EL SIMBOLISMO
ANCESTRAL DE LA SAL
Sal, un mineral considerado imprescindible en forma de sal de cocina
mencionado en el «Symposion» de Platón y también utilizado en la
conservación de alimentos corruptibles. El lat. «sal» significa
también ingenio, "salsus" (salado) irónicamente. Homero llama
"divina" a la sal la cual se utilizaba también en sacrificios
expiatorios y misterios para purificación simbólica. Ya en la antigua Roma
se ponía sal en los labios de los lactantes para protegerles de peligros.
Ciertos mitos sirios refieren que los hombres aprendieron de los dioses
el uso de la sal; Gabija, una antigua diosa lituana, era señora del
fuego sagrado y en su honor se esparcía sal en las llamas. Decíase que los
demonios abominaban de la sal y todavía en leyendas relativamente recientes acerca
del "sabbat de las brujas" se dice que, en el banquete
que se ofrecía, todos los manjares eran sin sal. En la Biblia es la
"sal" un medio simbólico de unión entre Dios y su pueblo
(«en tu ofrenda de manjares no permitas que falte la sal de la
alianza con tu Dios», Levítico 2, 13 y otros),y Eliseo purifica una
fuente echando sal en ella (II Libro de los Reyes 2, 19 y s.). En el
Sermón de la Montaña Jesús llama a sus discípulos la «sal de la tierra» y el
padre de la iglesia Jerónimo (348-420) llama al mismo Jesucristo la
sal redentora que penetra el cielo y la tierra. También es conocida una acción destructiva
de la sal: los romanos, después de la destrucción de Cartago, esparcieron sal en los campos que rodeaban la ciudad, para volverlos estériles para siempre; según leemos, esto mismo hizo Abimelech en la Biblia con la conquistada ciudad de Sichem (Jueces 9, 45). En la India, el consumo de sal se consideraba
afrodisíaco, y estaba prohibido a los ascetas y matrimonios jóvenes así como a los brahmanes en determinados actos sacrificiales. En
el lenguaje de la alquimia, al hablar de sal no se refiere al cloruro sódico,
sino al tercer principio primario junto ni azufre y mercurio, que probablemente
(quizá por vez primera en Paracelso) representa la cualidad de la «palpabilidad». Sin embargo, también allí se
relaciona la «sal» en otros conceptos simbólicos, por ejemplo,
"sal sapientiae", sal de la sabiduría. La locución
"con un granito de sal" (lat. cum grano salis) significa que hay que consumir algo sólo con prudencia. Esto se remonta a una prescripción, mencionada en Plinio, para antídotos que sólo debían
consumirse con un granito de sal. "Convertirse en estatua de sal" hace referencia a la mujer de Lot en la destrucción de Sodoma y
Gomorra. (*)
(*)
Fuente: Hans Biedermann, artículo "Sal", en Diccionario
de Símbolos, Barcelona, Paidós, 1993, 409-410.
SALINAS
GRANDES, LA MITICA
Desde
su "descubrimiento" en 1770, los virreyes organizaron
expediciones anuales a este rico yacimiento, que ubicado al este
de la actual provincia de La Pampa en los límites con la de
Buenos Aires, permitía el abastecimiento de sal a la ciudad
puerto. El lugar era riquísimo en el producto, pero también
pletórico en indígenas.
Desde mucho tiempo antes, bandas de tehuelches y araucanos
rodeaban las Salinas, pululando como hormigas en sus
inmediaciones, gozando del mineral, adjudicándose su tenencia, e
impregnado al hábitat de una potencia mítica tal, que años más
tarde posibilitó que los araucanos consolidaran desde ellas su
poder sobre todas las comunidades de la llanura.
"Los virreyes, que dirigían estas operaciones, tenían que solicitar de los
caciques el permiso de introducirse en su territorio, ofreciéndoles algún
regalo para amansarlos.
Estas negociaciones, que se renovaban cada año, era una de las tareas
más ingratas del gobierno de Buenos Aires, cuya autoridad desconocían
y ajaban esos indómitos moradores del desierto.
Pero el Cabildo, que contaba entre sus recursos el producto de la venta
exclusiva de la sal, se empeñaba en que no se desistiese de esta faena, a
la que condescendía el gobierno por la oportunidad que le procuraba de
observar a los indios y de explotar su territorio.
Para el poder de Buenos Aires el lugar era tan peligroso
como la travesía hasta él. En ciertas ocasiones, cuando la necesidad del producto se
hizo crítica, los españoles no retacearon recursos: en 1778 el virrey
Vértiz, había enviado la más grande expedición de su época; 1.400 hombres, con
600 carretas, 12.000 bueyes y 2.600 caballos.
El gobierno revolucionario surgido de 1810 no desconoció la
importancia de las Salinas y con el fin de incentivar su explotación,
encomendó al coronel Pedro Andrés García la preparación de una expedición de
reconocimiento.
El objetivo era otro: buscar aliados entre los indígenas que permitieran al
nuevo gobierno tranquilizar la frontera y fomentar su poblamiento.
Seguramente García no imaginaba por entonces que con esa misión
iniciaría un camino personal sembrado por numerosos entendimientos con
las comunidades indígenas, que lo llevaría a convertirse para muchos
caciques en uno de los pocos interlocutores válidos entre los
"cristianos". Nacido en España en 1758, había llegado a
América en 1776 con el Virrey Ceballos quedándose definitivamente en estas
tierras. Activo participante en lucha contra los ingleses en 1806 y
1807, García contribuyó con los patriotas de la Revolución para
defenestrar al virrey Cisneros. De ahí en adelante y por muchos años, el coronel García
mantendrá innumerables tratativas con los tehuelches, araucanos y
ranqueles en otras tantas campañas con la creencia de que el acercamiento
cultural no sólo es beneficioso sino más importante aún,
posible.
García, con unos 80 soldados mal armados y algo más de 300 comerciantes y peones, inició la marcha hacia Salinas
Grandes el 21 de octubre 1810. Integraban la columna 234 carretas, 3.000 bueyes y 500 caballos.
Sorteando infinidad de obstáculos -deserciones, accidentes, tormentas,
enfermedades, muertes- los expedicionarios completaron en dos meses la
misión, regresando a la Guardia de Luján -su punto de partida- abarrotados
de "fanegas" de sal.
Pero ninguno de aquellos problemas habían preocupado tanto como
la presencia indígena que se hizo sentir de manera ostensible desde antes
de concluir la primera semana de marcha.
No se produjo ningún enfrentamiento, es más, se concretaron algunas
alianzas importantes. Pero el costo cotidiano fue el de convivir con
los grupos indígenas que, con el pretexto del intercambio
comercial vigilaron muy de cerca a los enviados del gobierno
revolucionario:
"Entre tanto se aumentaba prodigiosamente el número de indios
espectadores y tratantes, que ya se hallaban confundidos, peones,
carretas y carreteros, con la poca tropa, siempre sobre las
armas..."
"...y se continuo la vigilancia sobre las armas, por el
copioso numero de indios que se iba aumentando".
En los veinticuatros días que duró el viaje de ida, la
expedición de García fue virtualmente asediada por centenares de
indígenas que acompañaron la marcha y hasta compartieron noches
de libaciones, en una vigilancia mutua que tensionó a los bandos
hasta límites insospechados, especialmente cuando algunos
caciques en distintos momentos (por los menos siete) hicieron
valer sus derechos ante los emisarios del gobierno:
"Salí a recibir al cacique Lincon, que venía con los caciques Medina,
Cayumilla, Aucal y Gurupuento, a quienes se les atendió, haciéndoles
una salva de cuatro cañonazos que aprecian mucho"... "a
todos se les obsequió con mate de azúcar, se les dio yerba, tabaco, pasas,
aguardiente y galleta de pronto; y después entraron en sus parlamentos muy
autorizados, manifestando que era un acto de su generosidad
permitirnos el paso. Cada uno se decía principal de la tierra a vista del
otro..."
"En ese día llegó un chasqui de los caciques Ranqueles o del Monte,
solicitando aguardiente, yerba y tabaco; y expresó que estos y el
cacique Carrupilun estaban opuestos a la expedición, y venían con ánimo
de declarar la guerra, para cuyo efecto tenían como 600 hombres
armados de coletos, cotas de malla y lanzas, como a distancia de dos leguas
del campamento, en unos médanos altos: que la causa entre otras era el
tener entendido que veníamos a hacer poblaciones en sus terrenos y a
degollarlos"...
"... (Carripilun) dio principio a su razonamiento por la falta que se
cometía contra su respeto y mando general de aquellas tierras, en no darle
parte anticipadamente por el Virrey, del envío de esta expedición: que
la laguna era suya, la tierra dominada por él, y ninguno, sin ser
repulsado violentamente, podía ir allí: que repetía, que el era el Señor, el
Virrey el Rey de todos las Pampas"...
"...Las ideas de Carrupulin eran, de disponer las cosas para que los
indios confederados asaltaren en el día hoy la expedición; y al
intento se había situado en campamento con varios caciques y sus gentes,
dejando a corta distancia la indiada armada, con los caciques Neuquén,
Milla, Coronado y otros".
A pesar de los obstáculos interpuestos fundamentalmente por los
ranqueles para que la expedición de García penetrara en el territorio indígena y
se abasteciera de sal, la negociación permanente con los caciques llevó
a buen puerto los objetivos. Las continuas amenazas no se concretaron en
hechos. La ayuda de los "indios amigos" como Victoriano, Epumer y
Quintelén contribuyó a que la situación dificultosamente mantenida en
equilibrio no se interrumpiera.
Después de tres días de cargar presurosos las carretas, pesada y con
menos temor, la expedición emprendió el regreso. Se habían realizado
importantes relevamientos topográficos y culturales; se había reconocido un
territorio prácticamente virgen para el nuevo gobierno y se habían
escrutado las posibilidades para un plan colonizador de largo alcance.
La marcha de García abrió el camino a las posteriores medidas del
gobierno vinculadas con la exportación de carnes saladas, pero
fundamentalmente introdujo en el territorio indígena una profunda cuña de
penetración, sustentada en ese entonces por algunos de sus protagonistas en el
diálogo, pero utilizada por un otros para la guerra a las comunidades de la
llanura. Pero desde y a partir de los asentamientos de Salinas Grandes, los
"principales de la tierra" mantendrían su dominio sobre ella por muchos
años más. (*)
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Blancos
reflejos de las Salinas Grandes en La Pampa. |
(*)
Fuente: Carlos Martínez
Sarasola, "Salinas Grande, la mítica", en Nuestros
paisanos los indios, Buenos Aires, Emecé, 1992, pp.160-163.