Yo estaba ayer en Tandil, cuando, al atardecer, el pueblo entero se
conmovió al rumor de que la piedra que dio fama y espíritu a la ciudad pampeana,
habíase, de pronto, derrumbado falda abajo del solio de misterio donde por
tanto tiempo la
admiraron. El estupor de las grandes catástrofes colectivas, un estupor
incrédulo y fatal, cundió en el alma de la muchedumbre emocionada. Voló de labio en
labio la
insólita noticia: deteníanse los transeúntes para comunicarla; avisábanla
desde sus puertas los vecinos; llevábanla con presteza, invisibles agentes, hasta el suburbio de las quintas lejanas.
...Y
es que la piedra movediza era para el Tandil como su lido para Venecia, como su torre para Pisa,
como su golfo para Nápoles,
como su vega para Granada, como sus almenas para Avila, como su cerro para Montevideo, como su bahía para Río, como su colina para Montmartre, como su floresta para Tucumán. Era, quizá, más que todo ello ante la conciencia de aquel vecindario,
pues entre los rasgos de la naturaleza que dan fisonomía a las ciudades, la piedra caída ayer, no era un
espectáculo sino un misterio, no era un panorama sino una presencia. Como tal lo
sentían en su corazón todos los seres que hoy deploran su inexplicable derrumbamiento: como un misterio desvanecido en la sombra, como una presencia que ya no
volveremos a contemplar
jamás.
...Cuando llegué hasta la sierra, llevado por el deseo de comprobar los rumores que
circulaban en la ciudad, era ya casi de noche. Una agitada muchedumbre hormigueaba al pie
del monte, se diseminaba por las cercanías, negreaba sobre la cumbre, subía y bajaba
por la escarpada senda. Oíanse las mismas apasionadas parlerías que un momento
antes por las azoteas y calles del pueblo: conjeturas, noticias, lamentaciones, denuestos.
Acababa de encontrar, por el camino, coches, automóviles, bicicletas, caballos con tres
peregrinos montados a escote en la misma cabalgadura. Los que venían, daban voces
a los que llegaban, al cruzarse en la carretera: "¡ Rota, en dos pedazos!"
"Se acabó la Piedra !" Los que oían, continuaban, todavía
incrédulos,
hasta verla. Flotaba en el aire una inquietud de fatalidad. La sombra del
anochecer impersonalizaba aún más aquella muchedumbre; velaba los rostros;
acentuaba el misterio de las actitudes y las voces. El gentío se renovaba:
hombres, mujeres, niños; obreros, señores; todos iban por la escarpada
senda, en ascensión acongojada, acesante, difícil. El vasto bloque
semiobscuro del cerro, con aquel penoso arrastre humano por su falda, asemejó,
de pronto, lugar sagrado o sitio fúnebre, rústico santuario en día de peregrinación,
o uno de aquellos montes santificados por el fervor popular en las tierras
propicias del Oriente. Y cuando yo también llegué a la cumbre, y me
cercioré de que la piedra faltaba, y la espié yacente y rota en su
precipicio, recién caída como en una tumba, comprendí toda la honda
emoción de aquella muchedumbre que aquilataba de congojas humanas el impávido
misterio de la naturaleza, y elevando mi propia emoción hasta las alturas
del ensueño, recordé otras piedras como ésta, que los pueblos
antiguos adoraron: piedras llamadas "de la verdad", piedras
llamadas "del destino"; las piedras de ordalía en cuyo movimiento
los sacerdotes escandinavos consultaban los designios del tiempo; draconianas
consagradas a la Serpiente y a la Luna, como aquella Otizoe de la Persia,
que aconsejaba a los magos en la elección de sus príncipes.
Me ha tocado, como veis, la triste suerte de contemplar a la nuestra del
Tandil, un instante después de su derrumbamiento. Casualidad tan
emocionante, se me antoja un designio, dada mi propensión druídica, y me
señala como un deber la publicación de esta crónica. Yo veía en
aquella piedra, uno de los mayores signos de elección, entre tantos que
la Providencia ha dispensado al territorio de nuestra patria.
...Ignoro si
los indios de la Pampa la hayan adorado. Quizá los hombres de la
sumergida Atlántida la conocieron, como afirma la Doctrina Esotérica respecto
a otras
piedras animadas del viejo mundo, o a las ruinas ciclópeas de la Isla de
Pascua y de Tiahuanaco. En medio de nuestra
época envilecida, el pueblo
actual de esta nación predestinada, nunca vio en ella sino un objeto
de vanidad municipal, o una curiosidad de turistas, o un lugar
propicio para la propaganda mercantil. Colocaban los visitantes en sus
bases vidrios de vasos y botellas rotas para que el leve movimiento
de la enorme mole los hiciese crujir... (La piedra la profanaba) con abigarrados anuncios
el desenfreno de los mercaderes,
ya fuera este vendedor de lociones contra la caída del cabello, o aquel fabricante
de novísimas pócimas para restaurar la precaria
salud de los hombres. Hubo quien, temeroso del pincel y la tinta efímera,
esculpió a golpe de martillo, su nombre perecedero sobre el granito de la base.
Las autoridades de la nación, de la provincia y de la comuna, los tres órdenes del
estado, asistían indiferentes a tanto exceso de inconsciencia... Nunca
oyeron las voces que pedían para ella
parques, seguridades y guardianes. ¡Antes no se presentó un día
cualquier sindicato europeo a comprarnos el
cerro misterioso para
establecer cantera en él! Tan rendidores son aquellos montes de
granito, que un propietario de las inmediaciones se ha negado a vender el
suyo, que es pequeño, por tres millones de pesos. Ya veis si habría granito
en el de la Movediza, que es enorme, para dividendos y "comisiones",
como los políticos llaman, con refinado eufemismo, a las coimas del cohecho.
Y estoy seguro de que lo
hubiesen vendido. ¿No hemos puesto, acaso, la patria toda en pública
subasta ante el mercado del mundo? Se me ocurre pensar si este
derrumbamiento de "la piedra sagrada", no será una venganza de nuestros dioses, o el anuncio de un gran castigo sobre su pueblo.
Ya sé que mis lectores se negarán a aceptar estas supersticiones. Seguramente se
negarán a aceptarlas hasta los que atribuyen virtud a las piedras preciosas, y creen en el misterio de los astros y
de las aguas bautismales. ¿Por qué aceptáis que el ónice se halla bajo la
influencia de Saturno, y la amatista de Marte, y el ágata de Mercurio, y la turquesa de Venus, y el ópalo de la
Luna? ¿Por qué vinculáis estas influencias secretas a los días de la semana,
a los signos del zodíaco, a la fecha de vuestro nacimiento, al nombre de vuestros
amores? La doctrina oculta que ligaba estas fuerzas en la compleja trama de la vida,
ha sobrevivido en el simbolismo mágico de las joyas; pero entre tantos elementos olvidados
o corrompidos de la verdad esotérica, debemos recordar que, como las gemas, las piedras opacas
también sustentaron símbolos o influencias en la sabiduría y en las religiones
arcaicas. Los
pueblos de la edad divina lo reconocieron. Las hubo que
cambiaban de lugar como las que movieron Trophonio y Agamedes, en Delfos, al
son de su lira: los himnos prehoméricos han conservado su recuerdo. Hubo las que seguían
a los hombres o las que caían de sus murallas al son de las trompas, como los libros bíblicos lo
han referido. Las hubo oscilantes, al modo de la nuestra, como la "clacha-brath" de los
celtas; las hubo que volvían a su lugar, como aquella de la Isla de Mona, según el testimonio
de Giraldus Cambremsis. Unas fueron pequeñas, otras enormes como "la piedra
colgante" de Salisbury Plain, monolito de 5O0 mil kilos. De la nuestra se afirma que pesaba un
millón; bien podía ser, pues, el amuleto de un pueblo. La fuerza o numen que la
sostenía la
ha dejado caer y morir. Si era misteriosa cuando oscilaba, no lo es menos
ahora, cuando yace, inanimada y rota en su abismo, como un cadáver en su
tumba. Los pensamientos de los hombres, buenos
o malignos, son fuerzas de la tiniebla, donde se genera el misterio del mundo. La
Blavatsky cita una frase de Apolonio de Rodas sobre
cierto género de estas piedras oscilantes:
"Piedras colocadas en la cima de un túmulo, y tan sensibles - dice - que se movían con la mente’’...
Sin duda os sorprenderá que insista sobra este aspecto
esotérico del fenómeno que ha terminado el último día de Febrero en el Tandil,
o que ha cambiado simplemente de forma. Pero lo hago porque no sé que la ciencia positiva ofrezca sobre él nada más que conjeturas. Por otra
parte, la geología y la paleontología, son excelente camino para llegar
a la frontera teosófica, a la cual llegó de modo tan inesperado y genial nuestro
Ameghino. La lenta acción del fuego, del viento, de las aguas, en cataclismos brutales
o lentos aluviones, bien puede ser el modo de obrar de otras potencias ocultas sobre las pesadas masas del orbe.
Adviértase, desde luego, en el Tandil, la acción externa de los elementos. Me he complacido durante días, en emocionantes
paseos por la pampa y la sierra, el imaginar la milenaria labor de los fuegos y de las aguas, sobre la fisonomía de
aquellos paisajes. La región orográfica del Tandil
es, desde luego, una isla geológica
en nuestra pampa. Su serranía debió de ser, en remotísimos siglos, una isla real,
o una sucesión de peñascos sobre los mares primordiales. Cataclismos posteriores determinaron la
elevación patagónica, probablemente sincrónica al hundimiento de la Atlántida
en el hemisferio norte, o de la Lemuria en el sur, que es quizá la
Gundwana de los geólogos. La existencia del mar en torno de aquellos
cerros, puede conjeturarse por el yacimiento de minas de arena a
poca profundidad, y por uno que otro fósil marino encontrado en las preciosas
excavaciones de los pozos urbanos. De este modo, la pampa que hoy rodea las
sierras, parece perpetuar todavía, ante los ojos del contemplador, la visión de los mares
antiguos, en la inmensidad solemne de su llanura. Abundan en la serranía grandes capas de bloques
de granito y gneis perpendiculares, denunciando la violencia de una subversión
anterior, sin
duda producida por el fuego. Dan fe de estos cataclismos la rotura de los terrenos y los fósiles encontrados en las minas de arena. Tal cataclismo, debió arrojar al aire enormes bloques de
granito, que volvieron atraídos por la gravedad; a caer sobre las cumbres de aquel suelo plutónico. De
estos enormes bloques sueltos, está poblada la serranía tandilense,
habiendo algunos de forma y posición tan originales, como la piedra suelta y redonda
llamada El Centinela, o las que forman, en la falda de la Movediza, la caprichosa gruta
conocida por "La boca del diablo". Sobre tales cerros han debido rodar y batir durante millones
de años las ondas embravecidas de aquel océano anterior a la cuenca de nuestro río de la Plata.
Véase la huella de tan viejas olas en la redondez que caracteriza a todas las piedras, principalmente
en el cerro de la Movediza. Esa lenta labor de las aguas, pasando sobre la gran roca cimera, hoy redonda y caediza, sería el agente que habría ido desgastando por su base
a uno de los enormes bloques yacentes sobre el cerro. Tanto y de tal modo
lo desgastaron las aguas, que fueron reduciendo la base al pequeño muñón chato y
redondo que le servía de apoyo, según he podido verlo, hoy que esa piedra ha caído. Así la
enorme mole, antes quieta como las otras, habría cobrado animación y movimiento, sobre
ese punto de casual equilibrio. El pequeño punto de apoyo, gastándose a través de
prolongadas edades, por la acción de las lluvias y de los vientos, por la detrición de los vidrios rotos
y las oscilaciones violentas a que la sometían los turistas habría producido ayer el
brusco derrumbamiento.
He ahí la explicación racional, que con los datos de la ciencia y de propias visiones
sobre el paisaje, forjaba mi fantasía ante el desastre. Pero las objeciones, racionales se alzaban en mi mente. La piedra
Movediza de Tandil, no era un fenómeno único en la tierra. Se habla de otras
análogas., según lo he recordado, en Bretaña, Escandinavia,
Irlanda, Persia, la India. Su peligroso equilibrio, en alturas abruptas o planos de inminente caída, es posición demasiado singular, para que viéndola repetida, la consideremos creada por la ciega casualidad de los
elementos. Su pie era un punto pequeño, tanto que le permitía moverse; su apoyo era una piedra caediza y redonda.
Viéndola se admiraba su oscilación, pero también causaba asombro su equilibrio. Hace apenas dos días, moviéndola yo mismo, la agité en demasía:
creí que si continuaba agitándola, podría voltearla, y retrocedí espantado ante el peligro. Las personas que me acompañaban, dos amables vecinos del Tandil, me aseguraron que tal peligro era ilusorio; que ni los bueyes de
Rosas, según la tradición más o menos apócrifa; ni diez peones de las canteras, juntos, habían podido forzarla. Me acordaba, en efecto, que hace doce años, cuando
la visité por primera vez, me pareciera inmóvil, y apenas si se me reveló su ligera oscilación, por el
levísimo crujido de los cristales puestos en su base. Y es que la piedra
no era propiamente sensible a la fuerza, sino a cierto mañoso impulso en el cual
era menester ayudarse con la misma
gravitación de la mole. Entonces
cobraba una oscilación pasmosa y asaz visible. Su cuerpo no era tampoco sensible en toda la
masa: había puntos en que resistía, absolutamente inmóvil, a la fuerza más poderosa.
Me atrevería a decir que no era sensible, en realidad, sino a quien la tocaba en
cierto punto de la sinuosa arista inferior que miraba hacia el sudoeste. Los tandilenses, que
la conocían, pueden ratificar este aserto. Así impulsada la piedra, comenzaba
a animarse de una creciente oscilación, como si un resorte elástico o magnético la sostuviera
por la base. No producía el efecto de una masa en equilibrio por razón de la
gravedad. Inquietaba más bien, como si fuese la evidencia de una fuerza terrestre desconocida.
Tal sentimiento se vigorizaba por la reflexión. Si era un fenómeno
común en equilibrio, asombra desde luego que no se hubiese roto en tantas vicisitudes como
sufrió. Un rayo había caído sobre ella, hace más de ochenta años, según
la tradición regional; rayo tan formidable, que en su extremo más largo le rompió un trozo de tres
o cuatro metros cúbicos, y hendió el monte de falda a falda, abriendo en el
granito de la base una grieta de diez centímetros de ancho. Cerrada esta hendidura con
porlan, no se reparaba mayormente en ella; pero una vez caída la piedra, he podido comprobar la importancia de la avería en anchor y hondura, y lo que es
más grave aun, que la grieta pasa por el punto mismo de la base, advirtiéndose,
a veinte centímetros, en la línea del eje, un agujero que ha sido quizá
el punto de penetración de la descarga eléctrica. Ahora bien: ¿cómo
se explica que habiendo perdido la masa un trozo tan importante no se desequilibrara; y que habiendo sufrido esa rotura en un punto de apoyo
tan delicado, no se desplomara la piedra, ni perdiera su sensibilidad? La
movediza sufrió, además, la acción de temblores que suelen repercutir en aquella sierra por simpatía con la región
andina; y los formidables vientos pamperos que la han soplado durante siglos desde el
sudeste... Ha sufrido la piedra, en fin, la
constante convulsión del aire y del monte, por el frecuente estampido de
dinamita y pólvora, en la labor de las canteras vecinas. Se dirá, sin duda, que tales causas reunidas, trabajando la base de la piedra, la han
desgastado hasta hacerla caer en un instante sobre su abismo, en el instante cuyo cronista me
ha tocado ser. Pero no. Ha caído la piedra entre 5 y 6 de la tarde, en un minuto cuya
precisión se ignora, pues nadie la
vio caer, a pesar de que suele ser la hora preferida por
los turistas. Ha caído en un día sereno, de buena temperatura, sin accidentes sísmicos
o meteóricos en las regiones próximas. Si hubiese caído por simple desequilibrio, la mole muñón de la base y con el
millón de kilos que se le asigna por peso, hubiera rayado el granito o el musgo de la piedra inclinada y redonda que le servía de sustentáculo. La
he examinado prolijamente, y no he encentrado rastro alguno, a pesar de que el agudo pie debía ser tan duro que ha resistido siglos
a su movimiento y a su peso, y de que el granito es tan sensible al roce que la roca muestra
en su declive, hasta las paralelas estrías de la lluvia, según lo patentizan su
fotografías más divulgadas. Esto hace suponer que la piedra se habría desprendido sin rozar
la base, lo cual requiere el salto. Y la hipótesis del salto se corrobora por haber botado
a cincuenta metros sobre la falda del cerro, y no al primer estribo, donde solían caer las astillas
de vidrio que resbalaban del eje; y por haber botado con violencia y de cabeza sobre las otras rocas, pues se ha descoronado, cayendo el bloque superior
a mayor distancia, casi al pie de la sierra. Descontado la sospecha de un atentado voluntario, que las mismas autoridades del Tandil
se han
encargado de desautorizar por medio de la prensa, pues no se encuentra huella alguna
de explosivos ni de palanca, no nos queda sino el aceptar que nuestra piedra oscilante ha caído
de un modo tan misterioso como fue su equilibrio: así la he contemplado yo,
descoronada con la parte inferior vuelta hacia la cima de su viejo solio, desde donde
su base ahora finge, por uno y otro lado del eje, las alas, triangulares,
gigantescas, de una gran águila herida.
Vuelvo, pues, al concluir esta crónica, tan dilatada por su propio asunto, al
mismo sentimiento de veneración con que la comenzara. Tengo sobre la mesa en que
escribo un pequeño trozo de la piedra sagrada, amuleto civil, cósmica gema. No sé si me
sugieren estos sentimientos, el signo de elección que yo intuía para nuestra tierra en
su misterio, o la emoción de fatalidad colectiva que la muchedumbre tandileña revelaba,
cuando la viera, acongojada, ayer, sobre el monte de la catástrofe.
"¡ Pensar que hace dos días estuve aquí con ella ! "-exclamaba una voz
anónima ante la desolación de su solio trocado en túmulo, bajo el cielo ya anochecido. La piedra estaba muerta, y sugería
al amor de las almas sencillas las cosas que decimos ante las tumbas, como si quisiéramos, ante el abismo
de la muerte, asirnos a la sombra, vana también, de nuestros sueños...
Hasta las propias piedras iban a perecer; pero la muchedumbre
seguía hormigueando, afanosa, allá en los ásperos flancos de la sierra negra. Yo
estaba sobre la roca ... la piedra oscilante de la Serpiente y de la Luna, y sentía el rumor de la muchedumbre en
su flanco y el silencio de la eternidad en su altura. Una emoción atávica
y sacerdotal me humedecía los ojos de lágrimas y me preñaba de alientos
el pecho. Ante aquella evidencia total de la muerte, la quimera de ideal y de
amor obstinábase en mi alma; cuando, de pronto, hipnotizado ante la cara impávida
de la Luna, vi que mi alma emprendía, ella también, su vuelo de ilusión
a las estrellas, sintiendo abrirse desde sus hombros...como dos
formidables alas, las dos mitades de la noche. (*)
(*)
Fuente: Ricardo Rojas,
La piedra muerta, Martín García editor, Buenos Aires,
1912.
La
piedra muerta y el conjunto de las obras de Ricardos Rojas pueden ser
leídas en el Instituto de Literatura Argentina, de la Facultad de
Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, ubicado en la calle
25 de mayo 217, 1 piso, en la Ciudad de Buenos Aires.