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El resplandeciente
bebé K' terrnen al ser presentado a las mujeres
por el chamán Tenenésk en el hain de 1923.
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Presentación
Imágenes
del hain
PRESENTACION
Los onas
fueron un pueblo que habitó en la Isla Grande de Tierra
del Fuego, en el sur de la Patagonia. Fue lentamente sofocado
y exterminado por el hombre blanco. Pero, antes de su definitiva
desaparición en la bruma del tiempo, miradas occidentales
pudieron contemplar, fotografiar e intentar comprender el
maravilloso rito del hain. Este fue el caso
del antropólogo austríaco Martin Gusinde que participó
de uno de los últimos rituales onas, en el año 1923.
El hain se alimentaba de la continuidad del
pasado mítico...
En el comienzo, era la época del Hoowin, de
los antepasados míticos. Entonces, la mujer poseía el poder.
Durante varios meses al año, éstas se reunían en una choza
ceremonial. Allí, se realizaba el hain. Las
mujeres obligaban a los hombres a trabajar intensamente
para suministrarles carne a fin de calmar la ira de Xalpen,
iracundo espíritu del mundo subterráneo. Pero Xalpen
no existía y su amenaza era un engaño. Que fue descubierto
por el Sol, Kree, mientras éste se abocaba
a la caza, se acercó a la choza del hain,
y escuchó las risas de burla de las mujeres y su alegría
por el éxito de su plan de sujeción de las voluntades masculinas.
Fue así como los hombres se rebelaron. Destruyeron el matriarcado,
y masacraron a casi todas las mujeres. Kree,
el Sol, persiguió y golpeó a Kraa, la Luna,
por instigar a las mujeres al engaño. Desde entonces, el
rostro opalino de la Luna exhibe manchas oscuras que recuerdan
la agresión solar. Los hombres heredaron luego el
hain. Ahora ellos repetirían la antigua ceremonia.
Durante algunos meses, se recluirían en la choza ceremonial.
Allí se pintarían el cuerpo, convertirían sus anatomías
en la vívida encarnación de una pléyade de seres míticos.
Durante varias semanas, se sostendría una representación
teatral en la que los diversos espíritus se mostrarían ante
niños y mujeres para animar una historia sagrada y ancestral.
Y así fue. Uno de los principales espíritus que alumbraba
el espacio escénico era el shoort. Era quien
torturaba a los klóketen, a los jóvenes que
se iniciaban. Habitaban en el mundo subterráneo junto a
Xalpen. Según Anne Chapman, se relacionaba
con el sol dado que shoort controlaba las
potencias nocturnas de la Luna que anhelaban regresar entre
repiqueteos de triunfo y reestablecer el matriarcado; representaba
también a Kree, el antiguo sol de la edad
mítica, entendido como el gran chaman que descubrió el secreto
de las mujeres.
Ninguno de los espíritus hablaba. Sus movimientos eran solemnes,
graves, dado que su exclusivo fin era generar fascinación
o pánico en el público.
Durante el hain, los jóvenes eran sometidos
a un rito de iniciación. Estos novicios candidatos eran
los klóketen. Todos los días, debían pintarse
la totalidad del cuerpo y cubrirse sus rostros con líneas
blancas. Los klóketen debían afrontar una
cacería que se extendía por tres o cuatro días; se les estimulaba
al coraje, la resistencia física, la precisión en el uso
del arco, a protegerse de las tormentas de nieve y a perseguir
a los animales mediante el desciframiento de sus rastros.
Los madres de los klóketen cantaban todos
los días antes del amanecer. Creían que su canto atraería
al amanecer.
Xalpen era el espíritu central del hain.
Era glotona y caníbal. Podía devorar a los klóketen
y a cualquier mujer y niño que se acercara en exceso a la
choza ceremonial. Xalpen debía ser satisfecha
con ingentes cantidades de carne. Sólo así se podía contener
su peligrosa ira. A pesar de su iracundo carácter,
Xalpen engendraba a K' terrnen,
el espíritu más luminoso y enternecedor ser del hain
que fue engendrado por uno de los klóketen.
Xalpen no era encarnada por ningún actor.
Su única representación era una efigie.
Otro espíritu femenino destacado era Kulan,
quien llegaba frecuentemente durante las noches. Poseía
un marido que era burlado por su licenciosa y frenética
vida amatoria. El traicionado consorte se convertía así
en un Kóshmenk, un cornudo.
Tanu, era la hermana de Xalpen.
En su presencia, se concentraba la rica creatividad ona.
Sus dibujos que cubrían su cuerpo variaban en cada representación.
Siempre representaban el cielo. Exhibía una cabeza cónica
y un cuerpo rectangular.
Tanu se asociaba también con una pequeña ballena
del cielo norte, y esto porque en los antiguos tiempos Hoowin,
una mujer que personificaba a Tanu devino
ballena. Tanu actuaba como testigo de lo
que acontecía en la escena del hain. Representaba
la autoridad de Xalpen, era su mensajera.
Durante el hain, eran esenciales también las
danzas rituales. Había bailes para tener buen tiempo. O
una danza del pingüino en la que los hombres saltaban como
estos simpáticos habitantes de las costas del mar. Este
danzar era el Kewanex, durante el cual los
onas se pintaban con dibujos que representaban elementos
del cielo y la tierra, de los fenómenos naturales, animales
y plantas. Se consumaba también una imitación o pantomima
de los leones marinos; se celebraba asimismo una danza fálica
y se mostraba, en raras ocasiones, un pequeño ser, llamado
Olum, que oficiaba como un chamán de gran
poder curativo; por eso se le llamaba el "recreador
de la vida".
Un núcleo esencial del complejo simbolismo del hain
era la oposición inicial entre las fuerzas masculinas asociadas
con el sol, y las femeninas enlazadas con la Luna. Las fuerzas
del día son cálidas, diáfanas, expansivas, y se enfrentan
con los rayos fríos, pálidos, de la noche lunar. A pesar
de que en la sociedad ona patriarcal, las potencias solares
masculinas debían prevalecer, era necesario una reconciliación.
Para ello, lo femenino, fuera de su faceta nocturna y gélida,
debía ser aceptada también en su dimensión benéfica, maternal,
creadora. Esto se evidenciaba cuando Xalpen
era reconocida como madre del niño resplandeciente
K' terren y ante la presencia de Tamtan,
la hija de la Luna. Pero esta dualidad de frialdad y creación
en lo femenino hablaba de ambivalencia, lo que confirmaba
el apremio por controlar el peligro potencial de las fuerzas
lunares, femeninas.
El hain era así un rito donde las mujeres
aceptaban el control masculino mediante la repetición de
un rito. El rito del hain donde una procesión
de actores-espíritus infundían temor y recreaban una historia
mítica. El dilema ineludible que surge entonces es si los
hombres reunidos en la choza ceremonial del hain
realmente creían en la autenticidad de la representación
del rito o si sólo la consumaban a sabiendas de la falsedad
de los espíritus (que sólo eran hombres) y con el único
propósito de sostener una dominación sobre el sector femenino
de la población. El antropólogo Gusinde era partidario
de esta última opinión. Pero no así para Chapman
porque esta autora estima que "la psicología del teatro
se fusionaba con la certidumbre de una fe religiosa en lo
sobrenatural, lo profano se fusionaba con lo sagrado".
Antes de su desaparición histórica, el hain
era un cuarzo iridiscente en el que brillaba una poderosa
y compleja imaginación. Una refulgente llama creadora. Hoy,
el hain es un fuego apagado. Pero no totalmente
si su fantasía sobrevive en nuestra mirada asombrada.
Para promover este recuerdo y mirar asombrados, les presentamos,
en este momento de Temakel, varias fotos históricas
del hain de 1923 en el que participó
Martin Gusinde. También hay dos fotos de las últimas
mujeres onas sobrevivientes: Lola Keipja y Angela
Loij. Lola fue la última chamán de su pueblo. Anne
Chapman grabó más de noventa de sus cánticos que luego
fueron editados. La ancestral voz de Lola se desvaneció
en 1966. Angela fue estrictamente la última alma femenina
de su estirpe. Murió en 1974.
Si meditamos aun en el hain y lo sagrado,
los onas quizás todavía dancen en un tiempo menos ingrato
que el de los hombres.