
Pushkar es uno de los lugares imposibles de este
mundo. No se puede imaginar ni describir, hay que llegar allí, como
sea, para percibirla con todos los sentidos.
Pushkar no es más que un pequeño lago en los
montes al borde del desierto del Rajasthan, en la India. Es un pueblo sagrado en
extremo, casi no vive gente aquí, TODOS son peregrinos, imbuidos
continuamente en un salvaje momento místico que da vida al increíble
lugar.
A toda hora, noche y día, de todos los rincones
del pueblo sale música. Rezos, cantos, tambores, campanadas, belleza
infinita. A toda hora y de todas partes, infierno extático para el
espíritu. Uno puede sentarse a orillas del lago, rodeado enteramente
por los gaths y la paz (el lago sólo es invadido por los pájaros que
se arrojan para cazar peces), y escuchar sin cesar todo tipo de ritmos
y voces amplificados desde los templos, mientras vuelve el día a la
noche, entre las voces y vuelos de miles de pájaros.
En Pushkar está el único templo en toda la India
dedicado a Brahma, quien, se dice, eligió a Pushkar como hogar. Y en
sus calles todavía se mezclan con la nostalgia unos cuantos hippies
en motos y en viaje, anclados en este punto clásico del trayecto. Fue
este el refugio de muchos hace tres décadas en ese imperialismo del
abandono que hasta aquí los trajo.
Las fotos del lago y de la entrada al gath
principal (rodeada de monos y brahmines) ceden tan sólo escasamente a
la fantasía del lugar. Para quien pueda: hay que estar una tarde de
este mundo en Pushkar, yo creo no haber salido nunca de allí.
