
En el
barranco un escarabajo se mueve.
Sobre
el agua meditabunda del Volga
flota
una hoja. Y pastos suaves de las riberas.
El
viento trae endulzadas brisas.
Un
caballo viejo busca donde descansar.
Una
vaca muge cerca de la granja abandonada.
Y el
primer gemido de la Tierra
perturba
el
aleteo lejano de los pájaros.
La
artillería ya envenena el día.
La
voz ronca de los panzers
aceita
su tenaza sobre barrancas y suburbios
de la
ciudad de la cercana pesadilla.
Las
miles de botas germanas
del 6
ejército de Von Paulus
oprimen
los escarabajos y las granjas.
Y
luego de las dentelladas violentas de la Luftwaffe
corren
por las calles,
entre
los penachos grotescos de las ruinas.
Corren
entre el fétido testamento de los muertos;
entre
el cielo desplomado de las casas.
Entre
los decapitados girasoles de la primavera.
Sin
demora, el cañón y el fusil alemán
deben
ocupar el Mamayev Kurgan (1),
el tártaro
túmulo funerario
preludio
de la sanguinaria lucha
cuerpo
a cuerpo que se avecina.
Desde
allí, el ojo recio
del
estratega y el artillero
columbran
la urbe gimiente
en la
que única majestad sobreviviente
es la
emanada por fábricas ametralladas.
La
acería del Octubre Rojo.
Barrikady,
la fábrica de municiones.
Dzerzhinsky,
la fábrica de tractores.
Los
sitios
del
inminente huracán de la muerte.
Chukov,
futuro brujo y mago para sus enemigos.
Es el
general del 62 ejército
el
que ordena
la
primera defensa sin retroceso
en un
silo de hormigón.
Cincuenta
hijos de la vasta Rusia
luchan
con
el colérico brío de dragones
e
indiferentes al dolor.
En el
nombre de Stalingrado,
todos
los campanarios
de
los sueños y la hermandad
ya se
desploman en la nada apuñalada.
Sólo
a partir de ahora será:
La
bala.
La
sangre en la luna.
La
sentencia final de la granada.
El
perro que huye del tufo del horror.
El
ojo que despedazado vuela
hasta
las alcantarillas sanguinolentas.
El
brazo con bayoneta
que
despedaza el otro vientre
bajo
el uniforme diferente.
Soldado,
a cada paso, la daga te encuentra.
Soldado,
la rata ya saborea
los
finales despojos de tu amargura.
Una
calma renace
en
una noche de estrellas.
Es un
error. La brisa exigua ya se aleja.
Ya
regresa, ruso o alemán,
detrás
de ti,
las
jaurías de navajas
que
polvo del tiempo inventa
para
mutilar la ingenua esperanza.
Una
ciudad en ruinas
se
entrega como el símbolo
mejor
imaginado
por
la guerra infinita.
En el
pecho estrecho de la urbe
el
hombre que ambiciona
destruir
su insignificancia
no
tiene dónde ocultar la infamia.
Hay
que destruir el miedo
mediante
la metralla en el enemigo.
Hay
que crear la ciudad de combate bestial,
para
que allí estalle el mejor grito
del
poder y su alma putrefacta.
Pero
el pequeño individuo en Stalingrado
aún
puede aullar con grandeza
a
pesar de su aplastado destino.
En el
tornado de la agonía y el llanto
el
ruso resiste
con
todos los rayos de las estepas
restallando
entre
el temblor de las balas y metralletas.
Zailly
Zaitev (2)
con
ojo de lince entrega
a
varios cientos de huellas germanas
al
vaho de las tumbas.
Sin
temor de los puñales de los stukas
la
improvisada flota de Rogachev (3)
una y
otra vez besa el Volga
para
dar a la batalla
nuevos
soldados y vituallas.
En
escuadrones de doce halcones
enviste
la bravura soviética
sobre
las colmenas enemigas.
Otros
doce vendrán para caer de nuevo.
Y
luego levantarse y seguir.
Seguir
hacia el estruendo
donde
los trozos chorreantes
del
invasor y el invadido se encuentran.
Seguir
con
el cuerpo que tanto horror suda.
Seguir
con
el llanto contenido
en
los rostros caídos y callados.
Seguir
sobre
selvas de las venas muertas
hasta
que el girasol
quizá
reaparezca al desvanecerse
los
aullidos solitarios en la bruma. (*)
(1) Durante la batalla de
Stalingrado, el túmulo de Mamayev Kurgan fue testigo de cruentos combates por
su posesión porque, desde allí podía verse toda la ciudad. La acería del
Octubre Rojo; la fábrica de municiones Barrikady, y la fábrica de tractores
Dzerzhinsky, también fueron escenario de sangrientas y legendarias luchas.
(2) Famoso francotirador que
mató, con sus disparos precisos, a varios cientos de alemanes.
(3) La acción de la flota de
Rogachev fue fundamental para el triunfo ruso en la batalla. Fueron sus
temerarias navegaciones a través del Volga las que permitieron el
reaprovisionamiento de hombres y alimentos del ejercito soviético.