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Presentación
Por las calles de Praga se proyecta aún la
silueta del escritor del absurdo y de las
fuerzas impersonales. El escritor nació en la
bella capital checa, en 1883, en el seno de una
familia de comerciantes judíos. Su lengua
sería el alemán. En su juventud, se
doctoró en derecho. La cultura judía posee una
profunda tradición místico-religiosa que
influyó poderosamente en él. Su interés por
el judaísmo también lo condujo a simpatizar
con el sionismo. Quiso emigrar a Palestina, pero
la incipiente tuberculosis se lo impidió.
Su
familia nunca comprendió su amor por la literatura. Y mucho menos
su ejercicio. Cincos veces se frustraron su pretensiones
matrimoniales. Su subsistencia dependía de un empleo de burócrata
en una compañía de seguros de Praga. Aun en
contra de la adversidad, Franz
Kafka abrazó con pasión la creación literaria.
Poco antes de morir, Virgilio quiso que La Eneida fuera
destinada a las llamas. El destino y Augusto no lo quisieron.
Muchos siglos después, Kafka, poco antes de morir en 1924 por la
tuberculosis, deseó también ese final irreversible para sus
escritos. Pero su gran amigo y consejero literario Max Brod
se opuso. Y salvó la particular constelación de textos kafkianos.
Descripción de
una lucha, su primera novela, apareció en la
revista Hyperion, dirigida Franz Blei. Su
siguiente libro, Meditaciones, publicado
en 1913, no trascendió el pequeño anillo de
amistades.
Entre
1913 y 1919 la pluma de Franz Kafka le dio
existencia a El proceso,
La metamorfosis y La condena, El chófer
(luego incorporada a su novela América, En la
colonia penitenciaria) y el volumen de
relatos Un médico rural.
Por
1920, Kakfa dejó su insípido trabajo. Llevó
su calor creativo hasta una casa de campo, donde
concibió El
castillo. Luego se enamoró de la escritora checa Milena Jesenska-Pollak,;
su amor duró los retazos fugaces de una
tormenta de verano. La correspondencia que
sostuvo con ella sólo se hizo pública en 1952.
Sólo al final de su atribulada existencia,
conoció a Dora Dymant, la mujer que encendió
los últimos fuegos de su corazón.
En su literatura siempre se percibe un agobio espectral que corroe
e impregna la vida. El absurdo, el sinsentido, cortan el aire sin
nunca mostrar un rostro definido, una identidad clara que
personalice la angustia. Así, sus
personajes, presentados habitualmente con la inicial
Joseph K o simplemente K, son estrangulados por una amenaza
impersonal, como le ocurre al personaje de El horla de
Maupaussant. Ejemplos arquetípicos de la sujeción del hombre
moderno a fuerzas despersonalizadoras, que no comprende y lo
oprimen, se manifiesta en la imposible averiguación de la causa
de su condena a muerte por el protagonista de El proceso;
o se expresa asimismo en el agrimensor de El castillo,
que inútilmente busca conocer a los responsables de la intrincada
burocracia en la que pretende integrarse.
En
el universo kafkiano hay lugar también para lo fantástico, tal
como acontece en en La metamorfosis con la célebre
trasformación de Gregorio Samsa, viajante de comercio, en
escarabajo.
La
marca lacerante del poder, vivida como humillación y castigo
físico, y no sólo como vaporosa opresión espectral, rebulle en La
colonia penitenciaria, donde un condenado padece la dolorosa
escritura sobre su cuerpo de su sentencia.
En este momento de Galerías históricas de Temakel, buscamos no
tanto adentrarnos en los pliegues de la literatura kafkiana, sino
más bien rescatar algunas imágenes del escritor y de su ciudad
madre, la hermosa Praga. Al visitar la capital checha, la amiga y
profesora de Bellas artes argentina Natalia Lotero,
adquirió un calendario que circula allí donde el paso de los
meses es acompañado con numerosas fotografías que rememoran al
autor de El castillo. Algunas de esas imágenes históricas
son las que pueblan la galería que sigue a continuación.
Esteban
Ierardo
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