LA
PEQUEÑA BIBLIOTECA DE AUSCHWITZ
La
lectura en las barracas
Por
Alberto Manguel
Las
líneas de ferrocarril conducen hacia la fachada de ingreso
de Auschwitz, el macabro sitio donde el nazismo despojo del
don milagroso de la vida a millones de seres humanos. |
En la segunda guerra mundial, en medio del horror
de la locura nazi, muchos judíos consumaron un poderoso acto
de resistencia. Continuaron leyendo. Ocultaron libros prohibidos
que se distribuían entre sí. También, en algunos casos, aquellas
obras fluían, como en la conocida novela de Bradbury Farenheit
451, de boca en boca, a través del recitado y el poder de
la memoria. El ensayista argentino Alberto Manguel, a
partir de un hecho personal, inicia una incursión por aquel
acontecimiento extraordinario, no muchas veces atendido por
los historiadores: las bibliotecas ambulantes que sobrevivieron
en el espanto de los campos de concentración como una forma
decidida de la esperanza. Un símbolo que brota, desde el vientre
doloroso de la historia, del valor de los hombres y mujeres
que, hasta el último momento, lucharon por el resplandor de
su dignidad.
E.I
El fragmento que presentamos aquí pertenece a una obra de futura
publicación. Agradecemos por habernos puesto en conocimiento
de tan valioso texto a Pablo Hacker para quien, a través de
sus palabras:
"A
partir del hallazgo de un libro litúrgico judío en el mercado
de pulgas de Berlín, el ensayista argentino (Alberto Manguel)
remonta el circuito secreto de los libros en los campos de
exterminio nazi".
LA
PEQUEÑA BIBLIOTECA DE AUSCHWITZ
La
lectura en las barracas
Por
Alberto Manguel
Mágicamente, cada uno de
mis libros guarda la historia de su supervivencia. Cada uno de
ellos logró escapar del fuego, del agua, del paso del tiempo y de
la mano del censor, para contarme su historia.
Hace unos años, en un puesto del mercado de pulgas de Berlín,
encontré un delgado libro negro encuadernado con tapas duras de
tela, sin ningún tipo de leyenda. La página de portada, en una
delicada caligrafía gótica, declaraba que era un Gebet-Ordnung
für den Jugendgottesdienst in der jüdisschen Gemeinde zu Berlin
(Sabbath-Nachmittag), en castellano, Libro litúrgico del
servicio de jóvenes en la comunidad judía de Berlín (Noche de
Sabbath). Entre las oraciones se incluye una "para
nuestro rey, Guillermo II, Kaiser del Reich Alemán". Se
trataba de la octava edición, impresa por Julius Gittenfeld en
Berlín en 1908, y había sido comprado en la librería de C. Boas
Nachf, en el número 69 de la Neue Friedrichstrasse, "en la
esquina de Klosterstrasse", una esquina que ya no existe. En
ninguna parte se mencionaba el nombre de su dueño.
Un año antes de que el libro fuera impreso, Alemania había
rechazado las limitaciones de armamentos propuestas por la
Conferencia de Paz de La Haya; unos meses después, la Ley de
Expropiación decretada por el canciller del Reich y Presidente de
Prusia Fürst Bernhard von Bülow autorizaba más asentamientos
alemanes en Polonia y, a pesar de que prácticamente nunca fue
aplicada contra los terratenientes polacos, le otorgaba a Alemania
derechos territoriales que permitieron, en junio de 1940, el
establecimiento de un campo de concentración en Auschwitz.
El dueño original del libro de oraciones probablemente tuviera
trece años cuando compró el volumen o se lo regalaron, la edad a
la que le habrían permitido sumarse a las plegarias de la
sinagoga. Si sobrevivió a la Primera Guerra Mundial, habría
tenido treinta y ocho años cuando nació el Tercer Reich en 1933;
si se quedó en Berlín, es probable que haya sido deportado, como
muchos otros judíos de Berlín, a Polonia. Tal vez tuvo tiempo de
entregarle el libro de oraciones a alguien antes de que se lo
llevaran; quizá lo ocultó o lo dejó, junto con los otros libros
que seguramente había coleccionado. Habría sido casi
inconcebible para un hogar berlinés de los años 30 no hacer
alarde de una biblioteca. Qué lecciones se aprendían de esos
libros es otra cuestión. Sus bibliotecas no ayudaron a salvar a
las víctimas.
"Toda víctima exige lealtad", escribió Graham Greene
en El revés de la trama, y las víctimas literarias muchas
veces ascienden al rango inesperado de héroes. Tal vez suceda que
ninguna narrativa es posible sin una víctima dado que, paradójicamente,
un protagonista es, en muchos casos, alguien a quien le suceden
cosas. Privada de un papel verdaderamente activo, la víctima de
todas maneras adquiere una identidad activa a través del
discurso. La víctima se convierte en testigo (o lo invoca); la víctima
tiene en mente la acción infame o la imprime en la mente de
alguien que luego contará la historia. Porque la voz de la víctima
es importantísima; el victimario muchas veces intentará
silenciar a las víctimas: cortándoles literalmente la lengua,
como en el caso de la violada Filomela en Ovidio, o escondiéndolas,
como hace el rey con Segismundo en La vida es sueño, o
negando su historia, como en El fin de la historia, de
Liliana Heker. En la vida real, las víctimas
"desaparecen", se las encierra en un ghetto, se las envía
a prisión o a campos de tortura, se les niega credibilidad. Los métodos
son los mismos. Sólo cambian las metáforas. Existe cierta
justificación para el intento, a través de la creación artística,
de recordar a las víctimas, de restablecer su visibilidad, de
erigir monumentos conmemorativos literarios que, gracias a un arte
inspirado, actúen como pilares de algo que se acerque a la
comprensión del sufrimiento de una víctima. Y esto, sin un
objetivo visible o explícito: los autores de los libros en mis
estantes no pueden haber sabido quién los leería, pero cada una
de las historias que relatan anticipa o implica mi existencia, da
testimonio de experiencias que todavía no tuvieron lugar.
Cuando los nazis iniciaron su destrucción y saqueo de las
bibliotecas judías, el librero a cargo de la Biblioteca Sholem
Aleichem en Biala Podlaska decidió salvar los libros
transportando, día tras día, tantos como él y un colega
pudieran trasladar, aunque creyera que muy pronto "no quedarían
más lectores". Después de dos semanas, las posesiones habían
sido trasladadas a un ático secreto, donde fueron descubiertas
por el historiador Tuvia Borzykowski mucho después de que hubiera
terminado la guerra. Al escribir sobre la acción del librero,
Borzykowski observó que fue llevada a cabo "sin siquiera
considerar si alguien alguna vez necesitaría los libros
salvados": fue un acto de rescate de la memoria per se. El
universo (según creían los antiguos cabalistas) no depende de lo
que leamos, sino de la posibilidad de que lo leamos.
Desde la emblemática quema de libros llevada a cabo en una plaza
de Unter en Linden, frente a la Universidad de Berlín, en la
noche del 10 de mayo de 1933, los libros se convirtieron en un
blanco específico de los nazis. Menos de cinco meses después de
que Hitler se convirtiera en canciller, el nuevo ministro de
Propaganda del Reich, el doctor Paul Joseph Goebbels, declaró que
la quema pública de autores como Heinrich Mann, Stefan Zweig,
Freud, Zola, Proust, Gide, Helen Keller, H.G. Wells le permitía
"al alma del pueblo alemán volver a expresarse. Esas llamas
no sólo iluminan el punto final de una era pasada; también echan
luz sobre la nueva".
La nueva era proscribía la venta o circulación de miles de
libros, tanto en negocios como en bibliotecas, así como la
publicación de otros nuevos. Los libros que comúnmente se
conservaban en los estantes de la sala de estar porque eran
prestigiosos, informativos o entretenidos, de pronto se volvieron
peligrosos. La posesión privada de los libros registrados estaba
prohibida; muchos fueron confiscados y destruidos. Cientos de
bibliotecas judías en toda Europa fueron quemadas, tanto
colecciones personales como tesoros públicos. Un enviado nazi
alegremente informó sobre la destrucción de la famosa biblioteca
del Lublin Yeshiva en 1939: "Para nosotros fue una cuestión
de especial orgullo destruir la Academia Talmúdica, conocida como
la más grande de Polonia. Arrojamos la inmensa biblioteca talmúdica
fuera del edificio y llevamos los libros al mercado, donde les
prendimos fuego. El fuego duró veinte horas. Los judíos de
Lublin se reunieron alrededor y lloraban con amargura, casi acallándonos
con sus lamentos. Convocamos a la banda militar y, con gritos
vivaces, los soldados ahogaron el ruido de los gritos judíos".
Al mismo tiempo, los nazis decidieron salvar algunos libros con
fines comerciales y de archivo. En 1938 Alfred Rosenberg, uno de
los principales teóricos nazis, propuso que las colecciones judías,
inclusive la literatura secular y religiosa, se preservaran en un
instituto dedicado al estudio de "la cuestión judía".
Dos años más tarde, se inauguró el Institut zur Erforschung der
Judenfrage en Francfort del Meno. Para procurar el material
necesario, el propio Hitler autorizó a Rosenberg a crear un grupo
de trabajo constituido por expertos libreros alemanes para
seleccionar los tesoros robados: la notable ERR, "Einsatzstab
Reichsleiter Rosenberg". Entre las colecciones confiscadas
que se incorporaron al Instituto estaban las bibliotecas de los
seminarios rabínicos de Breslau y Viena, los departamentos Hebreo
y Judaico de la Biblioteca Municipal de Francfort, la biblioteca
del Collegio Rabbinico de Roma, de la Societas Spinoziana de La
Haya y la Casa Spinoza de Rijnburg, de las editoriales holandesas
Querido, Pegazus y Fischer-Berman, del Instituto Internacional de
Historia Social de Amsterdam, la biblioteca de Beth Maidrash Etz
Hayim, las bibliotecas del Seminario Israelita de Amsterdam, del
Seminario Israelita Portugués y la Rosenthaliana, la biblioteca
del rabino Moshe Pessah en Volo, la Biblioteca Strashun en Vilna
(el nieto del fundador se suicidó cuando le ordenaron ayudar a
catalogar los libros), bibliotecas en Hungría (donde se estableció
un instituto paralelo sobre "la cuestión judía" en
Budapest), bibliotecas en Dinamarca y Noruega, decenas de
bibliotecas en Polonia (especialmente la gran biblioteca de la
sinagoga de Varsovia y del Instituto para Estudios Judíos). De
este volumen gigantesco, el equipo de Rosenberg seleccionó los
libros que serían enviados a su Instituto; todos los demás
fueron destruidos. En febrero de 1943, el Instituto emitió las
siguientes directivas para la selección del material de
biblioteca: "todos los escritos que tengan que ver con la
historia, cultura y naturaleza del judaísmo, así como los libros
escritos por autores judíos en otros idiomas que no sean el
hebreo y el yiddish, deben ser enviados a Francfort". Pero
"los libros en hebreo o yiddish de fecha reciente,
posteriores al año 1800, deben reducirse a pulpa; esto también
se aplica a los libros de oraciones, Memorbücher, y a
otros trabajos religiosos en idioma alemán". Con respecto a
los muchos rollos de la Tora, se sugirió que "Tal vez se
puede usar el cuero para encuadernación". Milagrosamente, mi
libro de oraciones logró salvarse.
Siete meses después de que fueran pronunciadas estas directivas,
en septiembre de 1943, los nazis establecieron un llamado
"campo familiar" como una extensión de Auschwitz, en el
bosque de abedules de Birkenau, que incluía un bloque separado,
el "número 31", construido especialmente para los niños.
El objetivo de este bloque era demostrarle al mundo que los judíos
deportados al Este no eran asesinados. En realidad, se les permitía
vivir seis meses antes de ser enviados al mismo destino que las
otras víctimas deportadas. Finalmente, después de haber cumplido
con su propósito propagandístico, el "campo familiar"
fue cerrado de manera permanente.
Mientras estuvo abierto, el Bloque 31 albergó a 500 niños que
convivían con varios "consejeros" y, a pesar de la
estricta vigilancia, poseía, sorprendentemente, una biblioteca
infantil clandestina. La biblioteca era minúscula: abarcaba ocho
libros que incluían una Breve historia del mundo, de H.G.
Wells, un libro de texto escolar ruso y una prueba de geometría
analítica. En una o dos ocasiones, un prisionero de otro campo
logró ingresar un nuevo libro de contrabando, de modo que la
cantidad de unidades aumentó a nueve o diez. Por las noches, se
guardaban los libros con otros bienes de valor como medicamentos y
raciones de comida, en la pequeña habitación del niño de más
edad del bloque. Una de las niñas se encargaba de ocultar los
libros en un lugar diferente cada vez. Irónicamente, aquéllos
que estaban prohibidos en todo el Reich (los de H.G. Wells, por
ejemplo) podían encontrarse en las bibliotecas de los campos de
concentración. Ocho o diez libros conformaban la colección física
de la Biblioteca Infantil de Birkenau, pero había otros que sólo
circulaban de boca en boca. Cuando lograban evitar la vigilancia,
los consejeros recitaban a los niños libros que ellos mismos habían
aprendido de memoria en otros tiempos, turnándose para que
diferentes consejeros "leyeran" a diferentes niños cada
vez: esta rotación se conocía como "intercambio de libros
en la biblioteca".
Resulta casi imposible imaginar que bajo las condiciones
intolerables impuestas por los nazis, la vida intelectual pudiera
continuar. Una vez le preguntaron al historiador Yitzhak Schipper,
que escribió un libro sobre los jázaros mientras era un
prisionero del ghetto de Varsovia, cómo hizo su trabajo sin poder
sentarse e investigar en archivos apropiados. "Para escribir
historia", respondió, "hace falta una cabeza, no un trasero". Muchos se hicieron eco de su sentimiento, reemplazando
"escribir" por "leer". Había incluso una
continuación de las rutinas comunes y cotidianas de la lectura.
Saber de esta persistencia del espíritu agudiza el asombro y el
horror: que en este tipo de condiciones espeluznantes hombres y
mujeres aún siguieran leyendo sobre el Jean Valjean de Hugo y la
Natasha de Tolstoi, completaran tarjetas de pedido de libros y
pagaran multas por devoluciones retrasadas, discutieran los méritos
de un autor moderno o siguieran una vez más los versos
cadenciados de Heine. La lectura y los rituales de la lectura se
convirtieron en actos de resistencia: como observó el psicólogo
italiano Andrea Devoto, "todo podía considerarse resistencia
porque todo estaba prohibido". En el campo de concentración
de Bergen-Belsen circulaba entre los prisioneros una copia de La
montaña mágica, de Thomas Mann; un niño recordó los
minutos que le asignaban para tener el libro en sus manos como
"uno de los mejores momentos del día, cuando alguien me lo
pasaba. Iba a un rincón para estar tranquilo y luego tenía una
hora para leerlo". Un joven lector polaco, recordando los días
de miedo y abatimiento, dijo: "El libro era mi mejor amigo,
nunca me traicionaba; me reconfortaba en mi desesperación; me decía
que no estaba solo". Es difícil entender cómo los gestos
humanos de la vida diaria continuaban aún cuando la vida diaria
en sí se había vuelto inhumana; cómo en medio del hambre y la
enfermedad, los golpes y la carnicería, hombres y mujeres
persisten en rituales civilizados de curiosidad y ternura,
inventando estratagemas de supervivencia en pos de un pedacito de
algo amado, por un libro rescatado entre miles, un lector entre
decenas de miles, por una voz que repetirá hasta el fin de los
tiempos las palabras del sirviente de Job. "Y soy el único
que escapó sólo para contarles."
A lo largo de la historia, la biblioteca del vencedor se erige
como un emblema del poder, depositaria de la versión oficial,
pero la versión que nos obsesiona es siempre la otra, la voz de
las cenizas. La biblioteca de la víctima es la que constantemente
formula las preguntas: ¿Cómo es posible? ¿Y qué puede
conseguirse con la lectura mientras los libros se consumen entre
las llamas? Mi libro de oraciones pertenece a esa biblioteca
cuestionadora.
He aquí una respuesta. Un día de junio de 1944, Jacob Edelstein,
ex superior del ghetto de Theresienstadt que había sido
trasladado a Birkenau, estaba en sus barracas, envuelto en su
manto ritual, diciendo las plegarias matutinas que había
aprendido hacía mucho tiempo en un libro sin duda similar al mío.
Acababa de comenzar cuando el teniente Franz Hoessler, de las SS,
entró a las barracas para llevarse a Edelstein. Otro prisionero,
Yossl Rosensaft, recordó la escena un año después: "De
repente se abrió la puerta bruscamente y entró Hoessler, con un
aire altanero, acompañado por tres hombres de las SS. Gritó el
nombre de Jacob. Jacob no se movió. Hoessler vociferó: ''Lo
estoy esperando, apúrese''. Jacob se dio vuelta muy lentamente,
miró de frente a Hoessler y dijo en tono parsimonioso: ''En los
últimos momentos sobre esta tierra que me conceda el
Todopoderoso, yo soy el amo, no usted''. Acto seguido, volvió a
darse vuelta para mirar a la pared y terminó sus oraciones. Luego
dobló su manto de oración sin apuro, lo entregó a uno de los
prisioneros y le dijo a Hoessler: ''Ahora estoy listo''".
(*)
(*)
Fuente:
Fragmento
de La biblioteca de noche, ensayo de A. Manguel que será
publicado el año próximo en Alianza y Norma. Traducción de
Claudia Martínez.
Agradecimiento
a Pablo Hacker por el envío de este esencial texto para el
estímulo de la memoria histórica.
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