EL GÉNERO
DE LAS LAUDATIOS: ANTIGUAS CELEBRACIONES
DE LA TIERRA
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Paisaje de Snowdonia, en las tierras altas de Gales,
que alguna vez perteneció a la antigua Britania Romana,
que fue exaltada por la laudatio de
una anónima voz poética que aún vive en el "Panegérico
de Constantino" (foto en Mitología celta, de
David Linghgan)
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El género de las laudatios surgen en el mundo
latino antiguo como forma de exaltación literaria de la tierra,
su fertilidad y belleza. Virgilio, el gran poeta romano creador
de la Eneida, fue unos sus principales exponentes. Destacan
sus laudationes
Y en este nuevo momento de Temakel, incluimos también
el anónimo Panegérico de Constantino donde se celebra
las bondades de la antigua Britania romana. Y también incluimos
la laudatio de la bella España de Isidoro de Sevilla.
Las laudatios son la liberación del lírico fervor
humano por la riqueza y poder de la tierra que acaso un poder
divino nos ha donado.
Y
una propuesta: ¿conoces alguna laudatio con la
que algún poeta haya celebrado la belleza de tu propia tierra?
De conocerla envíanolas, por favor.
LAUDATIOS DE ITALIA, BRITANIA E HISPANIA
Posiblemente sea la laudatio
que Virgilio dedica en su Segunda Georgica
a Italia el punto de partida latino del cual los autores posteriores
tomaron sus elementos; en ella encontramos todos aquellos tópicos
capaces de hacer grata la vida el hombre, capaces de convertir
el lugar en algo parecido a un locus amoenus:
la primavera eterna, las dos cosechas anuales, la excelente
irrigación del terreno, la defensa natural, la riqueza metalífera,
la fortaleza de sus pobladores; además, en la grandeza de esta
Italia alabada aparecen como determinantes las obras hechas
por el hombre, como son las ciudades, plazas fuertes, obras
públicas.... Esta descripción tan fabulosa de la Italia de finales
del siglo I a. C. escrita por Virgilio reúne la mayoría de los
elementos propios de la Edad de Oro, que tan profusamente desarrollará
este poeta, incluso localizándola en la propia Península Itálica:
"...Aquí reina una primavera eterna y el verano existe en los meses a
él ajenos; dos veces al año hay crías nuevas y dos veces los árboles dan fruto. Y sin embargo, están ausentes los
furiosos tigres y la raza cruel de los leones y el acónito no engaña a los
desgraciados que lo cogen; ni la escamosa sierpe arrastra sobre el suelo sus inmensas rocas,
ni se contrae en espiral en tan prolongado espacio. Añade tantas ilustres
ciudades y las obras públicas conseguidas con gran trabajo, tantas plazas fuertes
construidas por mano de hombre sobre abruptas rocas y ríos que corren al pie de antiguas murallas. ¿Sería preciso recordar el mar que baña
nuestro país al norte y al que lo baña al sur? ¿O acaso los grandes lagos?...
¿Recordaría yo los puertos, el dique añadido al lago Lucrino y el mar enojado con formidable estruendo allí donde la onda Julia, rechazado el mar, resuena a lo lejos y donde el oleaje del Tirreno penetra hasta las aguas del Averno?
Esta misma tierra nos mostró en sus venas arroyos de plata y minas de cobre y de ella fluyó abundante el oro. Ella fue la que ha sacado a la luz una raza robusta de hombres, los marsos y la juventud sabélica, y el
lígur, acostumbrado a la fatiga. y los volcos armados de dardo
corto...".
Pero a pesar de ser esta laudatio la primera cronológicamente hablando nos
parece mucho más significativa la alabanza a Britania que encontramos en el
anónimo Panegírico de Constantino, ya que su caracterización como tierra fabulosa
es absoluta:
"¡Oh Bretaña, afortunada y más dichosa ahora que todas las demás tierras, tú que fuiste la primera que vio a Constantino elevado al rango de César! Con razón la naturaleza te ha dotado de todas las ventajas de clima y de suelo: tú no conoces ni los excesivos rigores del invierno, ni los ardores demasiado vivos, del verano; tus tierras son tan fecundas que te aseguran los dobles presentes de Ceres y de Liber; no hay en tus bosques animales monstruosos, ni serpientes peligrosas en tu suelo, antes una innumerable multitud de rebaños mansos, con sus mamas hinchadas de leche y con espesos vellones. Y lo que ciertamente hace amar la vida, tus días son muy largos y ninguna de tus noches deja de tener algo de
luz, pues la llanura que se extiende al extremo de tus costas no proyecta sombra alguna y la vista del cielo y de las estrellas va más allá de los límites de la noche: el mismo sol, que a nosotros nos parece acostarse o ponerse, parece allí estar a ras del horizonte... Las regiones que están en la vecindad de los cielos son, sin duda, más sagradas que las regiones situadas en medio de las tierras, y está más al alcance de los dioses enviar un emperador de una comarca en que la tierra
acaba".
Unas connotaciones fabulosas que además vamos a ver surgir de nuevo y si cabe
cm más fuerza primero en las alabanzas a Hispania del Panegírico de
Teodosio, donde de nuevo se incluye entre los elementos que hacen grande a Hispania no sólo
las características físicas convenientemente presentadas para alcanzar el
objetivo laudatorio perseguido sino también las "numerosas ciudades"’ y
posteriormente De Laude Spaniae de Isidoro de Sevilla, que vamos a reproducir por ser un
texto totalmente clarificador:
"Tu eres, oh España sagrada, madre siempre feliz de príncipes y de pueblos, la más
hermosa de
todas las tierras que se extienden desde el Occidente hasta la India. Tú, por
derecho, eres ahora la reina de todas las provincias, de quien reciben prestadas sus luces o sólo el ocaso, sino también el Oriente. Tú eres el honor y el ornamento del
orbe y la más ilustre porción de tierra, en la cual grandemente se goza y
espléndidamente florece la gloriosa fecundidad de la nación goda. Con justicia te enriqueció
y fue contigo más indulgente la Naturaleza con la abundancia de todas las cosas
creadas, tú eres rica en frutos, en uvas copiosa, en cosechas alegre; te vistes
de olivos, de coronas de vides. Tú eres olorosa en tus campos, frondosa en tus montes, abundosa en peces en tus costas. Tú te hallas situada
en la región más grata del mundo, ni te abrasas en el ardor tropical del sol, ni te
entumecen rigores glaciales, sino que, ceñida por templada zona de cielo, te
nutres de felices y blandos céfiros. Tú. por tanto, engendras todo lo que de fecundo
producen los campos, todo lo que de valioso las minas, todo lo que de útil y
hermoso los seres vivientes. Ni has de ser tenida en menos por aquellos ríos a los que la
esclarecida fama de sus rebaños ennoblece. Ante ti cederá el Alfeo en caballos el Clitumno en vacadas, aunque el sagrado Alfeo ejercite todavía por los espacios de Pisa a las veloces cuádrigas, para alcanzar las palmas olímpicas, y el
Clitumno inmolara antiguamente muchos novillos en los sacrificios del Capitolio.
Tú, fertilísima en pastos, ni ambicionas los prados de Etruria, ni te admiras,
pletóricas en palmas, de las arboledas de Molorco, ni envidias en las carreras de tus
caudalosos a los carros de Elide. Tú eres feracísima por tus caudalosos ríos, tú amarilleas en torrentes que arrastran pepitas de oro, tú tienes la fuente engendradora de
buenos caballos, tú posees los vellones teñidos con púrpura indígena que
centellea a la par de los colores de Tiro. En ti se encuentra la preciosa piedra fulgurante
en el sombrío interior de los montes, que se enciende con resplandor parecido
al del cercano sol. Eres, además, rica en hijos, en piedras preciosas y púrpura
y, al mismo tiempo, fertilísima en talentos y regidores de imperios, y así eres opulenta para realzar
príncipes, como dichosa en parirlos..." (*)
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Paisaje
de Asturias; arriba, derecha, vista de Lago Como,
en Italia (ambas fotos Diccionario Enciclopédico Gran
Espasa Ilustrado)
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(*)
Fuente: Margarita Vallejo Girvés, "Las fabulosas
tierras reales. Las Laudationes", en Tierras
fabulosas de la antigüedad, Servicios de Publicaciones de
la Universidad de Alcalá, España, pp.352-354.