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EL
LENGUAJE DE LOS PAJAROS
Por
Farid Ud-Din-Attar
En
la antiguedad, Persia fue el imperio más poderoso del mundo
mediterráneo y del Cercano Oriente. Pero, luego, sucumbió
ante Alejandro Magno. Y, después, fue abrazada por el remolino
del Islam en el s. Vll de nuestra era. El idioma árabe colmó
las gargantas, hasta que en el s. X el persa antiguo reaparece.
Y crea collares de rubíes poéticos, gracias a los poetas
Rudagui, Firdusi y el muy conocido Omar Hayyam. Y también
gracias a Farid ud-din- Attar. Poeta persa del s. Xll. Su
obra, inicialmente en verso, pero luego traducida en prosa
en Occidente, es La conferencia de los pájaros. Uno
de las más relumbrantes narraciones místicas de la literatura
oriental que le presentamos ahora aquí, en Temakel.
Un nuevo encuentro entre la literatura y lo trascendente.
Todas
las aves del mundo se reúnen en una asamblea. Entonces,
se dicen que los países del mundo tienen rey. Pero el reino
de los pájaros no tiene el suyo. Por eso, una de las aves,
un Coronado, iniciado en la sabiduría divina, indica el
camino, un largo viaje, que pueden conducir a los pájaros
hasta el sitio donde los espera su rey. Y entonces miles
de aves inician su vuelo hacia el Simurgh, el Rey de los
Pájaros. Pero lo que no saben es que...
¨...Por años
los pájaros viajaron sobre montañas y valles, y gran parte de su vida la invirtieron en volar en este viaje. ¿Pero cómo es posible relatar lo que les pasó? Tendríamos
que haber ido con ellas y vivir por nosotros mismos sus dificultades, y seguirlas por el camino interminable. Sólo así podríamos saber lo que estos pájaros
sufrieron. Al final, sólo una pequeña parte de la gran compañía llegó al sublime lugar a donde el Coronado las había guiado. De las miles de aves apenas si quedaron algunas. Muchas se perdieron en el
océano; otras perecieron en la cima de las montañas torturadas por la sed. A otras se les quemaron las alas por el calor del sol; otras fueron devoradas
por tigres y panteras; otras murieron de fatiga en los desiertos, sus picos se quebraron y su cuerpo se secó con el calor;
otras enloquecieron y se mataron unas a otras por un grano de cebada; otras, debilitadas y sufriendo por sus heridas,
quedaron tiradas en el camino sin poder continuar; otras, aturdidas por lo que veían, se fueron quedando
aquí y allá, estupefactas; y muchas que habían comenzado el viaje por satisfacer su curiosidad,
perecieron con la idea de que habían llegado al final. Así que de aquellos miles de aves, sólo treinta
terminaron el viaje. E incluso estas llegaron aturdidas, golpeadas, cansadas y
sin plumas ni alas. Pero ahora están a la puerta de su Majestad en un estado que no se puede describir
y en una esencia que no se puede comprender, porque ese Ser está más
allá de la razón y del entendimiento humanos. Entonces fueron llenadas de luz, y cientos de mundos
se consumieron en un momento. Vieron miles de soles, unos más brillantes que los otros, miles de estrellas y de lunas de igual
belleza, y viendo todo ello se agitaron y asombradas en una danza como la del polvo de los átomos, y
gritaron: “¡Oh tú, que eres más radiante que el sol! ¡Tú, que has
reducido al sol en un átomo! ¿cómo podemos aparecer ante Tí? ¿De qué nos sirve ahora todo el sufrimiento del camino? Hemos renunciado a nosotros mismos y todo, no podemos obtener nada por lo que hemos
luchado. Aquí, poco importa que existamos o no¨. (1)
Luego de mucho tiempo de espera, las aves comenzaron a sentir
desesperación y confusión. Hasta que, por fin, una puerta... o
...
una puerta se abrió de pronto, y salió uno de los nobles chambelanes de Su Majestad Suprema. Los
miró y observó que de los miles de pájaros, sólo treinta habían
llegado.
Les
dijo: “Bien, oh aves, ¿de dónde venís, y qué es lo que hacéis aquí? ¿Cuál es vuestro nombre?
Oh, tú, que lo has dejado todo, ¿Donde está tu casa? ¿Cómo te llamaban en el mundo? ¿Qué se puede hacer con un débil montón de polvo como tú?”
“Hemos venido”, dijeron los pájaros, “para rendir pleitesía a nuestro Rey
Simurgh. Por el amor y el deseo de él, hemos perdido nuestra razón y la paz de nuestras mentes. Hace mucho tiempo, cuando emprendimos este largo viaje, eramos
miles. Sólo hemos llegado hasta este sublime lugar treinta. No podemos creer que el Rey quisiera burlarse de nosotros después de tanto sufrimiento como hemos tenido que pasar. ¡Ah no! ¡El no puede mirarnos más que con el ojo de la
benevolencia!
El Chambelan replicó: “iOh vosotros, cuyos corazones y mentes están confundidos, a pesar de que vosotros existáis o no en el universo, el Rey tendrá a su ser siempre en la eternidad. Miles de mundos de criaturas no son más que hormigas a su puerta. No traéis más que quejas y lamentos. Regresad por donde habéis venido, oh vil montón de tierra!”
En esto, las aves se quedaron petrificadas de asombro.
Cuando regresaron en
sí se dijeron: “¿Por qué este gran Rey nos ha rechazado tan ignominiosamente? Y si en realidad su actitud hacia nosotros no ha de cambiar, ¿por qué no lo hace con honor?¨(2)
Pero,
luego, la inicial indignación de las aves se trocó en hondo amor. Y
entonces dijeron:
“...¿Cómo
puede salvarse una polilla del abrazo de la flama que desea alcanzar la unidad? El amigo
que buscamos se contentará permitiéndonos unirnos a él. Si nos rechaza ahora, ¿qué es lo que puede hacer por
nosotros? Somos como la polilla que desea unirse a la flama del candil. Ellas le pidieron que no se sacrificara
tontamente, pero la polilla les agradeció el consejo y les dijo que su corazón lo único que deseaba era unirse a la flama
para siempre, no importaba nada más.
¨Entonces el
Chambelan, habiéndolos examinado, abrió la puerta; e hizo a un lado cientos y cientos de cortinas, una detrás de otra, y un
mundo que estaba más allá del velo fue revelado. La luz de las luces fue manifestada, y cada uno de ellos se sentaron
en el masnad, el asiento de la Majestad y la Gloria. Se les dio un escrito que debían leer; y leyéndolo y
ponderándolo fueron capaces de comprender su estado. Cuando estuvieron completamente en paz y apartados de todas las
cosas, se dieron cuenta de que el Simurgh estaba ahí con ellos, y que para ellos comenzaba una nueva vida al lado del
Simurgh. Todo lo que tuvieron que hacer fue lavarse de todo lo anterior. El sol de la majestad emanó poderoso
sus rayos, y en el reflejo de cada uno estaban los rostros de Simurgh en el mundo
interior. Todo era tan asombroso que ya no sabían si eran ellos mismos o si se habían convertido en el
Simurgh. Al final, en un estado de contemplación, se dieron cuenta de que ellos eran Simurgh y que
Simurgh era las treinta aves. Cuando veían al Simurgh, se veían a sí mismos, y eran el verdadero Simurgh que habían sido, y cuando volteaban sus ojos a sí mismos,
veían al Simurgh, porque ellos mismos eran el Simurgh. Y percibiéndose a la vez, ellos y El, se dieron cuenta de
que el Simurgh y ellos eran el mismo y único Ser. Nunca nadie en el mundo oyó
nada igual a esto.
Entonces entraron en meditación, y después de un momento preguntaron al
Simurgh, sin usar sus lenguas, si les podía revelar el secreto de la pluralidad y la unidad de los seres. El
Simurgh, sin usar el habla les dijo: “El sol de la majestad es un espejo. El que se ve en él ve a su alma
y a su cuerpo, y los ve por completo. Como habéis llegado hasta aquí como treinta aves
(si-murgh), os miráis como treinta aves en este espejo. Si hubieran venido cuarenta o
cincuenta, hubiera sucedido lo mismo. Y aunque ahora habéis cambiado, en este espejo os véis como antes.
¿Puede la vista de una hormiga alcanzar a ver las
Pléyades? ¿Puede este insecto levantar una viga? ¿Se ha visto a un
mosquito picar a un elefante? Todo lo que habéis conocido, todo lo que
habéis oído, no existen más. Cuando cruzastéis los Valles del
Sendero Espiritual, y cuando hicistéis buenas obras, fue por mi
acción; así fuistéis capaces de ver los valles de mi esencia y mis
perfecciones. Vosotros, que sois sólo treinta aves, hicistéis bien en
sufrir, en asombraros y en impacientaros. Porque yo no soy más que
treinta aves. Y soy la verdadera esencia del verdadero Simurgh.
Aniquilaros vosotros mismos gloriosamente y con gozo dentro de mí, y en
mí os encontraréis a vosotros mismos.
Entonces las aves se perdieron a sí mismas para siempre en el
Simurgh, la sombra se perdió en el sol, y eso
fue todo. (3)
(*)
Todas las citas de El lenguaje de los pájaros, Leyendas de Oriente,
de Farid Ud-Din-Attar, Ed. Humanitas.
Ilustraciones:
(de arriba hacia abajo):
1: Una
lejana bandada de pájaros que vuela sobre la localidad argentina
de Brandsen; ¿acaso no vuelan hacia la cumbre del Simurgh;
2: Portada
de la edición inglesa del Lenguaje de los Pájaros de Attar;
3: Ave
que planea, asombrada. ¿No habrá descubierto que el Simurgh
es ella misma?
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