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El
Cerro de los Siete Colores, cerca de Punamarca, en Jujuy,
en el norte de Argentina. |
La montaña piensa. Y, algunas veces, pocas
veces, muestra sus pensamientos. La elevación rocosa piensa.
No con intangibles e incoloros conceptos, sino con colores.
En Punamarca, en Jujuy, en el norte de Argentina,
la geografía se pliega en montaña que muestra su pensamiento,
su vida oculta, mediante una radiante estela de siete
colores.
Para explicar los colores del peculiar cerro no acudiremos a la ciencia geológica.
Recorremos mejor un sendero de libres especulaciones...
Antonin Artaud, en el siglo
pasado, percibió la vacuidad espiritual de Europa. Experimentó con
desgarrada lucidez nuestra cultura sin mitos ni ritos. Sin ojos derramándose
sobre el torso de enigma de las cosas. Por eso, viajó a México para
allí
encontrar algún pueblo que aún percibiera el chisporroteo de las manos
divinas acariciando la tierra. En México, presintió una singularidad.
Según el artista francés, México es el único lugar de la tierra donde la vida oculta
se
muestra en la superficie de la vida (1). Pero ese latido excepcional de la
vida profunda no resuena sólo en el corazón del suelo mexicano.
En el
Cerro de los Siete Colores también lo oculto cascabelea en la superficie
visible...
Cada
fachada, cada rostro con su sombra, disimula venas ocultas. Lo
oculto no es sólo una difusa creencia etérica. Una idea filosófica
impalpable. Lo oculto es el mundo interior de la materia.
La roca y la montaña, el suelo y la madera, son, primero, superficies
tejidas de quietud y uniformidad. Sin embargo, el suelo encubre el
universo de las corrientes subterráneas, las movedizas placas tectónicas
y, muy profundo, las altas temperaturas y la danza del fuego magmático.
Tras el quieto suelo bailan ocultas figuras. Movimientos de la vida
oculta.
El
árbol impresiona con su corteza dura, su tronco firme. Pero, oculto,
dentro de la
espesura vegetal del árbol, fluyen los jugos silenciosos de la
savia. La madera oculta lo viviente que se mueve.
Movimientos de la vida oculta.
Y la
roca y la montaña duermen en apariencia, incólumes, imperturbables. Sus
formas tejen superficies de sueños, pétreos, quietos.
En las culturas ancestrales, la montaña es símbolo del centro generador
y del sitio privilegiado de ascensión celeste. Lo que palpita en el
centro es fuente primera de la vida. La montaña se yergue sobre ese
lugar de afloración del mundo, tal como acontece con el Monte Meru, en
la mitología hindú o La Colina Primordial, entre los antiguos
egipcios. A su vez, la piramidal elevación montañosa es sitio donde la
tierra se encuentra y funde con el cielo mediante su cumbre. La montaña
expresa los poderes de la elevación, la memoria del origen y también el
espacio interior donde se ocultan los tesoros.
En la
cavidad de las montañas, cuevas, grutas, pasadizos secretos, se halla el
mundo de los antepasados, los muertos o los dioses. De esa manera, el interior de la montaña, su
dimensión o vida oculta, es espacio de
concentración de riqueza y ser (2).
La
superficie siempre es velo que disimula una vida secreta. La superficie monocromática de la luz
solar esconde el espectro de los siete colores, la polifonía de la
variedad cromática. El prisma y una luz refleja son los modos
indirectos para descubrir la multiplicidad de tonos que cabrillean
ocultos en la luz.
Pero
en la montaña jujeña la oculta vida que en todo es, salta
sobre la mirada sin interludios. Es un corte transversal que muestra lo
que fluye a través y, por debajo, de las cosas.
Una
directa expresión de lo oculto también centellea en el célebre Valle del Colorado.
El Gran
Cañón inició su formación hace seis millones de años mediante la
corrosiva acción del Río Colorado. Un río escultor que ha rasgado las
paredes que hoy dejan al descubierto rocas sedentarias correspondientes
a los diversos periodos geológicos. El Gran Cañón es así uno de los
extraños lugares del planeta donde se torna visible el lento tiempo y
el vasto pasado de gestación geológica de la Tierra.
El Gran Cañón es la desnuda y visible memoria geológica de los
grandes tiempos, el lento ondular del pasado de las rocas.
Pero,
en la montaña jujeña, la materia abre su pecho para mostrar el
palpitante corazón de la vida siempre secreta, oculta. Que por los
colores en la rocas se revela. La vida
que se oculta. Y se muestra. Ese torrente vivo tan extraño y
enigmático como la mano que abrió el pecho de la montaña.
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Otra
imagen del Cerro de los Siete Colores, singular lugar de
la geografía sagrada. |
Citas:
(1)
Antonin Artaud viaja a México en 1936 con el propósito de
encontrar una tierra donde lo mítico aun perdurara. Producto de
esta experiencia es la obra México y viaje al país de los
Tarahumaras, editado por Fondo de Cultura Económica. Los
tarahumaras son un pueblo con el que Artaud comparte danzas
sagradas, un ritual del peyote y una percepción mítica y
simbólica de la geografía y de la realidad toda.
(2) Cf. por
ejemplo el sustantivo artículo sobre el simbolismo de la montaña en
Juan-Eduardo Cirlot, Diccionarios de símbolos, Barcelona,
Editorial Labor, 1994.