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EL COMBATE DE LOS CIRCULOS
Por Esteban Ierardo

Caballo Loco, el gran guerrero sioux, vencedor de Custer
en Litle Big Horn
En 1876, en Little
Big Horn, el General Custer y los soldados del 7 de caballería
fueron exterminados por miles de indios sioux y cheyenes liderados
por Caballo Loco. Los invasores de las casacas azules se dispusieron
en círculos para defenderse. Los indios los atacaron también
mediante movimientos circulares y envolventes. Estas dos circularidades
expresan, quizá, una batalla entre dos experiencias culturales
de lo circular: el círculo en la sabiduría indígena como geografía
sagrada y lugar de un centro creador de la vida, y el círculo
bélico y expansivo del imperium norteamericano
en formación. Un combate entre círculos como lucha, polemos
simbólico, entre dos formas culturales de experimentar el saber
y lo real.
El joven guerrero indio
cabalgó hacia la colina. Allí, su mirada navegó entre enjambres
de cadáveres. Cerca, escuchó los gritos de jubilo de guerreros
hermanos. Se lamentó de no haber sido una de las flechas del
combate. El jinete recién llegado era muy joven para combatir.
Entre los hombres inmóviles, el bisoño indígena reconoció a un
hombre arropado con una chaqueta de piel con flecos. Por su espalda,
fluía aún su cabellera castaña. Por ella, los indios le llamaron
Cabellos Largos. Nombre cuya sonoridad es distinta a la de Custer,
nombre por el que lo conocían sus semejantes, los seres de tez
pálida.
El general Custer, Cabellos Largos, egresó de la Academia Militar de West Point en 1861, en el
mismo
año en que la guerra civil norteamericana comenzó a hacer gritar a los
fusiles y los cañones. Luego de dos años de combates, a la
sola edad de 23 primaveras, Custer era ya general, "el joven
general". Nunca nadie dudó de su valor en el campo de batalla.
Pero su habilidad como estratega de la lucha armada tampoco nunca
reverberó con claridad.
El joven general
combatió en Gettysburg.
Luego de concluida la matanza fratricida
entre el Norte y el Sur, el general Sheridan le encargó la conducción de una
expedición punitiva contra los indios cheyenes y arapahoes. Cabellos Largos se puso en marcha al frente del 7 de
Caballería integrado por unos 700 soldados. En esta primera incursión, sus hombres
masacraron a hombres, mujeres y niños en el campamento indio del río
Washita. Ocho años
después, inició una nueva expedición en las
Montañas Negras de Dakota. La región había sido invadida por
aluviones de ansiosos buscadores de oro. Los siouxs y cheyenes,
antiquísimos habitantes de aquellas tierras, se enfurecieron y organizaron un gran
ejército para defenderse. Estaban armados con
rifles Winchester de 1886 y su jefe era Caballo Loco.
Ya
en las profundidades del territorio que debía sojuzgar, Custer creyó en
un rápido triunfo (izquierda foto de Custer junto a exploradores
indios). Uno de sus dirigidos, el comandante Reno,
descubrió unas tiendas de los sioux. Ordenó entonces un inmediato
ataque. Los sioux
reaccionaron enérgicamente a la agresión. Reno y sus soldados debieron
retroceder precipitadamente. En medio de la retirada caótica y
desesperada, las balas indias acribillaron a numerosos soldados.
Luego, Reno se reunió con el capitán Benteen y, ante la aparición
de una muchedumbre de guerreros indígenas, se abroquelaron en un círculo defensivo. Por su parte, Cabellos
Largos y sus
hombres fueron sorprendidos por alrededor de 1500 indios. Bajo un
feroz ataque a campo descubierto, Custer ordenó cabalgar hacia la
derecha para trepar una colina y alcanzar una elevación en la que
emplazar una fuerte posición defensiva. Mientras los jinetes del 7
de Caballería buscaban desesperadamente escalar la colina, Caballo
Loco decidió una rápida y acertada estrategia: dirigió otros 1500
guerreros a la cuesta opuesta por la que ascendía Cabellos Largos y
los suyos. Así, antes de que el general invasor alcanzara la cima,
fue interceptado por el jefe indio quien, junto con otro contingente guerrero, inició un movimiento
circular y envolvente en torno a los
hombres blancos.
Frente al cerco infranqueable, Custer ordenó pie a tierra y la
disposición de los hombres en un nuevo círculo protector como el que
ya habían trazado Reno y Benteen. Entonces, los guerreros sioux y cheyenes,
siempre liderados por
Caballo Loco,
giraron una y otra vez alrededor de los soldados de casacas azules. En cada
nuevo giro, descargaban mortales vendavales de metal. Poco a poco,
la furia india fue deteniendo el corazón de cada oponente. En
algunos casos, aquella detención le llegaba a los soldados blancos por una bala o por
una flecha, o por la penetración punzante de una lanza o el filo de
un cuchillo de escalpelo al cercenar los cuellos desnudos.
Para robustecer la defensa, los blancos
mataban a sus caballos a fin de parapetarse tras sus voluminosos
lomos. Solo un caballo, "Comanche", sobrevivió (ver foto
abajo). Según los
testimonios indios, Custer fue uno de los últimos en perecer. Al
final de la casi media hora de trueno y sangre sobre el campo de
Little Big Horn yacían tendidos, con el hielo de la muerte en los
ojos, Cabellos Largos y sus 225 hombres, y 40 indios.
LA
LUCHA DE LOS CIRCULOS
Y el joven jinete que cabalgó entre los caídos entrevió, quizá por breves momentos, imágenes remotas, extrañas
geografías bañadas por destellos simbólicos. El indio, algo
ensimismado, que contemplaba el campo sembrado de cuerpos quietos
era Alce
Negro, dakota de la rama oglala
y primo de Caballo
Loco, el jefe iracundo que festejaba con sus bravos la victoria.
Pero los soldados semejantes a Cabellos Largos
regresaron. Y, al cabo de muy pocas primaveras, vomitaron demasiado metal
sobre los torsos semidesnudos del indio. Y entonces sobrevino la
muerte. Muerte de los guerreros educados por los antepasados y los
vientos salvajes. Muerte de los pueblos amigos de las praderas y el
bisonte.
Algunos pocos sobrevivieron. Alce Negro sobrevivió. Y mucho después
respiró con nostalgia y tristeza en la
reserva india de Pine Ridge. Allí, repitió los gritos de su pueblo,
la ofrenda de la pipa, la veneración del poder del bisonte y del alce. Y,
en 1931, un poeta de piel de albos reflejos, de tez semejante a
la de Cabellos Largos, lo visitó, lo escuchó. Era John
Neihardt. Neihardt transcribió los
recuerdos del viejo indio en Alce Negro habla. Obra hoy esencial donde perdura
la sabiduría ancestral del indio de Norteamérica.
Y Alce Negro recordaba allí el clamoreo de la vasta victoria de
Little Big Horn y rememoraba la estampa y la muerte de Caballo Loco. Y
recreó su gran visión. La visión de Alce Negro. Un viaje extático que
experimentó en su juventud. Travesía mística en la que seis antepasados lo
condujeron hasta el centro de la tierra. Aventura visionaria en la
que el indio aseguraba que:
"Miré ante mí y percibí que los montes tenían peñas y
bosques, y que de las alturas partía todo género de colores hacia
el firmamento. De súbito estuve en la montaña más alta, y
alrededor de mí, a mis pies, se dilataba el cerco total del mundo.
Y estando así, vi más de lo que puedo enumerar y entendí más de
lo que vi; pues veía de modo sagrado, con el espíritu, las formas
de las cosas, y la forma de todas las cosas que deben vivir juntas
como un solo ser. Y advertí que el aro sacro de mi pueblo era uno
de los muchos aros que constituían un círculo, amplio como la luz
del día y el resplandor de las estrellas, y en el centro había un
poderoso árbol florido que cobijaba a todos los hijos de madre y
padre. Y observé que era santo" (John Neihardt, Alce Negro Habla,
Hesperus, Biografía, p. 37).
En Little Big Horn, junto al estricto fragor de la lucha, el indio y
el blanco protagonizaron un combate de símbolos. En la batalla
colisionaron dos secuencias
circulares. El círculo del agresor, el círculo del defensor. La naturaleza de esta circularidad acaso no
trascienda los hechos
estrictamente bélicos de la contienda. Pero la imaginación ávida de
exhumar nervios simbólicos de la historia puede albergar un poder
especial. La potencia de la metaforización de lo histórico. Así,
en Little Big Horn acontece la colisión de dos experiencias
culturales de lo circular.
De la visión de Alce Negro dimana una primera figura arquetípica de
la circularidad. El sujeto indígena ( como el sujeto arcaico en general) se
autocomprende como segmento viviente de un círculo, círculo de la
vida del humano junto a la tierra y la luz. Círculo que gira en torno
a un centro generador de lo vivo. El círculo indio es contemplación
de la amplitud del espacio y de la multitud de los seres,
"amplio como la luz del día y el resplandor de las
estrellas". Además, la vida
circular de la conciencia arcaica venera el movimiento de regreso a
la interioridad. Porque en lo interior bulle el centro creador del
"poderoso árbol florido que cobijaba a todos los hijos de
madre y padre".
El círculo defensivo de Cabellos Largos y sus soldados se trazó en
el interior del círculo indio. Al atacar el centro de su propio círculo, el indio negaba,
inconciente, involuntariamente, su ansia de hallar siempre en la intimidad
de lo circular, la fuente del árbol florido. Así, para combatir al
invasor, la estrategia de batalla forzó una primera alteración de
la experiencia originaria del indio respecto al centro y el círculo.
Alteración que también se derramó en
la obligada táctica defensiva
de Custer y su regimiento de caballería.
En el centro de los desesperados disparos de las carabinas
Springfield de los soldados sitiados, restallaba una
doble perversión de la experiencia occidental e imperial de lo
circular. En el centro del impulso cultural de la conquista militar
y la expansión territorial no reverdece la fragancia vegetal de un
árbol mítico,
irradiador de la vida primordial. Por el contrario, en el centro del
círculo del
imperium (romano, hispano-habsburgo, monáquico-británico,
o federativo-norteamericano) se
reconcentra la potencia bélica y la voluntad política de conquista
y depredación del Enemigo en sus cambiantes figuras. Desde el
centro del Imperio surge la imposición de la norma de la vida correcta y no el don
sagrado, obsequio de dioses antiguos, de la
vida cósmica, el regalo del cielo y la tierra. El árbol florido.
En Little Big Horn, Custer y su tropa encarnó un raro instante histórico de centro
imperial trastocado. Centro no acosador, sino acosado;
centralidad no de la concentración de la fuerza militar triunfante,
expansiva,
destructora de otredades, sino lugar de debilitamiento y extinción
del poder. Primera alteración del círculo del imperio en la batalla
con el indio. Y, entre las órdenes caóticas y exaltadas de Cabellos
Largos, entre la carne humana y de caballo perforada por el metal
silbante de las balas, la circularidad imperial experimentó una
segunda perturbación: la regresión a la interioridad. La negación esencial de todo poder
expansivo. El poder de la propagación y conquista halla su
realización en el alejarse de su centro, en expandirse. La voluntad de
conquista es ampliación de su periferia hacia tierras y riquezas
cada vez más distantes de su propio corazón, de su centro de
decisión y agrupación de
fuerzas.
En Little Big Horn, el círculo del imperium fue quien
padeció el círculo como repliegue sobre sí mismo, como
interioridad defensiva y no ya
como gozosa y triunfante paso expansivo. Extraña y fugaz rareza de
la historia: un campo de lucha donde, por un instante, el centro
del imperium norteamericano en formación, se
desmembró dentro de la circularidad opresiva del indio, del
destinado a la futura condición humillante del sometido.
El círculo del dominador se regeneraría luego rápidamente. El estrangulado, raudamente recuperaría
después el vigor de los dedos que estrangulan. Pero, antes de la restauración del vigor
aplastante del imperium, Alce Negro cabalgó entre los caídos del 7
de Caballería. Y quizá, entonces pudo columbrar una imagen. Imagen
en la que el joven indio descubría un árbol en el centro de
las inertes casacas azules. Arbol de lozanas hojas. Arbol florido,
bajo cuyas ramas los hijos de todo padre y madre se postraban para
agradecer. Para venerar a la raíz, al centro de un círculo que
nutre al árbol.

"Comanche", el único caballo sobreviviente en Little
Big Horn
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