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EN
LA SELVA MISIONERA
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Típico
camino de rojiza arcilla atraviesa, como una ondulante
serpiente, la piel de la Selva Misionera.
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Presentación
La
leyenda del yaguarete
El
Pombero: célebre habitante mítico de la selva misionera
Literatura
desde la selva: "La guerra de los yacarés", por Horacio
Quiroga
Presentación
La Tierra ama la plenitud. La exuberancia. La cabellera de intensos
rizos de vida. La Tierra es un vendaval fértil mediante la selva.
Las selvas. Como la Selva Misionera. Cálida exhalación viviente
que acalora parte del Brasil, Paraguay y parte de la provincia
de Misiones en el extremo noreste de Argentina.
La Selva Misionera late en los pechos de la tierra y de los
hombres. Entre los humanos talló el espíritu de los orgullosos
guaraníes. Ellos imaginaron una rica variedad de personajes
míticos que habitan la espesura selvática como el Pombero, el
Caa Porá, el Curupí o el Yasy-Yateré. Y entre los senderos de
hechizo y penumbra de la selva se mueve, aunque drásticamente
mermado hoy, el yaguareté, animal emblemático de la Argentina
perteneciente a la familia de los félinos, y pariente cercano
del jaguar. Era creencia extendida entre numerosos pueblos de
América del Sur que el vivaz animal de la piel moteada es un
hombre en especial, el chamán, que se transforma en yaguarté.
El universo de la exaltada vegetación misionera también ha inspirado
una literatura. Una escritura emanada de los climas, habitantes
y abismos de la Selva Misionera. Es el caso de la obra Cuentos
de la Selva, de Horacio Quiroga. A este reconocido volumen
de selváticas ficciones pertenece La guerra de los yacarés.
Y la selva celebra, sin interrupción, aquello que la enciende:
la luz del sol y las lluvias.
La Selva Misionera es una selva lluviosa cálida. Alberga un
bioma de altas temperaturas, una estación seca y humedad de
escasas fluctuaciones. Su vegetación es de 20 a 30 metros de
altura promedio. La compone un gran número de especies vegetales.
Lluvias generosas, intensos rocíos en la noche, escasas variantes
en la temperatura y los cálidos y cotidianos torrentes de luminosidad
solar generan una vida pletórica.
Pero la abundancia de la Selva Misionera ha sido diezmada. Una
vez más por el "talento" destructor del hombre. Antes
de la corrosiva presencia del europeo y sus descendientes la
Selva Misionera se extendía por todo el sureste de Brasil, el
este de Paraguay, y gran parte de Misiones. Hoy, esa extensión
original ha desaparecido.
En la selva, la selva sagrada, en el territorio argentino, en
esta oportunidad, la sensibilidad aun acariciada por la luna,
puede percibir el deambular magnético del yaguareté, el aura
mágica de los seres míticos, y la salud del animal y la madera.
Las sales calurosas de la tierra. Hoy siempre amenazada por
el hacha humana y depredadora.
Esteban
Ierardo
Pombero
es un duende antropomorfo, un hombre, feo, más bien bajo,
fornido, retacón, moreno, con manos y pies velludos, cuyas
pisadas no se sienten, talvez un indio Guaikurú. Lo describen
también andrajoso, cubierto con sombrero de paja y con una
bolsa al hombro (confusión con Kari-Vosá).
Habita
en el bosque o en casas o rozados abandonados, en taperas. Anda
de noche, viajando por todas partes. Tiene habilidades tales
como mimetizarse con facilidad, hacerse invisible cuando quiere
y hacerse sentir por un toque, con sus manos velludas, que
producen pirî (escalofrío); puede deslizarse por los espacios
más estrechos, pasar por el ojo de una cerradura, correr de
cuatro patas, imitar el canto de las aves, especialmente las
nocturnas, el silbido de los hombres y de las víboras, el grito
de animales, aullidos, el piar de los pollitos, etc.
Lo
describen, también, como ventrílocuo. Tiene ocurrencias y es
travieso; suelta los animales del corral o dispersa tropas o
manadas de animales salvajes o domésticos; roba tabaco del
perchel, desparrama el maíz amontonado y el popî (mandioca
mondada), roba miel, gallinas, huevos, echa del caballo al
jinete andante, asusta a la cabalgadura.
Es
sensual. Despierta a las mujeres con el suave roce o caricia de
sus manos velludas, especialmente a las que duerman afuera en
las noches de verano. A veces las posee, y se cuenta de mujeres
embarazadas por el Pombero, cuyo hijo nace muy parecido a éste.
Se cuenta, también, de jóvenes raptadas por Pombero, que después
de saciarse en ellas, las deja sueltas, a veces embarazadas.
Para
granjearse su amistad o simpatía, su buena voluntad, hay que
hacerle regalos. La gente suele dejarle un poco de tabaco, miel
u otras ofrendas, como una botella de caña, etc., en lugar
accesible, en un sobrado, sobre algún apyka (banco o silleta),
en el okupe (atrás de la casa), cerca del rancho, pronunciando
una corta oración, rogándole no cometa más fechorías.
Ganando su simpatía, el Pombero cuida de la casa del que le
regaló, de sus animales, de sus cosas y hasta se dice que
retribuye atenciones, apareciendo en la casa frutas, huevos,
etc.
Si
se habla mal de él o no se le hace regalos puede vengarse
persiguiendo a las moradores de la casa; asusta al que habla mal
de él o mediante un simple toque le deja con ataques o mudo (ñe'engu)
o zonzo (tavy) o tembleque (marachachâ). Nuestra gente [gram:
la gente paraguaya] se guarda muy bien de pronunciar el
nombre del Pombero, particularmente en las reuniones nocturnas,
y a él se refieren como Karai-pyhare, "el señor de la
noche", porque puede aparecer cuando se lo nombra, como
acudiendo a un llamado.
La
guerra de los yacarés
En un río muy grande, en un país desierto donde nunca había
estado el hombre, vivían muchos yacarés. Eran más de cien o más
de mil. Comían pescados, bichos que iban a tomar agua al río,
pero sobre todo pescados. Dormían la siesta en la arena de la
orilla, y a veces jugaban sobre el agua cuando había noches de
luna.
Todos vivían muy tranquilos y contentos. Pero una tarde,
mientras dormían la siesta, un yacaré se despertó de golpe y
levantó la cabeza porque creía haber sentido ruido. Prestó oídos
y lejos, muy lejos, oyó efectivamente un ruido sordo y
profundo. Entonces llamó al yacaré que dormía a su lado.
-¡Despiértate!-le dijo-. Hay peligro.
-¿Qué cosa?-respondió el otro, alarmado.
-No sé-contestó el yacaré que se había despertado primero-.
Siento un ruido desconocido.
El segundo yacaré oyó el ruido a su vez, y en un momento
despertaron a los otros. Todos se asustaron y corrían de un
lado para otro con la cola levantada.
Y no era para menos su inquietud, porque el ruido crecía, crecía.
Pronto vieron como una nubecita de humo a lo lejos, y oyeron un
ruido de chas-chas en el río como si golpearan el agua muy
lejos.
Los yacarés se miraban unos a otros: ¿qué podía ser aquello?
Pero un yacaré viejo y sabio, el más sabio y viejo de todos,
un viejo yacaré a quien no quedaban sino dos dientes sanos en
los costados de la boca, y que había hecho una vez un viaje
hasta el mar, dijo de repente:
-¡Yo sé lo que es! ¡Es una ballena! ¡Son grandes y echan
agua blanca por la nariz! El agua cae para atrás.
Al oír esto, los yacarés chiquitos comenzaron a gritar como
locos de miedo, zambullendo la cabeza. Y gritaban:
-¡Es una ballena! ¡Ahí viene la ballena!
Pero el viejo yacaré sacudió de la cola al yacarecito que tenía
más cerca.
-¡No tengan miedo!-les gritó-. ¡Yo sé lo que es la ballena!
¡Ella tiene miedo de nosotros! ¡Siempre tiene miedo!
Con lo cual los yacarés chicos se tranquilizaron. Pero en
seguida volvieron a asustarse, porque el humo gris se cambió de
repente en humo negro, y todos sintieron bien fuerte ahora el
chas-chas-chas en el agua. Los yacarés, espantados, se
hundieron en el río, dejando solamente fuera los ojos y la
punta de la nariz. Y así vieron pasar delante de ellos aquella
cosa inmensa, llena de humo y golpeando el agua, que era un
vapor de ruedas que navegaba por primera vez por aquel río.
El vapor pasó, se alejó y desapareció. Los yacarés entonces
fueron saliendo del agua, muy enojados con el viejo yacaré,
porque los había engañado, diciéndoles que eso era una
ballena.
-¡Eso no es una ballena!-le gritaron en las orejas, porque era
un poco sordo-. ¿Qué es eso que pasó?
El viejo yacaré les explicó entonces que era un vapor, lleno
de fuego, y que los yacarés se iban a morir todos si el buque
seguía pasando.
Pero los yacarés se echaron a reír, porque creyeron que el
viejo se había vuelto loco. ¿Por qué se iban a morir ellos si
el vapor seguia pasando? Estaba bien loco, el pobre yacaré
viejo!
Y como tenían hambre se pusieron a buscar pescados.
Pero no había ni un pescado. No encontraron un solo pescado.
Todos se habían ido, asustados por el ruido del vapor. No había
más pescados.
-¿No les decía yo?-dijo entonces el viejo yacaré-. Ya no
tenemos nada que comer. Todos los pescados se ha ido. Esperemos
hasta mañana. Puede ser que el vapor no vuelva más, y los
pescados volverán cuando no tengan más miedo.
Pero al día siguiente sintieron de nuevo el ruido en el agua, y
vieron pasar de nuevo al vapor, haciendo mucho ruido y largando
tanto humo que oscurecía el cielo.
-Bueno-dijeron entonces los yacarés-; el buque pasó ayer, pasó
hoy, y pasará mañana. Ya no habrá más pescados ni bichos que
vengan a tomar agua, y nos moriremos de hambre. Hagamos entonces
un dique.
-Sí, un dique! Un dique!-gritaron todos, nadando a toda fuerza
hacia la orilla-. Hagamos un dique!
En seguida se pusieron a hacer el dique. Fueron todos al bosque
y echaron abajo más de diez mil árboles, sobre todo lapachos y
quebrachos, porque tienen la madera muy dura... Los cortaron con
la especie de serrucho que los yacarés tienen encima de la
cola; los empujaron hasta el agua, y los clavaron a todo lo
ancho del río, a un metro uno del otro. Ningún buque podía
pasar por allí, ni grande ni chico. Estaban seguros de que
nadie vendría a espantar los pescados. Y como estaban muy
cansados, se acostaron a dormir en la playa.
Al otro día dormían todavía cuando oyeron el chas-chas-chas
del vapor. Todos oyeron, pero ninguno se levantó ni abrió los
ojos siquiera. ¿Qué les importaba el buque? Podía hacer todo
el ruido que quisiera, por allí no iba a pasar.
En efecto: el vapor estaba muy lejos todavía cuando se detuvo.
Los hombres que iban adentro miraron con anteojos aquella cosa
atravesada en el río y mandaron un bote a ver qué era aquello
que les impedía pasar. Entonces los yacarés se levantaron y
fueron al dique, y miraron por entre los palos, riéndose del
chasco que se había llevado el vapor.
El bote se acercó, vio el formidable dique que habían
levantado los yacarés y se volvió al vapor. Pero después
volvió otra vez al dique, y los hombres del bote gritaron:
-¡Eh, yacarés!
-¡Qué hay!-respondieron los yacarés, sacando la cabeza por
entre los troncos del dique.
-¡Nos esta estorbando eso!-continuaron los hombres.
-¡Ya lo sabemos!
-¡No podemos pasar!
-¡Es lo que queremos!
-¡Saquen el dique!
-¡No lo sacamos!
Los hombres del bote hablaron un rato en voz baja entre ellos y
gritaron después:
-¡Yacarés!
-¿Qué hay?-contestaron ellos.
-¿No lo sacan?
-¡No!
-¡Hasta mañana, entonces!
-¡Hasta cuando quieran!
Y el bote volvió al vapor, mientras los yacarés, locos de
contentos, daban tremendos colazos en el agua. Ningún vapor iba
a pasar por allí y siempre, siempre, habría pescados.
Pero al día siguiente volvió el vapor, y cuando los yacarés
miraron el buque, quedaron mudos de asombro: ya no era el mismo
buque. Era otro, un buque de color ratón, mucho más grande que
el otro. ¿Qué nuevo vapor era ése? ¿Ese también quería
pasar? No iba a pasar, no. ¡Ni ése, ni otro, ni ningún otro!
-¡No, no va a pasar!-gritaron los yacarés, lanzándose al
dique, cada cual a su puesto entre los troncos.
El nuevo buque, como el otro, se detuvo lejos, y también como
el otro bajó un bote que se acercó al dique.
Dentro venían un oficial y ocho marineros. El oficial gritó:
-¡Eh, yacarés!
-¡Qué hay! -respondieron éstos.
-¿No sacan el dique?
-No.
-¿No?
-¡No!
-Está bien-dijo el oficial-. Entonces lo vamos a echar a pique
a cañonazos.
-¡Echen!-contestaron los yacarés.
Y el bote regresó al buque.
Ahora bien, ese buque de color ratón era un buque de guerra, un
acorazado, con terribles cañones. El viejo yacaré sabio, que
había ido una vez hasta el mar, se acordó de repente y apenas
tuvo tiempo de gritar a los otros yacarés:
-¡Escóndanse bajo el agua! ¡Ligero! ¡Es un buque de guerra!
¡Cuidado! ¡Escóndanse!
Los yacarés desaparecieron en un instante bajo el agua y
nadaron hacia la orilla, donde quedaron hundidos, con la nariz y
los ojos únicamente fuera del agua. En ese mismo momento, del
buque salió una gran nube blanca de humo, sonó un terrible
estampido, y una enorme bala de cañón cayó en pleno dique,
justo en el medio. Dos o tres troncos volaron hechos pedazos, y
en seguida cayó otra bala, y otra y otra más, y cada una hacía
saltar por el aire en astillas un pedazo de dique, hasta que no
quedó nada del dique. Ni un tronco, ni una astilla, ni una cáscara.
Todo había sido deshecho a cañonazos por el acorazado. Y los
yacarés, hundidos en el agua, con los ojos y la nariz solamente
afuera, vieron pasar el buque de guerra, silbando a toda fuerza.
Entonces los yacarés salieron del agua y dijeron:
-Hagamos otro dique mucho más grande que el otro.
Y en esa misma tarde y esa noche misma hicieron otro dique, con
troncos inmensos. Después se acostaron a dormir, cansadísimos,
y estaban durmiendo todavía al día siguiente cuando el buque
de guerra llegó otra vez, y el bote se acercó al dique.
-¡Eh, yacarés!-gritó el oficial.
-¡Qué hay!-respondieron los yacarés.
-¡Saquen ese otro dique!
-¡No lo sacamos!
-¡Lo vamos a deshacer a cañonazos como al otro!
-¡Deshagan... si pueden!
-¡Y hablaban así con orgullo porque estaban seguros de que su
nuevo dique no podría ser deshecho ni por todos los cañones
del mundo.
Pero un rato después el buque volvió a llenarse de humo, y con
un horrible estampido la bala reventó en el medio del dique,
porque esta vez habían tirado con granada. La granada reventó
contra los troncos, hizo saltar, despedazó, redujo a astillas
las enormes vigas. La segunda reventó al lado de la primera y
otro pedazo de dique voló por el aire. Y así fueron
deshaciendo el dique. Y no quedó nada del dique; nada, nada. El
buque de guerra pasó entonces delante de los yacarés, y los
hombres les hacían burlas tapándose la boca.
-Bueno-dijeron entonces los yacarés, saliendo del agua-. Vamos
a morir todos, porque el buque va a pasar siempre y los pescados
no volverán.
Y estaban tristes, porque los yacarés chiquitos se quejaban de
hambre.
El viejo yacaré dijo entonces:
-Todavía tenemos una esperanza de salvarnos. Vamos a ver al
Surubí. Yo hice el viaje con él cuando fui hasta el mar, y
tiene un torpedo. El vio un combate entre dos buques de guerra,
y trajo hasta aquí un torpedo que no reventó. Vamos a pedírselo,
y aunque está muy enojado con nosotros los yacarés, tiene buen
corazón y no querrá que muramos todos.
El hecho es que antes, muchos años antes, los yacarés se habían
comido a un sobrinito del Surubí, y éste no había querido
tener más relaciones con los yacarés. Pero a pesar de todo
fueron corriendo a ver al Surubí, que vivía en una gruta grandísima
en la orilla del río Paraná, y que dormía siempre al lado de
su torpedo. Hay surubíes que tienen hasta dos metros de largo y
el dueño del torpedo era uno de éstos.
-¡Eh, Surubí!-gritaron todos los yacarés desde la entrada de
la gruta, sin atreverse a entrar por aquel asunto del sobrinito.
-¿Quién me llama?-contestó el Surubí.
-¡Somos nosotros, los yacarés!
-¡No tengo ni quiero tener relación con ustedes -respondió el
Surubí, de mal humor.
Entonces el viejo yacaré se adelantó un poco en la gruta y
dijo:
-¡Soy yo, Surubí! ¡Soy tu amigo el yacaré que hizo contigo
el viaje hasta el mar!
Al oír esa voz conocida, el Surubí salió de la gruta.
-¡Ah, no te había conocido!-le dijo cariñosamente a su viejo
amigo-. ¿Qué quieres?
-Venimos a pedirte el torpedo. Hay un buque de guerra que pasa
por nuestro río y espanta a los pescados. Es un buque de
guerra, un acorazado. Hicimos un dique, y lo echó a pique.
Hicimos otro y lo echó también a pique. Los pescados se han
ido, y nos moriremos de hambre. Danos el torpedo, y lo echaremos
a pique a él.
El Surubí, al oír esto, pensó un largo rato, y después dijo:
-Está bien; les prestaré el torpedo, aunque me acuerdo siempre
de lo que hicieron con el hijo de mi hermano. ¿Quién sabe
hacer reventar el torpedo?
Ninguno sabía, y todos callaron.
-Está bien-dijo el Surubí, con orgullo-, yo lo haré reventar.
Yo sé hacer eso.
Organizaron entonces el viaje. Los yacarés se ataron todos unos
con otros; de la cola de uno al cuello del otro; de la cola de
éste al cuello de aquél, formando así una larga cadena de
yacarés que tenía más de una cuadra. El inmenso Surubí empujó
al torpedo hacia la corriente y se colocó bajo él, sosteniéndolo
sobre el lomo para que flotara. Y como las lianas con que
estaban atados los yacarés uno detrás de otro se habían
concluido, el Surubí se prendió con los dientes de la cola del
último yacaré, y así emprendieron la marcha. El Surubí
sostenía el torpedo, y los yacarés tiraban corriendo por la
costa. Subían, bajaban, saltaban por sobre las piedras,
corriendo siempre y arrastrando al torpedo, que levantaba olas
como un buque por la velocidad de la corrida. Pero a la mañana
siguiente, bien temprano, llegaban al lugar donde habían
construido su último dique, y comenzaron en seguida otro, pero
mucho más fuerte que los anteriores, porque por consejo del
Surubí colocaron los troncos bien juntos, uno al lado del otro.
Era un dique realmente formidable.
Hacía apenas una hora que acababan de colocar el último tronco
del dique, cuando el buque de guerra apareció otra vez, y el
bote con el oficial y ocho marineros se acercó de nuevo al
dique. Los yacarés se treparon entonces por los troncos y
asomaron la cabeza del otro lado.
-¡Eh, yacarés!-gritó el oficial.
-¡Qué hay!-respondieron los yacarés.
-¿Otra vez el dique?
-¡Sí, otra vez!
-¡Saquen ese dique!
-¡Nunca!
-¿No lo sacan?
-¡No!
-¡Bueno; entonces, oigan-dijo el oficial-: Vamos a deshacer
este dique, y para que no quieran hacer otro los vamos a
deshacer después a ustedes, a cañonazos. No va a quedar ni uno
solo vivo-ni grandes, ni chicos, ni gordos, ni flacos ni jóvenes,
ni viejos, como ese viejísimo yacaré que veo allí, y que no
tiene sino dos dientes en los costados de la boca.
El viejo y sabio yacaré, al ver que el oficial hablaba de él y
se burlaba, le dijo:
-Es cierto que no me quedan sino pocos dientes, y algunos rotos.
¿Pero usted sabe qué van a comer mañana estos dientes?-añadió,
abriendo su inmensa boca.
-¿Qué van a comer, a ver?-respondieron los marineros.
-A ese oficialito-dijo el yacaré y se bajó rápidamente de su
tronco.
Entretanto, el Surubí había colocado su torpedo bien en medio
del dique, ordenando a cuatro yacarés que lo agarraran con
cuidado y lo hundieran en el agua hasta que él les avisara. Así
lo hicieron. En seguida, los demás yacarés se hundieron a su
vez cerca de la orilla, dejando únicamente la nariz y los ojos
fuera del agua. El Surubí se hundió al lado de su torpedo.
De repente el buque de guerra se llenó de humo y lanzó el
primer cañonazo contra el dique. La granada reventó justo en
el centro del dique, e hizo volar en mil pedazos diez o doce
troncos.
Pero el Surubí estaba alerta y apenas quedó abierto el agujero
en el dique, gritó a los yacarés que estaban bajo el agua
sujetando el torpedo:
-Suelten el torpedo, ligero, suelten!
Los yacarés soltaron, y el torpedo vino a flor de agua.
En menos del tiempo que se necesita para contarlo, el Surubí
colocó el torpedo bien en el centro del boquete abierto,
apuntando con un solo ojo, y poniendo en movimiento el mecanismo
del torpedo, lo lanzó contra el buque.
¡Ya era tiempo! En ese instante el acorazado lanzaba su segundo
cañonazo y la granada iba a reventar entre los palos, haciendo
saltar en astillas otro pedazo del dique.
Pero el torpedo llegaba ya al buque, y los hombre que estaban en
él lo vieron: es decir, vieron el remolino que hace en el agua
un torpedo. Dieron todos un gran grito de miedo y quisieron
mover el acorazado para que el torpedo no lo tocara.
Pero era tarde; el torpedo llegó, chocó con el inmenso buque
bien en el centro, y reventó.
No es posible darse cuenta del terrible ruido con que reventó
el torpedo. Reventó, y partió el buque en quince mil pedazos;
lanzó por el aire, a cuadras y cuadras de distancia, chimeneas,
máquinas, cañones, lanchas, todo.
Los yacarés dieron un grito de triunfo y corrieron como locos
al dique. Desde allí vieron pasar por el agujero abierto por la
granada a los hombres muertos, heridos y algunos vivos que la
corriente del río arrastraba.
Se treparon amontonados en los dos troncos que quedaban a ambos
lados del boquete y cuando los hombres pasaban por allí, se
burlaban tapándose la boca con las patas.
No quisieron comer a ningún hombre, aunque bien lo merecían. Sólo
cuando pasó uno que tenía galones de oro en el traje y que
estaba vivo, el viejo yacaré se lanzó de un salto al agua, y
¡tac! en dos golpes de boca se lo comió.
-¿Quién es ése?-preguntó un yacarecito ignorante.
-Es el oficial-le respondió el Surubí-. Mi viejo amigo le había
prometido que lo iba a comer, y se lo ha comido.
Los yacarés sacaron el resto del dique, que para nada servía
ya, puesto que ningún buque volvería a pasar por allí. El
Surubí, que se había enamorado del cinturón y los cordones
del oficial, pidió que se los regalaran, y tuvo que sacárselos
de entre los dientes al viejo yacaré, pues habían quedado
enredados allí. El Surubí se puso el cinturón, abrochándolo
por bajo las aletas, y del extremo de sus grandes bigotes prendió
los cordones de la espada. Como la piel del Surubí es muy
bonita, y las manchas oscuras que tiene se parecen a las de una
víbora, el Surubí nado una hora pasando y repasando ante los
yacarés, que lo admiraban con la boca abierta.
Los yacarés lo acompañaron luego hasta su gruta, y le dieron
las gracias infinidad de veces. Volvieron después a su paraje.
Los pescados volvieron también, los yacarés vivieron y viven
todavía muy felices, porque se han acostumbrado al fin a ver
pasar vapores y buques que llevan naranjas.
Pero no quieren saber nada de buques de guerra. (*)
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Imagen
desde las alturas de la intensa Selva Misionera. |
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