LA
HISTORIA EN LA MODERNIDAD
La
modernidad intenta romper con lo sagrado, con lo divino y con lo
natural. Una vez realizado el quiebre intenta contraponerlo con la
razón. La historia, entonces, se presenta como una abstracción. La
modernidad ha nacido como divorcio entre lo que vendrá y lo vivido
anteriormente. De acuerdo a esta premisa, dejamos de ser parte del
ayer y nos lanzamos hacia la prosperidad del mañana. El ayer
implica tradición, continuidad del pasado en el futuro. El mañana,
en cambio, sugiere ruptura, el nacimiento de un hombre nuevo.
En
ese sentido, la historia debía ser tomada con una suerte de
indiferencia porque remitía hacia el lugar en que no había que
volver. Como la única constructora de un pasado trasladado hacia un
presente. Sin embargo puede existir un hecho no tomado por la
historia que, sin negarlo, demuestra la elección sobre los temas a
escribir. La historia es un hecho que ha sucedido, un acontecimiento
que abrió muchas puertas hacia un futuro, una acción que
condiciona lo que vendrá. Sin embargo pueden existir historias no
contadas que, por desconocidas, suelen determinar las conductas.
Quizá
no haga falta ocultar los defectos o la historia. La sobre
abundancia de información suele tener el mismo efecto que la falta
de información. Un elefante en la calle Florida se oculta largando
cientos de elefantes por la misma calle y a la misma hora. Bajo los
mismos preceptos, si la historia se para ante nosotros y nos arroja
incontables datos, "el dato" necesario para realizar una
ruptura con la tradición aparece diluido e indetectable. En este
esquema no existe el quiebre y sobrevive la tradición.
"En
la mayoría de los campos de la cultura intelectual y artística,
tanto en Europa como en Estados Unidos, se aprendió a pensar sin la
historia en el siglo XX. La propia palabra "modernidad"
surgió para diferenciar nuestras vidas y nuestro tiempo de lo que
había ocurrido anteriormente, de la historia en su conjunto como
tal. [...] La mente moderna se ha vuelto indiferente a la historia,
ya que la historia, concebida como una tradición que la nutre
constantemente, no le era útil en sus proyectos." (1) La
historia nos es indiferente. No obstante, ha llegado a un punto que,
sin llegar a cuestionarla, mantiene ciertas conductas a partir de la
tradición que las nutre y al mismo tiempo les da sentido.
La
historia posibilita la memoria para producir un cambio, en el caso
del pensamiento moderno, o para la continuidad en función de
aquello que dictamina el hábito y la costumbre. Puede que una
sociedad se sienta conforme y satisfecha por sus raíces y busquen
su prolongación. Puede que otras se avergüencen de su pasado y
busque el alejamiento de su ayer. Pero para buscar cualquiera de
estas dos opciones resulta imprescindible el conocimiento, saber en
qué lugar se está parado, tener la mirada hacia atrás, reconocer
entre las sombras del pasado el semblante del presente.
Dentro
de este esquema en el cual se plantea una no necesaria guerra entre
un tiempo y otro, algunos interrogantes cruzan con la finalidad de
introducir el tema en cuestión y el posterior desarrollo. ¿Buenos
Aires observa a su pasado? De hacerlo ¿bajo que preceptos lo hace?
¿Desea quebrar la tradición o busca la continuidad en clave
histórica?
Podemos
sostener que Buenos Aires tiene demasiadas historias conocidas. Como
una abundancia informativa que termina diluyendo la gravedad del
asunto y atenta cualquier posibilidad de cambio. Parece poseer una
sobre información de su historia y una subevaluación de los
detalles que culminan con un orgullo por lo ilícito y por la
perseverante ruptura de las normas.
¿Qué
confrontación existe entre el hombre moderno de Buenos Aires con el
antiguo? Tal vez la vestimenta, ciertos divertimentos, determinadas
comidas o algunos gustos puntuales. Pero en cuestiones relacionadas
con la conducta, ambos hombres se aprovecharon de las debilidades
del sistema político, de las ventajas que obtenían gracias a las
redes de corrupción que cruzaron sistemáticamente a la ciudad y a
sus habitantes.
Llega
hasta hoy la conducta porteña que asomaba en la antigüedad: el
orgullo de sentirse mejores que el resto; el salto a cualquier tipo
de normas; su apego al ego; la responsabilidad atribuida siempre a
elementos exógenos. Todos estos atributos no fueron por generación
espontánea. Llegan resbalando desde la profundidad de los tiempos,
cruzando pensamientos, conductas, idiosincrasias hasta llegar a la
actualidad de este sujeto inacabado pero con perfil fácilmente
detectable.
Hegel
(2),
refiriéndose a la historia dice "...nuestro tiempo es un
tiempo de nacimiento y de tránsito a un nuevo período..."
El sujeto piensa. Por medio del pensamiento, conoce. Porque conoce
tiene la posibilidad de ruptura. Si rompe intenta escindir el tiempo
para reinaugurar otro, el nuevo período al decir de Hegel.
Pues bien, el sujeto porteño piensa, pocos pueden dudar de ello. De
acuerdo al esquema planteado, luego conoce. Conoce parte de la
historia de su ciudad, por ejemplo, su nacimiento gracias al
contrabando, por lo tanto nadie duda de las formas ilegales de su
período inaugural. Luego debería romper, de acuerdo a la
conformación intelectual ilustrada que cruza a cada uno de los
habitantes de occidente. Pero no rompe, no quiebra, no escinde. No
inaugura períodos. Comienza la historia con el contrabando
sistemático de mercancía y se cierra con el contrabando de armas
de un ex Presidente de la Nación.
ANTECEDENTES
HISTÓRICOS DE AQUÍ
Buenos
Aires, a diferencia de las antiguas ciudades europeas, ha nacido sin
antiguos ritos y sin un nombre secreto que la proteja de sus
enemigos. Se fundó con una espada en alto y como propiedad de un
rey lejano y desconocido.
Abandonada
al hambre, ante la presencia de un río sin oro ni plata, los
primeros conquistadores sucumbieron a la tentación de devorarse
entre ellos. Pedro de Mendoza había traído a estas tierras la
fiebre del oro, la plata y una sífilis terminal (3).
Reconquistada
luego, Buenos Aires se convirtió en un territorio periférico y de
poca importancia comercial y militar para la corona. Era una aldea
pobre y marginada para España. Toda la extensión americana
dependía del Virreinato del Perú con asiento en Lima, región de
suma importancia por el oro y la plata que guardaba en sus
entrañas.
La
enorme distancia que separaba la cabecera del Virreinato con Buenos
Aires, la incapacidad de la corona en el abastecimiento debido a la
creciente demanda de la población de la Ciudad, la presión de las
otras potencias europeas (Inglaterra, Portugal y Francia) por
imponer sus productos manufacturados, sumado a la situación
portuaria, jugarían un rol fundamental en la búsqueda de un motor
de crecimiento económico: el
contrabando.
Así
como el uso y la costumbre fue desdibujando el título de la
Trinidad en los documentos oficiales posteriores a la fundación, el
mismo mecanismo pudo ser utilizado para quitar el mote de delito al
contrabando. El uso y la costumbre puede transformar y estirar las
normas hasta convertirla en letra muerta por el supuesto beneficio
común que otorga el salto a la ley.
En
otro plano, Buenos Aires tuvo un principio de planificación urbana
un tanto caótico. Por ejemplo, la construcción de la plaza central
estuvo signada por el desorden. En un principio debía emplazarse en
el centro mismo de la ciudad. Sin embargo, por presiones de los
comerciantes se vio obligada a ver el sol muy cerca del puerto. El
fuerte (lugar en que actualmente se encuentra la casa de Gobierno)
miraba hacia la plaza mientras que sus modificaciones y ampliaciones
no se debían a una planificación edilicia anticipatoria a sus
necesidades, sino que las únicas razones se encontraban a partir de
la cantidad de oficiales reales y funcionarios que llegaban desde
España o del Virreynato. La aduana, además, y como un símbolo de
lo que sucedía, le quitaba la visión del río al poder
político de entonces.
Por
otra parte, y para demostrar la importancia del Río de La Plata en
la Ciudad de Buenos Aires, las autoridades mandaron a diseñar un
escudo de armas que remitía al río mencionado como elemento
sustancial para la vida de la ciudad. En 1645 se aprobó el sello de
armas que contenía una paloma volando sobre el Río de La Plata.
Desde el lecho se asomaba un ancla y un brazo. Cien años después
se agregaron dos barcos sin explicar con qué propósito. Buenos
Aires había nacido gracias al río y sus autoridades así lo
hacían constar en sus símbolos, más allá de los cambios sufridos
durante su historia.
Por
entonces, el puerto de la Ciudad estaba catalogado como "puerto
anulado". Es decir, que no estaba permitido el arribo de
embarcación alguna salvo la de frutos y cosechas que no podían
superar la cantidad de uno por año. No obstante, como todo río que
se precie tiene sus tormentas y tempestades propias, el puerto
podía albergar a los barcos en condición de peligro. Así, con la
excusa de recibir a las naves en peligro de naufragio, llegaban para
introducir la mercadería luego rematada en la plaza pública. Sin
servicio meteorológico y con poca información por parte de la
Corona, las tormentas en Buenos
Aires se sucedían interminablemente y la palpable fortuna para los
funcionarios y comerciantes crecían con el ritmo de las ficticias
tempestades.
Con
el contrabando llegó también el tráfico de esclavos. Las costas
del territorio del Delta hasta la Bahía de Samborombón fueron
testigos de una modalidad: los barcos salían de Portugal y de la
misma España ocupando la mitad de la bodega de mercadería y la
otra de mano de obra esclava. La mercancía era desembarcada por
partes en lugares establecidos previamente en la franja que separa a
la ciudad del río. Luego llegaban los negros al puerto como únicos
pasajeros (4) Según Juan Carlos Coria, en su artículo Pasado y
Presente de los Negros en Buenos Aires, estas naves se diferenciaban
claramente de las otras por "el olor a materia descompuesta
que se desprendía de él y que el viento llevaba a la ciudad
sirviendo de heraldo".
Si
bien el control aduanero hacía la vista gorda en lo que respecta a
la mercancía ingresada, con el tráfico de esclavos hacía otro
tanto. 6000 negros entraron en el marco de la legalidad y es
imposible rastrear o reconstituir una información confiable sobre
aquellos que eran introducidos bajo los preceptos del contrabando.
El
estado sanitario de la Ciudad era deplorable. El método de
potabilidad del agua de las capas subterráneas tenía un
tratamiento deficiente. Además era común ver animales muertos en
las calles que atraían a moscas, perros sueltos (algunos rabiosos)
y ratas. Todo esto se vio agravado por el ingreso de los esclavos
que contribuían a propagar enfermedades como la viruela, la
escarlatina o la sirigonza (llamada vulgarmente diarrea de los
negros bozales) (5). También
hubo un intento de establecer la Santa Inquisición en Buenos Aires.
Dentro de las mercaderías ingresadas por medio del contrabando
llegaban, también, libros e imágenes paganas prohibidas en el
distrito por la inquisición (6). Las obras de Carlos Molineo, de
Castillo Bobadilla, un tomo de las Obras de Suárez (7) constituían
libros profanos contrarios a la doctrina de fe católica que fueron
detectados en la Ciudad de la Santísima Trinidad. Incluso la yerba
mate fue condenada por el Santo Oficio como un producto "inventado
por el demonio"
Con
el contrabando comienza una nueva etapa política en Buenos Aires.
Corrompidos los antiguos funcionarios, los nuevos eran nombrados en
una suerte de "subasta pública" de acuerdo al monto
establecido para ocupar el cargo. Un negocio de continuidad para
satisfacer la dinámica establecida por los actos ilícitos. Esta
costumbre era denominada oficialmente como "donativo
gracioso" (8) .A los tres meses del nombramiento, el
funcionario designado por el término de cinco años debía pagar la
gracia sin atraso.
No
existían voces de oposición. Para continuar con esa política
silenciosa y consensuada se decide que Buenos Aires no tenga
abogados. En 1613 se aplicó una Ordenanza del Virrey Francisco de
Toledo que decía que "...en
los asientos de minas, fronteras y nuevas poblaciones no haya
abogados (...) salvo licencia de su Majestad y la Real
Audiencia..."
Para
efectivizar una política casi institucionalizada y consensuada del
contrabando como un factor fundamental de crecimiento, fue necesario
crear una intrincada red de corrupción que permitiera el ingreso
irrestricto de mercancía ilegal con el cual se vería beneficiada
la población en su conjunto, siempre, claro está, al margen de la
ley. Funcionarios, comerciantes y población en general gozaron de
las bondades de los actos ilícitos. El contrabando fue, incluso,
aceptado socialmente (9).
Podríamos
decir que la Ciudad de Buenos Aires encontró su desarrollo
económico y social en actos ilícitos para el mundo moderno. Y si
bien todas las ciudades portuarias han sufrido de una manera u otra
el contrabando, resulta difícil encontrar antecedentes de ciudades
importantes que hayan nacido, crecido y progresado sobre el pilar de
un delito asimilado socialmente.
Según
Félix Luna, la independencia no fue solo obra del nacimiento de un
espíritu nacional sino que se debió a la convergencia de una serie
de procesos. El mas notable fue que había un profundo desencanto
dado en el campo comercial "donde el monopolio español no
estaba en condiciones de responder las necesidades del mercado"(10).
Esta situación hizo crecer la convicción popular de que no
existían ventajas comparativas en el aspecto económico para seguir
en la condición de colonia. El contrabando, según esta visión,
podía hacerse con España o sin ella La
Ciudad de Buenos Aires fue creciendo en forma progresiva. Se
multiplicaron sus viviendas y la "benefactora" actividad
del contrabando elevó el ingreso per cápita de sus habitantes. En
ese contexto las construcciones abandonaron sus techos de paja y
comenzaron a construirse los de tejas que hoy podemos apreciar en
las zonas más antiguas de la Ciudad. Proliferó la burocracia y con
ella los funcionarios. Se multiplicaron también los comerciantes
que se dedicaban a la exportación e importación como una actividad
paralela a los negocios legales pero que contaban con la anuencia de
la población. Los prósperos contrabandistas se convertían en
sujetos dispuestos a ocupar los primeros rangos de la jerarquía
social. El contrabando parecía ser una actividad aceptada de buen
modo y la sanción era reemplazada por un premio en términos
sociales.
Así,
Buenos Aires fue cambiando su fisonomía. De la pobreza y el
descuido pasó a ser una ciudad prospera y acaudalada para su
tiempo. La población creció, se diversificó, armó sus
jerarquías sociales, alteraron las costumbres y la manera de
pensar. La repercusión del puerto, y en consecuencia del
contrabando, modificó las formas de su economía.
Con
la actividad ilegal que permitía el contacto con la mercancía
inglesa, la sociedad fue renovando sus costumbres cotidianas y
consolidó la creciente tendencia de imitar formas de vida que
prevalecían en las grandes ciudades de Europa. El pasado colonial y
patricio fue quedando relegado a la vida social provinciana (11).
En
cualquier tiempo y espacio se encuentra una explicación para todo.
Decían por entonces que la corrupción era la válvula de escape a
las contradicciones de un sistema injusto y abandónico por parte de
la Corona española hacia Buenos Aires; que había que subsistir de
alguna manera aunque se recurriera a determinados actos ilícitos o
que los funcionarios y la sociedad entendieran que con el
contrabando no eran desleales al rey, sino que solamente a algunas
leyes (12). La eterna búsqueda de explicaciones que intentan vanamente
de justificar supuestas inocencias parece un habitual ejercicio de
los habitantes de Buenos Aires. De hecho, con consignas similares y
cegueras semejantes se ha convertido en la gran metrópoli que hoy
podemos apreciar.
Doña
Josefa Escurra, una mujer que manejó parte de las riendas
políticas del país, poseía lozas traídas de Inglaterra por medio
del contrabando. Las personalidades más prominentes de Buenos Aires
eran concientes de que la ciudad vivía gracias a determinados actos
ilícitos. Es más, utilizaban los servicios del contrabando para su
beneficio personal. El Arquitecto Daniel Schavelzon, creador del
Centro de Arqueología Urbana, mencionó en un reportaje relacionado
a excavaciones en la casa de Doña Escurra lo siguiente "...hay
una vajilla de la cual hay mucha y muy entera, un tipo de loza que
se llama Cre lozas crema que son las primeras lozas traídas de
Inglaterra cuando Argentina es colonia y solo llegaban a través del
contrabando. No podían ingresar legalmente porque eran productos
ingleses. Lo interesante es que en la casa hay una enorme cantidad
de esta lozas que dejan de fabricarse cerca del mil
ochocientos..." (13) El usufructo del contrabando de la época
buscaban la satisfacción personal por entonces y en la actualidad.
Los funcionarios antiguos compraban lozas con la finalidad de
pertenecer a una jerarquía social determinada. Los actuales dieron
algunos pasos más hasta concluir con contrabandos de armas y oro
para continuar con la tradición fundadora de la sociedad argentina.
El
contrabando fue una práctica aceptada. Para mejor decir, este acto
ilícito tenía pleno consenso en la población y fue usufructuado
tanto por la elite social como por las masas. Quien traía, quien
vendía y quien compraba formaban el círculo perfecto para
perpetrar el delito. No obstante, parecía un acto corriente,
justificado por intereses particulares antepuestos a los de la
Corona española. Podría, en ese sentido, deducirse que no había
predisposición política contra el virreinato en el tema del
contrabando. No era esta una acción tendiente a socavar la
economía de España. Puede decirse que la supervivencia de esta
ciudad estaba determinada por los ingresos que percibía de la
acción ilícita, por la corrupción de sus funcionarios y el
provecho de la población de estas circunstancias.
La
fiebre consumista de la mercancía importada ganó pronto la ciudad.
Sin el monopolio español, los productos de las otras potencias ( de
mejor calidad y de menor precio) desplazaron a la producción
artesanal criolla. Sin embargo pronto ese monopolio fue
reestablecido por las autoridades españolas ante el descontento de
la población (14). Las políticas de apertura asimétrica del mercado, y
la algarabía general por poseer artículos importados parecen no
haber sido acuñados en estas tierras por José Alfredo Martínez de
Hoz y nuestros vecinos contemporáneos sino por nuestros antepasados
que caminaban las plazas en busca de mercancía "made
in..." para saciar la fiebre consumista de entonces tan
similar a la de ahora.
Pronto
el comercio ilegal fue ganando territorio. Ya no abastecía
solamente a la zona portuaria, sino que, ante la demanda del
interior, esta actividad ilícita fue avanzando tierra adentro.
Incluso la corona llegó a imponer una aduana seca en la Ciudad de
Córdoba con la finalidad de detectar la mercancía contrabandeada
sin demasiada suerte.
La
ciudad crecía, los edificios públicos florecieron, las casas de
familia se incrementaban. Sin embargo, una franja importante de
tierra separaba a la ciudad del río como un territorio fangoso de
acceso restringido. No hay datos fehacientes que determinen los
motivos de ello. Es por eso que se intentará dar una explicación
meramente especulativa del tema en cuestión para intentar
desentrañar algunos interrogantes al respecto.
ANTECEDENTES
HISTÓRICOS DE ALLÁ
Resulta
sobradamente sabido que las ciudades no son continuidades de la
naturaleza. Buenos Aires puede resultar un cabal ejemplo de ello.
Toda
ciudad violenta a la naturaleza, cubre su suelo con asfalto,
envenena sus aguas y contamina su aire. Existe una confrontación
entre la ciudad y la naturaleza. Inevitablemente la ciudad nace,
vive y se desarrolla sobre la base del poder económico y en sentido
contrario que la naturaleza.
Sin
embargo, por lo general, la ciudad está integrada a un elemento
fundamental para su creación y asentamiento futuro. Toda ciudad
fundada en la margen de un río lo observa atentamente. Su color, su
ritmo, su energía, sus visitantes. Todos estos elementos parecen
contagiar a la ciudad, las envuelve en su dinámica, las impulsa al
crecimiento. Por esos motivos mira al vital elemento, porque
agradece su desarrollo, su vida y su seguridad. No obstante, existe
una excepción que tal vez confirme definitivamente esta regla
universal: Buenos Aires.
Sobran
los ejemplos para demostrar que la integración ciudad-río
conforman una suerte de unión sagrada para alcanzar la plenitud de
la urbe. Durante el cuarto milenio antes de cristo, la región
mesopotámica (a lo largo del río Tigris y el Eufrates) fue
invadida por los Sumerios. Este territorio fue poblado en función
de haber conseguido detener (mediante diques) las aguas que bajaban
del deshielo de la alta montaña convirtiéndola en un espacio
habitable. Una vez controladas las inundaciones crearon un sistema
de canales de riego que le permitían la irrigación de los campos
convirtiendo a las llanuras en fértiles huertas (15).
Una
vez consolidados estos aspectos esenciales para el asentamiento
poblacional, fundaron la ciudad como Estado independiente que fue el
antecedente más antiguo de las civilizaciones modernas.
El
agua tenía de positivo la vida para la cultura sumeria, sin embargo
podemos suponer el respeto y hasta el temor hacia ella en algunas
leyendas que luego fueron incorporadas a la Biblia (16).
La
prosperidad se la debían al río y los hombres vivían gracias al
elemento vital. El agua había regalado a esas tierras la fertilidad
y la riqueza. Por ese motivo, por la fertilidad de las tierras,
varias tribus nómades invadieron ese territorio.
El
río Nilo dio nacimiento a una ciudad de suma importancia para la
historia de la civilización. El río fue la columna vertebral de la
prospera ciudad de las pirámides.
"Egipto
es un don del Nilo"
aseguraba Heródoto para graficar la importancia suprema que tenía
un río sobre una ciudad. El río como madre, como hacedora de vida.
Sin el Nilo no hubiese existido Egipto.
"Hay una ciudad junto al río de la que este parece extraer su existencia.
Se llama la Ciudad del Principio, y es por allí, lejos, muy lejos,
donde esta el sur, el país cuya tierra fue creada
antes que todo lo demás.
Allí reina el dios Ra, donde reposa
después de crear al primer hombre,
y de allí surge nuestro gran río,
el que fertiliza nuestros campos y nos concede la gracia de la vida" (17).
Platón
atribuyó a los sacerdotes egipcios la leyenda de la Atlántida,
pues narraban historias sobre nativos de unas tierras, situadas en
el oeste lejano, de una civilización muy avanzada que les había
precedido. Aquel país se hundió en el océano, pero los
"atlantes" que sobrevivieron a la catástrofe se
trasladaron a las tierras del Nilo y allí sometieron a sus primeros
habitantes, iniciándose, entonces, la civilización egipcia. Nunca
sabremos si Platón inventó esta historia, si la Atlántida
existió realmente o si la leyenda perteneció a la cosmografía
egipcia donde lo familiar y lo fantástico se mezclan con
inigualable encanto.
Sin
embargo, queda claro que estas ciudades antiguas fueron el
antecedente más lejano de las modernas civilizaciones y todas
estuvieron relacionadas de manera inseparable e indispensable con
sus ríos. A nadie en su sano juicio se le hubiese ocurrido levantar
una ciudad de envergadura en medio de un desierto y mucho menos
convertirla en una metrópolis prospera. La ciudad, sin agua, sin
canales de riego, sin pozos, inclusive, de haber sido construida, no
hubiese sobrevivido por mucho tiempo en estas condiciones.
Todas
estas ciudades se construían de frente al río porque este le
ofrecía la vitalidad necesaria para su prosperidad. Permitía que
sus campos fueran fértiles, que sus árboles dieran frutos y que
los animales vivieran en los alrededores. De la misma manera que los
alimentaba, el río les daba la posibilidad de intercambio
comercial. Por él llegaban los comerciantes con sus mercancías
para intercambio y también los guerreros para la invasión.
Esta
posibilidad era otro agregado para observar atentamente las aguas.
No todos los barcos y barcazas que despuntaban en el horizonte
traían paz, prosperidad o comercio, algunas podían traer la guerra
en sus oscuras bodegas.
Luego
llegaron los Imperios, los Estados modernos y las leyes para ser
respetadas. Las ciudades portuarias continuaron el proceso de
prosperidad, modificaron su fisonomía edilicia y sus sociedades
simples se transformaban en una "gran aldea" con su
conglomerado heterogéneo y confuso. No obstante, el trazado
edilicio continuaba bajo la órbita de la antigüedad: no dejaba de
observar agradecida al río o al mar que las concibió.
Sin
embargo, existe una ciudad que desconoce estos preceptos básicos de
reconocimiento al río y de respeto a la ley en, por lo menos, lo
concerniente al contrabando: Buenos Aires.
¿POR QUÉ
SOMOS LO QUE SOMOS ?
Basta
caminarla, andarla de este a oeste o de norte a sur para advertir
que esta ciudad abraza un viejo esplendor interno pero siempre de
espaldas al Río de La Plata. No posee edificios en su costanera
como ostentan sus ciudades vecinas. Ni la casa de Gobierno, ni la
Dirección General de Aduanas mira hacia el río sino hacia su
interior, como si se hiciera la desentendida, como si le diera la
espalda. La catedral, para confirmar su larga historia y
permanencia, mira de costado.
Los
libros referidos a nuestra historia, sobre todo al momento de
analizar y recabar datos objetivos sobre nuestros comienzos,
coinciden en señalar que el contrabando fue uno de los motores
fundacionales de la Ciudad de Buenos Aires. Algunos señalan que
estos actos ilícitos sucedieron con la finalidad de subsistir.
Otros van más allá y contemplan la corrupción generalizada que
desató ese hecho casi fundacional de la historia Argentina. El Dr.
Mario Das Neves, incluso, llegó a señalar que resultaba
extremadamente difícil ser Director General de Aduanas en un país
que no siente al contrabando como un delito sino que lo toma como
una forma más de las diversas ramas de la viveza criolla.
Existe
innumerable bibliografía que consignan los hechos de contrabando en
este país. Inútil sería enumerarlos por la cantidad de
acontecimientos. Haciendo honor a la tesis de Nietzsche, Buenos
Aires parece incentivar el "eterno retorno" hasta hacer de
una práctica constante un paradigma nacional que no ha decaído con
el tiempo. El caso del oro que involucra al ex Ministro de Economía
Domingo Felipe Cavallo o el de las armas cuyo principal sospechoso
es el ex Presidente Carlos Saúl Menem parecen darle la razón al
filósofo alemán.
Siempre,
detrás de un hecho resonante de contrabando aparece una autoridad
que permite, que sospechosamente no hace, que le facilita los
elementos para que el acto se vea consumado. El contrabando de carne
denunciado durante la década del 30 que culmina con el suicidio del
Senador de la Nación Lisandro de la Torre, demuestra la connivencia
entre quien hace y quien deja hacer como una réplica recurrente de
los orígenes de Buenos Aires.
El
riachuelo siempre fue un lugar de acceso interesante para el ingreso
de mercadería de contrabando. El largo y angosto tramo, cruzado por
4 puentes (Nicolás Avellaneda, Pueyrredón, V.Sarsfield; y Alsina)
albergaba en su margen ribereña del sur 4 frigoríficos: el Anglo,
La Blanca, La Negra (después C.A.P) y La Colorada, ubicadas en este
orden y en sentido Este a Oeste. Estos frigoríficos contaban con
flotillas de barcos propios y que, por el lugar estratégico que se
encontraban, llegaban directamente de Europa y salían de allí sin
ningún tipo de control aduanero. Sus bodegas podía contener carne,
como era de presuponer, o cualquier otra mercancía.
La
coincidencia sobre el contrabando en estas tierra es casi total por
la comunidad de historiadores vernáculos. El acuerdo social en
términos de aceptación del contrabando puede ser, también, un
motivo de coincidencia colectiva. Por lo menos parece no existir
documentación colonial que acredite una profunda discusión sobre
la gravedad del tema desarrollado por parte de la población o, al
menos, en una porción de ella. Podría suponerse que esta acción
ilícita era apenas un pecado de juventud que se justificaba por el
abaratamiento de precios, por la subsistencia o por la acumulación
de riqueza para escalar en la jerarquía social. Tanto la compra de
artículos contrabandeados como la venta están candorosamente
ligadas a un cuasi delito, es decir, un delito de baja estrofa que
se produce por una necesidad económica de supervivencia ante la
falta de trabajo que a un acto delictivo tal como se lo considera en
el Código Penal.
Para
que un delito tome la forma de permanencia en el tiempo y en el
espacio, necesita de un Estado que no observe o que se desentienda
del control y por consecuencia, no penalice a quienes hagan uso de
la acción. En este sentido y a esta altura del texto, cualquier
desprevenido puede atender que el contrabando ha sido la columna
vertebral de la economía de Buenos Aires en sus orígenes. No
obstante, la opinión pública actual, sobre la base de sentirse
parte de los preceptos de la modernidad y el apego a las normas,
abandona por la superficie esta idea de consolidación del ilícito
pero encuentra, en muchos de los casos, una disculpa al hecho. Quien
vende mercadería de contrabando lo hace con la finalidad de
sobrevivir en los tiempos difíciles, pueden justificar. De la misma
manera que la evasión y la elusión de impuestos es un deporte
nacional y nadie es acusado socialmente por defraudación al
contribuyente que acepta la carga pública y abona, el contrabando
goza de una benevolencia tal que lleva a pensar que el "uso y
costumbre", la repetición en el tiempo de un mismo acto sin
condena social puede ser parte de nuestra idiosincrasia y aceptarlo
como tal.
Si
bien hay coincidencia generalizada en términos de contrabando,
existe un dato llama la atención. Para ser más preciso, la falta
de un dato es la llamada que obliga a detenerse sobre aquello que no
está. No existe antecedente alguno que reconstruya la decisión
política de dejar la franja de, aproximadamente, 600 metros que
separa al río de La Plata de la edificación de la Ciudad de Buenos
Aires.
Pocos
historiadores argumentan que podría ser parte del "Camino de
singa". Esta teoría colisiona con el Código Civil que permite
al Estado expropiar una franja de tierra lindera al río pero sólo
de 35 metros sobre la margen para el desembarco. 35 metros distan
bastante de los que divide actualmente a la ciudad de su río.
Si
bien esta "lengua" fue ganada al río, ya que la aduana
vieja terminaba justo en la escollera del río, en la cual
actualmente se puede observar su estructura edilicia, la decisión
de no habitarla, es más, de separarla deliberadamente por medio de
un enrejado con sólo 5 portones de acceso, demuestran la actitud de
las autoridades al momento de la planificación urbana de la Ciudad.
Hubiese resultado odioso levantar un muro que los separe.
Podría
suponerse que el habitante no debía mirar para allá. Podría,
incluso, ir más allá y arrojar que no desea mirar el lugar oscuro
de su fortuna. En un ejercicio hipotético, Buenos Aires no mira al
río porque sus habitantes no lo observan para no ver que el delito
le ha dado riquezas y esplendores. Para trazar un paralelismo entre
una ficción caribeña y la realidad porteña, se remite a una
novela de García Márquez. "El amor en los tiempos del
cólera" tiene a una protagonista (Fermina Daza) que no
quiere siquiera sospechar cuál era el misterioso comercio de su
padre. Sólo disfrutaba de los beneficios del contrabando sin
pretender enterarse de esta condición. En idéntico sentido, los
habitantes de Buenos Aires se separan extrañamente del río que vio
nacer a su ciudad y que ayudó, como parte fundamental, a
convertirse en una gran urbe. Tal vez nunca se ha querido ver la
condición ilícita que desarrolló nuestra Capital.
Basta
andar por otras ciudades portuarias (por ejemplo Montevideo) para
entender si una ciudad mira al río o se esconde de él. Montevideo
se alza orgullosa hacia las aguas del mismo río en que, desde el
lado opuesto, se oculta Buenos Aires. Su avenida costera, sus
edificios de cara a las aguas, sus playas, corroboran sobradamente
la vieja tradición de las ciudades portuarias que fuera mencionado
en el capitulo anterior. Buenos Aires, en cambio, se desentiende de
su río, rechaza a aquello que le dio vida y esplendor.
Este
ejercicio lleva a pensar, como un hecho plenamente subjetivo y
especulativo que Buenos Aires vivió como "la capital de un
imperio que nunca existió" gracias, entre otras situaciones no
más claras que esta, al contrabando. No deberíamos olvidar que las
jerarquías sociales del puerto de la colonia estaban ligadas
fundamentalmente por las violaciones sucesivas a la ley de
contrabando. Y estas jerarquías, alcanzadas a la luz del delito,
eran quienes finalmente formaban el ángulo superior de la pirámide
de las fuerzas vivas, que fueron nuestros cabildantes, nuestros
funcionarios o nuestros diputados. Por decirlo de otra manera, tanto
las leyes como la ausencia de ellas, partían de los actores
sociales directamente involucrados en los hechos. No había que
esperar, entonces, otra situación más que ubicar a unos cuantos
lobos jerarquizados vigilando a un rebaño de ovejas.
Sin
embargo, no es pretensión caer en la facilidad de sentenciar a esos
cuantos lobos y plantear la inocencia y el candor al rebaño en su
conjunto. Se entiende que los lobos actuaban de común acuerdo con
las ovejas en función de la sospecha subjetiva de que ambos se
veían beneficiados por la confección de unas cuantas leyes que
jamás se cumplían.
El
contrabando del oro, del cobre, de combustibles, de armas, etc.
involucran al poder político actual. Cruza en el tiempo idéntico
delito. Ministros e incluso un ex Presidente democrático de la
Nación están involucrados en una causa de contrabando. La causa
del oro tuvo connotaciones políticas en función de un Estado que
rearmó normas para que el delito fuera realizado mientras
encubrían el hecho bajo una madeja de desentrañables decretos.
Achicar
un Estado puede responder a una ideología. Expulsar al Estado del
control significa, sin lugar a dudas, dejar el campo orégano para
la consumación de un ilícito que convoca, mal que nos pese, a la
complicidad entre corrupto y corruptor que cruza y cruzó la
historia desde su postrimería. (*)
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(*)
Fuente: Trabajo realizado por Orlando
Horacio Yans en
el contexto de la materia Principales Corrientes del
Pensamiento Contemporáneo de la Carrera de Ciencias
de la Comunicación de la Universidad de Buenos Aires
en el año 2002.
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CITAS:
1.
"Pensar con la historia"; Carl Schorske; Ed. Tarkus; 1998
2.
Itinerarios de la modernidad; Nicolás Casullo; Ed. Eudeba; pag. 230
3
Jorge Lanata; Argemtinos; Pag 27; 7º edición 2002; ediciones B