1.
Prólogo
La
siguiente monografía, titulada "La Patagonia Rebelde";
está constituída por tres secciones: una introducción; un
desarrollo (Los Sucesos de la Patagonia); y una conclusión de
dicho tema.
a.-
En la introducción puede observarse una síntesis de los
acontecimientos de la historia de nuestro país hasta la fecha.
Asimismo, se aborda brevemente el tema de nuestra monografía;
puntualizando los hechos más importantes sin entrar en detalle,
como lo haremos en el desarrollo de la misma.
b.-
En el desarrollo de esta monografía, que se titula "Los
Sucesos de la Patagonia"; se tratará amplia y detenidamente
el tema en cuestión, haciendo hincapié en las actitudes del
gobierno y de los represores frente a los reclamos de los
huelguistas, y, a su vez, la actitud de los latifundistas y las
grandes empresas sureñas frente a la problemática que acarreó
la posguerra en relación a los costos de las manufacturas que
ellos producían.
c.-
En la conclusión se expresarán nuestras opiniones acerca de la
actitud de los represores, así como también la de los
huelguistas, frente a los sucesos de la época; enfatizando en la
acción de Kurt Wilckens.
Asimismo,
la monografía posee notas al pie de las páginas; para aclarar
algún hecho, así como también para comentar la fuente de dicha
idea o frase.
Consideramos
menester aclarar que no existe abundante información referida al
tema de esta monografía; pues los sucesos que tuvieron lugar en
la Patagonia entre los años 1920 y 1922 no han quedado
debidamente documentados, ya que a la clase oligarca de la época
no le favorecía en lo absoluto la difusión de los mismos.
2.
Introducción
Los
enemigos de la revolución en la Argentina son una minoría pero
controlan las palancas fundamentales del Estado, lo que los hace
extremadamente fuertes. Controlan el aparato económico y jurídico
y tienen a su servicio las fuerzas armadas y represivas, como
instrumento principal que les garantiza la explotación al pueblo
y el control del poder.
Como
enseña nuestra historia, los terratenientes, primero para
organizar el Estado que les asegurase el poder y luego para
perpetuarse en el control de éste, apoyándose y/o subordinándose
al imperialismo de turno, inglés, ruso o estadounidense,
asesinaron y reprimieron a mansalva. Junto con ésto crearon las
leyes y el aparato jurídico que avalara la barbarie. Así, tras más
de 60 años de guerras civiles (de 1815 a 1880), fue con las armas
que la oligarquía impuso la llamada Organización Nacional y
masacró a los pueblos indígenas para apoderarse de sus tierras.
Y en este siglo, aplastaron a sangre y fuego los levantamientos
obreros, campesinos, estudiantiles y populares, cada vez que
pusieron en peligro los privilegios de esa minoría que controla
el poder. Ahí están de testigos las masacres del 1º de mayo de
1904, de la semana de mayo de 1909, la Semana Trágica de enero de
1919, la Patagonia sangrienta de 1921, La Forestal, el golpe de
1955 y la dictadura violovidelista de 1976. Al igual que la
represión de la insurrección radical de 1905, la huelga de la
construcción de 1935, la huelga azucarera de 1949, las luchas de
los ferroviarios y metalúrgicos de 1954, las huelgas de 1959, las
puebladas del 60-70, etc., etc. Antes, como ahora, modernizaron y
utilizaron el aparato represivo para frenar las heroicas luchas
que jalonaron nuestra historia.
La
burguesía nacional, por su dualidad, cuando estuvo en el
gobierno, por un lado forcejeó con los enemigos y por el otro,
muchas veces terminó siendo cómplice, avalando la represión o
reprimiendo. Esta política posibilitó los golpes de Estado en
1930, 1955, 1966 y 1976; que sirvieron a las clases dominantes
para recuperar el gobierno e imponer por la fuerza de las armas su
política proterrateniente y proimperialista. Resultó así
equivocada la idea expresada reiteradamente por el general Perón
de que era necesario tiempo para ahorrar sangre. Esta opción es
falsa. Ha corrido mucha sangre de la clase obrera y el pueblo, y
se ha perdido mucho tiempo.
No
es conciliando con los enemigos como se ahorra sufrimientos a la
clase obrera y el pueblo y se defienden los intereses nacionales.
Para enfrentar a los enemigos de la revolución debemos
prepararnos para una lucha que es encarnizada y que será larga y
no pacífica. Sólo si el pueblo toma en sus manos las armas será
posible derrotar al enemigo y asaltar el poder.
A
lo largo de nuestra historia, el problema de en manos de quién
estaba el poder, en particular las armas, ha sido y es una de las
cuestiones claves para extraer enseñanzas y prepararnos para que
el accionar revolucionario de las masas desemboque en la destrucción
del Estado oligárquico-imperialista y la conquista del poder. Sólo
cuando el pueblo se levantó en armas pudo triunfar. Así fue
frente a las invasiones inglesas en 1806 y 1807, y así fue contra
el colonialismo español de 1810 a 1824.
La
organización de la autodefensa armada de masas en los períodos
de auge más avanzados ha dejado grandes enseñanzas. Pero
tuvieron un techo propio del carácter defensivo de su objetivo.
Carecieron de, o era incipiente, una dirección revolucionaria que
apuntara a construir las milicias y otras formas de organización
armada propias de un plan de ofensiva revolucionaria con objetivos
claros. Esta falta de dirección, línea, organización y
preparación para que el proletariado defina a su favor, mediante
la lucha armada de masas, una crisis revolucionaria; se manifestó
en cada uno de los momentos en que la lucha de clases llegó a su
máxima confrontación y se debía pasar a la ofensiva, al asalto
al poder.
En
lo que se refiere a los diversos inconvenientes que acarreó la
Primera Guerra Mundial, podemos destacar la escasez de insumos,
carestías y salarios bajos. Hubo grandes huelgas, y la situación
social estalló en enero de 1919, dejando un saldo trágico de
muertos y heridos. En la Patagonia se desató un conflicto en
1920, que culminó con fusilamientos de huelguistas dispuestos por
el coronel Varela, enviado a poner orden en la zona. La economía
se fue normalizando en la posguerra. En las Universidades,
estudiantes y profesores reformistas fueron ocupando posiciones
toleradas por el gobierno, pero que concitaron el odio de los
desplazados y de los sectores a que éstos pertenecían. No
obstante todos estos problemas, la politiquería, el personalismo
y las vacilaciones, la conducción de Yrigoyen se esforzó siempre
por afirmar la democracia y la conciliación social.
3.
El Drama Patagónico
Desde
1917, con grandes huelgas como la de los obreros ferroviarios, de
la carne, azucareros tucumanos, etc., un nuevo período de auge
sacude a la Argentina. Esta oleada de luchas obreras alcanza su
pico más alto en la segunda semana de enero de 1919. La lucha por
salario, condiciones y tiempo de trabajo de los 800 obreros de los
Talleres Vasena es reprimida violentamente por la policía,
dejando un saldo de 4 muertos y 30 heridos. Esta represión pone
en pie a los trabajadores y el pueblo de Buenos Aires y
Avellaneda.
El
gobierno de Yrigoyen reprime sangrientamente la sublevación
popular. El ejército entra en la ciudad; se arman grupos civiles
de la oligarquía que asaltan locales e imprentas obreras y
realizan verdaderas "razzias" en los barrios obreros con
un saldo de entre 800 y 1.500 muertos -según las fuentes diplomáticas
de la época- y más de 4.000 heridos, incluyendo mujeres,
ancianos y niños. Genocidio sólo comparable a los de Rosas y
Roca contra los indios, que pasará a la historia oficial con el
nombre de Semana Trágica.
Pese
a la masacre, los ecos del levantamiento obrero y popular de la
Semana de Enero de 1919 llegarán hasta los más apartados
rincones, conmoviendo a los explotados y a los explotadores de
esos verdaderos imperios latifundistas del norte y del sur
argentinos. Ejemplos de esto serán las históricas huelgas de los
hacheros alzados contra La Forestal y la rebelión de los obreros
rurales y campesinos pobres en la Patagonia, en 1920 y 1921.
En
1920 hubo una nueva y prolongada huelga de marítimos, que fracasó.
Pero ya para entonces se sentían los primeros indicios de
malestar en el sur de la Patagonia, que en 1921 y 1922 tendrían
un trágico desenlace. Osvaldo Bayer, investigador de estos
hechos, destaca que los grandes stocks de lana, acumulados al
terminar la guerra por falta de compradores, fueron el
desencadenante de los sucesos de la Patagonia. Una gran crisis se
abatió sobre los estancieros, los comerciantes y, sobre todo, los
peones, que vivían y trabajaban en condiciones inhumanas.
Activados
por dirigentes anarquistas de Río Gallegos, los peones rurales
empezaron a manifestarse en el invierno de 1920. A fines de ese año,
y comienzos de 1921 se generalizó la huelga en el territorio de
Santa Cruz, y algunos grupos ocuparon estancias y tomaron rehenes,
aunque sin cometer hechos irreparables. Las denuncias de la
Sociedad Rural local y las exageradas informaciones publicadas por
la prensa de Buenos Aires movieron a Yrigoyen a enviar al coronel
Héctor B. Varela con efectivos del 10° de Caballería a poner
orden en la zona. El coronel Varela logró que las partes en
conflicto llegaran a un avenimiento, que reconocía la mayor parte
de los pedidos de los huelguistas.
Comenzaron
las huelgas, y con ellas el consiguiente apedreo amarillista de la
prensa oligarca en Buenos Aires, denunciando situaciones gravísimas
en donde exigían al gobierno nacional evitar los avances de
"forajidos y delincuentes, con feroces anarquistas a la
cabeza, 600 de ellos armados, envalentonados por la pasividad
oficial", según La Prensa.
El
29 de enero llega a Río Gallegos el gobernador titular Izza,
quien había sido designado por los estancieros como árbitro del
conflicto. Varela desembarca en Santa Cruz junto a sus soldados
tres días después, el 1° de febrero. Luego de realizar algunas
inspecciones personales, Varela comprobó que los grandes diarios
habían deformado los hechos. Se dirigió a Río Gallegos para
entrevistarse con Iza, manifestándole sus intenciones de
solucionar el pleito pacíficamente.
Al
llegar el verano de 1921 el conflicto volvió a estallar, pero
ahora con mayor encono. Grupos de delincuentes infiltrados entre
los huelguistas cometieron desmanes que se atribuyeron a los
trabajadores; éstos, convencidos de que los patrones no cumplirían
nunca lo prometido, dieron a su protesta una mayor virulencia. El
coronel Varela, a su vez, creyendo haber sido traicionado por los
huelguistas y sospechando que el gobierno chileno estaba detrás
del movimiento, se atribuyó poderes que nadie le había otorgado
y se lanzó a una represión indiscriminada. Decenas de
huelguistas fueron fusilados, muchos fueron reintegrados por la
fuerza a las estancias y algunos debieron escapar rumbo a Chile.
En
Buenos Aires los sucesos de la Patagonia tuvieron repercusión en
el Congreso pero no se investigaron a fondo. El gobierno no tenía
interés en destapar un asunto en el que podía enjuiciarse su
responsabilidad y la del ejército; los socialistas cumplieron
formalmente con un pedido de informes. Sólo los anarquistas
clamaron por los masacrados de la Patagonia y juraron venganza
contra Varela, quien más tarde fue asesinado por un joven alemán,
muerto, a su vez, por un miembro de la Liga Patriótica mientras
estaba en Villa Devoto esperando su condena.
El
15 de febrero se convoca a una reunión entre partes donde se
plantea la necesidad de que los obreros entreguen las armas y los
rehenes tomados, y que sometieran a la justicia los hechos
ilegales. Sólo después de esta instancia se discutirían los
reclamos de los obreros.
Se
organizó una asamblea que decidió, por 350 votos contra 200,
entregarse al ejercito. En el grupo minoritario se encontraban
quienes habían realizado actos vandálicos, comandados por El
Toscano y El 68, los cuales decidieron huir hacia la zona
cordillerana.
El
24 de febrero se formalizaron las entregas, y en reunión
posterior entre los estancieros y la Federación Obrera Regional
se aprobó el "laudo Izza"; que enmarcaba como reales
las circunstancias planteadas por el pliego obrero. Varela decidió
sumariar a los policías que habían cooperado en el apaleamiento
de huelguistas. Los trabajadores de Santa Cruz habían triunfado.
Pero
la solución pacifica del conflicto dejo insatisfechos a grupos
como la Sociedad Rural, los estancieros y los ganaderos, quienes
creían irrisorio que no se hubiese castigado a los obreros por
haber realizado la huelga, y que además se les otorgara una
compensación por los días no trabajados durante el paro.
Mientras los obreros pensaban nuevas reivindicaciones, los grandes
diarios de Buenos Aires seguían denunciando hechos de vandalismo,
sin hacer distinción entre éstos y los auténticos reclamos
obreros.
La
oligarquía aplastó sangrientamente estas luchas. Pero ese río
de sangre dividió las aguas de la lucha de clases en la
Argentina, creando nuevas condiciones para la maduración de la
conciencia revolucionaria.
Cuando
los ecos de la represión de Santa Cruz llegaban a Buenos Aires,
las manifestaciones de malestar social estaban remitiendo
notablemente. Las causas: los sustanciales aumentos salariales
obtenidos por muchos sectores y, sobre todo, la normalización de
la economía producida por la posguerra. Además, los sindicatos
anarquistas habían quedado debilitados. Se había producido, a lo
largo de los años de Yrigoyen, una significativa nacionalización
de las fuerzas del trabajo. Aún con errores y culpas en el manejo
de las cuestiones laborales, el gobierno radical había
evidenciado que era sincera su preocupación por el mejoramiento
de la situación de los trabajadores. Un colaborador de Yrigoyen,
el Dr. Víctor Guillot, sintetizaba así, por esos años, la
concepción del presidente: "Arrancar al Estado de su posición
indiferente u hostil frente a las colisiones entre capital y
trabajo, y practicar un intervencionismo orgánico y sistemático
conducido por elevadas inspiraciones de humana equidad". En
los años siguientes, el número de huelguistas llegó a ser sólo
la décima parte del que había alcanzado en la época de Yrigoyen,
y no se registró ningún movimiento de signo violento: era el
fruto de la conciliación social iniciada por el primer presidente
radical.
4.
Los Sucesos de la Patagonia
Uno
de los capítulos de la primera presidencia de Yrigoyen que no se
puede pasar por alto, fueron los sucesos de la Patagonia, cuya
explicación plena no fue ni es fácil a causa de los intereses
que estuvieron en juego y que presionaron desde la gran prensa y
en las esferas del gobierno quizá sin conciencia de sus
consecuencias finales.
En
1920, en plena postguerra, el precio de la lana argentina, como la
de todo el mundo, comenzó a caer en grandes proporciones, de
$9,74 a $3,08, ubicándose en los niveles normales de tiempos no bélicos.
Este proceso, producto de la caída de la demanda mundial, provocó
grandes crisis para los estancieros latifundistas que
usufructuaban el suelo patagónico a través de la cría de ganado
lanar.
Esos
mismos estancieros de elite, quienes anotaban a sus hijos en
Chile, por la cercanía, o utilizaban el idioma ingles en sus
estancias, e inclusive izaban la bandera británica; pidieron
ayuda a Don Hipólito Yrigoyen porque sus negocios no se mantenían
en los niveles de antes.
Y
pese a sus grandes aunque mermadas ganancias, obligaban a los
peones a trabajar con 18° bajo cero arriando majadas. Los
esquiladores terminaban jornadas de 16 horas con los brazos
agarrotados, mientras que los obreros trabajaban 12 horas por día
27 días al mes.
Esta
insostenible e inhumana situación culminó en una serie de actos
de tendencia anarquista, prohibidos por el gobernador interino de
Santa Cruz; un comisario inspector de nombre Falcón.
La
situación de los arrieros, ovejeros, peones de las estancias
patagónicas era penosa y ajena a todo amparo; se trabajaban de 12
a 15 horas diarias y los salarios eran ínfimos, y muchas veces
pagados en documentos o en moneda extranjera con fuerte deterioro
al hacerlos efectivos. Los obreros exigían a través de un pliego
condiciones como que en habitaciones de 16 m² no durmiesen más
de tres hombres; que los patrones entregaran un paquete de velas
por obrero mensualmente (la noche se extiende por 14 horas, y los
obreros debían pagar 80 centavos en las estancias paquetes de
velas que valían sólo 5 centavos); que el día sábado no fuese
laborable; que la comida fuese digna; y que los botiquines para
curar sus sarnas y erupciones tuvieran instrucciones en
castellano, pues la mayoría se encontraba en inglés, entre otras
cosas. El pliego fue rechazado por la Sociedad Rural, inclusive
uno posterior con menores condiciones.
Las
autoridades locales respondían a las órdenes y deseos de los
grandes latifundistas y dependían de ellos más que del gobierno
nacional mismo. Había que acudir a la autodefensa y así lo
hicieron los trabajadores de aquellos territorios. En Río
Gallegos se fundó hacia 1918 una Sociedad obrera de oficios
varios, que logró instalar una pequeña imprenta y una escuela y
publicó el periódico 1° de Mayo. Desde Río Gallegos fueron
enviados delegados al campo, las estancias y se comenzó a
difundir literatura laboral para alentar la organización del
trabajo. Más de una vez fue clausurada la Sociedad y encarcelados
sus miembros y dirigentes. En septiembre de 1920 la Sociedad
proyectó un mitin para el 1° de octubre a fin de recordar la
vida y la obra de Francisco Ferrer, ejecutado en Barcelona en
1909, apasionado propulsor de la educación. La policía prohibió
el acto cuando ya estaban hechos los preparativos y, entonces,
como acto de protesta, se declaró una huelga general por 48
horas; fue detenido el secretario de la Sociedad y clausurado el
local de la misma, hasta que el juez letrado revocó la decisión
y dio autorización para celebrar los actos proyectados, con lo
cual se dio por terminada la huelga el 2 de octubre.
Para
contrarrestar la influencia creciente de la Sociedad obrera de Río
Gallegos, se formó una Liga de grandes comerciantes y
latifundistas, la cual, con la Sociedad rural, inició una
ofensiva contra la organización obrera; fue boicoteado el periódico
La Gaceta del Sur por haber aplaudido la actitud de los
trabajadores en la huelga de protesta de septiembre contra los
excesos de las autoridades policiales; por su parte la Sociedad
obrera declaró el boicot contra tres comerciantes de la Liga en
represalia por el boicot contra el mencionado periódico. Se quiso
entonces reunir en la comisaría a los obreros y a los
comerciantes afectados para imponer un de algún modo un arreglo.
Los obreros se rehusaron a acudir espontáneamente a la citación
del comisario y fueron detenidos y alojados en la cárcel y
puestos a disposición del gobernador interino para su deportación.
La Sociedad obrera se dirigió entonces a los trabajadores del
campo: "La policía de ésta ha detenido a un grupo de
obreros a quienes se niega a poner en libertad a pesar de haberlo
ordenado el señor juez letrado doctor Ismael P. Viñas. Tal
arbitrariedad nos ha obligado a decretar y continuar el paro
general por cuya razón os incitamos a dejar el trabajo y a venir
a esta capital como acto de solidaridad, y hasta que nuestros
compañeros recobren la libertad". El manifiesto está
fechado el 21 de octubre de 1920. El 30 de dicho mes fueron
libertados ocho de los detenidos, pero aún quedaban dos más, que
habían sido maltratados, y mientras no recuperasen la libertad la
huelga continuaría. La Sociedad obrera recomendaba:
"Prosigamos como hasta aquí respetando a todo el mundo,
chicos y grandes, y particularmente a las personas que se hallan
investidas de autoridad. La hora de exigir responsabilidades se
acerca y cuando ella suene sabremos cumplir con nuestro
deber".
Comenzaron
a llegar a Río Gallegos obreros de las estancias respondiendo al
pedido de solidaridad de la Sociedad obrera. Y en oportunidad de
hallarse reunidos en buen número se confeccionó un pliego de
condiciones para reanudar el trabajo, y fue presentado a los
estancieros de la zona. Se atravesaba una grave crisis en la
comercialización de la lana y los dueños de los latifundios
rehusaron la admisión de las condiciones reclamadas por sus
peones. Las reivindicaciones eran mínimas, de higiene, de comida
de descanso, etc. Se pedía un sueldo mínimo de cien pesos por
mes y comida, doce pesos por día para los peones mensuales que
tuvieran que conducir arreos fuera del establecimiento; y los
arreadores no mensuales cobrarían veinte pesos por día si
utilizaban caballos propios. Los estancieros se obligarían a
poner en cada puesto un ovejero o más, según la importancia del
mismo, dándose preferencia para estos cargos a los que tuviesen
familia, a los cuales se les darían ciertas ventajas según el número
de hijos, "creyendo en esta forma fomentar el aumento de la
población y el engrandecimiento del país". Los estancieros
reconocerían también a la Sociedad obrera de Río Gallegos como
única entidad representativa de los obreros, y aceptarían la
designación de un delegado que serviría de intermediario en las
relaciones entre las partes y estaría autorizado para resolver
con carácter provisional las cuestiones de urgencia que afectasen
tanto a los derechos de los obreros como de los patrones.
No
eran reclamos susceptibles de quebrantar el orden y la economía
del país. Reacios los estancieros a escuchar esas peticiones, la
huelga se hizo general en toda Santa Cruz y en Chubut.
Un
sentimiento de solidaridad animó a los olvidados trabajadores de
la Patagonia. Que en este vasto movimiento algunos individuos
hayan abusado de la fuerza que les daba la unión y que se
produjesen algunos excesos de hostilidad patronal, sobre todo
cuando el ejemplo de la violencia sin freno era dado por los que
tenían la misión de actuar como guardianes del orden y de la
legalidad. Pero la prédica de la Sociedad obrera fue siempre
responsable y no se exhortó jamás a responder a la fuerza con la
fuerza.
Atemorizados
los obreros de la zona del Lago Argentino por los agravios
policiales, resolvieron agruparse y ponerse en marcha para buscar
amparo en Río Gallegos. En el paraje denominado El Cerrito fueron
tomados entre dos fuegos por la policía que les seguía desde
Lago Argentino y la que salió a su encuentro desde Río Gallegos;
los que tenían armas respondieron a la agresión y hubo muertos y
heridos por ambas partes. Hechos de esa naturaleza alentaron la
campaña que se venía haciendo desde hacía meses por la gran
prensa del país que llenaba páginas diariamente sobre los "
bandoleros del sur", el mote con que se quiso encubrir las
reclamaciones de los obreros patagónicos. La Sociedad obrera lanzó
un manifiesto en el que se decía: "Llamamos nuevamente la
atención a los hombres públicos del país para que, hiriendo con
la saeta envenenada a los que, investidos de autoridad, atropellan
a los trabajadores, procedan al castigo de los gobernantes del
territorio, únicos culpables de los luctuosos sucesos
ocurridos". La prensa que acogía todas las diatribas y
calumnias contra la huelga, no consideró acto de justicia
escuchar esas voces. Los huelguistas comprendieron que no tenían
más defensa que la que pudiesen articular ellos mismos. Se
armaron como pudieron, se apoderaron de empleados policiales y los
retuvieron como rehenes hasta la solución del conflicto.
Fue
entonces cuando el presidente Yrigoyen resolvió enviar al coronel
Héctor Benigno Varela en enero de 1921 a la Patagonia con fuerzas
de caballería y marinería.
La
Sociedad obrera de Río Gallegos publicó manifiestos que muestran
la confianza con que eran recibidas las tropas nacionales; el 16
de enero decía en un manifiesto al pueblo y a los trabajadores:
"La llegada de fuerzas del ejército y de la armada nos
devuelve la tranquilidad y las garantías que los atropellos de la
policía nos habían quitado. Hoy estamos seguros de que nuestros
derechos de ciudadanos han de ser respetados por la presencia de
estas fuerzas, y por consiguiente hemos de mantener el paro
decretado con más energía que hasta la fecha. No importa que
algunos patrones, confiados equivocadamente esta vez en que el ejército
nacional se ha de poner incondicionalmente al servicio del
capitalismo, hayan resuelto, coincidiendo con la llegada de éste,
despedir a sus empleados y obreros; estos patrones sufren un gran
error, porque la presencia de los elementos militares que hacen un
culto del honor y de la verdad, serán el mejor contralor de la
conciencia y educación de los obreros de Río Gallegos y del
respeto que siempre han guardado a la Constitución y las
Leyes". . .
Denunciaba
también cómo el gobernador interino de Santa Cruz, Edelmiro A.
Correa Falcón, secretario gerente de la Sociedad rural de Río
Gallegos, mientras que por un lado prohibió toda reunión pública
y el tránsito por las calles después de las nueve de la noche,
convocaba a los estancieros del territorio a una reunión para
concertar la acción futura.
El
3 de diciembre de 1920 Yrigoyen nombró a Oscar Schweizer jefe de
policía del territorio de Santa Cruz y a mediados de febrero del
mismo año llegó el nuevo gobernador, Ignacio A. Izza, capitán
de ingenieros retirado. Desembarcó la tropa del Teniente Coronel
Varela del transporte "Guardia Nacional" en Puerto Santa
Cruz, pero al advertir que el eje del movimiento era Río
Gallegos, se trasladó a esa ciudad. El nuevo gobernador comunicó
a Varela que la solución debía ser pacífica y que debía tener
presente tanto los derechos de los patrones como los de los
huelguistas. El jefe militar propuso entonces a los huelguistas
una entrevista en la estancia El Tero, a igual distancia de El
Campamento, donde estaban concentrados los huelguistas, y de La
Vanguardia, donde acampaba sin medios de movilidad el destacamento
del capitán Laprida.
Varela
e Izza llegaron a El Tero sin escolta alguna y la entrevista se
realizó el 15 de febrero. Se impuso a los obreros estas
condiciones: deposición de las armas, entrega de los rehenes, la
justicia entendería en las responsabilidades por los hechos de
sangre ocurridos.
Aceptadas
esas condiciones se entró a discutir la forma en que se haría la
reanudación del trabajo. Los delegados de El Campamento fueron a
dar cuenta a sus compañeros de las proposiciones ofrecidas. La
gran mayoría, unos 550 huelguistas, votaron a favor, y una minoría,
con cierta desconfianza, optó por alejarse hacia la cordillera.
En
la segunda entrevista, de regreso los delegados de El Campamento,
fue acatada la rendición incondicional, la entrega de los rehenes
y heridos y luego las armas. No hubo, pues, la represión
sangrienta que esperaba la Sociedad rural. El gobernador Izza
discutió con los obreros el pliego de condiciones y denunció que
los peones habían sido pagados con vales, en moneda chilena o con
cheques a plazo y señaló la importancia que tenía para los
hombres que vivían exclusivamente de su salario que se les pagase
en moneda nacional y de inmediato; también habló de los galpones
en donde se alojaban las peonadas como "pocilgas
inmundas".
Entre
los huelguistas cundió la alegría por el reconocimiento que habían
logrado después de tantos afanes, pero entre algunos oficiales de
las tropas hubo descontento por la inacción, pues habrían
preferido una operación brutal e indiscriminada. En esa tesitura
se hallaban el entonces teniente Elbio Carlos Anaya y el teniente
primero Sabino Adalid, que hizo declaraciones públicas contra el
Teniente Coronel Varela por la solución pacífica que había
logrado.
Antes
de que las tropas retornasen a Buenos Aires, tuvo lugar una
asamblea que reunió a todos los hacendados, con la presencia del
flamante gobernador Izza. Allí los estancieros aprueban un nuevo
pliego de condiciones y eligen por unanimidad árbitro del
conflicto al mismo gobernador. En el mismo, los hacendados hacían
nuevas concesiones. He aquí la redacción del pliego:
5.
Convenio propuesto por los estancieros a sus obreros
"Primero:
Los suscriptos se obligan dentro de términos prudenciales que las
circunstancias locales y regionales impongan, a las siguientes
condiciones de mejoramiento económico y de higiene:
"a.-
Las habitaciones de los obreros serán amplias y ventiladas
reuniendo las mayores condiciones de higiene posibles; en cuanto a
las cabinas, se entiende que éstas serán de madera con colchones
de lana;
"b.-
La luz de la sala común será por cuenta del patrón y también
el fuego durante los meses de invierno;
"c.-
Además del domingo, los obreros tendrán libre medio día en la
semana;
"d.-
La comida será sana, abundante y variada;
"e.-
Cada estancia tendrá un botiquín de auxilio con sus
instrucciones en idioma nacional;
"f.-
Los patrones devolverán al punto donde los tomó, a los obreros
que despida o no necesite;
"Segundo:
"a.-
Los patrones se obligan a pagar a sus obreros un sueldo mínimo de
cien pesos moneda nacional, alojamiento y comida, no rebajando
ninguno de los sueldos que excedan actualmente esa suma;
"b.-
Cuando el número de los obreros sea de 15 a 25, se pondrá un
ayudante de cocina, y dos cuando el número de obreros sea de 25 a
40; excediendo de 40 obreros se pondrá un panadero;
"c.-
Los ovejeros mensuales que tengan que conducir arreos de hacienda
fuera de las respectivas estancias cobrarán 12 pesos moneda
nacional diarios independientemente de sus sueldos y mientras
conduzca el arreo;
"d.-
Los campañistas mensuales percibirán 20 pesos moneda nacional
por cada potro de amanse, fuera del sueldo que tuvieran asignado
los carreteros percibirán la misma cantidad por cada novillo en
las mismas condiciones.
"Tercero:
"Los
patrones se obligan a poner en cada puesto un ovejero o dos, según
sea su importancia; estableciendo una visita semanal por conducto
de sus capataces. Los cargos de puesteros dentro de lo posible serán
llenados por obreros casados acordándoles a éstos ciertas
ventajas y en proporción al número de hijos que tuvieran.
"Cuarto:
"Los
patrones se obligan y de hecho reconocen a las sociedades obreras
legalmente constituidas: entiéndase que deberán gozar de
personería jurídica. Los obreros podrán o no pertenecer a esas
asociaciones pues sólo se tendrá en cuenta la buena conducta a
idoneidad de cada uno.
"Quinto:
"Los
obreros se obligan por su parte a levantar el paro actual de
campo, volviendo al trabajo en sus respectivas faenas
inmediatamente después de firmar este convenio.
"Río
Gallegos, 30 de enero de 1921" .
Este
pliego fue firmado por todos los poderoso latifundistas del sur de
Santa Cruz. La lectura de este pliego presentado por los
estancieros dice de por sí el triunfo de la lucha de los obreros
de campo. En ningún lugar del país se había logrado un convenio
así. Esto había sido mérito de un par de extranjeros y
argentinos con confusas con confusas ideas anarcosindicalisatas.
Pero las circunstancias iban a dejar en la nada todo esto, y este
pliego de condiciones se iba a transformar meses después en
escrita sentencia de muerte para los que habían osado levantarse.
Las
tropas regresaron a Buenos Aires en mayo de 1921.
Apenas
abandonaron las tropas el sur patagónico, fortalecido el
movimiento obrero por los acontecimientos y su desenlace, comenzó
la reacción patronal en los puertos del sur y en las estancias
del interior. La policía fue reforzada por "guardias
blancos" armados, surgidos al calor de la prédica de Manuel
Carlés desde la Liga Patriótica, que obraba con perfecta autonomía
de las autoridades nacionales. Una manifestación obrera en Río
Gallegos fue atacada de improviso dejando un muerto y cuatro
heridos como saldo. Los puertos de Deseado, Santa Cruz, San Julián
y Río Gallegos quedaron paralizados en agosto por una huelga
general. En conocimiento de esos hechos, algunos peones de las
estancias propiciaron una huelga revolucionaria en todo el
territorio. La represión en los puertos, las deportaciones de
obreros a Buenos Aires, el encarcelamiento de militantes crearon
un clima de intranquilidad y de protesta y al fin se planeó una
huelga general. Se inició el paro en las estancias, se tomaron
rehenes, cundió el pánico en el territorio y se reclamó ayuda
al gobierno para hacer frente al peligro que representaban las
nuevas tácticas empleadas por los obreros. Los embajadores de
Gran Bretaña y Estados Unidos presionaron al gobierno para que
tomase medidas en defensa de los intereses de sus connacionales en
el sur.
Estos
últimos sucesos ocurrieron porque el precio de la lana bajó
verticalmente a fines de 1921, y las empresas se encontraron con
un gran stock almacenado y la siguiente esquila casi encima. Para
evitarla, provocaron ellas mismas un alzamiento obrero, haciendo
detener a algunos dirigentes sindicales y enviando agentes que
consiguieron levantar nuevamente las armas a los trabajadores
previa formación de sus "guardias blancas". Los obreros
organizaron un verdadero ejército y ocuparon varias estancias con
la misma moderación que en la anterior oportunidad: se hacían
firmar recibos por las reses que consumían y por los productos de
almacén que tomaban. Un establecimiento incendiado, se supo
posteriormente que lo había sido por su dueño, un inglés
llamado Paterson, para cobrar un gran seguro.
Muchos
pequeños propietarios se adhirieron a la huelga por considerarla
justa. Pero, agitando el fantasma de la insurrección social, las
empresas obtuvieron –se ignora por qué medios– que se enviara
a Varela para reprimir la huelga.
Resolvió
Yrigoyen, entonces, el envío de tropas de caballería al sur,
toda una expedición militar dividida en dos cuerpos; uno con el
Teniente Coronel Varela, jefe de la expedición, con los capitanes
Pedro Viñas Ibarra y Pedro E. Campos, y la otra a las órdenes
del capitán Elbio C. Anaya. Fue agregada a esa tropa un cuerpo de
gendarmería. Las fuerzas embarcaron el 4 de noviembre de 1921. Un
informe militar de Anaya define así la diferencia entre la
primera y la segunda expedición de Varela: "Los
acontecimientos de principios de 1921 pueden titularse campaña
pacífica de la Patagonia en contraposición con la de fines de
1921-22 que llamaré campaña militar sangrienta".
En
el transcurso del viaje de las tropas se produjeron hechos de
sangre en la estancia Bremen, cerca de Cifre, cuyo dueño era alemán.
Cuando se acercaba un grupo de diez peones a pedir víveres, éstos
fueron recibido a tiros por el dueño y sus parientes, quedando
como saldo dos muertos y cuatro heridos. Los huelguistas tomaron
rehenes como protección y los estancieros huyeron hacia los
puertos de la costa e hicieron relatos espeluznantes sobre las
fechorías de los peones. El Teniente Coronel Varela escuchó esos
relatos y consideró que la huelga era una insurrección armada y
que en ese caso era aplicable el Código Militar, la Ley Marcial.
Dio a sus hombres un bando dirigido a los obreros con
instrucciones precisas:
"Si
ustedes aceptan someterse incondicionalmente en este momento haciéndome
entrega de los prisioneros, de todas las caballadas que tengan en
su poder presentándoseme con sus armas, les daré toda clase de
garantías para ustedes y sus familias, comprometiéndome a
hacerles justicia en las reclamaciones que tuvieran que hacer
contra las autoridades como asimismo a arreglar la situación de
vida para en delante de todos los trabajadores en general. Si
dentro de 24 horas de recibida por ustedes la presente comunicación
no recibo contestación de que ustedes aceptan el rendimiento
incondicional de todos los huelguistas levantados en armas en el
territorio de Santa Cruz, procederé:
"Primero:
A someterlos por la fuerza ordenando a los oficiales del ejército
que mandan las tropas a mis órdenes que los consideren como
enemigos del país en que viven;
"Segundo:
Hacerlos responsables de la vida de cada una de las personas que
en este momento mantienen ustedes por la fuerza, en forma de
prisioneros, así como también de las desgracias que pudieran
ocurrir en la población que ustedes ocupan y las que ocuparen en
lo sucesivo;
"Tercero:
Toda persona que se encuentre con armas en la mano y no cuente con
una autorización escrita, firmada por el suscripto, será
castigada severamente;
"Cuarto:
El que dispare un tiro contra las tropas será fusilado donde se
lo encuentre;
"Quinto:
Si para someterlos se hace necesario el empleo de las armas por
parte de las tropas, prevéngoles que de una vez iniciado el
combate no habrá parlamento ni suspención de hostilidades."
Varela
dictó ese bando por su cuenta y lo firmó, poniendo al territorio
de Santa Cruz en pie de guerra. De parte de Yrigoyen, del ministro
del interior y del ministro de la guerra no recibió instrucciones
precisas; solamente debía cumplir con su deber, pacificar los
territorios del sur, confiando en su condición de activo radical,
uno de los comprometidos en la revolución de 1905.
Se
aplicó el bando con todo rigor; pero hay que consignar que en la
campaña contra los "bandoleros del sur" no hubo muertos
ni heridos de las tropas, y eso que se trataba de una pequeña
minoría frente a los millares de obreros en huelga. Hubo un
primer encuentro en Punta Alta, y allí se rescataron 14 rehenes.
Uno
de los centenares de casos ocurridos es el de Santiago González,
que llegó a Santa Cruz el 12 de noviembre de 1921, contratado
para trabajar como albañil en el Banco de la Nación. Fue
detenido en el hotel donde se hospedaba por un soldado del 10° de
caballería el 10 de diciembre; entre sus efectos se encontró un
folleto titulado Carta Gaucha, escrito por Juan Crusao, y un
escrito titulado La Voz de mi Conciencia, de Simón Radowitzky,
que circulaban ampliamente por todo el país sin ninguna traba; el
28 del mismo mes fue ejecutado. De la misma magnitud, es el caso
de Albino Argüelles; secretario general de la Sociedad Obrera de
San Julián, herrero de oficio y afiliado al Partido Socialista.
Este hombre fue quien organizó las columnas de peones rurales
patagónicos en la huelga de 1921, en la cual se pedían mínimas
mejoras en las condiciones de trabajo. Cuando llegó la tropa
represora del capitán Elbio O. Anaya, les pidió parlamento a los
dirigentes huelguistas, los apresó y luego de hacerlos castigar
duramente ordenó su fusilamiento. Su muerte fue un asesinato vil
y disfrazado por el capitán Anaya en su parte militar como
"muerto mientras trataba de huir". La acostumbrada ley
de fugas que en tiempos más actuales se convirtió en
"desaparición" de personas.
El
22 de noviembre hizo imprimir Varela un nuevo bando, en el que
dice que: "Se pasará por las armas a quienes no se
entregaren a la primera intimación de las fuerzas militares o
fueren sorprendidos por éstas con armas en la mano en actitud de
resistir".
Quedaron
en la memoria los sucesos de Paso Ibáñez, hoy Comandante
Piedrabuena, a donde llegó una columna de 900 huelguistas, que
ocupó el pueblo. Querían conferenciar con Varela y enviaron
emisarios con ese propósito; se les respondió que debían
rendirse incondicionalmente en el término de tres horas so pena
de ser sometidos por la fuerza y pasados por las armas los que
desacataren las órdenes impartidas. Sin garantías, los
huelguistas entregaron los rehenes y huyeron hacia Río Chico y
hacia la Estancia Bella Vista. Uno de los dirigentes, Avendaño,
se entregó, probablemente con miras a negociar la rendición, y
fue fusilado en Río Chico; luego se persiguió a los que se dirigían
a Cañada León y fueron tomados 480 huelguistas, 4.000 caballos y
298 armas largas de todo tipo y calibre, 49 revólveres. Más de
la mitad de los que se habían entregado sin combatir fueron
ejecutados. Después de Cañada León, donde se halla la Estancia
Bella Vista, Varela se dirigió hacia el Lago Argentino, donde tomó
la estancia La Anita, de Menéndez Behety, en la que 500 hombres
se rindieron sin combatir, siendo liberados 80 estancieros,
mayordomos de estancia, gerentes, administradores y policías. Se
procedió a fusilar sin freno alguno a los rendidos por las
fuerzas que mandaba Viñas Ibarra. En conocimiento de los hechos
ocurridos y de los métodos de la represión militar, hubo un
intento de resistencia en estación Tehuelches, donde fueron
heridos dos soldados y cayeron varios dirigentes de la huelga, José
Font entre otros; pero en Tehuelches y Jaramillo el grupo de los
huelguistas fue totalmente aniquilado.
Cientos
de obreros fueron detenidos, apaleados y recluidos en dantescos
depósitos, sin la menor forma de proceso. De ellos se escogía a
quienes señalaban los representantes de las empresas, y se los
llevaba al campo para fusilarlos. A algunos se les hacía cavar su
propia fosa y luego se incineraban los cadáveres. En el Cerrito,
en el Cañadón de la Yegua Quemada, actualmente Cañadón de los
Muertos, y en otros puntos, fueron exhumados más tarde cientos de
cadáveres.
Las
publicaciones que vieron la luz sobre los hechos sangrientos de la
Patagonia, en el curso de los mismos y después, son copiosas y
pueden adolecer de parcialidad en favor de los huelguistas, que
fueron víctimas, pero la verdad es que la segunda campaña del
Teniente Coronel Varela dejó en aquellas regiones lejanas cerca
de un millar de muertos, en su mayoría chilenos y españoles.
Muchos
que no aprobaron aquellos métodos para resolver conflictos
laborales callaron, guardaron silencio, pero eso no impidió que
en todo el país cundiese una sentencia condenatoria, también en
los círculos radicales, y en las esferas gubernativas.
Varela
regresó a Buenos Aires, dejando 200 hombres al mando de Anaya y
Viñas Ibarra; el ministro de la guerra lo recibió fríamente y
el Congreso se levantaron voces acusadoras, una de ellas la de
Antonio Di Tomaso:
"En
el primer momento creyeron muchos de los obreros que la intervención
de la tropa, si se producía como en el año 20, podría servir
como un factor amigable, ya que se trataba de un elemento extraño
al lugar, que tenía el prestigio de las armas de la Nación y que
carecía de interés en el conflicto. En cambio, señores
diputados, lo que se ha producido lo sabe todo el mundo. Se ha
hecho una masacre y, para ocultarla se ha fraguado la leyenda del
combate, se ha intentado dar la impresión de que allí ha habido
batallas campales, de que un ejército perfectamente equipado y
municionado atacaba a las tropas de la Nación. Todo eso es
inexacto. Desde luego hay un dato que todos los diarios recogen,
que nadie se ha atrevido a tergiversar porque habría sido
imposible hacerlo: ¡No se han producido bajas en las tropas! Es
extraño que un ejército de bandoleros bien armados, con buenos
tiradores, que pelean en batallas campales, no causen una sola
baja a las tropas nacionales, mientras mueren decenas de
ellos".
Fue
una requisitoria aplastante. Se pidió el nombramiento de una
comisión investigadora, pero la mayoría radical impidió que
prosperase la iniciativa.
Félix
Luna expresó en su biografía del jefe del radicalismo que
Yrigoyen no supo con certeza lo que pasó en Santa Cruz.
El
ministro de relaciones exteriores, para contribuir por su parte a
la solución de las tensiones sociales, inició negociaciones con
Uruguay, Chile, Brasil y Paraguay a fin de concretar un tratado
que permitiese seleccionar la inmigración tendiente a evitar de
ese modo la entrada de elementos perturbadores e indeseables, a
los que se atribuían todos los conflictos de trabajo. El tratado
auspiciado quedó olvidado por falta de apoyo en los países que
habría debido firmarlo; no obstante, el gobierno nacional adoptó
medidas para evitar la entrada de los llamados "extranjeros
peligrosos".
6.
El Fin de una Interminable Batalla
Las
empresas, que dirigieron todo, aprovecharon para liquidar de esta
suerte a peones y pequeños propietarios a quienes debían dinero
o cuyos campos ambicionaban. Además, abultaban los recibos
firmados por los obreros para hacerse pagar por la Nación los
supuestos daños causados por la huelga. Fue, en todo sentido, un
episodio digno de "conquista y pacificación" de la
Patagonia realizadas por las grandes empresas explotadoras a
fuerza de látigo, y que dio a este pedazo de tierra argentina la
triste denominación de "Patagonia Trágica".
Todo
tuvo un desenlace sombrío como el episodio es sí. Dos años
después de los sucesos, el Teniente Coronel Varela fue muerto por
el hermano de uno de los fusilados en el Cañadón de la Yegua
Quemada, Kurt Gustav Wilckens, que declaró haberlo hecho para
vengar a sus compañeros asesinados. Estando bajo proceso, el
centinela de vista que le adjudicaron una noche, lo despierta, le
encañona el revólver por la mirilla del calabozo y lo mata a
sangre fría; este oficial resultó ser un enfermo mental que,
siendo policía, había sufrido heridas en uno de los encuentros
sostenidos en Santa Cruz contra los huelguistas. El asesino del
hombre que había matado al Teniente Coronel Varela fue recluido
en un manicomio, y allí, a su vez, fue muerto por un antiguo
huelguista patagónico que se hizo pasar por demente para ser
internado en el instituto y llevar hasta allí la roja cadena de
revanchas.
Yrigoyen
nunca supo con certeza lo que pasó en Santa Cruz. Cuando el Dr.
Viñas lo entrevistó para relatarle los horrores cometidos y
pedirle que se procesara a los responsables, Yrigoyen no quiso
hacerlo; dijo que una medida semejante acarrearía el desprestigio
de las fuerzas armadas, y que la fe del pueblo en las
instituciones debía salvarse aun a costa de la impunidad de
algunos culpables. Sería injusto pensar que no castigó a los
responsables porque le fueron indiferentes los desmanes cometidos:
muchas veces demostró el valor supremo que le asignaba a la vida
humana. Lo único cierto es que él no autorizó las barbaridades
que se perpetraron; pero tampoco hizo nada para castigar a los
culpables.
7.
Conclusión
Fue
durante el gobierno de Hipólito Yrigoyen que se masacraron
obreros en la llamada Patagonia Rebelde, en alusión a las huelgas
desatadas por los grandes stocks de lana acumulados al terminar la
Primera Guerra Mundial por falta de compradores. La violencia de
clase fue la respuesta empleada durante la gestión de éste
contra la movilización obrera. Los pedidos de esclarecimiento
abortaron frente a la actitud de la bancada radical en el
Parlamento, que impuso su mayoría contra la conformación de una
comisión investigadora.
En
la impresionante huelga que tuvo lugar en Santa Cruz, las masas
enfrentaron la represión de las fuerzas oligárquicas con un
elevado grado de violencia, dejando enseñanzas que aún hoy
tienen vigencia. Sin embargo tanto el Partido Socialista como el
incipiente Partido Comunista le dieron la espalda a la lucha
violenta del proletariado. El Partido Socialista por oponerse, el
Partido Comunista por ignorarlas. Desde nuestro punto de vista los
hechos mostraron hasta dónde podía llegar el movimiento obrero
encabezado y dirigido por los sectores más avanzados del
anarquismo. Estos, por sus concepciones dejaron librado a la lucha
espontánea de las masas la destrucción del Estado oligárquico.
Carecieron de una línea que hiciera posible el avance de la lucha
revolucionaria en la Argentina.
Sobre
las huelgas de la Patagonia debe decirse que:
a.-
Constituyeron el primer boceto revolucionario. Este primer boceto
mostró que el proletariado tenía fuerza y capacidad (aun en las
condiciones descriptas) para hegemonizar al conjunto del pueblo y
hacer temblar las clases dominantes.
b.-
Sin embargo, hubo errores que facilitaron el aislamiento del
proletariado y su represión sangrienta:
-
La
falta de una comprensión de la cuestión nacional en un país
dependiente como el nuestro facilitó que la oligarquía y el
gobierno instrumentaran falsas banderas patrióticas para
dividir al movimiento y aplastar las luchas.
-
Las
concepciones espontaneístas del anarquismo impidieron la
existencia de un plan y de la preparación militar que
posibilitara al proletariado y las masas populares crear una
situación revolucionaria directa.
El
Partido Comunista, por sus insuficiencias teóricas, sus
concepciones erróneas y su profunda desconfianza en el potencial
revolucionario del proletariado argentino, no hizo autocrítica
sobre sus posiciones ni extrajo enseñanzas correctas de estas
impresionantes luchas. Por lo tanto, no pudo desarrollar una línea
de hegemonía proletaria ni afirmar el camino armado para el
triunfo de la revolución en la Argentina.
Por
su parte, la actitud del yrigoyenismo grafica el doble carácter
de la burguesía nacional, que por un lado forcejea y por el otro
concilia con el imperialismo y la oligarquía terrateniente. Y si
bien hace concesiones al movimiento obrero y popular, para tratar
de mantenerlo bajo su protección, temerosa del desborde, reprime
violentamente las luchas que se salen de su control.
La
experiencia del yrigoyenismo en el gobierno mostró, en
definitiva, el fracaso del camino reformista para resolver las
tareas agrarias y antiimperialistas. Su conciliación,
particularmente con los grandes terratenientes ganaderos, facilitó
la recuperación de posiciones por parte de la oligarquía y el
imperialismo, que pasaron a predominar abiertamente con el
gobierno de Alvear.
La
muerte del coronel Héctor Varela fue un atentado individual
llevado a cabo por el obrero anarquista Kurt Gustav Wilckens en
1923.
Osvaldo
Bayer rescata la acción de Wilckens como justa reacción frente a
la injusticia y la impotencia. Mempo Giardinelli, por el
contrario, rememora que: "En 1922 gobernaba Hipólito
Yrigoyen, no un tirano. Por lo tanto, Wilckens no ejerció ningún
derecho de matar al tirano. (...) Y sin embargo, cuando Wilckens
asesinó a Varela, no mató al tirano: sino que comenzó a matar a
nuestra imperfecta democracia" .
En
el caso de Wilckens, creemos que su objetivo era derrotar al
sistema, al aparato represor del Estado. Pero de todos modos su
gesto no es evaluado por la intención con que fue realizado, sino
por la concepción política que lo puso en marcha y, también,
por sus resultados concretos. Su acción individual presuponía
una determinada concepción ideológico-política. Esta acción no
puede medirse desde el lugar de la venganza planificada sino con
la identificación del momento por el que atravesaba el proceso de
formación ideológica de la clase obrera durante las primeras décadas
del siglo en Argentina. Una etapa en la cual el ideario libertario
y sus distintas formas de acción –entre ellas la directa–
tras haber sido hegemónico en las direcciones y experiencias de
las masas trabajadoras, perdía vigor precisamente por su
incapacidad para constituirse en alternativa efectiva. El
anarquismo contaba entonces con fuerte inserción en las fuerzas
proletarias y populares y gran predicamento como perspectiva teórica
y metodológica. Pero no es casual que el gesto de Wilckens
tuviera lugar en momentos de franca e irreversible declinación
del movimiento anarquista. Su acto, por tanto, era un gesto
desesperado, aunque estuviera afincado en la esperanza. Una
dirección política empeñada en llevar conciencia a los
explotados y oprimidos y edificar una alternativa de masas,
ciertamente debiera haber tomado distancia de aquel acto. Pero no
desde el oportunismo nauseabundo de quienes buscan un lugar en el
sistema capitalista con la misma desesperación con que Wilckens
trataba de destruirlo.(*)
(*)
Fuente: Verónica
Johana Farjat, "La patagonia rebelde", monografía
editada originalmente en monografias.com