DOS
HISTORIAS DE NUESTRO GRAN CHACO
Estas son dos historias construidas por mujeres del norte argentino: la primera, cuenta cómo se enfermó el Gran Chaco; la segunda, son sus propuestas de historia
futura. Ellas participaron en el XI Encuentro de Mujeres Multiplicadoras «Una visión ecológica desde la mujer del sector popular», convocado por el Instituto de Cultura Popular
(INCUPO).
La
primera historia
HABIA
UNA VEZ... una hermosa selva que se llamaba selva chaqueña
Se
extendía desde una parte de Brasil, atravesaba la mitad del
Paraguay, y en el norte de Argentina cubría al sur la Cuña
Boscosa hasta el Espinal, al este el Litoral del Paraná y
Paraguay, y al oeste llegaba hasta 105 Andes; la mitad de su
superficie se encontraba en Argentina. Era la selva más grande
del continente después de la Amazonia.
El
algarrobo -que los lugareños llamaban el Arbol, con A mayúscula-
era la especie más difundida junto con varias otras de la misma
familia: el vinal, el chañar, el itín o palo mataco, el
garabato, llamadas leguminosas. Con muchas otras especies muy
variadas cubrian y protegían el frágil suelo de la región, y
alimentaban a los animales y a la gente que vivía allí. En
efecto, estas plantas con sus raíces desmenuzaban la tierra y la
abonaban, sus hojarascas fabricaban el mantillo que protegía el
suelo del calor del verano y, poco a poco, se transformaban en
abono. Además, las raíces de estos árboles, a veces de 30
metros de largo, llegaban hasta la roca madre; allí chupaban los
nutrientes y los encaminaban hasta las hojas, las cuales con el
gas carbónico del aire fabricaban alimentos y devolvían oxígeno
para purificar el ambiente.
Estaba
bordeada por grandes ríos, cuyas aguas se regulaban con todo un
sistema de lagunas, esteros, bañados y riachos. Y cuando venían
las inundaciones, la selva con su mantillo y su tierra blanda se
llenaba de agua que devolvía a las plantas a medida que la
precisaban. La selva, también servía para cobijar del frío, de
las heladas y del viento norte.
La
región estaba llena de seres vivientes: en el suelo vivían
lombrices, hormigas, bacterias; en la tierra, el puma, el
guazuncho, el chancho moro, la gran bestia; en el agua, el
carpincho, la nutria, toda clase de peces; y, en el aire, una gran
variedad de pájaros.
Los
hombres podían cultivar con facilidad, porque la tierra era tan
blanda que su instrumento de labranza era un palo sencillo, con el
cual hacían pocitos en el suelo para depositar la semilla que
cubrían con el pie, y la sementera baja venía con abundancia
gracias a la riqueza del suelo. El resto de lo que necesitaban se
los proporcionaba el monte: alimentos vegetales, animales, fibras
textiles, plantas medicinales y otros remedios, material para la
construcción de la vivienda, etc. Y cuando los recursos se
agotaban en un lugar, todo el grupo se mudaba para dejar descansar
el monte y pudiera elaborar nuevas riquezas.
En
fin, la selva era el alimento, la cobija para el sol, el frío, el
viento norte, el lugar de esparcimiento.
Entonces,
los hombres vivían en armonía con toda la naturaleza y su
Creador.
Un
día, llegaron los migrantes europeos a poblar el norte. Llegaron
a la tierra prometida donde el pasto alcanzaba la altura de las
carretas.
Empezaron
a trabajar como sus padres les habían enseñado en su país de
origen: limpiar el monte para cultivar, dar vuelta la tierra con
el arado de vertedera, sembrar las semillas que conocían. Las
primeras cosechas fueron para entusiasmarse. Pero nadie les enseñó
que el suelo de los trópicos no se cultivaba como el de Europa.
Allá, la roca madre está cerca, no se precisan raíces tan
grandes para extraer los nutrientes; el clima es mucho más frío
y poroso también, se da vuelta la tierra para que se caliente al
sol.
Sobre
todo, vinieron los mercaderes de la madera y de los cultivos
industriales. Los primeros codiciaban la madera: el quebracho para
el tanino o para los rieles del ferrocarril, el algarrobo para los
muebles. Y con su topadora destruían todo lo que no les servía
para su comercio, poniendo el suelo al descubierto. Los otros
también empezaron a utilizar tractores y máquinas pesadas. A 20
centímetros del suelo se formó un «pie de arado», duro como
ladrillo, que dificultó mucho las labores en los cultivares.
Sobre
grandes superficies, cultivaron una única especie, en general híbrida,
y las plagas de la misma se dieron gusto de multiplicarse ya que
no tenía otras plantas al lado albergando a sus enemigas. Para
combatirlas vinieron los aviones fumigadores matando toda la vida
del suelo y envenenando alimentos, suelo, ríos, animales y
hombres.
Los
rendimientos empezaron a mermar, el suelo descubierto y sin vida
se resquebrajó y siguió fundiéndose. El viento norte levantaba
polvareda. Las sequías se hicieron más largas y las inundaciones
más grandes, ya que no existían los montes actuando como
esponjas. Los ríos se llenaron de peces muertos, muchas especies
de animales desaparecieron en la tierra y en el agua. La
desertificación había empezado y no se podía detener.
Al
rico, la situación no le preocupaba; total vivía en la ciudad y
si se le terminaba un negocio sabía iniciar otro, en otro lugar o
en otro rubro. Al pobre del medio rural, le fue mal. La cosecha
era cada vez menor, los precios cada vez más bajos, los gastos
cada vez más altos.
Empezaron
las enfermedades, el hambre, la miseria.
Unos
se endeudaron y tuvieron que vender su tierra, otros se quedaron
sin trabajo. Comenzó la migración a la ciudad.. para terminar en
las villas miserias.
La
selva chaqueña se puso muy triste y el sol se enrojeció de
bronca...
La
segunda historia
HABRA
UNA VEZ... mujeres con sus familias y sus grupos, decididas a
devolver la alegría a la selva chaqueña...
Primero,
se pondrán de acuerdo para salvar todos los montes que aún
existen. Preguntarán a los antiguos que les cuenten todas sus
riquezas, volverán a probar la algarroba, el ñangapiry, la sacha
pera, y descubrirán que se pueden resucitar las viejas recetas e
inventar nuevas para preparar comidas naturales y alimenticias
para sus familias.
Valorando
estos recursos empezarán a defenderlos y ayudarán a los hombres
que también estudian cómo manejar mejor el monte, para que
crezca mejor y que sus animales encuentren más alimentos
naturales.
Algunos
grupos inventarán las «sacha huertas» imitando la naturaleza
chaqueña: sembrando en los claros del monte las especies nativas
o las adaptadas a estos ambientes, dejando hacer la naturaleza
hasta la cosecha y cambiando de lugar cuando se agobie la tierra.
Otros
grupos, por tenerlo alejado, decidirán recrear el monte alrededor
de su casa, observando la naturaleza y reproduciendo su gran
variedad de especies de plantas y de bichos, para que todos los
seres vivos se sientan bien en su nuevo ambiente.
Después,
todas, en las partes ya desmontadas, tratarán de recuperar la
salud del suelo para que produzca de nuevo en abundancia: al
comienzo sobre pequeñas superficies como la huerta orgánica,
realizando aboneras, camas altas y, a continuación, parcela por
parcela. Sobre esta nueva tierra llena de lombrices y otros bichos
de olor agradable, dará gusto sembrar gran variedad de plantas,
dejando a cada una el papel que le corresponde: repeler, atraer,
abonar, guiar, dar sombra... además de producir alimentos sanos,
naturales y plantas medicinales.
Para
conservar la salud del suelo, con los varones elegirán las
herramientas de labranza adecuadas: el arado de tracción animal
con cincel, arado tatú, sembradora manual y otras que inventarán.
A
la par, criarán todas clases de animales que sirvan para la
familia, cuidando, en particular, la higiene de corrales caseros,
la buena selección de razas, la alimentación; para ello, sabrán
utilizar todo lo que el monte les ofrece para ramonear o
pastorear, y para fabricar alimentos balanceados para las épocas
de escasez.
A
estas familias no les faltará trabajo, tampoco alimentos, salud
y, por lo tanto, mucho deseo de compartir.
Saldrán
a invitar a los vecinos para visitarse, realizar encuentros de
intercambio, jomadas y talleres de capacitación, para mejorar
todo lo que hacen e inventar cosas nuevas: alimentación y cocina,
nutrición y manejo animal, manejo del monte, del río, de las
islas, creación de montes frutales, conservación de todo tipo,
corte y confección, y toda la gama de la medicina agradable.
Y
sus pobladores, tomando fuerza, saldrán a comunicar sus
experiencias para que se conozcan y compartirlas.
Pero,
también, para defender sus derechos, pedirán leyes y reglamentos
adaptados a sus necesidades: regímenes previsionales impositivos,
bromatología, programa de vivienda rural, escuelas, hospitales...
para impedir proyectos que podrían cambiar sus medios de vida:
deforestación, fumigación masiva, y, sobre todo, defender su río
de los enormes proyectos de represas: Corpus, Paraná Medio...
Entonces,
el Gran Chaco empezará a llenarse de actividades, renacerán la
alegría, las fiestas, las celebraciones de los Santos y las
alabanzas a su Creador.
Tal
vez, habrá cambiado el paisaje de la Selva Chaqueña, pero el sol
volverá a reír. (*)
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Panorámica
de El Impenetrable, grito de vida fecunda de nuestra
Tierra. |
(*)
Fuente: Editado
en página maela-net.org del Movimiento agroecológico
para Latinoamérica y el Caribe.