EL
SIMBOLISMO DE LA
LUZ Y LA LLUVIA
Por René Guénon

Hemos aludido a cierta relación
existente entre la luz y la lluvia, en cuanto una y otra
simbolizan igualmente los influjos celestes o espirituales.
Semejante significado es evidente en lo que respecta a la
luz; en cuanto a la lluvia, como hemos indicado en otro
lugar(1), atañe al descenso de esos influjos al mundo terrestre.
Subrayábamos entonces que ése es en realidad el sentido
profundo, enteramente independiente de cualquier aplicación
«mágica», de los difundidos ritos que tienen por objeto
«hacer llover» (2). Por otra parte, tanto la luz como la
lluvia tienen un poder «vivificante», que representa con
exactitud la acción de esos influjos (3). Tiene cabida también
aquí el simbolismo del rocío, que, como es natural, se halla
en estrecha conexión con el de la lluvia y es común a numerosas
tradiciones, desde el hermetismo (4) y la cábala hebrea
(5) hasta la tradición extremo-oriental.(6)
Desde este punto de vista, la luz y la lluvia no están referidas solamente al
cielo en general, sino también y en concreto al sol. Y esto respeta la
naturaleza de los fenómenos físicos correspondientes, es decir, de la luz y
la lluvia en su sentido literal. En efecto, por una parte, el sol es real y
verdaderamente la fuente de luz de nuestro mundo; y, por otra parte, él
también, haciendo evaporar las aguas, las «aspira» en cierto modo hacia las
regiones superiores de la atmósfera, de donde tornan a descender luego en
forma de lluvia sobre la tierra. Adviértase además que la acción del sol en
la producción de la lluvia se debe propiamente a su calor. Topamos así con
los dos términos complementarios, luz y calor, en los que se polariza el
elemento ígneo, según ya lo hemos indicado en diversas oportunidades. Esta
observación explica el doble sentido de una figura simbólica que parece
haber sido bastante mal comprendida en general.
El sol ha sido representado a menudo, en tiempos y lugares muy diversos,
incluida la Edad Media occidental, con rayos de dos tipos, alternativamente
rectilíneos y ondulados. Un ejemplo notable se encuentra en una tableta
asiria del Museo Británico que data del siglo I a.c.(7) en ella el sol
aparece como una especie de estrella de ocho rayos (8): cada uno de los cuatro
rayos verticales y horizontales está constituido por dos rectas que forman un
ángulo muy agudo, y cada uno de los cuatro rayos intermedios lo está por un
conjunto de tres líneas onduladas paralelas. En otras representaciones
similares, los rayos ondulados están constituidos, como los rectos, por dos
líneas que se unen por sus extremos y que reproducen así la conocida imagen
de la «espada flamígera», (9). En todos los casos, es evidente que los
elementos esenciales son la línea recta y la ondulada, a las que pueden
reducirse los dos tipos de rayos si se quiere simplificar la cosa. Pero,
¿cuál es exactamente la significación de esas dos líneas?
En
primer lugar, cuando se trata de representar el sol, lo más natural es
considerar que la línea recta representa la luz y la ondulada el calor,
Curiosamente esto es afín al simbolismo de la letras hebreas resh y shin
en cuanto elementos respectivos de las raíces ar y ash, que
expresan precisamente esas dos modalidades complementarias del fuego (10).
Solo que –y esto parece complicar las cosas– la línea ondulada es
también muy a menudo un símbolo del agua. En la tablilla asiria las aguas
aparecen como una serie de líneas onduladas semejantes en todo a las que se
ven en los rayos del sol. La verdad es que, teniendo en cuenta lo que ya hemos
explicado, no hay en ello contradicción alguna: la lluvia, a la que como es
natural conviene el símbolo general del agua, puede considerarse realmente
como procedente del sol; y además, como es efecto del calor solar, su
representación puede confundirse legítimamente con la del propio calor (11).
Así, la doble radiación que consideramos es luz y calor en cierta medida;
pero es también luz y lluvia, mediante las cuales el sol ejerce su acción
vivificante sobre todas las cosas.
Cabe señalar aún que el fuego y el agua son dos elementos aparentemente
opuestos, mas en realidad complementarios; y, más allá del dominio donde se
afirman las oposiciones, deben, como todos los contrarios, conciliarse y
unirse de algún modo. En el Principio mismo, del cual el sol es una imagen
sensible, ambos se identifican en cierta medida, lo que justifica aún más
cabalmente la figuración que acabamos de estudiar. También en niveles
inferiores, aunque correspondientes a estados de manifestación superiores al
mundo corpóreo al cual pertenecen el fuego y el agua en su faceta «densa» o
«burda» que da lugar propiamente a su mutua oposición, puede haber entre
ellos una relativa identidad, por decirlo de algún modo. Así sucede con las
«aguas superiores», que son las posibilidades de manifestación no-formal, y
que en cierto sentido están simbólicamente representadas por las nubes, de
donde la lluvia desciende sobre la tierra (12) al mismo tiempo que son
residencia del fuego bajo el aspecto del rayo (13). Lo mismo ocurre en el
orden de la manifestación formal con ciertas posibilidades pertenecientes al
domino «sutil». Resulta particularmente interesante observar, a este
respecto, que los alquimistas «entienden por aguas los rayos y el resplandor
de su fuego» y que dan el nombre de «ablución» no a «la acción de lavar
algo con el agua u otro licor», sino a una purificación que se opera por el
fuego, de modo que «los antiguos han ocultado esta ablución bajo el enigma
de la salamandra, de la cual dicen que se nutre en el fuego, y del lino
incombustible (14), que en el fuego se purifica y blanquea sin consumirse»
(15). Puede comprenderse con esto que en el simbolismo hermético se aluda
frecuentemente a un «fuego que no quema» ya una «agua que no moja las
manos» y también que el mercurio «animado», es decir vivificado por la
acción del azufre, se describa como una «agua ígnea», y a veces como un
«fuego líquido» (16).
Abundando en el simbolismo del sol, agreguemos solamente que los dos tipos de
rayos a que nos hemos referido se encuentran en ciertas representaciones
simbólicas del corazón, y
que el sol, o lo que éste representa, se
considera, en efecto, como el «corazón del mundo», de modo que también en
este caso se trata en realidad de la misma cosa; pero esto, en cuanto el
corazón aparece como un centro de luz y de calor a la vez, podrá dar lugar
aún a otras consideraciones.
NOTAS
1.- La
Gran Triada, cap. XIV.
2.- Este
simbolismo de la lluvia se ha conservado, a través de la tradición hebrea,
incluso en la liturgia católica: «Rorate Caeli desuper et nubes pluant
Justum» (Isaías, XLV, 8),
3.- Véase
a este respecto, en lo que concierne a la luz, Puntos de vista sobre la
Iniciación, cap. XLVII.
4.- La
tradición rosacruz asocia el rocío y la luz, estableciendo una relación por
asonancia entre Ros-Lux y Rosa-Crux.
5.- Recordemos
que el nombre Metatron, por las diferentes interpretaciones que de él
se dan, va asociado a la «luz» ya la «lluvia». El carácter propiamente
«solar» de Metatron pone a éste en relación directa con las
consideraciones que desarrollaremos enseguida.
6.- Véase
El rey del Mundo, cap, III, y El Simbolismo de la Cruz, cap, IX.
7.- Esta
tablilla está reproducida en The Babylonian Legends of the Creation
and the Fight betweer; Bel and the Dragon as told by Assyrian Tablets from
Nineveh (publicación del British Museum).
8.- El
número 8 puede tener aquí cierta relación con el simbolismo cristiano del Sol
Justitiae (véase el simbolismo del 8º arcano del tarot). El Dios solar
ante el cual está colocada esa figura sostiene además en una mano «un disco
y una barra, que son representaciones convencionales de la regla y de la vara
de justicia». Por lo que toca al primero de estos dos emblemas, recordemos la
relación existen entre el simbolismo de la «medida» y el de los «rayos
solares» (véase El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos, cap,
III).
9.- Señalemos
incidentalmente que esta forma ondulada es a veces también una
representación de relámpago, relacionado a su vez con la lluvia, en cuanto
ésta aparece como una consecuencia de la acción del rayo sobre las nubes,
que libera las aguas contenidas en ellas.
10.- Véase
Fabre d,Olivet, La Langue hébraique restituée.
11.- Según
el lenguaje de la tradición extremo-oriental, siendo la luz yang, el
calor, considerado como oscuro, es yin con respecto a aquélla, de
igual modo que el agua es yin para con el fuego. La línea recta es,
pues, aquí yang, y la línea ondulada yin, también desde estos
dos puntos de vista.
12.- La
lluvia, en efecto, para representar los influjos espirituales, debe ser
considerada como un agua celeste, y sabido es que los cielos corresponden a
los estados no-formales. La evaporación de las aguas terrestres por el calor
solar es, por otra parte, la imagen de una transformación, de modo que hay en
ello como un tránsito alternativo de las «aguas inferiores», a las «aguas
superiores», y viceversa.
13.- Cabe
relacionar esto con la observación que hemos formulado antes respecto al
relámpago; corrobora además la similitud existente entre la representación
de éste y el símbolo del agua, En el antiguo simbolismo extremo-oriental, no
hay sino una leve diferencia entre la figuración del trueno (lei- wen)
y la de las nubes (yun-wen); una y otra constan de series de espirales,
a veces redondeadas ya veces cuadradas. Habitualmente se dice que las primeras
son yun-wen y la segundas lei-wen, mas existen formas mixtas que
restan verosimilitud a esta distinción. Ambas están igualmente en conexión
con el simbolismo del Dragón (véase H, G, Creel, Studies in Early
Chinese Culture, págs, 236-237), Notemos también que esta
representación del trueno por espirale se confirma lo que deciamos antes
sobre la relación existente entre el símbolo de la doble espiral y el del vajra
(La Gran Triada, cap, VI).
14.- Este
«lino incombustible» (asbestos) es en realidad el amianto.
15.- Dom
A- J, Pernéty ,Dictionnaire mytho-hermétique, pág 2.
16.- Véase
La Gran Triada, cap, XII.