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El
sol, las aguas de la Madre Ganga y Varanasi,
la ciudad-santuario
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El tren se desplaza entre la tierra
de milenios llamados India. El alargado
vehículo de la locomotora y los vagones es una disfrazada
serpiente de metal. Un reptil que puede atravesar diversas
realidades y que conduce al viajero extranjero a otro mundo.
La serpiente-tren es animal continuo de transporte en el subcontinente indio. El
viaje en tren para el occidental aquí no
es tan solo desplazamiento físico. Es fatigoso ingreso ritual al otro
tiempo de la India extraña. En la obra documental La
Ciudad Laberinto Espejo, de Luis García Verdú, la mirada del
documentalista europeo halla, en un viaje en tren hacia el Ganges,
una primera constelación de
gestos, imágenes y detalles que irradian la otredad de lo hindú.
Así se descubre a una niña de expresivos ojos
café; y unos dedos de piel estriada y
sofocada de tiempo que se posan sobre una pared celeste; y un
anciano indio de luenga barba encrespada, de alegre talante
junto a otro hombre mayor de gesto adusto e imperturbable.
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Dos imágenes durante el viaje en tren hacia Varanasi:
éstas imágenes y el resto de las fotografías pequeñas
pueden ampliarse mediante un clic.
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Y luego de la detención de la serpiente-tren, el río de imágenes
mana desde un sol del otro lado. Desde Varanasi. Ciudad que se
yergue en las márgenes del Ganges. Un millón de corazones palpitan
entre sus calles. En la urbe se delinean cientos de templos, mezquitas, pagodas,
altares, nichos, palacios, hoteles de humilde perfil, y fuentes.
El río, con su paso ceremonioso y sin interrupción, alberga
distintas embarcaciones, barcazas saturadas de leña o pobladas
en ocasiones por turistas boquiabiertos. Varanasi es un corazón
irradiador de civilización desde hace más de 2.000 años. En
Samath, a escasos 10 kms, Buda pronunció su primera predica en
la que comenzó a soplar las alas de su mensaje religioso.
Varanasi fue saqueada por musulmanes en varias ocasiones.
Pero el fuego y agua de la regeneración no sufrieron ninguna
mutilación.
El Ganges sobrevive sin mengua. Y obsequia su don de lo líquido que
purifica. En lengua hindi, el Ganges es femenino: Gangá. Su nacimiento es
relatado en el Ramayana (1). El santo Visvamtra narra a Rama
que el Himalaya, el Señor de las Montañas, tenía como consorte a
Mena, hija de la eterna montaña Meru. De esta divina unión nació
Gangá. Los dioses del cielo comprendieron que necesitaban del Ganges y
su bella agua que regala pureza. Le solicitaron entonces al Rey de la
Montaña que le concediera su hermosa doncella que purifica. Y
así
el Himalaya "que no descuida el bienestar/ De los tres mundos,
entregó con sagrado celo/ Su hija a los inmortales: /El Ganges, cuyas
aguas purifican y salvan, /que corre sin cesar, bello y libre/ Hasta
el mar, purificando a todos los pecadores./ Obtenido de este modo, el
Ganges sagrado/ Los dioses regresaron a sus moradas celestiales".
(2)
Antes de que fulgure la luz del alba, los devotos descienden al Ganges
para consumar su baño ritual en los gaths, unas amplias
escalinatas que descienden hasta la líquida ribera. Allí,
los cadáveres conocen el fuego de la cremación, de la regeneración,
de la liberación del alma ávida de navegar hacia el más allá
celeste. Junto al flujo purificador y solemne del Ganges serpentea el torrente de secuencias de
La ciudad El
laberinto Espejo. Breves fragmentos de una
entrevista a un barquero
llamado Kalu se interpolan entre los peregrinos, el
trafico bullicioso de la ciudad, el rodar de los rickshaw (los
triciclos-taxis), los devotos que se purifican en los gaths,
cuatro barcazas serenas y alineadas en las aguas del Ganges. Y la
presencia ensimismada de los sadhus. Y el deambular de
una vaca sagrada (3).
El sadhu es un asceta de
tupida barba y arropado en túnicas color
azafrán. El sadhu verdadero renuncia al mundo
exterior y alimenta así las brisas
y cielos internos del alma. El sadhu es un sabio
que custodia un conocimiento ancestral.
Y la corriente de imágenes de los seres y el río, las barcazas
y los edificios en La Ciudad Laberinto Espejo laten sin voz en off,
sin música como trasfondo o decorado auditivo. Es un recurso del
documentalista para que el ritmo vital de un lugar resuene sin
mediaciones pedagógicas, sin la explicación continua de lo que
se muestra (4). Así, lo primario ya no es la comprensión
intelectual de un relato que explica lo observado sino el
percibir sensible, vívido y atento de un mundo otro que el
documentalista vierte sobre nuestros ojos.
Expresar por la sola potencia de la imagen.
Estrategia de la expresión documental que Robert
Flaherty (5), pionero del
género, inaugura con Nanouk, en 1924. Entonces, el
documentalista norteamericano acompaña la vida nómada de una tribu esquimal sin
palabra humana que explique u ordene, sin música que acentúe
o intensifique lo visto por medios sonoro. Se propicia así un derramarse del ojo en lo observado. Mediante la cámara que no acepta un
ver desde la distancia sino que nos estimula a rodar en la piel del mundo que
brilla en la imagen documental.
Algo de este tenor también ocurre con el cine-ojo de
Dziga Vertov. Para el innovador cineasta ruso el ojo de la
cámara debe aprehender "la vida de repente", sin someterse a un guión
previo. El
documental debe aspirar a "la interpretación de la vida tal como
es" (6); debe pregonar el que "mueran los reyes y las reinas
inmortales de la pantalla" para que "vivan los mortales
corrientes filmados en la vida durante sus ocupaciones
habituales" (7). En el cine de ficción lo filmado es
historia teatralizada, especialmente fraguada, mientras que, en lo
documental, lo fílmico es registro de la ebullición espontánea de la vida.
En el cine documental, la cámara no es sólo dispositivo técnico para la captación
de imágenes; no es cómplice de un mero tiempo de filmación.
Es instrumento para la recuperación del tiempo vivido, para el rescate de
hechos e imágenes que, de otra manera, estarían destinadas a
lo evanescente e irrecuperable.
El siglo XVI y la inminencia de la llegada del hombre a la
Luna, fueron las épocas de mayor entusiasmo descubridor, de
mayor tenacidad exploratoria. El género documental repite y
prolonga la expectativa exploradora que solemos restringir a
periodos históricos puntuales. Cada nuevo documental es
expansión del ojo luminoso y asombrado del explorador que
descubre los paisajes, las geografías, y los hombres y sus
culturas. El documentalista construye un visual mapa de hallazgos. Un mapa
ya no de continentes, costas, puertos o mares sino de colores, personas,
lugares e instantes. Con imágenes y filmación, el
documentalista recupera fragmentos de temporalidad vivida;
experiencia ésta semejante a la recuperación de la vida sutil que
Proust intentó en su obra (8).
El
documental es así descendiente de la magia de Midas: ambiciona que
todo sea tocado por la vara-ojo para convertirse en oro
descubierto. El documentalista es así explorador que recupera y
conserva. Mediante su arte, descubre imágenes espontáneas
destinadas, en principio, a desvanecerse. Pero
que,
en tanto se transforman en documento, son ahora riqueza
permanente de la vida filmada. A cada instante, en la
amplitud del planeta (y también en la infinitud irrepresentable
del universo), la vida estalla en imágenes que sólo un Dios con
vocación documentalista podría documentar en una poderosa y
enigmática memoria universal.
Pero el documentalista humano distante está del registro
absoluto de lo que acontece en el tiempo por lo que sólo una brizna infinitesimal de lo vivido en Varanasi
es ahora un siempre presente preservado en la vida filmada, documentada.
Mediante La ciudad Laberinto Espejo muchos estallidos de colores, personas y formas
se liberan de su
pérdida y extravío para renacer en la permanencia de lo filmado.
Y Varanasi es radiación sagrada gracias al Ganges, a la
ondulante y movediza agua terrestre
de
la Madre Gangá. Pero la tersa materia de lo líquido también puede precipitarse
desde las pupilas de las nubes y el cielo. La cámara descubre
ahora una nube encendida en sus bordes por la llameante luz
solar. Y la nube luego es exhalación lluviosa.
Agua que desciende.
El agua como símbolo de purificación. Y también como potencia
fertilizadora, como liquidez que fecunda la tierra. La lluvia es
semen masculino que estimula el estallido primaveral de los
frutos (9). En Varanasi, la lluvia anega con sus
tapices húmedos las casas y templos de la ciudad sagrada. Y
gracias a La ciudad Laberinto Espejo renace
para nosotros una niña que
observa la caída libre de las gotas desde una ventana y unos
muchachos que juegan entre las acuosas caricias.
Y luego el cielo
recupera su lisa desnudez. El día se extingue. Una estela
amarilla y rojiza se pinta en las regiones inferiores de la cúpula. Y
los macacos saltan y blanden sus alargadas colas entre azoteas y
paredes. Los monos, libres y santificados como las vacas,
custodian el aliento divino que rezuman los contornos de la
ciudad-templo.
Y luego, la noche arriba. Y los fuegos e inciensos abren las hojas de nuevos ritos. Y los ojos
occidentales de Verdú y su equipo regresan a su patria. La
corriente de las imágenes documentadas debe concluir. Pero el río
continúa entre
cánticos, humos y esperanzas de renacimiento. Y las imágenes que el ojo del documentalista
descubrió también continúan en la permanencia de lo
filmado. En secuencias de vida recuperada.
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Sadhu
en Varanasi
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CITAS:
(1)
Ver Tulsidas, El Ramayana, Barcelona, Edicomunicación,
1998 (trad. Elena del Río).
(2)
Ramayana de Griffths, citado en W.J.Wilkins, Mitología hindú,
Colección Olimpo, Edicomunicación SA, Barcelona.p.