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LA LEYENDA DEL ALGARROBO

El algarrobo es un árbol con fuerte
presencia en Argentina. El ejemplar
que aparece en la fotografía de arriba
posee más de cinco siglos y se encuentra
en la localidad de Purmamarca,
en la Quebrada de Humahuaca,
en la provincia argentina de Jujuy.
Bajo sus ramas, en el siglo XVl, el
cacique Viltipoco y otros jefes se conjuraron
para resistir al español, conformando
un ejército de 10000 guerreros. Una
de las estrategias urdidas por el cacique
fue simular una conversión al cristianismo
para acercarse al enemigo y estudiarlo
antes de atacar. Y fue también allí,
bajo el árbol, que Viltipoco fue sorprendido
mientras dormía, víctima de una traición.
Así lo recuerda una placa al costado
del tronco.
Pero en el imaginario de las leyendas
el algarrobo puede vincularse con la
vida y la fertilidad más que con la
guerra. Este es el caso de la leyenda
del algarrobo nacida en el norte argentino
que le presentamos ahora en Temakel.
LA
LEYENDA DEL ALGARROBO
Era en tiempos de los Incas.
Los quichuas adoraban con
las principales honras a Viracocha,
señor supremo del reino. También adoraban
a Inti, a las estrellas, al trueno y
a la tierra.
Conocían a esta última
con el nombre de Pachamama, que es como
decir "Madre Tierra" y a ella
acudían para pedir abundantes cosechas,
la feliz realización de una empresa,
caza numerosa, protección para las enfermedades,
para el granizo, para el viento helado,
la niebla y para todo lo que podía ser
causa de desgracia o sinsabor.
Levantaban en su honor
altares o monumentos a lo largo de los
caminos.
Los llamaban apachetas
y consistían en una cantidad de piedras
amontonadas unas encima de las otras,
formando un pequeño montículo.
Allí se detenía el indio
a orar, a encomendarse a la Pachamama,
cuando pasaba por el camino al alejarse
del lugar por tiempo indeterminado o
simplemente cuando se dirigía al valle
llevando sus animales a pastar.
Para ponerse bajo la protección
de la Pachamama, depositaba en la apacheta,
coca, o cualquier alimento que
tuviera en gran estima, seguro de conseguir
el pedido hecho a la divinidad.
Respetuoso de la tradición
y de las costumbres, el pueblo quichua
jamás había olvidado sus obligaciones
hacia los dioses que regían sus vidas.
Pero llegó un tiempo de
gran abundancia en que los campos sembrados
de maíz eran vergeles maravillosos que
daban copiosa cosecha, la tierra se
prodigaba con exuberancia y la ociosidad
fue apoderándose de ese pueblo laborioso
que, olvidando sus obligaciones, abandonó
poco a poco el trabajo para dedicarse
a la holganza, al vicio y a la orgía.
Se desperdiciaba
el alimento que tan poco costaba conseguir,
y con las espigas de maíz, que las plantas
entregaban sin tasa, fabricaban chicha
con la que llenaban vasijas en cantidades
nunca vistas.
Fue una época sin
precedentes.
El vicio dominaba a hombres
y mujeres. Ellos, en su inconsciencia,
sólo pensaban en entregarse a los placeres
bebiendo de continuo y con exceso, comiendo
en la misma forma y danzando durante
todo el tiempo que no dedicaban al sueño
o al descanso.
Los depósitos repletos
proveían del alimento necesario y nadie
pensó que esa fuente, que les proporcionaba
granos y frutos en abundancia, se agotaría
alguna vez.
El desenfreno continuaba
y nada había que llamara a ese pueblo
a la reflexión y a la vida ordenada
y normal.
Llegó la época en que se
hacía imprescindible sembrar si se pretendía
cosechar, pero nadie pensaba en ello.
Inti, entonces, al
comprobar que el pueblo desagradecido
olvidaba los favores brindados por la
Pachamama, queriendo darles su merecido,
resolvió castigarlos.
Con el calor de sus rayos,
que envió a la tierra como dardos de
fuego, secó los ríos y lagunas, los
lagos y vertientes y, como consecuencia,
la tierra se endureció, las plantas
perdieron sus hojas verdes y sus flores,
los tallos se doblaron y los troncos
y las ramas de los árboles, resecos
y polvorientos, parecían brazos retorcidos
y sin vida.
En los géneros aún quedaban
alimentos, y en los cántaros, chicha.
¿Qué importancia tenía, entonces, para
esas gentes, que las plantas se secaran
y que el río hubiera dejado de correr,
y seco y sin vida, mostrara las paredes
pedregosas de su lecho?
Mientras durara la
chicha no podría desaparecer la felicidad
ni la alegría.
Pero un día llegó
en que, con asombro, comprobaron que
los graneros no eran inagotables y que,
para servirse de sus granos y de sus
frutos, era necesario depositarlos primero.
El alimento comenzó a escasear, y con
ello las penurias, la miseria y el hambre
hicieron su aparición.
Recapacitaron entonces los quichuas,
decidiendo volver a trabajar los campos
y a sembrarlos.
Pero el castigo de Inti no había terminado
y la tierra, cada vez más reseca y dura,
no se dejaba clavar los útiles con que
pretendían labrarla, y así era imposible
poner la semilla. La desolación y la
miseria fueron soberanas de ese pueblo
que, en un instante, olvidó las leyes
de sus dioses y sus obligaciones con
la vida.
Los animales, flacos, sin
fuerzas, morían en cantidad y parecía
mentira que esos campos, que al presente
se asemejaban al más desolado de los
páramos, hubieran podido ser, alguna
vez, praderas alegres cubiertas de hierbas
y de árboles o de extensas plantaciones
de maíz, en las que los frutos se ofrecían
generosos.
Los niños, pobres víctimas
inocentes de los pecados y de la disipación
de los mayores, débiles, flacos, con
los rostros macilentos, los ojos grandes
y desorbitados, verdaderos exponentes
de miseria y de dolor, sólo abrían sus
bocas resecas para pedir algo que comer.
Los más débiles morían sin que nadie
pudiera hacer algo por ellos.
El sol caía a plomo. De
una de las casas de piedra que se hallaban
en los alrededores de la población,
una mujer salió, corriendo desesperada.
Era Urpila que, enloquecida
porque sus hijos morían de hambre y
de sed , arrepentida de las faltas cometidas
en los últimos tiempos, demostrando
a todos su vergüenza, su pecado y su
olvido de Inti y de la Pachamama, corría
a la primera apacheta del camino a pedir
protección a la Madre Tierra y a depositar
su ofrenda de coca y de llicta, últimas
porciones que había podido conseguir.
Llegó a la apacheta
y, casi sin fuerzas, comenzó a implorar:
Pachamama,
Madre Tierra,
Kusiya... Kusiya...
Lloró y se desesperó ante
el altar de la diosa, prometiendo enmienda
y sacrificios.
Extenuada, sin fuerzas para continuar,
se sentó en el suelo, apoyando su cuerpo
cansado en el tronco de un árbol que
crecía a pocos pasos y cuyas ramas secas
parecían retorcerse en el espacio.
Tan grande era su fatiga,
tanta su debilidad, que, vencida, bajó
la cabeza y no tardó en quedarse profundamente
dormida.
Tuvo sueños felices. La
Pachamama, valorando su arrepentimiento,
llenó su alma de visiones de esperanza
y acercándose a ella, con toda la grandeza
que como diosa le concernía, le habló
generosa:
No te desesperes, mujer. El castigo
ha dado sus frutos y el pueblo, arrepentido
como tú misma de su ocio y desenfreno,
retornará a su existencia anterior,
que es la justa, la verdadera. La vida
renacerá sobre la tierra que volverá
a brindar sus frutos y su belleza.
Cuando despiertes, y antes de irte,
abre tus brazos y recibe las vainas
que ha de regalarte este "Arbol",
desde hoy sabrás. Que las coman tus
hijos y los hijos de otras madres, que
con ellas calmarán su hambre y apagarán
su sed. Tu humildad y tu arrepentimiento
han hecho posible este milagro que Inti
realiza para ti.
Cuando Urpila despertó,
creyó morir, tal era su decepción. El
aspecto de la tierra en nada había variado
y la visión había desaparecido.
Se convenció de que su
sueño había sido sólo eso: un sueño.
Pero, recapacitando, volvieron a su
mente las palabras de la Pachamama y
recordó al "Arbol".
Levantó entonces sus ojos
hacia las ramas que parecían secas,
y tal como la diosa lo anunciara, las
vainas doradas se ofrecían a su desesperación
como una esperanza de vida.
Cambió en un instante su
estado de ánimo dándole fuerzas extraordinarias.
Se levantó ansiosa y cortó... cortó
los frutos generosos hasta que entre
sus brazos no cupieron más.
Entonces corrió al pueblo, hizo conocer
la nueva y todos se lanzaron a buscar
las milagrosas vainas color castaño,
mientras ella repartía entre sus hijos
el tesoro que encerraban sus brazos
de madre y que le había concedido la
Pachamama.
El pueblo volvió a la vida
y veneró desde entonces al "Arbol
Sagrado" que fue su salvación y
que ha partir de ese día les brinda
pan y bebida que ellos reciben como
un don.
Ese árbol venerado es el algarrobo,
que tiene la virtud, además de las nombradas,
de ser, en tiempos grandes sequías,
el único alimento de los animales. (*)
(*
)
Fuente: Leyenda recopilada por
Leonor Lorda Perellón.
Fotografía arrriba de algarrobo ©Jorge
Luis Manrique
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