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El
MITO HOPI DE LA CREACIÓN

Fotografía
de 1900 por Adam Clark Vroman que muestra indios hopis
durante una danza de la serpiente y el antílope cuyo propósito
era invocar la lluvia. Aquí, hombres serpientes cantan
en línea con una fusta de plumas de águila en la mano.
Los hopi
que sobreviven habitan en Arizona, Estados Unidos. Sus profecías
le han tributado celebridad; en ellas se inspira el famoso
film de Godfrey Reggio,
Koyaanisqatsi.
Aún a comienzos del siglo XX, mantenían celosamente la pureza
de sus ritos ancestrales. Uno de los momentos más radiantes
de su mitología es su mito de la creación que a continuación
presentamos en este espacio poblado de mitos de Temakel.
El MITO HOPI DE LA CREACIÓN
Al
comienzo del tiempo, una chispa de conciencia se encendió
en el espacio infinito. Esta chispa era el espíritu
del sol, llamado Tawa. Y Tawa creó el primer mundo: una enorme
caverna poblada únicamente por insectos. Tawa observó durante
unos instantes cómo se movían y sacudiendo la cabeza
pensó que aquella población hormigueante era más bien
estúpida. Entonces les envió a la Abuela Araña que dijo
a los insectos:
-Tawa, el espíritu
del sol que os ha creado, está descontento de vosotros porque no comprendéis
en absoluto el sentido de la vida. Así que me ha ordenado que os conduzca al
segundo mundo, que está por encima del techo de vuestra caverna.
Los insectos
se pusieron a trepar hacia el segundo mundo. La ascensión era larga, tan larga
y tan penosa que, antes de llegar al segundo mundo, muchos de ellos se habían transformado
en animales poderosos. Tawa los contempló y dijo:
-Estos
nuevos vivientes son tan estúpidos como los del primer mundo. Tampoco parecen
capaces de comprender el sentido de la vida.
Entonces pidió a la Abuela Araña
que los condujera al tercer mundo. En el transcurso de este nuevo viaje
algunos animales se transformaron en hombres. La Abuela Araña enseñó a los
hombre la alfarería y el arte del tejido. Los instruyó convenientemente y
en la cabeza de hombres y mujeres comenzó a despuntar un deste
llo, una vaga idea del sentido de la vida. Pero los brujos malvados, que sólo
se sentían a gusto en las tinieblas, extinguieron aquel destello de luz
y cegaron a los humanos. Los niños lloraban, los hombres peleaban y se
lastimaban: habían olvidado el sentido de la vida. Entonces la Abuela
Araña volvió a ellos y les dijo:
-Tawa, el espíritu
del sol, está muy descontento de vosotros. Habéis desperdiciado la luz
que había brotado en vuestras cabezas. Por consiguiente, deberéis
ascender al cuarto mundo. Pero esta vez, tendréis que encontrar por
vosotros mismos el camino.
Los hombres, perplejos, se preguntaban cómo podrían
subir al cuarto mundo. Durante largo tiempo permanecieron en silencio. Al
fin, un anciano tomó la palabra:
-Creo haber oído
ruido de pasos en el cielo.
-Es cierto
-asintieron los demás-. También nosotros hemos oído el caminar de alguien allá
arriba.
Así
pues, enviaron al «pájaro gato» a explorar el cuarto mundo que parecía
habitado. EI pájaro gato se coló por un agujero del cielo y pasó al
cuarto mundo, donde descubrió un país semejante al desierto de Arizona.
Sobrevoló el país y divisó a lo lejos una cabaña de piedra. Al
aproximarse, vio delante de la cabaña a un hombre que parecía dormir, sentado
contra la pared. El pájaro gato se posó junto a él y el hombre despertó. Su
rostro era extraño, pavoroso; completamente rojo, cubierto de cicatrices,
quemaduras y costras de sangre, con unos trazos negros pintados sobre los
pómulos y sobre la nariz. Sus ojos estaban tan hundidos en las órbitas
que eran casi invisibles, a pesar de lo cual el pájaro gato vio brillar en
ellos un resplandor aterrador. Reconoció a aquel personaje: era la Muerte.
La Muerte miró detenidamente al pájaro gato y le dijo gesticulando:
-¿No tienes
miedo de mí?
-No-respondió
el pájaro-. Vengo de parte de los hombres que habitan el mundo que está
debajo de éste. Quieren compartir contigo este país. ¿Es eso posible?
La Muerte
reflexionó unos momentos.
-Si los
hombres quieren venir -dijo finalmente con aire sombrío-, que vengan.
El pájaro
gato volvió a bajar al tercer mundo y contó a los hombres lo que había visto.
-La Muerte
acepta compartir con vosotros su país-les comunicó.
-¡Gracias le
sean dadas! -respondieron los hombres-. ¿Pero cómo podremos subir hasta
allá arriba? Pidieron consejo a la Abuela Araña y ésta les dijo:
-Plantad un
bambú en el centro de vuestro poblado y cantad para ayudarle a crecer.
Así
hicieron los hombres y el bambú creció. Cada vez que los cantores tomaban aliento
entre dos estrofas, se formaba un nudo en el tallo del bambú. Cantaban sin
cesar y la abuela araña danzaba y danzaba para ayudar a que el bambú
creciera bien derecho. Del alba hasta el crepúsculo cantaron sin tregua
hasta que, por fin, la Abuela Araña exclamó:
-¡Mirad! ¡La
punta del bambú ha pasado por el agujero del cielo!
Entonces los
hombres empezaron a trepar por el bambú, alegres como niños. Nada llevaban
consigo, estaban desnudos, tan desprovistos como el primer día de su vida.
-¡Sed
prudentes! -les gritó la abuela-. ¡Sed prudentes!
Pero ya no le
oían, estaban demasiado arriba. Alcanzaron el cuarto mundo y en él construyeron
poblados, plantaron maíz, calabazas y melones, hicieron jardines y huertos. Y
esta vez, para no olvidar el sentido de la vida, inventaron las leyendas. (*)
(*) Fuente:
El árbol de los soles. Mitos y leyendas del mundo entero,
de Henri Gougaud, Editorial Crítica, Barcelona.
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