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HISTORIA
DE LOS KAMIKAZES
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"El
valor de la vida frente al cumplimiento del deber tiene
el peso de una pluma", reza un antiguo proverbio
japonés, que expresa la filosofía implícita en los
suicidas voluntarios kamikazes. El morir bien supera al
necesario vivir.
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En
la segunda guerra mundial, los japoneses sostenían una lucha
titánica con Estados Unidos; a largo plazo, la victoria
japonesa era imposible. Los recursos materiales del país
del norte eran muy superiores. Además, el suelo norteamericano
no era alcanzado por las bombas enemigas. En diciembre de
1941, mediante el golpe sorpresa en Pearl Habour, Japón
intentó destruir la flota norteamericana en el Pacífico.
No lo consiguió. Luego, la armada imperial nipona sufrió
una irrecuperable derrota en la batalla naval de Midway.
En el ejército del alicaído Imperio del Sol naciente surgió
lentamente la dolorosa convicción de que sólo acciones
desesperadas podrían acaso compensar las inmensas diferencias
con su rival. Así nació el plan del ataque de los pilotos
suicidas. Los kamikazes, palabra que significa "viento
divino", el nombre que adquirió un tifón que destruyó
en 1570 una flota mongola que amenazaba con invadir la isla
del Japón.
Pequeños escuadrones de jóvenes pilotos voluntarios se lanzaron
con sus zeros en picada mortal sobre los barcos norteamericanos.
Cerca de 5.000 pilotos murieron en esta trágica acción.
Tras la conclusión del conflicto, el ejército norteamericano
realizó una investigación para determinar si los temerarios
pilotos kamikazes habían sido obligados a actuar de forma
suicida. El resultado sorpresivo de esta pesquisa oficial
fue que los jóvenes pilotos eran voluntarios. Nadie los
obligó a su acción final.
En la trágica historia de los kamikazes se unen el heroísmo
y la infausta degradación de la guerra. Seguramente con
noble pasión, los jóvenes pilotos japonenes abrazaron lo
que creían era la lucha por la dignidad de su patria. Sin
embargo, la juventud japonesa masacrada en los mortales
vuelos en el Pacífico fue un nueva víctima del exterminio
bélico, donde las cúpulas poderosas apelan a los jóvenes
como instrumentos para el combate, como medio para cristalizar,
por sangrientos caminos, sus ambiciones políticas o económicas.
Es la repetida historia de la manipulación de la vitalidad
juvenil en la guerra que destruye a muchos y beneficia
a minorías poderosas. Un arco oscuro que se extiende desde
las culturas antiguas hasta la más inmediata actualidad
de la guerra en Irak.
La historia de los kamikazes es símbolo quizá
de un legado ambiguo y contradictorio. El joven que muere
víctima de la fiebre belicista y la ambición exaltada de
una minoría militarista. Y, a su vez, el valiente sacrificio
para proteger lo que se cree es el altar de los valores
más dignos de la propia nación.
E.I
HISTORIA
DE LOS KAMIKAZES
La palabra "kamikaze" significa originariamente
en japonés "viento divino". En la colorista mística
sugerida por los simbolismo del shintoísmo, el piloto
que se mataba estrellándose contre el objetivo con
su avión cargado de explosivos, ganándose un
lugar en el paraíso de los héroes y en la veneración
de la posteridad, quería ser un instrumento dócil
y terrible en las manos de la divinidad, y actuar como su
rayo destructor.
Desde
el punto de vista ético, resulta difícil a los
occidentales comprender una filosofía que exaltaba
hasta tal punto a jóvenes inocentes que los convertía
en fanáticos capaces de aceptar voluntariamente la
muerte. Escribe el historiador Marcel Giuglaris:
"Existe
mucha literatura en torno a los 'kamikaze'. Es moralmente
imposible no condenar este ejército enloquecido, inhumano,
al menos según un criterio occidental y según
el significado que nosotros damos a la vida. Pero, ¡qué
horizontes de humanidad, de "entrega", sugiere las
pureza de estos jóvenes de 17, 18 años, reclutados
en las escuelas y las universidades, y estimulados hasta hacerles
cristalizar sus sueños, sus entusiasmos y su fe en una última
frase, siempre la misma: 'Diez mil años de vida al emperador'
y luego una serie de 'tip..tip' transmitido por la radio automática
de a bordo desde el momento en el que el avión comienza
el picado hasta el mas profundo silencio!".
La
incomprensión occidental se manifiesta pronto, desde
la primera aparición de los "kamikaze" en
la batalla naval entre la escuadra del almirante Kurita y
la del almirante Sprague en las aguas frente a Samar. Aquella
mañana, un Zero se arrojó contra el portaviones de
escolta "Santee" y otro contra el "Suwanee".
Ambos portaviones-jeeps, como eran familiarmente llamados,
quedaron gravemente dañados, aunque pudieron volver al mar
poco tiempo después. "Sin embargo - escribe John
Toland-, todos los que habían visto a aquellos pilotos
japoneses lanzarse con sus aparatos con tanto fanatismo quedaron
impresionados por la experiencia durante largo tiempo".
Y aquello no era más que el inicio de una aventura
que tendría dramático desarrollo.
Los
marinos americanos comprendieron casi de pronto que tenían
ante ellos una "nueva arma" o, al menos, un nuevo
modo de combatir. En el transcurso de la batalla naval del
mar de Samar, un Zero roció de ráfagas de ametralladora
el puente de mando del "Kitkum Bay", y luego, en
vez de desviarse, continuo en picado, yendo a estrellarse
contra el pasadizo de cubierta de la izquierda, donde explotó
con un estruendo horrible, y luego cayó al mar.
Pocos
minutos después algo semejante iba a suceder en el
"Fanshaw Bay". Los hombres de las baterías
antiaéreas vieron venir de frente a dos Zeros. Parecían
proyectiles lanzados contra el costado del portaviones, y
ni siquiera la barrera de fuegos cruzados habría sido
capaz de detener su carrera, pero de pronto chocaron ligeramente
entre sí y estallaron en una sola llamarada. Enmudecidos,
los servidores americanos se miraron, secándose el
sudor frío que cubría sus frentes.
El
"Bushido"
Menos
afortunados fueron los del "Saint-Lo", porque allí
un Zero que dejaba tras de sí una estela de humo negro
apuntó certeramente hacia la pista de vuelo como si
pretendiese posarse, pero de pronto se encabritó y prefirió
estrellarse sobre ellas antes de que los hombres se dieran
cuenta de las intenciones del piloto. Exactamente lo que los
creadores de los "pilotos suicidas" pensaban cuando
habían empezado a entrenar a los "kamikaze",
porque las llamas se extendieron rápidamente al hangar
inferior y luego a las bodegas. El vientre del navío
fue sacudido por violentas explosiones, y los supervivientes
recibieron orden de echarse al mar. Lo hicieron justo a tiempo
para ver hundirse al "Saint-Lo", un devil diver,
un diablo en picado. No conocían aún que no
se trataba de un caso aislado, sino de una verdadero destacamento
de fanáticos. El capitán de navío japonés
Rikyei Inoguchi, que durante la guerra formó parte
del Estado Mayor del almirante Takijiro Onishi, fundador del
cuerpo especial de los "kamikaze", y que dirigió
personalmente las primeras acciones de los pilotos suicidas
durante la batalla de las Filipinas y de Formosa, ha dedicado
parte de su vida a explicar los motivos que inspiraban tan
desesperada táctica.
El
Japón, ha escrito Inoguchi, se encontraba en desventaja
por el abismo que se había abierto entre sus recursos
y los de los aliados. "Por tanto, resultaba más
que natural que en circunstancias de este género los
combatientes japoneses se decidieran a sacrificar su vida
por el emperador y por la patria. Su patriotismo radicaba
en la convicción, profundamente sentida en el ánimo
de estos hombres, de que la nación, la sociedad, e
incluso el universo, se identificaban con el emperador, y
por esta causa estaban dispuestos a sacrificar la vida. En
lo que respecta a la fundamental cuestión de la vida
y de la muerte, nuestra base espiritual como japoneses está
constituida por la absoluta obediencia a la autoridad excelsa
del emperador, y ello al precio de la vida. El credo de los
'kamikazes' estaba influenciado por el Bushido, el código
de conducta del guerrero japonés, basado en el espiritualismo
propio del budismo, que pone el acento en el valor así como
en la conciencia del hombre. Otro ardiente deseo nuestro era
el de llegar a morir con una muerta llena de significado,
en el momento adecuado y el sitio adecuado, y no suscitar
con nuestra conducta ninguna reprobación pública.
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Cuando
se analiza el comportamiento de los 'kamikaze', se debe tener
bien presente que ellos no juzgaban sus misiones de ataque
más que como una parte de su deber, y que no consideraban
esa misión muy extraordinaria. De tal modo se apasionaban
por el problema de tener que acertar con éxito las
naves tomadas como blanco, que terminaban por dar poco importancia
a su destino. Al nivel consciente o inconsciente, tenían
la concreta y profunda sensación de conquistar la vida
por medio de la muerte, y se comportaban en consecuencia".
Todos
estos razonamientos, apresuradamente aportados después
de que acabara la guerra, y dirigidos a los estupefactos jefes
del Estado Mayor de Mac Arthur, no eran fácilmente
comprensibles, y lejos de convencer, acrecentaban la desconfianza
americana. Todos se preguntaban cómo era posible que
estos pilotos aceptaran una misión suicida sin haber
sido obligados.
El
hecho es que la filosofía de los 'kamikazes' chocaba
con la occidental, según la cual nada es más
sagrado que la vida humana, aun la del combatiente necesariamente
obligado a arriesgarla. Basta pensar que los pilotos americanos
disponían de un bote de goma que se hinchaba automáticamente
al contacto con el agua y que soltaba en el océano
una amplia mancha coloreada, y que al día siguiente
de una batalla los aparatos americanos de los Estados Unidos
dedicaban tiempos y energías al salvamento de cada
individuo, mientras que hay centenares de testimonios sobre
el desprecio japonés por la vida; unidades de soldados
lanzadas a la muerte sin pestañear, y paisanos obligados a
sucumbir por el fanatismo de algún obseso. Muchas veces
los oficiales de marina obligaron a centenares de hombres,
rígidos en la posición de firmes, a irse a pique
con su navío, entonando una canción marcial.
Ya en estos significativos episodios estaba la clave que habría
permitido comprender la mentalidad japonesa. Por los demás,
¿no habían experimentado todo esto los Marines en
Guadalcanal,
cuando se habían encontrado con soldados japoneses
heridos que hacían estallar sus bombas de mano cuando
se aproximaban los sanitarios americanos, a fin de morir provocando
la muerte del enemigo?
La
religión como impulso
Verdad es que no todos los japoneses tenían creencias
espirituales, y que no todos practicaban con asiduidad la
religión, pero su misticismo, natural e intrínseco,
se adaptaba admirablemente al culto shintoísta, impuesto
como religión de Estado por un emperador del siglo
pasado. Entre los dogmas establecidos por el shintoísmo,
destacan especialmente el desprecio a la muerte y, sobre
todo, a la muerte sin gloria; la veneración de las
nobles virtudes guerreras; la glorificación de los
héroes muertos por la patria, que se confundían
además con los mismo dioses; y diversos principios
fundamentales capaces de hacer sospechosas las formas de
devoción más abnegadas.
En el plano estrictamente militar, hacia siglos que eran
inculcados por el Bushido, el código del honor militar
nipón. Todos los combatientes, y en especial los
oficiales, habían sido educados desde tiempo inmemorial
en una mística que hacía de la muerte cuestión
de honor; no era un fin fatal, sino un término glorioso,
la consagración ideal de toda una carrera. Además,
la entrega de sí mismo al emperador, imagen divina
en la tierra, representaba cuanto de más bello y
más nobles existía para un soldado japonés.
Sabemos
también que el reglamento militar japonés
ignoraba la situación, jurídica o de hecho,
del prisionero de guerra, el cual viene a encontrarse en
la situación más humillante, y que el único
principio que animaba al soldado japonés era "vencer
o morir".
Cuanto
precede es tan verdad, que a veces los soldados nipones
vueltos a casa con permiso eran considerados símbolos
de alguna derrota reciente, y fueron despreciados y desdeñados
por sus amigos e incluso por su familia. Sabemos que marineros
naufragados, destinados inevitablemente a morir, rehusaban
también, despreciando la vida, el ser salvados por
los navíos americanos.
La
mística militar de los japoneses, por llamarla así,
era, pues, muy diferente de los principios del mismo orden
inculcados a los combatientes occidentales. De todos modos,
no hemos tratado de representar a los japoneses como autómatas
impersonales, y menos como seres incapaces de pensar, para
explicar el fenómeno de los ataques especiales. Muy
al contrario, hemos buscado exponer todos los aspectos de
este extraordinario problema sin querer deformar la verdad
fundamental. Lo expuesto nos hace avanzar un paso en la
conversión del gesto individual en sacrificio colectivo.
Contrariamente a cuanto se podía creer, el último
obstáculo que quedaba por superar era el de la aprobación
general, y como nunca fue resuelto con desenvoltura, siguió
siendo el más difícil.
Al
principio, los nombres de los héroes de los ataques
especiales realizados individualmente se susurraban al
oído y eran conocidos secretamente por un empeño
de iniciados, pero el progresivo aumento de su número
amplió el círculo de admiradores. Cuando se
hicieron frecuentísimos, hacia fines de 1944, los
ataques especiales fueron objeto de comunicados oficiales
que glorificaban a estos héroes y exaltaban las nobles
virtudes del pueblo japonés. El principio de este
nuevo tipo de ataque fue pronto tema central de conversación
entre todos los pilotos, incluso en unidades que nunca habían
asistido a acciones semejantes. Fueron numerosos los que
se presentaron espontáneamente a sus jefes para solicitar
el honor de tomar parte esta clase de ataques. Tal estado
de cosas no podía pasar inadvertido en las esferas
oficiales, tanto más cuanto que hacía ya tiempo
que muchos oficiales habían sometido a examen el
nuevo principio de ataque y su aplicación racional.
De todos modos, los autores de los nuevos ataques nunca
pensaron en la total utilización de la aviación
japonesa en tal especialidad, sino sólo en los casos
críticos que no permitiese otra salida satisfactoria;
por ejemplo, en el de la defensa de las Filipinas. Y es
aquí donde surge otro punto fundamental; ni aun los
propios protagonistas pensaron nunca en la generalización
de este principio de ataque. Sólo se trataba de acciones
de carácter temporal y excepcional.
Entre
sus promotores más decididos y visibles debemos citar
al almirante Takiyiro Onishi, jefe de la Primera Flota Aérea,
quien tuvo el terrible honor de estudiar el delicado problema
del reclutamiento y organización de las futuras unidades.
Onishi,
que estaba convencido de la eficacia y necesidad de estos
ataques especiales, siempre creyó que habían
de ser realizados por voluntarios, por lo que se limitó
a pedir a los jefes de las unidades convencionales que arengasen
a sus hombres para que éstos se presentasen de forma
espontánea, exponiéndoles las necesidades
militares y el carácter patriótico del gesto.
Todos
eran libres, y no fue necesario ejercer unas presiones desmesuradas.
Por otro lado, el número de voluntarios siempre supieron
las disponibilidades de material. Los atasques especiales,
por lo tanto, no fueron el resultado de unas órdenes
insensatas, sino la realización de decisiones individuales
y del espíritu de emulación entre los pilotos.
Sabido es que, en situaciones especialmente complejas y
en el ardor del combate, el heroísmo se torna contagioso.
En muchísimos casos, fueron los propios aviadores
quienes pidieron actuar, situando a sus jefes frente al
delicado problema de las responsabilidades morales.
Antes
incluso de la organización oficial de los cuerpo
de ataques especiales tuvo lugar un episodio extraordinario.
Al parecer, la primera operación concertada de este
tipo se realizó el 5 de julio de 1944, con el desconocimiento
de los jefes supremos y de los promotores del nuevo ataque.
El comandante de la aviación naval con base en Iwo
Jima se vio obligado a recurrir a una acción de este
género a causa del enorme sacrificio de hombres y
material que su agrupación estaba padeciendo desde
hacía unos días. Los aviones americanos volaban
sin descanso sobre Iwo Jima, destruyendo sistemáticamente
todo lo que a su paso encontraban. Las incursiones de contrataques
japoneses no habían dado resultado alguno, mientras
que las pérdidas eran elevadísimas, hasta
el punto de que en más de una ocasión no se
había salvado ni un solo aviador. La noche del 4
de julio, el jefe disponía de nueves cazas Zero y
ocho torpederos. Con esta exigua formación no podían
desencadenar una ofensiva de tipo tradicional; por ello
pensó en lo que había oído decir a
propósito de las acciones especiales. Reflexionó
mucho sobre ello, y, muy avanzada la noche, se decidió
a hablar a sus hombres. La propuesta fue acogida con reacciones
diversas, y si unos se entusiasmaron inmediatamente, hubo
quien vaciló mucho antes de aceptar esta misión
de sacrificio.
Sin
embargo, al final, partieron todos. Era el 5 de julio de
1944. Por desgracia, los 17 aviones fueron atacados antes
de haber alcanzado sus objetivos por una escuadrilla de
cazas Hellcat americanos, que los dispersaron, abatiendo
a más de la mitad. Los aviadores nipones, desperados
por no haber podido alcanzar su objetivo, se vieron obligados
a invertir su ruta y regresar a Iwo Jima. La decisión
constituyó un grave caso de conciencia: ¿acaso
no habían partido para una misión sin retorno?
La
"Armada" del fracaso
Al
amanecer el día 20 (relata M. Giuglaris), mientras
los Marines americanos trataban de consolidar la cabeza
de puente de Leyte y las flotas de Shima, Ozawa, Nishimura
y Kurita navegaban a toda máquina hacia su destino,
el comandante de la base de Manila despertó al capitán
Seki: "Seki, el vicealmirante Onishi llegará
dentro de un momento. Hemos decidido preparar un ataque
'kamikaze', que se efectuará con cazas Zeros cargados
con bombas de 250 kilos. Usted asumirá el mando".
"Pasaron
cinco segundos antes de que Seki respondiera. Llevaba poco
tiempo casado y el día anterior, precisamente, había
escrito a su madre y a su esposa. Aceptó. Unas horas
más tarde, en Mabalaki, la escuadrilla de los primeros
'kamikaze' recibía su bautismo de fuego!.
| Un grupo de jóvenes
kamikazes en un momento de relajada ternura. Algo que
evidencia que, a pesar de toda su aura de trágicos guerreros,
estos pilotos eran, en último término, jóvenes desbordados
por las desgraciadas circunstancias de la guerra. |
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La
idea de los ataques suicidas se había propagado de
forma espontánea, a medida que los pilotos se daban
cuenta de la superioridad enemiga. Incluso la expresión
de "ataque kamikaze" había sido asimilada
por los pilotos, ya que antes de la constitución
oficial de dicho cuerpo por parte de Onishi se habían
producido, como se ha dicho anteriormente, numerosas tentativas
personales y aisladas. La última de ellas la llevó
a cabo el contraalmirante Masafuni Arima, el 15 de octubre,
en las costas de Formosa. Este jefe había tratado
de estrellarse sobre el puente de un portaviones americano,
pero los cañones antiaéreos consiguieron abatirlo
a tiempo. Al día siguiente otros dos pilotos trataron
de hacer lo mismo, pero nunca supieron si tuvieron éxito,
ya que no regresaron a su base.
La
palabra "kamikaze" se había tomado de la
mitología japonesa; en 1570, un emperador mongol se hizo a la mar para conquistar el Japón con una
gran flota, tal como dieciocho años después, el rey
Felipe II intentó hacer con la Armada Invencible.
Al igual que los ingleses, los japoneses se aterrorizaron
ante la flota enemiga, pero una tempestad vino en su ayuda.
Al parecer, se trató de un auténtico tifón,
fenómeno nada extraño en aquellos mares, pero los
japoneses se convencieron de que la tempestad había
sido desencadenada por los dioses. A partir de entonces,
aquella providencial y terrible tempestad, tan fatídica
para los enemigos del Japón fue denominada "kamikaze",
es decir, "viento divino".
A
pesar de que la Bombardmet Investigation Mission
dejó bien claro que no había existido ningún
organismo dedicado al reclutamiento y adiestramiento de
los candidatos a la muerte, así como que los pilotos
suicidas eran siempre voluntarios, muchos aspectos del tema
continúan siendo incomprensible para nosotros. Por la relación
presentada por Inoguchi, por ejemplo, sabemos que, antes
de partir, los 24 pilotos suicidas elegidos para atacar
a los portaviones de Sprague en el mar de Samar desayunaron
juntos y, a continuación, escucharon unas palabras
de Onishi:
"El
Japón se halla en un grave peligro. La salvación
de nuestro país está fuera del alcance del
poder de los ministerios del Estado, del Estado Mayor General
y de los mandos subordinados, como soy yo mismo. La salvación
de nuestra patria sólo pueden llevarla a cabo unos
jóvenes valerosos como vosotros. Por el amor a vuestro
cien millones de compatriotas, yo os pido este sacrificio
y hago votos por vuestro éxito.
"Ya
sois dioses, y no tenéis deseos humanos. Sin embargo,
debéis saber que nuestro lanzamiento final no será
en vano. Nunca podremos deciros el resultado, pero podéis
estar seguros de que seguiré vuestros afanes hasta
el final, y notificaré vuestra muerte al Trono. Os
pido que hagáis todo lo que esté en vuestras
manos".
El
almirante lloraba y el propio Inoguchi estaba conmovido.
Sin embargo, en el informe escrito presentado tras la guerra
preciso que tales palabras "no tenían solamente
la intención de envalentonar a los hombres, ni la
de satisfacer su orgullo. El Japón había depositado
realmente su destino en las manos de aquellos hombres, que
querían morir por salvar a su patria. Parecía
casi imposible acabar con la potencia enemiga, y nuestra
situación se hallaba realmente fuera del alcance
de toda la voluntad humana. La única posibilidad
de un milagro estaba basada en la confianza depositada en
aquellos hombres. Antes de la partida, cuando se les comunicaba
las últimas instrucciones, siempre pude comprobar
en ellos la compostura y la tranquilidad que sólo
pueden darse en quien es muy conciente de su propio significado
y valor. Cuando les veía partir me era imposible
reprimir un sentimiento de protesta contra nuestra propia
patria, que se había aventurado en dificultades tan
terribles, contra el espíritu de aquellos hombres,
contra el almirante Onishi y contra el propio hecho de verme
involucrado en las mismas circunstancias".
La
moral de las tropas
A
decir verdad, la primera demostración de los "kamikaze"
tuvo un éxito discutible: aquel 21 de octubre, la
primera oleada de aviones regreso sin haber avistado al
enemigo; la segunda consiguió hundir al portaviones
"Saint-Lo" y había alcanzado a otros tres. El
resultado podía ser reconfortante para Onishi, pero
dejaba entrever que la nueva arma desesperada nunca sería
una arma decisiva. Para Onishi y para el Alto Mando nipón
bastaba con que los ataques de los pilotos suicidas demostrasen
ser más eficaces que los ataques clásicos.
E indudablemente, así era.
Así,
los "kamikazes" fueron adoptados también
por la aviación del Ejército, que utilizó
instructores de la aviación naval. Un mes después
de la batalla de Leyte, una escuadrilla de 27 "kamikaze"
atacaban un contingente de fuerzas americanas, mientras
otros 8 se lanzaban contra la escuadra naval, alcanzando
seriamente a tres portaviones. La batalla de las Filipinas,
que habría de prolongarse hasta finales de enero
de 1945, se endurecieron a causa de los pilotos suicidas del
almirante Onishi, quien nunca tuvo dificultades para reclutar
los candidatos a la muerte.
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Un avión
kamikaze, alcanzado por descargas de artillería
norteamericana, inicia su caída.
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La
actividad de los "kamikaze" adquirió una
importancia cada vez mayor conforme la situación
nipona empeoraba. "A medida que la guerra se aproximaba
al Japón- escribe un historiador-, los ataques de
los 'kamikaze' se intensificaban. Las tripulaciones se reclutaban
directamente en las universidades. Un total de 2.950 aviones,
de los cuales 2.400 pertenecía a la Marina, partieron
en misión 'kamikaze'; 450 de ellos lograron su objetivo,
con un porcentaje del 18 por ciento. El ejército,
por su parte, utilizó 500 aviones para operaciones
navales y otros tantos para ataques a bases terrestres".
Sin
embargo, los efectos fueron muy diferentes de los esperados.
"Los ataques de los "kamikazes" -indica Giuglaris-
tuvieron indudablemente una cierta influencia sobre la moral
de las tropas, pero, desde el punto de vista estratégico
no hicieron más que destacar la proximidad de la
derrota, como escribió el almirante Susuki en su
libro".
Al
final - y un historiador occidental no puede menos que destacar
este hecho con cierto alivio-, las autoridades japonesas
empezaron a tener dificultades para imponer los métodos
suicidas a sus jóvenes pilotos. Hubo que recurrir
a un servicio destinado a vigilar el vuelo de los "kamikazes",
ya que en más de una ocasión los "pilotos
suicidas" cambiaban de idea a último momento,
modificando el rumbo y virando en redondo, para dejar a
sus compañeros de vuelo y aterrizar en alguna isla del Pacífico,
abandonada por las fuerzas armadas niponas. Al parecer,
muchos "ex-kamikazes" vivieron totalmente solos
en estas islas, donde permanecieron incluso una vez acaba
la guerra.
Mas
eso no nos debe inducir a engaño. La casi totalidad de los
jóvenes estudiantes enrolados para este supremo holocausto
se mantuvieron fieles a sus propósitos y murieron
en el solitario, atroz y exaltado martirio, a fin de salvar
un Japón que estaba condenado. Un oficial nipón
declaró a la comisión americana de investigación
que, realmente, todos los hombres de los grupos aéreos
estaban "deseosos de participar en las misiones. Algunos
me hicieron llegar su solemne juramento, escrito con sangre,
mientras que otros me despertaban muchas veces en el trascurso
de la noche para alistarse. A veces era yo el encargado
de seleccionar los voluntarios, teniendo en cuenta sus situaciones
personales y familiares: un piloto que fuese hijo único
nunca era aceptado. Una madre, que se enteró de esta
decisión mía a través de una carta
de su hijo, me escribió una carta suplicándome
que lo aceptara. A partir de estas anécdotas ya pueden
ustedes deducir hasta qué punto era voluntario el
reclutamiento".
El
aspecto más absurdo de todo el tema concierne al
último grito que los "kamikaze" lanzaban
antes de precipitarse sobre su objetivo, ese "¡Diez
mil años de vida al emperador!" en que se sintetizaba
toda la simple y ciega fidelidad de los limpios de
corazón hacia su soberano. Mas el soberano era contrario
a aquella guerra y no dejaba pasar ninguna ocasión
de confesarlo a sus fieles. En cierto modo, también
él era prisionero de los políticos militares
que habían intrigado para que el Japón se
enzarzase en la contienda.
El
dios emperador
Se
trata de una circunstancia que no hay que infravalorar,
ya que puede ayudar a comprender mejor el desarrollo de
la situación interna del Japón en los últimos
y atroces meses de la guerra, cuando el emperador Hiroito
trataba en vano de preservar al país de la calamidad.
Lo
cierto es que la monarquía japonesa era una especie
de pirámide invertida. El emperador, la encarnación
de su dios en la tierra, sostenía todo los demás,
y en especial a la clase militar y a la aristocracia. Evidentemente,
se trataba de una construcción ficticia, destinada
a mantener sumisos a millones de súbditos, impidiéndoles
ser auténticos ciudadanos, pero era la verdadera
realidad. Generalmente, almirantes, políticos, financieros:
todos se sometían de buen grado, al menos en apariencia,
al rígido ceremonial impuesto por el hecho de que
el emperador fuese un dios. Aceptaban tal ficción
a cambio de que el soberano-dios les otorgase sus prerrogativas,
su benevolencia y su autoridad. Todos los generales durante
los años de la guerra condujeron los ejércitos al
ataque, gozaban de una gran autoridad, pero el Estado Mayor
nipón se vanagloriaba de ejecutar órdenes
divinas.
Esta
situación ayudará a comprender lo que sucedía.
Así, por ejemplo, podemos entender como 4.615 jóvenes
de edades entre veinte y veinticinco años, casi todos estudiantes
universitarios, se inmolaron por su fanática más
pura fe en un "dios" que no deseaba su muerte,
pero que nunca pudo encontrar las palabras para decirlo.
Incluso sus jefes prefirieron morir antes que sobrevivir
a sus inocentes víctimas: el almirante Ugaki condujo
el último vuelo de un grupo "kamikaze",
mientras que el vicealmirante Onishi se hizo el "harakiri".
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(*)
Fuente: "La
epopeya de los kamikazes", en La segunda guerra mundial,
Editorial Sarpe, pp. 1897-1911.
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