EL
BUQUE VOLANTE DE JOSEPH DE VÁLGOMA
Por
Paula Demerson
Las aves y los pájaros,
grandes o pequeños, pesados o ligerísimos, capaces de surcar
el cielo en todas las direcciones, de cubrir extraordinarias
distancias, a veces con sorprendente velocidad, gracias al maravilloso
mecanismo de sus alas, han sido siempre objeto de admiración
y de envidia por el hombre, rey da la creación, condenado a
sufrir el peso de la atracción terrestre. ¡Alas!, palabra mágica
que encierra tantas aspiraciones y afán de libertad, tanta liberación
de la naturaleza, tantos impenetrables secretos. Desde tiempos
muy remotos, este tema del vuelo de los pájaros obsesionó a
los más eminentes sabios que intentaron reproducirlo artificiosamente.
La
primera paloma mecánica que consiguió volar se atribuye al
filósofo pitagórico Arquitas que vivía en Tarento en el siglo IV
a. C. Contemporáneo y amigo de Platón, Arquitas, matemático,
astrónomo, a la vez que general y hombre de Estado, reunía en su
persona toda la ciencia de los griegos. Se cuenta que el alemán
Johannes Muller, alias Regismontanus, nacido en 1436 en Franconia,
matemático y astrónomo, autor de numerosas obras que le merecieron
el favor del público, construyó en Nuremberg dos máquinas
volantes: una mosca y un águila. Aseguraron unos testigos del
experimento que elágula funcionó perfectamente, recorriendo unos
500m para ir al encuentro del emperador Federico IV. En cuanto a
Leonardo de Vinci, prodigio de talentos, nadie ignora que dedicó
años de su vida al estudio del vuelo de los pájaros y dejó
numerosos dibujos y bocetos de hombres voladores o de artefactos de
alas batientes que se revelaron fuente de inspiración para los
pioneros de la aerostática.
A
principios del siglo XVIII, Lourenco de Gusmao, capellán del rey de
Portugal, ideó una barca Volante que tenía la forma de un ave. El
centro ahuecado como una concha, dejaba sitio para el piloto y diez
viajeros. Un velamen orientable mediante poleas estaba destinado a
sostener la nave en el aire. Un timón, varios imanes y fuelles para
suplir la falta de viento, contemplan la ingenua construcción.
Durante el reinado de Luis XV, en 1742, el marqués de Boqueville,
apasionado de la mecánica, se lanzó desde el tejado de su palacio
para cruzar el Sena con una máquina volante de su invención, que
desgraciadamente no funcionó como esperaba y, tras un vuelo de 3000
m, se estrelló estrepitosamente contra un barco lavadero,
rompiéndose el fémur. Recordemos que Blanchard, en 1782, antes del
descubrimiento de los hermanos Montgolfier, imaginó y construyó un
artilugio volante en forma de ave. Tenía cuatro alas largas anchas
de tres metros que alzaban y bajaban con un juego complicadísimo de
palancas, poleas y pedales y estaba concebido para el transporte de
dos viajeros. El ensayo, que tuvo lugar en mayo de 1782, no dio
resultado y fue pretexto de numerosas caricaturas. Dos años más
tarde, adaptó Blanchard su máquina a un globo hinchado con
hidrógeno, dotó a la barquilla de un paracaídas en forma de
sombrilla y de una propulsión con remos, pensando así dirigirla a
voluntad. Hizo un experimento el 2 de marzo de 1784, pero no logró
convencer. Perdió sus remos en el momento de despegar del suelo, al
librarse de un intruso que quería subir a bordo. Pretendió, sin
embargo, haberse elevado 4.000m., hecho que se pensaba por la fuerza
ascensional del globo y su máquina alada.
Con la
aparición de los globos aerostáticos, la primera idea de su
utilidad fue la posibilidad de desplazarse rápidamente por los
aires para ir de un punto a otro, a distancias y velocidades muy
superiores a las que permitían los viajes terrestres o marítimos.
Fermentaron los espíritus y dibujantes y proyectistas dejaron libre
curso a su imaginación.
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| Imagen
conservada en la Biblioteca Nacional, París, de un vuelo en
globo en Estraburgo en marzo de 1784. |
El las
dos últimas décadas del siglo XVIII, los viajes tripulados por los
primeros aeronautas inspiraron locas lucubraciones por parte de
seudo-científicos de toda calaña. El principal escollo –todavía
insalvable- era la imposiblilidad de gobernar la nave para burlarse
de circunstancias adversas (vientos recios, tormentas...) y asegurar
su aterrizaje en un sitio determinado. Unos creían que con remos a
guisa de alas para batir en el aire y velas orientables, se podría
imponer la dirección deseada a la máquina. Así opinaba Juan
Andrés Nieto Samaniego que, en marzo de 1795(2), publicó un
prospecto de nave atmosférica dirigible mediante alirremos con sus
toletes mástiles, cuatro velas con sus antenas y cuerdas manejables
desde el centro de la barca. Afirmaba que así podría bogar a
cuantos rumbos conviniese. En una lámina fina (3), detallaba todos
los principios de la construcción y los materiales más selectos,
el manejo de las velas y las dos especies de gas (el inflamable y el
desflogístico) que preconizaba, así como la carga que podría
llevar la nave. Cabe pensar que nadie se interesó por el proyecto
hasta el punto de intentar la construcción de semejante complicado
artilugio que no ofrecía ningún adelanto, ya que en los años
posteriores, el proyecto quedó en letra muerta.
UN BUQUE
SIN VELAS NI REMOS
Más
divertido y original (aunque fuertemente inspirado en la barca
volante del capellán portugués L. Gusmao ya aludido) es el medio
de transporte planeado por otro proyectista en aquel mismo año de
1795. En la gaceta de Madrid de 10 de febrero, salió el anuncio de
un tratadito titulado "Observaciones y discurso sobre el modo
de establecer unos buques volantes para viajar por el aire". Avisaba
el autor, J. De Válgoma, que había tomado la idea de las aves así
como para navegar por los mares se tomo la idea de los peces.
Explicaba que el invento de los globos le había parecido digno de
elogio por hacer transitable la atmósfera, pero de poca utilidad,
dado que, ingobernables, tenían que caminar al arbitro de los
vientos y comparaba el globo en el aire a "un buque sin velas
ni remos en el mar que, forzosamente, ha de ir donde le lleven las
olas". Con todo, la novedad de los globos excitó tanto su
imaginación que reflexionó cómo concebir una máquina voladora
que hiciese viajes más fáciles y más breves. Con gran candor,
desvelaba la ilación de sus meditaciones. De la observación de los
peces, decía, y particularmente de los testáceos como el nautilo
que tiene mucha analogía con las naves veleras, por tener su concha
la forma de una quilla que navega sobre las aguas, se había tomado
la idea de construir embarcaciones. No era pues insensato imitar las
aves para desplazarse por los aires. El hombre había recibido de
Dios el mando de los elementos, tierra, agua y aire, pero hasta la
fecha no había tenido bastante entendimiento racional para dominar
un tercero. Se proponía sugerir una solución para colmar esta
laguna.
Joseph
de Válgoma era oficial de la contaduría general de Millones y
confesaba humildemente su falta de preparación científica:
"No habiendo estudiado (por mi desgracia) facultad ni ciencia
alguna (ni aun gramática) ni tener el más leve conocimiento del
arte maquinaria, ni visto los mecanismos de que constan las
diferentes máquinas que se usan en varias artes y manufacturas,
este defecto escaseaba las luces para formar combinaciones e ideas,
formulándolas únicamente de cosas sencillas y comunes"(6).
Entre las aves, le parecían dignos de servir de modelos las
águilas, los buitres, los milanos, cuervos grullas y cigüeñas por
la gran altura de su vuelo. Igualmente el cernícalo merecía
tomarse en consideración por las características sorprendentes de
su vuelo que le permitían subir y bajar verticalmente, volar de
canto con el cuerpo ladeado, suspender su curso en el aire batiendo
con rapidez prodigiosa sus alas. Los murciélagos, "reptiles
volátiles, así es como los definía, entraban también en la
categoría de bichos interesantes. J. De Válgoma había vacilada en
transcribir su nombre y consultando dos diccionarios: el Calepino
que decía murciélago y el tesauro que decía morciélago. Lo más
notable de la anatomía de este animalito eran las alas, formadas de
un armazón de huesos finos y de piel extendida sobre ellos, que se
prestaban a un vuelo bastante veloz y le parecía que su estructura
podría imitarse para la fabricación de las alas del buque volante
que había concebido.
Los
insectos voladores del tipo de ciervos volantes, rinocerontes no
ofrecían, según opinaba, un interés particular en cuanto a su
vuelo demasiado remiso, pero sí en el juego de sus alas escondidas
debajo de su cubierta, que se desplegaban luego lentamente al
pararse el insecto. Juzgaba que no sería ocioso examinar el
mecanismo de su vuelo por lo que podría conducir. Añadía que,
cuando era joven, los había observado a menudo en los bosques, pero
que desde que había venido a Madrid, sólo había visto
especímenes muertos, Existían otras especies de insectos que
andaban por las riveras de los ríos y lagunas, provistos de dos o
tres alas por cada lado y se preguntaba si no convendría construir
buques con duplicadas órdenes de alas. Todos estos problemas
técnicos tendrían que resolverlos los ingenieros.
Reconocía
que la mayor dificultad era calcular y conseguir para su buque la
altura idónea para que pudiese sostenerse por sí mismo en el aire.
Su
meditación arrancaba de la contemplación de los barcos. Contaba
que había visto en un canal barcos cargados de cascotes que se
mantenían sin hundirse, a pesar de su enorme peso, en menos de dos
metros de agua y había razonado así (¡en su ignorancia del
principio de Arquímedes!): "Siendo el aire mucho más leve que
el agua, habrá que multiplicar por 50 o 60 este fondo de agua para
alcanzar la proporción de aire que necesitarán los buques
volantes", pensando de este modo superara esta primera
dificultad de la altura requerida. Sugería, pues, que se
construyese un castillejo de madera muy alto, de suerte que
"cogiendo debajo de sí aire suficiente, la futura nave se
mantuviese en él. Rechazaba la idea de usar la fuerza ascensorial
de los globos para salvar el obstáculo porque "eran muy
costosos, tardíos en su inflamación que necesitaba muchos
utensilios y maniobras". Buscaba el un modo de transporte menos
oneroso y más rápido...
En medio
de las lucubraciones, se descorazonaba a veces de frente a los
problemas insolubles que surgían, pero pronto su imaginación
estaba de nuevo en actividad... Joseph de Válgoma se fiaba mucho de
la fuerza del viento por haber visto a unos estudiantes echando al
aire una cometa y como esta subió tan alto que rompió la cuerda.
Otro día, estando en el campo, había tenido la confirmación de la
potencia del viento, cuando le dobló las varillas del quitasol que
a duras penas sujetaba con ambas manos. De estas observaciones,
infería que el aire podía sostener mucho peso y que seis, ocho o
más cometas hechas de materia consistente, bastarían para mantener
el buque a la altura conveniente.
Las
vejigas hinchadas del aire quizá ofrecían una solución mejor que
las cometas. Recordaba haber leído en un libro antiguo acerca de la
construcción de un puente portátil para el paso de un ejercito. Un
dibujo enseñaba los trozos sueltos de madera y que se iban
enganchando unos a otros. Cada trozo que formaba el arco llevaba
debajo uno o dos odres llenos de aire, que eran los únicos
cimientos que le daban firmeza. Así, sin que se desplomase el
curioso puente, pasaba él ejercito el río. La idea de usar madera
para construir el buque volante merecía, pues, estudiarse
detenidamente.
La
madera seria de olmo, por ser de poco peso y de gran firmeza. La
tablazón y el armazón interior serían de corchos muy fuertes,
bruñidos con cera por la parte exterior para resguardar el buque de
las lluvias.
El
ilusionado creador no escatimaba sus recomendaciones. El
constructor, decía, tendrá que estudiar con minucia las
articulaciones de las alas del ave escogida y reproducir las
mismísimas proporciones en las alas del buque confeccionadas con
trozos de barbas de ballena unidos con goznes de bronce o de hierro.
En todo lo largo de las alas, saldrán varillas de ballena a guza de
armazón que se revestirán con lienzos encerrados o cordobanes más
resistentes. El movimiento de extensión de las alas se conseguirá
mediante unos resortes y la vibración con otro soporte especial. La
cola del buque se copiará de la del ave-modelo. Hecha de un
varillaje de ballena y cubierta con los mismos lienzos o cordobanes
que las alas, se accionará como un abanico. La rabadilla será de
madera de olmo y habrá que pensar en colocar la cloaca con
disposición decente en la parte posterior. En cuanto al cuello,
había imaginado primero hacerlo macizo, pero flexible, con
vértebras de corcho unidas por goznes; luego, descartó la idea y
le pareció más fácil confeccionarlo con ballenas. Para imponer a
la máquina el rumbo deseado, el piloto encargado del gobierno del
cuello manejaría las cuerdas atadas a ambos lados de la cabeza del
ave-buque.
Se
completaría la armadura de la nave con un número suficiente de
cometas de la mayor extensión posible, hechas de ballenas gruesas y
cubiertas con lienzo encerado. Si se hallase otra materia más firme
y leve que no fuese quebradiza, sugería el proyectista, no habría
inconveniente en usarla.
Para el
arranque del buque, haría falta erigir un castillejo de madera en
un sitio muy alto, como los que hacen subir los materiales a los
grandes edificios y disponer de un tablado encima de él. Mediante
un cabrestante, se subiría el buque. Se echarían al aire las
cometas, cuyo número no se podría prefijar por ignorar el peso del
artilugio y la "virtud de la sustancia" de cada de ellas.
Pero no dañará que fueran muchas, advertía J. De Válgoma, Y la
experiencia lo enseñará.
¿QUIÉN
SE ATREVE A TRIPULAR?
Estando
todo dispuesto, subirán a bordo los tripulantes. Dos de ellos irán
recogiendo en el torno mayor las cuerdas de las cometas, todas a un
mismo tiempo y por la resistencia que opondrán, elevaran el buque,
el cual ayudado por la vibración de sus alas y de la cola,
alcanzará la altura suficiente podrá sostenerse y caminar por sí
solo. Entonces, se quitaran las cometas y se colocaran dentro del
buque para resguardarlo de la lluvia. En tiempo de temporal, se
podrán echar al aire varias cometas hasta que la nave encuentre un
sitio apacible donde proseguir su marcha.
La
cuestión de lastre dejara al inventor muy perplejo. ¿Convendría o
no que aquellas máquinas volantes lo llevasen? El tiempo lo diría.
¿Quién tripularía aquel nuevo artefacto? "Pilotos que
supiesen regular grados y distancias y conociesen el mundo"
contesta J. De Válgoma. En un primer tiempo, los pilotos náuticos
podrían encargarse de las maniobras, pero luego, habría que
enseñar el verdadero pilotaje aerostático. Y ¡qué no olvidasen
los pilotos llevar consigo un telescopio!...
Conforme
iba desarrollando su espeluznante proyecto, J de Valgoma se aferraba
cada vez más a su idea y aumentaba su fe en éxito de empresa.
Suponía que el experimento inaugural se haría en presencia de los
reyes, sea en Madrid, sea en algunos de los sitios reales. Si el
caminar por los aires de la maquina (dejando a la entera
responsabilidad de los constructores) no e preocupaba demasiado, no
pasaba lo mismo con la operación del descenso que requería toda
clase de precauciones: de tener el sitio de aterrizaje, ¿pero
donde?... Tal vez un poco de paja o una porción de heno.
Percatándose de que las aves tienen dos patas imaginaba dos varas
largas pasando por unos agujeros previstos el efecto tocarían
primero el suelo.
Sabia
muy bien que habría detractores de se proyecto y conocían los
reparo que podrían oponerle. Pero tenía repuesta para todo.
Las
ventajas de los buques volantes eran innumerables y excedían en
mucho las de la navegación marítima. Primero podían servir para
correos. Así cotidianamente se recibirían cartas de las
principales ciudades del reino y se triplicaría el producto de la
renta de Correos, puesto que se ahorrarían los gastos de compra y
manutención de caballos y, por otra parte, los salarios de un gran
número de dependientes.
Servirían
igualmente para postas. Los viajeros, amen de no sufrir cansancio y
el quebramiento de los carruajes, las incomodidades de los insectos,
el polvo, el lodo, los atolladeros y los malos pasos, sin recelar
asaltos de ladrones, llegaría rápidamente a su punto de destino.
Podrían organizarse viajes a las islas adyacentes y, ¿por qué
no?, a las Indias.
Los
buques volantes, cada vez más perfectos, construidos y
administrados por cuenta de la real Hacienda, se usarían para
transporte de mercancías. Con la navegación marítima, sólo
estaban abastecidas las provincias costeras y las del interior
pagaban más caros los productos, mientras que con los buques
volantes, las materias primas y las manufacturadas irían mejor
repartidas, en beneficio de todos los vasallos del rey. Además, se
minoraría el contrabando. En todas las ciudades interiores, habría
aduanas especiales y un castillejo con su plataforma cubierta de una
red de cuerdas fuertes para frenar el contacto del buque en su
aterrizaje
Este
modo de viajar sería, sin duda, causa de efectos maravillosos para
la salud y los médicos, en vez de recetar tomar aires en las
serranías, recomendarían a sus pacientes adoptar esta navegación
aérea para disfrutar de aires puros "sin mezcla de hálitos
terrenos".
Entusiasmado
por todas sus explicaciones que, según pensaba, deshacían
objeciones y dudas, confiando en la buena acogida de su proyecto,
concluía Válgoma sé exposición en estos términos...."Y
¿Qué dirían los lectores si las ventajas de este establecimiento,
las comparásemos y aun las prefiriésemos al descubrimiento de las
Indias?
UNA
CRITICA MORDAZ
Huelga
decir que todo eso no era más que un amasijo de disparates nacidos
de un espíritu
Desprovisto
de sentido común y totalmente inculto. Además, el tratadito estaba
mal escrito Despachado en la librería de M. Pardo, cayo por
desgracia en manos de un curioso burlón que se destornilló de risa
al correr sus páginas y publicó inmediatamente en el correo, una
carta "gratulatoria" al genial inventor de buques
volantes: critica mordaz, pero en tono humorístico de buena
calidad.
So capa
de una ironía laudatoria, era un vapuleo feroz que hacía trizas el
insensato proyecto de Valgoma. Este sin embargo, no quedo anonadado,
ni siquiera avergonzado al verse escarnecido públicamente. En 1798,
tres años después de tan severo escarmiento, seguía aferrado a su
idea y daba a entender en la prensa que unos físicos maquinistas
trataban de perfeccionar su invento. Incluso quiso convencer de la
posibilidad de ejecución de su buque volante, pretendiendo que su
proyecto había sido adoptado "aunque encubierto bajo otro
aspecto" por el físico francés Thilorier.
En
realidad, la cosa era bien distinta. Thilorier había propuesto
construir un globo aerostático bastante capaz para llevar al centro
de Inglaterra un ejército con objeto de conquistar aquel reino.
Así, explicaba, se harían inútiles las escuadras de los enemigos
y las baterías que defendían sus costas; se pondría fin a la
guerra en un solo día y se restituiría a Europa la libertad de los
mares. Por lo menos, este proyecto, colmó del atrevimiento y del
arrojo, pero irrealizable, que su creador calificaba de nuevo
prodigio que suscitaría la admiración de las generaciones
venideras, tenía el mérito de aprovechar el invento de los globos
que habían hecho una infinidad de veces la prueba de su aptitud
voladora, mientras que Válgoma los conceptuaba inútiles y prefería
las cometas...
ALGO DE
RAZON SI TUVO
A pesar
de su insistencia y su fe inquebrantable (Valgoma expuso su tratadito
en varias librerías madrileñas y valencianas y puestos del Diario
para desengañar a aquellos que hacían fracasar su proyecto del
buque volante), ningún físico, ningún ingeniero, ni siquiera un
loco rematado se dejo llevar por sus extravagancias.
De
científico J. De Válgoma no tenía ni un ápice. Había creado su
teoría de la resistencia de las capas de aire para sostener un
cuerpo pesado sin tener en cuenta, en su ignorancia crasa, las leyes
de la gravedad. A partir de este cimiento falso, edificó toda su
visión imaginaria. Es una buena y divertida ilustración de la
imaginación desboca de ciertos proyectistas.
El
mundillo de los proyectistas que pretendían servir a la sociedad
con inventos chuscos y descabellados, en su mayoría quimeras del
todo irrealizables, ha suscitado siempre mofa y risas sarcásticas.
Quedan hoy algunas estampas caricaturescas que recuerdan aquellos
sueños futuristas utópicos. Semejantes creaciones nacen de la
curiosidad científica despertada por los nuevos inventos y la
capacidad imaginativa inagotable de la mente humana. Pero cuando las
técnicas siguen siendo todavía artesanales como en el siglo XVIII,
están condenadas al fracaso. Son construcciones intelectuales, la
expresión de los sueños que mezclan lo racional con lo irracional
y fantástico. Parecen obras de bromistas por su falta de lógica o
de realismo (artefactos demasiados complejos o ingenuamente
sencillos) cuando a veces su autor ha gastado reflexión, energías
y dinero para concretar sus ideas. Pero hoy, con el distanciamiento,
resultan más conmovedoras que estúpidas o ridículas. Y ocurre
también que, en medio de aquellos borrones futuristas, informes
concebidos por los proyectistas antes del siglo de loas maquinarias,
brillen unos rasgos de inspiración, una chispas geniales escapadas
de intuiciones fulgurantes que serán fuente de inspiración para
las generaciones siguientes.
 |
| Una
fiesta de toros en el aire, una crítica satírica de
la obsesión por las aventuras en globo. Imagen de la
Biblioteca Municipal, Madrid, 1784. |
Pidamos
perdón a Joseph de Válgoma por nuestras risas socarronas y
reconozcamos que, a pesar de su raciocinio erróneo y de sus
simplezas, tuvo él también dos chispas de genios cuando
pronóstico que para volar, era preciso estudiar el vuelo de ciertas
aves y cuando se interesó por las alas de los murciélagos. En
efecto, un siglo más tarde, estas dos ideas dominaban las
preocupaciones del piloto de ilustre memoria, Clemente Ader.
Obnubilado desde la niñez por el vuelo de las aves (buitres y
cigüeñas) y de los insectos, sobre todo de los abejorros, Ader
concibió una máquina bautizada "Eolo" que tenía la
forma de un inmenso murciélago, dotada de alas, cuya mecánica
intentaba remedar la de las aves y de un motor de vapor. El 9 de
octubre 1890, hizo su primer experimento, logrando sólo levantar
unos 10 cm. Su artilugio de 296 Kg. En un espacio de 50 m. No fue
más que un minivuelo, un saltito de pulga. Prosiguió en sus
ensayos con el "Eolo II" y en 1897, dio el nombre de
avión a la tercera máquina que construyó con alas de murciélago
como las dos anteriores. Avión procede, por cierto, de la palabra
latina "avis", ave, pero existe también una golondrina
zapadora o roquera que se denomina avión...
Resulta
extraño ver que se puede establecer una relación, aunque lejana,
entre el proyectista iluso que fue Joseph de Válgoma y el mecánico
Clemente Ader, primer aviador del mundo. (*)
(*)
Fuente: Versión parcial
de Paula Demerson, "El buque volante de Joseph de
Válgoma, en Revista Historia 16, número 242, junio
de 1996, Madrid.