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EDUARDO
MALLEA
Por
Julio Antonio Corigliano
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Eduardo
Mallea (1903-82)
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En el artículo que presentamos a continuación, Julio Antonio
Corigliano, licenciado en Filosofía de la UBA, explora la
literatura de Eduardo Mallea, uno de los máximos escritores
argentinos. Mallea brilló a través de su novelística y por
su notable y poco leído ensayo en la actualidad, Historia
de una pasión argentina. Estas líneas servirán de una
rica introducción y estímulo para la lectura del autor de
La Bahía del silencio. Abajo,
en un recuadro, se destacan aspectos de su vida, y se indican
sus principales obras y opiniones de grandes escritores sobre
la trascendencia de su literatura.
E.I
EDUARDO
MALLEA
Por
Julio Antonio Corigliano
"Yo
tenía tal miedo sagrado de la soledad y de la existencia a
los siete u ocho años, que no podía estar solo ni un momento y por
eso corría tristemente a refugiarme en las faldas de mi madre o en
el cuarto de mi padre cada vez que llegaba a mi casa de la escuela
primaria o cuando me traían después de la visita de la casa de un
amigo (1).
En secreta correspondencia con sus búsquedas, con sus metas, un
hombre se planta frente a ciertos desafíos, ciertos peligros donde
despliega y mide todas sus fuerzas. Uno de los riegos ante los
cuales probó su vida Eduardo Mallea fue la soledad, el
irreductible aislamiento en el que todo hombre se encuentra en tanto
individuo único e irrepetible. El precio de la
individualidad es la soledad y el silencio profundos desde los
cuales se inicia el viaje hacia los otros y el mundo. De esta
íntima desnudez humana, el escritor tomó conciencia desde niño, y
ya para el resto de sus días. Silencio de uno y de todos; soledad
propia, de un país, de una geografía, del hombre mismo.
Aislamiento que sin embargo ha luchado por comunicarse, por ser voz,
palabra, grito, expresión, es decir, un puente hacia
los otros; conciente siempre de que el suelo que pisa el hombre es
su soledad y de que en ningún sentido debemos hacernos falsas
ilusiones sobre ello:"Un grito humano/.../ pese a su barullo o
fantástica pujanza, es un solo grito, eternamente
uno, el eternamente uno de cada uno; y tan
prisión es su libertad u originalidad limitada como la libertad u
originalidad de nuestra propia vida, tristemente diferente de
todo"(2).
La
situación humana es extremadamente peligrosa: la trampa del
encierro de cada uno en sí mismo está tendida; la clausura en la
propia fortaleza, frente a un mundo que adquiere consecuentemente un
rostro ajeno, extraño, agresivo. La vida se enquista en la
enemistad de todos contra todos, en la guerra egoísta de los
individuos. Guerra que destruye a Agata, el personaje central de Todo
verdor perecerá, y que en el extremo dolor le lleva a
pensar:"¿Será posible que todo sea en este mundo discordia,
mal prevenimiento, cansancio del amor? Allá guerra y acá guerra.
Feroces caídas, fuegos y las mil formas reptantes del
resentimiento... Que el corazón humano no se aclimate en la
unión nunca, nunca, nunca...Y que la experiencia de
miles de años, la historia de las cosas humanas, rica de las
infinitas sabidurías de la mente, no haya enseñado al alma
nada..."(3). Si no hemos aprendido a encontrarnos, si pese a
todo lo hecho y sufrido por el hombre a lo largo de la historia no
hemos hallado la clave de la unión, del amor, entonces el alma no
ha aprendido nada. Y así como Agata marchaba a la deriva, cargada
de dolor y espanto, también la historia humana se transforma en una
carrera sin sentido, y la vida en agonía, lucha en medio de la nada
más absurda. Cuando Agata consuma su destino de incoprensión y
desamor implora al borde de la muerte por alguien que pueda
entenderla, que hable su lengua, con quien compartir y
comulgar."Estaba tan cansada y tan
desgarrada... le dolía el tiempo. Tuvo, en ese momento de
máxima desolación, ganas de llorar, y se dijo, con las dos manos
laxas sobre su falda: "Dios, cuándo encontraré quien
hable mi lenguaje". Y no era esa ni siquiera una
pregunta, a fuerza de ser proferida sin ilusión"(4). Y en
medio del abandono y la impotencia, la vida huye, lejos, tan lejos
como pueden estar los otros, que en la dolorosa fantasía de la
protagonista huyen llevándose consigo la vida. "La vida
es de los otros. La vida es esta gente pobre del puerto; ese
trabajo;/.../Sólo es verdad lo que es capaz de comunión...¿Comunión?
¿Quién pensó llamarla nunca a comunión? ¿Dios, la
tierra? Nadie, nada."(5). ...Y en lo más profundo de ese
abismo humano se yergue la pesadilla oprimente de una eternidad
absolutamente solitaria, como acabamiento y coronación de lo ya
vivido. El infierno no son los otros, como dijera Sartre; para
Mallea el infierno es la soledad, la ausencia de toda comunión, de
todo otro: "¡Qué terror, qué terror aquella idea! Aun
después de la muerte, después de todo, la misma, la misma soledad./.../Le
asaltó otra vez la obsesión de que si dejara de vivir de repente, su
soledad sería eterna..." (6). Del mismo modo se afirma
en la novela Bahía de silencio :" Quizá toda la vida
no sirva más que para hacernos tener, por un momento, conciencia de
cómo vamos a vivir de solos en la eternidad ..."
(7).
Pero
no estamos impotentes frente al desafío de la soledad sino
obligados a utilizar todas nuestras fuerzas espirituales. En
principio, el arte mismo, la poesía, es el testimonio del abandono
pero a la vez un grito de comunión, un llamado
lanzado a los otros, a la soledad de los otros: "No es
demasiado larga la historia de los poetas o los narradores,- nos
recuerda Mallea- /.../ese coro se alza como la entonación varia,
heterogénea, compleja, de una misma partitura, la cual es una
suerte de:¡Ah, por qué estamos así de abandonados de todo
Poder, aun de nosotros mismos para con nosotros mismos y frente a
nosotros mismos!"(8). Todo artista es un hombre que ha
sondeado el abismo, que convive con él y que deberá sacar sus
fuerzas de allí mismo; deberá bajar al infierno y traernos su
canto y su realización. El artista deberá conocer la impotencia de
la incomunicación, que en él adquiere un significado
ejemplar. En tanto la esencia del arte es revelar,
comunicar, transmitir, para el artista la imposibilidad de la
comunicación no es un problema en relación hacia los otros, es ni
más ni menos que la imposibilidad de realizarse.
"Lo que el escritor quiere, ante todo y por sobre todo, lo que
radicalmente quiere es revelar ese algo a cuya
convocación se ha aplicado"(9). Por tanto si la realización
implica una obra de comunicación, comunicación y realización se
juegan en el mismo riesgo. La incomunicación hace imposible
en el artista toda realización. De este modo el núcleo de
la problemática debemos exponerlo alrededor de ciertos conceptos
tales como aislamiento, incomunicación, impotencia, fracaso,
frustración... Y por otro lado aquellos conceptos que
señalan hacia la superación a la que se aspira:
comunicación, expresión, realización. "Para ser un gran
escritor habrá que llegar al llanto de la impotencia
por no encontrar las palabras necesarias a fin de expresar
..."(10). Expresar es realizarse, comunicarse, vencer allí
donde la amenaza siempre estuvo al acecho. El artista consumado
canta para los otros y realiza así lo que parecía imposible, nos
habla, habla con otros, ha
encontrado el singular lenguaje que nos une en comunión.
Pero
el artista es un modelo de lo que ocurre a todos los hombres ya que
el hombre es "en su auténtico y vulnerable fondo último, en
su última tristeza solitaria, /.../ un pobre animal poético
acosado, a quien tanto se ha visto sufrir y a quien tanto
hay que perdonar"(11). Para todo ser
humano, entonces, la imposibilidad de comunicación, de
revelación, es la imposibilidad última, el fracaso de toda
realización. Toda obra y acción es un símbolo, una palabra, un
mensaje que se tiende hacia los demás. Habremos conjurado
entonces ese hechizo que quiere someternos al sueño de la
impotencia y el aislamiento.
Este
mal sueño se defiende, persiste, se aferra a nuestra alma con el
peso de los milenarios fracasos, de las obsesiones tristes que nos
arrastran a reiterar la derrota:"A veces lo que habla en
nosotros es otra voz que la voz, a veces lo que habla en nosotros es
materia sin dueño vieja e impersonal... Y esto que hablaba en mí,
no era mi voz. Era un grito, y de repente, un murmullo. "No:
nadie influye sobre nadie." No: ¡nadie influye sobre
nadie! ¡Nadie, nadie! Todos son choques. ¿Influir?
¿Influir? Cada conciencia es un río y no oye más que su
propio correr. "(12). Cada uno en su barca llevando
solo su propia carga y tratando de resistir el peligro. El egoísmo
nos arrastra hacia nuestra propia destrucción. Otra cosa reclama y
necesita el hombre de nuestra época cansado ya de tanta puja, de
tanta guerra miserable. La nuestra "es la etapa en que el
hombre reclama salidas, demanda una existencia en la que las conclusas
islas vivas dejen de ser tales para fundirse
en una fluidez universal que asegure a cada humana célula su
fertilidad total, su fertilidad trascendente."(13)
¡Basta de encierro! Es hora ya de que la monstruosa carga de odio,
resentimiento, desconfianza comience a ser superada, es hora ya de
encontrar la comunión profunda con lo más oculto del río que nos
lleva, de fundirnos en su fluidez universal para afincar allí
nuestras raíces que entonces y solo entonces podrán fructificar.
Abrir nuestro corazón, nuestra conciencia a los otros, a lo otro.
La vida humana no puede guardarse, debe entregarse confiada, debe
trascender, salir hacia el mundo, los otros, Dios... De este modo,
cuando somos lo suficientemente fuertes como para deponer las armas,
derribar nuestras murallas, comenzamos a vivenciar la riqueza del
mundo que siempre estuvo allí dispuesto a visitarnos. Y "basta
una brisa inesperada para que se abra una puerta y el navegante
reciba al huésped divisorio, allí donde habitaba solo con su
seguridad".(14) Y advertimos que el otro y los otros siempre
estuvieron allí fecundándonos, atravesando con la facilidad de una
brisa nuestras vulnerables defensas. Advertimos la dimensión
monstruosa de nuestro encierro que nos impidió el encuentro
en la riqueza de todas sus posibilidades. Es necesario un
gesto valiente de apertura, la sostenida decisión que nos
ofrezca dispuestos a los otros. Entonces, lo que una vez se nos
aparecía como amenaza a nuestro acuartelamiento se nos muestra
luego con su más profundo rostro. Así reflexiona Mallea en Bahía
de silencio :"Bien valdría la pena de que se escribiera
alguna vez el estudio de cómo las naturalezas humanas, al azar
de sus encuentros mutuos, se fecundan entre sí y fertilizan en
incontables planos y en diferentes provincias del ser./.../Las
vocaciones y direcciones de una vida individual, ¿qué habrían
sido en este o en aquel caso, de no habérseles presentado tal
amistad, tal lección, tal encuentro, que ha sido después decisivo
en esa vida?/.../?"(15)
La
salvación del hombre depende de si es capaz de su apertura, de su
decisión de trascender hacia el horizonte que lo solicita
fuera de su fortaleza egoísta. Se abre así una verdadera
encrucijada, de modo que está en cada uno tomar uno u otro camino,
tal como está excelentemente dicho por Roberto Ricarte
reflexionando sobre sí y su amigo Nielo, ambos personajes de La
torre: "Los dos en un callejón- pensó,
mientras él cubría el camino habitual -. Sólo que el de Nielo,
mucho peor, mucho peor porque no tiene escapatoria. Al fin, por
instinto, por intuición, yo encuentro siempre mis salidas;
pero este pobre no escapa de sus embotellamientos. Sí; al fin y al
cabo, a diferencia de Nielo, él sabía lo que deseaba, y deseaba
las cosas sin apuro pero con seguridad y horizonte al fondo,
en la tranquilidad del camino divisado. Pero Nielo era de los
que se aferran a su clausura y se entristecen de encierro,
confinados entre las cuatro paredes del alma desalentante. Y
esto es malo, esto es terrible. La gran lección de la vida no
debiera consistir más que en llevarnos constantemente hacia
nuestras salidas, en no enseñarnos más que a estar
saliendo de nosotros, yendo a todo, caminando desde nosotros
hacia todo, mirando a cada lado, sin obstáculos, sin muros, este
o aquel horizonte, convenciéndonos de que toda puerta da a
la postre sobre alguno, y que ese es el que importa y no las
puertas. Pero, de la vida, a veces, no se aprende nada. Y Nielo
permanecería siempre siendo el encerrado, el
embotellado. ¿Quién lo convencería de que el mundo se divide en
dos especies: los que viajan hacia sí y los que viajan desde
sí; y que la primera especie no sirve más que como punto
de partida, y so pena de muerte y muertes, hay que dejarla cuanto
antes?"(16). No es pequeño el peligro, muerte y muertes, como
la que llevamos en el alma encerrada, como las que vivimos con cada
experiencia en la que permanecemos siempre aferrados a nosotros
mismos.
Pero
una vez realizado este movimiento trascendente la soledad o el
silencio, pierden su filo destructivo para servir a una vida mucho
más plena. De allí que Mallea pueda hacer también estas hermosas
consideraciones: "El hombre, por lo general, detesta estar
solo.Teme estar solo. Y eso es porque no sabe
estar solo. Si hay algo que requiere, en efecto aprendizaje
es esa capacidad de encontrar en la soledad ciertos ecos que la
diversifican en misteriosos contenidos. /.../Pero una soledad bien
ejecutada no tiene parangón como ejercicio de deleite./.../Al rato
de estar sabia y concentradamente solos, ya no somos nosotros,
sino los otros otros...En mis noches de clausura silenciosa
primero sufro, evoco cosas dolorosas, siento no estar rodeado de
palabras solidarias; pero una lenta, progresiva forma de liberación
creadora llega al fin a estimularme y darme la idea de que todo
cuanto he visto, reflexionado y conocido está ahí silenciosamente
a mi servicio, proclamándome el monarca elegido por el
sometimiento de mi pena"(17). Cuando el hombre se sabe religado
a todo, cuando ha encontrado el camino de conciliación con la vida,
el mundo, los otros... el silencio y la soledad ya no son los
mensajeros de una eterna clausura, de un eterno aislamiento, sino
los servidores del verdadero y más profundo encuentro. (*)
(*)
Fuente: Este artículo
sobre Mallea de Julio Antonio Corigliano es editado aquí de manera
original.
Citas:
(1) Mallea, E. Los papeles privados. Bs.As. Sudamericana.
1974.Pág. 141.
(2) Idem. Pág. 44.
(3) Mallea, E. Todo verdor perecerá. Bs.As. Sudamericana. 1967.
Pág. 175.
(4)
Idem. Pág. 179.
(5) Idem. Págs. 188-9.
(6) Idem. Págs. 190 y 196.
(7) Mallea, E. La bahía de silencio. Bs.AS. Sudamericana.
1974. Pág. 358.
(8) Mallea, E. La guerra interior. Bs.As. Sudamericana. 1982.
Pág. 78.
(9) Mallea, E. Poderío de la novela. Bs.As. Aguilar. 1965.
Pág. 166.
(10) Mallea, E. Los papeles...Op.cit. Pág. 129.
(11) Mallea, E. La guerra... Op.cit. Pág. 122.
(12) Mallea, E. La bahía...Op.cit. Pág. 436 .
(13) Mallea, E. El sayal y la púrpura. Bs.As. Losada. 1962.
Pág. 27.
(14) Mallea, E. Los papeles...Op.cit. Pág. 34.
(15) Mallea, E. La bahía... Op.cit. Pág. 131.
(16) Mallea, E. La torre. Bs.As. Sudamericana. 1950. Pág.
283.
(17) Mallea, E. Los papeles... Op.cit. Pág. 101.
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SU
VIDA
Nace
en Bahía Blanca el 14 de agosto de 1903. En 1916 se
traslada a Buenos Aires con su familia. Ingresa en
la Facultad de Derecho sin vocación y a los pocos
años abandona el estudio. Trabaja para el diario La
Nación. Publica en 1926 su primer libro, Cuentos
para una inglesa desesperada. En 1935 recibe el
Primer Premio de Prosa de la Municipalidad de Bs.As.
Se casa con Helena Muñoz Larreta en 1944. En 1945
se le concede el Premio Nacional de Literatura.
Ocupa en 1955 la Embajada Argentina ante la
U.N.E.S.C.O., en París. Regresa en 1958. En 1968
dicta cursos sobre literatura en la Universidad de
Michigan y es nombrado Doctor Honoris Causa. Durante
los años siguientes no
desempeñó ningún cargo oficial y se dedica
absolutamente a su obra. Muere en el año 1982.
SUS
OBRAS MAS DESTACADAS
*
1936. La ciudad junto al río inmóvil.
*
1937. Historia de una pasión argentina.
*
1940. La bahía de silencio.
*
1941. Todo verdor perecerá.
*
1946. El sayal y la púrpura.
*
1951. La torre.
*
1957. Simbad.
*
1963. La guerra interior.
*
1965. Poderío de la novela.
*
1966. El resentimiento.
*
1967. La barca de hielo.
*
1974. Los papeles privados.
Algunas
opiniones sobre su obra.
*
La obra de Mallea es una odisea de la conciencia
humana en el nuevo espacio y tiempo urbanos. Rafael
Gutierrez Girardot
*
De estilo nervioso, lleno de imágenes y penetrante
barroquismo. Attillo Dabini.
*
La estrella de Mallea está
ascendiendo en su cenit, y los lectores podrán
apreciar en él al maestro que es. Lawrence
Durrell.
*
Su lectura me ha emocionado sinceramente... No sé
de ningúna obra reciente, dentro de la literatura
sudamericana que pueda comparársele. Stefan
Zweig.
Mallea,
E. Los papeles privados. Bs.As. Sudamericana.
1974.Pág. 141.
Idem.
Pág. 44.
Mallea,
E. Todo verdor perecerá. Bs.As. Sudamericana. 1967.
Pág. 175.
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