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El
río Nam Ou en Laos, en uno de sus tramos de serenidad.
Luego se convertirá en rápidas aguas (foto abajo).
El río de furioso torrente, una de las manifestaciones
más intensas de la naturaleza.
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Para comenzar con este relato nos debemos
ubicar geográficamente en la misteriosa e intrigante región
del Sudeste Asiático. Allí, hay un pequeño país llamado República
Popular Demócrata de Laos, país con una historia golpeada y
sufrida ocasionada por la gran cantidad de invasiones que debió
soportar. Guerras donde de una manera u otra, siempre se vio
involucrado debido a su ubicación geográfica.
En
este país tan particular se encuentran los protagonistas de
nuestra historia, ellos son tres jóvenes sudamericanos,
quienes andan de aventura en aventura por aquellas tierras tan
lejanas como cautivantes para sus ojos de niños exploradores. Sus
nombres son Pepe, Nikima y Juan, tres adolescentes dueños de sus
vidas, a los cuales les fascina verse envueltos en extrañas
aventuras durante su viaje por Asia.
Un
día, mientras recorrían un pueblito al norte de Laos llamado
Phongsali, dieron con un mapa de la
región. Le echaron un vistazo y de repente sus ojos se centraron
en una pequeña línea que zigzagueaba por el mapa subiendo y
bajando hasta perderse en el borde del mismo. Enseguida fueron a
consultar cual era ese rió que había cautivado su atención. El
descubrimiento era importante ya que se estaban refiriendo al Nam
Ou, río muy conocido por aquellas zonas porque se lo utiliza como
medio de transporte fluvial. Al enterarse de esto nació en sus
cabezas
la idea de llevar a cabo otra de esas locas aventuras que
los caracterizan. La suerte ya estaba echada, nada ni nadie
impediría que lleven a cabo su última gran aventura del viaje.
Ese
mismo medio día, durante el almuerzo, ataron los últimos cabos
correspondientes a la organización de su expedición por el Nam
Ou. Su plan era navegar el rió en una balsa, armada por ellos
mismos con cañas de bambú, desde una aldea ubicada bien al norte
hasta otro aldea cercano a Phongsali. Durante la tarde se
encargaron de comprar los elementos que les serían necesarios
para construir la balsa, como por ejemplo, serrucho, machete,
sogas y cuerdas, etc. Luego de hacer las averiguaciones
pertinentes de cómo llegar hasta las orillas del río, llenaron
las mochilas con la comida, las herramientas y las bolsas de
dormir.
La
mañana siguiente tomaron un ómnibus, luego de tres horas
arribaron a un pueblito donde nace el camino hacia el río.
Aquí se enfrentaron contra su primer traspié, no había ningún
medio de transporte que los pudiera acercar a su tan preciado
objetivo. No les quedó otro remedio que ponerse a caminar.
Caminaron y caminaron por horas. De repente se encontraron con un
grupo de obreros quienes estaban arreglando el camino, ellos les
comentaron que este camino estaba en construcción y que
probablemente algún camión de la constructora los podría
alcanzar por lo menos unos kilómetros, ya que todavía les
faltaban alrededor de 50 hasta al río. Contentos por la noticia,
siguieron caminando hasta que comenzó a caer la tarde y con ella
el cansancio por la larga caminata se hizo presente entonces
decidieron parar en la próxima aldea para pedir hospedaje y
alimento.
La
ruta en construcción se escabullía entre pequeñas sierras
cubiertas por una gran vegetación e incontables terrazas de
cultivos donde se podían ver a los campesinos con sus búfalos
arando la tierra para una nueva siembra, y de tanto en tanto se
asomaba ante él un pueblito o caserío con esas típicas casas
hechas en madera incrustada y paja.
Pepe
ya cansado por el peso de su mochila decide que es hora de parar
la marcha, apunta hacia uno de los caseríos que se divisan en la
cercanía y dice: ..."Allí es donde vamos a pasar la noche,
vamos a pedir hospedaje y comida"... En efecto, se dirigieron
a éste, pero al ingresar notaron que la gente se ocultaba al
verlos, especialmente los niños y mujeres. Ya en el centro del
grupo de casas intentaron hablar con un señor en un "lao"
muy precario. Le pidieron amablemente si podían pasar la noche en
alguna casa. El señor, luego de un momento, comprendio lo que
estos tres "blancos" querían e hizo llamar a un hombre
muy anciano. Este se acercó a ellos, y con una paz ostensible,
los saludo en francés: "Bonjour, Ca va?", los tres se
quedaron atónitos, y respondieron en "lao" que deseaban
pasar la noche y comer en la aldea. El anciano, con la
hospitalidad característica de este país, los invitó a pasar a
su casa y enseguida les invitó una taza de té.
Totalmente
agradecidos, Pepe, Nikima y Juan pasaron la noche acompañados por
el amable anciano quien los entretuvo toda la noche con historias
y recuerdos de la invasión francesa en Laos tiempo atrás, razón
por la cual él conoce el idioma.
A la
mañana siguiente, continuaron su caminata. Esta vez contarían
con mejor suerte, ya que un camión lleno de obreros se ofreció a
llevarlos, al verlos caminar sombriamente por el camino
polvoriento. La felicidad era total, el camión los acercó decenas
de kilómetros. Es más, los llevo hasta el fin del mismo. Nikima
grita desesperado: "... El camino todavía no ha sido
terminado, y ahora que hacemos...", los tres completamente
desolados se sientan al costado. Juan está enteramente
desmotivado y quiere dar por finalizado el intento de llegar hasta
el río. Él propone comenzar la aventura en balsa desde el pueblo
que habían fijado como meta, ya que allí era fácil llegar y
estaban seguros de que esa parte del río era navegable. Pepe y
Nikima no sabían qué hacer, todavía están medio atareados por la
cruel y repentina realidad en la que se ven envueltos. Luego de
sacar un par de deducciones lógicas concluyen que sería mejor
preguntar cómo se llega hasta el río ya que algún camino tiene
que haber.
Consultan
en un puesto de mercancías para los obreros, y allí conocen a un
señor que también se estaba dirigiendo hacia el río. Él se
ofrece guiarlos por el antiguo sendero que está siendo reemplazado
por la ruta. Nuevamente logran superar otro obstáculo en vía al
Nam Ou. Deben caminar toda la tarde entre las sierras, aunque
suponen que les faltan pocos kilómetros para llegar. Sus
cálculos son erróneos, deben pasar la noche en otra aldea y
continuar viaje la mañana siguiente. Esta aldea era distinta a la
anterior, se trataba de otra tribu, los "Yao". La gente
se siente muy curiosa frente a los visitantes y los rodean
curioseando sus atuendos y pertenencias. Parecen más confianzudos
ante la presencia del extranjero. Enseguida guiaron a los tres
valientes a una casa. La aldea era antiquísima, muy pintoresca y
autóctona, la arquitectura de las casas era muy particular, sin
duda esta tribu tiene sus costumbres y tradiciones muy arraigadas.
Juan exclama con notorio entusiasmo: "... ¡Esta
aldea se parece a las que salen en los documentales de National
Geographic! ¡Es increíble donde estamos...!"
Aunque,
lamentablemente, durante el transcurso de la noche advertirán que la gente de esta tribu no era nada increíble, todo
lo contrario, bastante soez. La gente no paraba de curiosear entre
sus pertenencias y cuando encontraban algo que les interesaba les
pedían que se lo regalasen. O por ejemplo, las ancianas se
hacían las enfermas para que se les den medicamentos, cosa que
ellos no hacían por no poseer conocimientos médicos. Así fue
toda la noche, una tensión constante.
Bien
temprano por la mañana continuaron viaje, queriendo olvidar lo
antes posible esa desagradable noche que debieron soportar. Al
mediodía, finalmente arribaron a las costas del río y lo primero
que notaron fueron unas canoas. Estas eran de los habitantes de
una aldea cercana. Enseguida pasaron a preguntar si podían
comprar una para emprender su travesía. Al principio la gente no
entendía muy bien lo que estos tres extraños querían, primero
pensaban que buscaban tan sólo un paseo, pero luego de un intenso
esquema explicativo, el representante de la aldea por la canoa
comprendió y, sin problema, llegaron a un precio justo por la
embarcación. Los tres jóvenes pagaron lo correspondiente y
comenzaron a remar río abajo. Nombraron a la canoa "El
Caimán" debido a su longitud, unos siete u ocho metros.
No
antes de haber recorrido los primeros quinientos metros se les
cruza una primera serpiente ante sus ojos. Pepe un poco más
asustado que los demás se asegura de sentarse bien en el medio de
la canoa por si la serpiente se pone más amigable de lo esperado.
Dejado atrás este primer visitante, se aproximan a otro un poco
menos esperado. Un pequeño "rápido", más que un
rápido se trataba de una zona de gran correntada. Lo atraviesan
sin problemas y con muchas energías siguen remando. Los tres
coinciden que esto de los rápidos es algo que no esperaban, pero
es bienvenido para darle un toque extra de adrenalina al paseo.
También se dan cuenta que esta parte del río no es para nada
navegable, producto de los pequeños rápidos y las aguas poco
profundas.
Continúan
remando cuando de repente divisan una aldea sobre la costa del
río era aun más pintoresca que las otras que habían visto, las
casas en su mayoría estaban hechas de bambú y paja, rodeadas de
una follaje verde fluorescente y mil distintos tipos de plantas y
árboles. Para no ser menos, la impresión de la gente al ver a
Juan, Pepe y Nikima remando río abajo, no podía ser de otra
manera. Todos salieron corriendo a verlos y a saludarlos como si
fueran familiares que se van a la capital a ver al doctor o a hacer algún tramite burocrático de esos que sólo hay que hacer
en las ciudades. Los aventureros tenían en la cara dibujada una
sonrisa que recorría todo su ancho, y en el corazón una
sensación de riqueza y alegría que solo experiencias de este
tipo te pueden llegar a dejar. Disfrutando del paisaje siguieron
avanzando paletazo a paletazo por un rió mágico, por su gente,
su forma, su fauna y flora que llegaba hasta el límite mismo que
divide la tierra firme y el agua. Era un paraíso natural captado
por todos los sentidos de los tres muchachos, quienes, solos, se
sumergían por aquel manantial de vida.
Ya
varias horas habían pasado desde la partida y el ritmo de paleteo
era bueno, aunque Pepe con su remito de bambú, mucho no hacía, y
de paso se burlaba de Nikima, quien estaba en la proa y protestaba
porque sus manos comenzaban a sentir el esfuerzo hecho durante
todo el día. Juan, por su parte, estaba en popa, cómodo y con
una buena perspectiva de lo que acontecía en la canoa. Pero no
todo es de color de rosa en este río. Comienzan a escuchar un
leve sonido a aguas turbulentas o más especifico a un rápido de
importancia considerable. "...¡Más nos vale que nos
concentremos en lo que viene...!", les dice Juan desde atrás.
Cuando salen
de una curva del río ven que se están aproximando a gran
velocidad a un rápido, los remos se levantan y se comienza a
analizar la situación. Es decir, por dónde convenía pasar.
Después de un corto intercambio de opiniones se llega a una
decisión razonable. Debían pasar por la derecha donde habían
menos rocas. Encaran el conflicto con precaución pero también
con un poco de ese entusiasmo irresponsable típico en todo joven
atraído por las aventuras. El rápido era corto pero arriesgado,
los chicos lo atravesaron con agilidad en el manejo de las paletas
y lograron dirigir la canoa por un sendero seguro. El resultado
fue unos gritos de euforia descontrolada mezclada con un éxtasis
total por la adrenalina que corre por sus venas cuando han pasado
su primer rápido sin haber tumbado la embarcación, sólo se les
había llenado de agua, inconveniente mínimo.
Igualmente
algo aprendieron de esta primera experiencia, ya que cuando se
enfrenten con el siguiente gran rápido tomaron la precaución de
parar y observarlo detenidamente. Resuelven pasar la canoa sin las
mochilas adentro. Pepe se encarga de llevarlas al otro extremo del
rápido mientras Nikima y Juan prueban su suerte con la canoa.
Todo salió bien. La canoa salió ilesa tal como sus marineros. Se
cargó todo el equipo nuevamente y siguieron adelante.
Cuando
cayó el sol, acamparon en la orilla del río, hicieron un fuego
para calentarse, luego comieron abundante arroz con salsa picante
y a dormir. A medianoche comienza otro inconveniente, se larga a
llover, faltaban meses para que finalizara la época de sequía y
nuestros hombres habían confiado en que no iba a llover.
Rápidamente debieron refugiarse debajo de un tronco caído ya que
no estaban equipados con carpa o algún nylon para hacer un
refugio. Como consecuencia se les mojó gran parte de sus ropas y
sus bolsas de dormir. No se sintieron desmoralizados porque
sabían que en esa época del año abundan los días soleados así
que el sol se encargaría de resolver el percance.
Amaneció
nublado, como el día que se les avecinaba, remaron toda la
mañana sin problema alguno. Al medio día se cruzaron con otra
canoa. Eran pescadores y cazadores estaban remontando el río,
probablemente vivían en alguna de las aldeas río arriba. Su
asombro cuando vieron a los tres occidentales en esa situación se
vio reflejado en el comentario que les hicieron: "¿Tienen
cigarrillos?". Se mostraron alegres al recibir un par de
cigarrillos y siguieron su camino. Dejando atrás a los únicos
navegantes que verían en ese río siguen adelante preguntándose
por qué esos pescadores habían sido tan parcos. A media tarde, reconocen nuevamente ese sonido característico de los
rápidos. Definitivamente se estaban acercando a uno. Sin tomar
las medidas de precaución habituales se lanzan a la boca del lobo; aparentaba un rápido sin mayores dificultades para sortear,
pero muchas veces las apariencias engañan y ésta es una de esas
ocasiones. Cuando se internaron en el rápido no se dan cuenta que
de éste era mucho más largo que los anteriores y ese fue su
problema. Durante toda la excitación que el rápido les
significaba cometieron un error, se distrajeron, y eso provocó
que el choque contra una roca no fue gran cosa. Sólo los detuvo;
la correntada hizo presión contra el casco y provoco que la canoa
gire y se cruce perpendicularmente al río. Se produce un nuevo
choque contra otra roca y en cuestión de milésimas de segundos
la canoa se tumba y todo comienza a flotar y a ser arrastrado por
la corriente. Los tres remeros caen instantáneamente al agua.
Nikima, en la proa no es capaz de atajar las cosas que se van con
la corriente. Sólo se resigna a verlas alejarse, Pepe que estaba
en el medio, entra en shock y no reacciona, sólo le preocupa su
cámara de fotos la cual se fue flotando y, por ultimo, Juan, lo
único que fue capaz de salvar fue la bolsa impermeable donde
estaban los documentos y la plata de todos. Juan decide llevar la
bolsa a la orilla ya que, si eso se pierde, están fritos.
Todos
juntos nuevamente al lado de la canoa tratan de calmarse y ver
cómo solucionar el problema. La canoa está atascada y la fuerza
del agua contra ella marca su inexorable "in extremis".
Los tres hacen varios intentos para sacarla de esa situación pero
todo es inútil. Deciden ir a la orilla y buscar un palo para usar
de palanca de esa forma ejercer mayor fuerza contra el agua.
Regresan a la canoa con el palo. A pesar de los riesgos que eso
significaba, hacen varios intentos por mover la canoa, pero ésta
casi ni se mueve. La presión del agua sobre ella es sorprendente.
No hay otra solución debían abandonar la canoa y comenzar la
búsqueda de sus pertenencias que debían estar río abajo. Luego
de una intensa búsqueda sólo se halla la mochila grande y la
chiquita de Pepe. Todo el resto de las cosas se habían perdido en
las aguas de aquel hermoso río. Entre las cosas más importantes
que se habían ido estaba la mochila de Juan con comida y útiles
de cocina y todos los calzados que poseían. "Estamos sin
nada en medio de la selva", dice Pepe un poco agobiado por
las circunstancias. "No es tan grave, podríamos estar
peor", comenta Mikima siempre positivo; y Juan replica:
"Necesitamos encontrar un lugar donde pasar la noche".
Gracias a Pepe encuentran una pequeña choza a pocos metros del
lugar del accidente. Estas son utilizadas por los campesinos
durante la época de siembra y cosecha. Pernoctaron allí tratando
de recuperar fuerzas para el difícil día que les esperaba.
Luego
de una mala noche de sueño por el frió y las ratas que abundan
en este tipo de chozas, los muchachos comienzan el día con un
desayuno caliente. Les queda muy poca comida, deben hacer algo
rápido antes de que las cosas empeoren. Toman la determinación
de construir una balsa de bambú. Para ello trabajan sin parar
toda la mañana. Construyen una gran balsa de unos siete metros de
largo por uno y medio de ancho. Nuevamente cometen otro horror, la
balsa fue hecha de bambú verde y el bambú verde no flota
(detalle que notan al pararse sobre ella). Ahora sí que se
sienten en aprietos, es hora de ponerse a caminar hasta encontrar
una aldea o a alguien que los ayude. La pregunta que se hacen es
hacia dónde deben caminar, deben bordear el río o seguir el
sendero que se dirige hacia las sierras. Bordeando el río es
probable que haya una aldea pero entre las sanguijuelas de agua y
las rocas cortantes esa opción se vuelve menos atractivas que el
sendero por la selva. Finalmente deciden tomar la senda que nace
en la choza que habían habitado la noche anterior. Caminaron
descalzos toda la tarde por el sendero que los paseaba por valles
bellísimos llenos de terrazas de cultivos y de pequeñas chozas.
Ahora se sienten alegres de haber tomado la decisión correcta al
elegir el sendero para caminar, aunque sanguijuelas haya igual,
les levanta el ánimo saber que en las cercanías debe haber gente
que cultiva todos estos valles.
Así
fue como lograron salir de esa aventura con complicaciones. Luego
de un día y medio de caminata por el senderos arribaron a una
aldea donde, impresionada su gente por el aspecto de estos tres
extranjeros, fueron tratados con especial cordialidad, luego de
una buena comida, se les ofreció traslado a un pueblo cercano
donde podrían conseguir un bus que los llevara a su querido
Phongsali. Lugar donde esta historia fue contada una y otra vez a
todo extranjero que se acercaba. Para que los visitantes descubran
que al pueblo de Laos no les interesa su dinero, material
totalmente baladí para ellos, sino su amistad y respeto.