Afganistán
ha trascendido esencialmente por lo vinculado al régimen talibán y su
derrocamiento. Pero en este castigado país musulmán existen también
mujeres que, a pesar de su represión y marginación, han generado una
literatura que irradia talento artístico y hondura poética.
Melina Jimena Olivera nos acercará en este sección de Este
Mundo de Temakel a la mujer afgana y algunos resplandores de
su desconocida literatura.
"Escribir
significa para ellas, sobreponerse al cuerpo como cárcel y
entrar en el terreno de lo simbólico, antes posesión
absoluta de los hombres".
Fue
cuando leí esta frase, en un diario viejo ya, que pude observar
claramente la otra cara de la moneda. Hasta entonces creía
entender que el lenguaje era un sistema de signos, puramente
arbitrarios, creados por los hombres, mediante una convención,
delineando así los límites de nuestra propia realidad, del mundo
que habitamos, es decir, los propios límites del lenguaje. Sin
embargo, no contemplaba la idea de percibir al lenguaje como un
medio de transgresión.
A
medida que la guerra que está siendo disputada hoy día en
Afganistán, entre los EEUU y el grupo terrorista "Al-Qaeda",
comenzaba a desarrollarse, empecé a interiorizarme de aquél
lejano país oriental. Dejé de lado el conflicto bélico y
centré especial atención a las condiciones de vida de las
mujeres afganas y como era de esperarse, me encontré con una
realidad totalmente diferente a occidente y a partir de entonces
me surgieron ciertas inquietudes y pensamientos que pretendo
volcar a continuación.
Las
mujeres afganas son conscientes de la espantosa superioridad
masculina que tienen que soportar constantemente. Algunas de
ellas, en su afán por torcer esta terrible situación,
descubrieron, de manera clandestina por cierto, en las palabras,
más precisamente en la escritura, una forma de rebelarse contra
esta situación y contra los hombres. Así, el lenguaje
constituiría, para estas mujeres, una forma de transgresión, que
les permite traspasar las barreras de su cárcel, su propio
cuerpo, e introducirse en lo prohibido, en el mundo de los
hombres.
EL
LENGUAJE COMO TRANSGRESION
En
el siglo XVIII Lady Mary Wortley Montangu, una de las primeras
viajeras que describió el Oriente, se asombraba de que las
mujeres de Estambul se pasearan desnudas por el hammam (baño
turco) y contaba cómo ellas, a su vez, interpretaban su corsé
como una jaula para el cuerpo, cuya llave tenía el marido. Esta
distorsión, este doble asombro e incomprensión mutuos, son un
ejemplo de lo que el pensador palestino Edward Said llama
orientalismo, una construcción imaginaria que define un modo de
relacionarse con el Oriente. Así, comprender el Oriente desde
Occidente parece una tarea casi imposible.
"Cuando
Alá creó el mundo, separó a los hombres de las mujeres y
colocó el mar entre musulmanes y cristianos. Existe armonía
cuando cada grupo respeta los límites de los demás; la
transgresión sólo causa pena y desdicha. Pero las mujeres
soñaban con ella continuamente".(1)
Las
mujeres afganas, iraníes, argelinas, viven en un continuo
cautiverio tradicional: tuvieron libertad y la perdieron. La
familia recibe con expresiones de duelo el nacimiento de una
niña, no la sentarán jamás en la mesa del esposo al que fueron
entregadas como monedas de cambio y trabajará jornadas
agotadoras. De sol a sol y todos los días del año.
Están
condenadas a la invisibilidad. Es decir, estas mujeres son
prisioneras que no pueden decidir por sí mismas, ni siquiera su
propia visibilidad. Si quieren salir a la calle sólo podrán
hacerlo en fundadas en sus "burka" y acompañadas por un
familiar hombre. Están obligadas a comportarse con dignidad,
caminar con tranquilidad y abstenerse de golpear con los zapatos
en el suelo pues produce ruido.
El
"burka" no pesa, la tela es fina y ligera. El velo
generalmente es de color celeste fuerte y con infinidad de
pliegues, que las cubre de la cabeza a los pies, uno puede
observar su coquetería en los mercados a través de sus zapatos.
Las más jóvenes usan tacones altos y enormes plataformas que
popularmente denominan "Titanic" (en alusión a la
película norteamericana). Sin embargo, vestir el "burka"
es como estar en una cámara blindada. Si fuera de plomo no sería
más agobiante. No es una cuestión de claustrofobia, sino de
pérdida de identidad; ya no eres nada, no eres nadie bajo el
"burka". Puedes oír; algo vez a través del ventanuco
enrejado; sientes el calor; percibes los olores; pero quedas excluida del mundo y de la vida que está ahí mismo, pero que es
propia de los hombres.
El
velo es una realidad y es una metáfora. Sirve para cubrir,
ocultar la identidad de la mirada de los hombres. Pero gracias a
él, las mujeres tienen perpetua libertad para salir sin ser
descubiertas y pueden acudir a la cita con sus amantes.
Esta
extraña paradoja, me hace pensar en la extraña relación de amor
– odio que deben sentir las mujeres afganas por esta prenda:
odian tener que salir de su casa con su cárcel particular a
cuestas, pero al mismo tiempo, esta prenda es objeto de deseo por
parte de todas aquellas que no pueden permitirse comprarla, porque
sin ella no pueden salir a la calle y se ven confinadas a las
cuatro paredes de sus casas.
El
cuerpo, para estas mujeres, representa una gran cárcel. Tan
dolorosa es la experiencia del propio cuerpo que algunas
escritoras, como la egipcia Miral al-Tahawi, lo representan
mutilado. Es un cuerpo reificado por la mirada de los hombres, es
objeto de la tentación masculina que debe ocultarse de toda
observación indiscreta y con el que las mujeres árabes no logran
reconciliarse.
El
27 se setiembre de 1966, cuando Kabul cayó en manos de las
fuerzas talibán, un locutor su radio, "La voz de Shariat",
leyó la primera lista de los cada vez más extremos decretos que
serían emitidos en los siguientes cinco años.
"A
todas las hermanas que trabajan en oficinas públicas se les
informa por la presente que deben permanecer en sus casas hasta
nuevo aviso", decía la orden y agregaba que toda mujer que
saliera debía estar totalmente cubierta con su burka de la cabeza
a los pies.
Entre
las decenas de miles de empleadas públicas enviadas a sus casas
había 7.790 maestras. Se cerraron, entonces, sesenta y tres
escuelas de Kabul.
Sin
embargo, muchas mujeres afganas desafiaron la ordenanza talibán
por la cual las mujeres no podían ir a la escuela. Durante cinco
años, en distintas casas del centro de Kabul, se enseñaron en
secreto a docenas de niñas.
En
su mundo aparte, adquirieron instrucción, realizaron diarios
hechos por y para ellas. Al escribir descubrieron un acto de
rebeldía hacia este régimen de superioridad masculina.
Aparentemente,
las mujeres afganas aceptan sus vidas con absoluta sumisión. Sin
embargo existen testimonios de su rebeldía: el suicidio, el canto
y la escritura.
Ni
con la soga ni con el rifle- elementos masculinos- se suicidan las
mujeres. Eligen el veneno o la asfixia para quitarse la vida. El
suicidio les está vedado en la ley de los hombres, lo prohíbe el
Islam y el Código Tribal lo considera de cobardes. Matarse es un
acto de rebelión total hacia esta sociedad masculina que las
oprime.
Sencillos
y esenciales, los "landays" son poemas de dos versos y
de estructura métrica definida que pueden oírse mientras la
mujer trabaja en su tierra o sobrevive en los campos de refugiados
de Pakistán. Pertenece a la tradición oral, y los compuestos por
las mujeres tienen un marcado tono orgulloso, despiadado y
rebelde. En ellos dicen que la sociedad les obliga a silenciar,
muestran su verdadero rostro, hablan de amor, honor, muerte y
rebeldía. Rara vez se quejan de sus trabajos: es la humillación
espiritual y la esperanza que aflora en sus cantos.
"¡Rápido
amor mío, quiero ofrecerte mi boca!
La
muerte ronda por la aldea y podría llevarme".(3)
"Dame
la mano, amor mío, y partamos a los campos
para
amarnos o caer juntos bajo las cuchilladas".(4)
Escribir
significa para ellas sobreponerse al cuerpo como cárcel y entrar
en el terreno de lo simbólico, antes posesión absoluta de los
hombres. Al escribir se reivindica la voz silenciada de la mujer,
se construyen para sí mismas una identidad que la sociedad
patriarcal les ha arrebatado.
Para
las escritoras árabes tomar la pluma es un acto de rebeldía e
incluso el idioma en el que redactan sus textos es una cuestión a
resolver. El francés es la lengua de los colonizadores, pero a la
vez el vehículo a través del cual fueron escolarizadas. Sólo
las nuevas generaciones podrán escribir directamente en árabe, y
se debe sumar a esta complejidad el hecho de que existe una
separación marcada entre el árabe oral o el berber y el árabe
clásico, lengua del Corán, muchas veces vedado a las mujeres.
Assia
Djebar14, una de las escritoras más reconocidas del
mundo árabe, explica: "tenemos el francés para la escritura
secreta, el árabe para la comunicación con Dios, el líbico-berber
para conectar con el pasado más antiguo y finalmente, la cuarta
lengua sigue siendo la del cuerpo, al que las miradas de los
vecinos y de los primos pretenden volver sordo y ciego, puesto que
no pueden encarcelarlo totalmente". Para esta autora el
francés se sitúa más allá de la prohibición y no está
contaminado de los elementos patriarcales del árabe clásico. Es
además, una lengua a la que acceden las mujeres- unas pocas- y
con ella serán alfabetizadas. En este sentido las lenguas
europeas pueden representar una conquista, una liberación.
La
búsqueda de su propia lengua es a la vez búsqueda de la propia
identidad, si bien la pluralidad y el mestizaje son una constante
de nuestra época, la literatura árabe escrita por mujeres se
enfrenta, desde esta perspectiva, a un desafío aún mayor: el de
hacer que emerja, a través de un idioma sutilmente modelado, la
expresión de una identidad cubierta por un velo.
PALABRAS
FINALES
A
la luz de los acontecimientos últimos, la construcción
imaginaria que existe sobre los países árabes se ha profundizado
tanto que resulta difícil sortear los estereotipos propuestos por
los medios de comunicación, quienes parecen indicar como señala
Said- que "mientras los occidentales dominan, los orientales
deben ser dominados. O sea, sus territorios deben ser ocupados,
sus asuntos internos deben ser férreamente controlados y su
sangre y sus riquezas deben ponerse a disposición de un poder
occidental".
Las
escritoras árabes presentan sin duda una visión alternativa. Al
exponerse en público mediante la práctica misma de la escritura,
reivindican no sólo la voz condenada al silencio de las mujeres,
sino que posibilitan también una lectura diferente de la
propiciada por los medios de difusión. Así, a la vez que
iluminan aspectos sorprendentes de una cultura que poco conocemos,
reconstruyen para sí mismas una identidad que la sociedad
patriarcal les había arrebatado. Las escritoras árabes parecen
buscar afianzarse en la memoria colectiva, "decirse" de
alguna manera, escapar a su destino de silencio, transgredir los
límites que su propio cuerpo les construye.
Finalmente,
para las mujeres árabes escribir es la única posibilidad de
salvar sus vidas.
(*)
Fuente:
Versión
reducida del trabajo realizado
por
Melina
Jimena Olivera
en el contexto de la materia Principales Corrientes del
Pensamiento Contemporáneo de la Carrera de Ciencias de la
Comunicación de la Universidad de Buenos Aires en el año 2002.
NOTAS
1
Mernissi, Fátima. Desde el umbral.
2
Bahodin Majruh,
Sayd. El suicidio y el canto: poesía popular de las mujeres
pastún de Afganistán.
3
Ibídem.
4
Djebar, Assia. Argelia, 1936.
BIBLIOGRAFIA
-
Tortajada,
Ana. El grito silenciado. Editorial Modadori, 2002.
-
"Las
mujeres invisibles", Diario Clarín, 11 de noviembre de
2001.
-
"Las
mujeres que con lápices y tizas desafiaron a los talibán",
Diario Clarín, 16 de noviembre de 2001.