Borges
es la sensibilidad abierta a la amplitud y misterio del universo. Y
es también creador impelido por una fuerte preocupación ética.
Desde este perfil de lo borgeano, Augusto Garrido Huergo encuentra
un posible vínculo del creador de Ficciones con el pensar y
el obrar ético de la Stoa, del estoicismo antiguo (que tuvo
en Séneca, Epicteto y Marco Aurelio a sus principales
representantes). Mediante precisas alusiones, meticulosas fuentes y
convincentes paralelos, Garrido Huergo intenta demostrar la subyacente
afinidad entre Borges y el ideal de vida estoico signado por la ataraxia
(o impasibilidad ante el sufrimiento) y el vivir "conforme a la
naturaleza". El texto que sigue a continuación fue presentado en
la Fundación Internacional Jorge Luis Borges, en el marco de la VI
Jornadas "Borges y los otros".
E.I
BORGES
Y EL ESTOICISMO
Huellas
de una eticidad de matiz neo-estoico en la obra borgeana
Por Augusto
Garrido Huergo
“Mis
libros están llenos de filosofía...”(1)
“Yo
soy un hombre ético ¿no? ¿Vsted qué piensa?”(2)
Jorge
Luis Borges
Aunque
es lícito alegar que buena parte del corpus borgeano (poesía-cuento-ensayo)
se nutre e impregna de las distintas ideas y nociones filosóficas
que dotaron su vasta experiencia de lector, Borges nunca fue, ni
–menos aún- pretendió constituirse especialista en la materia:
“No soy filósofo ni
metafísico; lo que he hecho es explotar, o explorar –es una
palabra más noble- las posibilidades literarias de la filosofía
(...) Como yo he usado los
diversos sistemas metafísicos y teológicos para fines
literarios, los lectores han creído que profesaba esos sistemas,
cuando realmente lo único que he hecho ha sido aprovecharlos para
esos fines, nada más”(3).
Y pese a que el bagaje filosófico de Borges excede, en mucho, la
mera información erudita, en respuesta al crítico Ronald Christ,
afirmó: “No soy pensador
ni moralista, sino simplemente un hombre de letras que convierte
sus propias perplejidades, y el respetable sistema de
perplejidades que llamamos filosofía, en formas de literatura”.
Este Borges –“amateur de la filosofía”, al decir despectivo
de Hernández Arregui- (4) conservó intacto hasta el final su interés por la posibilidades
estéticas y literarias que le ofrecían las distintas escuelas
filosóficas, como lo atestiguan sus poemas de 1981, “Yesterdays”:
“Soy lo que me contaron
los filósofos”; y “La
fama”, donde anhela “Conocer
las ilustres incertidumbres que son la metafísica...”
Lo
que aquí se intentará argumentar es que, si bien la obra de
Borges supo manejar hábilmente aquellas posibilidades a que se
hacía mención –sin por ello profesar ni adscribir a ningún
sistema filosófico en particular- también es posible rastrear
las huellas de una ética de neto cariz estoico. Acaso demasiado
terminante suene el juicio del colombiano Laureano Alba: “A
primera vista la opción elegida por Borges es la belleza. Su
condición de poeta lo exigiría... Pero no. Lo moral es su
principal opción como escritor. (...) Borges ha decidido, desde
el comienzo de su obra en prosa, que su primer cuidado es el
legado de unos principios como el honor, como la lealtad, como la
sagacidad y la audacia de la ironía, que son opciones de
naturaleza ética” (5).
Asimismo, y como bien lo ha
atestiguado en más de una oportunidad María Kodama (quien tuvo
ocasión de conocer en profundidad, sobre todo al último
Borges) “... a todo lo que escribió le dio un profundo sentido
de lo ético”. En su prólogo a “Elogio
de la sombra” (1969) es el mismo Borges quien revela: “A
los espejos, laberintos y espadas que ya prevé mi resignado
lector se han agregado dos temas nuevos: la vejez y la ética...”
Y también: “... tengo
sentido ético. Eso no quiere decir que obre mejor que otros, sino
simplemente que trato de obrar bien y no espero castigo ni
recompensa”(6);
muy a tono con la transcripción estoica que nos llega por Diógenes
Laercio (vii, 89) al
afirmar que “la virtud (...) es virtud en sí y no por temor o
esperanza de algo externo” (7).
El
Borges fluyente y contradictorio, tan afín a la doctrina
heracliana –base de la concepción física del estoicismo- es el
mismo que cambia, muta y, siendo siempre el mismo, es
constantemente otro: “Como
ser humano soy una especie de antología de contradicciones, de
‘gaffes’, de errores, pero tengo sentido ético"(8).
Y si bien las doctrinas que transitan su obra son muchas y
diversas, una sola es la conducta profesada por el escritor: “Yo
estoy comprometido únicamente con la ética –sostiene en un
reportaje- Yo, como
individuo, trato de ser un individuo ético, pero es difícil
serlo”(9).
Y completa: “Quizá la ética
sea una ciencia que ha desaparecido del mundo entero. No importa,
tendremos que inventarla otra vez” (10).
Recordemos
que la escuela estoica, que junto al epicureismo y el escepticismo
constituye el núcleo básico del pensamiento filosófico
posaristotélico, perduró a lo largo de todo el helenismo extendiéndose
luego al Imperio Romano. Este enorme lapso de tiempo hubo de
introducir, necesariamente, alguna mutación en el seno de su
doctrina –aunque en esencia nunca dejó de ser una moral para la
persona. En tal sentido, la tardía Stoa imperial se restringiría
también a una moral filosófica, legadora de pautas para el recto
obrar. Dice Borges “Me
basta tener un sentido ético de la vida y ser consecuente con
dicho sentido”(11),
por lo que acaso sea más apropiado
hablar de un «espíritu estoico» en Borges (vida y obra):
aquello que fuera una constante en su existencia acabará haciéndose
eco en su literatura. Tal vez convenga admitir que Borges ha sido
un poeta de ficciones con sesgo filosófico, un hombre que supo
reseñar y difundir su propio estupor metafísico desde una
dimensión eminentemente literaria, vinculando argumentos, ideas y
nociones especulativas con criterio estético. Borges se nos
presenta como el agraciado amanuense de una escritura que hospeda
trascendentes profundidades; un clásico prematuro que sorprende
innovando con antiguos argumentos; un autor que instaura
creativamente su íntima razón poética por sobre cualquier
evidencia ontológica.
Borges
y la Poesía Intelectual
“Hay
dos formas extremas de ser poeta: el poeta que vive en la pasión,
y
el poeta que vive en un mundo verbal.”
Jorge
Luis Borges (12)
Así
como en el vocablo filosofía
conviven ‘ciencia’ y ‘modo de vida’, en Borges literatura
y existencia, pensamiento y vida del espíritu, son también
dimensiones inseparables. Poesía y razón continuamente se
conjugan en un autor que cultiva el arte de pensar bellamente.
Siguiendo a Gastón Bachelard, cuando intuye a la poesía “metafísica
instantánea”, diremos que el poema en Borges no se limita al
mero esteticismo lúdico: “Ellos iban delante y yo detrás,
solo, escuchando sus palabras, que me iban comunicando la
inteligencia de la poesía”, dice el Canto xxii
de la “Divina Commedia”. Consultado acerca de las cualidades
que debe poseer un escritor, Borges responde:
“–Yo coincido con Stevenson, lo principal es la ética, sin ética...
Uno debe ser leal a lo que se ha propuesto. Yo tuve una discusión
con el poeta Gerardo Diego, español. Para él la literatura es un
juego verbal; yo considero que debe ser algo más”(13).
Leemos
ahora su prólogo a “La inteligencia de las flores”, de
Maurice Maeterlinck: “Aristóteles
escribe que la filosofía nace del asombro. Del asombro del ser,
del asombro de ser en el tiempo, del asombro de ser en este mundo,
en el que hay otros y animales y estrellas. Del asombro también
nace la poesía”. Ese mismo Borges apunta, respecto de su
propia indagación poética: “...
es una poesía que no sólo obedece al estímulo emocional, sino
también a la continua búsqueda metafísica”. Y Ezequiel de
Olaso saldrá al cruce de ciertos detractores de la lírica
borgeana, tantas veces cuestionada por su propensión a la “poesía
de ideas”, muy al modo de Schiller: “... la alternativa era no
buscar el pensamiento de Borges (...) sino al revés, descubrir
ciertos ocultos criterios poéticos que orientaban su atracción
por determinados pensamientos. Según esta conjetura, Borges
celebra la especulación como una admirable posibilidad literaria.
Lo que busca es la poesía del pensamiento”(14).
“El
ejercicio de la literatura puede enseñarnos a eludir
equivocaciones, no a merecer hallazgos
–escribe en el prólogo a “La
cifra” (1981). Nos
revela nuestras imposibilidades, nuestros severos límites. Al
cabo de los años, he comprendido que (...) mi suerte es lo que
suele denominarse poesía intelectual. La
palabra es casi un oxímoron; el intelecto (la vigilia) piensa por
medio de abstracciones, la poesía (el sueño), por medio de imágenes,
de mitos o de fábulas. La poesía intelectual debe entretejer
gratamente esos dos procesos. Así lo hace Platón en sus diálogos;
así lo hace también Francis Bacon...” (15) Borges es un poeta que se piensa y en el pensarse se asombra: “mi
extraño oficio de poeta”, reconoce. Es que la suya es poesía
de honda reflexión; reflexión sobre sí y el mundo, sobre el
inabarcable cosmos y sobre el Todo, un todo que no excluye razonar
sobre la poesía misma. Una poética que es síntesis de
intuiciones fundamentales; de incertidumbre ante lo real y (¿por
qué no?) ante la temible insustancia de la realidad.
Borges
y sus Filosofías Poéticas
Yo
suelo sentir que soy tierra, cansada tierra... Sigo, sin embargo,
escribiendo.
¿Qué
otra suerte me queda? ¿Qué otra hermosa suerte me queda?”
Jorge
Luis Borges “Prólogo”
a “Los Conjurados”
(1985)
Nuestro
punto de partida, una vez más, corresponde a una cita
esclarecedora: “La
literatura fantástica no es una evasión de la realidad, sino que
nos ayuda a comprenderla de un modo más profundo y complejo”(16).
No pocos críticos de la obra borgeana (Ana Mª
Barrenechea, Jaime Rest, Juan Nuño, Jaime Alazraki, entre otros)
han decidido rastrear su perfil filosófico; y varios son también
los sistemas con los que se ha pretendido vincular a Borges, los
que comprenderían un singular e imperfecto arco que va desde
cierto platonismo raigal (17)
al nihilismo panteísta –o su variante de panteísmo spinoziano-
al nominalismo de Berkeley. No obstante, se incurriría en
formidable error el circunscribir su obra a una determinada
escuela: “renuncio a todo
pensamiento sistemático porque siempre tiende a trampear. Un
sistema conduce necesariamente a la trampa”(18).
Pero desde el punto de vista ético, es básicamente la moral
estoica –con su ingente carga de virtuosismo personal- la que
mejor se aviene al modo de pensar (y obrar) borgeano, incluso en
lo concerniente al noble proceder (euandría).
Y al indagar las huellas de un probable fatalismo neo-estoico en
su obra, se deberá tener presente que Borges, más que perseguir
un ‘saber’ filosófico determinado, se vale de la filosofía
en tanto que orientadora en aquel saber
vivir tan caro a los estoicos. Borges rescata una imagen de su
venerado pensador alemán, que bien podríamos trasladar ahora al
ámbito que nos ocupa: “Schopenahuer
decía que buscar un propósito en la historia es como buscar
leones en las nubes: uno los encuentra porque los busca” (19).
Es intención de este estudio no errar en la injustificada búsqueda
de correspondencias y paralelismos, sobre todo en un autor que
amenaza constituirse en el prototipo del poeta que renueva las
razones de su duda. Respecto de las supuestas escuelas filosóficas
imperantes en su obra, extractamos el siguiente reportaje donde el
autor se define:
Periodista:
–“Anderson Imbert tiene una teoría que lo explica. Asegura
que Borges es en el fondo un nihilista con vastísimos
conocimientos de todas las escuelas filosóficas. Ahora bien, en
cada uno de sus cuentos ha ensayado una dirección filosófica
distinta, sin participar vitalmente en ninguna de ellas. (...)
Anderson asegura que cada uno de esos jóvenes te ve como un
abanderado de su causa, sea ésta idealista, estructuralista,
materialista, estoica... y te aplauden, considerándote cada uno
su líder particular porque es el hombre que ha llevado la
literatura a su propia posición.
J.L.B.:
–Están equivocados. Si
fuera idealista, por ejemplo, sería una certidumbre y yo no tengo
certidumbres; más bien tengo dudas. Si he participado de esa
filosofía, ha sido para los propósitos particulares del cuento y
mientras lo escribía. Bueno, Hume –que fue el que despertó a
Kant de su sueño dogmático- decía: soy filósofo cuando
escribo”(20).
Como
ya lo afirmáramos, si bien aquellas supuestas correspondencias
con el pensamiento estoico nada tienen que ver con enrolar a sus
filas al escritor, múltiples nociones esgrimidas por aquellos
pensadores –aparte del compromiso ético- de algún modo lo
estarían emparentando. Tal su ferviente apología del
cosmopolitismo (21),
el gozo sutil por la paradoja intelectual y las etimologías, su
acendrado culto al valor y al coraje –lo que incluye su total
apostura en la aceptación gozosa de la muerte- y su reconocida
adscripción al ciclo cósmico y determinista, entre otras.
Ceguera
y Estoicismo
“El
hombre cabal no ha de temer la dificultad, ni quejarse del
hado...”
Séneca,
“De providentia” cap. ii
Confiesa
Borges: “Sartre es una
persona muy rara; Sartre dejó de escribir cuando se quedó ciego.
Yo no entiendo eso. Al contrario, yo he pensado: ahora que estoy
ciego, tengo que seguir trabajando, porque ¿qué justificación
tiene mi vida si no trabajo? Yo sé que lo que escribo ahora
–voy a cumplir ochenta años en agosto- tiene que ser
forzosamente inferior a lo que escribía cuando era joven, pero
sin embargo ¿qué otra cosa puedo hacer sino escribir?(22) En cierto sentido, podría afirmarse que el «espíritu estoico»
ha sido una constante no sólo en filosofía, sino en la
literatura universal; aunque en Borges, vida y obra se confunden
en un todo literario que no repudia como principio admisible la
fortuna dispensada de antemano. En más de una oportunidad declaró
haber reconocido que su rumbo se encaminaba hacia las letras,
mandato que acató obediente, incluso desde la excentricidad de su
“remoto país
sudamericano”(23).
Dice Borges: “Siempre he
sentido que mi destino era, ante todo, un destino literario; es
decir, que me sucederían muchas cosas malas y algunas buenas.
Pero siempre supe que todo eso, a la larga, se convertiría en
palabras, sobre todo las cosas malas, ya que la felicidad no
necesita ser transmutada: la felicidad es su propio fin”(24).
Desde muy joven intuye también que –gradual e irremisiblemente-
irá perdiendo la vista, del mismo modo que su propio padre y
otros de su sangre. Pero ante tamaña suerte no sólo abjura de la
rebelión estéril: se impone su digna admisión, quizá
justificado por la oportunidad de testimoniar el temple y el
coraje negado en otros ámbitos –que sin duda aprobaba y acaso
hubiese preferido. Borges asume así una suerte de “doctrina del
sabio obrar”, una peculiar ética práctica que trasciende la
compostura exterior y aparente para identificarse con la valoración
estoica que los filósofos del pórtico denominaron “actitud del
sabio” (entendiendo por éste a quien asume con plena conciencia
su destino y situación en el mundo). En junio de 1975 –a veinte
años de convivir con las sombras- un Borges optimista escribirá
el prólogo a “La rosa
profunda”: “Al
recorrer las pruebas de este libro, advierto con algún desagrado
que la ceguera ocupa un lugar plañidero que no ocupa en mi vida.
La ceguera es una clausura, pero también es una liberación, una
soledad propicia a las invenciones, una llave y un álgebra”.
Todo cuanto sucede es lo único que podría suceder. Nada puede
evitarse y nada se ha de deplorar: cuanto existe en el universo físico
pertenece por entero al acaecer universal. Todo está sujeto a la
ley racional; y nada existe que no conserve un tinte de lo divino.
Según Zenón de Cittium, a cada hombre corresponde el templarse
en la aceptación de esa cósmica fatalidad, para lo cual el ser
dispone del invalorable refugio de su propia interioridad, desde
donde proyectarse y conducir su vida en consecuencia.
Ahora
es Leonor Acevedo, madre del escritor, quien –al respecto-
precisa un hecho fuera de lo común:
“Como
lo hice para mi marido, que también veía muy mal, hace siete años
le leo todo a Georgie.
Cuando escribe me dicta. Hay algunas cosas que no he leído, como ‘El
poema de los dones’ –tan triste- donde habla de sus ojos.
Pero lo leí cuando estuvo impreso.
–
¿Cómo lo escribiste? –Le pregunté. Me respondió: –Se
lo dicté a alguien de la biblioteca porque pensé que te apenaría.
Y en efecto [continúa la madre de Borges] disimula todo lo que se
refiere a su mala vista, lo disimula mucho. Siempre está de buen
humor, pero yo sé que en el fondo es diferente...” (25)
El
sereno talante de aquel Borges se identifica con el pasaje de Séneca
(“De providentia” cap.ii):
“... el ímpetu y el contraste de la adversidad no conmueven el
alma del varón (...) porque es más fuerte que los accidentes
externos. Yo no llego a decir que no los sienta, sino que los
vence y, por añadidura, se yergue apacible contra los embates de
la adversidad”.
Vivere
Secundum Naturam
“Aunque
ciego y quebrantado, he de labrar el verso incorruptible
y
(es mi deber) salvarme...”
J.L.B.,
“El hacedor”, de “La
cifra” (1981)
Vivir
conforme a naturaleza y responder con altura a esa certeza de la
propia situación, es característica de la dignidad estoica. Sólo
quien se esfuerce en alcanzar la sabiduría podrá bastarse a sí
mismo, lograr la autarquía, y compenetrarse con el aliento del
universo, identificado con el Ser verdadero e inmutable. La paz
interior se consigue sometiendo las pasiones al imperio de la razón,
y sólo el sabio subordina racionalmente sus inclinaciones y
apetencias. En Borges se percibe esta conformidad racional –que
en modo alguno es conformismo- con el orden de las cosas: “La
ceguera no ha sido para mí una desdicha total, no se la debe ver
de un modo patético. Debe verse como un modo de vida: es uno de
los estilos de vida de los hombres. (...) Si el ciego piensa así,
está salvado. La ceguera es un don. (...) Ser ciego tiene sus
ventajas. Yo le debo a la sombra algunos dones: le debo el
anglosajón, mi escaso conocimiento del islandés; el conocimiento
de una literatura medieval que yo habría ignorado; el goce de
tantas líneas, de tantos versos, de tantos poemas; el haber
escrito varios libros, buenos o malos, pero que justifican el
momento en que se escribieron, y el haber escrito otro libro,
titulado con cierta falsedad, con cierta jactancia, Elogio de la
sombra”(26).
La
apatía (apátheia) o
ataraxia propia del estoico –casi un anticipo del cartesianismo-
se corresponde con un estado de serenidad intelectual. La sabiduría
estoica, nutrida a su vez de ingredientes cínicos, argumentaba
que el hombre sabio sólo desea aquello que puede alcanzar, por
cuanto logra lo que realmente quiere. De allí el desdén hacia el
vulgo que, precipitado y aturdido, corre tras las sombras de lo
que supone a su alcance, o se mueve cual autómata al servicio de
las pasiones (y Borges ha hecho saber cuánto deploraba aquel
necio frenesí que suele exaltar a las masas y “al
vulgo, que es apenas, nada”)(27).
En
1996 se le encomienda a Susan Sontag un artículo sobre Borges
–a diez años de su muerte- pero la escritora y ensayista
estadounidense preferirá redactar una íntima carta; y éste es
un fragmento:
“Vd.
era un descubridor de nuevas alegrías. Un pesimismo tan profundo,
tan sereno como el suyo no necesitaba ser indignante. Más bien,
tenía que ser inventivo... y Vd. era, por sobre todo, inventivo.
La serenidad y la trascendencia del ser que Vd. encontró son,
para mí, ejemplares. Demostró de qué manera no es necesario ser
infeliz, aunque uno pueda ser completamente perspicaz y
esclarecido sobre lo terrible que es todo. En alguna parte dijo
que un escritor (delicadamente agregó: todas
las personas) debe pensar que cualquier cosa que le suceda es
un recurso (estaba hablando de su ceguera). Vd. fue un gran
recurso para otros escritores”.
En
relación a lo expresado por Sontag, el escritor había formulado
una idea análoga en su conferencia en el Collège de France
acerca de “La creación
poética”: “En este
arte encontramos a primera vista que quizá el infortunio es más
rico que la felicidad, la derrota es más rica que la victoria. La
derrota puede hacernos pensar, mientras que en la victoria se
mezclan las interjecciones, la vanidad..., entonces el infortunio
es mejor. Ciertamente todos tenemos nuestra parte de felicidad y
de infortunio, pero la felicidad es un fin en sí mismo y no exige
nada, mientras que el infortunio debe ser transformado en otra
cosa. Es decir, el infortunio sería la materia del arte, o también
la nostalgia, la nostalgia está ligada a una felicidad perdida, a
un paraíso perdido”.
Huellas
de una Eticidad Neo-Estoica a la Luz de su Obra
“Pero,
por qué no parecernos a esos ilustres griegos.
¿Qué
más podemos desear?”
Jorge
Luis Borges (28)
La
atenta lectura a una pieza clave dentro de la producción borgeana,
como es el “Poema de los
dones” –también podría citarse su “Elogio
de la sombra”, entre tantas otras- bastaría como
antecedente fundacional del presente artículo.
Zenón
de Cittium (Zenón el estoico) fundador de la Stoa, que había
arribado a Atenas luego de zozobrar y perder su cargamento en púrpura,
hizo famosa la frase: “La suerte me deparó el más feliz
naufragio”. Veinte siglos más tarde, el poema de Borges
enfrenta al lector con un hombre que prefiere despejar cualquier
indicio de sentimentalismo o aflicción, decidido a asumir su
infortunio con ánimo sereno: “En
La Odisea se lee que los dioses dan desgracias a los hombres para
que las generaciones siguientes tengan algo que cantar”(29).
Y en esta obra de la primera madurez borgeana, se articulan y
suceden alusiones a un acontecer universal, fatal y necesario, en
donde azar y libertad no podrían concebirse más que como mera
apariencia e ilusión. Siguiendo este hilo de pensamiento, todo
–absolutamente- acontece de acuerdo a las ideas seminales o
germinativas (el Logos
espermatikós) con arreglo a las cuales la razón divina crea
y sostiene el universo. Escribe Borges: “Nadie
rebaje a lágrima o reproche/ esta declaración de la maestría de
Dios, que con magnífica ironía/ me dio a la vez los libros y la
noche” (“Poema de
los dones”). Parere Deo libertas est: obedecer a Dios es
libertad –principio que resonará luego en Spinoza- es lo mismo
que la aceptación estoica del destino. El hombre, por tanto,
deberá desentenderse de esa realidad panteística que sólo una
divinidad está en condición de discernir adecuadamente, para
centrarse en la correcta actitud a adoptar ante lo que, de suyo,
es irrevocable.
La
referencia de raigambre estoica tampoco se halla ausente en otros
momentos de su literatura, alguna en idéntica alusión a la
ceguera. Respecto de su alter ego Juan
Dahlmann, escribe Borges en “El
sur”: “Sufrió con
estoicismo las curaciones, que eran muy dolorosas...” Y en
un fragmento de “El
hacedor” leemos: “Gradualmente,
el hermoso universo fue abandonándolo; una terca neblina le borró
las líneas de la mano, la noche se despobló de estrellas, la
tierra era insegura bajo sus pies. Todo se alejaba y se confundía.
Cuando supo que se estaba quedando ciego, gritó; el pudor estoico
no había sido aún inventado y Héctor podía huir sin desmedro.
Ya no veré (sintió) ni el cielo lleno de pavor mitológico, ni
esta cara que los años transformarán. Días y noches pasaron
sobre esa desesperación de su carne, pero una mañana se despertó,
miró (ya sin asombro) las borrosas cosas que lo rodeaban e
inexplicablemente sintió, como quien reconoce una música o una
voz, que ya le había ocurrido todo eso y que lo había encarado
con temor, pero también con júbilo, esperanza y curiosidad”.
La
sabiduría estoica conlleva la aceptación de la naturaleza y el
esfuerzo por acatar –ya que no comprender- la inexorable trama
de implicaciones en el acontecer universal: “Vivir de manera
concorde”, propiciaba Zenón; al tiempo que Cleantes abogó
hacerlo “de acuerdo a naturaleza”. Por último, sostiene Diógenes
Laercio (vii, 88)
que “La virtud del hombre feliz y la vida armoniosa nacen de la
conformidad del genio de cada uno con la voluntad de quien
organiza el todo”. Es así que la educación en la temperantia
y fortaleza estoica propone al hombre una concepción semi
intelectualizada de sus pasiones. Al racionalizar su ceguera
Borges admite: “Algo, que
ciertamente no se nombra/ con la palabra azar, rige estas
cosas...” Para expresar finalmente que “no
hay azar, lo que llamamos azar es nuestra ignorancia de la
compleja maquinaria de la causalidad”(30).
Borges
va a precisar –en alguna de sus incontables conferencias- en
torno a la materia prima del poeta, esbozada ya en la estoicidad
del “Poema de los
dones”: “... la
ceguera es un modo de vida, un modo de vida que no es enteramente
desdichado. (...) El escritor vive, la tarea de ser poeta no se
cumple en determinado horario. Nadie es poeta de ocho a doce y de
dos a seis. Quien es poeta lo es siempre, y se ve asaltado por la
poesía continuamente. (...) Un escritor, o todo hombre, debe
pensar que cuanto le ocurre es un instrumento; todas las cosas le
han sido dadas para un fin, y esto tiene que ser más fuerte en el
caso de un artista. Todo lo que le pasa, incluso las
humillaciones, los bochornos, las desventuras, todo eso le ha sido
dado como arcilla, como material para su arte; y tiene que
aprovecharlo. Yo he hablado en un poema del ‘antiguo alimento de
los héroes’: la humillación, la desdicha, la discordia. Esas
cosas nos fueron dadas para que las transmutemos, para que hagamos
de la miserable circunstancia de nuestra vida, cosas eternas o que
aspiren a serlo”.
Para
el estoicismo, la razón divina –Logos-
todo lo rige y gobierna, por lo que el entendimiento humano
requiere absoluta sintonía con aquella, a fin de alcanzar la
felicidad (lo que equivale a aceptar la ley del universo y hallar
su propio lugar dentro de él). La idea respaldada por los
estoicos es que la las cosas son, en realidad, moralmente
indiferentes –idea que Borges traduce literariamente en “El
sur” cuando afirma: “Ciego
a las culpas, el destino puede ser despiadado con las mínimas
distracciones”. Y en el “Poema
de los dones” acepta de igual grado y tono sereno, tanto su
irreversible deterioro visual como la relativa extrañeza en
cuanto a su promoción a director de la Biblioteca Nacional. Ésto,
y no otra cosa, es aquél “vivir de acuerdo a Naturaleza” que
anima el estoicismo. Ni el justo premio, ni la salud ni el dolor,
son un bien o un mal en sí mismos. La cabal aceptación de la
enfermedad que lo privará de la contemplación del mundo físico
–y de sus más que entrañables libros- como su íntegra y
jocosa actitud ante la Academia Sueca en la negación del Nobel,
son apenas dos tópicos ejemplares de su natural comportamiento.
Sobriedad,
moderación, fortaleza –ascetismo podría arriesgarse- no son términos
irreconciliables con la existencia de un hombre sumido en la
escrupulosa tarea de su original creación literaria. “Que tu
vida sea tu mensaje”, propugnaron los antiguos, y más allá de
las numerosas referencias en su obra,(31) no pocos advirtieron esa cuota de estoicismo en la vida del
escritor. En su artículo del diario El Mercurio, Jorge Edwards se
refirió a Borges como un hombre “estoico y gozoso”; (32) María Arenas Cruz destacó a su vez “ese talante estoico y
carente de patetismo con el que el poeta argentino se enfrenta al
paso del tiempo y a la muerte”. Ese hombre ya más sabio, acaso
templado ahora al calor del estoicismo, se percibe en la siguiente
entrevista:
Periodista:
–“Es curioso, Vd. habla últimamente cada vez más de aceptación
y gratitud.
J.L.B.:
–Es que yo creo, como
Chesterton, que uno debería agradecer todo. (...) Chesterton dijo
que el hecho de estar sobre la Tierra, de estar de pie sobre la
Tierra, de ver el cielo, bueno, de haber estado enamorado, son
como dones que uno no puede cesar de agradecer. Y yo trato de
sentir eso, y he tratado de sentir, por ejemplo, que mi ceguera no
es sólo una desventura, aunque ciertamente lo es, sino que también
me permite, bueno, me da más tiempo para la soledad, para el
pensamiento, para la invención de fábulas, para la fabricación
de poesías. Es decir, que todo eso es un bien ¿no? Recuerdo
aquel griego, Demócrito, que se arrancó los ojos en un jardín
para que no le estorbara la contemplación del mundo externo.
Bueno, en un poema yo dije: ‘El tiempo ha sido mi Demócrito’.
Es verdad, yo ahora estoy ciego, pero quizás el estar ciego no
sea solamente una tristeza...”(33).
Hasta
aquí, entonces, esta oportuna correspondencia entre Borges y
estoicos; aunque cabe todavía un último punto de contacto entre
ambos. Así como cada sistema filosófico ha alcanzado su plenitud
y madurez fuera de sí mismo, todo creador deberá partir desde la
suma de un pasado y una tradición que en el tiempo se proyecta.
Puede recordarse, entonces, que en el estoicismo la mayoría de
sus componentes no fueron necesariamente nuevos y acaso ni
siquiera del todo originales, idéntica observación podría
merecer la obra de Borges, aunque no es menos cierto que ambos
supieron engendrar –con esos antiguos materiales- algo del todo
genuino, digno, grande y hasta hoy perdurable. (*)
(*)
Fuente: Augusto
Garrido Huergo, "Huellas
de una eticidad de matiz neo-estoico en la obra borgeana",
texto presentado en la Fundación Internacional Jorge Luis Borges,
en el marco de la VI Jornadas "Borges y los otros".
Nota
*
Dado que el escritor no establece distinción entre uno u otro término,
se hace necesaria una breve aclaración introductoria, antes de
pasar a la exposición de este trabajo de investigación. Se
emplea aquí, como sinónimo, los términos éticos y morales,
cuando la moralidad es una realidad objetiva que requiere
diferenciarse del examen filosófico que es la ética (por lo que
es una parte de la filosofía). La moralidad, en cambio, refiere a
ciertos aspectos o zonas de la realidad: lo bueno y lo malo, el
valor y disvalor moral y de lo que a ello pertenece. El terreno de
la moralidad incluye actitudes y acciones personales portadoras de
un valor o disvalor moral, aquellos bienes moralmente relevantes
que imponen obligación moral, y también todas las leyes morales.
Aunque
ofrece cierta dificultad en la determinación de exactitud de
algunas autorías, se recomienda la lectura de Estobeo
(“Doctrinas de Zenón y de los restantes estoicos sobre la parte
ética de la filosofía”) para la reconstrucción de los
fundamentos de ética estoica antigua y media.
Cabe
aclarar, además, que el presente trabajo responde al
requerimiento exigido en la convocatoria a las vi
Jornadas “Borges y los otros”. Se trata, por tanto, de la
apretada síntesis de un estudio más extenso acerca de las
huellas estoicas en la ética borgeana.
La
“cursiva
entrecomillada” en el presente artículo, corresponde –únicamente-
a textos y citas de J.L.Borges.