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LEYENDA
CALCHAQUÍ
DE EL CARDENAL

Los
calchaquíes pertenecieron al grupo de los diaguitas, grupo
étnico que habitó en valles y quebradas del noroeste de la
Argentina. La cultura diaguita fue la que desarrolló la cultura
indígena más compleja en territorio argentino. El arte diaguita
relumbró en la cerámica y la metalurgia. Antes de la dominación
española, hacia el 1480, durante el reinado del Inca Tupac
Yupanqui ( el hijo de Pachacutec) los incas se adentraron
en territorio argentino. Esto explica los elementos incaicos
que influyen en esta leyenda que ahora le presentamos en Temakel:
la leyenda calchaquí de el cardenal.
El
cardenal es un pájaro de tamaño mediano y de agradable aspecto
que nidifica en los montes. De plumaje compacto, tiene
el lomo de color gris acero; el pecho y el abdomen, blanco
ceniciento; la garganta y la cabeza, rojo vivo, lo mismo que
el penacho de suaves plumitas en que ésta termina. Una línea
blanca separa el rojo de la cabeza del gris del lomo.
Las alas son estrechas y puntiagudas y la cola, larga
y cuadrada.
Movedizo, ágil y vivaz, es muy cantor. Su canto, en
forma de gorjeos o silbidos, es fuerte y muy agradable, y
se asemeja a los sonidos que brotan de una flauta.
El nido, de paja, plumas y cerda, muy liviano, lo construye
en los árboles y arbustos.
Los guaraníes lo llaman acá pitá (cabeza roja). En
la leyenda calchaquí, el cardenal surgirá como metamorfosis
de una pareja humana desventurada...
LEYENDA
CALCHAQUÍ
DE EL CARDENAL
Cuando el añil y el rojo, el
amarillo y el anaranjado, tiñeron el cielo y el cerro con los colores
del crepúsculo, pintando con tonos de incendio las talas, los mistoles,
las jarillas, los algarrobos y los guayacanes, los guerreros de
Pusquillo, el valiente cacique calchaquí, descendían por los senderos
de la montaña abrupta.
Un deseo los animaba: llegar cuanto antes a su pueblecito del
valle de donde salieran hacía ya cuatro lunas.
Marchaban callados. Sólo se oían sus voces cuando alguno de
ellos, advertido de algún peligro, daba el alerta a los demás.
Al frente iba Ancali, el hijo mayor de Pusquillo, valiente como
él y como él querido y respetado por su pueblo.
Llegaron a un claro del bosque. Ancali se detuvo de improviso,
indicando a los demás, con un gesto, que suspendieran la marcha. Su
mirada sorprendida estaba fija en una figura extraña que su sagacidad
había descubierto.
Se acercó a ella con toda precaución temiendo que se
desvaneciera, y pudo comprobar que era real. Una hermosa joven,
recostada contra un corpulento pacará, dormía plácidamente. Un rayo
de luna iluminaba su rostro pálido, y arrancaba destellos de plata de
la túnica con que cubría su esbelto cuerpo.
Rumores de admiración de sus compañeros escuchó Ancali. Se
acercó sigiloso para no despertar a la niña y, cuando se hallaba
cerca, no pudo reprimir su entusiasmo:
-¡Acchachay! -exclamó muy bajo.
Como al conjuro de una orden misteriosa, despertó la joven y al
verse rodeada por desconocidos, los miró azorada. Se levantó con
presteza y su mirada sorprendida se fijó en Ancali, alto, fornido, de
rostro recio y expresión cordial que en ese momento con voz afable le
preguntaba:
-¿Quién eres y qué haces en los dominios de Pusquillo?
-Soy Vilca, hija de Chasca y de Mama Quilla. Mi madre me envía a
la tierra para que siembre bondad entre los hombres -respondió la niña
con dulce voz y expresión humilde.
Era tanta su belleza, tanta sumisión había en el tono y tanta
ternura en las palabras, que Ancali se sintió atraído por la
desconocida. Siguiendo un impulso generoso le ofreció:
-Ven a la tribu de mi padre donde serás bien recibida. Ven con
nosotros...
Un rayo de luna dio de lleno en el rostro de Vilca. Ella,
entonces, creyendo ver en el hecho una demostración de la conformidad
de Mama Quilla, su madre, aceptó agradecida.
Se unió a los guerreros y al frente del grupo, al lado de
Ancali, marchó por el sendero del bosque entre lianas y plantas
trepadoras que caían desde las ramas de los árboles semejando cascadas
de verdura.
A la mañana siguiente, Ancali y sus guerreros,
junto con Vilca, arribaron a los tolderías de la tribu.
Ancali y sus compañeros fueron recibidos con alborozo.
Los cazadores se despojaron de armas y flechas entregando a sus
familiares el producto de tantos días dedicados a la caza: venados,
guanacos, suris, plumas vistosas de raro colorido, pieles de jaguar...
Vilca, mientras tanto, permanecía ignorada. Nadie había
reparado en ella. Junto a un arrayán florecido era muda espectadora de
la escena que se desarrollaba ante sus ojos.
De improviso oyó, a su lado, una voz que le preguntaba:
-¿Quién es la imilla que con asombro asiste a la llegada de
nuestros cazadores?
Dióse vuelta la niña y vio, junto a ella, a un hombre de
cierta edad, de tez cobriza, cabello lacio y mirada penetrante. Llevaba
en su cabeza una toca redonda que caía hacia la espalda en un pliegue
de forma triangular. Era la tanga usada por los hechiceros.
Segura, por este hecho, de que se hallaba ante uno de ellos, iba
a responderle, cuando oyó al desconocido que, al tiempo que clavaba su
vista penetrante en ella, sonriendo volvía a preguntarle:
-¿Quién eres, extranjera? ¿De dónde vienes?
-Soy Vilca -respondió medrosa-. Soy la hija de Quilla y de su
reinado vengo.
-¿Cómo llegaste hasta los dominios del gran cacique Pusquillo?
-inquirió curioso el hombre.
-Los cazadores me encontraron en el bosque y con ellos he
venido...
En ese instante, del grupo de cazadores se separó uno de ellos.
Era Ancali, que con un precioso manojo de plumas de ave del paraíso se
dirigía hacia donde se hallaba la extranjera.
Asombrados miraron todos al hijo del cacique, y su sorpresa fue
mayor cuando distinguieron a la desconocida que conversaba con Suri, el
hechicero.
Llegó Ancali hasta ella y ofreciendo a Vilca las hermosas
plumas, la invitó:
-Toma, Vilca... Adorna tus cabellos y acompáñame. Mi padre, el
cacique Pusquillo, quiere verte. Ven.
Obedeció la niña y pocos momentos después se hallaba ante el
cacique quien, ganado por su simpatía y por su hermosura, la recibió
afable y cariñoso considerando de buen augurio que Quilla, la reina de
la noche, se hubiera dignado enviarles una hija suya.
Mientras tanto Suri, el hechicero, despechado por lo que él
consideró un desprecio, al no ser llamado para la presentación de la
extranjera al curaca de la tribu, sintió por ella, que absorbía la
atención de todos, una envidia sin límites. Sus sentimientos mezquinos
lo incitaron a cometer una injusticia, sintiendo desde entonces una
marcada aversión por la dulce Vilca, ajena por completo a tal
sentimiento. La odió y se prometió hacerle imposible la vida en la
tribu hasta conseguir que la abandonara.
Ignorando tan bajos propósitos y sintiéndose, en cambio,
querida por todos, Vilca era feliz, muy feliz en los dominios de
Pusquillo.
Suave y delicada por naturaleza, se granjeó de inmediato la
simpatía y el cariño de la tribu. Participó de las tareas de las
mujeres y se adiestró en el tejido del algodón que cosechaban en las
extensas plantaciones de la región, constituyendo una de sus
principales riquezas. Aprendió a hilar la lana y a tejerla.
Una mañana, el curaca Pusquillo, el jefe de la tribu, el padre de
Ancali, mandó llamar por su hijo.
-Te he llamado, Ancali. Tú has de
sucederme en el poder y no quiero morir sin que hayas elegido a la compañera
de tu vida-manifestó el curaca Pusquillo-. Elige entre nuestras doncellas... Que sea buena y justa como
tu madre lo fue... Sólo así te hará feliz y hará la felicidad de tu
pueblo. Y yo moriré tranquilo...
-Padre, mi elección está hecha y sólo aspiro a tu aprobación
-respondió Ancali-. Quiero a Vilca, padre, y si no me he animado antes
a confesártelo, es que, por tratarse de una extranjera, temí tu
desaprobación. Pero ahora sé que la quieres y que aprecias sus
condiciones. ¿Conscientes, padre, en que ella y no otra sea mi compañera?
Es buena, justa y humilde. Es la única capaz de hacerme feliz. ¿Lo
consientes padre?
-No sólo lo consiento, sino que lo apruebo, hijo mío. Vilca es
buena y afable y es hija de Quilla. Debemos sentirnos orgullosos de que
nos haya entregado a su hija. Los dioses han querido favorecernos. Estoy
muy contento con tu elección, hijo... Ve a buscar a Vilca... Quiero que
conozca mi aprobación... Será necesario que la ceremonia se lleve a
cabo cuanto antes... -terminó el curaca, desfallecido.
-No será tan pronto, padre. Antes quiero ir al Nevado de Pisca
Cruz en busca de la raspadura de piedra de la cumbre, del lugar donde
caen los rayos, que curará tus males. Vilca te cuidará durante mi
ausencia y a mi vuelta, cuando te halles completamente restablecido, me
uniré a ella para siempre. Mama Quilla nos protegerá desde el cielo.
Voy en busca de mi novia, padre.
Al salir de la casa, Ancali se cruzó con Suri que llegaba, como
todas las tardes, con una poción destinada a su padre.
En el horizonte, encendido en fulgores de incendio, el sol escondía
sus últimos rayos.
Corrió Ancali en busca de su prometida. Cuando volvió con ella,
feliz al poder realizar su mayor deseo, la presentó a su padre.
El anciano se hallaba tendido en el lecho, con los ojos cerrados,
respirando con dificultad.
Desde un rincón en sombras, observaba Suri. Ancali tuvo un
sobresalto. Su padre estaba peor que cuando él lo dejara hacía unos
instantes. Vilca frotó la frente del anciano con hierbas aromáticas y
el viejo cacique abrió los ojos. Después, con dificultad, levantó una
mano y con voz desfallecida balbuceó:
-Que seáis felices, hijos míos. Que nuestros dioses os
protejan...
Cerró los ojos nuevamente y recostó pesadamente la cabeza.
Vilca y Ancali se miraron consternados.
El hijo tomó una resolución:
-Quédate con él, Vilca. No te separes de su lado. Yo corro al
Nevado de Pisca Cruz a buscar la piedra que cura...
Al oír estas palabras Suri, el machi, el hechicero, salió de la sombra y encarándose
con los jóvenes, profetizó:
-Los dioses no están contentos, por eso quieren la muerte del
curaca. Hay en la tribu alguien que provoca la ira de nuestros
antepasados. Alguien a quien debe haber enviado Zupay... ¡Ten cuidado,
Ancali!
Con paso mesurado y una significativa mirada cargada de odio
dirigida a Vilca, salió el hechicero.
-¿Qué ha querido decir el machi, Ancali? ¿Por qué me miró
con encono? ¿Por qué sospecha que soy enviada de Zupay?
-Nada puedo explicarme -repuso consternado el joven-. Pero en
cambio desconfío... Desconfío de Suri. Sus pócimas empeoran a mi
padre. Creo que en lugar de buscar la salvación de su vida, trata de
darle muerte. Y mi padre, en cambio, ¡confía en él! ¡Con qué fe
sigue sus consejos y toma los brebajes preparados por él! Yo, por mi
parte, he creído comprender que Suri nos odia... Pero, ¿por qué?
-terminó ansioso.
-Ancali... escucha... Nunca quise hablarte de esto porque no hallé
razón para hacerlo. Pero ahora es necesario que sepas... A quien odia
el machi es a mí... Me lo dijo hace tiempo... para convencerme de que
abandonara la tribu... Y me amenazó con males irreparables... de los
que habría de sentirme culpable... No lo creí. Sin duda ha llevado la
venganza contra tu padre por haberme admitido en sus dominios...
-¡Cómo es posible! -le interrumpió Ancali indignado-. ¿Qué
razón puede tener?
-Supone que yo, hija de Quilla, poseo facultades superiores a las
suyas y desea arrojarme de aquí. El no ve con buenos ojos nuestro
matrimonio. Cree que es la oportunidad que busco para ejercer luego mis
poderes contra él y quiere vengarse en ti para que me arrojes de tu
lado. ¡No permitas que continúe atendiendo al cacique!
-Tú confirmas mis sospechas... No abandones a mi padre mientras
dure mi ausencia. Correré tan rápido como el venado y dentro de dos días,
cuando Inti, el Sol, envíe sus rayos más cálidos a la tierra, estaré de
vuelta con la piedra milagrosa que salvará a mi padre...
Se despidió Ancali y desde ese momento Vilca no se separó del
anciano curaca. Este, agobiado por la fiebre yacía inconsciente,
mientras de sus labios brotaban palabras entrecortadas pronunciadas en
el delirio.
La noche fue terrible. Entre estertores y gemidos pasó el
enfermo sus horas.
Vilca, con el cariño y la suavidad que le eran propios, cubría
la frente ardorosa con hierbas aromáticas.
Un rayo de luna penetraba por la abertura de la entrada.
A la madrugada creyeron que el enfermo reaccionaba. Su lucidez
era completa y aunque se expresaba con dificultad, sus ideas eran
claras. Llamó a la futura esposa de su hijo para decirle:
-Vilca, hija... ya puedo llamarte así porque te considero hija mía...
Voy a morir... Lo presiento... Nuestros antepasados me llaman a su lado
y mi hora llega. Haz feliz a Ancali y dile, cuando llegue, que espero
que su gobierno sea justo... que no descanse hasta lograr la mayor
felicidad y el completo bienestar de su pueblo... Ahora, hija mía,
llama a Llamta. Es el más adicto de mis guerreros. Quiero morir mirando
el cielo... Quiero que me lleven bajo los árboles...
Los deseos de Pusquillo se cumplieron. Entre varios fornidos
guerreros lo transportaron fuera, colocándolo bajo la sombra de un añoso
y corpulento chañar cuyas flores amarillas caían como lluvia de oro
sobre el cuerpo del cacique.
Rodearon el lecho del enfermo con flechas clavadas en el suelo
para evitar que la muerte pasara.
Luego, el machi, presidiendo las ceremonias para rogar por la
salud del curaca, invocó a Yastay, diciendo con voz monótona y
dolorida:
Yastago, abuelo viejo,
perdone si le han hecho mal,
¡padrecito viejo, kusiya!
De inmediato, con tutusca y maíz amasaron una figura de
guanaco, lo bañaron en chicha y lo cubrieron con hojas de coca.
Una vez así preparado, pasaron el pequeño guanaco por el cuerpo
del enfermo haciéndolo con especial cuidado sobre la cabeza. Limpiaron la grasitud dejada sobre la piel del curaca por la figura del
animalito, y una vez cumplido este rito, enterraron al pequeño guanaco
en un lugar cercano a donde se hallaba el cacique moribundo, y lo
rociaron con abundante chicha. Mientras tanto, grandes orgías acompañadas
por cantos y súplicas se realizaban en las proximidades de este sitio,
ofrecidas a los dioses para que tomaran a su cargo la salvación del
enfermo.
Al lado de éste se encontraba Vilca, que, como lo prometiera, no
abandonó un instante al padre de su novio.
En el cielo temblaban las estrellas...
La respiración del viejo curaca era penosa y entrecortada. De
vez en cuando un rictus de dolor se dibujaba en su rostro. Sus manos se
crispaban sobre la manta que lo cubría, y sus labios resecos
balbuceaban apenas:
-Agua...
Vilca, entonces, con suma dificultad lo incorporaba y le daba de beber.
Así pasó la noche.
Al amanecer, cuando el cielo comenzaba a trocar los oscuros
tintes por los celestes grisáceos de la aurora; cuando la vida volvía
a renacer, el alma del anciano cacique voló a la región de lo
desconocido. Al aparecer los primeros rayos del sol, abriéndose camino
en las tinieblas, Pusquillo murió.
Desde
lejos, con expresión maliciosa, Suri observaba complacido. Una parte de su venganza
se había cumplido: el veneno, suministrado diariamente al cacique en
pequeñas dosis, había surtido el efecto esperado.
Dos días después regresó Ancali. Llegaba triunfante, después
de haber arrancado a la cumbre mágica de la montaña el remedio
maravilloso capaz de devolver a su padre la salud perdida.
Poco duró la expresión alegre de su rostro. Al acercarse a los
alrededores de su pueblo, fácil le fue adivinar la tragedia ocurrida
durante su ausencia y convencerse de la inmensa desgracia que lo había
alcanzado. Su padre había muerto. No tenía necesidad de preguntarlo.
Lo leía en los rostros amigos que lo miraban con compasión, en las
bocas cerradas de la tribu que no se animaban a darle la fatal noticia.
Ancali corrió al lugar donde yacía su padre muerto. Ya no
le quedó ninguna duda.
Con sus cuerpos envueltos
en mantas de colores, un coro de mujeres relataba con cantos y sollozos las
hazañas y glorias del difunto, mientras el resto de los presentes,
incansables, seguía acompañando la ceremonia con danzas, saltos y
alaridos de dolor.
Frente al sepulcro preparado, colocadas en palos, estaban las
ovejas asadas de las que se valía el machi para conocer el destino del
difunto en el "país de los muertos".
Encontró a Vilca, tal como se lo prometiera, junto al curaca
muerto.
Al llegar Ancali, cedió al hijo el puesto que le correspondía
dirigiéndose ella a la orilla del arroyo que, con sus aguas,
fertilizaba el valle. Se sentó en una piedra y quedó pensativa.
De su abstracción la sacó una voz conocida y repulsiva que le
decía:
-¿Has venido a gozar de tu obra? ¿Tienes ya proyectos para el
futuro?
Era Suri, que con todo cinismo acusaba a la inocente Vilca de la
muerte de Pusquillo.
-¿Mi obra, has dicho? -preguntó a su vez, iracunda, la
doncella.
-Tu obra, ¡sí! En una oportunidad te dije que si no abandonabas
la tribu, la desgracia caería sobre los que te quisieran, y he
cumplido. Hoy vuelvo a decirte: Si no abandonas estos lugares, te juro
que te arrepentirás y cuando lo hagas, ¡será tarde!
-Nada podrás en contra de mí... Muy pronto seré la esposa de
Ancali y él, como jefe, sabrá dar cuenta de tu osadía -respondió
Vilca indignada.
-Ya sabré impedir que tus planes prosperen -dijo con sorna el
machi, y agregó: Yo indicaré quién ha de suceder al viejo curaca, y
no será por cierto Ancali como tú mal supones -terminó el malvado
hechicero con una mueca desdeñosa.
Suri era muy respetado en la tribu. Los poderes sobrenaturales
que se le reconocían hacían considerarlo un ser superior enviado por
los dioses tutelares. Su palabra se oía con interés y sus consejos
eran seguidos sin discusión.
Valido de estas prerrogativas, el terrible hechicero, siguiendo
un plan trazado de antemano, dejó a Vilca para dirigirse a la casa de
Anca, el más anciano y más respetado de los que formaban el Consejo de
Ancianos, que era el que debía designar al nuevo jefe de la tribu.
Con palabra persuasiva y acento terminante, como si se tratara de
la más cierta de las revelaciones, le dijo:
-A tu gran sabiduría e inigualada experiencia, quiero librar el
secreto que me han revelado los astros. Una gran desgracia se cierne
sobre nuestra tribu... Horas amargas tendremos que pasar, pues estamos a
merced de una impostora que miente, diciéndose hija de Quilla para ser
admitida con confianza entre nosotros. Pero mi poder ha descubierto su
superchería y yo puedo decirte, ¡oh gran Anca!, que la extranjera
miente. ¡Es una enviada de Zupay llegada para labrar nuestra desgracia!
Por lo tanto, debe ser condenada a morir. ¡Si así no lo hiciéramos,
los mayores malos acabarán con nosotros como lo ha hecho con nuestro
gran cacique!
Impresionado por tales palabras, apresuróse Anca a convocar al
Consejo de Ancianos que de inmediato resolvió condenar a muerte a la
infortunada Vilca.
Nada se le participó a Ancali, temerosos de que se opusiera al
designio de los astros por salvar a su prometida, y esa noche, cuando
todo era quietud y paz en la tribu, los que debían hacer cumplir la
pena, amparados por la oscuridad de la noche sacaron a Vilca de la casa
donde estaba descansando y la llevaron a la montaña en la cual le darían
muerte, luego de cumplir ritos establecidos.
Una vez allí, buscaron una piedra alta y angosta a la cual la
ataron.
De inmediato, a cierta distancia esparcieron hierbas olorosas y,
mientras Suri hacía conjuros para alejar a Zupay, uno de los ancianos
encendió las hierbas que desprendieron un humo denso de olor acre.
La infeliz Vilca gritaba su inocencia y lanzaba desesperados
llamados a su prometido a quien pedía socorro.
La luna, desde el cielo, era mudo testigo de esta escena
desgarradora.
Suri, por el contrario, se sentía muy feliz. Todo sucedía de
acuerdo a sus más íntimos deseos y a sus bien trazados planes. ¡Por
fin iba a lograr la desaparición de la intrusa!
Sin embargo, no contaba el malvado hechicero con el cariño y el
respeto que sentían por Ancali sus subordinados.
Uno de ellos, joven audaz y valiente era Guasca. Volvía de
acompañar hasta el límite de los dominios de Pusquillo al cacique de
una tribu vecina venido para asistir a las ceremonias fúnebres del
difunto curaca.
Al pasar cerca del lugar señalado para el sacrificio de Vilca,
Guasca, favorecido por la luna que continuaba iluminando la escena, notó
que algo insólito sucedía. Los angustiosos gritos de la doncella
atrajeron su atención.
Se acercó cauteloso tratando de no ser visto y observó.
Reconoció a Vilca, y al oír que se repetían sus desesperados llamados
a Ancali abandonó el lugar, corriendo a avisar a su jefe.
Pronto estuvo ante él poniéndolo al tanto de lo que ocurría.
De inmediato partió Ancali al frente de varios guerreros que no
lo abandonaban nunca.
Cuando llegó al lugar del sacrificio, los conjuros y las
ceremonias continuaban. Vilca, desfalleciente, la cabeza caída sobre el
pecho, lloraba su infortunio.
Corrió Ancali a librarla de las ligaduras y cuando ya la creyó
salvada, una lluvia de flechas partió del grupo de verdugos de la
hermosa y dulce Vilca.
Decididos, respondieron al ataque los jóvenes guerreros de
Ancali y cuando descontaban la victoria, un grito angustioso de éste
les indicó que su jefe había sido alcanzado por alguna flecha enemiga.
Así era en efecto. De la cabeza del intrépido muchacho manaba
abundante sangre que Vilca trataba de restañar con sus manos cariñosas.
La vida huía por la herida abierta y Ancali comenzó a
desfallecer.
Angustiada, un gemido brotó de la garganta de la infortunada
doncella que se abrazó a su prometido como queriendo infundirle la
energía que le faltaba.
Ese fue el momento que quiso aprovechar Suri para apoderarse de
los jóvenes; pero cuando ya creyó tenerlos a su alcance, debió sufrir
la más cruel de las derrotas.
Los cuerpos de Vilca y de Ancali se achicaron y perdieron su
forma humana tomando, en cambio, las de dos hermosos pajaritos grises,
cuyas cabecitas blancas estaban adornadas con un llamativo penacho rojo,
tan rojo como la sangre que manaba de la herida que la flecha
traicionera causó a Ancali.
Aun así, Suri quiso tomarlos, pero las dos avecillas, abriendo
las alas echaron a volar hasta posarse, muy juntas, en la rama de un
tarco para entonar desde allí una melodía muy dulce, conjunción de
amor y libertad que pobló los aires con armonías de cristal.
No desesperó el malvado Suri, y tomando el arco y las flechas
arrojó una a las avecillas. Pero la flecha arrojada se volvió contra el hechicero, incrustándose en
su corazón y terminando con un ser tan perverso que sólo causó males
entre los que le rodearon.
Mientras, desde la rama del tarco en flor, llegaba el canto
alegre de las nuevas avecillas...
La luna continuaba enviando a la tierra sus rayos de plata.
En esta forma, dicen los calchaquíes, nacieron los cardenales,
que así acrecentaron el número de las aves que regalan nuestra vista y
deleitan nuestros oídos con las más exquisitas melodías.(*)
(*)
Fuente:
Versión
abreviada y modificada parcialmente de la versión procedente
de la Biblioteca "Petaquita de Leyendas", de Azucena
Carranza y Leonor M. Lorda Perellón, Ed. Peuser, Bs. As. 1952
y de
"Antología
Folklórica Argentina", del Consejo Nacional de Educación,
Kraft, 1940.
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