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EL
HOMBRECITO DEL AZULEJO
Por Manuel Mujica Lainez
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Manuel
Mujica Lainez en su casa en La Cumbre, en
la provincia argentina de Córdoba, junto
a su perro Cecil.
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Cuando
los ríos se
secan,
qué mejor que, otra vez, desplegar el mapa del recuerdo. Allí
podremos encontrar nuevamente manantiales efervescentes, sonoros arroyos
de imaginación. Y ventiscas que recorren la tierra
difundiendo el anhelo de expresión que rebulle
en el alma artística. Dentro del bosque de la literatura
argentina es nuestra intención recuperar el rico follaje
de la obra de Manuel Mujica Lainez (1910-84) (1) .
Uno de nuestros grandes escritores. Ya poco visitado
por los lectores. En el castillo de su creación podremos
hallar desde el espíritu del medioevo y el Renacimiento
hasta los diversos aromas de la historia de la
ciudad de Buenos Aires. Como así también el deseo
de darle vida propia a supuestos objetos inanimados
como una casa, un libro o una alhaja.
En 1958, en el norte de Italia, Mujica visita los
restos del Bosque de los Monstruos de Bomarzo. En
ese entonces, a diferencia de lo que ocurre hoy día,
aquel sitio se hallaba cubierto por la maleza y fuera
de los itinerarios turísticos. El Bosque de los Monstruos
fue construido en el siglo XVl, en pleno renacimiento
italiano, por Pier Franceso Orsini, Duque de Bomarzo.
El “bosque” es en realidad un parque poblado por las
estatuas de diversas entidades monstruosas. De manera
semejante a lo que le ocurrió al general Patton entre
las ruinas de Cartago, Mujica Lainez, el escritor
argentino, entre los restos de los monstruos de piedra,
se percibe como un alma inmortal, pródiga de existencias
pasadas. En este siglo Mujica es un hombre de letras,
pero en el siglo XVl, en los primeros albores de la
modernidad, él fue el Duque de Bomarzo. Dominado por
esa certeza, procede a la redacción de la biografía
de Pier Franceso Orsini, aquel olvidado personaje
del Renacimiento. Que acaso fue él. Así nace Bomarzo,
una de las mejores novelas históricas ( ¿o acaso la
mejor?) de la literatura nacional.
En
Misteriosa Buenos Aires, Mujica recorre la historia
de la capital argentina. Su itinerario histórico e
imaginativo comienza con el relato "El hambre",
situado en 1536, y se extiende hasta "El salón
dorado", que late en el año 1904. Y en esta obra
palpita también un magnífico cuento, “El hombrecito
del azulejo”, que merece ser especialmente recomendado
a los lectores que se deleiten con lo fantástico.
Esteban
Ierardo
El Hombrecito del Azulejo
Los dos médicos
cruzan el zaguán
hablando en voz baja. Su juventud puede más que sus
barbas y que sus levitas severas, y brilla en sus
ojos claros. Uno de ellos, el doctor Ignacio Pirovano,
es alto, de facciones resueltamente esculpidas. Apoya
una de las manos grandes, robustas, en el hombro del
otro, y comenta:
Esta noche será la crisis.
Sí responde el doctor Eduardo
Wilde ; hemos hecho cuanto pudimos.
Veremos mañana. Tiene que pasar
esta noche. . . Hay que esperar...
Y salen en silencio. A sus amigos
del club, a sus compañeros de la Facultad, del Lazareto
y del Hospital del Alto de San Telmo, les hubiera
costado reconocerles, tan serios van, tan ensimismados,
porque son dos hombres famosos por su buen humor,
que en el primero se expresa con farsas estudiantiles
y en el segundo con chisporroteos de ironía mordaz.
Cierran la puerta de calle sin ruido
y sus pasos se apagan en la noche. Detrás, en el gran
patio que la luna enjalbega, la Muerte aguarda, sentada
en el brocal del pozo. Ha oído el comentario y en
su calavera flota una mueca que hace las veces de
sonrisa. También lo oyó el hombrecito del azulejo.
El hombrecito del azulejo es un
ser singular. Nació en Francia, en Desvres, departamento
del Paso de Calais, y vino a Buenos Aires por equivocación.
Sus manufactureros, los Fourmaintraux, no lo destinaban
aquí, pero lo incluyeron por error dentro de uno de
los cajones rotulados para la capital argentina, e
hizo el viaje, embalado prolijamente el único distinto
de los azulejos del lote. Los demás, los que ahora
lo acompañan en el zócalo, son azules corno él, con
dibujos geométricos estampados cuya tonalidad se deslíe
hacia el blanco del centro lechoso, pero ninguno se
honra con su diseño: el de un hombrecito azul, barbudo,
con calzas antiguas, gorro de duende y un bastón en
la mano derecha. Cuando el obrero que ornamentaba
el zaguán porteño topó con él, lo dejó aparte, porque
su presencia intrusa interrumpía el friso; mas luego
le hizo falta un azulejo para completar y lo colocó
en un extremo, junto a la historiada cancela que separa
zaguán y patio, pensando que nadie lo descubriría.
Y el tiempo transcurrió sin que ninguno notara que
entre los baldosines había uno, disimulado por la
penumbra de la galería, tan diverso. Entraban los
lecheros, los pescadores, los vendedores de escobas
y plumeros hechos por los indios pampas; depositaban
en el suelo sus hondos canastos, y no se percataban
del menudo extranjero del zócalo. Otras veces eran
las señoronas de visita las que atravesaban el zaguán
y tampoco lo veían, ni lo veían las chinas crinudas
que pelaban la pava a la puerta aprovechando la hora
en que el ama rezaba el rosario en la Iglesia de San
Miguel. Hasta que un día la casa se vendió y entre
sus nuevos habitantes hubo un niño, quien lo halló
de inmediato.
Ese niño, ese Daniel a quien la
Muerte atisba ahora desde el brocal, fue en seguida
su amigo. Le apasionó el misterio del hombrecito del
azulejo, de ese diminuto ser que tiene por dominio
un cuadrado con diez centímetros por lado, y que sin
duda vive ahí por razones muy extraordinarias y muy
secretas. Le dio un nombre. Lo llamó Martinito, en
recuerdo del gaucho don Martín que le regaló un petiso
cuando estuvieron en la estancia de su tío materno,
en Arrecifes, y que se le parece vagamente, pues lleva
como él unos largos bigotes caídos y una barba en
punta y hasta posee un bastón hecho con una rama de
manzano.
¡Martinito! ¡Martinito!
El niño lo llama al despertarse,
y arrastra a la gata gruñona para que lo salude. Martinito
es el compañero de su soledad. Daniel se acurruca
en el suelo junto a él y le habla durante horas, mientras
la sombra teje en el suelo la minuciosa telaraña de
la cancela, recortando sus orlas y paneles y sus finos
elementos vegetales, con la medialuna del montante
donde hay una pequeña lira.
Martinito, agradecido a quien comparte
su aislamiento, le escucha desde su silencio azul,
mientras las pardas van y vienen, descalzas, por el
zaguán y por el patio que en verano huele a jazmines
del país y en invierno, sutilmente, al sahumerio encendido
en el brasero de la sala.
Pero ahora el niño está enfermo,
muy enfermo. Ya lo declararon al salir los doctores
de barba rubia. Y la Muerte espera en el brocal.
El hombrecito se asoma desde su
escondite y la espía. En el patio lunado, donde las
macetas tienen la lividez de los espectros, y los
hierros del aljibe se levantan como una extraña fuente
imnóvil, la Muerte evoca las litografías del mexicano
José Guadalupe Posada, ese que tantas "calaveras,
ejemplos y corridos" ilustró durante la dictadura
de Porfirio Díaz, pues como en ciertos dibujos macabros
del mestizo está vestida como si fuera una gran señora,
que por otra parte lo es.
Martinito estudia su traje negro
de revuelta cola, con muchos botones y cintas, y a
gorra emplumada que un moño de crespón sostiene bajo
el maxilar y estudia su cráneo terrible, más pavoroso
que ei de los mortales porque es la calavera de la
propia Muerte y fosforece con verde resplandor. Y
ve que la Muerte bosteza.
Ni un rumor se oye en la casa. E1
ama recomendó a todos que caminaran rozando apenas
el suelo, como si fueran ángeles, para no despertar
a Daniel, y las pardas se han reunido a rezar quedamente
en el otro patio, en tanto que la señora v sus hermanas
lloran con los pañuelos apretados sobre los labios,
en el cuarto def enfermo, donde algún bicho zumba
como si pidiera silencio, alrededor de la única lámpara
encendida.
Martinito piensa que el niño, su
amigo, va a morir, y le late el frágil corazón de
cerámica. Ya nadie acudirá cantando a su escondite
del zaguán; nadie le traerá los juguetes nuevos, para
mostrárselos y que conversen con él. Quedará solo
una vez más, mucho más solo ahora que sabe lo que
es la ternura.
La Muerte, entretanto, balancea
las piernas magras en el brocal poliédrico de mármol
que ornan anclas y delfines. El hombrecito da un paso
y abandona su cuadrado refugio. Va hacia el patio,
pequeño peregrino azul que atraviesa los hierros de
la cancela asombrada, apoyándose en el bastón. Los
gatos a quienes trastorna la proximidad de la Muerte,
cesan de maullar: es insólita la presencia del personaje
que podría dormir en la palma de la mano de un chico;
tan insólita como la de la enlutada mujer sin ojos.
Allá abajo, en el pozo profundo, la gran tortuga que
lo habita adivina que algo extraño sucede en la superficie,y
saca la cabeza del caparazón.
La Muerte se hastía entre las enredaderas
tenebrosas, mientras aguarda la hora fija en que se
descalzará los mitones fúnebres para cumplir su función.
Desprende el relojito que cuelga sobre su pecho fláccido
y al que una guadaña sirve de minutero, mira la hora
y vuelve a bostezar. Entonces advierte a sus pies
al enano del azulejo, que se ha quitado el bonete
y hace una reverencia de Francia.
Madame la Mort...
A la Muerte le gusta, súbitamente,
que le hablen en francés. Eso la aleja del modesto
patio de una casa criolla perfumada con alhucema y
benjuí; la aleja de una ciudad donde, a poco que se
ande por la calle, es imposible no cruzarse con cuarteadores
y con vendedores de empanadas. Porque esta Muerte,
la Muerte de Daniel, no es la gran Muerte, como se
pensará, la Muerte que las gobierna a todas, sino
una de tantas Muertes, una Muerte de barrio, exactamente
la Muerte del barrio de San Miguel en Buenos Aires,
y al oírse dirigir la palabra en francés, cuando no
lo esperaba, y por un caballero tan atildado, ha sentido
crecer su jerarquía en el lúgubre escalafón. Es hermoso
que la llamen a una así: "Madame la Mort."
Eso la aproxima en el parentesco a otras Muertes mucho
más ilustres, que sólo conoce de fama, y que aparecen
junto al baldaquino de los reyes agonizantes, reinas
ellas mismas de corona y cetro, en el momento en que
los embajadores y los príncipes calculan las amarguras
y las alegrías de las sucesiones históricas.
Madame la Mort...
La Muerte se inclina, estira sus
falanges y alza a Martinito. Lo deposita, sacudiéndose
como un pájaro, en el brocal.
Al fin reflexiona la huesuda señora
pasa algo distinto.
Está acostumbrada a que la reciban
con espanto. A cada visita suya, los que pueden verla
los gatos, Ios perros, los ratones
huyen vertiginosamente o enloquecen la cuadra con
sus ladridos, sus chillidos y su agorero maullar.
Los otros, los moradores del mundo secreto los personajes
pintados en los cuadros, las estatuas de los jardines,
las cabezas talladas en los muebles, los espantapájaros,
las miniaturas de las porcelanas fingen no enterarse
de su cercanía, pero enmudecen como si imaginaran
que así va a desentenderse de ellos y de su permanente
conspiración temerosa. Y todo, ¿por qué?, ¿porque
alguien va a morir?, ¿y eso? Todos moriremos; también
morirá la Muerte.
Pero esta vez no. Esta vez las cosas
acontecen en forma desconcertante. El hombrecito está
sonriendo en el borde del brocal, y la Muerte no ha
observado hasta ahora que nadie le sonriera. Y hay
más. El hombrecito sonriente se ha puesto a hablar,
a hablar simplemente, naturalmente, sin énfasis, sin
citas latinas, sin enrostrarle esto o aquello y, sobre
todo, sin lágrimas. Y ¿qué le dice?
La Muerte consulta el reloj. Faltan
cuarenta y cinco minutos.
Martinito le dice que comprende
que su misión debe ser muy aburrida v que si se lo
permite la divertirá, y antes que ellá le responda,
descontando su respuesta afirmativa, el hombrecito
se ha lanzado a referir un complicado cuento que transcurre
a mil leguas de allí, allende el mar, en Desvres de
Francia. Le explica que ha nacido en Desvres, en casa
de los Fourmaintraux, los manufactureros de cerámica.
"rue de Poitiers", y que pudo haber sido
de color cobalto, o negro, o carmín oscuro, o amarillo
cromo, o verde, u ocre rojo, pero que prefiere este
azu] de ultramar. ¿No es cierto? N'est-ce pas? Y le
confía cómo vino por error a Buenos Aires y, adelantándose
a las réplicas, dando unos saltitos graciosos, le
describe las gentes que transitan por el zaguán: la
parda enamorada del carnicero; el mendigo que guarda
una moneda de oro en la media; el boticario que ha
inventado un remedio para la calvicie y que, de tanto
repetir demostraciones y ensayarlo en sí mismo, perdió
el escaso pelo que le quedaba; el mayoral del tranvía
de los hermanos Lacroze, que escolta a la señora hasta
la puerta, galantemente, "comme un gentilhomme",
y luego desaparece corneteando...
La Muerte ríe con sus huesos bailoteantes
y mira el reloj. Faltan treinta y tres minutos.
Martinito se alisa la barba en punta
y, como Buenos Aires ya no le brinda tema y no quiere
nombrar a Daniel y a la amistad que los une, por razones
diplomáticas, vuelve a hablar de Desvres, del bosque
trémulo de hadas, de gnomos y de vampiros, que lo
circunda, y de la montaña vecina, donde hay bastiones
ruinosos y merodean las hechiceras la noche del sábado.
Y habla y habla. Sospecha que a esta Muerte parroquial
le agradará la alusión a otras Muertes más aparatosas,
sus parientas ricas, y le relata lo que sabe de las
grandes Muertes que entraron en Desvres a caballo,
hace siglos, armadas de pies a cabeza, al son de los
curvos cuernos marciales, "bastante diferentes,
n'est-ce pas, de la corneta del mayoral del tránguay",
sitiando castillos e incendiando iglesias, con los
normandos, con los ingleses, con los borgoñones.
Todo el patio se ha colmado de sangre
y de cadáveres revestidos de cotas de malla. Hay desgarradas
banderas con leopardos y flores de lis, que cuelgan
de la cancela criolla; hay escudos partidos junto
al brocal y yelmos rotos junto a las rejas, en el
aldeano sopor de Buenos Aires, porque Martinito narra
tan bien que no olvida pormenores. Además no está
quieto ni un segundo, y al pintar el episodio más
truculento introduce una nota imprevista, bufona,
que hace reir a la Muerte del barrio de San Miguel,
como cuando inventa la anécdota de ese general gordísimo,
tan temido por sus soldados, que osó retar a duelo
a Madame la Mort de Normandie, y la Muerte aceptó
el duelo, y mientras éste se desarrollaba lla produjo
un calor tan intenso que obligó a su adversario a
despojarse de sus ropas una a una, hasta que los soldados
vieron que su jefe era en verdad un individuo flacucho,
que se rellellaba de lanas y plumas, como un almohadón
enorme, para fingir su corpulencia.
La Muerte ríe como una histérica,
aferrada al forjado coronamiento del aljibe.
Y además... prosigue el hombrecito
del azulejo.
Pero la Muerte lanza un grito tan
siniestro que muchos se persignan en la ciudad, figurándose
que un ave feroz revolotea entre los campanarios.
Ha mirado su reloj de nuevo y ha comprobado que el
plazo que el destino estableció para Daniel pasó hace
cuatro minutos. De un brinco se para en la mitad del
patio, y se desespera. ¡Nunca, nunca había sucedido
esto, desde que presta servicios en el barrio de San
Miguel! ¿Qué sucederá ahora y cómo rendirá cuentas
de su imperdonable distracción? Se revuelve, iracunda,
trastornando el emplumado sombrero y el moño, y corre
hacia Martinito. Martinito es ágil y ha conseguido,
a pesar del riesgo y merced a la ayuda de los delfines
de mármol adheridos al brocal, descender al patio,
y escapa como un escarabajo veloz hacia su azulejo
del zaguán. La Muerte lo persigue v lo alcanza en
momentos en que pretende disimularse en la monotonía
del zócalo. Y lo descubre, muy orondo, apoyado en
el bastón, espejeantes las calzas de caballero antiguo.
El se ha salvadocastañetean los
dientes amarillos de la Muerte, pero tú morirás por
él.
Se arranca el mitón derecho y desliza
la falange sobre el pequeño cuadrado, en el que se
diseña una fisura que se va agrandando; la cerámica
se quiebra en dos trozos que caen al suelo. La Muerte
los recoge, se acerca al aljibe y los arroja en su
interior, donde provocan una tos breve al agua quieta
y despabilan a la vieja tortuga errnitaña. Luego se
va, rabiosa, arrastrando los encajes lúgubres. Aun
tiene rnucho que hacer y esta noche nadie volverá
a burlarse de ella.
Los dos médicos jóvenes regresan
por la mañana. En cuanto entran en la habitación de
Daniel se percatan del cambio ocurrido. La enfermedad
hizo crisis como presumían. El niño abre los ojos,
y su madre y sus tías lloran, pero esta vez es de
júbilo. El doctor Pirovano y el doctor Wilde se sientan
a la cabecera del enfermo. Al rato, las señoras se
han contagiado del optimismo que emana de su buen
humor. Ambos son ingeniosos, ambos están desprovistos
de solemnidad, a pesar de que el primero dicta la
cátedra de histología y anatomía patológica y de que
el segundo es profesor de medicina legal y toxicología,
también en Ia Facultad de Buenos Aires. Ahora lo único
que quieren es que Daniel sonría. Pirovano se acuerda
del tiempo no muy lejano en que urdía chascos pintorescos,
cuando era secretario del disparatado Club del Esqueleto,
en la Farmacia del Cóndor de Oro, y cambiaba los letreros
de las puertas, robaba los faroles de las fondas y
las linternas de los serenos, echaba municiones en
las orejas de los caballos de los lecheros y enseñaba
insolencias a los loros. Daniel sonríe por fin y Eduardo
Wilde le acaricia la frente, nostálgico, porque ha
compartido es a vida de estudiantes felices, que le
parece remota, soñada, irreal.
Una semana más tarde, el chico sale
al patio. Alza en brazos a la gata gris y se apresura,
titubeando todavía, a visitar a su amigo Martinito.
Su estupor y su desconsuelo corren por la casa, al
advertir la ausencia del hombrecito y que hay un hueco
en el lugar del azulejo extraño. Madre y tías, criadas
y cocinera, se consultan inútilmente. Nadie sabe nada.
Revolucionan las habitaciones, en pos de un indicio,
sin hallarlo. Daniel llora sin cesar. Se aproxima
al brocal del aljibe, llorando, llorando, y logra
encaramarse y asomarse a su interior. Allá dentro
todo es una fresca sombra y ni siquiera se distingue
a la tortuga, de modo que menos aun se ven los fragmentos
del azulejo que en el fondo descansan. Lo único que
el pozo le ofrece es su propia imagen, reflejada en
un espejo oscuro, la imagen de un niño que llora.
El tiempo camina, remolón, y Daniel
no olvida al hombrecito. Un dia vienen a Ia casa dos
hombres con baldes, cepillos y escobas. Son los encargados
de limpiar el pozo, y como en cada oportunidad en
que cumplen su tarea, ese es día de fiesta para las
pardas, a quienes deslumbra el ajetreo de los mulatos
cantores que, semidesnudos, bajan a la cavidad profunda
y se están ahí largo espacio, baldeando y fregando.
Los muchachos de la cuadra acuden. Saben que verán
a la tortuga, quien sólo entonces aparece por el patio,
pesadota, perdida como un anacoreta a quien de pronto
trasladaran a un palacio de losas en ajedrez. Y Daniel
es el más entusiasmado, pero aIgo enturbia su alegría,
pues hoy no le será dado, como el año anterior, presentar
la tortuga a Martinito. En eso cavila hasta que, repentinamente,
uno de los hombres grita, desde la hondura, con voz
de caverna:
¡Ahí va algo, abarájenlo!
Y el chico recibe en las manos tendidas
el azulejo intacto, con su hombrecito en el medio;
intacto, porque si un enano francés estampado en una
cerámica puede burlar a la Muerte, es justo que también
puedan burlarla las lágrimas de un niño. (*)
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Mujica
Lainez en el momento de dedicar un libro
con su pluma de gruesos trazos. Esta imagen,
como la de arriba, en "Genio y figura
de Manuel Mujica Lainez", de Jorge
Cruz, ed. Eudeba.
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(*)
Fuente: Manuel
Mujica Lainez, "El hombrecito del azulejo",
en Misteriosa Buenos Aires, Editorial Sudamericana,
pp. 209-308.
(1) Además de las obras ya mencionadas, algunos de
los títulos más recomendables de Mujica Lainez podrían
son:
-Aquí
vivieron, ed. Sudamericana, 1949.
-
La historia de una quinta de San Isidro entre 1583
y 1924.
-La
casa, ed. Sudamericana, 1954. Aquí, en primera persona,
una casa narra su decadencia y la de sus habitantes.
-Cecil,
ed. Sudamérica, 1972. Autobiografía literaria de Mujica
plasmada desde la visión de su propio perro.
-El
escarabajo. Plaza Janés, 1982. Su última y magnífica
obra. Es la historia de un ser inanimado, de un escarabajo
de lapislázuli, un talismán egipcio, creado por la
Reina Nefertari. El escarabajo de piedra narra su
fantástica existencia a través de tres mil años de
historia y el rumor de numerosas civilizaciones.
-Recomendamos
también la siguiente biografia del gran escritor:
Jorge
Cruz, Genio y figura de Manuel Mujica Lainez,
Buenos Aires, Eudeba.
Mujica Lainez poseía una famosa casa, llamada “El
paraíso” en la provincia argentina de Córdoba, cerca
de la localidad serrana de La Cumbre. Actualmente,
es un museo que puede ser visitado por el público.
Para datos sobre el acceso al Museo Mujica Lainez
se puede consultar al buscador de museos argentinos:
www.museosargentinos.org.ar
El teléfono de la casa-museo es
(03548) 451-160.
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