| EL ARBOL CERCA
DEL CLARO
Por Esteban
Ierardo
"He sido árbol
en el bosque misterioso"
Taliesin, poeta
galés del siglo VII d.c
Y fui árbol, dentro de ti, bosque misterioso.
Mi destino de mamífero urbano me repite que soy habitante de edificios y metales. Mis pisadas
en las calles, me exigen fidelidad al acero y la máquina. Pero yo aún corro cerca del jabalí y el ciervo, cerca
del arroyo y la fuente de las hadas esquivas; aún trepo cerros,
esmaltados de
pinos; y persigo la luz, entre enjambres de ramas; aún
escucho polifonías de grillos e insectos, y los conciertos de pájaros, y las voces del
viento. Porque fui
árbol, dentro de ti,
bosque misterioso.
Y
aun percibo tu sudor, Diana cazadora, diosa del caminar guerrero,
Señora del Bosque Salvaje; y presiento tu cuerpo tejido por cascadas
de lunas. Y descubro tu desnudez en la que hierve lo bello; y me deslumbro
también con tus compañeras, las ninfas sin
velos. (1)
Y
te observo, mientras te bañas en el río. Río de agua sagrada.
Y
escucho, poco después, cuando lanzas tus lebreles sobre quien osó espiar la
bella locura de tus senos. Y los perros, coléricos, despedazan a
Acteón, y comprendo que los
músculos triturados que se pudren regresarán a la
tierra, para nutrir a la semilla y la planta.
Y
aún puedo acompañarte, Diana, con tu escudo y la mirada celeste y
áspera. Porque fui árbol, dentro de ti, bosque misterioso.
Y
en la noche de carteles y luces quietas y programadas, entreveo
todavía otro ardor nocturno: el de las brujas danzando con el macho
cabrío,
entre invocaciones del diablo encendidas en los labios; entre recelos
por la cruz y amor por el fuego alabado del sexo. Y aún presencio la
magia voladora de las hechiceras, entre las copas sombrías de la
floresta y los tapices suspendidos de las estrellas. Y aún observo a
la
bruja al descansar en su cueva, luego de vuelos y aquelarres. Porque fui
árbol,
dentro de ti, bosque misterioso.
Y
aunque ahora camino entre las laderas planas de edificios, veo a miles de
romanos, soldados, centuriones, temerosos,
preñados de cautela, mientras avanzan dentro de un bosque germánico.
(2)
Y ya escucho de nuevo el repentino grito quemante de los guerreros.
Los guerreros adoradores de Wotan. Que inventan tempestades de lanzas que caen, y
espadas que se hunden. Hunden en abismos de carne sorprendida.
Y, pronto, huelo el calor que se desvanece de más veinte mil soldados del Dios Marte.
Y aún puedo cubrir muchas corazas y yelmos con hojas compasivas. Porque fui árbol, dentro de ti, bosque misterioso.
Y
alguna lluvia me embriaga con frescura mientras piso el adoquín o el
asfalto de mi hogar moderno. Y, entonces, no suspenderé, no, el recuerdo
del otro torrente de agua del cielo que contemplé, una vez, mientras
discurría sobre el sacerdote vestido con pura tela blanca.
Era el
druida.
Era el druida que, luego de varias noches de luna sonriente, se acercaba al
roble, con una hoz de oro, para obtener el muérdago. Y pronunciaba
entonces las oraciones con las que su cuerpo ardía. Ardía con un
sol remoto en los ojos y el rostro. (3)
¡Ah, entonces tan cerca vi al que veneraba al
roble y se embriaga de una luz vacía y radiante que le donaba el
corazón de fuego de la madera. Fuego dentro del árbol. Llamarada misteriosa sin palabra.
Y
el sacerdote celta buceaba en un mar líquido de savia. Y yo sabía
sumergirme, junto con él, en oscuras profundidades de raíces. Porque fui
árbol,
dentro de ti, bosque misterioso.
Y
ya es el crepúsculo en la ciudad.
Ruge el rayo en
mi ciudad.
Y
el viento valiente me
entrega tu mensaje:
percibe lo que ahora es, dentro de
mí.
Percibe
ahora
que
dentro
de mí
es
la
lechuza que piensa en los sentidos de la noche, desde su trono de
ramas;
percibe
ahora
que
dentro
de
mí
es
el
insecto que absorbe corazones quietos de animal y limpia la hojarasca;
y es el
oso que, en el arroyo, le pide al salmón que acepte detenerse entre
sus garras;
y es el
castor que talla hogares, donde se besan la madera
y el agua;
y es el
rayo de sol que brilla entre las hojas, como un sol dentro de una
cueva;
y es el
coyote que invoca a su dios, que vive solitario, en la luna del
rostro de plata;
y es la
tempestad que riega sobre las cortezas volcanes del cielo
furioso;
y es la
primavera y sus pinceles, que pintan soles de borrachas luces verdes;
y
es el invierno, ensimismado en un frío vértigo blanco, y el otoño,
ávido de gritar con el rojo y el amarillo;
y es el
lago que refleja la imagen de las águilas y las hojas;
y es el
relámpago que riega dragones azules sobre los árboles;
y es
Diana, que se baña y caza;
y el
lobo, que corre hacia el altar, en el centro de ti, bosque
misterioso, donde, cerca de un claro, crece otra vez un árbol.
Aquel que seré en el primer
latido después de mi muerte.
Notas: (1)
Diana es la traducción mitológica romana de la Artemisa griega.
Diosa guerrera, casta, hermana de Apolo, hija de Zeus, dueña y
señora del bosque salvaje. En una oportunidad, el mortal Acteón,
mientras cazaba, descubrió a la diosa en un río mientras se
bañaba junto a las ninfas de su cortejo. Entonces, la diosa
sorprendida lanzó a sus cincuenta lebreles tras el indeseado
visitante. Los perros le dieron caza y lo despedazaron. De esa
manera Artemisa castigó la osadía del humano que contempló una
escena sólo destinada a ojos divinos. (2)
Este pasaje del poema se refiere a la batalla que en el año 8 d.c
se libró en un bosque germánico. Los germanos, encabezados por
Arminio, sorprendieron a un ejército romano de veinte mil hombres
dirigidos por Varo. Incapaces de combatir en un espacio reducido e
intrincado, las legiones romanas fueron exterminadas. Fue una de las
máximas derrotas del ejercito imperial romano que ennegreció el
reinado de Augusto. (3)
Alusión al rito druida de la recolección del muérdago; uno de los
principales rituales de los druidas según Plinio el Viejo. Los
druidas eran los sacerdotes celtas que veneraban los robles y los
bosques.
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