EN
EL CERRO FAMATINA. UNA EVOCACIÓN DE JOAQUÍN V. GONZÁLEZ
Joaquín v.
González es uno de los grandes escritores argentinos olvidados. Su
escritura poseía la temperatura lírica de un auténtico romántico. Los
paisajes de su amada Argentina y de América exaltaron su pluma. Una
geografía puede ser sacralizada por un pueblo y sus ritos. Pero también
por un poeta. Joaquín V. González sacralizó el cerro Famatina en
la provincia de La Rioja, su terruño natal. Este poetizar que canta y
dignifica el estar en la tierra, acontece en unos pasajes de La
tradición nacional, que abajo transcribimos.
En lengua aborígen, Famatina
significa "madre de los metales". El Famatina y su región
circundante constituye una importante región minera. Allí se
establecieron minas abocadas a la explotación del oro. Una
serie de monedas de mediados del siglo XlX fueron modeladas con la imagen
del Famatina en su reverso (imagen derecha). Es otro oro el que Joaquín
V. González halló en el cerro riojano. Según su decir, frente a aquella
nevada montaña argentina, se diría que nos hallamos ante un
"portentoso santuario de la poesía, y que el sol es el dios, que se
encierra en su inmenso cáliz de nieve".
Y
la admiración sensible, poética, de Joaquín V. González ante el
Famatina llegó a su pináculo con la visión de una tormenta que rugió,
solitaria, sobre las montañas.
Permítaseme la evocación de un recuerdo personal... Yo he presenciado una escena que ha quedado estereotipada
en mi cerebro, y que como un manantial inagotable, alimenta mi imaginación y mantiene siempre viva esa facultad
engendradora de toda poesía: la admiración de la naturaleza. Había atravesado la desolada llanura que ha imnortalizado a Facundo, y que
dio vida a muchos otros tigres humanos; ascendí a la montaña que
anuncia a la cordillera madre,
y que se levanta al occidente de la triste Rioja para consolarla de las amenazas del desierto. Al lento paso de una
mula que nos enseña a dominar el vértigo de los grandes abismos, las sorpresas de paisajes tan variados como súbitos sostenían mis fuerzas y preparaban mi espíritu para la magna impresión de las
cumbres.
No veía el sol que ya descendía; caminaba envuelto en esa media luz de las tardes, fecunda en emociones y en ideas: la sombra
preparaba mi retina para la visión plena que me esperaba en lo alto. De súbito
mi vista se ofusca. Mi corazón se agita desordenado, mi cerebro se alucina,
mi respiración se suspende, mis pulmones, dando repentina salida a un
volcán de aire comprimido, se desahogan en un grito supremo que condensaba la admiración de todas mis facultades: a lo lejos, sobre
el nivel que yo ocupaba, vi como una explosión de luz
blanca e irisada, las cumbres del Famatina, vestidas de nieve secular; y
el sol suspendido sobre ellas como una diadema gigantesca, parecía detenerse un instante para ser admirado
en la plenitud de su poder. Desde allí enviaba en haces de luz refractada
por el cristal de la cima su despedida solemne a los valles inclinados que cuelgan del coloso como
los velos de un templo, dibujados de flores e imitando el firmamento azul, porque la distancia y las emanaciones de la tarde presentan los paisajes medio velados por una niebla azulada. Se diría que es
el incienso sagrado que la admiración de la naturaleza quemaba en las aras de aquel portentoso santuario de la poesía, y que el sol es el
dios que se encierra en su inmenso caliz de nieve.
Quedé rendido por la fatiga del espíritu. Nunca había contemplado ese cuadro, aunque mi
niñez transcurrió en esos valles y en presencia de ese mismo monumento de los
siglos: pero una larga ausencia de mi suelo nativo me había transformado, y mi corazón hambriento de emociones, no pudo
resistir sin desfallecimiento a la súbita aparición de aquel valle y de aquella montaña, a cuyo pie transcurrieron los
más bellos
días de mi vida, y en donde las más sangrientas tragedias forjadas por el odio de los
hombres, habían enlutado los hogares y repleto de cadáveres sus rústicos
y humildes cementerios.
El cielo estaba limpio, y su azul comenzaba a iluminarse con las claridades precursoras de la luna. Mi cerebro no descansaba, porque al deslumbrante fenómeno del día
expirante, comenzaban a suceder las apacibles y silenciosas escenas de la noche siempre
bella, siempre amiga, siempre llena de misterios y de encantos. Comenzaron a hablarme en su lenguaje
armonioso todos los gritos, los cantos, los rumores, los aleteos y los lamentos
de cuantos seres viven del aliento de la sombra. Mi memoria volaba por el pasado evocando un recuerdo
en cada accidente del valle, que divisaba desde lo alto de la cumbre, merced a la luna que desgarraba las
tinieblas; y así, lentamente, los pensamientos se convirtieron en sueños
cuando mis ojos se cerraron al peso de la fatiga del cuerpo y del alma.
Pero me esperaban aquella noche otra sorpresa y otro sacudimiento tan
profundos como los del día. Me despertó de mi sueño un estampido sordo e intermitente que parecía venir del fondo de las montanas, que temblaban como si fueran a desquiciarse; abrí los ojos
y vi la luna siempre radiante en el zenit, la cumbre nevada del Famatina brillar a lo lejos como un
astro inmóvil, pero había una especie de polvo luminoso interpuesto entre
mi vista y el firmamento; corrí a la cima de una roca que dominaba el
horizonte, y desde donde la pendiente era casi perpendicular; desde allí, petrificado por el
espanto, la admiración y el estupor, fui testigo del drama más grandioso de la naturaleza que es dado contemplar a los
hombres.
A mis pies, en las profundas cavidades que los cerros dejan entre sí, una tormenta desencadenada hervía en el seno de los
abismos; las nubes apiñadas en estrechos recintos, encendidas por los
relámpagos con intermitencias febriles, parecían una olla inmensa de metal candente que ardiera con explosiones infernales. En
el
cielo la luna, las estrellas y las cimas nevadas nos ofrecen un tesoro de fantasías y de sueños tranquilos, y en el fondo de las montañas reina el horror de los elementos enfurecidos. El contraste os
agobia, porque todas vuestras facultades luchan como lucha el viento con el granito. Al día siguiente a la salida del sol, volví
instintivamente a mirar aquel abismo. El cuadro era distinto, pero igualmente hermoso: una extensa bóveda de nubes blancas
se dilataba sobre los cerros menores y sobre los valles, como un océano
congelado en el momento de la marca. (*)
(*)
Fuente: Joaquín V. González, La
tradición nacional, en Obras completas, V. XVll, Universidad
de la Plata, 1936.
Recomendamos la lectura de las obras del
gran y olvidado escritor argentino Joaquín V. González que pueden ser
halladas en el Instituo de Literatura Argentina, de la Facultad de
Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, ubicado en la calle
25 de mayo 217, 1 piso, en la Ciudad de Buenos Aires.
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