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EL SENTIMIENTO DE LO
FANTÁSTICO
Por Julio Cortázar
Julio
Cortázar fue un gran generador de relatos y situaciones
fantásticas. Pero el esplendor imaginativo que emerge
de la ficción, involucra también la pregunta estético-filosófica
y literaria a su vez, sobre el sentido o naturaleza de
lo fantástico. Un estado de la sensibilidad que, según
el autor de Rayuela "me acompaña desde el comienzo
de mi vida, desde muy pequeño, antes, mucho antes de comenzar
a escribir, me negué a aceptar la realidad tal como pretendían
imponérmela y explicármela mis padres y mis maestros.
Yo vi siempre el mundo de una manera distinta, sentí siempre,
que entre dos cosas que parecen perfectamente delimitadas
y separadas, hay intersticios por los cuales, para mí
al menos, pasaba, se colaba, un elemento, que no podía
explicarse con leyes, que no podía explicarse con lógica,
que no podía explicarse con la inteligencia razonante".
La indagación
completa consumada por Cortázar sobre los pliegues de
lo fantástico podremos hurgarla mediante el texto integro
de una conferencia que el gran escritor argentino
dictó en la U.C.A.B que ahora la presentamos
en esta nueva palpitación de Textos sobre Literatura fantástica
de Temakel.
E.I
EL
SENTIMIENTO DE LO FANTÁSTICO
Por Julio Cortázar
Yo he
sido siempre y primordialmente considerado como un prosista.
La poesía es un poco mi juego secreto, la guardo casi
enteramente para mí y me conmueve que esta noche dos personas
diferentes hayan aludido a lo que yo he podido hacer en
el campo de la poesía. (...) he pensado que me gustaría
hablarles concretamente de literatura, de una forma de
literatura: el cuento fantástico.
Yo he escrito una cantidad probablemente
excesiva de cuentos, de los cuales la inmensa mayoría
son cuentos de tipo fantástico. El problema, como siempre,
está en saber qué es lo fantástico. Es inútil ir al diccionario,
yo no me molestaría en hacerlo, habrá una definición,
que será aparentemente impecable, pero una vez que la
hayamos leído los elementos imponderables de lo fantástico,
tanto en la literatura como en la realidad, se escaparán
de esa definición.
Ya no sé quién dijo, una vez, hablando de
la posible definición de la poesía, que la poesía es eso
que se queda afuera, cuando hemos terminado de definir
la poesía , creo que esa misma definición podría aplicarse
a lo fantástico, de modo que, en vez de buscar una definición
preceptiva de lo que es lo fantástico, en la literatura
o fuera de ella, yo pienso que es mejor que cada uno de
ustedes, como lo hago yo mismo, consulte su propio mundo
interior, sus propias vivencias y se plantee personalmente
el problema de esas situaciones, de esas irrupciones,
de esas llamadas coincidencias en que de golpe, nuestra
inteligencia y nuestra sensibilidad, tiene la impresión
de que las leyes, a que obedecemos habitualmente, no se
cumplen del todo o se están cumpliendo de una manera parcial,
o están dando su lugar a una excepción.
Ese sentimiento de lo fantástico como
me gusta llamarle, porque creo que es sobre todo un sentimiento
e incluso un poco visceral, ese sentimiento me acompaña
a mí desde el comienzo de mi vida, desde muy pequeño,
antes, mucho antes de comenzar a escribir, me negué a
aceptar la realidad tal como pretendían imponérmela y
explicármela mis padres y mis maestros. Yo vi siempre
el mundo de una manera distinta, sentí siempre, que entre
dos cosas que parecen perfectamente delimitadas y separadas,
hay intersticios por los cuales, para mí al menos, pasaba,
se colaba, un elemento, que no podía explicarse con leyes,
que no podía explicarse con lógica, que no podía explicarse
con la inteligencia razonante.
Ese sentimiento, que creo se refleja
en la mayoría de mis cuentos, podríamos calificarlo de
extrañamiento; en cualquier momento les puede suceder
a ustedes, les habrá sucedido, a mí me sucede todo el
tiempo, en cualquier momento que podemos calificar de
prosaico, en la cama, en el ómnibus, bajo la ducha, hablando,
caminando o leyendo, hay como pequeños paréntesis en esa
realidad y es por ahí, donde una sensibilidad preparada
a ese tipo de experiencias siente la presencia de algo
diferente, siente, en otras palabras, lo que podemos llamar
lo fantástico. Eso no es ninguna cosa excepcional, para
gente dotada de sensibilidad para lo fantástico, ese sentimiento,
ese extrañamiento, está ahí, a cada paso, vuelvo a decirlo,
en cualquier momento y consiste sobre todo en el hecho
de que las pautas de la lógica, de la causalidad del tiempo,
del espacio, todo lo que nuestra inteligencia acepta desde
Aristóteles como inamovible, seguro y tranquilizado se
ve bruscamente sacudido, como conmovido, por una especie
de, de viento interior, que los desplaza y que los hace
cambiar.
Un gran poeta francés de comienzos de este
siglo, Alfred Jarry, el autor de tantas novelas y poemas
muy hermosos, dijo una vez, que lo que a él le interesaba
verdaderamente no eran las leyes, sino las excepciones
de las leyes; cuando había una excepción, para él había
una realidad misteriosa y fantástica que valía la pena
explorar, y toda su obra, toda su poesía, todo su trabajo
interior, estuvo siempre encaminado a buscar, no las tres
cosas legisladas por la lógica aristotélica, sino las
excepciones por las cuales podía pasar, podía colarse
lo misterioso, lo fantástico, y todo eso no crean ustedes
que tiene nada de sobrenatural, de mágico, o de esotérico;
insisto en que por el contrario, ese sentimiento es tan
natural para algunas personas, en este caso pienso en
mí mismo o pienso en Jarry a quien acabo de citar, y pienso
en general en todos los poetas; ese sentimiento de estar
inmerso en un misterio continuo, del cual el mundo que
estamos viviendo en este instante es solamente una parte,
ese sentimiento no tiene nada de sobrenatural, ni nada
de extraordinario, precisamente cuando se lo acepta como
lo he hecho yo, con humildad, con naturalidad, es entonces
cuando se lo capta, se lo recibe multiplicadamente cada
vez con más fuerza; yo diría, aunque esto pueda escandalizar
a espíritus positivos o positivistas, yo diría que disciplinas
como la ciencia o como la filosofía están en los umbrales
de la explicación de la realidad, pero no han explicado
toda la realidad, a medida que se avanza en el campo filosófico
o en el científico, los misterios se van multiplicando,
en nuestra vida interior es exactamente lo mismo.
Si quieren un ejemplo para salir un
poco de este terreno un tanto abstracto, piensen solamente
en eso que utilizamos continuamente y que es nuestra memoria.
Cualquier tratado de psicología nos va a dar una definición
de la memoria, nos va a dar las leyes de la memoria, nos
va a dar los mecanismos de funcionamiento de la memoria.
Y bien, yo sostengo que la memoria es uno de esos umbrales
frente a los cuales se detiene la ciencia, porque no puede
explicar su misterio esencial, esa memoria que nos define
como hombres, porque sin ella seríamos como plantas o
piedras; en primer lugar, no sé si alguna vez se les ocurrió
pensarlo, pero esa memoria es doble; tenemos dos memorias,
una que es activa, de la cual podemos servirnos en cualquier
circunstancia práctica y otra que es una memoria pasiva,
que hace lo que le da la gana: sobre la cual no tenemos
ningún control.
Jorge Luis Borges escribió un cuento que
se llama “Funes el memorioso”, es un cuento fantástico,
en el sentido de que el personaje Funes, a diferencia
de todos nosotros, es un hombre que posee una memoria
que no ha olvidado nada, y cada vez que Funes ha mirado
un árbol a lo largo de su vida, su memoria ha guardado
el recuerdo de cada una de las hojas de ese árbol, de
cada una de las irizaciones de las gotas de agua en el
mar, la acumulación de todas las sensaciones y de todas
las experiencias de la vida están presentes en la memoria
de ese hombre. Curiosamente en nuestro caso es posible,
es posible que todos nosotros seamos como Funes, pero
esa acumulación en la memoria de todas nuestras experiencias
pertenecen a la memoria pasiva, y esa memoria solamente
nos entrega lo que ella quiere.
Para completar el ejemplo si cualquiera de
ustedes piensa en el número de teléfono de su casa, su
memoria activa le da ese número, nadie lo ha olvidado,
pero si en este momento, a los que de ustedes les guste
la música de cámara, les pregunto cómo es el tema del
andante del cuarteto 427 de Mozart, es evidente que, a
menos de ser un músico profesional, ninguno de ustedes
ni yo podemos silvar ese tema y sin embargo, si nos gusta
la música y conocemos la obra de Mozart, bastará que alguien
ponga el disco con ese cuarteto y apenas surja el tema
nuestra memoria lo continuará. Comprenderemos en ese instante
que lo conocíamos, conocemos ese tema porque lo hemos
escuchado muchas veces, pero activamente, positivamente,
no podemos extraerlo de ese fondo, donde quizá como Funes,
tenemos guardado todo lo que hemos visto, oído, vivido.
Lo fantástico y lo misterioso no son solamente
las grandes imaginaciones del cine, de la literatura,
los cuentos y las novelas. Está presente en nosotros mismos,
en eso que es nuestra psiquis y que ni la ciencia, ni
la filosofía consiguen explicar más que de una manera
primaria y rudimentaria.
Ahora bien, si de ahí, ya en una forma un
poco más concreta nos pasamos a la literatura, yo creo
que ustedes están en general de acuerdo que el cuento,
como género literario, es un poco la casa, la habitación
de lo fantástico. Hay novelas con elementos fantásticos,
pero son siempre un tanto subsidiarios, el cuento en cambio,
como un fenómeno bastante inexplicable, en todo caso para
mí, le ofrece una casa a lo fantástico; lo fantástico
encuentra la posibilidad de instalarse en un cuento y
eso quedó demostrado para siempre en la obra de un hombre
que es el creador del cuento moderno y que se llamó Edgar
Allan Poe. A partir del día en que Poe escribió la serie
genial de su cuento fantástico, esa casa de lo fantástico,
que es el cuento, se multiplicó en las literaturas de
todo el mundo y además sucedió una cosa muy curiosa y
es que América Latina, que no parecía particularmente
preparada para el cuento fantástico, ha resultado ser
una de las zonas culturales del planeta, donde el cuento
fantástico ha alcanzado sus exponentes, algunos de sus
exponentes más altos. Piensen, los que se preocupan en
especial de literatura, piensen en el panorama de un país
como Francia, Italia o España, el cuento fantástico no
existe o existe muy poco y no interesa, ni a autores,
ni a lectores; mientras que, en América Latina, sobre
todo en algunos países del cono sur: en el Uruguay , en
la Argentina... ha habido esa presencia de lo fantástico
que los escritores han traducido a través del cuento.
Cómo es posible que en un plazo de treinta años el Uruguay
y la Argentina hayan dado tres de los mayores cuentistas
de literatura fantástica de la literatura moderna. Estoy
naturalmente citando a Horacio Quiroga, a Jorge Luis Borges
y al uruguayo Felisberto Hernández, todavía injustamente,
mucho menos conocido.
En la literatura lo fantástico encuentra
su vehículo y su casa natural en el cuento y entonces,
a mí personalmente no me sorprende, que habiendo vivido
siempre con la sensación de que entre lo fantástico y
lo real no había límites precisos, cuando empezé a escribir
cuentos ellos fueran de una manera casi natural, yo diría
casi fatal, cuentos fantásticos.
(...) Elijo para demostrar lo fantástico
uno de mis cuentos “La noche boca arriba” y cuya historia,
resumida muy sintéticamente, es la de un hombre que sale
de su casa en la ciudad de París, una mañana, en una motocicleta
y va a su trabajo, observando, mientras conduce su moto,
los altos edificios de concreto, las casas, los semáforos
y en un momento dado equivoca una luz de semáforo y tiene
un accidente y se destroza un brazo, pierde el sentido
y al salir del desmayo, lo han llevado al hospital, lo
han vendado y está en una cama, ese hombre tiene fiebre
y tiene tiempo, tendrá mucho tiempo, muchas semanas para
pensar, está en un estado de sopor, como consecuencia
del accidente y de los medicamentos que le han dado; entonces
se adormece y tiene un sueño; sueña curiosamente que es
un indio mexicano de la época de los aztecas, que está
perdido entre las ciénagas y se siente perseguido por
una tribu enemiga, justamente los aztecas que practicaban
aquello que se llamaba la guerra florida y que consistía
en capturar enemigos para sacrificarlos en el altar de
los dioses.
Todos hemos tenido y tenemos pesadillas así,
siente que los enemigos se acercan en la noche y en el
momento de la máxima angustia se despierta y se encuentra
en su cama de hospital y respira entonces aliviado, porque
comprende que ha estado soñando, pero en el momento en
que se duerme la pesadilla continúa, como pasa a veces
y entonces, aunque él huye y lucha es finalmente capturado
por sus enemigos, que lo atan y lo arrastran hacia la
gran pirámide, en lo alto de la cual están ardiendo las
hogueras del sacrificio y lo está esperando el sacerdote
con el puñal de piedra para abrirle el pecho y quitarle
el corazón. Mientras lo suben por la escalera, en esa
última desesperación, el hombre hace un esfuerzo por evitar
la pesadilla, por despertarse y lo consigue; vuelve a
despertarse otra vez en su cama de hospital, pero la impresión
de la pesadilla ha sido tan intensa, tan fuerte y el sopor
que lo envuelve es tan grande, que poco a poco, a pesar
de que él quisiera quedarse del lado de la vigilia, del
lado de la seguridad, se hunde nuevamente en la pesadilla
y siente que nada ha cambiado. En el minuto final tiene
la revelación. Eso no era una pesadilla, eso era la realidad;
el verdadero sueño era el otro. Él era un pobre indio,
que soñó con una extraña, impensable ciudad de edificios
de concreto, de luces que no eran antorchas, y de un extraño
vehículo, misterioso, en el cual se desplazaba, por una
calle.
Si les he contado muy mal este cuento es
porque, me parece, que refleja suficientemente la inversión
de valores, la polarización de valores, que tiene para
mí lo fantástico y, quisiera decirles además, que esta
noción de lo fantástico no se da solamente en la literatura,
sino que se proyecta de una manera perfectamente natural
en mi vida propia.
Terminaré este pequeño recuento de
anécdotas con algo que me ha sucedido hace aproximadamente
un año. Ocho años atrás escribí un cuento fantástico que
se llama “Instrucciones para John Howell”, no les voy
a contar el cuento; la situación central es la de un hombre
que va al teatro y asiste al primer acto de una comedia,
más o menos vanal, que no le interesa demasiado; en el
intervalo entre el primero y el segundo acto dos personas
lo invitan a seguirlos y lo llevan a los camerinos, y
antes de que él pueda darse cuenta de lo que está sucediendo,
le ponen una peluca, le ponen unos anteojos y le dicen
que en el segundo acto él va a representar el papel del
actor que había visto antes y que se llama John Howell
en la pieza.
“Usted será John Howell”. Él quiere protestar
y preguntar qué clase de broma estúpida es esa, pero se
da cuenta en el momento de que hay una amenaza latente,
de que si él se resiste puede pasarle algo muy grave,
pueden matarlo. Antes de darse cuenta de nada escucha
que le dicen “salga a escena, improvise, haga lo que quiera,
el juego es así”, y lo empujan y él se encuentra ante
el público... No les voy a contar el final del cuento,
que es fantástico, pero sí lo que sucedió después.
El año pasado recibí desde Nueva York una
carta firmada por una persona que se llama John Howell.
Esa persona me decía lo siguiente: “ Yo me llamo John
Howell, soy un estudiante de la universidad de Columbia,
y me ha sucedido esto; yo había leído varios libros suyos,
que me habían gustado, que me habían interesado, a tal
punto que estuve en París hace dos años y por timidez
no me animé a buscarlo y hablar con usted. En el hotel
escribí un cuento en el cual usted es el protagonista,
es decir que, como París me ha gustado mucho, y usted
vive en París, me pareció un homenaje, una prueba de amistad,
aunque no nos conociéramos, hacerlo intervenir a usted
como personaje. Luego, volví a N.Y, me encontré con un
amigo que tiene un conjunto de teatro de aficionados y
me invitó a participar en una representación; yo no soy
actor, decía John, y no tenía muchas ganas de hacer eso,
pero mi amigo insistió porque había otro actor enfermo.
Insistió y entonces yo me aprendí el papel en dos o tres
días y me divertí bastante. En ese momento entré en una
librería y encontré un libro de cuentos suyos donde había
un cuento que se llamaba “Instrucciones para John Howell”
. ¿Cómo puede usted explicarme esto, agregaba, cómo es
posible que usted haya escrito un cuento sobre alguien
que se llama John Howell, que también entra de alguna
manera un poco forzado en el teatro, y yo, John Howell,
he escrito en París un cuento sobre alguien que se llama
Julio Cortázar.
Yo los dejo a ustedes con esta pequeña apertura,
sobre el misterio y lo fantástico, para que cada uno apele
a su propia imaginación y a su propia reflexión y desde
luego, a partir de este minuto estoy dispuesto a dialogar
y a contestar, como pueda, las preguntas que me hagan.
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(*)
Fuente: Julio
Cortázar, "El sentimiento de lo fantástico,
en La casilla de los Morelli (Julio Ortega editor), ed.
Tusquets.
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