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UNA
APROXIMACIÓN AL ARTE SAGRADO DEL ICONO
Presentamos
en este momento de Temakel una introducción
al mundo sagrado de los iconos propuesto por Augusto Garrido
Huergo, artista plástico que ha estudiado Filosofía y Teología
y ha investigado, además, sobre la espiritualidad y
técnicas propias en la escritura de Iconos y Manuscritos
Iluminados de la
antiguedad, habiendo llevado a cabo numerosas exposiciones
en la Argentina y
el exterior.
Abajo, se incluye un fragmento de la obra El arte del
icono. Teología de la Belleza, por Paul
Evdokimov.
UNA
APROXIMACIÓN AL ARTE SAGRADO DEL ICONO
Por Augusto Garrido
Huergo
Para el cristianismo, Dios, en tanto que Creador, de la
nada ha dado el ser al hombre, llamándolo a la existencia.
De esta forma le ha transmitido además, la
tarea de ser artífice de la creación por Él ofrecida, dándole
forma y
significado. Y es allí donde -desde siempre para el arte-
la Sagrada Escritura
se ha convertido en verdadero "Atlas Iconográfico",
según expresión del pintor
ruso Marc Chagall.
Al hablar ahora del Icono nos estamos refiriendo a aquella
pintura sacra y de
carácter religioso, confeccionada sobre una tabla de madera
entelada, y que
naciera en Constantinopla -la antigua Bizancio- acompañando
el brote de las
primeras expresiones públicas de la fe cristiana. Dicho
arte ha sido para el
hombre, desde entonces, un lugar de encuentro donde se ha
manifestado el
rostro de Dios, visible en Jesucristo, y reflejado en la
Virgen, los Ángeles y
los Santos. En el Icono, las Iglesias Católica y Ortodoxa
han hallado un punto
de común-unión, transformándose así en canto a dos voces,
donde las
divergencias se han vuelto convergencias. A la invitación
ardiente de Dios,
recogida por el Papa Juan Pablo para el III Milenio, a "ser
todos uno, para
que el Mundo crea", el Icono se convierte en única
mesa, donde encontramos a
Dios hecho para nosotros, Imagen, Pan y Palabra.
LA ICONOGRAFÍA
Los Iconos son aquellas representaciones sacras que se veneran
y reverencian
desde tiempos antiguos, especialmente en la Iglesia Ortodoxa
de Grecia, Rusia
y los países del este de Europa, en donde se hallan íntimamente
ligados a la
oración, la liturgia y la piedad popular.
Si bien la Iconografía como manifestación estética, ha permanecido
prácticamente ignorada por los historiadores del arte de
los siglos pasados,
en la actualidad ha recobrado su justa dimensión dentro
del estudio y la
admiración moderna por la pintura en general.
Las exposiciones a principios del siglo XX en la Rusia de
los zares, fueron
revelando al gran público la sorprendente belleza de un
arte que cautiva por
su íntima pureza, y la espontaneidad de un sentimiento auténtico;
por la
armonía de su composición y la excepcional fuerza expresiva
de los personajes
representados.
La delicada estilización de las figuras, y su sobriedad
gestual en la
morosidad de los movimientos, sumada a los modestos elementos
que la
complementan -colinas, árboles y edificios- se representan
todos despojados y
sugeridos mediante volúmenes simples, y siguen siendo hoy,
para el agitado ojo
del hombre moderno, verdaderamente notables.
Los Iconos más antiguos, datan de los primitivos orígenes
del Cristianismo,
siendo considerados auténticas alegorías, dueños de un lenguaje
especial, como
idioma de la imagen y expresión del símbolo.
La mayor parte de los Iconos que hoy pueden ser admirados
en los museos, como
obras independientes, formaron parte alguna vez de un gran
conjunto llamado
Iconostasio, tal vez el elemento de culto más importante
de la Iglesia
Ortodoxa. Se trata esencialmente de una construcción arquitectónica
en madera,
que separa y divide la nave del templo -sólo accesible a
la comunidad- del
espacio que rodea el altar abierto, con salas a uno y otro
lado, donde sólo es
admitido el clero. Dadas estas singulares características,
el pintor
denominado iconógrafo, debió simplificar las formas, líneas
y demás
superficies coloreadas, con el fin de resultar claramente
distinguibles a la
distancia. De esta manera, el iconostasio contribuyó a que
se plasmara ese
estilo conciso y despejado que caracteriza a las mejores
tablas del siglo XV.
En tanto que imagen, el icono se halla situado entre lo
que podría ser captado
por los sentidos, y aquello otro trascendente, sólo accesible
a los ojos del
espíritu.
Si bien la pintura del icono desconoce el espacio tridimensional,
que se ha
dado en Occidente después del Renacimiento mediante la perspectiva
central, va
a ofrecer en cambio, un espacio de imagen que se va abriendo
hacia atrás, poco
extenso en profundidad, en donde los personajes -generalmente
representados
sin relieve alguno- se hallan reducidos o magnificados en
función del rango
honorífico, y de su significado interno. El universo creado
por los pintores
de iconos exigirá entonces, un criterio de apreciación absolutamente
particular, que superará con creces los aspectos meramente
estéticos; sólo
llegando a poseer su significado se nos revelará una belleza
que, a la vez que
atrae por su riqueza espiritual, lo hace también por la
perfección de sus
modos expresivos.
Para el creyente, el Icono se transforma así, en ventana
abierta entre este
mundo y el celeste, portando en sí mismo la hondura y la
profundidad del
mensaje eterno, junto a la enérgica belleza del tema representado.
Con el devenir de los siglos, la tradición Iconográfica
recibida de Bizancio
fue fecundando en el carácter propio de cada pueblo, y es
entonces que los
iconógrafos actuales asumimos hoy, como misión, presentar
al mundo con
nuestras jóvenes manos, esta pintura de inspiración religiosa
surgida en el
seno de la primitiva Iglesia, intentando así conservar y
prolongar el espíritu
de aquellas tradiciones, y poder legarlas a los hombres
del milenio que
acabamos de inaugurar.Y ahora, junto a algunas imágenes
de iconos, le presentamos fragmento de un texto de Paul
Evdokimov,
un gran conocedor de la teología de la belleza que viven
en los iconos. Evdokimov nos dice que, cuando la expresion
artistica es lo suficientemente elevado...
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El arte del icono. Teología de la Belleza
Por Paul Evdokimov.
"...el icono se torna milagroso «Milagroso» quiere decir exactamente: cargado de presencia,
su testigo indudable y el «canal
de la gracia hacia la virtud santificadora». El
Concilio VII lo declara muy explícitamente: «Ya
sea por la contemplación de la Escritura, ya sea
por la representación del icono..., recordamos todos
los prototipos y nos introducimos con ellos».
El Concilio de 860 afirma en el mismo sentido:
«Lo que el Evangelio nos dice a través de la palabra,
el icono nos lo anuncia a través de los colores
y nos los hace presente».
En efecto, el icono no tiene realidad propia; en
sí mismo sólo es una lámina de madera; y es precisamente
porque extrae todo su valor teofánico de su participación
en lo «totalmente otro» por medio de la semejanza, por lo
que no puede encerrar nada en sí mismo, pero se convierte en un
esquema de resplandor. La ausencia de volumen excluye toda
materialización, el icono traduce la presencia energética que
no está localizada ni encerrada, sino que resplandece alrededor
de su punto de condensación.
Esta teología litúrgica de la presencia,
afirmada en el rito de la consagración, es la que distingue
claramente el icono de un cuadro de tema religioso y traza la línea
de separación entre ambos. Podemos decir que toda obra
puramente estética se abre en tríptico, cuyas hojas están
formadas por el artista, la obra y el espectador. El artista
ejecuta su obra, juega con todo el conjunto de su genio y
suscita una emoción admirable
en el alma del espectador. El conjunto se cierra en el triángulo
del inmanentismo estético. Y aunque la emoción pase al
sentimiento religioso, éste sólo viene de la capacidad
subjetiva del espectador al experimentarlo. Una obra de arte es
para mirarla, y arrebata el alma; conmovedora y admirable en su
cumbre, no tiene función litúrgica. Ahora bien, el aspecto
sagrado del icono transciende el plano emotivo que actúa a través
de la sensibilidad. Una cierta sequedad hierática intencionada
y el despojamiento ascético de la ejecución lo oponen a todo
lo que es suave, a todo embellecimiento y goce
propiamente artísticos.
Mediante esta función litúrgica
el icono rompe el triángulo estético y su inmanentismo;
suscita no la emoción sino el sentido místico, el
mysterium
tremendum, ante la venida de un cuarto principio
en relación con el triángulo de la parusía de lo
Trascendente cuya presencia está atestada por el
icono. El artista desaparece tras la Tradición que
habla, los iconos casi nunca están firmados; la
obra de arte deja sitio a una teofanía; todo
espectador que busca un espectáculo, aquí se encuentra
fuera de lugar; el hombre, cautivado por una revelación
fulgurante, se prosterna en un acto de adoración
y de oración...
...El icono descosifica, desmaterializa, aligera pero no desrealiza. El
peso y la opacidad de la materia desaparecen, y
líneas doradas, finas y apretadas, penetrantes como
rayos de la energía deificante, espiritualizan los
cuerpos. El homo
terrenus
se vuelve homo
caelestis, ligero, ágil y alado. La desnudez
se cubre y suprime el culto clásico del cuerpo bello.
El cuerno se viste, se esconde, el misterio de la
transfiguración se adivina a través de los pliegues
sobrios de los vestidos. La anatomía natural expresamente
deformada, al igual que la aparente rigidez, no
hacen
más que subrayar el poder interior que los anima.
Es el rostro que expresa el espíritu, es el
hombre «interior» el que aflora y se encuentra representado.
Unas desviaciones intencionadas y admirablemente
medidas muestran el desapego hacía las formas terrestres.
Vemos figuras delgadas y alargadas de una elegancia
y gracia extremas. Los pies son demasiado pequeños,
las piernas flacas y casi débiles; sobre cuerpos
rígidos se levantan cabezas minúsculas y graciosas.
Los cuerpos, de una esbeltez acentuada, y como flotando
en el aire o fundidos en el oro etéreo de la luz
livina, pierden su carácter carnal. Es un universo
aparte, renovado, habitado por las energías divinas
y seres con rostro de eternidad, un universo que
se dilata sin límites en los espacios celestes del
reino¨ (*)
(*)
Fuente: El arte del icono. Teología
de la Belleza, de Paul Evdokimov, Madrid,
Publicaciones Clarentinas.
Iconos
(desde arriba hacia bajo):
1:
"San Miguel y el demonio", del presentador de esta
nota, Augusto Garrido Huergo; 2:
La virgen; 3:
La transfiguración, Teófanes el griego, s.XlV; 4:
La trinidad, de A. Rublev, 1415.
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