. Este nuevo explorador es el que vivió diez años en la soledad de
una montaña, acompañado sólo por un águila y una serpiente (2).
En
una ráfaga de viento, el recién llegado escucha lamentos, y ve imágenes de
flagelaciones que nacieron al amparo de la religión de la cruz. Los sacerdotes seguidores
de este credo le tienen miedo al cuerpo y sus
instintos. Para ellos, los dedos calientes del sexo componen gestos aberrantes.
Por eso, enseñan el odio a este mundo y a la belleza y fortaleza
del cuerpo. La vida más alta, dicen, es una eternidad inmóvil, en
un más allá, tras un juicio final y la resurrección de los
cuerpos. El anunciador del superhombre percibe, con algo de furia,
pero también de perplejidad, la particular fe que enferma la vida,
que se aferra al No, para celebrar un trasmundo desencarnado.
Y
luego, lo mismo que el escritor que viaja entre el desierto y la
escritura, abre sus oídos. Escucha algo más irradiante que el
lamento cristiano; escucha estallidos, desbordes, desmesuras, un choque
de espadas, lavas de volcanes; escucha
una música sin pentagramas, sin composiciones dulces y relajantes
para el oído; escucha sonidos unidos en sucesiones rítmicas. Un
ritmo que libera un círculo caliente que crece dentro de otro
círculo caliente. Y este calor no quema, no destruye, no
disuelve... Aumenta la vida... Fortalece la atracción por abismos y
amplitudes. Dona un sentido de cercanía al universo, sin frontera
ni cabeza. La vida que crece es percibida al escuchar el ritmo. No
es el ritmo de ninguna música humana particular. Es lo rítmico del
espacio que se pliega y repliega en todo movimiento pendular, entre
lo que sale del útero y entra en la tumba; entre la marea del flujo y
reflujo.
Aún
en el desierto, el que anuncia al superhombre, y el escritor que
nació en Nueva York, escuchan el gran ritmo. Entonces, después de
escuchar, es necesario escribir. Escribir una palabra afirmativa. Un
verbo que goza con las corrientes...
"La
primera palabra que cualquier hombre escribe cuando se ha encontrado
a sí mismo, cuando ha encontrado su ritmo, que es ritmo de la vida,
es ¡Sí! Todo lo que escribe a continuación es Sí, Sí, Sí…Sí
en mil millones de formas!" (3).
El
Sí no es una frase serena, expresión de un vago entusiasmo
poético. El Sí es la percepción de la fuerza que se expande a
todas las formas que una conciencia sensible y alerta puede soportar
y gozar. El Sí ya no es vivir en el encierro, en la queja continua,
en el pozo que mata toda esperanza, o que impide nuevos vuelos sobre
el mundo múltiple. El Sí es el del cuerpo estremecido por el
tiempo que fluye.
El
Sí no santifica el sufrimiento.
Lo
que el dolor puede entregar como sabiduría, el placer lo dona con
más lucidez y rapidez, y menor desgaste del sistema nervioso. Un
sufrir que enseña es otro dogma cristiano. Pero el camino del dolor
acaso no sea un acto espiritual, sino el último recurso del que
teme los éxtasis de placer. Por eso, el escritor, todavía algo
alucinado por el encuentro de la escritura que sobrevive en el
desierto, rechaza los aguijones del dolor:
"El
sufrimiento no me ha enseñado nunca la más mínima cosa; para
otros puede que sea necesario, pero para mí no es sino una
demostración algebraica de una inadaptabilidad espiritual" (4).
El
escritor del pleistoceno, el de los dedos prehistóricos sobre
teclas modernas, el negador de la flagelación y celebrador del gran
Sí, se disfraza con un nombre:
Henry
Miller.
Proteo
de muchas formas. Pero que cultiva la apariencia de una
identidad, para atravesar el gran desierto de su tiempo.
Lo mismo que su
admirado D. H. Lawrence, Miller conoce la censura o la indiferencia
por el contenido muchas veces altamente sexual de su obra; se lo
acusa de perversión, de obscenidad; lo que supone también
la prohibición de la venta de sus obras. Ejemplo famoso de
prohibición es el de Sexus (1949), primer libro de
la trilogía La crucifixión rosada. El notorio escándalo
motiva que numerosos intelectuales franceses (Maurice Nadeau, André
Guide, Sartre, Breton,
Eluard y Camus) se reúnan en un comité de defensa de la
publicación de la obra de Miller y de la libertad creadora. Sin
embargo, bien es sabido que el que es rechazado con fuerza, antes o
después, es aceptado e integrado al establishment. Así,
en 1958, Miller se convierte en miembro de la Academia Americana de
Artes y Letras.
Tras el plexo de
personajes o de situaciones de sus obras se teje una ácida crítica
de la sociedad del gran sueño americano,
siempre con un trasfondo autobiográfico. La exaltación del erotismo
convive con el repudio del mundo moderno. Pero en sus documentos,
como llama a sus obras, domina la actitud vitalista, un
enrojecer el aire con colores de vida intensa.
Henry Miller nace en Nueva York,
en 1891, y muere en California, en 1980. Estudia en el City
College, y luego en la universidad de Cornell. Aprende, como Whitman,
muchos oficios, y como también el poeta neoyorquino, no persiste en
ninguno de ellos. La Gran Depresión desata sus monstruos de
hambre, desocupación y desesperación. Miller se refugia entonces en Europa, en Paris, ciudad tan
inseparable de sus recuerdos y experiencias vitales como New York.
Vive en la ciudad bañada por el Sena durante diez años.
Conoce el hambre y el desamparo. El
dadaísmo, experiencia fundamental de la vanguardia europea, y sus
conexiones surrealistas, lo deslumbran y le enseñan la burla de la
lógica cuando ésta pretende capturar
el sentido de la vida. Durante su estancia parisina, escribe Trópico de Cáncer (1934),
que será prohibida por obscena en Estados Unidos. Escribe también un ensayo sobre Proust y
Joyce, El universo de la
muerte (1938). Y después Trópico
de Capricornio (1939), acaso su mejor logro literario, que
desencadena su universo vitalista a través de recuerdos de su
pasado neoyorkino de 1920-1924. Pero su vínculo con
Norteamérica siempre será conflictivo. Siempre encontrará que el
norteamericano medio es un "nihilista inconciente" (5).
En 1940 regresa
a Estados Unidos, donde se afinca en California. En las
tierras del Norte su pluma enciende la trilogía de La crucifixión
rosada: Sexus (1949),
Plexus (1952) y Nexus (1959). Luego de su muerte, aparece
Querida Brenda (1986), en la que se recopilan las
cartas de amor a Brenda Venus, una joven actriz y su última amante.
Su ansía de expresión artística también incluye la ejecución
aficionada del piano y la realización del litografías y pinturas.
En los años 40'
Henry Miller comparte con Anaïs Nin los esfuerzos por la
supervivencia. Juntos escriben cuentos eróticos para un
hombre, que ocultaba su identidad bajo el apodo de
El Coleccionista. Sus exigencias de un sexo explícito y banal, sin
sugestión, lírica, suavidad o misterio, provoca finalmente la
reacción de la escritora (6). Anaïs Nin, amante de Miller, cultiva una
prosa refinada, y de alta pasión erótica que sólo es
rescatada a partir de 1960. Sus famosos Diarios se editan
en diez volúmenes entre 1966 y 1983. Nin es amante del
psicoanálisis (pasión no compartida por Miller) y de Otto Rank, el
discípulo de Freud, célebre autor de una interpretación
psicoanalítica del mito del héroe. Las relaciones entre Nin y el
autor de Trópico de Cáncer, su común apertura al erotismo
como una ética vital, son fuente también de literatura (7).
Y en el jardín creativo de Miller (que crece aun en el desierto) no
puede olvidarse La sabiduría del corazón, compilación de
ensayos cuyo tema continúo es una filosofía
vital. El mismo tema que palpita en su obra
novelesca. Los personajes y
sus historias son mojones que nunca devoran la integridad del
relato. No hay trama narrativa en un sentido lato. La forma-novela
en Miller es la objetivación de estados de apertura a lo vital que
busca siempre ser más vital.
Siempre
el camino de la sabiduría del corazón es retorno a la
fuente de la que invariablemente, y misteriosamente, todo surge y se
dona:
"Todos
los caminos, crease o no, llevan finalmente a una fuente dadora de
vida que es el centro y el significado de la creación. Como dijo
Lawrence al expirar: ‘Para el hombre, la enorme maravilla es estar
vivo. Para el hombre, como para la flor, el animal y el ave, el
triunfo supremo es estar más vívido, más perfectamente vivo’…Hagámonos
completamente vivos, eso es lo que he tratado de decir" (8).
Lo
vivo no es sentido que se da de una sola vez. Es lo que está siendo,
lo que se hace. La vida sufre la amenaza continúa del
deterioro y la enfermedad. El conflicto familiar y social, la
tortura psíquica, los estigmas de la masificación y la
cosificación, la sonrisa y los ojos anémicos, son dagas que
intimidan y esclavizan.
La
vida siempre está escurriéndose por alcantarillas. Las manos del
ser que se agarran a algún apoyo para no ser succionado, no puede
limitar su empeño a sobrevivir, aun como esclavo. Si así lo hace
su vida se reduce a espectro o simulacro, una pauperización
fantasmal típica en la historia. Y que el mundo moderno disfraza
con la ilusión de la autodeterminación libre de los individuos.
En
el engaño de una vida no realizada, ésta se debilita, se desdibuja
en las ciénagas. Por eso, no basta con la apariencia de vida.
Frente a la amenaza, la lucha es ser "más perfectamente
vivo"; la vida que se hace desde un nuevo resplandor por el que
la flor se abre. Y eso es lo "que he tratado de decir...". El
grito que Miller repite en miles de páginas.
III
Todas
las novelas millerianas, Trópico de Capricornio, Trópico de
Cáncer, o la trilogía de La crucifixión rosada… son
las escamas de un solo ensayo en devenir.
El nervio ensayístico fundamental de Miller es, como ya
comentamos, La sabiduría
del corazón (The Wisdom of the hart, 1941). Aquí, una sola galería
de cristales y topacios se abre hacia distintas recámaras-ensayos,
que siempre emiten un resplandor parecido. La iridiscencia de la
vida que estalla otra vez, sin ninguna conclusión posible.
Uno
de sus ensayos nace de la lectura de la obra del psicoanalista
Graham Howe; y reflexiona desde las meditaciones del Conde de
Keyserling, y otros (9).
Howe
reflexiona sobre la quimera de una cura psicoanalítica o de una
salvación religiosa. Nadie se salva por una intervención desde
fuera. Ni por la intervención del sabio-psicoanalista-chaman, ni
por Dios. Lo importante son los faros, no los salvadores. Se puede
ser rescatado, alguna vez, de una gran crisis. Pero luego, en algún momento,
es apropiado entender que el océano debajo del bote salvavidas no tiene fondo. Crecer es navegar por cuenta propia.
Algunos faros guían esa navegación. Y nada debe sustituir el
calor de los propios músculos al remar. ¿Y remar hacia dónde? El
faro no es un lugar de llegada, no es un sitio preciso en un mapa. No hay un lugar privilegiado o templo hacia
donde navegar. O al menos ese lugar es sólo salto continuo hacia un
sentido infatigable, evasivo, invisible. In-visible no porque no sea
aprehensible por ninguna figura visible en especial. Al evocar la
obra de Howe
War
dance, Miller comparte la creencia de que lo religioso es
aceptar la supremacía de lo invisible. La in-visibilidad como
espuma de lo enigmático, de las grandes potencialidades, de lo
incognoscible. No como genuflexión ante una divinidad invisible por
su inmaterialidad.
Lo
que comprueba el encuentro con lo invisible como fuerza es el
aumento de la salud total del hombre. Salud, no disminución del
dolor. Situación distinta a la de los médicos, que no les interesa
la salud, sino sólo aliviar la dolencia.
No
confundir lo sano con lo menos doloroso es lo primero. Lo segundo:
la renuncia a la búsqueda exagerada de seguridad exterior. Las
personas comunes huyen de la soledad. Porque es fuente de culpa,
desorientación, inseguridad, angustia. Es la soledad vivida como
celda. Pero la conciencia que se siente como en su casa en la percepción
solitaria de todo lo que transcurre, rompe siempre lo
enclaustrado. Es la soledad de la atención a lo que vive fuera de
las celdas. Es una soledad atenta que reenciende la alegría de
vivir. San Francisco promueve el cristianismo austero y el asombro
poético en la edad media. Y San Francisco supera la soledad del ego aislado. Por eso, el nativo de
Asís celebra lo que circula y brilla, más allá del
castillo, el monasterio, la aldea, la ciudad, las formas del refugio.
San Francisco le canta al sol, la luna, el agua... Convive con lo
que supera el límite de una arquitectura psicológica o material de
la protección o la contención. Por el contrario, San francisco,
como recuerda Miller, se derrama fuera de la vida segura..y arde...Y...
"Ser
es arder, en el sentido más verdadero" (10).
El
Hombre Pequeño escapa del ardor. El Hombre Grande, aun
inconcientemente, arde y se derrama para "hacer de la vida algo
más vital". Y el Hombre Pequeño...
"...tiene temor de deslizarse de la luz a la oscuridad, de lo
visible a lo invisible, pero el Hombre Más grande comprende que se
trata del sueño o la muerte, y cualquiera de los dos es el camino
mismo de su recreación; el bienestar del Hombre Pequeño depende de
"bienes", o del golf, y busca médicos u otros salvadores,
pero el Hombre Más Grande, gracias al proceso más profundo de su
convicción interior, sabe que la verdad es una paradoja, y que
está más seguro cuanto menos defendido..." (11).
Aceptar
la verdad-paradojal es descabezar las estatuas del Apolo del saber
eterno y estático. Es gozar con una seguridad también paradojal:
la del que se siente más fuerte en la in-seguridad, en el estar
"menos defendido". Como en todo filosofar vitalista se
despedazan las madrigueras de la adecuación de la
verdad-proposición y el ser. La alternativa es la "sabiduría
del corazón" que abraza el principio de la intensidad que
sólo acepta como verdadero lo que aumenta su propia intensidad.
Miller
comprende que esta actitud vitalista es religiosa por ser
apertura a lo invisible como fuerza de la alucinatoria regeneración
vital. Es la actitud del Oriente y su mística, de sus candelabros esotéricos que
queman la superficialidad; es el hinduismo del Vedanta, o la
sabiduría china del taoísmo.
Y, en Plexus, ese saber es la sabiduría del Tibet que regresa al útero-fuente. Por eso, el existir
antiguo es ejemplo de la humanidad que vibra dentro de las
vibraciones del universo, como fuerza, no como idea. Y la sabiduría
antigua y pérdida es también vía para la
comprensión del sujeto moderno esclavizado (12).
Y
toda respiración mística experimenta que "la vida no está en
la forma, sino en la llama". Y la percepción de la
fuerza-llama se inicia en la apertura a la totalidad de lo conocido
y lo desconocido; y la certeza sensible de que la vida "surge
de nuevo, gracias a que restablece una circulación ilimitada"
(13). Y esto lleva también a un Miller que, en Trópico de Cáncer,
exalta la típica aspiración mística por lo extático: "Hacer
cualquier cosa, pero que produzca alegría. Hacer cualquier cosa, pero
que produzca éxtasis" (14). El éxtasis es el salir de sí. Y lo
que se encuentra fuera de sí nunca es el mismo filón inmóvil; lo que se encuentra con intensidad extática es lo más
profundo del movimiento que traspasa todo movimiento. Por
eso, Miller recuerda al Milton que expresa: "Amo todo lo que
fluye". Por eso el escritor-artista, que deambula en desiertos
donde resiste y escribe, ama
el agua. El agua que recuerda y es lo que fluye. Y lo real
es lo que fluye. Y, entonces, con "un grito sangrante de alegría"
declara el amor por el movimiento universal, por todo lo que se mueve:
ríos, flujos menstruales, escrituras, el tiempo...
"...amo los
grandes ríos como el Amazonas y el Orinoco, donde hombres locos...van
flotando a través del sueño y de la leyenda en una canoa y se ahogan
en las bocas ciegas del río. Amo todo lo que fluye hasta el flujo
menstrual que se lleva la semilla infecunda. Amo las escrituras que
fluyen, ya sean hieráticas, esotéricas, perversas, polimorfas o
unilaterales. Amo todo lo que fluye, todo lo que lleva que en sí el
tiempo y el devenir, que nos devuelve al comienzo, donde no hay
fin" (15).
Vuelta al comienzo: al útero como potencia cosmológica, no como
lugar de una regresión psicológica. El útero, la fuente líquida,
la madre de todas las aguas que se metamorfosean en las formas materiales y el pensamiento. El
lugar-origen donde no hay final, conclusión, porque es la vida como la
des-medida "circulación ilimitada"...
IV
Circulación ilimitada es agua que fluye donde ni siquiera los obstáculos se
detienen. Los escollos también son parte de la corriente. El que
así vive ya está en una realidad que no ignora la masificación
urbana, la tecnología en sus aspectos negativos, o el conflicto
social creado por el hombre. Estos son los obstáculos que vejan,
manipulan o explotan a millones de hombres. Pero que no alcanzan a
detener la corriente de la vida que circula, sin nunca
ahogarse.
Y
la escritura, a veces, como en Miller, nada en la circulación ilimitada, recupera lo que se derrama, lo que se excede. El
escritor no se aleja así de lo que circula entre el útero y la
tumba, fuera del dogma de religiones, psicoanálisis o ciencias que,
cuando no son concientes de sus límites, se proponen como
salvación o gran realización.
Y lo que
circula lo hace siempre en un vientre. El mundo como vientre de la
Naturaleza, o vientre materno. Y finalmente el "vientre dentro
del cual vivimos y somos, que llamamos mundo" (16).
Desconocer
la vida como vientre es olvidar el poder del nacimiento. Un modo de
este desconocimiento es idealizar el estado de gestación o el más
allá de la muerte como estados de bienaventuranza. Si nos situamos en
esta actitud, la tumba es refugio y liberación; y los nueve
meses de vida fetal son la felicidad después perdida.
Pero algo de felicidad, real y discontinua, viene de elegir el
mundo como vientre. No como tumba. En la historia el miedo primero
es lo innominado; después es la zozobra ante la muerte y,
finalmente, es el miedo a la vida. Para la mayoría, entonces, la vida
se torna una larga postergación impuesta por las formas del
miedo. Pero en la senda del héroe no se posterga. El sujeto heroico
se lanza en picado en las grietas que conducen a espacios desconocidos
dentro del vientre-mundo. Espacios que no son sólo humanos...
"El
mundo, que no sólo es el mundo humano, es el vientre de
todo, del nacimiento, de la vida y la muerte. El hombre lucha
constantemente por constituirse en parte de ese tercer vientre,
omnímodo: EL MUNDO. Es el caos original, el asiento de la creación
misma. Ningún hombre lo logra del todo" (17).
Apartarse
del vientre-mundo es morir en vida. Un efecto regresivo de las ideas de
fijación, que despedazan el movimiento; y que prefieren la rigidez de la
estaca, antes que la carrera de
las gacelas. Y esta regresión produce una
"idea viviente de la muerte".
Y dios es otro ácido de la detención. Cuando el ser
absoluto ya está realizado, Dios es la cesación del devenir. Dios imaginado
como un sol ya en su máxima potencia es un refugio, un lugar de consuelo. Pero que se
separa de lo que circula, de lo que se mueve. La conciencia
expandida acepta, por el contrario, la vida
como aquello que se está haciendo. Como un despertar y un abrirse. Estar abierto es creer en
todo, en lo individual y lo colectivo, en tener dinero o no tenerlo.
Es frotar con dedos chispeantes las contradicciones. Y todo es acto
(no es pensamiento, pero sí puede ser un acto de pensamiento).
Se actúa cuando no se desvían los poros sensibles del nacimiento,
la muerte y el renacimiento. Este modo de respirar es superación
del antropocentrismo, es intuir que a la dinámica del mundo no le
interesa la opinión del hombre:
"El mundo es el mundo, y al
mundo le interesa más su propio nacimiento y muerte que la opinión
de Mr. John Doe pueda tener de él" (18).
Y Miller insiste en que el
cielo siempre se lo difiere para el mañana. No se vive el presente.
Y fuera de esta ilusión, el artista es fagocitado por un "hambre
uterina". El artista (Miller) busca devorar y absorber todo en
el presente, en el ahora. Lo
mueve el ansía de devoración desde lo alimentario hasta lo sexual
y el saber. El artista transita "vibraciones uterinas apenas
perceptibles". Lucha por revelar "a través de sus colores
la forma oculta de las cosas". El mundo muere y resucita. Y en
esa pulsión pendular, el misterio ríe sin mostrarse. Al acceder a
la creación todo adquiere "ritmo divino". No se trata de
volver al útero ni de prever una improbable existencia post-mortem.
El animal humano goza si se acerca a un "movimiento perpetuo de
creación en creación". Se penetra entonces en la materia más
densa donde serpientes secretas no dejarán de mudar la piel. Frente
a la evidencia de la muerte, la salud responde con el desborde hacia
otro acto creador. Se puede morir, una y otra vez, pero el
esqueleto, asegura Miller, "siempre se levanta y anda…".
V
El pensar en Miller está fuertemente influenciado por un cuarteto
de pensadores tal como reconoce en el capítulo diez de Plexus II.
Este capítulo es también un homenaje a Spengler y La decadencia de Occidente,
un
"poema mundial". El escritor confiesa siempre haber
encontrado alimento filosófico en Nietzsche, Dostoievsky, Elie
Faure y Spengler (19). Filósofos reales e históricos que acompañan el deambular del artista. Que también
imagina su modelo de filósofo en Roy Hamilton, en Trópico de
Capricornio (20).
Y, de forma más esquiva, el pensamiento de Henry Miller expone uno de sus pináculos en una
exaltación musical del ser que supera las trampas maniqueas del
lenguaje. Cuando así lo desea el sujeto, lo lingüístico es usina
de argumentos, rotundos e inmodificables. A veces se afirma el bien,
como altar de una verdad final. A esta afirmación le corresponde,
como contrapunto, una noción del mal igualmente concluyente. Muchas
veces, las palabras participan de un choque
insuperable de opuestos. Estamos así en el territorio del dualismo. Esto es: el bien-verdad frente al
mal-falsedad.
Y el fundamentalismo dualista del lenguaje congela lo que se mueve;
y lo verbal es, por tanto, ciego a los cambios y
lo inesperado. Para nadar en la realidad libre del bien final se
debe dejar que el movimiento sea. Un moverse que conserva las
identidades. Pero que también multiplica lo
diferente. El lince es uno. Sin embargo, en su carrera es muchos
felinos, que se revelan en las imágenes instantáneas que pueden
ser descompuestas por la imaginación, o por una sucesión de
fotogramas, donde el mismo animal (identidad) se multiplica en
muchos (crecimiento sin fin de las diferencias).
Y
lo que deviene multiplicándose en nuevas combinaciones o
diferencias es existencia musical. No es existir a la manera de una
"roca feliz", como afirma Miller en el final de El
trópico de Capricornio. Se puede vivir con la felicidad de la
piedra segura de sí. Pero la roca siempre transpira rodeada por un
océano. La apariencia de lo fijo se desmorona ante la fluidez oceánica.
La "roca" inmóvil del yo se descompondrá, finalmente, en
el momento de la muerte física. Pero la fluidez puede percibirse en vida.
Un percibir que es posible cuando nos liberamos de los dualismos
maniqueos, o de los dogmas
teológicos que no quieren perder su monotonía. Aquí surge el
sentimiento de flotar en un océano de creatividad inagotable,
distinto de todo discurso de la verdad. Porque "… la verdad
puede ser también una mentira. La verdad no es suficiente. La
verdad es sólo el núcleo de una totalidad que es inagotable"
(21). La "totalidad que es
inagotable" en nada depende del lenguaje que demuestra o
explica. La verdad lógica es legitima dentro de sus límites. Pero
quien, fuera de ese límite, se zambulle en la fluidez marina resuena
con "la vida musical". Y la música aquí "es una
profanación del silencio en provecho del silencio, y por tanto,
está por encima del bien y el mal" (22).
El
efecto de la vida musical es favorecer a A (silencio) y a B
(silencio). Así se celebra la contradicción, que no es aminorada por
ninguna demanda de una verdad lógica y universal, y sin
contradicciones. Los opuestos son a la vez, más allá del bien y del
mal. Y el ser se
reenciende en una vida musical porque "la música no incita ni
defiende". Podemos entonces respirar liberados de las
grandes demostraciones, y de las verdades mayúsculas
que odian todo lo diferente de sí. Este modo de percibir amanece
cuando se
"ha dejado de pensar en Dios", en el dios que ambiciona
sostener (Él solo y sus seguidores) la única verdad que baila con
el viento…
VI
El
desierto no es sólo el del Sahara o Gobi. Hay desiertos interiores,
y el otro…que avanza sobre la ciudad… Labios de arena
pronuncian su sequedad entre las calles. Las fachadas parecen
impecables, pero todas las superficies están empolvadas. Volutas de polvo
se desprenden de los techos, los trajes, los transeúntes, los
automóviles...
El
dragón de la sequedad domina el tiempo. El agua aquí no se
rejuvenece. Rayos de
estrellas y luna, y luces de carteles, se concentran en ventanas y
pisadas. Entonces, Ella, sobre una cama de cobras y magnolias,
espera…espera que alguien acaricie y penetre su desnudez. Nunca
estuvo vestida. Quizá por eso la indiferencia a su misterio la
viste de ausencia...
Y
Ella quiere guiar al artista que escribe, al que encontró en el
desierto una
escritura todavía líquida, escrita con letras de agua. Quiere guiarlo para que
explore sus secretos vaginales y anales; quiere que su saliva y escupitajos
humedezcan sus senos, su clítoris, sus nalgas y su ano. Ella quiere que la
prolongación de El, con suavidad y dureza, derrame lava dentro de su secreto. Ella guía hacia el despertar de los volcanes,
hacia la vida reencendida, en las playas del cuerpo de agua y mujer…
En
Miller la sexualidad no siempre es despegue poético, o elixir de
placeres místicos. En Sexus los encuentros sexuales son
descriptos con lacerante rudeza a fin de reflejar, en parte, la profanación
del goce sexual en el mundo moderno (23).
Y el eros y el orgasmo, como en las tradiciones de las ars eroticas
de un erotismo sagrado, como lo recuerda la célebre obra de Bataille,
se unen en una breve muerte, en una experiencia de gran fusión o
comunión con una totalidad sensible, muy distinta a la palabra todo:
"Me da tanta rabia conmigo mismo, que podría matarme...y en
cierto sentido, es lo que me sucede todas las veces que tengo un
orgasmo. Por un segundo me destruyo. Entonces ni siquiera hay un
yo...no hay nada, ni siquiera una mujer. Es como recibir la comunión.
Te lo lo juro. Luego durante unos momentos, siento como una especie de
ardor espiritual...." (24). Es el ardor donde la vida se acrecienta
en su intensidad fogosa, en su superar los opuestos que dividen o
generan el conflicto. Por el orgasmo-éxtasis relampaguea el breve
instante del olvido del yo, una muerte efímera de la identidad y,
por tanto, de comunión con una realidad ya no
dividida.
Pero
un Miller que surca con toda la grandeza poética el abismo del eros
se muestra en la "Coda" (25) de Trópico de
Capricornio…
El
artista camina en la noche, por las calles de Brodway, en la New
York donde nació. Lo inunda un sentimiento de soledad y olvido de
Ella. Pero la hiedra del recuerdo no ha sido completamente
extirpada. Por eso decide escribir un libro sobre Ella para
inmortalizarla y, en ese acto, olvidarla. Mientras deambula,
recuerda también experiencias amorosas frustradas de juventud. A
los 30 años decide un gran cambio de vida. Y cuando el deseo
es muy grande, se convierte en realidad. Al llegar a este
desfiladero, es más importante lo que se es que la acción. El
escritor que medita se siente entonces un ángel. Porque puede
volar, y bajar a lo más bajo, y después subir, subir… Así
respira desposeído del pasado.
Y
llega a la sala de baile...
Allí,
la redescubre a Ella, con su sonrisa "inteligente, misteriosa,
fugitiva". Una sonrisa que amanece, de repente, "como un
soplo de viento". Y la mujer avanza como un "ave humana
envuelta en una gran piel suave". Ella es América, alada,
asexuada. Con Ella es inevitable la contemplación hechizada, y la
aproximación vacilante, el balbuceo que talla un puente de
palabras. Pero el artista no puede capturar lo que silba entre
esas palabras.
El
diálogo se cuaja en dos rellanos: Ella le habla de un hombre
misterioso que, de repente, sin razón, le levantó la falda y que,
después, supuestamente, se suicidó. Y Ella habla desde un
promontorio de sueños, donde lo real y lo onírico no pueden ser
separados. Desde su recinto de cristal, Ella parece hablar "sin
principio ni fin". El tiempo se desvanece en lo atemporal. Y
entonces Ella se aleja con sus ojos de lago profundo, con sus cabellos y labios de girasol...
Y
el artista disfruta del primer domingo de su nueva vida. Miller
está tumbado sobre una hoja verde. Recuerda nuevamente a Ella.
Pero no es un recuerdo de nostalgia resignada, un sentimiento de una
lejanía sin
placer, la despedida del fuego. Es la evocación de Ella que acerca
al ser que crea las aguas y todo lo que se mueve; es la
recuperación de algo más vivo: "miro el sol estallando en tu
matriz...". Entonces, el artista experimenta un "trance de
matriz"; trance a través de la mujer, como símbolo y
sensación, que nos hace sentir algo más importante que uno mismo.
Retorno y continuidad de la mujer-símbolo, de lo femenino como
escalera entre nubes de sensualidad y gnosis (26).
Por
la mujer extendida hasta el pasado geológico de la tierra, o la distancia
de las estrellas, el escritor sabe que lo intenso no conoce el
fondo; sabe que debe romper los platillos del equilibrio construido
a costa de no fundirse con las corrientes del ser, de la piel, de la
materia secreta.
Y
se dice: "…el sol está en tu matriz"... en la matriz de
Ella. En el agua, que no deja de atravesar los desiertos… (*)
(*) Fuente:
Esteban Ierardo, "Cuerpo de agua y mujer. El
pensamiento vitalista de Henry Miller", editado aquí de forma original.
Citas:
(1)
Henry
Miller, Trópico de Capricornio, Barcelona, ed. Seix Barral, 1984, p. 222 (trad.
Carlos Manzano).
(2)
Alusión
al Zaratustra de Nietzsche. Miller y el autor de Así hablaba
Zaratustra comparten una misma celebración de la vida que siempre
aspira a ser más vida. El movimiento continuo, la creación como acto
que nunca concluye, una recuperada
sacralización del cuerpo y los sentidos, son otras de las coincidencias
entre ambos creadores. La obra de Miller, con su propia dirección,
navega en el mar del vitalismo moderno, donde además de Nietzsche,
brillan los veleros de Bergson o Simmel.
(3)
H. Miller, Trópico de Capricornio, op. cit., p. 223.
(4)
Ibid., p. 250.
(5)
"El norteamericano, que se mueve en rebaño, instintivamente es un
traidor: al grupo, al país, la raza, la tradición. No sabe con
claridad por qué se esfuerza, pero sí sabe que quiere una oportunidad,
y se propone aprovecharla, cuando pueda, aunque implique la
destrucción del mundo. Es un nihilista inconciente. Cualquier relación
con el europeo es vaga y rara, imaginada más que sentida.
Espiritualmente, está más cerca de los alemanes y los japoneses que de
los franceses. No es democrático, ni libertario: es una bomba de tiempo
humana cuidadosamente recubierta, como una momia por vendajes
idealistas", en H. Miller, La
sabiduría del corazón, Buenos Aires, ed. Sur 1966, p.
51-52 (trad. María Raquel Bengolea).
(6) Anaïs Nin
encuentra en El Coleccionista la confirmación del estereotipo de la
banalización del sexo en el mundo occidental, que lo reduce a sus formas
más inmediatas: rápida desnudez completa, acto sexual restringido a la
genitalidad y penetración. En la reducción a un placer veloz y sin
preámbulos o demoras, el sexo se divorcia del eros. Lo erótico se
pierde como acto ritual, como construcción poética donde además de la
proximidad o el contacto físico se agregan el fuego de la imaginación,
la emoción y la experiencia, aunque fuere intuitiva, de que el
despliegue del eros no sólo es acto de gratificación biológica sino,
a la vez, de comunicación con fuerzas más primitivas e intensas.
Fuerzas que, por
la sensualidad, devuelven a los amantes la percepción de la fuente
vital que trasciende las demandas del ego, y los límites de la vida
prosaica.
(7)
Anaïs Nin publicó
Henry Miller, su mujer y
yo, obra luego editada con su título simplificado: Henry and
June. Contiene el recuerdo de vínculos con el escritor, y su
esposa, en el periodo entre
1932 y 1934. La
trama incluye detalles de las relaciones íntimas en que se vieron
envueltos Anaïs, Henry y su mujer, June. Este nexo triangular
alimenta la prosa erótica que Nin despliega en el Delta
de Venus y Pájaros de fuego.
(8)
Henry Miller, Plexus II, Barcelona, Seix Barral, 1982, p. 80
(trad. Luis G. de Echevarri).
(9) El
ojo vitalista de Miller descubre un pensar sensitivo en Balzac, en
su particular novela Seraphita, y su relato Louis Lambert,
el doble del escritor, que no era solamente "el copain,...el
alter ego, sino el yo verdadero de Balzac, el yo angélico que fue
muerto en la lucha con el mundo". Se entusiasma con la obra de
Brassai, el fotógrafo surrealista antes que los surrealistas; en
él "lo que a la vista le resulta más familiar, lo que ha
llegado a ser trivial y gastado, adquiere con el toque de su lente
mágica propiedades de cosa singular". La mención a D.H.
Lawrence no puede estar ausente. En el ensayo "Hacia el
futuro", fragmento de The World of Lawrence, Miller piensa al autor de El amante de Lady
Chatterley y La serpiente emplumada, como espíritu
trágico, precursor de una transformación para quienes no quieren
morir en la apariencia de un orden pasado: "los llamados
modernos son los viejos y cansados que ven en un nuevo orden colectivo
la dulce liberación de la muerte. Para ellos cualquier cambio es
bueno. Lo que esperan es el fin. Pero hay otra clase de moderno que
entra a ciegas en la lucha. Para constituir aquello para lo cual no
hay nombre todavía. A esa clase de hombres se dirigía Lawrence. Ha
terminado la presentación apolínea. Ha empezado el baile. Los
hombres que vendrán son los músicos del nuevo orden, los
portadores de la semilla, los espíritus trágicos". Miller
también hace un homenaje a Blaise Cendras. Y el actor Raimu se le
aparece como ejemplo de lo humano y de la plasticidad en la
expresión de los sentimientos; frente a él, se siente algo de la
impersonalidad de quien comunica más allá del propio yo (como en
todo genuino artista). Por eso "en todos sus papeles, tengo la
sensación de esta presencia, una lucha que es la suya propia;
siento que desde su nacimiento, ha perdido el privilegio de
perseguir la vida y la felicidad que teóricamente, si no en la
práctica, se supone corresponde a todos los hombres".
(10) H. Miller, La
sabiduría del corazón, op. cit., p.
34.
(11) Ibid., p.36.
(12)
"Los hombres de la antigüedad
conocían a los dioses:
se veían frente a frente. El hombre no estaba alejado, en su
conciencia de sí mismo, de los órdenes superiores ni de los
inferiores de la creación. En la actualidad el hombre está
aislado. En la actualidad el hombre vive como un esclavo. Peor
todavía. Somos esclavos los unos de los otros. Hemos creado una
situación hasta ahora desconocida, una situación enteramente
singular; nos hemos convertido en esclavos de esclavos", en H.
Miller, Plexus II, op. cit., p.7.
(13) "Los tipos
más encumbrados de hombres siempre han sido partidarios de la circulación
ilimitada. Han sido realmente intrépidos y no han buscado ni la
riqueza ni la seguridad, salvo dentro de sí mismos. Al abandonar todo
lo que más apreciaban, hallaron el camino a una vida más grande. Su
ejemplo todavía nos estimula, aunque los seguimos más con los ojos que
con el corazón. Si es que lo seguimos. Nunca trataron de mandar, sino
sólo de guiar. El verdadero conductor no tiene necesidad de mandar, le
basta con señalar el camino. A menos que nos convirtamos en nuestro
propios conductores, contentos con ser lo que estamos en proceso de
llegar a ser, seremos siempre servidores e idólatras.", H. Miller,
La sabiduría del corazón, op. cit., p.40.
(14)
H. Miller, Trópico de Cáncer, Buenos Aires, Santiago Rueda,
p.228.
(15)
Ibid., p 232-33.
(16) H.
Miller, La sabiduría del corazón, op. cit., p.
76.
(17)
Ibid, p.77.
(18) Ibid.,
p.85.
(19)
"En todos los períodos decisivos de mi vida he tropezado, al
parecer, con el autor que necesitaba para sostenerme. Nietzsche,
Dostoievsky, Elie Faure, Spengler: ¡qué cuarteto! Había otros,
naturalmente, que también eran importantes en ciertos momentos, pero no
poseían la amplitud, toda la grandeza de estos cuatro. ¡Fueron los
cuatro jinetes de mi Apocalipsis privado! Cada uno de ellos representaba
plenamente su cualidad singular. Nietzsche el iconoclasta, Dostoievsky
el gran inquisidor, Faure el mago y Spengler el constructor de
esquemas", H. Miller, Plexus II, op. cit., p. 255.
(20)
Ver H. Miller, Trópico de Capricornio, op.cit, pp. 114-118.
(21)
Ibid, p.256.
(22)
Ibid., p. 255.
(23)
Ver H. Miller, Sexus, ed. Edhasa.
(24)
H. Miller, Trópico de Cáncer, op. cit., p. 123.
(25)
Ver
H. Miller, Trópico de Capricornio, op. cit., pp.255-267.
(26)
En la edad media, el amor cortés, y el grupo de los fieles del amor,
entre los que se encontraba Dante, alimenta una idealización de la
mujer como símbolo de la sophia, la sabiduría que conduce a la
comunión con una realidad absoluta, en cuanto absuelta de la finitud,
los dualismos y los opuestos. El romanticismo retoma la admiración de
lo femenino como mujer fatal; y, en Baudelaire, se alaba la belleza
femenina, en parte construida por el maquillaje y el vestuario, que
revela una realidad que trasciende lo natural.
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