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BOSQUEJOS
DE LA INFANCIA
Carta
introductoria y Primera Parte de "Un bosquejo de la
infancia"
Por
Thomas de Quincey

La expansiva y pujante editorial Caja Negra ha editado, con
traducción y prólogo de Jerónimo Ledesma, una muy cuidada versión
sobre una serie de textos donde el escritor inglés vuelve sobre su
infancia. En la edición de Caja Negra se comenta: "En 1851, en
las páginas de un periódico escocés, De Quincey retrocede sesenta
años hacia su infancia. En siete entregas boceta lo que es el último
capítulo de una serie de ejercicios de escritura autobiográfica
inaugurada en 1821 con Las confesiones de un come-opio inglés.
La modalidad de ese retroceso no es la de una memoria que recupera y
ordena cronológicamente los eventos de la vida de un hombre, sino la
de una puesta en escena de la crueldad del mundo en un teatro de
niños en estado de guerra constante. Impregnado de espectros, el
texto autobiográfico devela que la verdad de una vida se elabora con
los fantasmas de la imaginación".
Aquí editamos parte de los bosquejos de De Quincey cuya recuperado
brillo es difundido entre los lectores de lengua castellana por la
meritoria iniciativa editorial de la Caja Negra.
E.I
BOSQUEJOS
DE LA INFANCIA
Carta
introductoria y Primera Parte de "Un bosquejo de la
infancia"
Por
Thomas de Quincey
Al
editor del
Instructor
21
de septiembre de 1850
Estimado
señor, le agradezco inmensamente que nos haya remitido (a mis hijas y
a mí) este retrato grabado que amplía el daguerrotipo original. El
grabador, al menos, parece haber cumplido su parte con destreza. Pero
en lo que respecta a un artista involucrado previamente, esto es, el
sol de Julio, supongo que no es lícito quejarse de él, pues
si lo fuera, mis hijas desearían reprenderlo por haberme estirado la
boca. Desde antiguo se considera un acto de osadía el poner en duda
la honestidad del sol: "Solem quis dicere falsum audeat!". Y
recuerdo que hace medio siglo el diario El Sol de Londres
solía dar batalla bajo el auspicio de ese lema. Pero los entendidos
descubrieron finalmente que el Sol menor, esto es, el diario, a
veces se daba el gusto de mentir. El prejuicio antiguo sobre la
honestidad solar se desmoronó en esa ocasión; y quién sabe si ahora
que los vidrios ópticos se han perfeccionado tanto, no sea el Sol mayor
a quien descubramos en prácticas similares, en cuyo caso, al operar
sobre la longitud de mi boca, puede haber estado, simplemente,
"ejercitándose". El resto del retrato, convenimos todos,
acredita sus talentos y demuestra que aún está bien activo y
que no se ha convertido para nada en el artista jubilado que ciertos
especuladores de la filosofía han querido imaginar.
Es
su deseo que le proporcione, como acompañamiento del retrato, una
breve memoria cronológica de mi vida. Hacer eso me resultaría
muy difícil, y si lo hiciera, no sería interesante. Nada
vuelve más terrible y monótona una lectura que la trillada
enumeración, en orden cronológico, de los hechos inevitables en la
vida de un hombre. Estamos tan seguros de que debe haber nacido y
también muerto que nos deprime tener la obligación de leer sobre
esas cosas. Que el hombre empezó siendo niño, que fue enviado a la
escuela y que, dedicándose intensamente a sus estudios, "a los
que consideraba su destino en esta vida", alcanzó reconocimiento
como ladrón de jardines, parece en general tan probable que estoy
dispuesto a admitirlo como un postulado. Que se casó, que con el
tiempo murió en la horca o que, siendo un hombre humilde y poco
ambicioso, se conformó sólo con haberlo merecido, son circunstancias
triviales que uno espera con tanta naturalidad, por estar sembradas a
lo largo y lo ancho del extenso campo de la biografía, que una vida
cualquiera, en este sentido, no es más que el eco de otras miles.
Semejante sucesión cronológica de acontecimientos y fechas, que
siendo propias de la especie no revelan nada de los individuos, es tan
fatigosa como inútil.
Mejor
plan será extraer de las experiencias de mi infancia algún capítulo
que posea, al menos, un valor del siguiente tipo: que registre algunas
de las profundas impresiones bajo las cuales se gestó mi sensibilidad
infantil y las ideas que en ese tiempo se incubaban en mi mente, o que
exponga los rasgos de carácter que yacían adormecidos para quienes
me rodeaban. La ventaja de un plan semejante es que nadie podrá
sospecharlo de vanidad o egoísmo; pues le ruego al lector que
comprenda claramente que no ofrezco este bosquejo creyendo que su
interés, si tiene alguno, depende de mí, en tanto soy la persona de
que trata. Si una experiencia es realmente interesante en virtud de
sus propias circunstancias, poco importa entonces a quién le
haya ocurrido. Supongamos que un hombre narra un viaje peligroso; no
sería justo inferir que lo narra como un viaje realizado por él
mismo. Más sinceramente podría alegar que lo narra no por esa
relación consigo mismo sino a pesar de ella. Incidentes que
pueden procurar entretenimiento sin recurrir a referencias personales,
deben poseer el mismo interés -diría él- si le han ocurrido a A o a
B. Ése es mi caso. Que el lector se olvide de mí como
una persona que, por algún accidente o de algún modo parcial, puede
haber conocido antes. Que lea este bosquejo como el de alguien que
desea ser profundamente anónimo. No lo publico porque deba algo a su
conexión con un individuo concreto sino porque puede resultar
entretenido por cuenta propia; y si me equivoco en eso, no
habré cometido un error de vanidad exagerando el valor de lo que se
relaciona con mi infancia sino, simplemente, un error de juicio sobre
la capacidad de entretener que pueda atribuirse a una serie particular
de reminiscencias.
Sepa
disculpar el imperfecto desarrollo de mi expresión en algunos pasajes
del bosquejo. Mi sistema nervioso sufre un desarreglo penosísimo por
el cual a veces me resulta imposible escribir, y en todos los casos me
falta paciencia, hasta un punto difícil de comprender, para
reescribir lo que pude haber expresado en forma insuficiente o
desarticulada. Créame, siempre suyo, THOMAS DE QUINCEY
BOSQUEJO
DE LA INFANCIA – Nº I
Casi
al término de mi sexto año, el primer capítulo de mi vida, ese
capítulo que sería el único merecedor de un recuerdo en la hora de
la muerte o estando ya del otro lado de la puerta del Paraíso
recobrado, llegó de pronto a una conclusión violenta. "Se
terminó" era la secreta sospecha de mi corazón, pues cuando la
felicidad resulta gravemente herida, el corazón de la infancia es tan
intuitivo como el de la sabia adultez. "Se terminó y la
vida está agotada". ¿Cómo? ¿Se había agotado tan pronto?
¿Había leído a Milton, había visto Roma, había escuchado a Mozart?
No. El Paraíso perdido aún estaba sin leer, no había visto
el Coliseo ni la Catedral de San Pedro y las melodías de Don
Giovanni aún eran mudas para mí. Podían esperarme en el futuro
raptos de emoción. Pero estos raptos constituyen una forma de placer perturbado;
la paz, el reposo, la calma, la seguridad central propias del amor que
excede toda comprensión, estas cosas ya no podían regresar.
En otra parte describí cómo un amor de ese tipo, tan insondable, me
unía a mi hermana mayor, bajo la doble circunstancia de la diferencia
de edad (ella tenía más de ocho años y yo menos de seis) y la
afinidad de temperamento, y cómo esta felicidad ciega naufragó
súbitamente. No repetiré aquí ninguna parte de aquella narración.
Pero citaré un fragmento de sus conclusiones como testimonio de la
profundidad a la que puede ser arrojado el corazón de un niño cuando
lo azota una tormenta de dolor, y como prueba de que el dolor, en
algunas de sus oscilaciones, no siempre es una pasión deprimente,
pues también dispone, en potencia, de aspiraciones propias y
singulares y a veces está imbuido de una nebulosa majestad. El
fragmento se sitúa en los meses inmediatamente posteriores al funeral
de mi hermana.
La
tremenda quietud de los mediodías de verano, cuando no sopla el
viento, y el agradable silencio de las tardes grises o nubladas,
ejercían sobre mí una fascinación como de hechicería.
Contemplaba los bosques o el aire desierto como si en ellos
se escondiese algún consuelo. La interrogación de mis ojos
implorantes fatigaba los cielos. Atormentaba la azul inmensidad
con mi escrutinio obstinado, la recorría con la mirada buscando
siempre algún rostro angélico que tuviera quizás permiso para
revelarse por un instante. La facultad de formar imágenes a
distancia con elementos simples y de agruparlas según los anhelos
de mi corazón surgió en mí en aquel tiempo. Ahora me viene a la
memoria un ejemplo que demostrará cómo apenas unas sombras, un
reflejo brillante o aun menos que nada, eran base suficiente para
esta facultad creativa. Los domingos por la mañana me llevaban
siempre a la iglesia, un templo construido según el viejo modelo
vigente en Inglaterra, con naves, galerías y órganos, cosas
todas ellas antiguas y venerables y de proporciones majestuosas.
Los fieles rezaban hincados de rodillas la larga letanía y
siempre que llegábamos a ese pasaje tan hermoso, entre muchos que
también lo son, donde se ruega a Dios "en nombre de todos
los enfermos y los niños" para que "muestre su
compasión a todos los prisioneros y cautivos", yo lloraba en
secreto y, levantando hacia las ventanas de las galerías los ojos
llenos de lágrimas, veía, los días en que brillaba el sol, un
espectáculo tan conmovedor como cualquiera que los profetas hayan
podido contemplar. Los ventanales estaban ricamente cubiertos a
los lados con vidrieras de colores, de profundo púrpura y
carmesí, que filtraban la luz de oro, blasones de iluminación
celestial mezclados con los blasones terrestres de la parte más
noble del hombre. Allí estaban los apóstoles que, movidos
por el amor celestial de los hombres, caminaron sobre la tierra y
las glorias de la tierra. Allí estaban los mártires que
dieron testimonio de la verdad a pesar de las llamas, las torturas
y los ejércitos de rostros fieros e insultantes. Allí
estaban los santos que en medio de sufrimientos intolerables
glorificaron a Dios con la mansa sumisión de su voluntad. Y en
todo momento, mientras duraba el estruendo de estos sublimes
monumentos como los hondos acordes de un acompañamiento de bajo,
a través del ancho campo central de los ventanales, que no era de
vidrio de color, veía flotar nubes blancas y purísimas sobre las
profundidades azules del cielo; aunque sólo fuera un jirón, un
fragmento de nube, el destello de mis ojos, poseídos por el
dolor, se dilataba de inmediato para transformarse en visiones de
camas adornadas con blancos cortinajes de linón; y en las camas
yacían niños enfermos, niños moribundos que, agitados por la
angustia, reclamaban llorando la muerte. Dios, por alguna razón
misteriosa, no podía librarlos de sus sufrimientos, pero
permitía que las camas se elevaran lentamente a través de las
nubes; lentamente ascendían las camas hasta los aposentos del
aire; lentamente, también, bajaba del cielo sus brazos para que
pudiera reunirse antes con sus niños, a quienes en Judea bendijo
de una vez y para siempre, si bien ahora ellos debían atravesar
el terrible abismo que los separaba. Estas visiones se sostenían
a sí mismas sin necesidad de que me hablara sonido alguno ni de
que la música moldease mis sentimientos. Bastaba la sugestión de
la letanía y el fragmento de nube; eso, y la vidriera de colores,
era suficiente. Pero también las resonancias del órgano
tumultuoso forjaban sus propias creaciones. Muchas veces, cuando
el poderoso instrumento desplegaba en himnos sus vastas columnas
sonoras, violentas pero melodiosas, sobre las voces del coro –que
parecía elevarse en arcos altísimos, sobrepasando y dominando el
contraste de las partes vocales e imponiendo, con fuerte
coerción, unidad a la tormenta- también yo parecía pasar
triunfante sobre las mismas nubes que poco antes contemplara como
signos del más rendido sufrimiento. Sí, a veces, sometido a la
transfiguración de la música, sentía que mi propio dolor era un
carro de fuego que me elevaba victoriosamente sobre las causas del
dolor.
El
siguiente capítulo de mi experiencia infantil, que fue el segundo,
contradijo tan fantástica y brutalmente al primero que podría
pensarse que obedecía a algún mecanismo interno de pantomima
maliciosa. Un espíritu de amor, un espíritu de reposo, como si
emanara del mismo San Juan Evangelista, parecía regir las armonías
de la etapa de mi infancia que acababa de desvanecerse; pero ahora,
por el contrario, un malvado arlequín mefistofélico llegaba con el
aparente cometido de agredir mis ojos y apestar mi corazón durante
los próximos dos o tres años: había un gusano en las raíces de la
vida. Y sin embargo, tal vez se escondiera allí, al mismo tiempo, un
severo beneficio. Si a causa del desvanecimiento de la gran visión de
amor, la inmovilidad y el abandono propios de la melancolía estaban
enroscándose sigilosamente alrededor de mis facultades y empezaban a
estrangularlas y absorber su potencia, ¿qué mejor cambio para mí
que la necesidad (¡de otro modo ingrata!) de pelear, forcejear y
combatir, sin respiro ni promesa de respiro, día tras día, año tras
año? "Si", como podría haberme dicho mi ángel de la
guarda, "te diriges hacia la ruina absoluta por la mera
parálisis de lo que te infundía una fuerza vital enorme, y si esa
pérdida está más allá de toda restauración, entonces enciende una
nueva vida suplementaria con los medios ahora disponibles, los
sobresaltos, por ejemplo, de la refriega y el conflicto"; sí,
disponibles, en el ancho escenario del mundo y para personas tan
libres como para crearse enemigos de no encontrarlos; pero un
niño, con menos de siete años, al que los médicos recetaran, a modo
de tónico, un tratamiento de violencia o de hostilidades sostenidas,
¿dónde debía buscar él tales lujos? ¿Quién aceptaría
oficiar de enemigo de un niño? Y aun así, en mi caso
particular, si hubiera elevado esa quejosa demanda, el propio
arlequín mefistofélico podría haberme susurrado al oído: "No
te preocupes por eso. Provee tú la paciencia capaz de
tragarse alegremente una larga sucesión de patadas y yo
encontraré a quienes provean las patadas". De hecho, en ese
mismo instante, cuando toda posibilidad de riña o enemistad
prolongada me parecía la quimera más remota, el mal ya flotaba en el
ambiente; y de pronto se desataría sobre mí una tormenta tal de
furia bélica que, bien administrada, podría haber proporcionado una
pensión vitalicia de enconos.
Tenía
en ese tiempo un hermano mayor, el mayor, de hecho, de todos nosotros,
que me llevaba al menos cinco años. Por su personalidad era un
muchacho de temperamento feroz, diez veces más activo de lo que yo
era ocioso, y amaba el elemento de la lucha y la tempestad del
conflicto más de lo que yo lo detestaba, si eso fuera posible; el
entrenamiento en una escuela pública, finalmente, había afianzado
sus tendencias constitutivas. Fue, en verdad, por esa razón que nos
reencontramos como dos desconocidos. Parecerá curioso,
indudablemente, pero de hecho había ocurrido del modo más natural,
el que tanto este hermano mayor como mi padre fueran, a mis seis
años, completos extraños para mí; y lo eran a tal punto que, si me
hubiera topado con cualquiera de ellos en la calle, no los habría
reconocido, como tampoco ellos a mí. En el caso de mi padre esto se
explicaba porque había vivido fuera durante un período muy extenso
comparado con mi vida. Primero había vivido en Portugal, en
Lisboa y en Cintra; luego en Madeira; después en las Indias
Occidentales; a veces en Jamaica, a veces en St. Kitt, cortejando
siempre el supuesto beneficio de los climas cálidos pues sufría de
tisis pulmonar; y finalmente, a la edad de treinta y ocho años,
habiendo comprobado que todo era inútil, volvía a su casa para morir
con su familia. Mi madre fue a esperarlo al puerto (Southampton,
probablemente), donde debía dejarlo el barco procedente de las Indias
Occidentales; y entre los recuerdos más profundos que asocio a este
momento está el de la noche de su llegada a Greenhay. Era una noche
de verano de solemnidad inusual. Los criados y cuatro de los niños
(seis vivíamos por entonces) esperamos reunidos durante horas en el
césped frente a la casa, atentos al sonido de las ruedas. Llegó el
ocaso, luego las nueve, las diez, las once de la noche, y ya casi
había transcurrido otra hora sin que se oyeran sonidos de alarma.
Siendo Greenhay una casa tan apartada, constituía un terminus ad
quem más allá del cual sólo estaba el pueblito de Greenhill y
su puñado de chozas; por lo tanto, si se escuchaban ruedas en el
sinuoso sendero que llevaba al camino de Rusholme, eso significaba,
necesariamente, visitas en Greenhay. Ninguna señal de ese tipo nos
había alcanzado aún; era casi medianoche y se determinó que por
última vez fuéramos en grupo hasta el camino, con la esperanza de
encontrar a los viajeros, si es que a hora tan avanzada aún podían
arribar. En efecto, para sorpresa de todos, los encontramos casi de
inmediato, pero marchaban con tanta lentitud que las pisadas de los
caballos no fueron audibles hasta que estuvimos junto a ellos.
Menciono estos detalles por las indelebles impresiones que quedaron
asociadas a estas circunstancias. La primera noticia del arribo fue la
aparición súbita de unas cabezas de caballo entre las hondas sombras
del camino oscuro; la siguiente fue la pila de almohadas blancas donde
reposaba el paciente moribundo. La marcha fúnebre del carruaje me
recordó el abrumador espectáculo del funeral que recientemente
había formado parte del acontecimiento más memorable de mi vida.
Estos elementos pavorosos, que habrían impresionado con intensidad la
cabeza de un niño cualquiera, en mí, que sufría un desarreglo de
los nervios, asumieron una grandeza permanente por efecto de las
experiencias acumuladas en aquella noche de verano. Escuchar durante
horas cascos de caballos, que subían y bajaban, que se captaban y
perdían por caminos distantes, con la suave ondulación del leve y
caprichoso polvo que seguramente removían, la peculiar solemnidad de
las horas que siguen al ocaso, la majestuosidad del día agonizante,
la majestuosidad de las islas de donde mi padre regresaba y que yo,
por descripciones, conocía tan bien, la seguridad de que regresaba
para morir, la omnipotente pompa con que esta gran idea de la Muerte
se ataviaba en mi joven corazón afligido, la correspondiente pompa
con la que la idea antagónica, no menos misteriosa, de la vida, se
elevaba, como con alas, hacia el cielo, entre glorias tropicales y
floridos escenarios, que parecían aun más solemnes y más patéticos
que las evanescentes plumas y trofeos de la muerte, todo este coro de
imágenes incansables y de pensamientos sugestivos infundieron al
retorno de mi padre, que de otro modo podría haber pasado por la mera
marca de un día libre en el calendario, el poder oscuro de una fuerza
indeleble en el ámbito de los sueños. Éste es, en verdad, el único
recuerdo que me devuelve la imagen de mi padre como realidad personal.
De otra forma, sería para mí una mera nominis umbra. Durante
semanas languideció en un sofá; y ocurrió naturalmente, por mis
hábitos meditabundos y la parsimonia correlativa de mis modales, que
yo fuera, durante ese período, un visitante privilegiado en sus horas
de vigilia. También estuve junto a su lecho en la última hora, que
expiró apaciblemente entre fragmentos de conversaciones delirantes
con visitas imaginarias. Por este breve conocimiento infantil de su
naturaleza y disposición, saqué la siguiente conclusión principal:
que era la persona más bondadosa que había tratado en la vida
y que, probablemente, trataría. Lo que luego escuché de conocidos
suyos, corrobora mis impresiones infantiles. Había tenido una vida
muy ocupada y no le había sobrado tiempo para dedicarse a un estudio
regular; pero había amado la literatura apasionadamente; había
montado una biblioteca importante y escogida; había publicado él
mismo un libro, que leí y que no es para nada malo; y había
desarrollado su admiración por los autores célebres a tal punto que
(según informan varios de sus amigos) si el Doctor Johnson o Cowper
el poeta –los dos autores que más reverenciaba–, hubieran
visitado Greenhay, habría querido expresar su devoción mediante la
costumbre pagana de alzar altares y quemar incienso o de sacrificar,
si no un buey, por lo menos, un bife de lomo. Esta última modalidad
de idolatría habría sido aprobada por el Dr. Sam, siempre que el nidor
fuera irreprochable y que, more Anglico, también
hubiera en el altar condimentos de mostaza, rábanos picantes, etc.;
pero Cowper, que tenía el hábito de vincular la muerte del Capitán
Cooke en Owyhee con el hecho de haber permitido, por un error de
juicio, que lo adoraran en una de las Society Islands, con toda
seguridad habría escapado de la casa lleno de horror sagrado. Si me
demoré en este pequeño paréntesis de mi infancia es porque resulta
muy curioso que sólo recuerde a mi padre por haber asociado todas mis
impresiones sobre él al núcleo de mis ideas preconcebidas acerca de
ciertos objetos solemnes: los Trópicos, las noches de verano, cierta
misteriosa gloria de la tumba. Parece metafísico decir esto, pero es
verdad que lo conocí, hablando escolásticamente, por ideas a
priori, que lo recuerdo trascendenter, y si no fuera por
los sueños nocturnos en la mitad del verano que glorificó su
regreso, habría seguido siendo para mí el completo extraño que,
según la interpretación prosaica del caso, realmente era.
Mi
hermano me era extraño por razones demasiado insignificantes como
para ser previstas pero que, luego de ocurridas, parecen naturales. En
una temprana etapa de su carrera había resultado por completo
inmanejable. Su genio para el mal rayaba en la inspiración; un divino
afflatus lo empujaba en esa dirección; y era tal su capacidad
para cabalgar remolinos de viento y dirigir tormentas que, a la manera
de un νεφελη
γερετα Ζευς, un
Júpiter domador de nubes, se había consagrado a crearlas para tener
oportunidad de dirigirlas. Por esta y otras razones había sido
enviado a la escuela pública de Louth, en Lincolnshire, una de
esas antiguas y clásicas instituciones que constituyen la gloria
peculiar de Inglaterra. En aquellos días, boxear, y boxear bajo el
rigor más severo de leyes honorables, era una mera necesidad en la
vida de los alumnos de escuela pública; y de aquí la superior
hombría, generosidad y autodominio de quienes resultaban en general
beneficiados por esa disciplina, tan sistemáticamente hostil a toda
bajeza, pusilanimidad o actitud esquiva. Cowper, en su poema sobre el
asunto, está lejos de hacer justicia a nuestras grandes escuelas
públicas. Descalificado él mismo por la delicadeza de su
temperamento como para cosechar los beneficios de tal belicosidad, y
habiéndola padecido demasiado en su propia experiencia en Westminster,
no podía juzgarla desde una posición objetiva; pero a mí, aunque no
me adapto bien a una atmósfera tan tempestuosa, habiendo probado
ambos tipos de escuela, pública y privada, la conciencia me obliga a
dar mi voto (y si tuviera mil votos, a dar todos mis votos) al
primero.
Robustecido
por este entrenamiento, en un momento en el cual sus cinco o seis
años adicionales hacían que su edad pareciera el doble que la mía,
mi hermano, muy naturalmente, me despreciaba; y debido a su
desbordante honestidad no realizaba ningún esfuerzo por ocultarlo.
¿Por qué habría de hacerlo? ¿Quién podría sentirse con el
derecho de apenarse ante su desdén? Por el contrario, yo deseaba con
loca pasión que me despreciaran; y consideraba el más sincero
desprecio como una suerte de lujo, el cual temía perder
constantemente. Vivía con pánico de que me acusaran de fingir
despreciabilidad. Confiaba en mi derecho al desdén; y para esto
tenía yo algunas razones de apariencia metafísica que ya habrá
ocasión de explicar más adelante. Por ahora basta con dar un tinte
de racionalidad a mi pasión diciendo que el más mínimo acercamiento
a cualquier consideración positiva de mis pretensiones intelectuales,
cualquier sombra de estima, hasta la más ínfima, que se manifestara
por alguna idea o alguna observación lógica que yo hubiera deslizado
incautamente, me alarmaba más allá de todo punto, pues me
comprometía de tal modo con el oyente que quedaba obligado ante él a
reforzar mi primer acto con un segundo, luego con un tercero, luego
con un cuarto... ¡Oh, Dios! ¡No hay palabras para describir hasta
dónde podría llegar ese hombre horrendo con sus demandas
irracionales! Yo gemía bajo el peso de sus expectativas y si subía
el primer peldaño, veía entonces la imagen de una interminable
escalera de Jacob que ascendía hasta las nubes, milla tras milla,
legua tras legua; como consecuencia de lo cual esperarían de mí que
me la pasara corriendo para arriba y para abajo, como un grupo
cualquiera de trabajadores irlandeses fatigados, cargando pértigas
con cemento y ladrillos hasta la cima de cualquier Babel que a mi
desgraciado admirador se le antojara levantar. Pero yo ponía límites
a esta perfidia. Podaba el abominable sistema de extorsión en su
primer brote, negándome a dar el primer paso. No se podía pretender,
como comprenderán, que trepara al tercer o cuarto escalón si no
había estado a la altura del primero. Declarando desde el inicio la
bancarrota más absoluta, no dándole al otro ningún tipo de
esperanza de que fuera a pagarle ni un céntimo, nunca me haría
sentir desdichado ni en apuros por responsabilidades desconocidas o
por el infinito temor de que el monstruo me presentara una nota de
crédito, esgrimiendo que yo se la hubiera endosado o que de algún
modo le hubiera confirmado su expectativa de cobrarla.
Sin
embargo, con toda esta pasión por ser despreciado, tan esencial para
la paz de mi alma, yo alcanzaba a veces, en el desprecio que me
profesaba mi hermano, tal altitud, tal estrellada altitud, que llegaba
a fastidiarme. A veces, en efecto, antes de que pudiera ser conciente
de mi imprudencia, el mero desarrollo de una disputa me arrastraba tan
alto en la escalera de Babel, que mi hermano se tambaleaba por un
instante en la infinitud de su desprecio; y en seguida, cuando mi
superioridad en algún tema libresco quedaba en evidencia, por
resultados que no podían ser enteramente desmantelados, la mera
estupidez de la naturaleza humana me hacía sentir, aunque rara vez,
una pizca de alegría por estos triunfos compensatorios. Pero con
mayor frecuencia prefería lamentarlos. Tendían a desequilibrar esa
sólida base de despreciabilidad extrema de la que tanto dependía
para mantenerme libre de ansiedades; y por lo tanto, en general, me
parecía satisfactorio que la opinión de mi hermano sobre mí, luego
de cualquier oscilación momentánea, retornara definitivamente al
desprecio estacionado de su primer examen. Los pilares de Hércules
sobre los que reposaba el vasto edificio de su desdén eran estos dos:
1º mi cuerpo; me acusaba de afeminado; 2º me adjudicaba, e incluso
lo postulaba como un datum que yo mismo nunca tuve el valor de
refutar, una entera idiotez. En términos físicos, pues, e
intelectuales, me miraba como si no lo mereciera; pero en términos
morales me aseguraba que me concedería un papel lucido en una obra de
teatro, si me postulaba a él. "Eres honesto", me decía,
"eres voluntarioso, aunque vago; lucharías, si tuvieras al menos
la fuerza de una pulga; y aunque eres un cobarde monstruoso, no sales
corriendo." Mis propias objeciones ante estos severos dictámenes
no eran muchas. Reconocía mi idiotez; pues aun estando seguro de que
no era un idiota constante, me sentía inclinado a pensar que, en la
mayoría de los casos, realmente lo era; y había más razones
para creerlo de las que el lector todavía conoce. Pero en cuanto al
afeminamiento, lo negaba in toto y, como se verá, con buenas
razones. Tampoco presumía mi hermano de tener evidencia empírica que
sostuviera su afirmación. El terreno que pisaba era meramente a
priori, a saber, el que yo siempre estaba sujetado por las correas
de mujeres y muchachas; lo cual, como máximo, significaba esto: que
por entrenamiento e influjo natural de las circunstancias, yo debía
ser afeminado, es decir, que había motivos para esperar de antemano
que lo fuera; pero entonces mi mérito era mayor si, a pesar de las
suposiciones generales, no lo era realmente. De hecho, pronto
mi hermano supo mejor que nadie, por una experiencia cotidiana, que
podía confiar en mí enteramente para llevar a cabo sus más audaces
planes bélicos; ciertamente, yo aborrecía tales planes, pero eso no
afectaba en nada la fidelidad con que procuraba ejecutarlos. Este
hermano mayor, pasando de mi carácter al suyo, era en todo sentido un
muchacho notable. Era altivo, ambicioso e incomparablemente activo;
fértil en recursos como Robinson Crusoe; pero también tan peleador
como es posible imaginar; y si hubiera carecido de oponentes, habría
iniciado una pelea con su propia sombra por jacatarse ésta de correr
delante suyo cuando iba hacia el oeste por la mañana, siendo que una
sombra, a todas luces, como un niño obediente, debería mantenerse
respetuosamente detrás de esa sustancia majestuosa que es el autor de
su existencia. Detestaba los libros, todos y cada uno, exceptuando los
que le tocaba escribir a él. Y no eran pocos. Regalaba al mundo (un
mundo que eran los niños con los que yo vivía cuando regresó a
casa) con sus selectas opiniones sobre todos los temas conocidos por
el hombre, desde los treinta y nueve artículos de la Iglesia de
Inglaterra hasta la pirotecnia, la prestidigitación, la magia, tanto
blanca como negra, la taumaturgia y la necromancia. En este último
tema era muy versado; admiren su última obra, aunque incompleta y,
por desgracia, hace mucho enviada al seno de Cenicienta, titulada
"Cómo invocar a un fantasma; y cuando se lo tiene dominado,
cómo mantenerlo así". Nos aseguraba que para esta obra, un
hombre muy erudito e inmenso, cuyo nombre medía seis pies de largo,
había prometido un apéndice; apéndice que trataba del Mar Rojo y la
sortija de Salomón, con fórmulas de "mittimus" contra los
fantasmas que pudieran resultar revoltosos, y probablemente una ley de
sedición para castigar al émeute de fantasmas con deseos de
levantar barricadas, puesto que estremecía nuestros corazones con
frecuencia imaginando la posibilidad (nada improbable, nos decía) de
que pudiera crearse entre las infinitas generaciones de fantasmas una
federación, una liga solemne y una conspiración contra la única
generación de hombres que en ese tiempo puntual integrara la
guarnición de la tierra. La frase de los romanos para expresar la
muerte de un hombre, "Abiit ad plures", nos la explicaba
nuestro hermano en ese sentido; y nosotros comprendíamos con
facilidad que cualquier generación de la raza humana viva, aunque se
coordinara y actuara conjuntamente, habría de quedar en terrible
minoría en comparación con las innumerables generaciones que habían
pisado esta tierra antes que nosotros. El Parlamento de los vivos,
lores y comunes juntos, ¡qué miserable formación haría ante las
Cámaras Alta y Baja de los espectros! Quizás ya sólo los adamitas
constituyeran toda una división de ese ejército fantasmal. Mi
hermano, muerto a los dieciséis años, era demasiado joven para ver o
prever Waterloo; de otro modo podría haber ilustrado este horroroso
duelo de la raza humana de los vivos contra sus predecesores
fantasmales con la pavorosa aparición que a las tres de la tarde, el
18 de junio de 1815, la portentosa batalla de Waterloo debe haber
ofrecido a los ojos que velaban por los trémulos intereses del
hombre. La armada inglesa, a esa hora en el momento más desesperado
de la lucha, se encontraba contra las cuerdas; y en tal posición que
sus filas visibles quedaban condensadas y resumidas en escuetos
diagramas geométricos. ¡Qué terriblemente ínfimas, qué
espectrales parecían a la distancia sus flacas filas para los
espectadores filosóficos que conocían el cúmulo de intereses
humanos depositados en ese ejército y para todas las esperanzas de la
cristiandad que aún entonces temblaba a la espera del desenlace!
Existía la misma probabilidad, al parecer, en el caso de una guerra
fantasmal, de que el grupo más exiguo de segadores cosechara los
resultados que corresponían lógicamente al más numeroso. Y había
en Waterloo una amenaza todavía peor que todas las que se habían probado
como reales. Un cirujano británico, en efecto, en una obra en dos
volúmenes en octavo, se ha esforzado por demostrar que en Waterloo se
había detectado una confabulación entre dos o tres regimientos
extranjeros para causar pánico en plena batalla provocando fugas y
haciendo explotar carretas sistemáticamente con el miserable
propósito de socavar la confianza británica. Pero no hay evidencia
convincente de eso; mi hermano, no obstante, insistía en que la
presencia de hombres falsos, infiltrados en cantidad en la raza humana
y preparando una traición contra todos nosotros, había sido
demostrada con la aprobación de todos los verdaderos filósofos.
¿Quiénes eran estos farsantes e impostores? Eran, de hecho, personas
muertas hacía siglos, pero que, por razones que ellos conocían
mejor, habían vuelto a la superficie de este mundo, caminaban entre
nosotros y nadie podía diferenciar de los hombres auténticos de
carne y hueso, salvo los nigromantes más experimentados. Lo menciono
para ilustrar el hecho de que los mismos delirios asaltan a los
hombres interminablemente. Hace dos años, durante el carnaval de
anarquía universal que compartían parejamente hombres de acción y
de pensamiento, se publicó un panfleto de letra apretada que llevaba
por título "Un nuevo Apocalipsis o la comunión de los muertos
encarnados con los seres vivos inconscientes. Hecho importante sin
ficciones vanas, por Él". No tuve el placer de conocerlo a Él;
pero ciertamente debo concederle a Él que escribe como un hombre
cultivado, e incluso como un hombre de extrema sobriedad, sobre un
tema tan extravagante. Está enojado con Swedenborg, como puede
suponerse, por sus "disparates"; pero en cuanto a Él, no
hay ninguna posibilidad de que cometa uno, porque "ha conocido a
quienes admiten el hecho de haber resugirdo de entre los
muertos", habes confitentem rem. Pocos, sin embargo,
están provistos de ese candor; y en particular, por el honor de la
literatura, me apena encontrar en la página 10 que la mayor cantidad
de estos impostores, y tal vez los menos cándidos, deben buscarse
entre "editores e impresores", de los cuales, según parece,
"la gran mayoría" son meras falsificaciones; muy pocos
hablan con franqueza del asunto y dicen que no les importa quién lo
sepa, lo cual, a mi entender, es mera impudicia; pero la mayor parte,
por lejos, lo niega rotundamente, y si uno persiste en acusarlos de
impostores, llaman a la policía. Hay algunas diferencias entre mi
hermano y Él pero en líneas generales sus visiones coinciden.
Abandonó
esta hipótesis, sin embargo, como otras miles, cuando vio que no
suscitaba una simpatía duradera en su audiencia infantil. Durante
cierto tiempo, se ocupó mi hermano de la filosofía natural y todas
las noches nos impartía lecciones sobre una u otra rama de la
física. En algunos de nosotros esta actividad despertó cierta
envidia o admiración por las moscas, pues eran capaces de caminar por
el cielo raso. "¡Puh!", dijo él, "son unas farsantes;
se jactan de hacerlo pero no lo hacen como deberían. ¡Ah!, deberían
verme a mí, parado firme sobre el cielo raso, cabeza para abajo,
durante media hora completa, meditando profundamente." Mi segunda
hermana acotó que a todos nos complacería mucho verlo en esa
posición. "Si tal es el caso", contestó, "viene muy
bien que todo esté listo, salvando un único detalle." Siendo un
excelente patinador, había imaginado en un principio que si lo
sostenían alzado hasta que empezara a moverse y tomara luego un
fuerte envión hacia adelante, podría mantenerse en posición
invertida patinando sin parar. Pero no tuvo que demostrarlo
"porque el rozamiento contra el estuco de París generaría
demasiada resistencia y el experimento sólo podría haberse
practicado de haber tenido el cielo raso un revestimiento de
hielo". Como no lo tenía, cambió de planes. El verdadero
secreto, nos dijo, era éste: se trataría a sí mismo como un trompo
zumbante; haría un aparato (y lo hizo) para que lo lanzaran como un
trompo sobre el cielo raso y le dieran vueltas sin detenerse.
Entonces, el vertiginoso movimiento del trompo humano vencería la
fuerza de gravedad. Por supuesto, giraría sobre su propio eje y
dormiría sobre su propio eje y quizás hasta soñara sobre él; y se
burló de "esos patanes, las moscas, que nunca perfeccionaron su
supuesto arte ni sacaron ningún provecho de él". El principio
ahora había sido descubierto; "y, naturalmente", dijo,
"si un hombre puede mantenerse cinco minutos en el aire, ¿qué
le impediría quedarse allí cinco meses?". "Claro",
respondió mi hermana, cuyo escepticismo, de hecho, no había
alcanzado los cinco meses pues desconfiaba ya de los cinco minutos. El
aparato para darle vueltas, en todo caso, no funcionaría; un hecho
que se debía atribuir, sin dudas, a la vileza del jardinero. Al
reconsiderar el tema, anunció, defraudándonos a algunos de nosotros,
que a pesar de encontrarse terminado el descubrimiento físico,
vislumbraba un obstáculo de índole moral. No era un trompo
simplemente lo que se necesitaba sino un trompo a piola; y éste, para
mantener el vertigo al máximo, sin lo cual,
indudablemente, la gravedad sería demasiado para él, requeriría que
lo fustigaran de forma incesante. Ahora, eso era lo que un caballero
no podía tolerar: su mente nunca podría acostumbrarse a la idea de
ser azotado en las piernas sin interrupción por cualquier vil
jardinero, a menos que fuera el mismo Padre Adán en persona. No
obstante, en compensación, se propuso mejorar el arte del vuelo, el
cual se encontraba, como todos deben reconocer, en un estado
totalmente indigno de la sociedad civilizada. Como tenía muchos
globos de aire caliente y había logrado exitosos lanzamientos de
gatos en paracaídas, no le resultaba muy difícil bajar planeando
desde alturas moderadas. Pero como mi hermana le reprochó que nunca
volaba en sentido contrario, lo cual, a decir verdad, era una cosa por
completo diferente, que ni siquiera el filósofo Rasselas intentó
(pues Revocate
gradus, et superas evadera ad auras,
Hic
labor, hoc opus est), con
tan pobre aliento, se negó a seguir probando sus paracaídas alados,
tanto "en lo alto como al raz de la tierra", hasta no haber
estudiado a fondo lo que decía el obispo Wilkins sobre el arte de
trasladar caballeros justos y venerables hasta la luna, y entre tanto
retomó sus lecciones de física general. Pero fue alejado de éstas,
y cabría decir expulsado, por un ataque que organizó mi hermana.
Había adquirido el hábito de bajar el tono de sus lecciones con
ostentosa condescendencia hasta el supuesto nivel de nuestro pobre
entendimiento. Semejante altanería irritaba a mi hermana; y en
consecuencia, con la ayuda de dos amigas que estaban de visita y mi
hermano menor –en tiempos posteriores un cadetito a bordo de muchos
barcos de Su Majestad y el más predestinado de todos los rebeldes
contra cualquier jactancia de superioridad, grande o pequeña–
organizó un motín que tuvo el inesperado efecto de erradicar para
siempre las lecciones. Vino a decir un día, lo que no era
infrecuente, que estaba orgulloso de haber dejado el tema en
discusión tolerablemente claro; "claro", agregó
recorriendo el semicírculo que formábamos nosotros, su audiencia,
"hasta para las inteligencias más toscas", y luego
insistió sonoramente: "claro hasta para la inteligencia de la
tosquedad más acentuada". A lo cual, una voz femenina, que no
tuve oportunidad de identificar, replicó: "No, no lo
conseguiste; es tan oscuro como el pecado"; y luego, sin que
pasara un sólo instante, exclamó por segunda vez: "oscuro como
la noche"; y entonces irrumpió el grito insurreccional de mi
hermano: "oscuro como la medianoche"; luego otra voz
femenina tocó melodiosamente "negro como el alquitrán"; y
así siguió el repiqueteo hasta cerrarse como una trampa, estando
todo tan bien concertado y siendo tan tupida la vibrante balacera, que
era imposible hacerle frente; a la vez, la precipitación de los
relevos le daba el carácter protector de una ronda oral, resultando
imposible identificar al cabecilla. La frase de Burke "puerca
multitud", aplicada a las muchedumbres, estaba en boca de todos;
y en consecuencia, luego de que mi hermano se recuperó del
desconcierto que al principio le produjo la insurrección, nos hizo a
todos repetidas señas, parodiando una indiscriminada descarga de
fusiles, y luego nos dirigió un breve discurso del cual pudimos
distinguir las palabras "perlas" y "puerca
multitud", aunque pronunciadas en voz muy baja, quizás por
respeto a las dos jóvenes. Nos reímos todos en coro ante este saludo
discriminatorio: mi hermano condescendió finalmente a unírsenos;
pero ése fue el fin de las lecciones sobre filosofía natural.
Como
era imposible, sin embargo, que se quedara quieto, nos anunció que
iba a dedicarse el resto de su vida al intenso cultivo de la tragedia.
Se puso a trabajar inmediatamente, y en seguida había compuesto el
primer acto de su "El Sultán Selim"; pero al instante,
desafiando la métrica, cambió el título por "El Sultán
Amorath", pues creía que este nombre era mucho más feroz, más
barbudo y enturbantado. No estaba dentro de sus planes que nos
arrebujáramos en los asientos como damas o caballeros que han
comprado boletos para los palcos privados de la Ópera. Pretendía que
cada uno de nosotros, nos dijo, tirara de un remo. Íbamos a actuar en
la tragedia. Pero, en verdad, eran muchos los remos de los que
debíamos tirar. Había tantos papeles que cada uno de nosotros tomó
por lo menos cuatro; el futuro cadete recibió seis. Él, este malvado
cadetito, causó las más grandes molestias al sultán Amurath,
forzándolo a que ordenara la amputación de su cabeza seis veces (es
decir, una vez por cada uno de sus seis papeles) durante el primer
acto. En realidad, aunque era un hombre decente, el sultán era muy
sanguinario. Había diezmado tanto la población con que comenzara sus
negocios, haciendo uso del arco y la cimitarra, que al cabo del acto
primero no quedaba con vida casi ninguno de los personajes. El sultán
Amurath se encontraba en una extraña situación. Quedaban grandes
cantidades de trabajo pendiente y casi nadie para hacerlo fuera del
propio sultán. Al escribir el segundo acto, el autor tuvo que
proceder como Deucalión y Pirra y crear una generación totalmente
nueva. Aparentemente, esta joven generación, que debería haber sido
muy buena, pasó por alto lo que le había ocurrido a sus ancestros en
el acto anterior; suponemos que eran igual de malvados, porque el
sultán se vio en la obligación de ordenar que los ejecutaran a todos
en este segundo acto. A la edad de bronce había sucedido una edad de
hierro; y la perspectiva se iba volviendo cada vez más desoladora a
medida que la tragedia avanzaba. Pero aquí el autor empezaba a dudar.
Le resultaba difícil resitir el instinto de carnicería. ¿Y era
justo hacer eso? ¿Cuál de los criminales que decapitara
prematuramente podía alegar que un tribunal de apelaciones habría
revocado la sentencia? Pero las consecuencias eran espantosas. Un
nuevo conjunto de personajes en cada acto traía consigo la necesidad
de una nueva trama; porque la gente no podía asumir viejas acciones
ni herederar motivos antiguos, como si fueran terrenos. Cinco campos
cultivados debían ser desmontados en cada tragedia individual,
sumando, en definitiva, cinco tragedias en una sola.
De
acuerdo al rápido bosquejo que ahora me concede la memoria, tal era
el hermano que me abrió por primera vez las puertas de la guerra. La
ocasión fue la siguiente. Había contestado con una lluvia de piedras
la afrenta que nos dirigiera un niño de una fábrica de algodón;
más de dos años después, esto aún funcionaba como la taeterrima
causa de las escaramuzas y batallas que tenían lugar toda vez que
pasábamos frente a la fábrica; y desafortunadamente, eso era dos
veces al día, con excepción del domingo. Nuestra situación con
respecto al enemigo era como sigue: Greenhay, una casa de campo
recientemente construida por mi padre, estaba en ese tiempo a no menos
de una milla de las afueras de Manchester; pero en años posteriores,
Manchester, alargando los tentacula de sus vastas expansiones,
engulló a Greenhay por completo, y por lo que sé, los terrenos y
jardines que entonces aislaban la casa pueden haber desaparecido hace
ya mucho. Siendo una mansión modesta que (incluyendo paredes
térmicas, dependencias y una casa para el jardinero) había
costado solamente seis mil libras, no sé cómo puede haber ascendido
al honor de dar su nombre a una zona de esa gran ciudad; sin embargo,
así ha ocurrido; y en el tiempo presente, pues, luego de
cambios tan grandes, será difícil para el habitué de esa
zona entender cómo mi hermano y yo podíamos disponer de un camino
solitario que se extendiera entre Greenhay y la calle Princess, el
límite por aquel entonces en ese lado de Manchester. Pero así era.
La calle Oxford, como su tocaya en Londres, se llamaba entonces Camino
Oxford; y durante la época que tuvimos trato con él se levantaron
las primeras tres casas en su vecindad; la tercera de las cuales fue
construida para el Reverendo S. H., uno de nuestros tutores, para
quien sus amigos también construyeron la iglesia de San Pedro a menos
de un tiro de flecha de la casa. En esa época, no obstante, el
Reverendo vivía en Salford, a dos millas aproximadamente de Greenhay;
hacia allí marchábamos diariamente a recibir el beneficio de su
instrucción en cultura clásica. Una sola fábrica de algodón se
había levantado en la línea de la calle Oxford; y estaba cerca de un
puente que también era una creación nueva; pues antes todos los que
viajaban a Manchester debían dar la vuelta por Garrat. La fábrica se
convirtió para nosotros en la officina gentium de la cual
salían esos enjambres de godos y vándalos que amenazaban
continuamente nuestros pasos; y convertido este puente en la eterna
arena de combate, debíamos tener mucho cuidado de estar del lado
correcto para la retirada, esto es, del lado de la ciudad o del lado
del campo, según estuviéramos en camino a la mañana o de regreso
por la tarde. Las piedras eran nuestras armas de combate; y gracias a
la práctica continua nos volvimos expertos en su manejo.
Apenas
hace falta referir el origen de nuestra hostilidad, pues el accidente
concreto que le dio inicio no era la verdadera causa eficiente de
nuestro combate sino simplemente (como se dice en lógica) su
ocasión. Fue la causa nuestro modo aristocrático de vestir: por ser
niños de una familia opulenta, en la cual todas las provisiones eran
generosas y todos los compromisos, elegantes, estábamos siempre bien
vestidos y, en particular, usábamos pantalones (desconocidos en ese
tiempo salvo en las localidades marítimas) y botas de Hesse, un
crimen imperdonable en el Lancanshire de la época, pues implicaba la
doble ofensa de ser aristocrático y exótico. Éramos aristócratas y
era inútil negarlo; ¿podíamos negar nuestras botas? Mientras que
nuestros antagonistas, si no eran sansculottes por completo,
eran desaliñados y desprolijos en su vestimenta, a menudo estaban
sucios, con el pelo totalmente revuelto y siempre cubiertos de hebras
de algodón. No eran jacobinos por simpatizar con el jacobinismo
francés, que por entonces desolaba Europa occidental; al contrario,
detestaban todo lo francés y respondían con señas fraternales al
grito de "Iglesia y Rey" o "Rey y Constitución".
Pero, con todo, al ser totalmente independientes por cobrar salarios
muy elevados y en un tipo de industria que estaba sacando muchos pasos
de ventaja, se las ingeniaron para reconciliar ese antijacobinismo
patriótico con el jacobinismo personal que crece en el corazón
humano, el cual por natural impulso (y no sin una raíz de nobleza) se
opone a toda inequidad y sólo la abraza cuando cree que es inevitable
o cuando ha sacado provecho de sus beneficios largamente.
Fue
uno de los primeros días de nuestro nuevo tyrocinium, o
quizás el primero de todos, que, al cruzar el puente, un niño que
salía casualmente de la fábrica, nos gritó en tono burlón:
"¡Hola, cajetillas!". Quizás el lector no logre detectar
en esto ningún insulto atroz que justifique la larga guerra que vino
luego. Pero el lector se equivoca. La palabra "dandies", que
era lo que quería decir el villano, no había nacido aún, por lo que
no podía habernos llamado de ese modo a menos que tuviera el don de
la profecía. Cajetilla era la palabra a mano más próxima en
su vocabulario de Manchester; dio todo de sí y nos dejó imaginar el
resto. Pero al instante descubrió nuestras botas y completó su
crimen gritándonos: "¡Botas! ¡Botas!". Mi hermano frenó
en seco, lo examinó con intenso desdén y le ordenó que se acercara
para que pudiera "entregar su carne a las aves del
firmamento". El niño prefirió rechazar esta gentil invitación
y respondió con un gesto de lo más plebeyo y despreciable, ante lo
cual mi hermano lo acometió con una lluvia de piedras.
Durante
este inaugural florecimiento de hostilidades, yo, por mi parte,
permanecí inactivo y, en consecuencia, aparentemente neutral. Pero
ésa fue la última vez que actué de ese modo: la situación me
había tomado por sorpresa. Que me dijera "cajetilla" alguien
que me podía haber dicho "cobarde", "ladrón" o
"asesino" me resultaba una ofensa de lo más excusable; y
con respecto a "botas", descansaba eso sobre una realidad
tan flagrante que habría sido absurdo negarla; de manera que al
principio era yo tan inexperto que juzgaba al niño sumamente
considerado e indulgente. Pero mi hermano pronto corrigió mi
perspectiva: y si quedaba alguna duda, me convenció, al menos, de mi
absoluta lealtad para con él, que era triple. Primero, parece, le
debía obediencia militar, como a mi comandante en jefe, siempre que
"iniciáramos una campaña"; segundo, por la ley de las
Naciones, siendo yo un cadete de mi casa, debía imitar y prestar
servicio a quien estuviera a cargo; y me aseguraba que, dos veces al
año, en mi cumpleaños y en el suyo, tenía derecho,
hablando estrictamente, a tirarme al piso y aplastar mi cuello con su
pie; por último, según una ley no tan rigurosa pero igualmente
válida entre caballeros, es decir, "por cortesía entre
naciones", aparentemente le debía eterna consideración a quien
era mucho más grande que yo, mucho más sabio, más fuerte, más
valiente, más bello y más ágil de piernas. Algunas de estas cosas
las sabía yo intuitivamente, aunque no había investigado en detalle
los modos y motivos de mis deberes. Como el Paria que era por natural
temperamento y por entregarme a la depresión de manera pavorosa,
sentía sobre mí la opresión, muy profunda y sombría, de oscuros
deberes que no sería capaz de cumplir, una carga que no sabía cómo
transportar ni tampoco cómo desechar. Me alegraba, pues, encontrar
todo el tremendo peso de las obligaciones, de la ley y los profetas,
concentrado en este breve mandamiento: "Obedecerás a tu hermano
como al representante de Dios en la tierra". Puesto que ahora, si
por alguna futura piedra arrojada a quien me llamara
"cajetilla", llegara a derramar sangre, no habría cometido
quizás ninguna grave violación de los derechos que el otro invocara;
y si la hubiera cometido (ya que en este punto mis convicciones aún
eran vaporosas), en cualquier caso el derecho que violara en relación
con este hermano abstracto habría sido cancelado al entrar en
colisión con la lealtad absoluta que debía a este hermano feudal de
mi propia y concreta casa.
Desde
este día, por lo tanto, obedecí todas las órdenes militares de mi
hermano con la mayor docilidad; y me sentía dichoso de que todo tipo
de distracción, interrogante o motivo de duda fuera absorbido por la
unidad del principio papal que mi hermano había descubierto, a saber,
que todos mis derechos de casuística se trasladaban a él. Suyo
era el juicio, suya la responsabilidad, y a mí sólo me
correspondía el deber sublime de profesarle una incondicional fe.
Cumplí con esa fe. Es cierto que a veces, en sus partes de batalla,
me atribuía una "horrible cobardía" o incluso "una
cobardía que parecía inexplicable, salvo bajo el supuesto de
traición". Pero esto era solamente una façon de parler
de su parte: la idea de una perfidia secreta, que operaba
constantemente bajo la superficie, daba interés al curso de la
guerra, que de otro modo tendía a ser monótono. Era un recurso
dramático para mantener vivo el interés cuando los hechos se
parecían demasiado entre sí. Pero estaba claro que no creía en sus
acusaciones, porque nunca las repetía en su "Historia General de
la Campaña", que era un resumé o selección de sus
partes diarios.
Combatíamos
todos los días; y, en términos generales, dos veces cada día; y el
resultado era bastante uniforme, a saber, que mi hermano y yo dábamos
fin a la batalla ejerciendo nuestro innegable derecho a la fuga. La Carta
Magna, quiero creer, asegura ese derecho a todo hombre; en caso
contrario sería, por cierto, tristemente defectuosa. Pero del
desenlace catastrófico de todas nuestras escaramuzas y todas las
batallas campales, salvo una, surgió un abismo insalvable entre mi
hermano y yo. Mi obediencia ilimitada concernía a las acciones, no a
las opiniones. La lealtad para con mi hermano no se sustentaba en la
hipocresía; que fuera fiel no implicaba que fuera falso con respecto
a sus opiniones caprichosas. Y estas opiniones a veces tomaban la
forma de actos. Al menos dos veces a la semana, pero en ciertos
períodos todas las noches, mi hermano insistía en que cantáramos un
"Te Deum" en agradecimiento de las supuestas batallas que
había ganado; e insistía también en que yo participara de estos
"Te Deum". Ahora, como yo no sabía de tales victorias y
afirmaba resueltamente la verdad, esto es, que nos dábamos a la fuga,
una leve perturbación corrompía estas ovaciones musicales que de
otro modo habrían ejercido un efecto triunfal. Pero una vez que
emitía mi protesta, no obstante, hacía de buena gana mi
contribución al canto; pues sentía un amor indescriptible por ese
grandioso y variado sistema de canciones que poseen las Iglesias de
Inglaterra y de Roma. Y considerando ahora los inefables beneficios
que recibí de la Iglesia de mi infancia, cuento entre los más
grandes los que me llegaron a través de las diversas canciones
vinculadas con el "O, Jubilate", el "Magnificat",
el "Te Deum", el "Benedicte" y otros. Fue por
estas canciones que el dolor que arrasó mi infancia y la devoción
que la naturaleza había convertido en necesidad de mi ser se
entrelazaron íntimamente: el dolor dio realidad y hondura a la
devoción; la devoción dio grandeza e idealismo al dolor. Además, mi
amor por el canto no estaba totalmente desprovisto de erudición. Un
hijo de mi tutor, el Reverendo, mucho más grande que yo, que poseía
la curiosa habilidad de producir una especie de acompañamiento de
órgano con la mitad de su boca mientras cantaba con la otra mitad, me
había dado alguna instrucción en el arte del canto; y en cuanto a mi
hermano, él, un Briareo de cien manos, podía hacerlo todo;
naturalmente, entonces, podía cantar. Podía cantar: tenía derecho
a cantar: tenía derecho, quizás, a cantar el "Te Deum".
Pues si huía todos los días de su vida, ¿qué hay con eso? A veces
el enemigo se congregaba en números abrumadores, setenta o incluso
noventa en total. Ahora, si hay un momento para cada cosa en este
mundo, indudablemente ése era el momento de darse a la fuga. Pero
ahora debo hacer una pausa y reservar lo que sigue para una próxima
ocasión. (*)
(*)
Fuente: Thomas de Quincey, Bosquejo de la infancia, Buenos
Aires, Caja Negra Editora, 2006.
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