Hace 5.000 años, en la atmósfera del planeta azul, penetra una
gran roca viajera. La fricción, y el aumento
de la temperatura, provocan su estallido. Entonces la lluvia de
fuego nace. Nace otra vez...
Los tobas caminan entre la selva. La mañana es acaso diáfana. El
aire, de lo alto, es el primero en saber, en sentir, la llegada de
una inmensa piedra del cielo. La roca aérea pronto estalla en
fragmentos ardientes. Entonces, una lluvia de gotas incendiadas
inicia una avalancha de fuego.
En la piel de los inmóviles tobas que contemplan, corren serpientes
chispeantes de luz. La mañana antes de puro celeste, se tiñe
ahora de fulgores rojos y amarillos.
Y toda la selva chaqueña, con su denso torso de árboles y maleza, contempla
la cascada
hirviente que desciende por el cuello del cielo.
Y,
entonces, las llamaradas se transforman en puntas de flechas que
hunden sus cabezas incandescentes en la tierra. Que ya tiembla.
Gime. Se abre en anchos cráteres. 25 o más meteoros hunden su cuerpo
caliente en el suelo.
Luego de un largo rato, el bosque, los animales y los
tobas, suspenden su asombro. Y, con sigilo, con temor y
veneración, se acercan hasta donde las recientes hendiduras aún
humeantes.
Y hallan una de las piedras calientes, una de las cabezas
de flecha ardientes; otras, se enfrían, ocultas en la entraña
oscura de la tierra.
Y, con la sucesión de los días y las noches, los tobas meditan en
el evento mágico, divino, que presenciaron. Y, al lugar donde la
lluvia de fuego mordió y horadó la tierra, lo llaman picuen
nonralta, "campo del cielo".
Y abrigan la creencia de que la piedra del cielo es una parte desprendida del
sol. Peregrinan entonces, con regularidad, hasta el lugar donde
respira la piedra para venerarla como a un dios solar (1). Y creen
también que la roca celeste es un árbol melodioso y radiante. Un
día por año, el meteorito,
la piedra del cielo, la gota de sudor del sol, se transforma en árbol al recibir los primeros rayos solares de la mañana. El
ser vegetal exuda una luz fulgurante y resuena como
cien campanas.
Así, de la caída piedra del sol nace el árbol de la luz y la melodía.
Otros
habitantes de la región de picuen nonralta, los
matacos, creen que la Luna brillante fue atacada una noche por
jaguares. Y, entonces, en la mañana, fragmentos encendidos de la
Diosa plateada cayeron sobre la tierra.
Surgen también numerosos relatos cataclísmicos. La lluvia de
meteoros es la catástrofe del fin del mundo; es
tiempo de muerte donde los seres humanos se convierten en
animales, y la tierra es arrasada por los dioses primigenios como
castigo al olvido humano de lo divino.
Cuando los españoles arriban por primera vez a las cercanías de El
Campo del Cielo les sorprende encontrar
indios armados con puntas de flechas de piedra en una región donde sólo
pulula la madera del quebracho.
Durante un muy largo periodo, el Campo del Cielo permanece solitario; sólo atravesado, de manera ocasional, por indios o criollos del lugar.
Durante
la dominación hispánica, las principales expediciones al área fueron las de Hernán Mexía de Miraval (1576), Bartolomé Francisco de Maguna (1774 y 1776), Francisco de Ibarra (1779), Rubín de Celis (1782), Diego de Rueda (1803) y Fernando Rojas (1804).
La expedición de Rubín de Celis es promovida por el virrey Vértiz y
es la más numerosa. Celis descubre el meteorito que actualmente lleva
su nombre y que es el más profundo, con 5,5 mts.
Luego, recién en 1926, se edita una investigación con sustantiva documentación
sobre el paraje meteórico chaqueño. En 1925, la provincia argentina de
Santiago del Estero es invitada al Congreso Sudamericano de Química que
se celebraría en Buenos Aires, en 1924. Entonces, el interventor
federal, doctor Rogelio Arayan, encarga al doctor Altenor Alvarez la
realización de una monografía. Alvarez escribe así Meteorito
del Chaco (Buenos Aires, Peuser, 1926) (2), una
investigación
que, aún hoy, es fuente esencial de consulta. El trabajo incluye
consideraciones históricas y explora la morfología de los meteoritos
dispersos en El Campo del Cielo.
En 1965, William Cassidy, un reconocido investigador estadounidense,
realiza una exhaustiva investigación de los meteóricos parajes
chaqueños. Identifica 20 de los 25 cráteres descubiertos. En 1972, un habitante del
Paraje de las Vívoras, llamado Raúl González, halla un gran cráter donde
dormía una roca meteórica de notables proporciones. Este meteorito es
extraído del oscuro vientre terroso en
1980. Se hallaba
sepultado
a 6 metros de profundidad. Su peso estimado es de 33.400 kilos. Es
bautizado con el nombre Chaco (3), y
es el mayor meteoro que haya caído alguna vez en suelo argentino.
Y el tercero a nivel mundial. En el área se halla también el Mesón de
Fierro, de 20 toneladas, investigado por Celis. Y, otras piedras extraídas, oriundas del cosmos
inabarcable, son: el Toba, de 4.210 kilos, el Hacha, de 2.500
kilos, y el Mocoví, de 732 kilos.
En El
campo del Cielo ocurrió una de las mayores lluvias de fuego en la
historia conocida del planeta. El meteorito puede ser reducido a un
objeto físico, cuyo estudio de manera exclusiva pertenece a la astronomía, la historia y la
arqueología.
Pero las piedras llegadas del firmamento también arden en la mitología,
y en la historia de las religiones.
En la
antigüedad, los meteoritos más célebres son la Ka'aba de La Meca y la
negra piedra de Pessimonte, expresión visible de la diosa Cibeles de la
región de Frigia (4). Esta última roca de los cielos es llevada a Roma
durante la última guerra púnica entre los romanos y los cartagineses.
Los meteoritos son sagrados porque han arribado, entre una estela
chisporroteante de luz, del cielo.
El
meteoro sagrado de Cibeles late en el esquema mítico de las
"piedras del rayo". Estas piedras caen del cielo porque son
perseguidas por el rayo, símbolo del dios celeste. Y lo que persigue el
dios es a la Diosa. La Diosa que concentra su presencia en la piedra. Y que, tras la
persecución del rayo, cae en la tierra.
La
otra creencia que convierte al meteoro en sagrado o divino es su
identificación mítica con el centro del mundo. Este es el caso de la
Ka'aba, la piedra
que palpita en el santuario fundamental de los musulmanes.
La
piedra-meteoro-árabe representa al axis mundi, el centro
simbólico de la
realidad donde se comunican la tierra con el cielo, los dioses con los
mortales.
En El campo del cielo, en el Chaco argentino, se precipitaron piedras sagradas, fragmentos encendidos del dios solar. Pero
también aconteció otro hecho. Menos nítido, más silencioso y olvidado. La
deslumbrante lluvia de fuego en el Chaco fue un raro episodio de
"descenso de la altura", de caída del cielo sobre la
tierra. Antes de hundirse con violencia en sus cráteres, los incendiados
meteoros simulaban estrellas que caían, pequeños soles, cuerpos celestes,
salidos de sus órbitas y de su altura.
La
lluvia de meteoros fue un acercamiento del cielo que brilló con un fuego de
estrellas. Un acercamiento que fue también un breve evento
de fusión de lo celeste con la tierra. En los meteoritos que caían ante la
mirada estupefacta de los indios, el cielo se adentró en un suelo
conmocionado.
Extraño acontecimiento por el que el cielo, sustancia sutil de lo
divino, se unió con la tierra. En un campo del cielo se convirtió así
la tierra. Esa tierra sobre la que nuestros humanos y mortales
cuerpos proyectan sus sombras.
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Primer
plano del fragmento de uno de los meteoros que se precipitaron
hace miles de años en El Chaco. |