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LA
LEYENDA NAVAJA DE ANTÍLOPE INTREPIDO
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Mujeres
navajos con sus atuendos tradicionales
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Los navajos habitan en Arizona y Nuevo México. Sus
mitos han motivado un vasto interés entre mitólogos
como Joseph Campbell. Además de sus tesoros míticos, son
muy famosas sus pinturas de arena y polen, sus tapices y
piezas de cerámica. Abajo izquierda, imagen mítica navaja;
abajo, un polícromo tapiz navajo. Aquí, presentamos una
de sus más intensas leyendas.
LA
LEYENDA NAVAJA DE ANTÍLOPE INTREPIDO
Algunas noches, los navajos se reúnen
en torno al fuego. Son noches para contar las propias experiencias,
para festejar nacimientos, casamientos, ó cualquier otro
hecho que merezca ser
celebrado. Pero en esas noches, los miembros más ancianos
aprovechan para relatar las historias de sus antepasados,
historias que se encargan de memorizar los jóvenes y que
pasan de generación en generación. De este modo es como
ha llegado hasta nuestros días la historia que hoy os relato.
Cuentan
que hace mucho tiempo, tanto que se pierde en la noche de los tiempos la época
en que ocurrieron los hecho que relataré a continuación, un hombre vivía
feliz. Se había casado hace muy poco tiempo, con lo que su matrimonio era
reciente, pero a la vez muy próspero, y pronto conocería la dicha de recibir
el inmenso don de un hijo. La fama precedía al hombre del que trata la
historia. Sus cualidades más destacadas eran la valentía y el honor. Por eso
quizás el Consejo de Ancianos lo eligió a él como jefe de la tribu, al joven
"Antílope Intrépido", pues es así como se llamaba.
Era un
gran jefe. Gobernaba la tribu con justicia, y en sus órdenes predominaba la
ecuanimidad: no había ni elegidos que disfrutaran del máximo beneplácito ni
desgraciados que tuvieran que soportar la dura carga del trabajo más pesado:
todos eran medidos con el mismo rasero. La felicidad, la paz y la armonía
reinaban en la tribu.
Cuentan
que una mañana, la esposa de Antílope no despertó de su sueño. En principio,
parecía que sólo estaba un poco cansada, por lo que el jefe no se alertó. La
dejó dormir un poco más. Algo más tarde, se acercó de nuevo a su lado, e
intentó despertarla. Sus intentos fueron baldíos. Por mucho que lo intentaba,
su mujer no despertaba.
Alarmado, fue
a buscar al chamán de la tribu. Éste la estuvo observando y reconociendo
durante algún tiempo, y al final concluyó que la esposa del jefe había tomado
un tipo de planta venenosa muy extraña, que la había hecho caer en un sueño
eterno. Rápidamente, Antílope le preguntó por el remedio, por un antídoto. A
este respecto, el chamán no conocía ningún remedio. "Es una planta muy
extraña la que comió tu mujer", dijo, "no tengo conocimiento de ningún
remedio que la haga despertar de sus tinieblas".
El jefe de la
tribu estaba desconsolado. No se podía resignar a que su esposa siguiera
dormida por el resto de sus días. Tenía que hacer algo, pero no sabía qué.
Como última solución, se dirigió al más anciano de la tribu, que en
principio, le seguía diciendo lo mismo que el chamán. Pero Antílope
continuaba preguntándole por otra vía de solucionar el problema. La respuesta
seguía siendo la misma: no hay sanación posible. Casi con lágrimas en los
ojos, el jefe se disponía a salir del tipi del anciano, cuando éste dijo:
"Sin embargo ...". Rápidamente, Antílope se volvió y le
preguntó a qué se refería. El anciano siguió contando:
-Hay una
leyenda muy antigua que habla de un hechicero. Ese hechicero vive en una gruta
muy escondida, cerca de un gran río, y cuentan que cultiva una planta
milagrosa, que es antídoto para todos los venenos. Pero cuentan también que aún
no le ha dado la planta a nadie, puesto que a su juicio, los pocos que consiguen
llegar a su escondite no son merecedores de los inmensos poderes de su
cultivo".
La expresión
del jefe había cambiado, y siguió preguntando al anciano sobre aquel recóndito
lugar. Y el anciano continuó:
-No puedo darte más
detalles sobre la situación de la cueva porque nadie sabe con seguridad dónde
está. Sólo te diré que se encuentra en los alrededores del gran río que hay
hacia donde se pone el sol. Pero ten mucho cuidado. El camino es mucho más
peligroso de lo que pudieras imaginar.
Pero
Antílope no pensaba ya nada más que en encontrar a ese hechicero y su
maravillosa planta. Salió de la tienda del anciano y se dirigió directamente
al Oeste, ni siquiera cogió nada para el viaje.
Anduvo durante dos días y dos noches. El cansancio era terrible en su cara,
pero había algo en su interior que no podía detener a sus pies, un pensamiento
en su esposa. Por fin, al amanecer de la segunda noche, encontró el gran río
del que le habó el anciano. Quería seguir, pero su cuerpo no podía más. Se
desplomó en el suelo, y quedó inconsciente unas horas. Cuando al fin despertó,
apenas se podía tener en pie. Tenía una pequeña brecha abierta en la frente,
y no comía desde hacía dos días. Casi sin ser consciente de lo que hacía,
improvisó una caña de pescar y pudo recoger algunos peces que le permitieron
seguir con vida.
Al
terminar el almuerzo, siguió río arriba buscando la cueva a la que se refería
el anciano. Cuando apenas llevaba unos kilómetros andados, apareció detrás de
él un oso, que pretendía hacer del jefe su comida. Aunque el cansancio apenas
le permitió gritar, Antílope sabía que tenía que correr más rápido que
nunca. A pesar de que corría tanto como podía, el oso cada vez estaba más
cerca de él. Muy pronto, después de un recodo del río, vió su posible
salvación: una enorme caída de agua que venía a finalizar justo a sus pies. Sólo
tendría que escalar esa montaña y el oso no podría seguirle. Era lo único
que podía salvarle, puesto que el oso estaba ya tan cerca que casi sentía su
respiración.
Cuando
por fin alcanzó la pared vertical de la cascada, trepó 2 ó 3 metros, lo justo
para poder escapar de las garras del temible oso. Pero ahora se le planteaba
otro temible reto: ¿Podría escalar esa pared? Era muy larga, y al ser
vertical, aún hacía más difícil la escalada. Aún viendo lo que le esperaba,
Antílope no se desanimó. De este modo, comenzó su escalada a la cima de la
catarata.
Casi a la vez, un águila comenzó a describir círculos en su vuelo alrededor
de la caída de agua. Antílope intuía que se iba a lanzar sobre él, puesto
que más que un hombre, tenía el aspecto de un cadáver viviente. Pero tenía
que urdir una treta, un plan para sobrevivir. Un poco más arriba vio un pequeño
matorral que había crecido gracias al agua que salpicaba la catarata.
Siguió escalando hacia el matorral. Mientras tanto, los círculos del águila
eran ya una simple excusa, porque tenía la vista clavada en el jefe. De pronto,
detuvo su vuelo y se lanzó en picado hacia la posición en que se encontraba
Antílope. Éste ya estaba tocando el matorral, y con otro esfuerzo estuvo a su
altura. El vuelo majestuoso y rápido del águila era un espectáculo grandioso,
y se acercaba rauda al encuentro de Antílope. Éste la esperaba preparado, con
el matorral doblado hacia la derecha. Cuando el pico del águila ya casi rozaba
su brazo, soltó el matorral, que impactó fuertemente sobre la cabeza del águila,
y la empujó con fuerza hacia una roca, contra la que chocó, y que la hizo caer
al suelo, sin conocimiento.
Antílope
había solventado otro grave peligro. Sin duda había tenido suerte de
encontrarse el matorral, pero también acertó con la precisión de soltarlo
justo en el momento en que se acercaba a él el águila. Siguió con la
escalada, que se hacía ya muy pesada. Alguna vez cedió la roca que estaba bajo
su pie, pero la seguridad con que sus manos estaban asidas a la pared le
hicieron mantenerse en la roca y no caer al vacío.
Después de muchos esfuerzos, llegó al final de su escalada. Lo que vio allí
era maravilloso: un vergel lleno de flores hermosísimas, árboles y la entrada
a una cueva cubierta por una cortina de agua. En otras circunstancias, Antílope
no hubiera reparado en que detrás de esa fina capa de agua que caía hubiera
una cueva, pero de algún modo, una voz le decía en su interior: "Hay una
cueva detrás del agua".
Entró
y encontró al hechicero al que se refería el anciano en la tribu. Casi no sabía
qué decir. Al final, pensó en su esposa, dormida para siempre, y dijo:
"Necesito la planta que cultivas". El hechicero contestó:
-Muchos han venido a
buscarla, pero nadie la ha merecido aún. ¿Por qué crees que tú la vas a
recibir?.
Antílope contestó:
-No la quiero para mí,
sino para mi esposa, que ha caído en la desgracia de un sueño eterno del que sólo
puedo hacerla despertar con ayuda de tu planta".
El hechicero siguió
hablando:
-Nada tiene
secretos para mí, ni el ayer, ni el mañana, ... Sé todo lo que has sufrido en
tu camino hacia mí, y sé también que los dioses se pusieron de tu parte: te
proporcionaron la rapidez del guepardo para huir del oso, que te perseguía;
luego, te dieron la fuerza del propio oso para escalar la catarata; más tarde,
te dotaron con la astucia del coyote para vencer al águila; y al final, te
concedieron la vista del águila para llegar a mi cueva. Los dioses, sin duda,
están contigo, pero ¿no crees que sería mejor que te diera la planta a ti,
que estás casi muerto después de tu dura odisea?.
-No – dijo Antílope
– sólo quiero que mi esposa se reponga de su terrible enfermedad. Ella
necesita tu planta mucho más que yo.
El hechicero
continuó:
-En ese caso, yo
necesito algo a cambio de los milagrosos poderes de mi cultivo.
Antílope le contestó:
-No he traído nada
conmigo, pero si de verdad quieres algo que sea verdaderamente preciado por mí,
quédate con mi corazón, al que tanto admiran los dioses que me hicieron llegar
aquí, los mismos que mandaron enfermar a mi esposa. Sólo quiero que a ella le
retorne la salud, aunque yo no pueda estar con ella en ese momento.
Entonces, el
hechicero le replicó:
-Antílope
Intrépido, jefe de tu tribu, hasta ahora, sólo tú te has hecho merecedor de
mis poderes. Posees un corazón puro y sincero. Te acompañaré hasta tus
tierras y curaré a tu fiel esposa. Juntos viviréis muchos nuevos amaneceres,
juntos y junto a toda vuestra próspera descendencia.
Cuentan
que el hechicero condujo al jefe a su tribu por una senda secreta que sólo él
conocía, y que sólo dando a oler la planta milagrosa a la mujer de Antílope,
ésta despertó de su profundo sueño, a la vez que el mágico hechicero
desaparecía por el horizonte. (*)

(*)
Fuente: Versión de esta leyenda recogida
de página de Scauts de Extremadura.
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