|
EL PENSAMIENTO
DE LA REFORMA UNIVERSITARIA DE 1918
La reforma
universitaria de Rubén Darío a las vanguardias
Por Agustín García
Aramburu
|
Alumnos
de la Universidad de Córdoba, Argentina, festejan la
reforma universitaria de 1918. |
El
pensamiento de la reforma universitaria. De Rubén Darío a las
vanguardias, por
Agustín García Aramburu
Manifiesto
de la reforma universitaria de 1918
En 1918, en la Universidad de Córdoba,
en la provincia homónima de la Argentina, se produjo un célebre
movimiento de reforma universitaria. En parte de su manifiesto
fundacional se afirmaba: "Nuestro régimen universitario
-aún el más reciente- es anacrónico. Está fundado sobre una
especie de derecho divino; el derecho divino del profesorado
universitario. Se crea a sí mismo. En él nace y en él muere.
Mantiene un alejamiento olímpico. La federación universitaria
de Córdoba se alza para luchar contra este régimen y entiende
que en ello le va la vida. Reclama un gobierno estrictamente
democrático y sostiene que el demos universitario, la
soberanía, el derecho a darse el gobierno propio radica principalmente
en los estudiantes. El concepto de autoridad que corresponde
y acompaña a un director o a un maestro en un hogar de estudiantes
universitarios no puede apoyarse en la fuerza de disciplinas
extrañas a la sustancia misma de los estudios. La autoridad,
en un hogar de estudiantes, no se ejercita mandando, sino sugiriendo
y amando: enseñando".
En
este momento de Historia y simbolismo de Temakel presentamos
un capítulo de un investigación más amplia sobre la temática
que realiza actualmente Agustín García Aramburu. En su fecunda
investigación, Aramburu estudia las fuentes de la reforma, el
pensamiento que dimana de ella, y la obra de Deodoro Roca, gran
impulsor de la actitud reformista.
El
movimiento de reforma universitaria de 1918 es símbolo de los
momentos de rebelión y ruptura respecto a las tradiciones educativas
represivas y desinteresadas por el verdadero propósito de la
enseñanza que es la elevación intelectual y moral.
Aquí, además de la investigación de Aramburu, incluimos el histórico
manifiesto de la reforma universitaria gestado en la Universidad
de Córdoba en 1918.
E.I
EL PENSAMIENTO DE
LA REFORMA UNIVERSITARIA
La reforma
universitaria de Rubén Darío a las vanguardias
Por Agustín
García Aramburu
La
herencia
En relación al complejo proceso de construcción
de la identidad del pensamiento reformista habría que
remitirse a su herencia. "Ser quiere decir heredar -señala
Derrida- todas las cuestiones a propósito del ser o
de lo que hay que ser son cuestiones de herencia" (Derrida,
1995: 68). Y para encontrar el origen del legado que recibieron
los estudiantes cordobeses del '18, tal vez haya que remontarse
a tiempos lejanos. Sin embargo podríamos plantear un
punto inicial, un inicio tal vez un tanto arbitrario aunque
sí muy significativo para nuestra historia. Se trata
de la Revolución de Mayo.
La herencia de Mayo era reclamada por la nueva generación
que surgía recomponiendo los mismos gestos de aquellos
que alguna vez se reconocieron como jacobinos. Desde la cuasi
medieval universidad cordobesa se buscaba reivindicar esa
tradición que fue argentina y también continental.
Hay en ambos fenómenos históricos una misma
línea independentista; si Mariano Moreno se oponía
a la creencia de una potestad divina de la realeza, los reformistas
cordobeses del '18, denunciaban en su Manifiesto Liminar el
régimen de la Universidad de Córdoba basado
en "el derecho divino del profesorado cordobés".
"Yo me voy pero la cola que dejo es muy larga",
había dicho Mariano Moreno antes de morir. Evidentemente,
a pesar de su breve trayectoria, la descendencia morenista
ha sido sumamente extensa. Hablamos de Moreno y no de toda
la Junta porque, al igual que en el movimiento reformista,
había más de una corriente. Estaban los "inquietos",
denominados así por Cornelio Saavedra, y los conservadores.
Era en el primer grupo en donde se ubicaba Moreno junto a
Belgrano, Castelli y Monteagudo, entre otros. El grupo saavedrista
debido a su ideología conservadora "sólo
acertaba a ver en la Revolución una sustitución
de los funcionarios peninsulares por otros americanos"
(Ingenieros, 1915: 96), en cambio el morenismo tenía
una visión democrática y liberal de lo que era
la Revolución. Ellos fundaron en 1811 la Sociedad "Patriótica
y Literaria" -inspirada en los clubes jacobinos-; ese
mismo año crearon el "Club Juvenil". Allí
participaba gente joven, divulgaban los principios revolucionarios
y difundían La Gaceta, órgano de prensa creado
por Moreno para propagar la Revolución.
De la "Sociedad Literaria" surgieron varios jóvenes
que luego inspiraron otras sociedades literarias y políticas
que cumplieron una muy importante función renovadora.
La que más trascendió fue la "Asociación
de Jóvenes" en 1837 que diera al país la
valiosa Generación del '37 capitaneada por Esteban
Echeverría. El 23 de junio de ese año, Echeverría
leyó las Palabras simbólicas, similares a las
que constituyeran la Joven Italia, con el propósito
de instalar la Joven Argentina. Casi todo el contenido de
las Palabras, comenta Ricardo Rojas, se mueve en una atmósfera
de emoción juvenil, de fantasía desbordante,
de fe ingenua, de suerte que si la obra es endeble como filosofía
política, nadie podrá negar la elevación
de su ideal cívico generoso y romántico en extremo"
(Rojas, R., 1915: 114).
Como podemos advertir, la idea de juventud y de movimientos
juveniles no es privativa del siglo XX. En el continente americano
la predica hacia la juventud no comienza con el Ariel. "La
generación de Echeverría apoyaba el discurso
juvenilista,-plantea Gregorio Bermann- no sólo porque
estaban totalmente identificados con las ideas progresistas,
sino también porque la América toda es progresista
porque es joven" (Bermann, 1946: 103). En este grupo
rescatamos un elemento clave particular para el pensamiento
liberal romántico de la época: la reivindicación
de la democracia. Esto se puede observar en el apoyo entusiasta
que Echeverría le da a la Revolución que tuvo
lugar en Francia en 1848: "La democracia no es una forma
de gobierno, sino la esencia misma de todos los gobiernos
republicanos o instituidos por todos para el bien de la comunidad
o de la Asociación"(en Bermann, op.cit).
El fin de siglo también contó con un vigoroso
movimiento juvenil, y vale la pena rememorarlo. En 1889 un
grupo de jóvenes resolvieron organizarse en clubes
cívicos -similares a los de la Generación del
'37- en oposición al Gobierno de Juárez Celman.
La grave crisis económica, la conciencia de que la
prosperidad prometida era falsa y la corrupción administrativa,
pusieron en evidencia la impopularidad y la impotencia de
las autoridades mientras que crecía la adhesión
entusiasta de las masas y de la juventud en general por aquel
grupo de jóvenes adelantados. El descontento popular
desembocó en la famosa Revolución del Parque
de 1890, a partir del cual se constituiría ese mismo
año la Unión Cívica de la Juventud, luego
bautizada Unión Cívica Radical, al mando de
Leandro N. Alem e Hipólito Yrigoyen. Esa revuelta juvenil
sería el germen de la lucha por el sufragio universal
y contra el fraude en los comicios.
El pensamiento de la Reforma
Reconstruir el ideario reformista se torna una tarea compleja
en virtud de sus tan diversos y, en ciertos casos, contradictorios
antecedentes. Pero más difícil aún, es
intentar dar cuenta de su pensamiento a partir de las lecturas
que la Reforma produjo. Existieron todo tipo de interpretaciones
desde todo el arco ideológico, algunas elogiosas y
otras críticas.
Desde el comunismo se la calificó como pequeñoburguesía
en ascenso, desde el populismo nacionalista como "modernismo
aristocratizante, como reacción elitista y antidemocrática".
Por supuesto que desde el catolicismo reaccionario también
arreciaron las críticas. En 1917, la Revista Estudios,
de los jesuitas en Argentina, calificaba al universitario
como materialista y cientificista, "fruto del proceso
de secularización que arranca en la Revolución
Francesa y culmina a fines del siglo XIX" (en Biagini,
H., op.cit). Una vez sucedida la Reforma, desde la Revista
Criterio, Tomás Casares calificaba al reformismo como
sectario acusándolo de "acaparar y envenenar un
problema universitario, cuidándose muy poco de las
cuestiones universitarias y de los asuntos culturales (...)
Trató de incorporar los claustros universitarios a
una determinada política social, o mejor dicho antisocial,
pues todos los socialismos son específicamente gérmenes
de disolución en cuanto doctrinas de odio (luchas de
clases) y nidos de violencia (revolución social)"
(Casares, T., 1928: 48). Esta opinión reflejaba la
muy fuerte ideología conservadora que lejos de entrar
en retroceso se fortalecía a finales de la década
del 20 con el ocaso del gobierno irigoyenista.
También existieron las lecturas oficialistas que intentaron
subsumir a la Reforma en una variante pedagógica del
avance de los partidos populares en América Latina.
Esto puede verse claramente en el caso argentino con el radicalismo
y en el peruano con el aprismo. Desde el poder se intentó,
y no podemos decir que existió un rotundo fracaso,
darle un barniz liberal progresista que diera cuenta de una
tímida modernización de los estudios superiores
soslayando la lucha de fondo que tenía más que
ver con el antiimperialismo y la constitución de un
ideario panamericanista. Lo que hicieron los partidos políticos
fue usar al movimiento reformista para desplazar a sus enemigos
internos que se habían abroquelado en las universidades
como último bastión.
La dificultad en definir un panorama claro no termina aquí.
En el interior del movimiento también existieron diferencias,
lo que acentuó su heterogeneidad. Esta realidad intentó
ser utilizada por sus detractores para quitarle contenido
ideológico al movimiento. Pero la diversidad de ideas,
más que llevarla hacia un vacío ideológico,
da cuenta de una pluralidad que le permitió importantes
consenso y legitimidad como para poder permanecer en el país
y extenderse por todo el continente.
Desde el punto de vista ideológico, se presentaron
en el movimiento tendencias moderadas que convivían
con otras más radicalizadas, había unas que
estaban focalizadas sólo en la problemática
nacional y otras que propiciaban el americanismo; desde el
punto de vista político se movieron entre un liberalismo
socializante y un incipiente marxismo que estaba llegando
al país a partir de la Revolución Rusa. Si bien
una tendencia como el fascismo, en boga durante principios
de los '20, no tuvo un lugar en las filas reformistas, muchos
de sus protagonistas fueron mutando hacia posiciones reaccionarias,
quizás atraídas por el influjo de la Marcha
sobre Roma de 1922.
Gregorio Bermann intentó clasificar los matices en
los que se podría encuadrar teóricamente la
ideología reformista. Según este autor, habrían
al menos seis posiciones: la primera, la teoría de
la nueva generación americana, representada por Julio
V. González y José Ortega y Gasset; la segunda
está relacionada a las interpretaciones idealistas
sostenidas, entre otros, por Carlos Cossio, Adolfo Korn Villafañe
y Homero Guglielmini; la tercera, la corriente que pretendió
limitar la Reforma al campo docente y cultural, posición
sostenida por Sebastián Soler, Germán Arciniegas
y, parcialmente, Saúl Taborda; la cuarta, la corriente
de izquierda sectaria en donde se incluye al segundo grupo
Insurrexit de los años 30, en el que militaban Héctor
P. Agosti, Paulino González Alberdi y Ernesto Sábato;
la quinta es el punto de vista aprista, representado por Haya
de la Torre; y la última, la interpretación
dialéctica sostenida por José C. Mariátegui,
Julio A. Mella y Aníbal Ponce.
La teoría de la nueva generación fue sostenida
por Julio V. González siguiendo de cerca a Ortega y
Gasset. Esta teoría, que fue la dominante hasta la
década del 30, explicaba en buena parte el fenómeno
reformista del 18 queriendo justificar la irrupción
de una juventud renovadora que no se identificaba con las
estructuras anquilosadas de la Universidad y del país.
Alberto Ciria y Horacio Sanguinetti reconocen en Los reformistas
(1968) que esta postura recibió críticas contra
cierta actitud teñida de un idealismo alemán
al que Ortega adscribía. Entre las distintas personalidades
que alzaron su voz contra esta teoría figuran Arturo
Orgaz, Jorge May Zubiría, y Héctor Raurich.
La perspectiva de González, hijo de Joaquín
V. González, la más eminente figura intelectual
de la Generación del 80, intentaba superar aquellas
inspiraciones helenizantes frecuentes entre sus camaradas.
El iba a buscar para la Reforma claves bien contemporáneas:
la Guerra, la Revolución Rusa, el ascenso del radicalismo.
Su propósito era que la nueva generación reparara
la traición que la generación de su padre le
había efectuado a la generación de Echeverría
y Alberdi, por esto él la llamó "la generación
reconstructiva".
Esta suerte de diálogo generacional desarrollado en
Reflexiones de un argentino de la nueva generación
(1931) retomaba su propuesta generacional con dos objetivos
que Halperín Donghi explica claramente: una gran reforma
social en un marco de democracia política, objetivo
que veinticinco años antes su padre había pronunciado
en nombre de la vieja generación, y la equiparación
del radicalismo en el poder con el conservadurismo del que
fue cómplice su padre. Para González, en 1918
se cerraba un ciclo histórico y social que cumplía
su misión desvinculada del medio en la que actuaba.
No negaba la importancia de la anterior, los consideraba "grandes
maestros que desarrollaron con ilustración los principios
que los constituyentes del '53 les legaran con las Constitución
Nacional "(en Portantiero, 1978: 342). La misión
de esta nueva generación quedaría explicitada
en Principios y fundamentos de la Reforma Universitaria (1930):
"No venimos a negar la obra realizada precedentemente
(...) Venimos a cerrar un ciclo, a liquidar hombres y hechos
de una época, a proclamar la extinción de una
generación que ha cumplido su labor (...) A la inversa
de la generación del 80, no venimos a desarrollar una
labor de inspiración personal, sino a interpretar las
necesidades, aspiraciones y sentimientos colectivos propios
de una conciencia nacional en formación" (en Bermann,
op. cit: 193)
La segunda posición, la de las interpretaciones idealistas,
fue desarrollada por Carlos Cossio en su obra La Reforma Universitaria
(1923). Allí caracteriza a la Reforma como "la
repercusión del idealismo histórico en la Universidad
argentina" (en Bermann, op.cit: 195). Cossio recogió
la tesis de Adolfo Korn Villafañe quien fue partícipe
de los primeros movimientos estudiantiles universitarios predecesores
del reformismo. Este señalaba la necesidad de fundar
una "aristocracia de la conducta en contraposición
a la 'aristocracia feudal' que regía en las universidades".
Otro de los referentes de esta corriente fue Homero Guglielmini,
quien años más tarde mutó al fascismo.
El creía que "la nueva era universitaria argentina
se caracterizará por una formación enérgica
de los valores espirituales en el sentido de absoluta autonomía
frente a la ciencia natural, tal como lo practica la filosofía
contemporánea"(en Bermann, op.cit:196). Hay en
esta corriente una idea de una "transformación
desde arriba", porque el cambio se genera en el plano
de las ideas, esto podemos observarlo en los discursos de
Lugones, "bajándole línea" al presidente.
El intelectual es visto como el protagonista de este modelo
por su especificidad y por su práctica, el intelectual
es el que gestaría estas nuevas ideas y estos nuevos
modelos que luego serían desarrollados por las masas.
La tercera corriente intentaba limitar la Reforma a los aspectos
docente y cultural. Sebastián Soler criticaba a la
vieja universidad y establecía que el fin de la Reforma
fue su democratización y el mejoramiento de su enseñanza
incluyendo un interés por la extensión universitaria.
Sin embargo este interés extensionista implicaba ampliar
los límites de una reforma pedagógica y cultural.
La extensión universitaria, como lo plantea Dora Barrancos,
manifiesta un "modo operativo de llevar la Universidad
al pueblo (...) es pues una raíz - y no secundaria-
de ésta (...)" (Barrancos, D., 1993: 13). La extensión,
según la mirada de Soler, sería una adaptación
de la vida cultural universitaria a las necesidades vigentes
de la sociedad; esto implicaría desconocer que la democratización
del saber excede las demandas universitarias y se constituye
como un "bien social"; el concepto no implica solamente
una transferencia de conocimiento, sino que propone una "simbiosis"
entre la institución y la sociedad. Y aunque, las propuestas
extensionistas no fueron el logro más rotundo del movimiento
- los programas de extensión empezaron con mucho ímpetu
pero al año se debilitaron hasta desaparecer- , sin
estas concepciones resultaría ilusorio pensar en una
Reforma Universitaria, ya que el apoyo popular resultó
decisivo para el éxito de este movimiento.
Germán Arciniegas incurre en un punto de vista similar
al de Soler. En La Universidad Colombiana (1936) establece
que estudiantes y docentes fueron víctimas de una institución
equivocada y que las revoluciones universitarias latinoamericanas
evidenciaron la necesidad de un cambio absoluto en su orientación.
La tesis de Arciniegas plantea que desde la Universidad pueden
resolverse los problemas de la nacionalidad, invirtiendo el
la dependencia original (Estado - Universidad). Esta original
inversión de los términos, según Bermann,
"no logra desvanecer la endeblez de su tesis". Porque
lo que aterraba a Arciniegas era la politización del
movimiento, pensando que se desvirtuaría "la genuina
esencia nacional de la causa" (en Portantiero, 1978:
338); y para que ello no sucediera debían desvincularse
de la cuestión universitaria todos aquellos elementos
que no fueran estrictamente universitarios.
Otro de los referentes de esta corriente fue Saúl Taborda,
que puso el acento reformista en los aspectos formativo y
cultural, sobre todo en sus Investigaciones Pedagógicas
(1951). Allí califica a la Reforma como una "insurrección
juvenil contra el intelectualismo de la peor calidad"
(en Ciria, A.y Sanguinetti, H., 1968: 290). Tal vez seductora
para la intelectualidad de la época, esta posición
desvía la atención del papel revolucionario
del movimiento juvenil.
El "sectarismo de izquierda" es otra de las corrientes
que Bermann señala en su clasificación. Este
grupo consideraba a las luchas estudiantiles como inútiles
sino acompañaban una revolución socialista.
Insurrexit era el grupo representativo de esta tendencia.
Es importante distinguir entre la primera Insurrexit (1920-1921),
un grupo universitario que editó una revista independiente,
de cuño marxista libertario, con la segunda Insurrexit
(1933-1935). A este último grupo, cuyo nombre y parte
de su programa se inspira en aquella primera experiencia,
es al que se refiere Bermann en su clasificación
En el quinceavo aniversario de la Reforma (1933), Insurrexit
publicó un documento titulado "15 años
de derrotas bajo el signo de la Reforma". La crítica
apuntaba a cierta indiferencia que el reformismo tuvo con
la barricada revolucionaria lo que condujo a la derrota del
movimiento: "Hoy la enseñanza es tan mala y dogmática
como ayer", decían en su editorial. Esta agrupación
tuvo una corta duración, a dos años de constituirse,
con el advenimiento de Hitler al poder en 1935, muchos de
sus integrantes se dirigieron a participar en el interior
de las vanguardias políticas de los frentes populares.
Sin embargo, Horacio Sanguinetti plantea que esta corriente
mantuvo una constante subordinación a los dictámenes
internacionales del Partido Comunista de la URSS; y en ocasión
del Pacto Ribbentrop-Molotov, esta corriente "estaba
totalmente encantada con Alemania" (ver Anexo).
Es interesante mencionar el dato aportado por Héctor
Agosti (1975) en cuanto a la relación de Aníbal
Ponce con Insurrexit, dato que no se contrasta con el estudio
desarrollado por Ciria y Sanguinetti. Lo que Agosti plantea
es que, a pesar de sus propios errores y los que se le acumularon
provenientes del comunismo internacional, ellos cumplieron
con una tarea efectiva de liberación, y compartieron,
en lo esencial, con Aníbal Ponce sus criterios ideológicos.
El punto de vista aprista es la quinta posición que
Bermann menciona en su mapa clasificación del pensamiento
reformista. Víctor R. Haya de la Torre fue el principal
sostenedor de esta visión sobre la Reforma. El afirmaba
que este movimiento estudiantil diseminado por toda Latinoamérica
estaba determinado por dos causas fundamentales: la intensificación
del imperialismo, que destruía las pequeñas
industrias, el pequeño comercio y la pequeña
agricultura, y el "estado mental agrario", que estaba
en un tránsito hacia una "mentalidad burguesa".
La primera determinación estaba relacionada a la situación
de la clase media que él consideraba que sufría
el antiimperialismo en mayor medida que la clase obrera o
el campesinado. En disidencia con lo planteado por Insurrexit,
Haya de la Torre reivindicaba el papel de las clases medias
en movimientos como el reformista porque se enfrentaba contra
las clases latifundistas por su propio porvenir, en cierta
medida estos sectores pueden encauzar las corrientes antiimperialistas
porque poseen cuadros intelectuales capaces de identificar
con claridad el problema y señalar los rumbos para
afrontarlo.
En relación al tránsito hacia una "mentalidad
burguesa", Haya señala que la Reforma es el primer
movimiento genuinamente liberal que ha tenido América,
porque el liberalismo imperante en el siglo XIX había
sido transplantado desde Europa. La Reforma aportaba un liberalismo
establecido en los anhelos e inquietudes sociales de la época.
Por eso la doctrina del APRA (Alianza Popular Revolucionaria
Americana), partido político peruano surgido a partir
de la Reforma y conducido en sus orígenes por él
mismo, planteaba una alianza entre trabajadores manuales e
intelectuales con una propuesta de acción antiimperialista,
unidad latinoamericana, nacionalización de las tierras
y solidaridad con todos los pueblos y clases oprimidas del
mundo. La particularidad de este punto de vista, que lo diferencia
de otros como el de Insurrexit, es su tendencia de clase media
que se proponía rescatar, en cuanto a la Reforma se
refiere, al país y a las universidades del imperialismo
aliado a la oligarquía.
El último punto del mapa ideológico reformista
que nos propone Bermann es la interpretación dialéctica
que sostuvieron Julio A. Mella, José C. Mariátegui
y Aníbal Ponce. Los tres señalaron que el movimiento
cordobés de 1918 inauguró el nacimiento de una
nueva generación latinoamericana, pero no como la había
pensado Julio V. González, no como una generación
que reconstruye una herencia pasada, sino como la elaboración
de las nuevas líneas de lucha dentro de un profundo
y pleno conocimiento de la realidad americana. En esa lucha
participaban las clases medias, que como el aprismo no las
subestimaron ya que aportaron en la difusión de avanzadas
ideas sociales, pero ese conocimiento ellos consideraban que
debía estar puesto al servicio del proletariado para
transmitirle una dirección intelectual. Tanto Mella,
Ponce como Mariátegui reclamaron para el proletariado
una hegemonía en la lucha libertadora.
La interpretación que este grupo realizó sobre
la Reforma es dialéctica porque encuentra su justificación
en la filosofía materialista dialéctica de Marx.
En la Crítica a la Filosofía del Derecho de
Hegel, Marx plantea que del mismo modo que la filosofía
encontró en el proletariado sus armas materiales, el
proletariado encuentra en la filosofía sus armas intelectuales.
En este punto radica la trascendencia de la Reforma que estos
tres intelectuales supieron advertir, es por esto que nunca
le restaron importancia a las luchas estudiantiles.
Como ya lo afirmáramos, el valor de esta postura estuvo
en el cubano Mella y en el peruano Mariátegui, quienes
junto a Ponce serán reconocidos por la historia entre
los precursores del marxismo en América Latina; de
ellos nos ocuparemos en los capítulos siguientes, pero
en este, nos proponemos ahondar en Ponce por haber sido una
personalidad de altísima relevancia en el interior
del movimiento reformista argentino y de la cultura nacional
en general.
Aníbal Ponce había sido, según palabras
pronunciadas por Deodoro Roca en su discurso "En memoria
de Aníbal Ponce", "el mejor dotado y el mejor
realizado de las últimas generaciones actuantes de
la Argentina". Discípulo directo de José
Ingenieros, codirigió con él desde 1923 la Revista
de Filosofía, haciéndose cargo de la dirección
desde la muerte de Ingenieros en 1925 hasta la desaparición
de la Revista en 1929. Además fue colaborador de Nosotros,
Renovación, El Hogar, y Revista de Criminología
, Psiquiatría y Medicina Legal. Ciria y Sanguinetti
(1968) señalan que rechazó sistemáticamente
tentadoras ofertas de La Nación indignado porque ese
diario había sancionado a Alberto Gerchunoff por un
artículo en donde ponía en duda la virginidad
de María.
Había en Ponce una ratificación del pensamiento
de Mayo que lo motivó a meditar sobre los problemas
de la nacionalidad y sobre los rumbos que debería tomar.
El consideraba que su generación fue heredera de la
de Mayo, "un pensamiento que renovó en esta parte
de América la profunda convulsión política
y social, económica y filosófica que intentaba
sustituir el derecho divino por la soberanía popular
y el privilegio feudal por la justicia social" (Ponce,
1928: 76).
Como en todo el itinerario que hemos trazado para la Reforma,
el camino intelectual de Ponce continúa también
con la generación del 80 a quien admiró y dedicó
su obra que él mismo prefirió sobre todas: La
vejez de Sarmiento (1927). Allí retrata, además
de a Sarmiento, a los referentes intelectuales de esa época:
Amadeo Jacques, Nicolás Avellaneda, Lucio Mansilla,
Eduardo Wilde, Lucio V. López y Miguel Cané.
Se revela allí la afinidad del autor con el pensamiento
liberal del 80 y su devoción por aquellos hombres pero
les reprocha el "no haber aprehendido el significado
profundamente humano del movimiento socialista" (Ponce,
1958: 9). Precisamente el marxismo, al que llegó en
tránsito del positivismo, sería el instrumento
que encontró para conocer e interpretar la realidad
de su época. Esta evocación del proyecto ochentista
perdurará en el pensamiento comunista nacional asumiendo
que su misión histórica proviene del Renacimiento
y de la Ilustración, antes llevada a cabo por la burguesía
y -ante su fracaso- retomada por la clase obrera.
En "Un examen de conciencia" (1928) empieza a vislumbrar
los "deberes de la inteligencia" como compromiso
del intelectual con el mundo y, en especial, con las clases
revolucionarias. El era consciente de lo importante que era
dar claras muestras de que la inteligencia era una fuerza
dentro de ese inmenso ejército encabezado por la clase
obrera. Para Ponce, el compromiso del intelectual debía
estar acompañado de una severidad en el método
y de una valentía de escribir.
"No se es defensor legítimo de la Reforma cuando
no se ocupa al mismo tiempo un lugar de combate en las izquierdas
de la política mundial" (en Agosti, 1974: 85),
dijo a los estudiantes que lo escuchaban en La Plata. Es por
esto que soñó para la Reforma un paso adelante
más, una radicalización aún mayor de
sus acciones que supere "las enseñanzas del novecentismo,
la nueva sensibilidad, la ruptura de las generaciones que
no eran más que vaguedades que lo mismo podían
servir -como quedó demostrado- a un liberalismo discreto
que a una derecha complaciente" (en Ciria y Sanguinetti,
1968: 351)
Debía, entonces, la Reforma aprovechar las lecciones
de la Historia. La Guerra europea había planteado los
problemas de la sociedad capitalista; existían sólo
dos extremos: o burgueses o proletarios. La Reforma no podía
ser indiferente a ese planteo y definirse por una posición
clara. "La Reforma dentro de la Universidad no puede
ser más que un aspecto de esa otra transformación
que está echando abajo las columnas de la sociedad
en que vivimos" dijo Ponce en aquella conferencia en
La Plata (ibid.). Su propósito, para la Reforma, no
fue la conquista de un nuevo estatuto, más bien la
consideraba un instrumento subalterno "ante la soberana
belleza de la misión: preparar desde la cátedra,
el advenimiento triunfante de la democracia proletaria"
(ibid).
Sin embargo, su sueño sería pesadilla a partir
de la sucesión de golpes militares que sufrió
el país a partir del '30, tras la belle epoque cultural
y económica de los '20. Desde entonces, debió
reconstruir su trayectoria, trabajando junto al movimiento
estudiantil en la conciencia de que la transformación
universitaria implicaba necesariamente una transformación
social. Su relación con la elite intelectual en los
'20 existió y lo demostraremos a lo largo de los siguientes
capítulos; pero su objetivo, a partir del golpe de
Uriburu y deseperado por la liviandad intelectual del proyecto
cultural que el contribuyó a construir en sus inicios,
fue transitar el camino de la lucha, aún a costa de
rechazar a sus idolatrados referentes del 80.
Deodoro Roca: el reformista iconoclasta
Resulta sorprendente que Bermann siendo tan amigo de Deodoro
Roca no lo haya incluido en el mapa ideológico reformista.
Más allá de que la voz de Deodoro fuera la más
representativa de la Reforma -"lo que decía Deodoro
era la Reforma", afirma Sanguinetti-, la explicación
la aporta Néstor Kohan, quien afirma que al ser su
pensamiento tan transversal y al tomar elementos de una y
otra corriente, no se lo puede encasillar en ninguna clasificación
en particular.
Podría decirse que compartió la interpretación
dialéctica junto a Ponce y Mariátegui, aunque
nunca abandonó su mirada idealista inspirada en su
admirado Rodó. Ponce y Deodoro, como lo sostiene Kohan,
"compartían más de una tesis en relación
con el humanismo marxista (...) El límite entre ambos
estaba dado por el tipo de 'contaminación' que cada
uno estaba dispuesto a adoptar para el marxismo: más
ligada al racionalismo cientificista dieciochesco Ponce, más
cercana a la crítica romántico libertaria de
la modernidad capitalista Roca" (Kohan, 1999: 48). También
disentían en cuanto a la adscripción de ciertos
referentes intelectuales de la época como Freud y Nietzsche.
El primero había sido rechazado por Ponce en su obra
La divertida estética de Freud, en cambio Deodoro consideraba
que: "Freud ha desbordado los cauces médicos y
es ya una corriente mundial cuya deuda se expresa en la literatura
y en el arte modernos" (en Kohan, op.cit.). En cuanto
a Nietzsche, la adscripción de Roca era fervorosa,
al igual que la de Mariátegui; en "Nietzsche en
Italia" había expresado que "en los manuscritos
de Zaratustra (...) están los gérmenes de la
rebeldía actual" (Roca, 1945: 99); en cambio Ponce
lo objetaba por su filiación germánica.
Tampoco sería erróneo ubicarlo dentro de la
mirada generacional que desarrollara Julio V. González,
queda claro que él no se resistió a tenerla.
Pero la distancia entre Roca y González radicaba en
la precisión que cada uno tenía para definir
el problema de la nueva generación. Mientras que para
Deodoro el tradicionalismo católico, que todavía
conservaba una presencia significativa en Córdoba,
continuaba siendo el enemigo más temible; para González
lo que había que superar era la tradición positivista
que, a su entender, era la que encarnaba el antiguo régimen.
Del punto de vista aprista compartió su visión
antiimperialista. Un antiimperialismo que reconoce la herencia
de Darío -especialmente Cantos de vida y esperanza
(1905) en donde se incluye su "Oda a Roosevelt"-,
Rodó, Martí, Vasconcelos e Ingenieros. Kohan
(op.cit) resume los tres ejes en donde se fue articulando
su antiimperialismo, ellos son: "como dato cultural crítico
del 'materialismo' y el 'utilitarismo', como cuestionamiento
del expansionismo territorial norteamericano y, finalmente,
como categoría política y económico-social
de alcance general". Estos tres ejes se asemejan a los
propuestos en la constitución del APRA, pero la discrepancia
radicaba en la falta de voluntad de Deodoro de encauzar la
lucha estudiantil dentro de un partido político. El
radicalismo, sin duda, había ayudado a asegurar el
éxito reformista y eso generó numerosas adhesiones
entre los cuadros estudiantiles, pero Deodoro jamás
se afilió a la UCR, su participación política
fue breve en el Partido Socialista, siendo candidato a la
Intendencia Municipal de la Ciudad de Córdoba y perdiendo
contra el Partido Demócrata. Lo que sí podemos
constatar en Deodoro es su furia antiradical, sobre todo durante
el yrigoyenismo, que se puede observar en el prólogo
a El último caudillo de Carlos Sánchez Viamonte,
una de las diatribas más feroces que se hicieran contra
Yrigoyen.
De la corriente de izquierda encolumnada en Insurrexit lo
distanció, más que nada, la valoración
negativa que ellos tuvieron del movimiento. Sin embargo, Roca
fue un hombre muy abierto a la doctrina marxista, una doctrina
que se hizo mucho más influyente en él a partir
de la Revolución Rusa. Marx fue uno de los autores
más importantes en el programa de Filosofía
General, materia de la que se hizo cargo, y cuyo contenido
cambió radicalmente, en la Universidad de Córdoba
a partir de 1919. Queda expreso en sus artículos que
la lucha social que preconizaron los Insurrexit no le fue
ajena en absoluto. Esto puede observarse en las numerosas
expresiones y categorías empleadas en sus análisis
provenientes del léxico marxista: "explotación
del hombre por el hombre", "clase dominante",
"capital financiero", etc. Pero en sus artículos
de análisis de la doctrina marxista es en donde mejor
se refleja su postura ideológica; en "Marxismo
y anarquismo", en ocasión del comentario de Las
cuestiones fundamentales del marxismo del teórico ruso
Jorge Plejanov, él reconoce que la teoría marxista
"reposa en la filosofía de Spinoza después
de haber pasado por Feuerbach, es decir, en las filosofías
materialistas". Para Deodoro el aporte de Feuerbach a
la teoría spinoziana logra salvar sus errores para
fundamentar su humanismo, que obtiene una síntesis
en la teoría marxista.
Sí podemos plantear una imposibilidad de establecer
acuerdos entre el recorrido de Deodoro Roca con aquella corriente
que pretendía limitar la Reforma sólo al campo
docente y cultural. En un discurso pronunciado en un mitín
estudiantil en junio de 1932, Roca dejaba en claro su disconformidad
con el curso que estaba tomando el movimiento frente al golpe
de Uriburu. Los estudiantes no parecían los mismos
que los que catorce años antes habían tomado
por asalto la Universidad más tradicional del país;
lo que imperaba en ese momento, y que a Deodoro irritaba,
era el predominio de la disciplina por sobre todas las cosas
que se oponía al sentido de totalidad que alentó
el programa reformista en sus inicios. "La Reforma Universitaria
-decía Roca en ese discurso- es el hombre actual en
todos los campos" (en Sanguinetti, H. op.cit.: 126).
Contundentes palabras para definir el radio de acción
del movimiento; pretender limitarla en los límites
institucionales era mutilarla.
Con respecto a la corriente que resta, las interpretaciones
idealistas, podríamos afirmar que Deodoro Roca adhirió
a ella pero con ciertas reticencias. Existían distintas
concepciones de "idealismo" entre Roca y los defensores
de aquella corriente. Mientras estos priorizaban un "ideal",
un "lema", un objetivo a conseguir configurado por
la elite intelectual. En cambio, el idealismo deodórico
se articulaba con el materialismo marxista y con la tradición
romántica, por lo que consideraba central "la
conquista de la Cultura" para la acción del proletariado.
Esta articulación entre socialismo e idealismo romántico
también podemos observarla en la escritura del Manifiesto
Liminar de 1918 en donde pueden leerse todas las claves modernistas
que Deodoro y la generación reformista fueron recibiendo.
Pero, en definitiva, resulta útil el dato aportado
por Sanguinetti, acerca de la real significación de
este corriente. Lo que él afirma es que éstos
no tuvieron ninguna importancia en la Reforma, "fue un
exabrupto fugaz y fueron barridos rápidamente (...)
Deodoro los desdeñaba (...) les tomaba el pelo por
querer hacer la capital en Belén en Catamarca"
(ver Anexo).
El Manifiesto Liminar es el escrito que con mayor claridad
refleja la influencia del modernismo en la Reforma Universitaria.
El texto reformista se estructura de una manera similar a
la del surgimiento del modernismo a fines del siglo XIX; como
lo plantean Carlos Mangone y Jorge Warley (1992), el Manifiesto
surge con "una ruptura violenta dentro de una tarea fundacional,
transgresión que no proviene de un desarrollo argumental
extenso sino de una violenta negación y oposición
de la idea adversaria y, dialécticamente, entonces,
la afirmación de la propia" (Mangone, C y Warley,
J, 1992: 38). Esta declaración de principios se plantea
como objetivo prioritario una serie de prédicas negativas
que tienen un correlato en un campo positivo que encuentra
sus valores en la ideología modernista. En el campo
positivo se encuentran "los hombres libres", la
"revolución", "la hora americana",
"la juventud". Del otro lado está "la
vergüenza", "los dolores", "los decadentes".
Pero si bien la influencia que Deodoro Roca recibió
del modernismo se remonta a los grandes maestros de ese movimiento
como Darío, Martí, Vasconcelos y, en especial
Rodó, quien con su Ariel obra como una verdadera antesala
del Manifiesto; la autoridad que él invoca dentro de
la lucha universitaria es la de Lugones y Rojas de donde surgen
ciertas apelaciones a la democracia con algunas reticencias.
"La tarea de la democracia no consiste en crear el mito
del pueblo como entidad tumultuaria y omnipotente (...) y
si ella ha asegurado la igualdad de derechos para lo que los
hombres tienen de igual, hay ahora urgencia en legislar, en
legitimar lo que hay de desigual entre los hombres" (en
Roca, D.,1945: 105). La democracia que objetaba Deodoro, que
no daba cuenta de lo desigual que hay entre los hombres, en
última instancia, termina justificando la "tiranía
de clase" y perpetuando todas las desigualdades; esta
tiranía fue para él la responsable última
de todas las insuficiencias de la Universidad.
Ya en 1920, una vez que comprobó que los males de la
Universidad eran también los males de la sociedad,
su perspectiva se abrió hacia la ideología de
posguerra y, dentro del contexto nacional, al conflicto de
clases que invadió la escena pública. Y es entonces
que abandonó la legitimidad que le brindaban Rojas
y Lugones y la reemplazó por la de Eugenio D'ors, Georg
Nicolai y Lunatchartsky, "bajo cuya inspiración
ubica el reclamo para la sociedad del derecho absoluto de
formar a las nuevas generaciones"(Halperín Donghi,
T., op.cit.: 106).
Estas personalidades eran los sabios maestros a quienes Roca
soñaba como inspiración para las universidades
argentinas. De hecho, él mismo solicito al Consejo
Directivo de la Facultad de Filosofía de la Universidad
de Córdoba que invitara a D'ors a dar unas conferencias,
visita que tuvo lugar el 9 de agosto de 1921. Eugenio D'ors
fue el referente intelectual de la generación modernista
española que por la década del '20 tenía
incluso más relevancia que Ortega y Gasset. Esa generación,
también llamada "del '98" tuvo el rol histórico
de revisar los valores culturales de España que había
sido alcanzada, como ningún otro país, por la
decadencia de Europa en el siglo XIX. Roca, en el discurso
de presentación de su "Curso americano sobre Introducción
a la Filosofía", había proclamado: "Discípulos
atentos, interlocutores si queréis, en la pura hermandad
que nos habéis concedido, se colmarán las pupilas
con la visión amanecida de vuestro orgulloso Universo.
Mientras tanto, es bueno que se sepa -y así lo entendimos
desde un principio y con nosotros la juventud de la Reforma-
que no hemos llamado aisladamente al filósofo, al escritor
o al fundador, sino al hombre concreto que a todos ellos anima:
al filósofo del Hombre que Trabaja y que Juega, a 'Xenius'
el glosador, y a Eugenio D'ors el héroe de la civilidad
catalana. Los tiempos reclaman hombres completos" (en
Sanguinetti, H., 2003: 108)
Otro visitante de la Universidad de Córdoba fue Georg
Nicolai, radicado en la provincia desde años atrás.
Estas personalidades sirven de impulso para reclamar desde
la Universidad el derecho a formar a las nuevas generaciones
y a la vez promovieron la reorientación del movimiento,
que originariamente se circunscribió a los límites
institucionales, hacia la sociedad que estaba haciéndose
eco de su discurso y de su accionar. Había, entonces,
una búsqueda de un futuro para el movimiento reformista
que postulaba la denuncia de un presente fragmentado. El futuro
prometía el recupero de la integridad, pero como lo
señala Halperín Donghi, "en la visión
de Deodoro Roca el fututo irradia una luminosidad tan intensa
que es imposible columbrar las líneas de su perfil"
(2003: 107).
Es por esto que hasta su temprana muerte en el ideario reformista,
influido directamente por la impronta deodórica, podían
convivir el giro revolucionario con las estilizaciones arielistas.
Ya fallecido Roca, este tipo de estilizaciones se hicieron
menos frecuentes, hasta que en el marco de la posguerra, el
pensamiento intelectual y la lucha física remitieron
menos al modelo de la Grecia clásica que a una realidad
contemporánea. Tampoco el movimiento reformista le
dedicó una nostalgia al modelo helénico en su
aspiración de transformar la sociedad y política
contemporáneas, que difícilmente podían
encontrar vías de canalización en el mundo clásico.
La dificultad señalada por Halperín en cuanto
a esbozar su perfil tiene que ver, por cierto, con esa espectacular
avidez de Deodoro por abarcar todos los campos. Además
de líder e ideólogo del movimiento reformista
argentino y latinoamericano, Roca fue un notable abogado en
su provincia, un erudito filósofo y, aunque sin ser
un profesional, un comprometido periodista.
De esta última faceta podemos destacar, como aseguró
el diario Crítica en la necrológica a Deodoro,
que "ninguna publicación cordobesa -no tan sólo
las universitarias, sino los órganos de prensa propiamente
dichos-, apareció en Córdoba en los últimos
veinte años sin que Deodoro Roca no tuviera algo que
ver en ello" (en Sanguinetti, H., op.cit.: 54). Durante
el período en que él vivió hubo cuatro
proyectos periodísticos estables en Córdoba:
Los Principios, sostenido por la Iglesia Católica desde
su fundación en 1884; La Voz del Interior, proyecto
fundado por Silvestre Raymonda cercano al sector liberal cordobés
iniciado en 1904; El país, surgido en 1926 con una
filiación conservadora cercana al ala más liberal
del Partido Demócrata; y por último, el vespertino
Córdoba, aparecido por primera vez en 1928, regido
por José W. Agusti.
Menos en Los Principios, Deodoro Roca tuvo activa participación
en los otros tres diarios. La Voz fue la principal tribuna
para el pensamiento de Roca. Allí publicó cuanto
él quiso y el diario lo apoyó y le fue fiel
incluso pagando costos altos por la beligerancia deodórica.
En El país también tuvo una llegada plena, siendo
allí donde produjo la recordada galería de perlas
literarias, estéticas y filosóficas en la sección
"Las obras y los días", recordemos que en
por medio de ese diario fue que Deodoro entabló su
famosa polémica con Lugones. En Córdoba también
gozó de entrada libre.
Por el contrario, los diarios porteños ignoraron la
figura de Roca con la excepción de Crítica.
En ese diario tuvo el apoyo incondicional de los hermanos
González Tuñón y del propio Natalio Botana
quien lo interesó en un proyecto pensado a su medida:
se trataba de otra página, "El Sol", que
aspiraba a competir, sumando firmas de prestigio, con los
"rotograbados" de La Nación y de La Prensa,
pero el proyecto se convirtió en el único fracaso
de Botana por su alto costo.
Resulta curiosa la indiferencia que tuvieron las demás
publicaciones de la Capital hacia Deodoro Roca. Ni siquiera
las que podían ser más afines a su pensamiento,
como Nosotros o Martín Fierro requirieron en oportunidad
alguna su colaboración. Sólo al morir, La Nación
le dedicó una nota firmada por su sobrino Adolfo Mitre.
La articulación -trunca- entre Deodoro y revistas vanguardistas
metropolitanas, o si se quiere, la relación entre la
Reforma Universitaria y vanguardias literarias, será
un tema que retomaremos a lo largo de este trabajo, intentando
dar cuenta del fenómeno de recepción que tuvieron
estos movimientos de la década del '20 de la gesta
reformista.
Como editor la tarea de Roca fue fugaz pero muy fructífera.
Condujo dos publicaciones, Flecha, de la cual salieron diecisiete
números, entre 1935 y 1936, y Las Comunas, más
breve aún, con cuatro números entre 1939 y 1940.
Como lo señala Gregorio Bermann, "la diversidad
de firmas y temas que aparecen en los números de Flecha
testimonian la complejidad de los hechos y cuestiones que
estaban a la orden del día. Sus editoriales, redactados
por él, recogieron en sus líneas un trozo importante
de la historia argentina y mundial. En todos ellos hay un
permanente llamado de atención hacia la necesidad de
unir las fuerzas democráticas, necesidad que continúa
teniendo vigencia" (Bermann, 1957: 33). Las Comunas fue
fundada por Deodoro con una voluntad, que según el
escribió en su primera editorial, da cuenta de "un
programa mínimo de acción municipal en el cual
pueden coincidir tantos hombres de claro entender y buen proceder,
programa de acción municipal determinado por las aspiraciones
democráticas de la ciudad, del pueblo, o del villorio,
que son de todos y para todos (...)" (en Sanguinetti,
op.cit: 153). Estas dos publicaciones, tan disímiles,
dan cuenta de la voluntad deodórica de abarcarlo todo,
los grandes temas nacionales e internacionales, y también
los temas locales, la ecología (un adelantado para
la época) y el urbanismo; nada le resultaba indiferente.
Como lo venimos señalando, su actividad como escritor
fue muy productiva, pero nunca escribió un libro, a
pesar de que el público que lo admiraba se lo solicitó
reiteradamente. Sin embargo, luego de su muerte se han publicado
cinco libros que recopilan su obra. Estas cinco compilaciones
son Las obras y los días (Buenos Aires, Losada, 1945;
prólogo de Saúl Taborda), El díficil
tiempo nuevo (Buenos Aires, Lautaro, 1956; selección,
prólogo y notas de Gergorio Bermann y epílogo
de Enrique González Tuñón), Ciencias,
maestros y universidades (Buenos Aires, Perrot, 1959; selección
y notas de Horacio Sanguinetti y un poema de Rafael Alberti),
El drama social de la universidad (Córdoba, Eudecor;
selección y prólogo de Gregorio Bermann) y Prohibido
Prohibir (Buenos Aires, La Bastilla,1972; prólogo,
selección y notas de Horacio Sanguinetti, epílogo
de Rafael Alberti).
Esta incursión en la biografía de Deodoro Roca
la realizamos con el fin de dar cuenta del pensamiento del
ideólogo de la Reforma y de poner de manifiesto el
carácter transversal de su ideario, que atravesó
y contuvo a los distintos matices internos que tuvo el movimiento.
Pero la reivindicación de sus múltiples facetas,
más allá de exponer su riquísima personalidad,
aporta a la construcción de su faceta política,
que es la que nos convoca. Una faceta que se desarrolló
en un ambiente sembrado por el modernismo, que el absorbió
desde joven y que lo determinó en toda su vida. No
es, como Lugones, un "apólitico" politizado,
no es tampoco el Darío ausente de la cosa pública;
ese modernismo que él abrazó es el continente
para que Deodoro pudiera ser Deodoro. Un político que
es, además, un artista; como lo definió Taborda,
"un pensador hecho para las altas especulaciones y para
las grandes fiestas del espíritu que se prodigó
sin descanso en las tareas, desde las más humildes
a las más fundamentales, en instrumentar los órganos
populares que sirvieran a tales objetivos" (en Roca,
1945: 19). Apenas enumeraremos aquí algunas de sus
grandes gestas: en Córdoba fue uno de los conductores
de la Liga Antiimperialista, creando la filial de la Unión
Latinoamericana, que en 1924 fundaron José Ingenieros
y Alfredo Palacios; en 1935 escribió las bases del
Comité Pro Paz de América; fundó el Comité
Pro Exiliados y Presos Políticos y Sociales; participó
en la seccional del Comité contra el Racismo y el Antisemitismo,
y sobre todo en la Unión Democrática Española
y en el Comité de Ayuda a España Republicana.
También militó activamente en el campo de la
cultura intentando -y fracasando- crear la filial cordobesa
de la Agrupación de Intelectuales, Artistas, Periodistas
y Escritores, fundada en Buenos Aires por su amigo Ponce.
En definitiva, un racconto que no hace más que confirmar
su estirpe.
En función de nuestros objetivos, la figura de Roca
nos permite mantener presente la vinculación existente
entre lo "espiritual" y lo "político",
entre el ámbito académico y el literario, entre
el pensamiento revolucionario y la vanguardia. Y al mismo
tiempo, confirma la matriz que marcó toda una época:
la prioridad de la belleza de la forma por sobre los demás
conceptos, una matriz que la vemos en toda esta genealogía
que venimos rastreando, pero que en Deodoro se radicaliza
por una opción, nos aventuramos a decir, revolucionaria.
Hacia la constatación de nuestra hipótesis iremos
en los próximos capítulos, sobre todo a partir
del análisis de una figura clave como la de Mariátegui.
Sólo nos resta decir que Deodoro Roca simboliza un
punto clave, no sólo para la historia del reformismo,
sino también para la de nuestro siglo. En él
se reencuentran los ecos de todas las generaciones anteriores,
desde Mayo hasta su tiempo, y en él están los
augurios de un itinerario fundamental para comprender nuestra
historia más reciente. Un recorrido que, casualmente
o no, la historia oficial negó.
(*)
|

Deodoro
Roca, gran protagonista de la reforma universitaria. |
(*)
Fuente: Agustín
García Aramburu, "La reforma universitaria
de Rubén Darío a las vanguardias", capítulo 4 de tesis
de licenciatura en curso.
Bibliografía
Agosti,
Héctor, Aníbal Ponce, memoria y presencia,
Editorial Cartago, Buenos Aires, 1974.
Barrancos, Dora, "La extensión universitaria,
una raíz dormida de la Reforma", en Revista
Pensamiento Universitario, nro 1, Buenos Aires , noviembre
de 1993.
Bermann, Gregorio, "El difícil tiempo nuevo a
través de Deodoro Roca", en Cuadernos Americanos,
año XVI, México, enero de 1957.
Bermann Gregorio, Juventud de América, Losada,
Buenos Aires, 1946.
Biagini, Hugo, La Reforma Universitaria. Antecedentes y
consecuentes, Leviatán, Buenos Aires, 2000.
Ciria, Alberto y Sanguinetti, Horacio, Los reformistas,
Editorial Jorge Alvarez, Buenos Aires, 1968.
Del Mazo, Gabriel, Reforma Universitaria y cultura nacional,
Editorial Raigal, Buenos Aires, 1955.
Derrida, Jacques, Los espectros de Marx, Editorial
Trotta, Valladolid, 1995.
Casares, Tomás, "La Reforma Universitaria",
en Revista Criterio, nro16, Buenos Aires, junio de 1928.
González, Julio V., Reflexiones de un argentino
de la nueva generación, Buenos Aires, 1931.
Halperín Donghi, Vida y muerte de la República
verdadera (1910-1930), Ariel Historia, 2000.
Ingenieros, José, "El contenido filosófico
de la cultura", en Revista de Filosofía,
nro. 1, Buenos Aires, enerto de 1915.
Kohan, Néstor, Deodoro Roca, el hereje, Editorial
Biblos, Buenos Aires, 1999.
Mangone, Carlos y Warley, Jorge, El manifiesto. Un discurso
entre el arte y la política. Editorial Biblos,
Buenos Aires, 1992.
Ponce, Aníbal, La vejez de Sarmiento, Editor J. Héctor
Matera, Buenos Aires, 1958
Ponce, Aníbal, "Un exámen de conciencia",
en Revista de Filosofía, nro. 3, Buenos Aires,
mayo de 1928.
Roca, Deodoro, Las obras y los días, Losada,
Buenos Aires, 1945.
Rojas, Ricardo, Introducción al Dogma Socialista,
s.d., Buenos Aires, 1915.
Sanguinetti, Horacio, La trayectoria de una flecha. Las
obras y los días de Deodoro Roca, Librería
Histórica, Buenos Aires, 2003.
MANIFIESTO
DE LA REFORMA UNIVERSITARIA DE 1918
La
Juventud Argentina de Córdoba a los hombres libres de Sudamérica
Manifiesto
de Córdoba
21
de junio de 1918
Hombres de una
República libre, acabamos de romper la última cadena que, en pleno
siglo XX, nos ataba a la antigua dominación monárquica y monástica.
Hemos resuelto llamar a todas las cosas por el nombre que tienen. Córdoba
se redime. Desde hoy contamos para el país una vergüenza menos y una
libertad más. Los dolores que quedan son las libertades que faltan.
Creemos no equivocarnos, las resonancias del corazón nos lo
advierten: estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una
hora americana.
La
rebeldía estalla ahora en Córdoba y es violenta porque aquí los
tiranos se habían ensoberbecido y era necesario borrar para siempre
el recuerdo de los contrarrevolucionarios de Mayo. Las universidades
han sido hasta aquí el refugio secular de los mediocres, la renta de
los ignorantes, la hospitalización segura de los inválidos y —lo
que es peor aún— el lugar donde todas las formas de tiranizar y de
insensibilizar hallaron la cátedra que las dictara. Las universidades
han llegado a ser así fiel reflejo de estas sociedades decadentes que
se empeñan en ofrecer el triste espectáculo de una inmovilidad
senil. Por eso es que la ciencia frente a estas casas mudas y
cerradas, pasa silenciosa o entra mutilada y grotesca al servicio
burocrático. Cuando en un rapto fugaz abre sus puertas a los altos
espíritus es para arrepentirse luego y hacerles imposible la vida en
su recinto. Por eso es que, dentro de semejante régimen, las fuerzas
naturales llevan a mediocrizar la enseñanza, y el ensanchamiento
vital de organismos universitarios no es el fruto del desarrollo orgánico,
sino el aliento de la periodicidad revolucionaria.
Nuestro
régimen universitario —aún el más reciente— es anacrónico. Está
fundado sobre una especie de derecho divino; el derecho divino del
profesorado universitario. Se crea a sí mismo. En él nace y en él
muere. Mantiene un alejamiento olímpico. La federación universitaria
de Córdoba se alza para luchar contra este régimen y entiende que en
ello le va la vida. Reclama un gobierno estrictamente democrático y
sostiene que el demos universitario, la soberanía, el derecho
a darse el gobierno propio radica principalmente en los estudiantes.
El concepto de autoridad que corresponde y acompaña a un director o a
un maestro en un hogar de estudiantes universitarios no puede apoyarse
en la fuerza de disciplinas extrañas a la sustancia misma de los
estudios. La autoridad, en un hogar de estudiantes, no se ejercita
mandando, sino sugiriendo y amando: enseñando.
Si
no existe una vinculación espiritual entre el que enseña y el que
aprende, toda enseñanza es hostil y por consiguiente infecunda. Toda
la educación es una larga obra de amor a los que aprenden. Fundar la
garantía de una paz fecunda en el artículo conminatorio de un
reglamento o de un estatuto es, en todo caso, amparar un régimen
cuartelario, pero no una labor de ciencia. Mantener la actual relación
de gobernantes a gobernados es agitar el fermento de futuros
trastornos. Las almas de los jóvenes deben ser movidas por fuerzas
espirituales. Los gastados resortes de la autoridad que emana de la
fuerza no se avienen con lo que reclaman el sentimiento y el concepto
moderno de las universidades. El chasquido del látigo sólo puede
rubricar el silencio de los inconscientes o de los cobardes. La única
actitud silenciosa, que cabe en un instituto de ciencia es la del que
escucha una verdad o la del que experimenta para crearla o
comprobarla.
Por
eso queremos arrancar de raíz en el organismo universitario el
arcaico y bárbaro concepto de autoridad que en estas casas de estudio
es un baluarte de absurda tiranía y sólo sirve para proteger
criminalmente la falsa dignidad y la falsa competencia. Ahora
advertimos que la reciente reforma, sinceramente liberal, aportada a
la Universidad de Córdoba por el doctor José Nicolás Matienzo no ha
inaugurado una democracia universitaria; ha sancionado el predominio
de una casta de profesores. Los intereses creados en torno de los
mediocres han encontrado en ella un inesperado apoyo. Se nos acusa
ahora de insurrectos en nombre de un orden que no discutimos, pero que
nada tiene que hacer con nosotros. Si ello es así, si en nombre del
orden se nos quiere seguir burlando y embruteciendo, proclamamos bien
alto el derecho a la insurrección. Entonces la única puerta que nos
queda abierta a la esperanza es el destino heroico de la juventud. El
sacrificio es nuestro mejor estímulo; la redención espiritual de las
juventudes americanas nuestra única recompensa, pues sabemos que
nuestras verdades lo son —y dolorosas— de todo el continente. ¿Que
en nuestro país una ley —se dice—, la ley de Avellaneda, se opone
a nuestros anhelos? Pues a reformar la ley, que nuestra salud moral lo
está exigiendo.
La
juventud vive siempre en trance de heroísmo. Es desinteresada, es
pura. No ha tenido tiempo aún de contaminarse. No se equivoca nunca
en la elección de sus propios maestros. Ante los jóvenes no se hace
mérito adulando o comprando. Hay que dejar que ellos mismos elijan
sus maestros y directores, seguros de que el acierto ha de coronar sus
determinaciones. En adelante, sólo podrán ser maestros en la república
universitaria los verdaderos constructores de almas, los creadores de
verdad, de belleza y de bien.
Los
sucesos acaecidos recientemente en la Universidad de Córdoba, con
motivo de la elección rectoral, aclaran singularmente nuestra razón
en la manera de apreciar el conflicto universitario. La federación
universitaria de Córdoba cree que debe hacer conocer al país y a América
las circunstancias de orden moral y jurídico que invalidan el acto
electoral verificado el 15 de junio. Al confesar los ideales y
principios que mueven a la juventud en esta hora única de su vida,
quiere referir los aspectos locales del conflicto y levantar bien alta
la llama que está quemando el viejo reducto de la opresión clerical.
En la Universidad Nacional de Córdoba y en esta ciudad no se han
presenciado desórdenes; se ha contemplado y se contempla el
nacimiento de una verdadera revolución que ha de agrupar bien pronto
bajo su bandera a todos los hombres libres del continente. Referiremos
los sucesos para que se vea cuánta razón nos asistía y cuánta vergüenza
nos sacó a la cara la cobardía y la perfidia de los reaccionarios.
Los actos de violencia, de los cuales nos responsabilizamos íntegramente,
se cumplían como en el ejercicio de puras ideas. Volteamos lo que
representaba un alzamiento anacrónico y lo hicimos para poder
levantar siquiera el corazón sobre esas ruinas. Aquellos representan
también la medida de nuestra indignación en presencia de la miseria
moral, de la simulación y del engaño artero que pretendía filtrarse
con las apariencias de la legalidad. El sentido moral estaba
obscurecido en las clases dirigentes por un fariseísmo tradicional y
por una pavorosa indigencia de ideales.
El
espectáculo que ofrecía la asamblea universitaria era repugnante.
Grupos de amorales deseosos de captarse la buena voluntad del futuro
rector exploraban los contornos en el primer escrutinio, para
inclinarse luego al bando que parecía asegurar el triunfo, sin
recordar la adhesión públicamente empeñada, el compromiso de honor
contraído por los intereses de la universidad. Otros —los más—
en nombre del sentimiento religioso y bajo la advocación de la Compañía
de Jesús, exhortaban a la traición y al pronunciamiento subalterno.
(¡Curiosa religión que enseña a menospreciar el honor y deprimir la
personalidad! ¡Religión para vencidos o para esclavos!). Se había
obtenido una reforma liberal mediante el sacrificio heroico de una
juventud. Se creía haber conquistado una garantía y de la garantía
se apoderaban los únicos enemigos de la reforma. En la sombra los
jesuitas habían preparado el triunfo de una profunda inmoralidad.
Consentirla habría comportado otra traición. A la burla respondimos
con la revolución. La mayoría representaba la suma de la represión,
de la ignorancia y del vicio. Entonces dimos la única lección que
cumplía y, espantamos para siempre la amenaza del dominio clerical.
La
sanción moral es nuestra. El derecho también. Aquellos pudieron
obtener la sanción jurídica, empotrarse en la ley. No se lo
permitimos. Antes de que la iniquidad fuera un acto jurídico,
irrevocable y completo, nos apoderamos del salón de actos y arrojamos
a la canalla, sólo entonces amedrentada, a la vera de los claustros.
Que esto es cierto, lo patentiza el hecho de haber, a continuación,
sesionado en el propio salón de actos la federación universitaria y
de haber firmado mil estudiantes sobre el mismo pupitre rectoral, la
declaración de huelga indefinida.
En
efecto, los estatutos reformados disponen que la elección de rector
terminará en una sola sesión, proclamándose inmediatamente el
resultado, previa lectura de cada una de las boletas y aprobación del
acta respectiva. Afirmamos, sin temor de ser rectificados, que las
boletas no fueron leídas, que el acta no fue aprobada, que el rector
no fue proclamado, y que, por consiguiente, para la ley, aún no
existe rector de esta universidad.
La
juventud universitaria de Córdoba afirma que jamás hizo cuestión de
nombres ni de empleos. Se levantó contra un régimen administrativo,
contra un método docente, contra un concepto de autoridad. Las
funciones públicas se ejercitaban en beneficio de determinadas
camarillas. No se reformaban ni planes ni reglamentos por temor de que
alguien en los cambios pudiera perder su empleo. La consigna de «hoy
para ti, mañana para mí», corría de boca en boca y asumía la
preeminencia de estatuto universitario. Los métodos docentes estaban
viciados de un estrecho dogmatismo, contribuyendo a mantener a la
universidad apartada de la ciencia y de las disciplinas modernas. Las
elecciones, encerradas en la repetición interminable de viejos
textos, amparaban el espíritu de rutina y de sumisión. Los cuerpos
universitarios, celosos guardianes de los dogmas, trataban de mantener
en clausura a la juventud, creyendo que la conspiración del silencio
puede ser ejercitada en contra de la ciencia. Fue entonces cuando la
oscura universidad mediterránea cerró sus puertas a Ferri, a
Ferrero, a Palacios y a otros, ante el temor de que fuera perturbada
su plácida ignorancia. Hicimos entonces una santa revolución y el régimen
cayó a nuestros golpes.
Creímos
honradamente que nuestro esfuerzo había creado algo nuevo, que por lo
menos la elevación de nuestros ideales merecía algún respeto.
Asombrados, contemplamos entonces cómo se coaligaban para arrebatar
nuestra conquista los más crudos reaccionarios.
No
podemos dejar librada nuestra suerte a la tiranía de una secta
religiosa, ni al juego de intereses egoístas. A ellos se nos quiere
sacrificar. El que se titula rector de la Universidad de San Carlos ha
dicho su primera palabra: «Prefiero antes de renunciar que quede el
tendal de cadáveres de los estudiantes». Palabras llenas de piedad y
de amor, de respeto reverencioso a la disciplina; palabras dignas del
jefe de una casa de altos estudios. No invoca ideales ni propósitos
de acción cultural. Se siente custodiado por la fuerza y se alza
soberbio y amenazador. ¡Armoniosa lección que acaba de dar a la
juventud el primer ciudadano de una democracia universitaria!
Recojamos la lección, compañeros de toda América; acaso tenga el
sentido de un presagio glorioso, la virtud de un llamamiento a la
lucha suprema por la libertad; ella nos muestra el verdadero carácter
de la autoridad universitaria, tiránica y obcecada, que ve en cada
petición un agravio y en cada pensamiento una semilla de rebelión.
La
juventud ya no pide. Exige que se le reconozca el derecho a
exteriorizar ese pensamiento propio en los cuerpos universitarios por
medio de sus representantes. Está cansada de soportar a los tiranos.
Si ha sido capaz de realizar una revolución en las conciencias, no
puede desconocérsele la capacidad de intervenir en el gobierno de su
propia casa.
La
juventud universitaria de Córdoba, por intermedio de su federación,
saluda a los compañeros de América toda y les incita a colaborar en
la obra de libertad que inicia.
Enrique
F. Barros, Horacio Valdés, Ismael C. Bordabehere, presidentes —
Gumersindo Sayago — Alfredo Castellanos — Luis M. Méndez —
Jorge L. Bazante — Ceferino Garzón Maceda — Julio Molina —
Carlos Suárez Pinto — Emilio R. Biagosh — Angel J. Nigro —
Natalio J. Saibene — Antonio Medina Allende — Ernesto Garzón.
|