LA
CARTA DE JAMAICA DE BOLÍVAR Y LA UNIDAD DE AMÉRICA
Por
William Ospina
Cuando el 6 de septiembre de 1815, Simón Bolívar dirigió
desde Jamaica su famosa "Carta de un americano meridional a
un caballero de esta isla", empezaba explicándole que era
tal la amplitud y complejidad del continente, que nadie podía dar
razón plena de su situación en aquel momento: "Así, me
encuentro en un conflicto, entre el deseo de corresponder a la
confianza con que Vd. me favorece y el impedimento de
satisfacerla, tanto por la falta de documentos y libros, cuanto
por los limitados conocimientos que poseo de un país tan inmenso,
variado y desconocido como el Nuevo Mundo. En mi opinión es
imposible responder a las preguntas con que Vd. me ha honrado. El
mismo barón de Humboldt, con su universalidad de conocimientos
teóricos y prácticos, apenas lo haría con exactitud, porque
aunque una parte de la estadística y revolución de América es
conocida, me atrevo a asegurar que la mayor está cubierta de
tinieblas y, por consecuencia, sólo se pueden ofrecer conjeturas
más o menos aproximadas, sobre todo en lo relativo a la suerte
futura y a los verdaderos proyectos de los americanos; pues
cuantas combinaciones suministra la historia de las naciones, de
otras tantas es susceptible la nuestra por su posición física,
por las vicisitudes de la guerra y por los cálculos de la
política".
Le
cuenta que hay cerca de un millón de habitantes en las provincias
del Río de la Plata, que ya se mueven con armas hacia el alto
Perú e inquietan a los partidarios del rey en Lima. Que en Chile
hay ochocientos mil ansiando la independencia. Que en el Perú hay
millón y medio, y dos millones y medio en las regiones de la
Nueva Granada, Quito, Panamá y Santa Marta. Venezuela, por su
parte, tenía un millón, pero ha perdido una cuarta parte en la
guerra de Independencia. "En Nueva España [México] había
en 1808, según nos refiere el barón de Humboldt, 7.800.000 almas
con inclusión de Guatemala. Desde aquella época, la
insurrección que ha agitado a casi todas las provincias ha hecho
disminuir sensiblemente aquel cómputo, que parece exacto; pues
más de un millón de hombres ha perecido, como lo podrá Vd. ver
en la exposición de Mr. Walton, que describe con fidelidad los
sanguinarios crímenes cometidos en aquel opulento imperio".
Después de hacer este recuento general de la situación de los
países, no deja de advertir con clarividencia que hay regiones
donde durará todavía mucho tiempo la dominación española:
"Las islas de Puerto Rico y Cuba que, entre ambas, pueden
formar una población de 700 a 800.000 almas, son las que más
tranquilamente poseen los españoles, porque están fuera del
contacto de los independientes. Mas ¿no son americanos estos
insulares? ¿No son vejados? ¿No desean su bienestar?"
En
total 16 millones de personas en dos mil leguas de longitud y
novecientas de latitud, enfrentadas a un imperio que "aunque
fue, en algún tiempo, el más vasto imperio del mundo, sus restos
son ahora impotentes para dominar el nuevo hemisferio y hasta para
mantenerse en el antiguo". Después Bolívar, que conoce
demasiado bien la situación de España, convertida en una mera
intermediaria entre el enorme continente americano y las nuevas
potencias europeas, comenta la situación de la península:
"¡Qué demencia la de nuestra enemiga, pretender
reconquistar la América, sin marina, sin tesoro y casi sin
soldados!, pues los que tiene, apenas son bastantes para retener a
su propio pueblo en una violenta obediencia y defenderse de sus
vecinos. Por otra parte, ¿podrá esta nación hacer el comercio
exclusivo de la mitad del mundo, sin manufacturas, sin
producciones territoriales, sin artes, sin ciencias, sin
política?". Y se queja de que Europa no asuma con mayor
compromiso la causa de la independencia americana: "La Europa
misma, por miras de sana política, debería haber preparado y
ejecutado el proyecto de la independencia americana; no sólo
porque el equilibrio del mundo así lo exige; sino porque éste es
el medio legítimo y seguro de adquirirse establecimientos
ultramarinos de comercio".
Además
del cuadro geográfico y humano que traza, Bolívar muestra muy
bien en estas páginas su talento como político, su conocimiento
de la Europa de su tiempo, su habilidad como estratega. Sin
embargo, a esas alturas ni siquiera para él era evidente lo que
sobrevendría, ni cuál sería el orden que estaban en condiciones
de construir: "Todavía es más difícil presentir la suerte
futura del Nuevo Mundo, establecer principios sobre su política y
casi profetizar la naturaleza del gobierno que llegará a adoptar.
Toda idea relativa al porvenir de este país me parece aventurada.
¿Se pudo prever cuando el género humano se hallaba en su
infancia, rodeado de tanta incertidumbre, ignorancia y error,
cuál sería el régimen que abrazaría para su conservación?
¿Quién se habría atrevido a decir: tal nación será república
o monarquía, ésta será pequeña, aquélla grande? En mi
concepto, ésta es la imagen de nuestra situación".
Estas
reflexiones sobre la realidad inmediata de la guerra y de la
política, están basadas en consideraciones más generales. A
Bolívar, como sin duda a buena parte de los líderes de la
Independencia americana, en mayor o menor medida, le era urgente
comprender la composición humana del continente, saber lo que
podía hacerse, en términos políticos y filosóficos, con esa
arcilla ardiente lista para ser moldeada. "Nosotros somos un
pequeño género humano -dice-; poseemos un mundo aparte, cercado
por dilatados mares, nuevo en casi todas las artes y ciencias,
aunque en cierto modo viejo en los usos de la sociedad civil. Yo
considero el estado actual de la América, como cuando desplomado
el Imperio Romano cada desmembración formó un sistema político,
conforme a sus intereses y situación o siguiendo la ambición
particular de algunos jefes, familias o corporaciones; con esta
notable diferencia, que aquellos miembros dispersos volvían a
restablecer sus antiguas naciones con las alteraciones que
exigían las cosas o los sucesos; mas nosotros, que apenas
conservamos vestigios de lo que en otro tiempo fue, y que por otra
parte no somos indios ni europeos, sino una especie media entre
los legítimos propietarios del país y los usurpadores
españoles: en suma, siendo nosotros americanos por nacimiento y
nuestros derechos los de Europa, tenemos que disputar éstos a los
del país y que mantenernos en él contra la invasión de los
invasores; así nos hallamos en el caso más extraordinario y
complicado; no obstante que es una especie de adivinación indicar
cuál será el resultado de la línea de política que la América
siga, me atrevo a aventurar algunas conjeturas, que, desde luego,
caracterizo de arbitrarias, dictadas por un deseo racional y no
por un raciocinio probable".
Como a
Humboldt, una de las cosas que más preocupaban a Bolívar era la
tremenda desigualdad que se heredaba de la Colonia. En casi todos
los países los pueblos indígenas habían sido despojados de su
rica tradición, de su conciencia de estar en el centro de un
mundo, de su dignidad, y apresuradamente convertidos en adoradores
de un orden mental en el que jamás serían vistos en condiciones
de igualdad. Por su tremenda arrogancia, la corona, los
negociantes y la Iglesia estaban dispuestos a tener súbditos, a
tener siervos y a tener fieles, pero no a permitir que se diera
aquí un proceso de dignificación de seres humanos, y menos aún
de exaltación de seres libres, capaces de criterio y de juicio.
Durante siglos la Iglesia Católica seguiría prohibiendo en
América la lectura libre, que había sido el instrumento de la
Ilustración para construir una conciencia ciudadana y un
individuo responsable capaz de sostener el andamiaje de las
repúblicas. Bolívar se interrogaba continuamente sobre cómo
fundar un orden político en el que los siervos y los esclavos
accedieran a la libertad, los criollos discriminados accedieran a
la igualdad, y unos y otros accedieran a la fraternidad,
principios que tan elocuentemente pregonaban en Francia los
cañones de la Revolución. Pero si era difícil en París hacer
que los franceses accedieran a la libertad, la igualdad y la
fraternidad; en París, donde todos formaban parte de una nación
homogénea con más de cuatro siglos de existencia unificada,
cohesionados por una larga tradición, ¿qué esperar de pueblos
formados por indios, criollos y negros, por mestizos, mulatos y
zambos? ¿Qué esperar de esos criollos más dispuestos a
conquistar notoriedad y poder que a convivir con la mulatería y
con la indiada? ¿Qué esperar de esos remanentes de las viejas
culturas nativas? ¿Qué hacer con esas religiones sincréticas?
¿Qué hacer con los ricos patriotas que estaban dispuestos a
luchar por la independencia pero no a darles la libertad a sus
muchos esclavos? ¿Qué hacer con esos mineros y hacendados que
vivían de enviar sus metales y sus productos a España? ¿Qué
hacer con esos comerciantes que vivían del intercambio con las
metrópolis? ¿Qué hacer con los que habían aprendido los mil
matices de la trampa en la burocracia, con la ya floreciente
tradición del legalismo sinuoso, ese imperio de leguleyos que
apretaban y volvían a apretar las tuercas de la ley para medrar
de sus vacíos y parasitar de sus ambigüedades? Bolívar sabía
que la dominación española no había permitido la formación de
una elite capaz de gobernar, de dirigir, de formar estados
modernos, y sabía que no era cuestión de esperar a que se diera
esa madurez, porque mientras persistiera la dominación colonial
ningún criollo podría formarse en la práctica de la
administración ni desplegar en ella su talento. Así, sigue
diciendo: "Estábamos, como acabo de exponer, abstraídos y,
digámoslo así, ausentes del universo en cuanto es relativo a la
ciencia del gobierno y administración del Estado. Jamás éramos
virreyes ni gobernadores, sino por causas muy extraordinarias;
arzobispos y obispos pocas veces; diplomáticos nunca; militares,
sólo en calidad de subalternos; nobles, sin privilegios reales;
no éramos, en fin, ni magistrados, ni financistas y casi ni aun
comerciantes; todo es contravención directa de nuestras
instituciones". De modo que se ve obligado a pintar sin
adornos un cuadro patético de la situación de los herederos de
la administración colonial: "Los americanos han subido de
repente y sin los conocimientos previos, y, lo que es más
sensible, sin la práctica de los negocios públicos, a
representar en la escena del mundo las eminentes dignidades de
legisladores, magistrados, administradores del erario,
diplomáticos, generales y cuantas autoridades supremas y
subalternas forman la jerarquía de un estado organizado con
regularidad".
Por
otra parte, la costumbre de no ver en los adversarios a seres
humanos, típica de los conquistadores y en aquellos tiempos
también de los ejércitos reales (Bolívar recuerda que los
mexicanos luchaban en vano por hacerles respetar el derecho de
gentes: "Propuso la junta que la guerra se hiciese como entre
hermanos y conciudadanos, pues que no debía ser más cruel que
entre naciones extranjeras; que los derechos de gentes y de
guerra, inviolables para los mismos infieles y bárbaros, debían
serlo más para cristianos, sujetos a un soberano y a unas mismas
leyes; que los prisioneros no fuesen tratados como reos de lesa
majestad ni se degollasen los que rendían las armas, sino que se
mantuviesen en rehenes para canjearlos; que no se entrase a sangre
y fuego en las poblaciones pacíficas, no las diezmasen ni
quintasen para sacrificarlas" ), se perpetuó por extraña
herencia en los criollos que llegaron a hacerse dueños de los
Estados. Se sabe que muchos indígenas se resistieron a la idea de
la independencia porque temían, con razón, que los mestizos que
se harían cargo de los estados podían llegar a ser más
excluyentes y más despectivos con indios, negros y mulatos, que
los propios españoles. También en su tiempo muchos esclavos
rechazaron la idea incomprensible de que fuera abolida la
esclavitud, ya que sin una amplia y larga labor pedagógica y
social de cambio de valores, de construcción de una ética de la
igualdad, y de ofrecimiento efectivo de oportunidades educativas,
políticas, legales y económicas, la libertad de los esclavos se
limitaba, como ha dicho Estanislao Zuleta, a dejarlos libres de
comida y de techo.
El
camino que veía Bolívar era el camino de la generosidad, y
después de sus generosas propuestas fue el camino que menos se
siguió. Veía a su América, al menos a la hija de España, como
una sola nación, pero no encontraba el sistema político en el
que pudiera caber esa vastedad y diversidad geográfica de la que
aquí hemos hablado, esa complejidad étnica, esa turbulencia
social. Creía en la necesidad de un lento y paternal trabajo
pedagógico que les enseñara a las razas, a las clases sociales,
a las regiones y a las tradiciones, a convivir, potenciando lo
mejor de todas ellas y estableciendo ese diálogo creador en el
marco de una legislación rica en garantías, que les permitiera
superar en poco tiempo el trauma de un siglo de salvajes
conquistas y dos siglos de arrogancia colonial: "Yo deseo
más que otro alguno ver formar en América la más grande nación
del mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad
y gloria. Aunque aspiro a la perfección del gobierno de mi
patria, no puedo persuadirme que el Nuevo Mundo sea por el momento
regido por una gran república; como es imposible, no me atrevo a
desearlo, y menos deseo una monarquía universal en América,
porque este proyecto, sin ser útil, es también imposible. Los
abusos que actualmente existen no se reformarían y nuestra
regeneración sería infructuosa. Los estados americanos han
menester de los cuidados de gobiernos paternales que curen las
llagas y las heridas del despotismo y la guerra".
Así
como había desde siempre una América caribeña, una América
andina y una América amazónica, una América de los desiertos
del norte y una América de las pampas del sur, se había ido
definiendo también una América blanca, una América india y una
América negra. O mejor aún, una euroamérica predominantemente
blanca, como la de Argentina o Chile; una indoamérica indígena y
mestiza, en México, Guatemala, Ecuador, Perú, o Bolivia, una
afroamérica predominantemente negra y mulata, en Cuba, Haití,
República Dominicana, Jamaica, o Brasil. Ello no significaba que
todos no fueran mestizos en mayor o menor grado, pero de esa
composición original derivaban muchos elementos que
caracterizaron a los países. Cada una de estas Américas tendría
elementos singulares qué aportar al mosaico de la civilización,
y era muy difícil que la solución de esos conflictos se diera
por el hallazgo casi mágico de un sistema político adecuado a
sus necesidades. Además todos los sistemas políticos son fruto
de la tradición y de la experiencia, y la América mestiza era un
experimento nuevo en la historia del mundo. La conquista de su
independencia formal sería apenas el primer paso de una larga
búsqueda que exigía el experimento de la convivencia social en
el marco de legislaciones nuevas, el fortalecimiento económico
gobernado por el ideal de la autonomía y la independencia
cultural. Bien dijo Simón Rodríguez que sólo hallaríamos
soluciones cuando no nos pensáramos diferentes de un país a otro
y cuando no creyéramos en más fronteras que las naturales del
continente. Dos siglos después aún no se han cumplido plenamente
esas condiciones para la existencia de la América Mestiza como
una nación solidaria con firmes compromisos y con
responsabilidades compartidas frente al destino del mundo, pero a
pesar del caos aparente, es mucho lo que hemos avanzado.
El
mestizaje, que era nuestra gran dificultad, es también nuestra
gran oportunidad en el escenario de la cultura contemporánea, ya
que esa tendencia a los mestizajes y los mulatajes es una de las
principales características de la modernidad. El mundo no tiende
ya hacia ninguna forma de pureza racial, o cultural, sino hacia
todo tipo de fusiones. Ello explica el valor de las culturas
mestizas como rostro pleno de la época. Sus desafíos son los
más imperiosos, ya que frente al peligro persistente de los
fascismos, que pretenden reivindicar la superioridad de las razas
puras, de las lenguas puras, de las religiones únicas o de las
culturas homogéneas, y que absurdamente pretenden imponérselas
al mundo entero, la única alternativa es encontrar el valor de
las fusiones y mostrar la civilización mestiza como el verdadero
rostro del futuro. Así, nuestros países, sobre los cuales el
poder hegemónico de ciertas culturas obró tantas atrocidades y
tantas violencias, se han visto obligados antes que cualquier otro
a ser los laboratorios de esa nueva edad planetaria.
A eso
apuntaba, desde una época en que ni la etnología ni la
antropología habían dado a las culturas su vindicación y su
justificación, el ideario de ese gran hombre de acción y gran
soñador de futuros que fue el Libertador Bolívar. Hay en sus
ideas más una suerte de oscura intuición que un preciso
desarrollo conceptual. En el párrafo final de su carta lo veremos
confiar más en la posibilidad de una unión americana que de una
unión europea, ya que Europa le parecía más fraccionada en
términos políticos que nuestra América. En nuestro tiempo hemos
visto que Europa, más radicalmente separada en términos
culturales y sociales, ha empezado a unirse en una gran comunidad
política. Hermanados por la tradición y por la lengua, tal vez
no esté muy lejos el día en que se cumpla el todavía improbable
sueño de una unidad de naciones de nuestra América, como se
bosqueja en aquellas palabras de la Carta de Jamaica: "Es una
idea grandiosa pretender formar de todo el Mundo Nuevo una sola
nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con
el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una
religión, debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que
confederase los diferentes estados que hayan de formarse; mas no
es posible, porque climas remotos, situaciones diversas, intereses
opuestos, caracteres desemejantes, dividen a la América. ¡Qué
bello sería que el Istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el
de Corinto para los griegos! Ojalá que algún día tengamos la
fortuna de instalar allí un augusto congreso de los
representantes de las repúblicas, reinos e imperios, a tratar y
discutir sobre los altos intereses de la paz y de la guerra, con
las naciones de las otras partes del mundo. Esta especie de
corporación podrá tener lugar en alguna época dichosa de
nuestra regeneración; otra esperanza es infundada, semejante a la
del abate St. Pierre, que concibió el laudable delirio de reunir
un congreso europeo para decidir de la suerte y de los intereses
de aquellas naciones". (*)
|

Imagen
de Jamaica, la isla caribeña donde Simón Bolívar
escribió su famosa carta. |
(*)
Fuente: William Ospina,
"La carta de Jamaica" en América mestiza. El país
del futuro, editado en página web de Villegas editor.
LA
CARTA DE JAMAICA

Muy
señor mío: Me apresuro a contestar la carta de 29 del mes
pasado que usted me hizo el honor de dirigirme, y yo recibí con
la mayor satisfacción.
Sensible
como debo, al interés que usted ha querido tomar por la suerte de
mi patria, afligiéndose con ella por los tormentos que padece,
desde su descubrimiento hasta estos últimos períodos, por parte
de sus destructores los españoles, no siento menos el
comprometimiento en que me ponen las solícitas demandas que usted
me hace, sobre los objetos más importantes de la política
americana. Así, me encuentro en un conflicto, entre el deseo de
corresponder a la confianza con que usted me favorece, y el
impedimento de satisfacerle, tanto por la falta de documentos y de
libros, cuanto por los limitados conocimientos que poseo de un país
tan inmenso, variado y desconocido como el Nuevo Mundo.
En mi
opinión es imposible responder a las preguntas con que usted me
ha honrado. El mismo barón de Humboldt, con su universalidad de
conocimientos teóricos y prácticos, apenas lo haría con
exactitud, porque aunque una parte de la estadística y revolución
de América es conocida, me atrevo a asegurar que la mayor está
cubierta de tinieblas y, por consecuencia, sólo se pueden ofrecer
conjeturas más o menos aproximadas, sobre todo en lo relativo a
la suerte futura, y a los verdaderos proyectos de los americanos;
pues cuantas combinaciones suministra la historia de las naciones,
de otras tantas es susceptible la nuestra por sus posiciones físicas,
por las vicisitudes de la guerra, y por los cálculos de la política.
Como
me conceptúo obligado a prestar atención a la apreciable carta
de usted, no menos que a sus filantrópicas miras, me animo a
dirigir estas líneas, en las cuales ciertamente no hallará usted
las ideas luminosas que desea, mas sí las ingenuas expresiones de
mis pensamientos.
«Tres
siglos ha —dice usted— que empezaron las barbaridades que los
españoles cometieron en el grande hemisferio de Colón».
Barbaridades que la presente edad ha rechazado como fabulosas,
porque parecen superiores a la perversidad humana; y jamás serían
creídas por los críticos modernos, si constantes y repetidos
documentos no testificasen estas infaustas verdades. El filantrópico
obispo de Chiapa, el apóstol de la América, Las Casas, ha dejado
a la posteridad una breve relación de ellas, extractada de las
sumarias que siguieron en Sevilla a los conquistadores, con el
testimonio de cuantas personas respetables había entonces en el
Nuevo Mundo, y con los procesos mismos que los tiranos se hicieron
entre sí: como consta por los más sublimes historiadores de
aquel tiempo. Todos los imparciales han hecho justicia al celo,
verdad y virtudes de aquel amigo de la humanidad, que con tanto
fervor y firmeza denunció ante su gobierno y contemporáneos los
actos más horrorosos de un frenesí sanguinario.
Con cuánta
emoción de gratitud leo el pasaje de la carta de usted en que me
dice «que espera que los sucesos que siguieron entonces a las
armas españolas, acompañen ahora a las de sus contrarios, los
muy oprimidos americanos meridionales». Yo tomo esta esperanza
por una predicción, si la justicia decide las contiendas de los
hombres. El suceso coronará nuestros esfuerzos; porque el destino
de América se ha fijado irrevocablemente: el lazo que la unía a
España está cortado: la opinión era toda su fuerza; por ella se
estrechaban mutuamente las partes de aquella inmensa monarquía;
lo que antes las enlazaba ya las divide; más grande es el odio
que nos ha inspirado la Península que el mar que nos separa de
ella; menos difícil es unir los dos continentes, que reconciliar
los espíritus de ambos países. El hábito a la obediencia; un
comercio de intereses, de luces, de religión; una recíproca
benevolencia; una tierna solicitud por la cuna y la gloria de
nuestros padres; en fin, todo lo que formaba nuestra esperanza nos
venía de España. De aquí nacía un principio de adhesión que
parecía eterno; no obstante que la inconducta de nuestros
dominadores relajaba esta simpatía; o, por mejor decir, este
apego forzado por el imperio de la dominación. Al presente sucede
lo contrario; la muerte, el deshonor, cuanto es nocivo, nos
amenaza y tememos: todo lo sufrimos de esa desnaturalizada
madrastra. El velo se ha rasgado y hemos visto la luz y se nos
quiere volver a las tinieblas: se han roto las cadenas; ya hemos
sido libres, y nuestros enemigos pretenden de nuevo esclavizarnos.
Por lo tanto, América combate con despecho; y rara vez la
desesperación no ha arrastrado tras sí la victoria.
Porque
los sucesos hayan sido parciales y alternados, no debemos
desconfiar de la fortuna. En unas partes triunfan los in
dependientes, mientras que los tiranos en lugares diferentes,
obtienen sus ventajas, y ¿cuál es el resultado final? ¿No está
el Nuevo Mundo entero, conmovido y armado para su defensa? Echemos
una ojeada y observaremos una lucha simultánea en la misma
extensión de este hemisferio.
El
belicoso estado de las provincias del Río de la Plata ha purgado
su territorio y conducido sus armas vencedoras al Alto Perú,
conmoviendo a Arequipa, e inquietado a los realistas de Lima.
Cerca de un millón de habitantes disfruta allí de su libertad.
El
reino de Chile, poblado de ochocientas mil almas, está lidian do
contra sus enemigos que pretenden dominarlo; pero en vano, porque
los que antes pusieron un término a sus conquistas, los indómitos
y libres araucanos, son sus vecinos y compatriotas; y su ejemplo
sublime es suficiente para probarles, que el pueblo que ama su
independencia, por fin la logra.
El
virreinato del Perú, cuya población asciende a millón y medio
de habitantes, es, sin duda, el más sumiso y al que más
sacrificios se le han arrancado para la causa del rey, y bien que
sean vanas las relaciones concernientes a aquella porción de América,
es indubitable que ni está tranquila, ni es capaz de oponerse al
torrente que amenaza a las más de sus provincias.
La
Nueva Granada que es, por decirlo así, el corazón de la América,
obedece a un gobierno general, exceptuando el reino de Quito que
con la mayor dificultad contienen sus enemigos, por ser
fuertemente adicto a la causa de su patria; y las provincias de
Panamá y Santa Marta que sufren, no sin dolor, la tiranía de sus
señores. Dos millones y medio de habitantes están esparcidos en
aquel territorio que actualmente defienden contra el ejército
español bajo el general Morillo, que es verosímil sucumba
delante de la inexpugnable plaza de Cartagena. Mas si la tomare
será a costa de grandes pérdidas, y desde luego carecerá de
fuerzas bastantes para subyugar a los morigeros y bravos moradores
del interior.
En
cuanto a la heroica y desdichada Venezuela sus acontecimientos han
sido tan rápidos y sus devastaciones tales, que casi la han
reducido a una absoluta indigencia a una soledad espantosa; no
obstante que era uno de los más bellos países de cuantos hacían
el orgullo de América. Sus tiranos gobiernan un desierto, y sólo
oprimen a tristes restos que, escapados de la muerte, alimentan
una precaria existencia; algunas mujeres, niños y ancianos son
los que quedan. Los más de los hombres han perecido por no ser
esclavos, y los que viven, combaten con furor, en los campos y en
los pueblos internos hasta expirar o arrojar al mar a los que
insaciables de sangre y de crímenes, rivalizan con los primeros
monstruos que hicieron desaparecer de la América a su raza
primitiva. Cerca de un millón de habitantes se contaba en
Venezuela y sin exageración se puede conjeturar que una cuarta
parte ha sido sacrificada por la tierra, la espada, el hambre, la
peste, las peregrinaciones; excepto el terremoto, todos resultados
de la guerra.
En
Nueva España había en 1808, según nos refiere el barón de
Humboldt, siete millones ochocientas mil almas con inclusión de
Guatemala. Desde aquella época, la insurrección que ha agitado a
casi todas sus provincias, ha hecho disminuir sensiblemente aquel
cómputo que parece exacto; pues más de un millón de hombres han
perecido, como lo podrá usted ver en la exposición de Mr. Walton
que describe con fidelidad los sanguinarios crímenes cometidos en
aquel opulento imperio. Allí la lucha se mantiene a fuerza de
sacrificios humanos y de todas especies, pues nada ahorran los
españoles con tal que logren someter a los que han tenido la
desgracia de nacer en este suelo, que parece destinado a empaparse
con la sangre de sus hijos. A pesar de todo, los mejicanos serán
libres, porque han abrazado el partido de la patria, con la
resolución de vengar a sus pasados, o seguirlos al sepulcro. Ya
ellos dicen con Reynal: llegó el tiempo en fin, de pagar a los
españoles suplicios con suplicios y de ahogar a esa raza de
exterminadores en su sangre o en el mar.
Las
islas de Puerto Rico y Cuba, que entre ambas pueden formar una
población de setecientas a ochocientas mil almas, son las que más
tranquilamente poseen los españoles, porque están fuera del
contacto de los independientes. Mas ¿no son americanos estos
insulares? ¿No son vejados? ¿No desearán su bienestar?
Este
cuadro representa una escala militar de dos mil leguas de longitud
y novecientas de latitud en su mayor extensión en que dieciséis
millones de americanos defienden sus derechos, o están
comprimidos por la nación española que aunque fue en algún
tiempo el más vasto imperio del mundo, sus restos son ahora
impotentes para dominar el nuevo hemisferio y hasta para
mantenerse en el antiguo. ¿Y qué amante de la libertad permite
que una vieja serpiente por sólo satisfacer su saña envenenada,
devore la más bella parte de nuestro globo? ¡Qué! ¿Está
Europa sorda al clamor de su propio interés? ¿No tiene ya ojos
para ver la justicia? ¿Tanto se ha endurecido para ser de este
modo insensible? Estas cuestiones cuanto más las medito, más me
confunden; llego a pensar que se aspira a que desaparezca la América,
pero es imposible porque toda Europa no es España. ¡Qué
demencia la de nuestra enemiga, pretender reconquistar América,
sin marina, sin tesoros y casi sin soldados! Pues los que tiene,
apenas son bastantes para retener a su propio pueblo en una
violenta obediencia, y defenderse de sus vecinos. Por otra parte,
¿podrá esta nación hacer el comercio exclusivo de la mitad del
mundo sin manufacturas. Sin producciones territoriales, sin artes,
sin ciencias, sin política? Lograda que fuese esta loca empresa,
y suponiendo más, aun lograda la pacificación, los hijos de los
actuales americanos únicos con los de los europeos
reconquistadores, ¿no volverían a formar dentro de veinte años
los mismos patrióticos designios que ahora se están combatiendo?
Europa
haría un bien a España en disuadirla de su obstinada temeridad,
porque a lo menos le ahorrará los gastos que expende, y la sangre
que derrama; a fin de que fijando su atención en sus propios
recintos, fundase su prosperidad y poder sobre bases más sólidas
que las de inciertas conquistas, un comercio precario y exacciones
violentas en pueblos remotos, enemigos y poderosos. Europa misma
por miras de sana política debería haber preparado y ejecutado
el proyecto de la independencia americana, no sólo porque el
equilibrio del mundo así lo exige, sino porque éste es el medio
legítimo y seguro de adquirirse establecimientos ultramarinos de
comercio. Europa que no se halla agitada por las violentas
pasiones de la venganza, ambición y codicia, como España, parece
que estaba autorizada por todas las leyes de la equidad a
ilustrarla sobre sus bien entendidos intereses.
Cuantos
escritores han tratado la materia se acordaban en esta parte. En
consecuencia, nosotros esperábamos con razón que todas las
naciones cultas se apresurarían a auxiliarnos, para que adquiriésemos
un bien cuyas ventajas son recíprocas a entrambos hemisferios.
Sin embargo, ¡cuán frustradas esperanzas! No sólo los europeos.
pero hasta nuestros hermanas del Norte se han mantenido inmóviles
espectadores de esta contienda, que por su esencia es la más
justa, y por sus resultados la más bella e importante de cuantas
se han suscitado en los siglos antiguos y modernos, ¿porque hasta
dónde se puede calcular la trascendencia de la libertad en el
hemisferio de Colón?
«La
felonía con que Bonaparte —dice usted— prendió a Carlos IV y
a Fernando VII, reyes de esta nación, que tres siglos la aprisionó
con traición a dos monarcas de la América meridional, es un acto
manifiesto de retribución divina y, al mismo tiempo, una prueba
de que Dios sostiene la justa causa de los americanos, y les
concederá su independencia».
Parece
que usted quiere aludir al monarca de Méjico Moctezuma, preso por
Cortés y muerto, según Herrera, por el mismo, aunque Solís dice
que por el pueblo, y a Atahualpa, inca del Perú, destruido por
Francisco Pizarro y Diego Almagro. Existe tal diferencia entre la
suerte de los reyes españoles y los reyes americanos, que no
admiten comparación; los primeros son tratados con dignidad,
conservados, y al fin recobran su libertad y trono; mientras que
los últimos sufren tormentos inauditos y los vilipendios más
vergonzosos. Si a Guatimozín sucesor de Moctezuma, se le trata
como emperador, y le ponen la corona, fue por irrisión y no por
respeto, para que experimentase este escarnio antes que las
torturas. Iguales a la suerte de este monarca fueron las del rey
de Michoacán, Catzontzin; el Zipa de Bogotá, y cuantos Toquis,
Imas, Zipas, Ulmenes, Caciques y demás dignidades indianas
sucumbieron al poder español. El suceso de Fernando VII es más
semejante al que tuvo lugar en Chile en 1535 con el Ulmén de
Copiapó, entonces reinante en aquella comarca. El español
Almagro pretextó, como Bonaparte, tomar partido por la causa del
legítimo soberano y, en consecuencia, llama al usurpador, como
Fernando lo era en España; aparenta restituir al legítimo a sus
estados y termina por encadenar X echar a las llamas al infeliz
Ulmén, sin querer ni aún oír su defensa. Este es el ejemplo de
Fernando VII con su usurpador; los reyes europeos sólo padecen
destierros, el Ulmén de Chile termina su vida de un modo atroz.
«Después
de algunos meses —añade usted— he hecho muchas reflexiones
sobre la situación de los americanos y sus esperanzas futuras;
tomo grande interés en sus sucesos; pero me faltan muchos
informes relativos a su estado actual y a lo que ellos aspiran;
deseo infinitamente saber la política de cada provincia como
también su población; si desean repúblicas o monarquías, si
formarán una gran república o una gran monarquía. Toda noticia
de esta especie que usted pueda darme o indicarme las fuentes a
que debo ocurrir, la estimaré como un favor muy particular».
Siempre
las almas generosas se interesan en la suerte de un pueblo que se
esmera por recobrar los derechos con que el Creador y la
naturaleza le han dotado; y es necesario estar bien fascinado por
el error o por las pasiones para no abrigar esta noble sensación;
usted ha pensado en mi país, y se interesa por él, este acto de
benevolencia me inspira el más vivo reconocimiento.
He
dicho la población que se calcula por datos más o menos exactos,
que mil circunstancias hacen fallidos, sin que sea fácil remediar
esta inexactitud, porque los más de los moradores tienen
habitaciones campestres, y muchas veces errantes; siendo
labradores, pastores, nómadas, perdidos en medio de espesos e
inmensos bosques, llanuras solitarias, y aislados entre lagos y ríos
caudalosos. ¿Quién será capaz de formar una estadística
completa de semejantes comarcas? Además, los tributos que pagan
los indígenas; las penalidades de los esclavos; las primicias,
diezmos y derechos que pesan sobre los labradores, y otros
accidentes alejan de sus hogares a los pobres americanos. Esto sin
hacer mención de la guerra de exterminio que ya ha segado cerca
de un octavo de la población, y ha ahuyentado una gran parte;
pues entonces las dificultades son insuperables y el
empadronamiento vendrá a reducirse a la mitad del verdadero
censo.
Todavía
es más difícil presentir la suerte futura del Nuevo Mundo,
establecer principios sobre su política, y casi profetizar la
naturaleza del gobierno que llegará a adoptar. Toda idea relativa
al porvenir de este país me parece aventurada. ¿Se puede prever
cuando el género humano se hallaba en su infancia rodeado de
tanta incertidumbre, ignorancia y error, cuál seria el régimen
que abrazaría para su conservación? ¿Quién se habría atrevido
a decir tal nación será república o monarquía, ésta será
pequeña, aquélla grande? En mi concepto, esta es la imagen de
nuestra situación. Nosotros somos un pequeño género humano;
poseemos un mundo aparte, cercado por dilatados mares; nuevos en
casi todas las artes y ciencias, aunque en cierto modo viejos en
los usos de la sociedad civil. Yo considero el estado actual de América,
como cuando desplomado el imperio romano cada desmembración formó
un sistema político, conforme a sus intereses y situación, o
siguiendo la ambición particular de algunos jefes, familias o
corporaciones, con esta notable diferencia, que aquellos miembros
dispersos volvían a restablecer sus antiguas naciones con las
alteraciones que exigían las cosas o los sucesos; mas nosotros,
que apenas conservamos vestigios de lo que en otro tiempo fue, y
que por otra parte no somos indios, ni europeos, sino una especie
mezcla entre los legítimos propietarios del país y los
usurpadores españoles; en suma, siendo nosotros americanos por
nacimiento, y nuestros derechos los de Europa, tenemos que
disputar a éstos a los del país, y que mantenernos en él contra
la invasión de los invasores; así nos hallemos en el caso más
extraordinario y complicado. No obstante que es una especie de
adivinación indicar cuál será el resultado de la línea de política
que América siga, me atrevo aventurar algunas conjeturas que,
desde luego, caracterizo de arbitrarias, dictadas por un deseo
racional, y no por un raciocinio probable.
La
posición de los moradores del hemisferio americano, ha sido por
siglos puramente pasiva; su existencia política era nula.
Nosotros estábamos en un grado todavía más abajo de la
servidumbre y, por lo mismo, con más dificultad para elevarnos al
goce de la libertad. Permítame usted estas consideraciones para
elevar la cuestión. Los Estados son esclavos por la naturaleza de
su constitución o por el abuso de ella; luego un pueblo es
esclavo, cuando el gobierno por su esencia o por sus vicios, holla
y usurpa los derechos del ciudadano o súbdito. Aplicando estos
principios, hallaremos que América no solamente estaba privada de
su libertad, sino también de la tiranía activa y dominante. Me
explicaré. En las administraciones absolutas no se reconocen límites
en el ejercicio de las facultades gubernativas: la voluntad del
gran sultán, Kan, Bey y demás soberanos despóticos, es la ley
suprema, y ésta, es casi arbitrariamente ejecutada por los bajáes,
kanes y sátrapas subalternos de Turquía y Persia, que tienen
organizada una opresión de que participan los súbditos en razón
de la autoridad que se les confía. A ellos está encargada la
administración civil, militar, política, de rentas, y la religión.
Pero al fin son persas los jefes de Ispahán, son turcos los
visires del gran señor, son tártaros los sultanes de la Tartaria.
China no envía a buscar mandarines, militares y letrados al país
de Gengis Kan que la conquistó, a pesar de que los actuales
chinos son descendientes directos de los subyugados por los
ascendientes de los presentes tártaros.
¡Cuán
diferente entre nosotros! Se nos vejaba con una conducta que, además
de privarnos de los derechos que nos correspondían, nos dejaba en
una especie de infancia permanente, con respecto a las
transacciones públicas. Si hubiésemos siquiera manejado nuestros
asuntos domésticos en nuestra administración interior, conoceríamos
el curso de los negocios públicos y su mecanismo, moraríamos
también de la consideración personal que impone a los ojos del
pueblo cierto respeto maquinal que es tan necesario conservar en
las revoluciones. He aquí por qué he dicho que estábamos
privados hasta de la tiranía activa, pues que no nos está
permitido ejercer sus funciones.
Los
americanos en el sistema español que está en vigor, y quizá con
mayor fuerza que nunca, no ocupan otro lugar en la sociedad que el
de siervos propios para el trabajo y, cuando más, el de simples
consumidores; y aun esta parte coartada con restricciones
chocantes; tales son las prohibiciones del cultivo de frutos de
Europa, el estanco de las producciones que el rey monopoliza, el
impedimento de las fábricas que la misma Península no posee, los
privilegios exclusivos del comercio hasta de los objetos de
primera necesidad; las trabas entre provincias y provincias
americanas para que no se traten, entiendan, ni negocien; en fin,
¿quiere usted saber cuál era nuestro destino? Los campos para
cultivar el añil, la grana, el café, la caña, el cacao y el
algodón; las llanuras solitarias para criar ganados, los
desiertos para cazar las bestias feroces, las entrañas de la
tierra para excavar el oro que no puede saciar a esa nación
avarienta.
Tan
negativo era nuestro estado que no encuentro semejante en ninguna
otra asociación civilizada, por más que recorro la serie de las
edades y la política de todas las naciones. Pretender que un país
tan felizmente constituido, extenso, rico y populoso sea meramente
pasivo, ¿no es un ultraje y una violación de los derechos de la
humanidad?
Estábamos,
como acabo de exponer, abstraídos y, digámoslo así, ausentes
del universo en cuanto es relativo a la ciencia del gobierno y
administración del Estado. Jamás éramos virreyes ni
gobernadores sino por causas muy extraordinarias; arzobispos y
obispos pocas veces; diplomáticos nunca; militares sólo en
calidad de subalternos; nobles, sin privilegios reales; no éramos,
en fin, ni magistrados ni financistas, y casi ni aun comerciantes;
todo en contravención directa de nuestras instituciones.
El
emperador Carlos V formó un pacto con los descubridores,
conquistadores y pobladores de América que, como dice Guerra, es
nuestro contrato social. Los reyes de España convinieron
solemnemente con ellos que lo ejecutasen por su cuenta y riesgo,
prohibiéndoles hacerlo a costa de la real hacienda, y por esta
razón se les concedía que fuesen señores de la tierra, que
organizasen la administración y ejerciesen la judicatura en
apelación; con otras muchas exenciones y privilegios que sería
prolijo detallar. El rey se comprometió a no enajenar jamás las
provincias americanas, como que a él no tocaba otra jurisdicción
que la del alto dominio, siendo una especie de propiedad feudal la
que allí tenían los conquistadores para sí y sus descendientes.
Al mismo tiempo existen leyes expresas que favorecen casi
exclusivamente a los naturales del país, originarios de España,
en cuanto a los empleos civiles, eclesiásticos y de rentas. Por
manera que con una violación manifiesta de las leyes y de los
pactos subsistentes, se han visto despojar aquellos naturales de
la autoridad constitucional que les daba su código.
De
cuanto he referido, será fácil colegir que América no estaba
preparada, para desprenderse de la metrópoli, como súbitamente
sucedió por el efecto de las ilegítimas cesiones de Bayona, y
por la inicua guerra que la regencia nos declaró sin derecho
alguno para ello no sólo por la falta de justicia, sino también
de legitimidad. Sobre la naturaleza de los gobiernos españoles,
sus decretos conminatorios y hostiles, y el curso entero de su
desesperada conducta, hay escritos del mayor mérito en el periódico
El Español, cuyo autor es el señor Blanco; y estando allí
esta parte de nuestra historia muy bien tratada, me limito a
indicarlo.
Los
americanos han subido de repente y sin los conocimientos previos
y, lo que es más sensible, sin la práctica de los negocios públicos
a representar en la escena del mundo las eminentes dignidades de
legisladores, magistrados, administradores del erario, diplomáticos,
generales, y cuantas autoridades supremas y subalternas forman la
jerarquía de un Estado organizado con regularidad.
Cuando
las águilas francesas sólo respetaron los muros de la ciudad de
Cádiz, y con su vuelo arrollaron a los frágiles gobiernos de la
Península, entonces quedamos en la orfandad. Ya antes habíamos
sido entregados a la merced de un usurpador extranjero. Después,
lisonjeados con la justicia que se nos debía, con esperanzas
halagüeñas siempre burladas; por último, inciertos sobre
nuestro destino futuro, y amenazados por la anarquía, a causa de
la falta de un gobierno legítimo, justo y liberal, nos
precipitamos en el caos de la revolución. En el primer momento sólo
se cuidó de proveer a la seguridad interior, contra los enemigos
que encerraba nuestro seno. Luego se extendió a la seguridad
exterior; se establecieron autoridades que sustituimos a las que
acabábamos de deponer encargadas de dirigir el curso de nuestra
revolución y de aprovechar la coyuntura feliz en que nos fuese
posible fundar un gobierno constitucional digno del presente siglo
y adecuado a nuestra situación.
Todos
los nuevos gobiernos marcaron sus primeros pasos con el
establecimiento de juntas populares. Estas formaron en seguida
reglamentos para la convocación de congresos que produjeron
alteraciones importantes. Venezuela erigió un gobierno democrático
y federal, declarando previamente los derechos del hombre,
manteniendo el equilibrio de los poderes y estatuyendo leyes
generales en favor de la libertad civil, de imprenta y otras;
finalmente, se constituyó un gobierno independiente. La Nueva
Granada siguió con uniformidad los establecimientos políticos y
cuantas reformas hizo Venezuela, poniendo por base fundamental de
su Constitución el sistema federal más exagerado que jamás
existió; recientemente se ha mejorado con respecto al poder
ejecutivo general, que ha obtenido cuantas atribuciones le
corresponden. Según entiendo, Buenos Aires y Chile han seguido
esta misma línea de operaciones; pero como nos hallamos a tanta
distancia, los documentos son tan raros, y las noticias tan
inexactas, no me animaré ni aun a bosquejar el cuadro de sus
transacciones.
Los
sucesos de México han sido demasiado varios, complicados, rápidos
y desgraciados para que se puedan seguir en el curso de la
revolución. Carecemos, además, de documentos bastante
instructivos, que nos hagan capaces de juzgarlos. Los
independientes de México, por lo que sabemos, dieron principio a
su insurrección en septiembre de 1810, y un año después, ya tenían
centralizado su gobierno en Zitácuaro, instalado allí una junta
nacional bajo los auspicios de Fernando VII, en cuyo nombre se
ejercían las funciones gubernativas. Por los acontecimientos de
la guerra, esta junta se trasladó a diferentes lugares, y es
verosímil que se haya conservado hasta estos últimos momentos,
con las modificaciones que los sucesos hayan exigido. Se dice que
ha creado un generalísimo o dictador que lo es el ilustre general
Morelos; otros hablan del célebre general Rayón; lo cierto es
que uno de estos dos grandes hombres o ambos separadamente ejercen
la autoridad suprema en aquel país; y recientemente ha aparecido
una constitución para el régimen del Estado. En marzo de 1812 el
gobierno residente en Zultepec, presentó un plan de paz y guerra
al virrey de México concebido con la más profunda sabiduría. En
él se reclamó el derecho de gentes estableciendo principios de
una exactitud incontestable. Propuso la junta que la guerra se
hiciese como entre hermanos y conciudadanos; pues que no debía
ser más cruel que entre naciones extranjeras; que los derechos de
gentes y de guerra, inviolables para los mismos infieles y bárbaros,
debían serlo más para cristianos, sujetos a un soberano y a unas
mismas leyes; que los prisioneros no fuesen tratados como reos de
lesa majestad, ni se degollasen los que rendían las armas, sino
que se mantuviesen en rehenes para canjearlos; que no se entrase a
sangre y fuego en las poblaciones pacíficas, no las diezmasen ni
quitasen para sacrificarlas y, concluye, que en caso de no
admitirse este plan, se observarían rigurosamente las
represalias. Esta negociación se trató con el más alto
desprecio; no se dio respuesta a la junta nacional; las
comunicaciones originales se quemaron públicamente en la plaza de
México, por mano del verdugo; y la guerra de exterminio continuó
por parte de los españoles con su furor acostumbrado, mientras
que los mexicanos y las otras naciones americanas no la hacían,
ni aun a muerte con los prisioneros de guerra que fuesen españoles.
Aquí se observa que por causas de conveniencia se conservó la
apariencia de sumisión al rey y aun a la constitución de la
monarquía. Parece que la junta nacional es absoluta en el
ejercicio de las funciones legislativa, ejecutiva y judicial, y el
número de sus miembros muy limitado.
Los
acontecimientos de la tierra firme nos han probado que las
instituciones perfectamente representativas no son adecuadas a
nuestro carácter, costumbres y luces actuales. En Caracas el espíritu
de partido tomó su origen en las sociedades, asambleas y
elecciones populares; y estos partidos nos tornaron a la
esclavitud. Y así como Venezuela ha sido la república americana
que más se ha adelantado en sus instituciones políticas, también
ha sido el más claro ejemplo de la ineficacia de la forma demócrata
y federal para nuestros nacientes Estados. En Nueva Granada las
excesivas facultades de los gobiernos provinciales y la falta de
centralización en el general han conducido aquel precioso país
al estado a que se ve reducido en el día. Por esta razón sus débiles
enemigos se han conservado contra todas las probabilidades. En
tanto que nuestros compatriotas no adquieran los talentos y las
virtudes políticas que distinguen a nuestros hermanos del Norte,
los sistemas enteramente populares, lejos de sernos favorables,
temo mucho que vengan a ser nuestra ruina. Desgraciadamente, estas
cualidades parecen estar muy distantes de nosotros en el grado que
se requiere; y por el contrario, estamos dominados de los vicios
que se contraen bajo la dirección de una nación como la española
que sólo ha sobresalido en fiereza, ambición, venganza y
codicia.
Es más
difícil, dice Montesquieu, sacar un pueblo de la servidumbre, que
subyugar uno libre. Esta verdad está comprobada por los anales de
todos los tiempos, que nos muestran las más de las naciones
libres, sometidas al yugo, y muy pocas de las esclavas recobrar su
libertad. A pesar de este convencimiento, los meridionales de este
continente han manifestado el conato de conseguir instituciones
liberales, y aun perfectas; sin duda, por efecto del instinto que
tienen todos los hombres de aspirar a su mejor felicidad posible;
la que se alcanza infaliblemente en las sociedades civiles, cuando
ellas están fundadas sobre las bases de la justicia, de la
libertad y de la igualdad. Pero ¿seremos nosotros capaces de
mantener en su verdadero equilibrio la difícil carga de una República?
¿Se puede concebir que un pueblo recientemente desencadenado, se
lance a la esfera de la libertad, sin que, como a Ícaro, se le
deshagan las alas, y recaiga en el abismo? Tal prodigio es
inconcebible, nunca visto. Por consiguiente, no hay un raciocinio
verosímil, que nos halague con esta esperanza.
Yo
deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande
nación del mundo, menos por su extensión y riquezas que por su
libertad y gloria. Aunque aspiro a la perfección del gobierno de
mi patria, no puedo persuadirme que el Nuevo Mundo sea por el
momento regido por una gran república; como es imposible, no me
atrevo a desearlo; y menos deseo aún una monarquía universal de
América, porque este proyecto sin ser útil, es también
imposible. Los abusos que actualmente existen no se reformarían,
y nuestra regeneración sería infructuosa. Los Estados americanos
han menester de los cuidados de gobiernos paternales que curen las
llagas y las heridas del despotismo y la guerra. La metrópoli,
por ejemplo, sería México, que es la única que puede serlo por
su poder intrínseco, sin el cual no hay metrópoli. Supongamos
que fuese el istmo de Panamá punto céntrico para todos los
extremos de este vasto continente, ¿no continuarían éstos en la
languidez, y aún en el desorden actual? Para que un solo gobierno
dé vida, anime, ponga en acción todos los resortes de la
prosperidad pública, corrija, ilustre y perfeccione al Nuevo
Mundo sería necesario que tuviese las facultades de un Dios y,
cuando menos, las luces y virtudes de todos los hombres.
El espíritu
de partido que al presente agita a nuestros Estados, se encendería
entonces con mayor encono, hallándose ausente la fuente del
poder, que únicamente puede reprimirlo. Además, los magnates de
las capitales no sufrirían la preponderancia de los
metropolitanos, a quienes considerarían como a otros tantos
tiranos; sus celos llegarían hasta el punto de comparar a éstos
con los odiosos españoles. En fin, una monarquía semejante sería
un coloso deforme, que su propio peso desplomaría a la menor
convulsión.
Mr. de
Pradt ha dividido sabiamente a la América en quince o diecisiete
Estados independientes entre sí, gobernados por otros tantos
monarcas. Estoy de acuerdo en cuanto a lo primero, pues la América
comporta la creación de diecisiete naciones; en cuanto a lo
segundo, aunque es más fácil conseguirla, es menos útil; y así
no soy de la opinión de las monarquías americanas. He aquí mis
razones. El interés bien entendido de una república se
circunscribe en la esfera de su conservación, prosperidad y
gloria. No ejerciendo la libertad imperio, porque es precisamente
su opuesto, ningún estímulo excita a los republicanos a extender
los términos de su nación, en detrimiento de sus propios medios,
con el único objeto de hacer participar a sus vecinos de una
Constitución liberal. Ningún derecho adquieren, ninguna ventaja
sacan venciéndolos, a menos que los reduzcan a colonias,
conquistas o aliados, siguiendo el ejemplo de Roma. Máximas y
ejemplos tales están en oposición directa con los principios de
justicia de los sistemas republicanos, y aún diré más, en
oposición manifiesta con los intereses de sus ciudadanos; porque
un Estado demasiado extenso en sí mismo o por sus dependencias,
al cabo viene en decadencia, y convierte su forma libre en otra
tiránica; relaja los principios que deben conservarla, y ocurre
por último al despotismo. El distintivo de las pequeñas repúblicas
es la permanencia; el de las grandes es vario, pero siempre se
inclina al imperio. Casi todas las primeras han tenido una larga
duración; de las segundas sólo Roma se mantuvo algunos siglos,
pero fue porque era república la capital y no lo era el resto de
sus dominios que se gobernaban por leyes e instituciones
diferentes.
Muy
contraria es la política de un rey, cuya inclinación constan te
se dirige al aumento de sus posesiones, riquezas y facultades; con
razón, porque su autoridad crece con estas adquisiciones, tanto
con respecto a sus vecinos, como a sus propios vasallos que temen
en él un poder tan formidable cuanto es su imperio que se
conserva por medio de la guerra y de las conquistas. Por estas
razones pienso que los americanos ansiosos de paz, ciencias,
artes, comercio y agricultura, preferirían las repúblicas a los
reinos, y me parece que estos deseos se conforman con las miras de
Europa.
No
convengo en el sistema federal entre los populares y
representativos, por ser demasiado perfecto y exigir virtudes y
talentos políticos muy superiores a los nuestros; por igual razón
rehuso la monarquía mixta de aristocracia y democracia que tanta
fortuna y esplendor ha procurado a Inglaterra. No siéndonos
posible lograr entre las repúblicas y monarquías lo más
perfecto y acabado, evitemos caer en anarquías demagógicas, o en
tiranías monócratas. Busquemos un medio entre extremos opuestos
que nos conducirán a los mismos escollos, a la infelicidad y al
deshonor. Voy a arriesgar el resultado de mis cavilaciones sobre
la suerte futura de América; no la mejor, sino la que sea más
asequible.
Por la
naturaleza de las localidades, riquezas, población y carácter de
los mexicanos, imagino que intentarán al principio establecer una
república representativa, en la cual tenga grandes atribuciones
el poder Ejecutivo, concentrándolo en un individuo que, si
desempeña sus funciones con acierto y justicia, casi naturalmente
vendrá a conservar una autoridad vitalicia. Si su incapacidad o
violenta administración excita una conmoción popular que
triunfe, ese mismo poder ejecutivo quizás se difundirá en una
asamblea. Si el partido preponderante es militar o aristocrático,
exigirá probablemente una monarquía que al principio será
limitada y constitucional, y después inevitablemente declinará
en absoluta; pues debemos convenir en que nada hay más difícil
en el orden político que la conservación de una monarquía
mixta; y también es preciso convenir en que sólo un pueblo tan
patriota como el inglés es capaz de contener la autoridad de un
rey, y de sostener el espíritu de libertad bajo un cetro y una
corona.
Los
Estados del istmo de Panamá hasta Guatemala formarán quizás una
asociación. Esta magnífica posición entre los dos grandes
mares, podrá ser con el tiempo el emporio del universo. Sus
canales acortarán las distancias del mundo: estrecharán los
lazos comerciales de Europa, América y Asia; traerán a tan feliz
región los tributos de las cuatro partes del globo. ¡Acaso sólo
allí podrá fijarse algún día la capital de la tierra! Como
pretendió Constantino que fuese Bizancio la del antiguo
hemisferio.
Nueva
Granada se unirá con Venezuela, si llegan a convenirse en formar
una república central, cuya capital sea Maracaibo o una nueva
ciudad que con el nombre de Las Casas (en honor de este héroe de
la filantropía), se funde entre los confines de ambos países, en
el soberbio puerto de Bahía Honda. Esta posición aunque
desconocida, es más ventajosa por todos respectos. Su acceso es fácil
y su situación tan fuerte, que puede hacerse inexpugnable. Posee
un clima puro y saludable, un territorio tan propio para la
agricultura como para la cría de ganados, y una gran de
abundancia de maderas de construcción. Los salvajes que la
habitan serían civilizados, y nuestras posesiones se aumentarían
con la adquisición de la Guajira. Esta nación se llamaría
Colombia como tributo de justicia y gratitud al creador de nuestro
hemisferio. Su gobierno podrá imitar al inglés; con la
diferencia de que en lugar de un rey habrá un poder ejecutivo,
electivo, cuando más vitalicio, y jamás hereditario si se quiere
república, una cámara o senado legislativo hereditario, que en
las tempestades políticas se interponga entre las olas populares
y los rayos del gobierno, y un cuerpo legislativo de libre elección,
sin otras restricciones que las de la Cámara Baja de Inglaterra.
Esta constitución participaría de todas las formas y yo deseo
que no participe de todos los vicios. Como esta es mi patria,
tengo un derecho incontestable para desearla lo que en mi opinión
es mejor. Es muy posible que la Nueva Granada no convenga en el
reconocimiento de un gobierno central, porque es en extremo adicta
a la federación; y entonces formará por sí sola un Estado que,
si subsiste, podrá ser muy dichoso por sus grandes recursos de
todos géneros.
Poco
sabemos de las opiniones que prevalecen en Buenos Aires, Chile y
el Perú; juzgando por lo que se trasluce y por las apariencias,
en Buenos Aires habrá un gobierno central en que los militares se
lleven la primacía por consecuencia de sus divisiones intestinas
y guerras externas. Esta constitución degenerará necesariamente
en una oligarquía, o una monocracia, con más o menos
restricciones, y cuya denominación nadie puede adivinar. Sería
doloroso que tal caso sucediese, porque aquellos habitantes son
acreedores a la más espléndida gloria.
El
reino de Chile está llamado por la naturaleza de su situación,
por las costumbres inocentes y virtuosas de sus moradores, por el
ejemplo de sus vecinos, los fieros republicanos del Arauco, a
gozar de las bendiciones que derraman las justas y dulces leyes de
una república. Si alguna permanece largo tiempo en América, me
inclino a pensar que será la chilena. Jamás se ha extinguido allí
el espíritu de libertad; los vicios de Europa y Asia llegarán
tarde o nunca a corromper las costumbres de aquel extremo del
universo. Su territorio es limitado; estará siempre fuera del
contacto inficionado del resto de los hombres; no alterará sus
leyes, usos y prácticas; preservará su uniformidad en opiniones
políticas y religiosas; en una palabra, Chile puede ser libre.
El Perú,
por el contrario, encierra dos elementos enemigos de todo régimen
justo y liberal; oro y esclavos. El primero lo corrompe todo; el
segundo está corrompido por sí mismo. El alma de un siervo rara
vez alcanza a apreciar la sana libertad; se enfurece en los
tumultos, o se humilla en las cadenas. Aunque estas reglas serían
aplicables a toda la América, creo que con más justicia las
merece Lima por los conceptos que he expuesto, y por la cooperación
que ha prestado a sus señores contra sus propios hermanos los
ilustres hijos de Quito, Chile y Buenos Aires. Es constante que el
que aspira a obtener la libertad, a lo menos lo intenta. Supongo
que en Lima no tolerarán los ricos la democracia, ni los esclavos
y pardos libertos la aristocracia; los primeros preferirán la
tiranía de uno solo, por no padecer las persecuciones
tumultuarias, y por establecer un orden siquiera pacífico. Mucho
hará si concibe recobrar su independencia.
De
todo lo expuesto, podemos deducir estas consecuencias: las
provincias americanas se hallan lidiando por emanciparse, al fin
obtendrán el suceso; algunas se constituirán de un modo regular
en repúblicas federales y centrales; se fundarán monarquías
casi inevitablemente en las grandes secciones, y algunas serán
tan infelices que devorarán sus elementos, ya en la actual, ya en
las futuras revoluciones, que una gran monarquía no será fácil
consolidar; una gran república imposible.
Es una
idea grandiosa pretender formar de todo el mundo nuevo una sola
nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con
el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una
religión debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que
confederase los diferentes Estados que hayan de formarse; mas no
es posible porque climas remotos, situaciones diversas, intereses
opuestos, caracteres desemejantes dividen a la América. ¡Qué
bello sería que el istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el
de Corinto para los griegos! Ojalá que algún día tengamos la
fortuna de instalar allí un augusto Congreso de los
representantes de las repúblicas, reinos e imperios a tratar y
discutir sobre los altos intereses de la paz y de la guerra, con
las naciones de las otras tres partes del mundo. Esta especie de
corporación podrá tener lugar en alguna época dichosa de
nuestra regeneración, otra esperanza es infundada, semejante a la
del abate St. Pierre que concibió el laudable delirio de reunir
un Congreso europeo, para decidir de la suerte de los intereses de
aquellas naciones.
«Mutuaciones
importantes y felices, continuas pueden ser frecuentemente
producidas por efectos individuales». Los americanos meridionales
tienen una tradición que dice: que cuando Quetzalcoatl, el
Hermes, o Buda de la América del Sur resignó su administración
y los abandonó, les prometió que volvería después que los
siglos designados hubiesen pasado, y que él restablecería su
gobierno, y renovaría su felicidad. ¿Esta tradición, no opera y
excita una convicción de que muy pronto debe volver? ¡Concibe
usted cuál será el efecto que producirá, si un individuo
apareciendo entre ellos demostrase los caracteres de Quetzalcoatl,
el Buda de bosque, o Mercurio, del cual han hablado tanto las
otras naciones? ¿No cree usted que esto inclinaría todas las
partes? ¿No es la unión todo lo que se necesita para ponerlos en
estado de expulsar a los españoles, sus tropas, y los partidarios
de la corrompida España, para hacerlos capaces de establecer un
imperio poderoso, con un gobierno libre y leyes benévolas?
Pienso
como usted que causas individuales pueden producir resultados
generales, sobre todo en las revoluciones. Pero no es el héroe,
gran profeta, o dios del Anáhuac, Quetzalcoatl, el que es capaz
de operar los prodigiosos beneficios que usted propone. Este
personaje es apenas conocido del pueblo mexicano y no
ventajosamente; porque tal es la suerte de los vencidos aunque
sean dioses. Sólo los historiadores y literatos se han ocupado
cuidadosamente en investigar su origen, verdadera o falsa misión,
sus profecías y el término de su carrera. Se disputa si fue un
apóstol de Cristo o bien pagano. Unos suponen que su nombre
quiere decir Santo Tomás; otros que Culebra Emplumajada; y otros
dicen que es el famoso profeta de Yucatán, Chilan-Cambal. En una
palabra, los más de los autores mexicanos, polémicos e
historiadores profanos, han tratado con más o menos extensión la
cuestión sobre el verdadero carácter de Quetzalcoatl. El hecho
es, según dice Acosta, que él establece una religión, cuyos
ritos, dogmas y misterios tenían una admirable afinidad con la de
Jesús, y que quizás es la más semejante a ella. No obstante
esto, muchos escritores católicos han procurado alejar la idea de
que este profeta fuese verdadero, sin querer reconocer en él a un
Santo Tomás como lo afirman otros célebres autores. La opinión
general es que Quetzalcoatl es un legislador divino entre los
pueblos paganos de Anáhuac, del cual era lugarteniente el gran
Moctezuma, derivando de él su autoridad. De aquí que se infiere
que nuestros mexicanos no seguirían al gentil Quetzalcoatl,
aunque apareciese bajo las formas más idénticas y favorables,
pues que profesan una religión la más intolerante y exclusiva de
las otras.
Felizmente
los directores de la independencia de México se han aprovechado
del fanatismo con el mejor acierto proclamando a la famosa Virgen
de Guadalupe por reina de los patriotas, invocándola en todos los
casos arduos y llevándola en sus banderas. Con esto, el
entusiasmo político ha formado una mezcla con la religión que ha
producido un fervor vehemente por la sagrada causa de la libertad.
La veneración de esta imagen en México es superior a la más
exaltada que pudiera inspirar el más diestro profeta.
Seguramente
la unión es la que nos falta para completar la obra de nuestra
regeneración. Sin embargo, nuestra división no es extraña,
porque tal es el distintivo de las guerras civiles formadas
generalmente entre dos partidos: conservadores y reformadores.
Los primeros son, por lo común, más numerosos, porque el imperio
de la costumbre produce el efecto de la obediencia a las
potestades establecidas; los últimos son siempre menos numerosos
aunque más vehementes e ilustrados. De este modo la masa física
se equilibra con la fuerza moral, y la contienda se prolonga,
siendo sus resultados muy inciertos. Por fortuna entre nosotros,
la masa ha seguido a la inteligencia.
Yo diré
a usted lo que puede ponernos en aptitud de expulsar a los españoles,
y de fundar un gobierno libre. Es la unión, ciertamente;
mas esta unión no nos vendrá por prodigios divinos, sino por
efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. América está
encontrada entre sí, porque se halla abandonada de todas las
naciones, aislada en medio del universo, sin relaciones diplomáticas
ni auxilios militares y combatida por España que posee más
elementos para la guerra, que cuantos furtivamente podemos
adquirir.
Cuando
los sucesos no están asegurados, cuando el Estado es débil, y
cuando las empresas son remotas, todos los hombres vacilan; las
opiniones se dividen, las pasiones las agitan y los enemigos las
animan para triunfar por este fácil medio. Luego que seamos
fuertes, bajo los auspicios de una nación liberal que nos preste
su protección, se nos verá de acuerdo cultivar las virtudes y
los talentos que conducen a la gloria; entonces seguiremos la
marcha majestuosa hacia las grandes prosperidades a que está
destinada la América meridional; entonces las ciencias y las
artes que nacieron en el Oriente y han ilustrado a Europa, volarán
a Colombia libre que las convidará con un asilo.
Tales
son, señor, las observaciones y pensamientos que tengo el honor
de someter a usted para que los rectifique o deseche según su mérito;
suplicándole se persuada que me he atrevido a exponerlos, más
por no ser descortés, que porque me crea capaz de ilustrar a
usted en la materia.
Soy de
usted, etc., etc.