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EL IDIOMA ANALÍTICO DE JOHN WILKINS
Por Jorge Luis Borges
Borges siempre levantó su estandarte
dentro de las filas del nominalismo: el lenguaje es
un tejido de nombres, red de palabras humanas incapaz
de aprehender, expresar, la nervadura íntima de los
cosas. Por lo tanto, todo lenguaje, desde la ciencia
a la literatura fantástica es ficción, un universo
de signos que quizás se aproxime, pero nunca expresa
lo real. Esta orientación del pensar nutre la idea
de que toda cultura es creación fantástica, postulación
fantástica de una realidad siempre replegada en su
misterio en esencia inefable. Este arco de ideas atraviesa
El idioma analítico de John Wilkins, texto
perteneciente al volumen de ensayos Otras discusiones,
de 1951; cuyo versión completa presentamos ahora en
esta sección de Textos sobre Literatura fantástica
de Temakel. Allí, Borges enlaza un proyecto
de un nuevo idioma de John Wilkins con la imaginaria
clasificación de objetos y seres por una enciclopedia
china. El idioma de Wilkins y la enciclopedia del
Lejano Oriente evidencia la imposibilidad linguística
de manifestar los ritmos más sutiles del mundo. Así,
todo lenguaje es una construcción arbitraria de signos.
El mundo, lo real, siempre centellea como espacio
ausente; sobre él la literatura fantástica construye
su palacio de imaginación, pero también toda la cultura
humana.
E.I
EL IDIOMA ANALÍTICO
DE JOHN WILKINS
Por
Jorge Luis Borges
He
comprobado que la decimocuarta edición de la
Encyclopaedia Britannica suprime el artículo
sobre John Wilkins. Esa omisión es justa, si recordamos
la trivialidad del artículo (veinte renglones de meras
circunstancias biográficas: Wilkins nació en 1614,
Wilkins murió en 1672, Wilkins fue capellán de Carlos
Luis, príncipe italiano; Wilkins fue nombrado rector
de uno de los colegios Oxford, Wilkins fue el primer
secretario de la Real Sociedad de Londres, etc.);
es culpable, si consideramos la obra especulativa
de Wilkins. Éste abundó en felices curiosidades: le
interesaron la teología, la criptografía, la música,
la fabricación de colmenas transparentes, el curso
de un planeta invisible, la posibilidad de un viaje
a la luna, la posibilidad y los principios de un lenguaje
mundial. A este último problema dedicó el libro
An Essay Towards a Real Character and a Philosophical
Language (600 páginas en cuarto mayor, 1668).
No hay ejemplares de ese libro en nuestra Biblioteca
Nacional; he interrogado, para redactar esta nota,
The life and Times of John Wilkins (1910),
de P. A. Wrigh Henderson; el Woertebuch der Philosophie
(1924), de Fritz Mathner; Delphos (1935),
de E. Sylvia Pankhurst; Dangerous Thoughts (1939),
de Lancelot Hogben.
Todos, alguna vez, hemos padecido esos debates inapelables que una dama, con acopio de interjecciones y de
anacolutos jura que la palabra luna es más (o menos) expresiva que
la palabra moon. Fuera de la evidente observación de que el monosílabo
moon es tal vez más apto para representar un objeto muy simple que la palabra bisilábica
luna, nada es posible contribuir a tales debates; descontadas las palabras
descompuestas y las derivaciones, todos los idiomas del mundo (sin excluir el
volapük Johann Martin Schleyer y la romántica interlingua
de Peano) son igualmente inexpresivos. No hay edición de la Gramática
de la Real Academia que no pondere "el envidiado tesoro de voces
pintorescas, felices y expresivas de la riquísima lengua
española", pero se trata de una mera jactancia, sin
corroboración. Por lo pronto, esa misma Real Academia elabora cada tantos años un
diccionario, que define las voces del español... En el idioma universal
que ideó Wilkins al promediar el siglo XVll, cada palabra se define a
sí misma. Descartes, en una epístola fechada en noviembre de 1629, ya
había anotado que mediante el sistema decimal de numeración,
podemos aprender en un solo día a nombrar todas las cantidades hasta el
infinito y a escribirlas en un idioma nuevo que es el de los guarismos;
también había propuesto la formación de un idioma análogo, general, que
organizara y abarcara todos los pensamientos humanos. John Wilkins, hacia 1664,
acometió esa empresa.
Dividió el universo en cuarenta categorías o géneros, subdivisibles luego en diferencias,
subdivisibles a su vez en especies. Asignó a cada género sin monosílabo de dos letras; a cada
diferencia, una consonante; a cada especie, una vocal. Por ejemplo: de,
quiere decir elemento; deb, el primero de los elementos, el fuego; deba, una porción
del elemento del fuego, una llama. En el idioma análogo de Letellier (1850) a,
quiere decir animal; ab, mamífero; abo, carnívoro; aboj,
felino; aboje, gato; abi, herbívoro; abiv, equino; etc.
En el Bonifacio Sotos Ochando (1854), imaba, quiere decir edificio; imaca,
serrallo; image, hospital; imafo, lazareto; imarri, casa;
imaru, quinta; imedo, poste; imede, pilar; imego,
suelo; imela, techo; imogo, ventana; bire, encuadernador;
birer, encuadernar. (Debo este último censo a un libro impreso en
Buenos Aires en 1886: el Curso de lengua universal, de doctor Pedro Mata).
Las
palabras del idioma analítico de John Wilkins no son torpes símbolos
arbitrarios; cada una de las letras que las integran es significativa, como lo
fueron las de la Sagrada Escritura para los cabalistas. Mauthner observa que
los niños podrían aprender ese idioma sin saber que es artificioso; después
en el colegio, descubrirán que es también una clave universal y una
enciclopedia secreta.
Ya definido
el procedimiento de Wilkins, falta examinar un problema de imposible o
difícil postergación: el valor de la tabla cuadragesimal que es base del
idioma. Consideremos la octava categoría, la de las piedras. Wilkins las
divide en comunes (pedernal, cascajo, pizarra), módicas (mármol, ámbar,
coral), preciosas (perla, ópalo), transparente (amatista, zafiro) e
insolubles (hulla, greda y arsénico). Casi tan alarmante como la octava, es
la novena categoría. Esta nos revela que los metales pueden ser imperfectos
(bermellón, azogue), artificiales (bronce, latón), recrementicios
(limaduras, herrumbre) y naturales (oro, estaño, cobre). La
belleza figura en la categoría decimosexta; es un pez vivíparo, oblongo. Esas ambigüedades, redundancias y
deficiencias recuerdan las que el doctor Franz Kuhn atribuye a cierta enciclopedia china que se titula Emporio celestial de conocimientos
benévolos. En sus remotas páginas está escrito que los animales se dividen en
(a) pertenecientes al Emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h)
incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (1) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de
lejos parecen moscas. El Instituto Bibliográfico de Bruselas también ejerce el caos: ha parcelado el universo en 1000 subdivisiones,
de las cuales la 262 corresponde al Papa; la 282, a la Iglesia Católica Romana; la
263, al Día del Señor; la 268, a las escuelas dominicales; la 298, al mormonismo, y la 294, al brahmanismo, budismo, shintoísmo y taoísmo. No
rehúsa las subdivisiones heterogéneas, verbigracia, la 179: "Crueldad con los animales. Protección de los animales. El duelo y el suicidio desde el punto
de vista de la moral. Vicios y defectos varios. Virtudes y cualidades
varias."
He registrado
las arbitrariedades de Wilkins, del desconocido (o apócrifo) enciclopedista chino y del Instituto Bibliográfico de Bruselas;
notoriamente no hay clasificación del universo que no sea arbitraria y
conjetural. La razón es muy simple: no sabemos qué cosa es el universo. "El mundo
-escribe David Hume- es tal vez el bosquejo rudimentario de algún dios infantil, que
lo abandonó a medio hacer, avergonzado de su ejecución deficiente; es obra de
un dios subalterno, de quien los dioses superiores se burlan; es la confusa producción de una
divinidad decrépita y jubilada, que ya se ha muerto" (Dialogues Concerning Natural
Religion, V. 1779). Cabe ir más lejos; cabe sospechar que no hay universo en el sentido orgánico, unificador,
que tiene esa ambiciosa palabra. Si lo hay, falta conjeturar su propósito;
falta conjeturar las palabras, las definiciones, las etimologías, las
sinonimias, del secreto diccionario de Dios.
La imposibilidad de penetrar el esquema divino del universo, no puede, sin
embargo, disuadirnos de planear esquemas humanos, aunque nos conste que estos
son provisorios. El idioma analítico de Wilkins no es el menos admirable de ésos esquemas.
Los géneros y especies que lo componen son contradictorios y vagos; el artificio
de que las letras de las palabras indiquen subdivisiones y divisiones es, sin duda, ingenioso. La
palabra salmón no nos dice nada; Zana, la voz correspondiente;
delfine (para el hombre versado en las cuarenta categorías y en los géneros
de esas categorías) un pez escamoso, fluvial, de carne rojiza. Teóricamente,
no es inconcebible un idioma donde el hombre de cada ser indicara todos los
pormenores de su destino, pasado y venidero.)
Esperanzas y utopías aparte, acaso lo más lúcido que sobre el lenguaje se
ha escrito son estas palabras de Chesterton: "El hombre sabe que hay en
el alma tintes más desconcertantes, más innumerables y más anónimos que
los colores de una selva otoñal...cree, sin embargo, que esos tintes, en
todas sus fusiones y conversiones, son representables con precisión por un
mecanismo arbitrario de gruñidos y de chillidos. Cree que del interior de un
bolsista salen realmente ruidos que significan todos los misterios de la
memoria y todas las agonías del anhelo" (G.F.Watts, pág.88,
1904). (*)
(*) Fuente: Jorge Luis
Borges, El idioma analítico de John Wilkins,
en Otras inquisiciones, Obras Completas, Vll,
Buenos Aires, Editorial Emecé.
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