EL
GOLPE CONTRA EL DEMONIO EN LA GUARDIA DEL LOBO
El
atentado contra Hitler el 20 de julio de 1944 encabezado por
Stauffenberg
La bomba del 20 de julio de 1944 (un kilo de plástico cuyo
percutor hiere al fulminante cuando un ácido ha corroído el
alambre de acero que lo sujeta) llega desde lejos, y no sólo
porque el artefacto es de fabricación inglesa. Militares,
políticos e intelectuales- separados en grupos de diferentes
ideologías y con diversas motivaciones, conspiran desde
hace tiempo, como sabemos, contra Hitler, especialmente desde
que han comprendido que ya no hay modo de ganar la guerra
o, por lo menos, de negociar su solución pacífica.
Entre
los conjurados están el ex burgomaestre de Leipzig,
Carl Goerdeler; el general Ludwig Beck, el ex embajador en
Roma, Ulrich von Hassel; el general Friedrich Olbricht, el
general Henning von Tresckow, jefe de Estado mayor de los
ejércitos central en el frente ruso. Y la cabeja conductora
de todos ellos: el coronel Claus Von Stauffenberg, de origen
aristocrático y vasta cultura humanística.
Los conjurados querían inicialmente que la bomba que
mate a Hitler matara al mismo tiempo a Goering y Himmler.
Aquel es jefe de la Luftwaffe, y éste de las SS. Pero
ni Himmler ni Goering asisten regularmente a los informes
para el Fuhrer.
El 11 de julio Von Stauffenber (abajo, derecha) es convocado a Bertesgaden,
y parte con uno de sus adjuntos, el capitán Klausing, cada
uno con un kilo de plástico. Von Stauffenberg ha repetido
cien veces los mismos gestos. Activará la bomba con ayuda de unas pinzas
que maneja con dificultad con sus tres dedos, la depositara
en la sala de reuniones, saldrá con cualquier pretexto, se
unirá a Klausing que le espera al volante del coche, y se
lanzarán hacia el aerodrónomo de Freilessing
para llegar a Berlín y poner en movimiento el mecanismo
de la toma del poder.
Llegando
a Berchtesgaden, Von Stauffenberg se entera de que Himmler
no está junto al Fuhrer. Tiene la audacia de telefonear
al general Friedrich Olbricht, jefe del Departamento General
del Ejército y uno de los principales conjurados, para
preguntarle si debe realizar el atentado a pesar de todo.
Respuesta negativa. El explosivo permanece en el coche de
Klausing.
La misma noche en Berlín, Beck y Olbricht reconocen
que ha habido un error. Deciden que para el futuro la presencia
de Goering y Himmler no será ya condición necesaria
para matar a Hitler. Pero se ha perdido una rara y valiosa
ocasión. En esta segunda semana de julio, grandes batallas
desastrosas para la Wehrmacht se desarrollan en el frente
oriental. En el frente normando, el V Cuerpo americano avanza
lentamente hacia Saint- Lo. Reconciliado con Von Kluge, Rommel
pondera su decisión. El 16 redacta un informe que,
dirigido jerárquicamente al Oberbefehlshaber West (comandante
en jefe del Oeste), va en realidad destinado a Hitler. Allí
le describe el implacable desgaste del ejército occidental
alemán.
Ha
perdido 97.000 hombres, de ellos 2.360 oficiales, y ahí
se incluyen 28 generales y 358 jefes de unidad. En sustitución
han recibido solo 6.000 hombres. Ha perdido 225 carros de
combate y recibido 17. Combate heroicamente, pero es inminente
una crisis insuperable. "El enemigo está a punto
de romper nuestra débil línea del frente y penetrar
profundamente en el interior de Francia. Una lucha desigual
se aproxima a su epílogo".
En
el documento mecanografiado Rommel añade a mano: "Creo
necesario pedirle que saque todas las consecuencias políticas
de esta situación. Feldmariscal Rommel". Reflexionado,
suprime "políticas", palabra ante la cual
se enfurecería Hitler. El texto, piensa, está
bastante claro. Dice sin términos medios que la guerra
está perdida y que hace falta llegar sin demora a un
acuerdo, al menos con los aliados occidentales.
¿Se
hace ilusiones? ¿Cree acaso que Hitler, viendo perdida la
partida, va a sacrificarse para salvar a Alemania? Es la pregunta
que le hace el almirante Ruge: "Se matará".
"No", responde Rommel. "Conozco al hombre.
Continuará la guerra sin la menor piedad para el pueblo
alemán mientras en Alemania quede una sola casa".
Pero, sin embargo, con cierta innegable incoherencia, continúa
rehusando su adhesión al asesinato. "Le ofrezco",
dice a Speidel, "su última carta. Si no la juega,
actuaré...". El mariscal piensa negociar un armisticio
con el alta mando aliado, la delegación que piensa
enviar a Eisenhower ya está formada en su mente.
Pero,
¿le escucharán? Los rodeos que multiplica tiene sobre
todos fines de sondeo. Muchos generales no dudan en ofrecerse.
El conde Schwerin, jefe de la 116 a División acorazada,
se atreve a firmar un documento en que, declarando que habla
en nombre de sus tropas, pide el fin de la guerra y la revocación
del régimen. El barón Von Luttwitz, jefe de
la "División Acorazada, ratifica los propósitos
de su colega. La que Hitler llama con odio "nobleza de
almanaque" se levanta contra el aventurero que está
arrastrando Alemania al desastre total. Y hay más,
especialmente generales de las SS. También éstos
han perdido la confianza. El 17 de julio Rommel realiza una
inspección de la 1a División acorazada SS. Su
jefe, Joseph (llamado Sepp) Dietrich, es el ex chofer, ex
guardaespaldas y ex confidente de Hitler. Sepp declara con
cólera que la situación es imposible, y que
se está haciendo absurda; que no es posible continuar
la guerra sin suministros, sin repuestos y sobre todo sin
aviación; que de un modo u otro hay que terminarla.
Sus jefes de la división, Bittrich y Meyer, se expresan
con la misma vehemencia. Los mismos pretorianos han perdido
su fanatismo y dudan en este momento del Fuhrer!
Hacia
las 16 horas Rommel se pone en camino para La Roche-Guyon.
El auto va guiado por su chofer Daniels; a su lado el sargento
Holke que escudriña el cielo, y detrás, junto a Rommel,
el comandante Neuhaus y el capitán Lang. El coche rodea Livarot,
sobre la que se esperan aviones enemigos, pero desemboca en
la carretera estatal Livarot y Virmoutiers, cerca del pueblo
de Montgomery. Holke grita: "Jabos!". Daniels
trata de dirigir su vehículo a un camino lateral, pero
disparando con todas sus armas aparecen dos cazas-bombarderos.
Daniels es herido de muerte. El coche da un bandazo a la izquierda,
rebota, atraviesa la carretera y cae a la cuneta derecha.
Rommel yace a veinte pasos, exánime, con doble fractura
de cráneo. Recobrará el sentido en el hospital
de Bernay, donde los médicos se reservan el pronóstico.
El accidente le permite creer que tendrá una coartada
para cuando tres días después, el 20 de julio
suceda lo previsto.
El
20 de julio, jueves, Von Stauffenberg se prepara a llevar
a cabo el atentado contra la vida del Fuhrer. El día
es espléndido. Excepcionalmente, Berlín no ha
sido bombardeada durante la noche. En el aeródromo
de Rangsdorff despega un avión a las 7. Van a bordo
el coronel Von Stauffenberg y su ayudante Werner von Haeften.
Ambos llevan pesadas carteras. En cada una hay una bomba.
Son las mismas que el día 11 hicieron el viaje de ida
y vuelta a Berchtesgaden. Cuatro días después
han hecho el vía y vuelta a Rastenburg, a donde acababa
de llegar Hitler, pero éste suspendió la reunión
en el último instante. Por tercera vez en diez días
parte Von Stauffenberg para matar a Hitler.
Sabe que es el último intento. El nudo se cierra. Uno
de los conjurados más importantes, el ex diputado socialista
en el Reichstag Julius Leber, acaba de ser detenido. La milagrosa
impunidad que ha cubierto una conspiración tan vasta
no puede prolongarse por más tiempo.
Los
miembros del gobierno provisional están todos reunidos
en Berlín. Presidente: Beck. Canciller: Goerdeler.
Asuntos Extranjeros: Von Hassel. Comandante en jefe de las
fuerzas armadas: mariscal Von Witzleben, etc. Von Stauffenberg,
una vez cumplida su misión, debe regresar para ocupar
entre ellos el puesto de secretario de Estado para la Guerra.
El jefe de la guarnición del Gran Berlín, general
Von Hase, y le director de la policía Helldorf, un conjurado
de 1938, están con ellos. Von Hase responde de la escuela
de tropas acorazadas de Krampnitz y del batallón acorazado
de la división "Grossdeutschland", al que
por un sistema de rotación corresponde el honor de
dar guardia a Berlín. No se duda de la adhesión
de Fromm, en cual todavía no sospecha las intenciones
con que su jefe de estado Mayor ha salido para Prusia Oriental.
En caso de que se echara atrás, a la cabeza de las
reservas se pondría una de las víctimas más
ilustres de Hitler, el coronel general Hopner.
El
vuelo dura tres horas, y a las 10.15 el avión toma
tierra cerca de Rastenburg. El coronel ordena al piloto que
esté listo para salir de nuevo en cualquier momento
después de las 12. Luego recorre en coche los últimos
veinte kilómetros al cuartel general de Hitler. La
Wolfsschanze está rodeada por tres fajas sucesivas
de alambre de espino y de barreras eléctricas, y se
entra solamente con salvoconductos y contraseñas que se cambian
varias veces al día. Apenas ha puesto el pie
en la Wolfsschanze (él solo, porque su ayudante debe
permanecer fuera del recinto central, en los alojamientos
dispuestos para oficiales inferiores), Von Stauffenberg almuerza
con el teniente coronel Streve, y es recibido por los generales
Von Thadden y Buhle, que lo conduce hasta el feldmariscal
Keitel. El jefe del OKW le comunica que la reunión
con el Fuhrer tendrá lugar a las 12,30 en la Gastbaracke,
el alojamiento de huéspedes, en vez de en el bunker
subterráneo. Hitler ha adelantado la sesión
con generales porque a las 15 horas espera a Mussolini, que
llega de Italia a una estación ferroviaria secreta
conocida en clave como "Goerlitz".
Son las 12,20. Von Stauffenberg, con un pretexto, se aleja
un momento, entra en una "toilette", coloca la cartera
en el suelo, saca del bolsillo un par de pinzas y rompe con
ellas la ampolla de ácido inserta en la bomba. Desde
ese instante el líquido comienza a corroer el grueso
alambre de acero que, dentro del artefacto, sujeta el potente
muelle del percutor.
Diez
minutos más tarde el grupo de militares entre en la
Gastbaracke, un local de doce metros de largo con una gran
mesa de roble en el centro, tres ventanas (todas abiertas)
y las mesitas del teléfono y el radioteléfono.
Hitler está inclinado sobre los mapas extendidos en
la mesa central. El general Jodl, jefe del departamento de
Operaciones del OKW, está a su izquierda. El general
Heusinger, subjefe del Estado mayor del ejército
ha comenzado ya el informe sobre la situación en el
frente oriental. Von Stauffenberg, apenas es presentado a
Hitler, se separa del grupo, apoya la cartera en uno de los
soportes de la mesa, y volviéndose a un coronel le
dice en voz baja: "Dejo aquí un momento mi cartera.
Tengo que telefonear, y vuelvo en seguida". Este coronel
se llama Heinz Brandt. Brandt empuja un poco lejos la cartera
de Von Stauffenberg. Luego - acaso porque le estorba- la toma
y la coloca al otro lado del soporte de la mesa. Este desplazamiento
del artefacto y el hecho de que la junta se desarrolle en
un sitio de la superficie en vez de encerrada en un bunker
subterráneo, salvarán la vida a Hitler. El general
Heusinger está acabando su informe: "...Los rusos",
está diciendo, "se alargan hacia el norte y el
oeste del Dvina con poderosas fuerzas. Sus vanguardias se
encuentran y al sudoeste de Dvinaburg. Si no hacemos retirar
inmediatamente nuestro grupo de ejércitos que se encuentra
junto al lago Peipus, una catástrofe de..." Son
las 12,42, y la bomba estalla. Von Stauffenberg está
a un centenar de metros de la Gastbaracke, al extremo del "Bunker
88", sede de las oficinas del general Fellgiebel. Ve
el estallido, el techo salta por los aires, una llamarada
amarillo-rosada y los cuerpos lanzados por las ventas. "Era
como si el barrancón hubiese sido alcanzado por una
granada de 155 milímetros".
De los veinticuatro presentes a la reunión, mueren
cuatro, y uno de éstos es el desprevenido coronel Brandt.
Jodl, ileso, corre fuera aullando: "Attentat! Attentant!.
" Keitel, ligeramente herido, pregunta . "¿Dónde
está el Fuhrer?". Hitler está vivo. El
soporte de la mesa (una plancha de madera maciza de quince
centímetros de espesor) le ha protegido. Sólo
ha tenido los cabellos chamuscados, las piernas derecha quemada,
y el brazo derecho parcial y temporalmente paralizado. Del
techo le ha caído sobre el dorso una viga, lacerándole
las nalgas. "¡Mis pantalones nuevos!", repite el
Furher, presa del shock. "¡Me los acaba de poner!".
Pero a pesar de todo, Hitler es el más calmado de todos.
En un primer momento, Hitler había creído que
la Gastbaracke había sido alcanzada por una bomba de
avión, pero menos de una hora después, cuando
se sabe que Von Stauffenberg ha dejado el cuartel general
en coche diciendo que debía dirigirse urgentemente
a Berlín "por orden del Fuhrer", parece claro
que se ha tratado de un atentado.
El
avión del coronel despega de Rastenburg a las 13.15,
menos de media hora después de la explosión,
y llega al aeródromo de Rangsdorf ( a cuarenta y cinco
minutos de coche de Berlín) a las 13,50. Peor en la
capital, hasta ese momento, los conjurados han esperado en
vano una señal sobre el resultado de la "Operación
Valkiria".
Por
motivos que se conocerán nunca el generral Fellgiebel
-que ha sido detenido en seguida y luego recibirá la
muerte- no ha telefoneado a Berlín y ni siquiera ha
interrumpido las comunicaciones entre la Wolfsschanze y la
capital. Cuando Von Stauffenberg llega a la Bendlerstrasse,
sede el Ministerio de la Guerra, y anuncia la muerte del Fuhrer
("Hitler ha muerto; lo he visto yo" ) son ya las
16,30, y desde Rastenburg ha despegado Himmler en dirección
a Berlín con orden de aplastar la revuelta.
La
primera duda fundada del éxito del atentado llegó
media hora más tarde ( a las 17,16). El general Fromm,
que sólo se ha adherido formalmente a la conjura, telefonea
a la Wolfsschanze, habla con Keitel y se entera que "Sí,
ha habido un atentado contra la vida del Fuhrer, pero ha fallado".
Fromm corre al despacho de Olbricht y se encuentra allí
a Von Stauffenberg que, mediante los teletipos, está
poniéndose en contacto con todos los jefes de los mandos
alemanes en Europa. "Hitler no ha muerto", le grita.
"Debe usted suicidarse". Olbricht y Von Stauffenberg
se lanzan sobre el general, lo desarman y detienen.
Pero
los conjurados han cometido un gravísimo error. No
se han apoderado todavía de la radio y de las centrales
telefónicas, de modo que a las 18 horas la Deutschlandsender,
la más potente estación alemana de radio, pueden transmitir
la noticia de que Hitler ha escapado al atentado y hablará
al pueblo por la noche. A la
misma
hora otro conjurado, Von Hase, comandante militar de Berlín,
ordena a una unidad selecta- el Wachtbataillon Grossdeutschland,
mando por el comandante Otto Ernst Remer- que rodee los Ministerios
y los ocupe. Sin embargo, Goebbels, que quedó en su
despacho de la Wilhelmplatz y de quien no se ha ocupado ninguno
de los conspiradores, consigue ponerse en contacto a tiempo
con Remer y convocarlo urgentemente, exponiéndole la
situación. Hitler está vivo. Si quiere tener
la prueba, le hará hablar con él. En pocos minutos
Goebbles obtiene comunicación con la Wolfasschanze,
pregunta por el Fuhrer y luego pasa el teléfono a Remer.
"¿Reconoce mi voz"", dice Hitler al comandante.
"Entonces sepa que estoy completamente ileso. Le nombro
coronel. Póngase a las órdenes de Himmler y
reprima esta revuelta con energía y sin piedad".
A
las 19,30 el batallón de Remer irrumpe en la Bendlerstrasse,
pero entre tanto Fromm ha sido liberado y, para desembarazarse
de testigos peligroso, los reúne en la estancia del
Ministerio y declara: "En nombre del Fuhrer: El Tribunal
de Guerra convocado por mi ha emitido el siguiente veredicto
sumario: el coronel de Estado Mayor Mertz von Quirnheim, el
general Olbricht, el coronel - no me decido a pronunciar su
nombre (Von Stauffenberg)- y el teniente Von Haeften, son
condenados a muerte".
El
grupo, conducido al patio de la Bendlerstrase, es fusilado.
El general Beck pide un revólver, se le concede, y
se dispara en la cabeza. Pero no muere. "Ayuden al anciano
caballero", dice Fromm a un brigada. El suboficial pone
en la mano de Beck otra pistola, y esta vez el general logra
quitarse la vida.
Hacia
medianoche llegan Kaltenbrunner, jefe de la Gestapo, y el
coronel de las SS Otto Skorseny, el llamado "héroe
del Gran Sasso", que ordenan suspender las ejecuciones
sumarias. Himmler quiere a los conjurados vivos, para torturarlos
y sacarles información que lleve a la identificación
de todos los demás. También el general Fromm,
a pesar de su celo sanguinario, será fusilado. El último
capítulo del atentado a la feroz represión nazi
durante la cual serán muertos dos mil militares y otros
tantos civiles. Hitler habla por radio, la misma noche, sobre
el "crimen sin precedentes en la historia alemana".
"Esta vez", dice, "se procederá expeditivamente
con los criminales. Nada de tribunales militares. Los llevaremos
ante el tribunal del pueblo. Y dos horas después de
la sentencia, deberá ser cumplida. Mediante la horca."
Y
añade. "Quiero verlos colgados como bestias".
|
Arriba,
derecha e izquierda, dos imágenes para ampliar del estado
actual de la Wolfsschanze,
la Guardia del Lobo, donde se produjo el fracaso atentado
contra Hitler. |
La revuelta contra Hitler es sofocada así en un baño
de sangre que durará todavía largo tiempo pero
que no logra variar el curso de los acontecimientos. Por encima
de los primeros juicios políticos totalmente equivocados
(desde el Fuhrer, que habla de una tentativa realizada por
un reducido grupo de militares ambiciosos, hasta Churchill,
que lo atribuye a una lucha interna de poder: "...los
jefes nazis", dice, "se matan entre sí"),
el atentado del 20 de julio representa un fracaso porque-como
escribe Enzo Collotti -mas que un acto de rebelión
ha sido "una tentativa de alejar a Hitler del poder para
establecer condiciones favorables a una negociación
de paz con las potencias occidentales", y por consiguiente
impedir al Ejército Rojo alcanzar las fronteras del
Reich. (*)
(*)
(*)
Fuente: "Vuela por los
aires la Guarida del Lobo", en La segunda Guerra Mundial, ed.
Sarpe.